La linterna de papel

Will Burns · Capítulo 1 de 3 · parte 1/3

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La linterna de papel

Primera Parte Paradoja, Cimientos

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

PRIMERA PARTE

PARADOJA, CIMIENTOS

 

La única forma razonable de empezar, supongo, es hacer una somera descripción física. El sitio que nos incumbe era una pequeña población con mercado que, por alguna razón que nadie me ha podido explicar nunca de forma adecuada, insistía en hacerse llamar aldea. Es pertinente preguntar cómo puede un lugar insistir en algo así; o, ciertamente, de dónde saca la voz para articular esa insistencia. Así pues, ya hemos encontrado un punto de interés; ¿tenía el pueblo una noción innata del yo? ¿Planteaba demandas a quienes vivían dentro de sus límites? ¿Les imponía su voluntad a los lugareños? ¿Se las había apañado para grabar su condición esencial de aldea en su imaginación colectiva? Quizá lo averiguaremos. De momento basta con saber que los habitantes del lugar lo llamaban aldea, y que así pues, en aras de la conciliación, yo también lo llamaré así. Pero volvamos a los hechos físicos. Al diseño topográfico. A la superficie de las cosas. La calle mayor iba de este a oeste, subiendo por una pequeña cuesta que llevaba a las colinas que rodeaban la aldea. Era una calle mayor sin nada especial, idéntica a tantas otras calles parecidas de tantos otros pueblos y aldeas del país. La posada de gran tamaño que había en mitad de la calle ya se había convertido en un hotel avejentado pero caro. Había tres tiendas benéficas, una floristería, un pequeño restaurante italiano, un par de locales de curry (que eran excelentes o terribles, dependiendo de a quién preguntaras), cuatro o cinco peluquerías, una de las cuales era un establecimiento grande tipo salón de belleza que ofrecía todos los cuidados suplementarios de costumbre: eliminación de vello corporal, alargamiento de uñas de manos y pies, tratamientos faciales… Si cruzabas la cima de Coombe Hill, que se elevaba en el extremo oriental de la aldea y tenía uno de esos toponímicos agradablemente tautológicos que se adscriben a los accidentes naturales del paisaje, y llegabas al fondo del siguiente valle, te encontrabas en Chequers, que ha sido durante mucho tiempo la residencia campestre del primer ministro de turno. Por favor, no crean que estoy mencionando este dato para jactarme ni nada parecido. Quizá llegarán a darse cuenta de que no es la clase de dato al que yo otorgaría ninguna importancia real, mucho menos del que alardearía. Aun así, mucha gente en la aldea sí que presumiría de ello. Por mi parte, lo menciono solo para añadirlo a nuestra comprensión de la conciencia que el lugar tenía de sí mismo. De su estatus y su especificidad dentro del esquema de todos los demás lugares posibles. Porque aquí, o al menos eso parecía sugerir la proximidad de tan notable residencia, había cierta eminencia, cierta grandeza, por mucho que la aldea, es cierto, se tomara ese estatus a la ligera, lo llevara con modestia suburbana. Estaba lo bastante cerca de Londres como para que los ricachones de la ciudad se escaparan hasta allí, pero tenía todo el aspecto de lo que se conocía como «el campo». Lo cual significaba, más o menos, agricultura de monocultivos arables, atribución de cierto interés científico a la topografía, montones de paseantes y ciclistas con sus fibras sintéticas de rigor, perros de todos los tamaños y formas, pubs malos, pubs buenos, pubs mediocres y, algo importante en este caso en particular, un sistema educativo que llevaba décadas atrayendo a una clase media gris y rapaz que me daba la impresión de propagarse mediante una modalidad muy concreta de autocomplacencia y felicitaciones mutuas. Y sin embargo, por otro lado, también reinaba cierta sensación de que aquella gente se había conformado con algo ligeramente inferior a sus expectativas. A veces hablaban como si estuvieran disculpándose por haberse encontrado viviendo en un lugar soso y nada espectacular. Hablaban de sus vidas pasadas y de sus aventuras de juventud. De su hedonismo perdido. Lo que hacían ahora, después de haberse reproducido, por supuesto, era comer, beber y viajar, y después hablar, de forma aparentemente incansable, de los sitios donde habían comido, de lo que habían bebido y de adónde habían viajado. Pues muy bien, quizá hubiera tenido el valor de decirle a aquella gente cuando la viera. A fin de cuentas, ¿qué otra cosa deberían hacer con su tiempo?

En mi caso, la vida tendía a organizarse bastante a menudo en torno al aspecto alcohólico de las cosas, concretamente en un pub llamado La Linterna de Papel, que, por suerte, llevaban mis padres. O para ser más exactos, debería decir que lo habían llevado mis padres hasta aquellas primeras largas semanas alucinantes y solitarias en las que el pub, junto con el resto del país, había sido obligado a cerrar sus puertas mientras se intentaba luchar contra el virus que había conquistado el mundo. Debo admitir que, después de que el país bajara la persiana, tuve ciertas indulgencias para conmigo mismo. En aquellos primeros días de lo que se ha denominado «el confinamiento» empecé a dar paseos más largos de lo estrictamente permitido, y me encontré viviendo una especie de vida de ensueño. Por supuesto, dice mucho del lugar donde yo vivía que, durante el primer mes aproximadamente, cuando las grandes ciudades sufrían privaciones, ansiedades y traumas difícilmente imaginables poco tiempo atrás, apenas hubo noticias de muertes locales, ni se vivió un enfrentamiento duro con el impacto real y terrible de la enfermedad. En aquellos primeros días nos enteramos de que había fallecido un hombre que hasta el año anterior había sido dueño de uno de los locales de curry. Después de venderse el negocio, se contaba que había vuelto a una gran ciudad del condado vecino. Aparte de eso, nuestra rumorología provinciana había sido benigna. Y por aquí las noticias siempre parecían propagarse en forma de anécdotas, en vez de con el rigor de algo tan sensato o inteligente como la investigación, y lo mismo pasaba a veces con lo que se nos vendía como realidad objetiva. Por ejemplo, estábamos en el corazón del territorio Brexit, el escaño conservador más afianzado del parlamento, y en los dos años anteriores, si te hubieras puesto a conversar con cualquiera de los sabelotodos de cualquiera de los pubs de la aldea, habrías oído sus opiniones de segunda mano o sus experiencias vagamente recordadas de Europa, o de la UE, de los extranjeros, presentadas como evidencia empírica dura de cuál era la situación real. No me cabe duda de que hubo algunos lugareños que estaban exultantes en secreto por encontrarse en la situación en que se encontraron cuando el virus obligó a actuar al gobierno y se desencadenó el desastre global. Por fin aquella generación que siempre había tenido problemas para definirse a sí misma por oposición a los conflictos icónicos de sus padres tenía su propia guerra. Me enteré por la radio de la capacidad que tenía la enfermedad para sacar a la luz las líneas divisorias de la desigualdad, y en la aldea pude presenciarlo en la invisibilidad de la enfermedad, en su capacidad asombrosa para estar al mismo tiempo en todas partes y en ninguna. Aquí, lejos de la ciudad, reinaba la sensación de que todo era una especie de largo puente festivo.

 

Por supuesto, también yo me vi implicado en este grotesco autoengaño: tengo que admitir que me alegró la perspectiva de pasar semanas enteras sin tener que arrastrarme a un tedioso trabajo a tiempo parcial, de disponer de días para pasear, leer y quizá escribir. La idea también acarreaba una vaga y apática sensación de culpa, por el hecho de estar encontrando satisfacción en un momento así. Al mismo tiempo, simplemente sentía resentimiento ante la perspectiva ominosa de regresar a una vida en la que mi valor ascendía a 8,21 libras por hora y venía con todo aquello en lo que tanto habíamos creído antaño, y acerca de lo cual digamos que yo ya albergaba ciertas dudas, relacionadas con la naturaleza del trabajo, el dinero y el estatus social. Durante unas semanas, todo esto se convirtió de algún modo en tema de reflexión nacional, de debate nacional. ¿Qué nos encontraríamos cuando por fin volviéramos a lo que antaño habíamos llamado con tanto afecto y tanto anhelo «trabajo»?

 

Antes del virus, yo trabajaba a tiempo parcial en La Linterna, intentaba escribir mis tristes poemillas y estaba bastante acostumbrado a las miradas que la gente no podía evitar echar a un hombre de treinta y nueve años que trabajaba en el pub de sus padres. La causa de aquella consternación no era necesariamente ver a un adulto aparentemente feliz de vivir con aquel exiguo salario, sino más bien el hecho de que la verdadera divisa por estos pagos, la divisa por la cual yo mostraba en apariencia tan poco respeto, era el estatus social. Y ese estatus se manifestaba de diversas formas. Estaban las obvias: los coches, las casas, los trabajos, las vacaciones. Pero también había otros terrenos de juego, y ninguno más salvaje y competitivo que el selectivo sistema educativo que a su vez hacía que la zona fuera tan deseable. En el pub oías a los padres hablando de tutorías particulares, clases extra, exámenes aprobados y profesores de matemáticas, desesperados porque sus hijos aprobaran el examen de admisión que les permitiera entrar en la selectiva escuela secundaria local. Sus caras tenían aquellas expresiones tensas y serias que exhibían todos los treintañeros y cuarentones de la aldea cuando discutían de asuntos importantes mientras se tomaban una pinta o un gin-tonic. El último descubrimiento nutricional que les había cambiado la vida, sus ideas políticas completamente comprensibles, completamente razonables y completamente pragmáticas, las consideraciones ecológicas y económicas de sus múltiples destinos vacacionales, sus coches nuevos, sus recientes viajes en bicicleta, su entrenamiento para la maratón.

 

El confinamiento coincidió con una primavera soleada y agradable. Habíamos tenido un invierno húmedo y sombrío y el alivio fue palpable cuando nos llegó un poco de buen tiempo. (¿Cómo que palpable? ¿Otra vez estaba cobrando voz el lugar?). Con el pub cerrado, yo ya no veía a mis vecinos a diario, y por tanto ya no intercambiaba cotilleos, cortesías y topicazos, ni tampoco oía por medio de esas interacciones lo que podía llamarse la voz del lugar. Nos veíamos de vez en cuando en la cola que se formaba todas las mañanas frente a la farmacia y el pequeño supermercado de la calle mayor, o en los huertos, o paseando por las colinas. Intercambiábamos un breve saludo y ellos me preguntaban por mis padres y por el pub. Menos mal que hace sol. Vaya época nos ha tocado vivir. Ya nos veremos cuando nos veamos. También me había apuntado como voluntario por si hacía falta ayuda de la comunidad en mi «zona de tres calles», y por tanto recibía regularmente un correo electrónico del guardabosques acerca de varios grupos de apoyo y otra información referente a lo que se estaba haciendo a nivel local: los pequeños éxitos, los puntos potencialmente problemáticos y algún que otro discursito motivacional. Todos los correos electrónicos empezaban con un informe meteorológico. Estoy seguro de que, si me lo propusiera, podría decir algo ingenioso sobre nuestra relación siempre cambiante con las cosas elementales del mundo, sobre el hecho de que quizá las nuevas circunstancias estuvieran dándonos la oportunidad de obtener un nuevo conocimiento más empático y fundamental de la tierra más allá de nuestro ámbito humano. Pero sospecho que la gente mencionaba el clima por pura necesidad, para no tener que seguir hablando del virus, los confinamientos y el aislamiento. Quizá por mera costumbre. Por falta de imaginación. En aquellas primeras semanas confié en que hubiera algún tipo de cambio, en que gracias a las nuevas experiencias, y a una nueva noción del tiempo y hasta de nosotros mismos, llegáramos a conocer mejor los sistemas climáticos, las colinas, los campos y los arroyos y la vida del lugar, de todos los lugares. Me di cuenta de que la gente se fijaba en el canto de los pájaros, que se aprendía los nombres de las plantas locales, que recogía ajos silvestres en el bosque y desarrollaba un interés más profundo por sus jardines. Los huertos de la aldea se veían tan cuidados e impecables que parecían salidos de un libro.

 

No sabría decir qué me trajo a la memoria en ese momento al poeta y filósofo Tim Lilburn. Me lo había recomendado mi viejo amigo Stephen la primera vez que volvió de la universidad a pasar las navidades en la aldea. Quizá fuera la extraña desubicación que sufríamos con respecto a los demás, añadida a la idea de que nuestra vida en un futuro inmediato —no sabíamos durante cuánto tiempo— iba a tener cierta naturaleza monástica: soledad, pensamiento, silencio… todo esto me hacía pensar en su obra. Lilburn invocaba en sus escritos el paraíso, el jardín primigenio, así como un deseo, un «eros» que sentíamos todos hacia lo que se había perdido en la Caída. Un deseo que se manifestaba como una especie de nostalgia. Me parecía ver algo de esto en cómo la gente hablaba del mundo que habían conocido hasta hacía solo unas semanas, y en la añoranza que sentían por él. Y, sin embargo, también había algo de ello en el redescubrimiento, en los pequeños avances de una relación novedosa con aquel mundo natural que estaba y siempre había estado tan cerca. La gente se veía obligada a reflexionar sobre lo que echaba de menos, y también sobre aquello que quizá nunca se habría dado cuenta de que echaba de menos. Y así pues, pese a que disfrutaba de mi repentina ausencia de trabajo asalariado y de una superabundancia de lo que antaño se llamaba tiempo de ocio, terminé echando de menos ciertos elementos del pub. La semana antes de decretar finalmente el cierre de comercios, bares y restaurantes, el primer ministro, con su característica mezcla de falsa bonhomía y arrogancia, invocó «el derecho inalienable del pueblo libre del Reino Unido a ir al pub». La frase era un despropósito absoluto, aun así la primacía que obtuvo por entonces aquella imagen fue reveladora. Pese a su ubicuidad, pese al uso simbólico que hacían de ellos los políticos chabacanos del momento y sus compinches serviles de la prensa, los pubs seguían siendo el foco de atención de lo que se había convertido en la repentina conciencia de una ausencia. Nuestro pub estaba lleno de tipos tristes, divertidos, extraños y a veces inquietantes. Me acordaba bastante de ellos, en aquellos primeros días de soledad, y de pronto aprecié sus personalidades profundamente distintas. El modo en que todos se resistían en última instancia a ser categorizados pese a mantener ciertas semejanzas colectivas. Lilburn escribía sobre algo parecido: una diferenciación entre las criaturas vivas individuales, que él sentía con mayor intensidad cuando se trataba de un animal salvaje. En nuestro caso, teníamos al hippy de mediana edad que amaba las colinas y odiaba los smartphones, cargado con la caja de pakoras que había preparado para llevarlas al campamento de unos activistas contra el tren de alta velocidad asentado en las afueras de la aldea desde finales del año anterior. Teníamos al motorista de dos metros al que le llegaba la barba blanca hasta el ombligo; teníamos al guardia penitenciario misántropo pero sorprendentemente agradable; teníamos al joven bastante perdido que trabajaba a tiempo completo detrás de la barra, con la cabeza anacrónicamente llena de banales opiniones de bar y conocimientos inútiles de concurso de pub; teníamos a la señora de las quiches y las tartas, a quien le guardábamos una botella de Chardonnay a su nombre al fondo de la nevera, y que, de vez en cuando, hacia el final de la noche, te pedía en tono confidencial si le podías servir un coñac largo en la copa de vino. Y teníamos a la mujer cuya hija había interpretado a Tina Turner en un musical reciente en Londres y que se había llevado a unos cuantos habituales del local a ver el espectáculo, y cuya conversación revelaba esporádicamente su frustración ante los aspectos más siniestros de la homogeneidad de los condados vecinos de Londres. Por decirlo de forma sencilla, supongo que yo añoraba el regreso de cierto grado de vida en comunidad, tanto física como emocional, pero más allá de eso, cuando pensaba en el pub, pensaba en una multitud. Sin embargo, había veces en que me acordaba de los habituales del bar y estos se disolvían en una especie de masa indiferenciada. Había noches, por ejemplo, en que la taberna estaba llena de gente llamada Pete. Recuerdo una vez en concreto en que fui el único presente que no se llamaba así. Siempre se habían hecho chistes sobre la proliferación de aquel nombre, sobre lo que decía del lugar, sobre la falta de imaginación, cultura e idioma que atestiguaba. Cuando un chef nuevo del local de tapas de la misma calle entró una noche y se quedó en la barra esperando su copa, uno de los habituales le preguntó cómo se llamaba. Al principio al chef le costó entender por qué se lo estaba preguntando el otro, por qué quería saber su nombre, qué interés podía tener y sobre todo dónde podía estar la gracia. Pareció que todo se desinflaba un poco; la confusión del joven había estropeado el chiste. Todos los Petes se quedaron un poco callados hasta que el chef, encogiéndose de hombros, decidió decirnos su nombre. Pedro, dijo, me llamo Pedro.

 

Otra larga mañana. Abrí la puerta para salir a South Street y cogí una vez más el caminillo blanco de creta que llevaba a las colinas pasando por la fuente, y caminé, y esperé.

 

¿Qué podía ser peor, me decía en aquellos primeros días, mientras la siniestra realidad nos caía encima como una losa y las noticias traían nuevas catástrofes a diario, que pasarse los meses siguientes solo en un lugar definido por su historia comunal? Una idea necia: siempre hay alguien que está peor que tú, da igual lo desesperada que te parezca la situación. Y cuando digo solo, también exagero un poco, porque de hecho en aquella época vivía con mis padres en aquel viejo pub temporalmente cerrado y tristón. Estaba obligado a mantener lo que se había denominado distancia «social» incluso de puertas adentro, y no tanto por la posibilidad de contagio como por la irascibilidad creciente y el deterioro mental de los tres. En los primeros días de encierro, mis padres se sentaban en las mesas de fuera, mi madre disfrutando del sol y mi padre un poco perdido sin sus clientes habituales, sin su lista de tareas; en suma, sin su trabajo. Empezaban con la cerveza de barril, que se echaría a perder pronto si no se la bebían; a primera hora de la tarde se pasaban a los gin-tonics, a media tarde a los rones con ginger ale y por fin, al caer la noche, al bourbon. Me ponían un poco nervioso. Aunque, bueno, tengo que decir que yo también bebía, y que aquella primera semana fue una larga y soleada sesión alcohólica marcada por el tiempo escurridizo y la suspensión de muchas antiguas certidumbres que, de forma casi imperceptible, se habían ido convirtiendo en privaciones, aunque pequeñas. Los días terminaban sin temor al siguiente, las horas pasaban sin presiones inminentes. Por decirlo de forma sencilla: no había nada que hacer. Las carreteras quedaron en silencio, el pequeño mercado de la plaza se vació y los vestigios del clima horrible del invierno parecieron disiparse de golpe para dar paso a los cielos nítidos de una primavera amable y verde. Sin embargo, aquella mezcla de novedad, shock y alivio no tardó en disiparse, y al cabo de una semana o dos entramos en vereda. A no tomar la primera copa hasta las cinco, esas cosas. Después de las dos primeras semanas, me di cuenta de que el hecho de estar encerrados en La Linterna de Papel, o quizá la textura misma del edificio, estaba afectando al viejo. A fin de cuentas, el local transmitía cierta quintaesencia de su antigua cordialidad. Tenía básicamente forma de congregación, de compañerismo. Las mesas y sillas, sin embargo, estaban vacías. Aquella ausencia nos oprimía a los tres, pero mi padre en particular se mostraba desatento, pesimista, convencido de estar acabado.

 

Al contrario que a mí, a mi padre le estimulaba la voluntad de trabajar. No tenía hobbies dignos de mención, ni intereses, ni pasatiempos. El cierre del pub había supuesto una erosión de su identidad, un hundimiento de todas aquellas cosas en las que siempre había creído —sin considerarlas para nada mutables o debatibles—, hasta el punto de que ya hacía mucho tiempo que las había dado por sentadas; palabras que respondían a sus invocaciones rituales, verdades que acudían para ser sus principios. Ética del trabajo, trabajo duro. A los tiempos de crisis había que hacerles frente de forma directa y simple con trabajo y más trabajo. Había que combatirlos; había que aceptar la moda actual de las invocaciones militaristas y derrotarlos con aquella estrategia triunfal, global y capitalista suprema, una estrategia que lo había invadido todo al punto de confundirse con un aspecto de la cultura misma: el trabajo. Y para colmo de males, su hijo mayor apenas entendía esa palabra. Me parecía que se pronunciaba con demasiada facilidad, que se invocaba demasiado y que se usaba de forma acrítica. Desconfiaba de los muchos significados distintos que podía tener. Por decirlo de forma sencilla, siempre había sido un tipo indolente, y era cierto que podía pasarme el día entero acostado sin leer una sola palabra ni mover un dedo para hacer nada que me costara esfuerzo. Una parte de mí, en los días previos a que cerrara el pub, deseaba en secreto que llegara el momento en que tocaran a su fin mis tareas, las interminables miradas al reloj y la espera del momento de salir del trabajo y pasarme al lado correcto de la barra. Ahora me encontraba atrapado entre dos posturas: tenía miedo a que regresaran las tareas interminables, lavar los vasos, servir pintas, limpiar, los borrachos abotargados y las tardes largas y muertas; al mismo tiempo, echaba de menos el éxtasis de la antigua comunión de La Linterna de Papel en sus mejores momentos, el constante rumor de fondo, la luz del atardecer reflejándose en un vaso medio vacío, las carcajadas seguidas por otras carcajadas, una ola de risas rompiendo sobre otra, mientras la bebida te llenaba el pecho y las mejillas, y el fuego resplandecía a tu lado, o bien sentarse fuera, a la dilatada luz del solsticio de verano, cuando todavía hacía calor a la hora de cerrar, las mesas reorganizadas en el jardín lleno de gente reunida bajo el sauce enorme que hacía de refugio y de centinela y que ahora se elevaba apático en el centro del patio, con una pila de sillas apoyada en el tronco.

Había días en que miraba, si esa es la palabra correcta para describir el acto de observar la vida por internet, a la clase de gente que —si yo fuera un tipo distinto de persona, o viviera en algún sitio más culto y urbano— llamaría mis iguales, hablando sobre su «trabajo» durante el confinamiento. A escritores y poetas que describían su experiencia con frases como no doy abasto con mi trabajo, o estoy desbordado de trabajo. Seguramente era un fallo de mi imaginación, y no el primero, el hecho de ser incapaz de concebir algo que se llamara trabajo y que no me hubiera mandado hacer alguien. Un poeta que «no da abasto» simplemente necesita dejar de escribir el poema. Nadie se lo ha pedido y tampoco va a salvar a nadie con él. Quizá esta actitud explique el fracaso espectacular de mis poemas. Hubo un tiempo, ya hace años, en que pensé que quizá todo saldría de forma muy distinta, pero como todos los embaucadores, había mimado mi ego en detrimento de lo que resultó ser un talento escaso. Y quizá realmente el fracaso tuviera algo que yo siempre había admirado. La idea del éxito ya me resultaba asfixiante desde la infancia, y hasta en la escuela me sorprendía a mí mismo preguntándome qué significaba realmente, qué aspecto tenía. Los representantes estudiantiles y delegados de clase me daban risa. Su sinceridad engreída, su peloteo, su desesperada necesidad de aprobación y su patética imitación de la autoridad. Y fuera del ámbito del colegio, ¿quién iba a ser el árbitro que midiera el éxito? Llevaba toda mi vida empezando proyectos y dejándolos a medias. Escribía un poco y me aburría enseguida del tema. Empezaba alguna línea de investigación u otra y las abandonaba todas. Desconfiaba de las motivaciones ajenas, lo cual, por supuesto, en realidad significaba que desconfiaba de las mías. He tenido que fingir que mis fracasos me apesadumbraban, por una cuestión de apariencias, pero la verdad es que nunca me importaron lo bastante. Quizá nunca me importó nada. Fue así como acabé viviendo en el cuarto vacío del piso de arriba del pub de mis padres, trabajando allí a tiempo parcial y siguiendo las carreras literarias de los demás por internet con una mezcla de envidia y de horror, como si todo fuera un culebrón; con unos personajes apenas creíbles y unas interacciones que resultaban falsas y artificiales; en suma, como algo escrito.

 

La mayoría de las mañanas me echaba al campo. Continuaba excediendo el tiempo de ejercicio permitido, caminando durante horas, y después, cuando llegaba a casa y escuchaba las noticias por la radio, me preguntaba qué debería sentir ante aquella situación. ¿Culpa? ¿Vergüenza? ¿Acaso entendía que aquellos paseos eran una indulgencia atroz, la última manifestación de una vida entera de egoísmo, una manifestación que ahora además estaba vinculada a las muertes y el sufrimiento ajenos? Leía en las columnas de opinión y oía por la radio cómo debía sentirme sobre la situación, y lo veía en internet. Pero en la aldea costaba relacionar la opinión, con su «O» mayúscula y sus firmas y fotos de caras, con los datos divergentes de las distintas partes del país. La aldea simplemente no parecía un escenario de muerte y enfermedad. Daba la misma impresión de comodidad que produce siempre la riqueza. De forma que seguí paseando, implicado y a la vez exultante, adentrándome en las colinas y dejando atrás la aldea, recorriendo la escarpadura de Chilterns. Tomaba el sendero de creta blanca que en el mapa del Servicio Cartográfico llevaba el nombre de Ridgeway, un camino muy antiguo que recorría el sur del país y salía del pueblo para ascender por las colinas circundantes. La vereda era una cicatriz comercial en la tierra, que durante generaciones se había usado para transportar mercancías y ganado de las granjas del este a los mercados del oeste. Así pues, una fuerza de tiempos antiguos empujaba mis pies en dirección a las colinas; un deseo de escapar de los confines físicos de un edificio despojado de su propósito popular y del encierro psicológico de mi vida allí, con casi cuarenta años y viviendo con mis padres; una realidad que de pronto se me había hecho brutalmente evidente.

 

Primera hora de la mañana en lo alto de la colina, los cantos exuberantes y variados de los pájaros en los bosques de hayas, el resplandor de las campanillas, el aroma de los ajos silvestres en el aire frío, unas matas que crecían aquí y allá bajo los árboles. Yo llegaba mucho antes que la gente que paseaba al perro, que las excursiones familiares en bicicleta, antes que los corredores con sus zapatillas caras y solemnidad completamente cómica. En el punto en que la escarpadura caía abruptamente hacia el valle, pasó por mi lado planeando lentamente media docena de milanos reales. Sus formas en la brisa eran hipnóticas, algo a medio camino entre el caos y el control supremo. Economía de movimientos, discreción absoluta en cada ráfaga que empujaba sus plumas de vuelo. Estaba más allá de la adoración, lo que yo sentía al mirar a aquellas aves; una adoración que requería símbolos, abstracciones y sus ideas asociadas. Era un deseo entusiasta del mundo, de sentirlo de nuevo. La quietud le otorgaba a todo un aspecto poco familiar que todos habíamos empezado a disfrutar. Las carreteras ahora pertenecían a los zorros y a los muntíacos. Por debajo de nosotros, de mí y de los milanos, había un vasto campo atravesado por la línea blanca y recta del Ridgeway que te incitaba a mirar todavía más al oeste, hacia las colinas, más allá del límite entre nuestro condado y el siguiente. El año anterior, aquel campo había estado lleno de colza, pero ahora vi sobre todo hierba cana y oreja de ratón en la tierra dura y apelmazada. Quizá el agricultor llevara retraso con la plantación y hubiera renunciado a trabajar el campo durante la primavera, o quizá simplemente lo estuviese dejando en barbecho. El amarillo vívido de la cosecha del año anterior parecía otra oportunidad perdida para la estación presente, y al mismo tiempo otra victoria para la tierra verdadera, las malas hierbas y flores silvestres invadiendo un terreno que en verdad siempre les había pertenecido. El agricultor que trabajaba el campo había roturado un logo enorme del NHS en la maleza usando un tractor. Yo jugaba con él a fútbol sala algún que otro lunes por la noche, y mirando ahora el campo recordé la conversación que había mantenido nuestro equipo en el chat de WhatsApp en la noche de las elecciones generales del año anterior, y de lo que se había dicho de cosas como el socialismo y el gasto público y los árboles donde crecía mágicamente el dinero.

Durante el confinamiento, un día a la semana más o menos, me sentaba a almorzar en una mesa de la taberna vacía con una botella de cerveza delante. Me acordaba de que hacía no sé cuántos días —¿quién podía calcular cuántos, ahora que el tiempo había perdido gran parte de su magnitud anterior, de aquella sensación, que se había revelado como falsa, de ser algo concreto, definitivo y divisible?—, la velada previa al confinamiento había estado teñida por el anuncio por parte del gobierno de que esa misma medianoche iban a tener que cerrar pubs, restaurantes, oficinas, tiendas, cafés… Todo, de hecho, salvo los lugares de trabajo más esencial. Toda la clientela del pub se había acercado a la barra para ver la rueda de prensa en directo por la tele grande. Hacía días que se experimentaba una sensación de expectación y una especie de emoción perversa, días en que habíamos estado escuchando con regularidad aquellas actualizaciones informativas del gobierno, sin saber muy bien qué estábamos esperando; el comienzo de algo, lo que fuera, de ese momento excitante y aterrador en que se confirma que estás siendo testigo de la historia. El resto de la noche había tenido, supongo que de forma inevitable, una atmósfera peculiar, cuando por fin llegó aquello que todos habíamos estado esperando. Una sensación de final, una conclusión que la gente todavía no era capaz de articular, para la que no se había preparado del todo y que todavía ni siquiera entendía. Ahora me preguntaba si en aquel momento exacto, al serles arrebatadas de pronto las perspectivas de compañía y de contacto familiar, y los rituales y hábitos que constituían sus vidas, los presentes ya habrían percibido algún aspecto nuevo de cuál era exactamente su lugar en el pub. O de cuál era la relación que tenían entre ellos. Yo me había pasado la vida diciendo adiós y dando las buenas noches en aquel salón, a ambos lados de la barra, pero aquella noche cada despedida tenía una intensidad que la señalaba como algo fuera del orden normal. Pensé que aquella gente llevaba años viéndose a diario. Muchos de ellos jamás quedaban formalmente, no tenían contacto previo, no se llamaban ni programaban sus encuentros. Simplemente salían a la calle a ver qué compañía encontrarían aquella noche. Quizá venían pasando por la acequia, o procedentes de la pequeña hilera de casitas que había delante de la consulta del médico, o quizá acudían en coche desde sus caserones situados al pie de las colinas y se volvían también con el coche cuando ya habían bebido demasiado, sabiendo que a esas horas ya no quedaba policía patrullando las carreteras que rodeaban las colinas. Y mientras se daban las buenas noches en tono sombrío, les vi en la cara que se estaban preguntando a quiénes quizá no volverían a ver. Porque por entonces creíamos que el virus nos pondría de luto por más de uno de los que estábamos aquella noche en el bar. Se hablaba de fábricas de cerveza y pubs y negocios que iban a quebrar, de cómo iba a vivir la gente, de cómo iba a pagar la hipoteca o el alquiler, pagar a sus empleados y proveedores y saldar sus deudas. Era una mezcla mareante de desesperación y deseo: el colapso de las cosas y el potencial radical de aquel colapso para dar nueva forma a lo que vendría en su lugar.

 

Me acuerdo en particular de la conversación que tuvo uno de los presentes esa velada. Era un hombre llamado Pete Cooper, que venía al pub casi todos los días, y que llevaba una empresa de distribución de bebidas en el pueblo. Siempre me había parecido que apellidarse Cooper, tonelero, era demasiado perfecto para ser el dueño de una empresa heredera de la antigua fábrica de cerveza de la aldea. La empresa había crecido considerablemente en el centenar de años que llevaba existiendo, pero siempre había estado en manos de la familia de Pete. Y aquella noche presencié a tiempo real, en las emociones que le pasaban por la cara mientras hablaba del tema, a medida que se le ocurrían nuevos problemas o inconvenientes, cómo caía en la cuenta de que todo lo que había conocido quizá estuviera a punto de acabarse, en ese mismo momento. Las cosas materiales que tan familiares le habían resultado de niño, cuando el negocio lo tenía su padre; las cosas de las que había disfrutado de joven cuando trabajaba para su padre; y ahora las cosas por las que se preocupaba y las que consideraba sus logros en calidad de director, de jefe de dos de sus hijos: los edificios, los pubs, los días de jugar al golf, los propietarios y propietarias, las oficinas, las amistades, el estatus que había llegado a tener en la zona. El significado que se atribuía a sí mismo. Aquella noche su cara tenía una expresión atormentada, pero la causa no era simplemente la conciencia de los cambios inminentes y de las privaciones inminentes; era el profundo desarraigo que estaba sufriendo, y en su mirada, que era la mirada afable de alguien que apenas le tenía rencor o rabia al mundo, vi el shock total que le producía comprender que aquello que siempre había considerado seguro resultara ser tan frágil así como fácil y rápido de desmontar. Volví a acordarme de él aquel día, sentado a solas en la barra, y por alguna razón lo que me vino a la cabeza fue su talento, perfeccionado desde sus días de escuela, según él contaba, para captar con exactitud los matices de las voces y particularidades ajenas, y el hecho de que era capaz de imitar a casi cualquier persona después de pasar solo una hora en su compañía. Y pensé que en todo el tiempo que llevaba conociéndolo, nunca había usado aquel talento con malicia, y me acordé de cómo nos había hecho reír en aquel mismo salón a unos cuantos que estábamos sentados en la barra en una noche tranquila, disfrutando de aquella sensación peculiarmente cómoda y descansada que experimentábamos durante la hora dorada de los habituales de cada día, cuando Pete imitaba a alguien de la tele, o a mi padre, o incluso a mí.

 

De alguna manera, pasó una semana y un día volvió a ser viernes. Festivo. El año anterior, el gobierno había anunciado que cambiaría el festivo de principios del mes de mayo del 4 al 8 para conmemorar el 75 aniversario del día de la Victoria en Europa. Por supuesto, no se podía crear un día festivo nuevo. Supongo que por entonces no se imaginaban que para cuando llegara la fecha señalada ya tendrían a una gran parte de la población en un estado festivo permanente. Una mañana leí que el ministro de Hacienda estaba preocupado porque la gente se hubiera vuelto «adicta» a las ayudas financieras que el gobierno había dado mientras no se le permitía ir a trabajar. Si hubiera podido, yo le habría pedido que fuera a preguntar por la naturaleza de aquellas adicciones entre la clase aristocrática de la que tan encandilado parecía estar. Daba la impresión de que hacía mil años que tenían problemas para desengancharse de las ayudas estatales. No me acuerdo exactamente de cuándo, pero en los primeros días del confinamiento recibimos una carta en nuestra puerta informándonos de un plan en marcha consistente en que todos los vecinos de la calle saliéramos de nuestras casas a los jardines y a las entradas para brindar por los sacrificios realizados durante la guerra. Las fiestas callejeras planificadas se iban a tener que recortar bastante, pero simplemente no permitiríamos que la enfermedad derrotara los esfuerzos de la comunidad para conmemorar a los muertos históricos.

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