La hija ejemplar

Federico Axat · Capítulo 1 de 98

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La hija ejemplar

Primera parte

1

 

En otra vida, Camila Jones había ganado dos premios Emmy por sus

investigaciones periodísticas para televisión, y ahora no era capaz de hacer

crecer una miserable planta de remolacha.

Se quedó mirando las hojitas vetustas, apenas unos tallos insignificantes

de cinco centímetros. Sacó el iPhone del bolsillo del delantal y les tomó una

fotografía. «Esto no pinta nada bien», le escribió por WhatsApp a Marshall,

que se ocupaba de la jardinería en la isla. El hombre, que era lo más parecido

a un amigo que Camila había cosechado durante los últimos dos años, le

respondió con un emoji de una cara muerta de risa. «Se lo dije», escribió el

hombre después.

Camila permaneció en el terraplén, contemplando primero el océano

Atlántico hacia el este y luego los canales y pantanos que separaban aquella

porción de tierra con nombre pretencioso del resto de Carolina del Norte. Era

cierto que Marshall se lo había advertido: «No importa que traiga la mejor

tierra del mundo, señora Jones, aquí el aire del mar se mezcla con el del

continente, y eso no es bueno». Marshall se ocupaba de los jardines de las

casas de la isla desde hacía más de veinte años, así que sabía de lo que

hablaba. Solía referirse con añoranza a esas épocas de prosperidad laboral y

juventud, cuando unas treinta familias adineradas se instalaron allí y

apostaron a que Queen Island se convertiría en un sitio exclusivo, cosa que

jamás sucedió.

La casa que Camila había comprado para transitar su retiro del periodismo

era el símbolo de ese pasado prometedor. La casa de cristal, como la llamaban

los lugareños, estaba emplazada en el punto más alto de la isla y era una

construcción moderna de dos plantas con una vista magnífica. Un verdadero

desperdicio para una mujer sola y su perro.

Mientras Camila se lamentaba moviendo la cabeza, Bobby la observaba

desde el otro extremo de la plantación. El beagle, que había vivido con pesar

perruno la transición entre un lujoso apartamento en Nueva York y… esto,

tenía como afición fiscalizar cada uno de los fracasos botánicos de Camila.

Era un perro viejo —y trasladarse nunca había sido su actividad favorita—,

sin embargo, hacía acto de presencia cada vez que había una oportunidad para

reforzar la idea de que todo tiempo pasado fue mejor.

Camila acababa de cumplir cincuenta y dos años y a veces también

echaba de menos su antigua vida.

—Vamos, Bobby. Quieres comer, ¿no?

Bajaron por el terraplén y bordearon el canal que marcaba el límite de la

propiedad en esa zona. Marshall decía que hacía años que no veía caimanes,

pero a veces Bobby se quedaba mirando el agua como si percibiera una de

esas criaturas merodeando bajo la superficie. Esta vez se limitó a trotar con

indiferencia.

Camila subió los escalones del porche trasero sintiéndose optimista. En la

isla tenía días buenos y días malos, y este en particular parecía ser uno de los

buenos a pesar de su anunciado fracaso con las plantas de remolacha. Se

quedó de pie en el centro de la cocina, debatiéndose entre prepararse el

desayuno o ir al sótano y cumplir con la parte más dura de su rutina. A veces

prefería hacerlo así, y otras se torturaba todo el día sabiendo que tenía que

bajar en algún momento.

Nunca, ni siquiera en sus momentos más oscuros, Camila había creído que

sería tan difícil. Cuando tomó la decisión de renunciar a su trabajo y largarse

de Nueva York, pensó que sería la mejor forma —quizás la única— de dejar

atrás una vida de investigaciones ajenas y poner su capacidad al servicio de su

propio pasado. Se convenció de que tenía la experiencia y los contactos para

convertirse en el centro de su propia investigación, sin pensar en las

dificultades que esto supone. Durante años se dijo que la única razón por la

que no echaba un vistazo por encima del hombro era por falta de tiempo. Y

terminó creyéndolo.

Cuando finalmente se animó, le dijo a Richard Ambrose, su productor de

siempre y amigo, que necesitaba tomarse un tiempo lejos de los sets de

televisión. Un tiempo indeterminado, aclaró. Richard no se sorprendió, la

había cubierto más de una vez durante sus ataques de pánico y las

limitaciones que vinieron a consecuencia de ello. Fue él quien le sugirió

prestarle su casa en Queen Island para que pudiera estar tranquila y

reflexionar, pero, para sorpresa de Richard, Camila insistió en comprársela y

dejarlo todo. «Alex se va a la universidad, es el momento perfecto».

Para Richard fue un alivio desprenderse de la casa, que había construido

por un capricho delirante tras convertirse en un productor de éxito. La parte

negativa fue la pérdida de su figura más relevante al frente de «El peso de la

verdad», uno de los programas de investigación más prestigiosos del país.

Camila se instaló en la casa de cristal y durante los primeros meses se

limitó a descansar. Leer, ver películas, aprender a cultivar, incluso se animó a escribir un poco. Se lo merecía. Habían sido años enteros de trabajo

prácticamente ininterrumpido. Cuando se dispuso a poner manos a la obra y

enfrentarse a sus fantasmas personales, los ataques volvieron, más intensos

que nunca. Quizás se había precipitado, pensó. Decidió guardar en el sótano

los recortes y las pocas pertenencias que conservaba desde su juventud y las

cosas mejoraron un poco.

La misma situación volvió a repetirse otras tres veces, hasta que empezó a

convencerse de que, quizás, revolver el pasado no era una buena idea después

de todo.

A Alex le dijo que su alejamiento de la televisión tenía que ver con

retomar una vieja investigación, pero nunca le aclaró que ella era el centro de

esta. Su hijo estudiaba Derecho en la Universidad de Boston y una o dos

veces por semana la llamaba por Skype. A veces, al terminar las

videollamadas, Camila bajaba la tapa del portátil y se ponía a llorar. No era el

hecho de no contarle toda la verdad —¿qué sentido tenía?—, sino el tenerlo

lejos y no poder abrazarlo todos los días. Camila estaba orgullosa de ese chico

al que había criado con la culpa de no poder pasar mucho tiempo con él.

Ahora tenía todo el tiempo del mundo y estaba sola.

Bobby la miraba. Camila se había dejado llevar…, a veces la soledad

tiene eso.

¡Oye, me tienes a mí! Y hasta donde recuerdo ibas a darme una ración de

Royal Canin.

Camila le sirvió la comida a Bobby y a continuación se dirigió a la puerta

del sótano. Es curioso cómo funciona el universo a veces. Cuando se disponía

a abrir la puerta, algo le llamó la atención en una de las ventanas. Se volvió

justo a tiempo para ver a un hombre cruzando el jardín delantero sosteniendo

una pila de carpetas. Tendría unos treinta años y llevaba el cabello un poco

largo. Camila no lo reconoció.

Sonó el timbre y Camila sopesó seriamente la idea de no contestar. No le

gustaban las visitas, y menos si eran inesperadas.

Abrió la puerta de mala gana. El joven debió de advertirlo de inmediato

porque su rostro se transformó y las palabras salieron atropelladamente de su

boca.

—Buenos días, señora Jones. Soy Tim Doherty, periodista y director del

Hawkmoon Overfly, el periódico de…

—Conozco el periódico local.

Una sonrisa nerviosa se dibujó en los labios del joven.

—Necesito hablar con usted acerca de la desaparición de Sophia Holmes.

Tengo…

—¿Cómo sabes dónde vivo?

El periodista iba a responder cuando advirtió que una de las tres carpetas

estaba a punto de caerse. Se mantuvo en pie solo con la pierna izquierda y se

valió del apoyo de la rodilla derecha para acomodar las carpetas en su sitio.

La torpe maniobra fue presenciada por Camila con cierta lástima.

—En el periódico tenemos buenas fuentes —respondió Tim—. Sabemos

que vive aquí desde el primer día. Nunca hemos publicado nada.

Camila se limitó a asentir.

Tim tomó aire.

—Creo que debería usted implicarse en el caso de Sophia Holmes —dijo

Tim con una solemnidad que parecía ensayada. A continuación le dio un

golpecito con la barbilla a la carpeta de más arriba—. No existe una

investigación más exhaustiva que esta, señora Jones.

Camila miró la carpeta durante un brevísimo instante. Vio el tamaño

irregular del contenido e imaginó los recortes de periódico, las hojas con

notas, las fotografías y las fotocopias con información relevante. Camila era

de la vieja escuela, y una carpeta como aquella despertaba en ella una

atracción inmediata. Se preguntó si Doherty lo habría intuido y por eso se

había presentado a su puerta con las carpetas; a fin de cuentas, bien podría

haberlas dejado en el coche.

—No voy a involucrarme en ninguna investigación —dijo ella finalmente

—. Lamento que hayas venido hasta aquí para esto.

Tim suspiró.

—¿Está al tanto del caso?

Lo cierto es que Camila no sabía mucho. Se había mantenido

deliberadamente alejada de las noticias del caso Holmes porque era

consciente de que tenía los ingredientes necesarios para obsesionarla. Sabía

que Sophia había ido al cine con unos amigos y que, justo antes de empezar la

película, les había dicho que tenía que hacer algo y jamás regresó. Más tarde

había sido vista cerca del puente Catenary y la policía había encontrado trozos

de su vestido en el río, con lo cual cobró fuerza la hipótesis del suicidio. Los

que conocían a Sophia, una chica de catorce años que parecía tenerlo todo,

sostenían que era inconcebible que hubiera tomado semejante determinación.

—Sé lo que sabe todo el mundo… —dijo Camila mientras buscaba el

nombre de su interlocutor—. Escucha, Tim, no estoy interesada en el caso; ni en este, ni en ningún otro. Es parte del propósito de haber venido aquí. Lo

entiendes, ¿verdad?

—Claro, por supuesto.

—Voy a pedirte amablemente que te marches.

Tim la observó con horror.

—Algo sucedió hace cinco días —dijo con desesperación—. No lo hemos

publicado todavía. Caroline Holmes, la madre de Sophia, encontró una nota

clavada en la puerta de su casa. Unos vecinos vieron la nota pero nadie llegó a

leerla. Poco tiempo después, la mujer cayó de la terraza. Está en coma.

Eso sí parecía un intento de suicidio, pensó Camila.

—No lo sabía. Es una noticia muy triste. —Camila lo observó con

severidad.

Tim colocó bien las carpetas, que otra vez estaban a punto de caerse.

—Le pido perdón por haberme presentado de esta forma, señora Jones.

¿Puedo dejarle mi número para que me llame si cambia de opinión?

—No hace falta. Si necesito hablar con usted, sé dónde encontrarlo.

—Que tenga un buen día, señora Jones.

—Igualmente. Cuidado con los escalones.

Camila cerró la puerta. De regreso a la cocina sacó el móvil del bolsillo y

realizó una búsqueda rápida de Tim Doherty. Los primeros resultados le

confirmaron que aquel hombre era quien decía ser. Un enlace en particular

atrajo su atención: «Madre e hija pierden la vida en un extraño accidente».

Levantó la mirada y vio a Tim, ya bastante alejado, avanzando como si

caminara sobre una cuerda floja. Toda su atención estaba puesta en las tres

carpetas, y no en el suelo. Camila supo lo que iba a suceder incluso antes de

que el pie derecho de Tim chocara contra una de las boquillas de riego y

cayera de bruces en el césped.