La marca de Sekhmet

Isabel Giustiniani · Capítulo 6 de 28

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La marca de Sekhmet

Capítulo 6. Contra los Hicsos

CAPÍTULO 6

 

Contra los Hicsos

 

Tras la destrucción de una serie de fortificaciones en las fronteras del noreste, Horemheb comenzó a organizar contingentes de tropas de a pie y docenas de equipos con carros de guerra. Por primera vez, yo también pude participar.

Aunque solo tenía quince años, nadie ponía en duda mi habilidad de auriga, así que Paramesu también tuvo que aceptar que me incluyeran en su equipo elegido.

Varias milicias procedentes de todas las ciudades del delta del Gran Río se reunieron en Men-Nefer y, al principio del mes de Tybi, cuando las aguas se retiraban y los campesinos se disponían a sembrar las tierras que habían

vuelto a ser fértiles, tomamos el Camino de Horus[19] con la osadía de los que se preparaban a una simple cacería.

—¡Oye, hermanito! —me llamó Neferu deslizándose entre los soldados y acercándose a mi carro, mientras conducía a paso de tortuga al lado de las tropas en marcha—. ¡Viéndote ahí arriba pareces todo un guerrero! Pero no te hagas demasiadas ilusiones, que yo no pienso llamarte «señor».

Sonreí cuando me guiñó el ojo. Me gustaba su forma de bromear sobre cualquier tema, consiguiendo suavizar las situaciones más difíciles.

—Alguien tiene que cuidar de ti —repuse, siguiéndole la broma. Neferu, sin embargo, bajó la mirada, poniéndose serio de pronto y clavando la vista en sus sandalias, que se estaban llenando de polvo en la calzada reseca.

—No quería que vinieras —confesó—. He oído que el general quiere adentrarse hasta Beer-sheba para darles una «buena lección» a los hicsos y quitarles las ganas de saquear nuestras tierras. Si es así, va a ser un baño de sangre y tú no estás preparado.

—No eras mayor que yo cuando fuiste a tu primera batalla —repuse, molesto—. Si estabas preparado tú, yo también lo estoy.

—¡Pero yo no estaba preparado! —gritó, clavándome en los ojos una mirada dolida que me impresionó, cogiéndome por sorpresa—. No estaba preparado a lo que vi. Ni a lo que hice —se pasó una mano en la melena larga y negra, nervioso, y después volvió a mirar ante sí—. Y reza a Atón, Khemfre, para no estarlo nunca.

Lo llamé, más trastornado por la sombra que vi aparecer en su rostro, siempre alegre, que por las palabras que había escuchado. Pero Neferu siguió caminando hacia adelante, y pronto desapareció entre la multitud bulliciosa de los soldados que soñaban con el botín y la gloria futura.

 

Durante semanas nos adentramos en llanuras cada vez más desérticas. A medida que nos alejábamos del corazón de Kemet, los asentamientos humanos por el camino se hacían más ralos y miserables.

Después de aquel intercambio de opiniones, Neferu no quiso volver a hablar del tema, como si estuviéramos en esos parajes desolados por un simple viaje de placer. Por mi parte, me pareció prudente no insistir: más valía concentrarme en la alegría de tenerle de nuevo a mi lado.

A medida que nos acercábamos a zonas peligrosas, el ejército recibió la orden de avanzar armado y en formación de guerra, preparado para responder a cualquier ataque. Separados, cada uno en su propia compañía y a las órdenes de su oficial al mando, tuvimos muy pocas oportunidades de vernos, salvo algunas veces por la noche, cuando podíamos cenar juntos cerca de los escasos fuegos encendidos en el campamento.

Llegamos a las fortificaciones fronterizas sin ver ni a uno solo de nuestros enemigos, tan solo algún signo de su paso, como las bandadas de buitres que veíamos revolotear sobre las ruinas de las aldeas arrasadas.

Algunos perros salvajes salieron corriendo en cuanto nos acercamos a una construcción baja asentada en un afloramiento de piedra. Los cuerpos de una veintena de hombres colgaban atados por los brazos y se estaban pudriendo al sol. Por lo que se podía adivinar de los macabros restos, debían haber sido militares egipcios.

—Malditos bárbaros —exclamó Paramesu, escupiendo al suelo—. Pagarán también por esto. ¡Bájenlos! —ordenó al grupo de soldados que tenía al lado.

La corrupción del cuerpo era nuestro mayor temor, porque conllevaba la imposibilidad de acceder a la vida eterna en el Más Allá.

No pudimos hacer mucho por sus exequias y aquella noche acampamos doblando la guardia, sintiendo en el aire la proximidad del enfrentamiento: considerando la velocidad de descomposición de los cuerpos a esas temperaturas tórridas, los soldados asesinados no podían llevar mucho tiempo ahí colgados.

Después de unos pocos días, efectivamente, nuestros exploradores volvieron con la noticia de que un gran contingente de hicsos había acampado detrás de las ruinas de la antigua ciudad de Sharuhen.

Cruzamos la llanura desértica que nos separaba del promontorio de lo que había sido su baluarte, antes de que el faraón Amosis lo arrasara, siglos atrás. Pensé que, reuniendo la mayoría de sus fuerzas en ese lugar, quizás nuestro enemigo pretendía lanzar una señal de su voluntad de volver a apoderarse de esas tierras.

Llegamos a la vista de la colina a última hora de la tarde, cansados por el largo viaje, y de pronto nos topamos con los hicsos decididos a luchar en la escasa luz del atardecer, con tal de aprovechar todas las ventajas de nuestro agotamiento.

Horemheb no se dejó intimidar por la oscura fila de caballeros alineados en la cumbre de la loma en la que se alzaba la ciudad y gritó sus órdenes a los comandantes para que se prepararan inmediatamente en formación de batalla.

La tensión se respiraba en el aire y mi corazón se aceleró al ver a los hombres de mi división corriendo a sus puestos, acatando las órdenes de Paramesu.

—Zahur, tú móntate con Khemfre —ordenó el comandante, pasando a mi lado, mientras asignaba un arquero a cada carro.

—¿Qué? ¡Pero si no es más que un niño! —protestó el arquero, echándome una mirada lejos de ser amistosa.

—¡No discutas mis órdenes! —lo reprendió él, brusco—. Khemfre es un excelente conductor y va a ser capaz de cubrirte el culo incluso mejor que muchos otros.

Me sorprendió muchísimo oír un cumplido de la última persona de la cual me lo habría esperado. Vi a Zahur acercarse refunfuñando a mi carro de guerra y luego miré a Paramesu, y le di las gracias con un gesto de la cabeza.

—No me lo agradezcas, escriba —me contestó despectivo, las grandes manos aferradas a las bridas de su ligero carro de oficial—. Aquí no estamos jugando: es la guerra. Conozco el valor de mis hombres y nunca pondría en peligro la vida de nadie en balde, en el campo de batalla.

Incitó a los caballos y lo vi alejarse mientras seguía gritando órdenes a las tropas. Por mucho que ese hombre fuera sádico y odioso, tuve que reconocer que el general Horemheb no se equivocaba al confiar en él y en sus capacidades estratégicas.

El ruido de algo cayendo a mis pies me obligó a prestar atención a Zahur. Mi compañero, con el arco al hombro y un par de largas dagas en la cintura, estaba cargando en el carro tres aljabas llenas de flechas y una lanza. Era un guerrero de mediana edad con pintas de haber vivido muchas batallas, cada una de ellas marcada en una de sus cicatrices.

—Espero que el capitán tenga razón, muchacho: me importa mi culo — comentó subiendo a la caja del carro de un salto.

—Me importa a mí también, señor —respondí, rápido—. Quiero decir, me importa el mío. No es que no quiera proteger el suyo, es decir…

Me puse más colorado que un tomate por mi lengua de trapo, pero Zahur se echó a reír, dándome un pescozón.

Los silbidos de mando lanzados por Paramesu nos devolvieron al presente.

Seguimos al capitán que nos alineó frente a las filas de los soldados, mientras otras dos unidades de arqueros en sus carros se desplegaron de lado, protegiendo los flancos de las tropas a pie.

—Muchacho, hoy somos nosotros la brecha de ruptura —comentó Zahur, después de emitir un silbido—. La batalla va a ser brutal.

Tragué saliva y una gota de sudor frío me corrió por la espalda. Al desplazar el carro más allá de las tropas intenté localizar a Neferu, pero el bosque de lanzas erguidas y de escudos no me permitió divisar los rostros de nadie.

—Escúchame bien —dijo Zahur—. Aquellos bastardos hijos de Ammit montan a caballo como si fueran parte de la misma bestia. Tu haz que el carro sea estable, no dejes que se acerquen y yo me encargaré de que caigan como frutos maduros. ¿Todo claro?

Asentí, observando con preocupación el pedregal que se extendía ante nosotros. Manteniendo una velocidad constante, quizás conseguiría compensar las vibraciones del carro, siempre que no tropezáramos con algún desnivel oculto, pero no tenía ni idea de cómo Zahur podría apuntar y, sobre todo, dar en el blanco, en aquellas condiciones.

El nemes azul y blanco de Paramesu sobresalía al frente de la columna, indicando la dirección.

Presa de una gran emoción, conduje mi carro junto a los otros, impregnado de una extraña euforia inspirada por la camaradería mezclada al miedo que suele anticipar los acontecimientos más importantes de la vida.

Los hicsos ya se habían lanzado al ataque desde la cumbre de la loma: una masa oscura de guerreros con sus valientes caballos que pronto se abalanzarían sobre nosotros.

—¡Por el faraón y por la gloria de Kemet! —gritó Horemheb alzando su lanza—. Por la Señora Roja: ¡por Sekhmet!

De pronto miles de gritos de invocación a la diosa de la masacre estallaron a mi alrededor, seguidos por otros gritos ensordecedores incitando a los caballos. Docenas de carros de guerra se lanzaron contra el frente enemigo: su tarea era infligirle tantas bajas como fuera posible antes del enfrentamiento entre los ejércitos de a pie.

El polvo y un viento abrasador me quemaban la cara mientras los arqueros cargaban la primera flecha.

El corazón latía fuerte en mi pecho, como las vibraciones del carro que rebotaba sobre el terreno. El ruido sordo de las ruedas se sumaba a los gritos de los soldados y a los zumbidos de las flechas lanzadas por ambos bandos. A la señal de Paramesu, nos dividimos en dos alas, para ampliar el frente de tiro.

Con las piernas separadas y firme en la plataforma, Zahur pescaba los dardos de la aljaba que llevaba al hombro y los lanzaba con destreza y velocidad asombrosas, moviéndose al mismo tiempo en el carro a medida que cambiaba de dirección. A pesar de los sobresaltos, si dijera que cada vez que oía el silbido de una flecha veía caer a un enemigo, no estaría muy lejos de la realidad.

Aun sufriendo muchas bajas, un agrupamiento de hombres barbudos a caballo, algunos armados con arco y flechas y otros con largas espadas, alcanzó nuestra línea de carros. Una flecha se incrustó en mi vehículo con una nota vibrante, mientras otra me rozó la cabeza, tan cerca que me habría arrancado el pelo, si no hubiera mantenido la costumbre de afeitármela, como cuando era niño. Durante un momento me estremecí, perdiendo así la concentración necesaria para evitar un desnivel del terreno que se abría frente a mí. Una rueda pilló el hoyo de lleno, causando una breve pero peligrosa inclinación del carro y después un golpe brusco cuando, al salir, volvió a la posición horizontal.

—¡Mierda! ¡Ten más cuidado! —gritó Zahur, perdiendo el equilibrio y estrellándose contra la pared del vehículo.

—¡Lo siento! —grité, sin quitar los ojos de un grupo de caballeros que se lanzaban contra nosotros—. ¡Los tenemos encima!

—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Estamos demasiado cerca! —me instó, quitándose la aljaba vacía para coger otra llena.

Giré el carro hacia la retaguardia, incitando a los caballos mientras Zahur seguía lanzando flechas a nuestras espaldas.

Otros carros estaban intentando la misma maniobra, pero los más lentos fueron alcanzados y abordados por los jinetes hicsos, para ser después sacrificados a filo de espada o bajo los cascos de los caballos en marcha.

—¡Nos están encerrando! —grité, indicando el despliegue de soldados enemigos que venía del oeste para atacar el ala derecha de nuestro ejército. Mediante una maniobra de tenaza, estaban cerrando nuestras líneas.

—Por los dioses, estamos acabados —exclamó el arquero, sosteniendo la última aljaba.

—Todavía no —repliqué, observando nuestra última oportunidad que no tardaría mucho en esfumarse—. Agáchate y agárrate lo mejor que puedas. ¡Les paso por encima!

—Qué diablos… —intentó protestar mi compañero, pero tuvo que callarse debido a la brusca aceleración de los caballos en respuesta a mi toque de silbato.

—Adelante, hermosuras —exhorté a los corceles, que se arrojaron sobre el enemigo.

El carro temblaba y tuve la impresión de que se rompería en cualquier momento, pero lo empujé con decisión hacia el césped amarillento y las malezas, intentando alcanzar un saliente rocoso que había ojeado. Cuando alcanzamos el peñasco, guie a los caballos a que dieran un salto.

Volamos por encima de las cabezas incrédulas de una multitud de soldados hicsos, para después caer encima de ellos con un choque de gritos y huesos rotos. Ruedas y cascos aplastaron los cuerpos en tierra y, mientras yo gritaba obligando a los caballos a escapar de ahí y alcanzar una zona despejada que se extendía delante de nosotros, Zahur, con la lanza y uno de sus puñales, atacaba a todos los que intentaban detenernos.

Cuando conseguimos librarnos de ellos, vi al ejército egipcio corriendo hacia nosotros para comenzar el enfrentamiento, y sentí renacer la esperanza.

—Menudo hijo de puta —exclamó Zahur, sonriendo—. Estás completamente loco.

Yo también sonreí, volviéndome hacia él, pero mi alegría se congeló en una mueca de horror al ver una flecha atravesándole el cuello.

—¡No! —grité, mientras Zahur se derrumbaba a mis pies, inundándome de líquido caliente.

Algunos caballeros hicsos se estaban acercando rápidamente, tanto que pude ver sus rostros barbudos deformados por el odio mientras incitaban a sus caballos para alcanzarme. Mi carro, en cambio, estaba perdiendo velocidad. Noté que el caballo de la izquierda sangraba por un costado, pero todavía no había perdido la esperanza.

Hasta que una flecha alcanzó el cuello del otro.

El animal lanzó un relincho y se desplomó en el suelo, arrastrando consigo a su compañero. El carro fue lanzado al aire y yo acabé volando más allá del remolque, junto con el cuerpo sin vida de Zahur.

Me acurruqué sobre mí mismo, intentando protegerme del impacto, cuya violencia fue como un navajazo de dolor. Aturdido y sin aliento, pude levantar la cabeza después de rodar varios metros en la gravilla puntiaguda. La piel me ardía por todas partes, y sentía un fuerte dolor en una pierna.

Me recuperé justo a tiempo para ver algunos jinetes hicsos superarme al galope, pero uno de ellos tiró de las bridas, y se detuvo junto a mí. En un movimiento desesperado, intenté arrastrarme hacia el cadáver de Zahur para quitarle su segundo puñal y defenderme, pero mi rodilla cedió, haciéndome gemir y caer en el polvo. El guerrero desmontó con destreza del caballo y me alcanzó, dándome una patada en el costado que me quitó el aliento y me obligó a girar sobre mí mismo. Sus blancos y crueles dientes que exhibió en una sonrisa fueron lo último que vi, antes de que su pesada espada cayera sobre mi rostro.

El dolor estalló dentro de mis ojos, haciéndome gritar.

Ciego y con la cara como una máscara de sangre, pude escuchar las voces y los gritos de guerra del ejercito egipcio que se acercaba.

Lástima. Estuve a punto de conseguirlo.

Tuve la impresión de que alguien me llamaba. Era la voz de Neferu, estaba seguro. O tal vez solo fuera uno de esos espejismos que la muerte concede a aquellos que están a punto de entrar en el Amenti.

La oscuridad se apoderó finalmente de mi conciencia, arrastrándome hacia el olvido.