La hija ejemplar
Primera parte
1
En otra vida, Camila Jones había ganado dos premios Emmy por sus
investigaciones periodísticas para televisión, y ahora no era capaz de hacer
crecer una miserable planta de remolacha.
Se quedó mirando las hojitas vetustas, apenas unos tallos insignificantes
de cinco centímetros. Sacó el iPhone del bolsillo del delantal y les tomó una
fotografía. «Esto no pinta nada bien», le escribió por WhatsApp a Marshall,
que se ocupaba de la jardinería en la isla. El hombre, que era lo más parecido
a un amigo que Camila había cosechado durante los últimos dos años, le
respondió con un emoji de una cara muerta de risa. «Se lo dije», escribió el
hombre después.
Camila permaneció en el terraplén, contemplando primero el océano
Atlántico hacia el este y luego los canales y pantanos que separaban aquella
porción de tierra con nombre pretencioso del resto de Carolina del Norte. Era
cierto que Marshall se lo había advertido: «No importa que traiga la mejor
tierra del mundo, señora Jones, aquí el aire del mar se mezcla con el del
continente, y eso no es bueno». Marshall se ocupaba de los jardines de las
casas de la isla desde hacía más de veinte años, así que sabía de lo que
hablaba. Solía referirse con añoranza a esas épocas de prosperidad laboral y
juventud, cuando unas treinta familias adineradas se instalaron allí y
apostaron a que Queen Island se convertiría en un sitio exclusivo, cosa que
jamás sucedió.
La casa que Camila había comprado para transitar su retiro del periodismo
era el símbolo de ese pasado prometedor. La casa de cristal, como la llamaban
los lugareños, estaba emplazada en el punto más alto de la isla y era una
construcción moderna de dos plantas con una vista magnífica. Un verdadero
desperdicio para una mujer sola y su perro.
Mientras Camila se lamentaba moviendo la cabeza, Bobby la observaba
desde el otro extremo de la plantación. El beagle, que había vivido con pesar
perruno la transición entre un lujoso apartamento en Nueva York y… esto,
tenía como afición fiscalizar cada uno de los fracasos botánicos de Camila.
Era un perro viejo —y trasladarse nunca había sido su actividad favorita—,
sin embargo, hacía acto de presencia cada vez que había una oportunidad para
reforzar la idea de que todo tiempo pasado fue mejor.
Camila acababa de cumplir cincuenta y dos años y a veces también
echaba de menos su antigua vida.
—Vamos, Bobby. Quieres comer, ¿no?
Bajaron por el terraplén y bordearon el canal que marcaba el límite de la
propiedad en esa zona. Marshall decía que hacía años que no veía caimanes,
pero a veces Bobby se quedaba mirando el agua como si percibiera una de
esas criaturas merodeando bajo la superficie. Esta vez se limitó a trotar con
indiferencia.
Camila subió los escalones del porche trasero sintiéndose optimista. En la
isla tenía días buenos y días malos, y este en particular parecía ser uno de los
buenos a pesar de su anunciado fracaso con las plantas de remolacha. Se
quedó de pie en el centro de la cocina, debatiéndose entre prepararse el
desayuno o ir al sótano y cumplir con la parte más dura de su rutina. A veces
prefería hacerlo así, y otras se torturaba todo el día sabiendo que tenía que
bajar en algún momento.
Nunca, ni siquiera en sus momentos más oscuros, Camila había creído que
sería tan difícil. Cuando tomó la decisión de renunciar a su trabajo y largarse
de Nueva York, pensó que sería la mejor forma —quizás la única— de dejar
atrás una vida de investigaciones ajenas y poner su capacidad al servicio de su
propio pasado. Se convenció de que tenía la experiencia y los contactos para
convertirse en el centro de su propia investigación, sin pensar en las
dificultades que esto supone. Durante años se dijo que la única razón por la
que no echaba un vistazo por encima del hombro era por falta de tiempo. Y
terminó creyéndolo.
Cuando finalmente se animó, le dijo a Richard Ambrose, su productor de
siempre y amigo, que necesitaba tomarse un tiempo lejos de los sets de
televisión. Un tiempo indeterminado, aclaró. Richard no se sorprendió, la
había cubierto más de una vez durante sus ataques de pánico y las
limitaciones que vinieron a consecuencia de ello. Fue él quien le sugirió
prestarle su casa en Queen Island para que pudiera estar tranquila y
reflexionar, pero, para sorpresa de Richard, Camila insistió en comprársela y
dejarlo todo. «Alex se va a la universidad, es el momento perfecto».
Para Richard fue un alivio desprenderse de la casa, que había construido
por un capricho delirante tras convertirse en un productor de éxito. La parte
negativa fue la pérdida de su figura más relevante al frente de «El peso de la
verdad», uno de los programas de investigación más prestigiosos del país.
Camila se instaló en la casa de cristal y durante los primeros meses se
limitó a descansar. Leer, ver películas, aprender a cultivar, incluso se animó a escribir un poco. Se lo merecía. Habían sido años enteros de trabajo
prácticamente ininterrumpido. Cuando se dispuso a poner manos a la obra y
enfrentarse a sus fantasmas personales, los ataques volvieron, más intensos
que nunca. Quizás se había precipitado, pensó. Decidió guardar en el sótano
los recortes y las pocas pertenencias que conservaba desde su juventud y las
cosas mejoraron un poco.
La misma situación volvió a repetirse otras tres veces, hasta que empezó a
convencerse de que, quizás, revolver el pasado no era una buena idea después
de todo.
A Alex le dijo que su alejamiento de la televisión tenía que ver con
retomar una vieja investigación, pero nunca le aclaró que ella era el centro de
esta. Su hijo estudiaba Derecho en la Universidad de Boston y una o dos
veces por semana la llamaba por Skype. A veces, al terminar las
videollamadas, Camila bajaba la tapa del portátil y se ponía a llorar. No era el
hecho de no contarle toda la verdad —¿qué sentido tenía?—, sino el tenerlo
lejos y no poder abrazarlo todos los días. Camila estaba orgullosa de ese chico
al que había criado con la culpa de no poder pasar mucho tiempo con él.
Ahora tenía todo el tiempo del mundo y estaba sola.
Bobby la miraba. Camila se había dejado llevar…, a veces la soledad
tiene eso.
¡Oye, me tienes a mí! Y hasta donde recuerdo ibas a darme una ración de
Royal Canin.
Camila le sirvió la comida a Bobby y a continuación se dirigió a la puerta
del sótano. Es curioso cómo funciona el universo a veces. Cuando se disponía
a abrir la puerta, algo le llamó la atención en una de las ventanas. Se volvió
justo a tiempo para ver a un hombre cruzando el jardín delantero sosteniendo
una pila de carpetas. Tendría unos treinta años y llevaba el cabello un poco
largo. Camila no lo reconoció.
Sonó el timbre y Camila sopesó seriamente la idea de no contestar. No le
gustaban las visitas, y menos si eran inesperadas.
Abrió la puerta de mala gana. El joven debió de advertirlo de inmediato
porque su rostro se transformó y las palabras salieron atropelladamente de su
boca.
—Buenos días, señora Jones. Soy Tim Doherty, periodista y director del
Hawkmoon Overfly, el periódico de…
—Conozco el periódico local.
Una sonrisa nerviosa se dibujó en los labios del joven.
—Necesito hablar con usted acerca de la desaparición de Sophia Holmes.
Tengo…
—¿Cómo sabes dónde vivo?
El periodista iba a responder cuando advirtió que una de las tres carpetas
estaba a punto de caerse. Se mantuvo en pie solo con la pierna izquierda y se
valió del apoyo de la rodilla derecha para acomodar las carpetas en su sitio.
La torpe maniobra fue presenciada por Camila con cierta lástima.
—En el periódico tenemos buenas fuentes —respondió Tim—. Sabemos
que vive aquí desde el primer día. Nunca hemos publicado nada.
Camila se limitó a asentir.
Tim tomó aire.
—Creo que debería usted implicarse en el caso de Sophia Holmes —dijo
Tim con una solemnidad que parecía ensayada. A continuación le dio un
golpecito con la barbilla a la carpeta de más arriba—. No existe una
investigación más exhaustiva que esta, señora Jones.
Camila miró la carpeta durante un brevísimo instante. Vio el tamaño
irregular del contenido e imaginó los recortes de periódico, las hojas con
notas, las fotografías y las fotocopias con información relevante. Camila era
de la vieja escuela, y una carpeta como aquella despertaba en ella una
atracción inmediata. Se preguntó si Doherty lo habría intuido y por eso se
había presentado a su puerta con las carpetas; a fin de cuentas, bien podría
haberlas dejado en el coche.
—No voy a involucrarme en ninguna investigación —dijo ella finalmente
—. Lamento que hayas venido hasta aquí para esto.
Tim suspiró.
—¿Está al tanto del caso?
Lo cierto es que Camila no sabía mucho. Se había mantenido
deliberadamente alejada de las noticias del caso Holmes porque era
consciente de que tenía los ingredientes necesarios para obsesionarla. Sabía
que Sophia había ido al cine con unos amigos y que, justo antes de empezar la
película, les había dicho que tenía que hacer algo y jamás regresó. Más tarde
había sido vista cerca del puente Catenary y la policía había encontrado trozos
de su vestido en el río, con lo cual cobró fuerza la hipótesis del suicidio. Los
que conocían a Sophia, una chica de catorce años que parecía tenerlo todo,
sostenían que era inconcebible que hubiera tomado semejante determinación.
—Sé lo que sabe todo el mundo… —dijo Camila mientras buscaba el
nombre de su interlocutor—. Escucha, Tim, no estoy interesada en el caso; ni en este, ni en ningún otro. Es parte del propósito de haber venido aquí. Lo
entiendes, ¿verdad?
—Claro, por supuesto.
—Voy a pedirte amablemente que te marches.
Tim la observó con horror.
—Algo sucedió hace cinco días —dijo con desesperación—. No lo hemos
publicado todavía. Caroline Holmes, la madre de Sophia, encontró una nota
clavada en la puerta de su casa. Unos vecinos vieron la nota pero nadie llegó a
leerla. Poco tiempo después, la mujer cayó de la terraza. Está en coma.
Eso sí parecía un intento de suicidio, pensó Camila.
—No lo sabía. Es una noticia muy triste. —Camila lo observó con
severidad.
Tim colocó bien las carpetas, que otra vez estaban a punto de caerse.
—Le pido perdón por haberme presentado de esta forma, señora Jones.
¿Puedo dejarle mi número para que me llame si cambia de opinión?
—No hace falta. Si necesito hablar con usted, sé dónde encontrarlo.
—Que tenga un buen día, señora Jones.
—Igualmente. Cuidado con los escalones.
Camila cerró la puerta. De regreso a la cocina sacó el móvil del bolsillo y
realizó una búsqueda rápida de Tim Doherty. Los primeros resultados le
confirmaron que aquel hombre era quien decía ser. Un enlace en particular
atrajo su atención: «Madre e hija pierden la vida en un extraño accidente».
Levantó la mirada y vio a Tim, ya bastante alejado, avanzando como si
caminara sobre una cuerda floja. Toda su atención estaba puesta en las tres
carpetas, y no en el suelo. Camila supo lo que iba a suceder incluso antes de
que el pie derecho de Tim chocara contra una de las boquillas de riego y
cayera de bruces en el césped.