La metamorfosis

Franz Kafka · Capítulo 1 de 1 · parte 1/3

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La metamorfosis

Franz Kafka

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

La metamorfosis

 

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Titivillus 06.03.17

Título original: Die Verwandlung

Franz Kafka, 1915

Traducción: Emma García Carbassa

Diseño de cubierta: Titivillus

Editor digital: Titivillus

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Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un

monstruoso insecto. Estaba de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza,

vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi

no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas

patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se

agitaban sin concierto.

—¿Qué me ha ocurrido?

No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña,

tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de telas —

Samsa era viajante de comercio—, y de la pared colgaba una figura recientemente

recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba

a una mujer con un gorro de piel, envuelta en una estola también de piel, y que, muy

erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su

antebrazo.

Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar

repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran melancolía.

«Bueno —pensó—; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas estas

locuras?» Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el

lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esa postura. Por más que se

esforzara volvía a quedar de espaldas. Intentó en vano esta operación numerosas

veces; cerró los ojos para no tener que ver aquella confusa agitación de patas, que no

cesó hasta que notó en el costado un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido

hasta entonces.

—¡Qué cansadora es la profesión que he elegido! —se dijo—. Siempre de viaje.

Las preocupaciones son mucho mayores cuando se trabaja fuera, por no hablar de las

molestias propias de los viajes: estar pendiente de los enlaces de los trenes; la comida

mala, irregular; relaciones que cambian constantemente, que nunca llegan a ser

verdaderamente cordiales, y en las que no tienen cabida los sentimientos. ¡Al diablo

con todo!

Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda en

dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar mejor la cabeza. Vio que el lugar

que le picaba estaba cubierto de extraños puntitos blancos. Intentó rascarse con una

pata; pero tuvo que retirarla inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.

—Estoy atontado de tanto madrugar —se dijo—. No duermo lo suficiente. Hay

viajantes que viven mucho mejor. Cuando a media mañana regreso a la pensión para

anotar los pedidos, me los encuentro desayunando cómodamente sentados. Si yo, con

el jefe que tengo, hiciese lo mismo, me despedirían en el acto. Lo cual,

probablemente, sería lo mejor que me podría pasar. Si no fuese por mis padres, ya

hace tiempo que me hubiese marchado. Hubiera ido a ver al director y le habría dicho

todo lo que pienso. Se caería de la mesa, esa sobre la que se sienta para, desde aquella

altura, hablar a los empleados que, como es sordo, han de acercársele mucho. Pero todavía no he perdido la esperanza. En cuanto haya reunido la cantidad necesaria para

pagarle la deuda de mis padres —unos cinco o seis años todavía—, me va a oír.

Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las

cinco.

Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl.

—¡Dios mío! —exclamó para sí.

Eran más de las seis y media, y las agujas seguían avanzando tranquilamente. En

realidad, ya eran casi las siete menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador?

Desde la cama se veía que estaba puesto a las cuatro; por lo tanto, tenía que haber

sonado. Pero ¿era posible seguir durmiendo a pesar de aquel sonido que hacía

estremecer hasta los muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por eso mismo,

debía de haber dormido al final más profundamente. ¿Qué podía hacer ahora? El tren

siguiente salía a las siete; para tomarlo tendría que darse muchísima prisa. El

muestrario no estaba aún empaquetado, y él mismo no se sentía nada dispuesto.

Además, aunque alcanzase el tren, no evitaría la reprimenda del amo, porque el mozo

del almacén, que había acudido al tren a las cinco, debía de haber dado ya cuenta de

su falta. El mozo era un esbirro del dueño, sin dignidad ni consideración. Y si dijese

que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, despertaría

sospechas, porque Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado

nunca enfermo. Vendría el gerente con el médico del Montepío. Se desharía en

reproches, delante de los padres, respecto a la vagancia de Gregorio, y refutaría

cualquier objeción con el dictamen del doctor, para quien todos los hombres están

siempre sanos y solo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su

diagnóstico no habría sido del todo infundado. Salvo cierta somnolencia, fuera de

lugar después de tan prolongado sueño, Gregorio se sentía francamente bien, además

de muy hambriento.

Mientras pensaba atropelladamente, sin decidirse a levantarse, y justo en el

momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron a la puerta que

estaba junto a la cabecera de la cama.

—Gregorio —dijo la voz de su madre—, son las siete menos cuarto. ¿No tenías

que ir de viaje?

¡Qué voz tan dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era

la de siempre, pero mezclada con un penoso y estridente silbido, en el cual las

palabras, al principio claras, se confundían luego y sonaban de forma tal que uno no

estaba seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido dar una explicación

detallada; pero, al oír su propia voz, se limitó a decir:

—Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.

A través de la puerta de madera, la transformación de la voz de Gregorio no debió

de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró. Pero este breve

diálogo reveló que Gregorio, contrariamente a lo que se creía, estaba todavía en casa.

Llegó el padre a su vez y, golpeando ligeramente la puerta, llamó:

—¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué pasa?

Esperó un momento y volvió a insistir, alzando la voz:

—¡Gregorio!

Mientras tanto, detrás de la otra puerta, la hermana le preguntaba suavemente:

—Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?

—Ya estoy bien —respondió Gregorio a ambos a un tiempo, esforzándose por

pronunciar con claridad, y hablando con gran lentitud, para disimular el insólito

sonido de su voz. El padre reanudó su desayuno, pero la hermana siguió susurrando:

—Abre, Gregorio, por favor.

Gregorio no tenía la menor intención de abrir, felicitándose, en cambio, de la

precaución —contraída en los viajes— de encerrarse en su cuarto por la noche, aun

en su propia casa.

Lo primero que tenía que hacer era levantarse tranquilamente, arreglarse sin que

lo molestaran y, sobre todo, desayunar. Solo después de todo esto pensaría en lo

demás, pues se daba cuenta de que en la cama no podía pensar con claridad.

Recordaba haber sentido en más de una ocasión un vago malestar en la cama,

producido, sin duda, por alguna postura incómoda, la cual, una vez levantado, se

disipaba rápidamente; y tenía curiosidad por ver desvanecerse paulatinamente sus

imaginaciones de hoy. En cuanto al cambio de su voz era simplemente el preludio de

un resfrío, enfermedad profesional del viajante de comercio.

Apartar la colcha era cosa fácil. Le bastaría con arquearse un poco y la colcha

caería por sí sola. Pero la dificultad estaba en la extraordinaria anchura de Gregorio.

Para incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y manos; pero, en su lugar, tenía

ahora innumerables patas en constante agitación y le era imposible controlarlas. Y el

caso es que quería incorporarse. Se estiraba; lograba por fin dominar una de sus

patas; pero, mientras tanto, las demás proseguían su anárquica y penosa agitación.

«No es bueno haraganear en la cama», pensó Gregorio.

Primero intentó sacar la parte inferior del cuerpo. Pero dicha parte inferior —que

no había visto todavía y que, por tanto, no podía imaginar con exactitud— resultó

sumamente difícil de mover. Inició la operación muy lentamente. Hizo acopio de

energías y se arrastró hacia delante. Pero calculó mal la dirección, se dio un fuerte

golpe contra los pies de la cama, y el dolor subsiguiente le reveló que la parte inferior

de su cuerpo era quizás, en su nuevo estado, la más sensible. Intentó, pues, sacar la

parte superior, y volvió cuidadosamente la cabeza hacia el borde del lecho. Hizo esto

sin problemas y, a pesar de su anchura y su peso, el cuerpo siguió por fin, lentamente,

el movimiento iniciado por la cabeza. Pero entonces tuvo miedo de continuar

avanzando de aquella forma, porque, si se dejaba caer así, sin duda se haría daño en

la cabeza; y ahora menos que nunca quería Gregorio perder el sentido. Prefería

quedarse en la cama.

Pero cuando, después de realizar a la inversa los mismos movimientos, en medio

de grandes esfuerzos y jadeos, se halló de nuevo en la misma posición y volvió a ver sus patas moviéndose frenéticamente, comprendió que no podía hacer otra cosa, y

volvió a pensar que no debía seguir en la cama y que lo más sensato era arriesgarlo

todo, aunque solo tuviera una mínima posibilidad. Pero en seguida recordó que

meditar serenamente era mejor que tomar decisiones drásticas. Sus ojos se clavaron

en la ventana; pero, por desgracia, la niebla, que aquella mañana ocultaba por

completo el lado opuesto de la calle, pocos ánimos le infundió.

«Las siete ya —pensó al oír el despertador—. ¡Las siete ya, y todavía sigue la

niebla!»

Durante unos momentos permaneció echado, inmóvil y respirando lentamente,

como si esperase que el silencio lo devolviera a su estado normal.

Pero, al poco rato, pensó: «Es indispensable que me haya levantado antes de que

den las siete y cuarto. Además, seguramente vendrá alguien del almacén a preguntar

por mí, pues abren antes de las siete». Se dispuso a salir de la cama, balanceándose

sobre su borde. Dejándose caer de esta forma, la cabeza, que pensaba mantener

firmemente erguida, probablemente no sufriría daño ninguno. La espalda parecía

resistente, y no le pasaría nada al dar con ella en la alfombra. Únicamente lo hacía

dudar el temor al estrépito que esto habría de producir, y que sin duda asustaría a su

familia. Pero no quedaba más remedio que correr el riesgo.

Ya estaba Gregorio con casi medio cuerpo fuera de la cama (el nuevo método era

como un juego, pues consistía simplemente en balancearse hacia atrás), cuando se dio

cuenta de que todo sería más sencillo si alguien viniese en su ayuda. Con dos

personas robustas (y pensaba en su padre y en la criada) bastaría. Solo tendrían que

pasar los brazos por debajo de su abombada espalda, sacarlo de la cama y,

agachándose luego con la carga, dejar que se estirara en el suelo, en donde era de

suponer que las patas se mostrarían útiles. Ahora bien, y sin contar con el hecho de

que las puertas estaban cerradas con llave, ¿convenía realmente pedir ayuda? Pese a

lo apurado de su situación, no pudo evitar sonreír.

Se había deslizado ya tanto, que un solo balanceo, algo más enérgico que los

anteriores, bastaría para hacerlo bascular sobre el borde de la cama. Además, pronto

no le quedaría más remedio que decidirse, pues solo faltaban cinco minutos para las

siete y cuarto. En ese momento, llamaron a la puerta del piso.

«Debe de ser alguien del almacén», pensó Gregorio, mientras sus patas se

agitaban cada vez más rápidamente. Por un momento permaneció todo en silencio.

«No abren», pensó entonces, aferrándose a tan descabellada esperanza. Pero, como

no podía dejar de suceder, oyó aproximarse a la puerta las fuertes pisadas de la

criada. Y la puerta se abrió. A Gregorio le bastó oír la primera palabra del visitante

para percatarse de quién era. Era el gerente en persona. ¿Por qué estaría Gregorio

condenado a trabajar en un lugar en el cual la más mínima ausencia despertaba

inmediatamente las más terribles sospechas? ¿Es que los empleados eran todos unos

sinvergüenzas? ¿Es que no podía haber entre ellos algún hombre de bien que, después

de perder un par de horas en la mañana, se volviese loco de remordimiento y no estuviera en condiciones de abandonar la cama? ¿Y aunque tuviese fundamento esa

manía de averiguar, no bastaba con mandar a un chico a preguntar, sino que tenía que

venir el mismísimo gerente a enterar a una inocente familia de que solo él tenía

autoridad para intervenir en la investigación de tan grave asunto? Y Gregorio,

excitado por estos pensamientos más que decidido a ello, se tiró violentamente de la

cama. Se oyó un golpe sordo, pero no demasiado. La alfombra amortiguó la caída; la

espalda tenía mayor elasticidad de lo que Gregorio había supuesto, y esto evitó que el

ruido fuese tan estrepitoso como había temido. Pero no tuvo cuidado de mantener la

cabeza suficientemente erguida; se lastimó y el dolor le hizo frotarla furiosamente

contra la alfombra.

—Algo ha ocurrido ahí dentro —dijo el gerente en la habitación de la izquierda.

Gregorio intentó imaginar que al gerente pudiera sucederle algún día lo mismo que

hoy a él, cosa ciertamente posible. Pero el gerente, como replicando con energía a

esta suposición, dio unos cuantos pasos por el cuarto vecino, haciendo crujir sus

zapatos de charol. Desde la habitación contigua de la derecha, la hermana susurró:

—Gregorio, está aquí el gerente del almacén.

—Ya lo sé —contestó Gregorio débilmente, sin atreverse a levantar la voz como

para hacerse oír por su hermana.

—Gregorio —dijo por fin el padre desde la habitación contigua de la izquierda—,

ha venido el señor gerente y pregunta por qué no tomaste el primer tren. No sabemos

qué contestar. Además, desea hablar personalmente contigo. Con que haz el favor de

abrir la puerta. El señor tendrá la bondad de disculpar el desorden del cuarto.

—¡Buenos días, señor Samsa! —terció entonces amablemente el gerente.

—No se encuentra bien —dijo la madre a este último mientras el padre

continuaba hablando junto a la puerta—. Está enfermo, créame. ¿Cómo si no, iba a

perder el tren? Gregorio no piensa más que en el almacén. ¡Si casi me molesta que no

salga ninguna noche! Ahora, por ejemplo, de los ocho días que ha estado aquí, ¡ni

una sola noche ha salido de casa! Se sienta con nosotros alrededor de la mesa, lee el

periódico en silencio o estudia itinerarios. Su única distracción es la carpintería. En

dos o tres tardes ha tallado un marquito. Cuando lo vea, se va a asombrar; es

precioso. Está colocado en su cuarto; ahora lo verá en cuanto Gregorio abra. Por otra

parte, me alegro de que haya venido usted, pues nosotros no hubiéramos podido

convencer a Gregorio de que abra la puerta. ¡Es tan testarudo! Seguramente no se

encuentra bien, aunque antes dijo lo contrario.

—Voy en seguida —dijo débilmente Gregorio, sin moverse para no perder

palabra de la conversación.

—Seguro que es como dice usted señora —repuso el jefe—. Espero que no sea

nada serio. Aunque, por otra parte, he de decir que nosotros, los comerciantes,

tenemos que saber afrontar a menudo ligeras indisposiciones, anteponiendo los

negocios ante todo.

—Bueno —preguntó el padre, impacientándose y volviendo a llamar a la puerta —; ¿puede entrar ya el señor?

—No —respondió Gregorio.

En la habitación de la izquierda se hizo un apenado silencio, y en la de la derecha

la hermana comenzó a sollozar.

¿Por qué no iba a reunirse con los demás? Claro, acababa de levantarse y ni

siquiera habría empezado a vestirse. Pero ¿por qué lloraba? Acaso porque el hermano

no se levantaba, porque no abría la puerta, porque corría el riesgo de perder su

empleo, con lo cual el dueño volvería a atormentar a los padres con las viejas deudas.

Pero, por el momento, estas preocupaciones no venían a cuento. Gregorio estaba allí,

y no pensaba ni remotamente en abandonar a los suyos. Yacía sobre la alfombra, y

nadie que supiera en qué estado se encontraba hubiera pensado que podía hacer pasar

a su jefe. Esta leve descortesía, que más adelante explicaría satisfactoriamente, no

podría ser motivo suficiente para despedirle. Y Gregorio pensó que, de momento, en

vez de molestarle con quejas y sermones, era mejor dejarlo en paz. Pero la

incertidumbre en que se hallaban con respecto a él era precisamente lo que inquietaba

a los otros, disculpando su actitud.

—Señor Samsa —dijo por fin el gerente con voz engolada—, ¿qué significa esto?

Se ha atrincherado usted en su cuarto y no contesta más que con monosílabos.

Inquieta usted inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta a su obligación con

el almacén de una manera inconcebible. Le hablo en nombre de sus padres y de la

empresa, y le ruego encarecidamente que se explique enseguida y con claridad. Estoy

asombrado; yo lo tenía a usted por un hombre formal y juicioso, y no entiendo estas

extravagancias. La verdad es que el señor director me insinuó esta mañana una

posible explicación de su ausencia: el cobro que se le encomendó que hiciese efectivo

anoche. Yo dije que respondía personalmente, que no había ni que pensar en tal

posibilidad; pero por ahora, ante esta incompresible actitud, no siento ya deseos de

seguir intercediendo por usted. Su posición no es, desde luego, muy sólida. Mi

intención era decirle todo esto a solas; pero como a usted al parecer no le importa

hacerme perder el tiempo, no veo por qué no habrían de oírlo sus señores padres.

Últimamente su trabajo ha dejado bastante que desear. Es verdad que no es esta la

época más propicia para los negocios; nosotros mismos lo reconocemos. Pero, señor

Samsa, no hay época, no puede haberla, en que los negocios se paralicen.

—Ya voy —gritó Gregorio fuera de sí, olvidándose en su excitación de todo lo

demás—. Voy inmediatamente. Una ligera indisposición me retenía en la cama. Estoy

todavía acostado. Pero ya me siento bien. Ahora mismo me levanto. ¡Un momento!

Aún no me encuentro tan bien como creía. Pero ya estoy mejor. ¡No entiendo cómo

me ha podido ocurrir! Ayer me encontraba perfectamente. Sí, mis padres lo saben.

Mejor dicho, ya ayer percibí los primeros síntomas. ¿Cómo no me lo habrán notado?

¿Por qué no lo diría yo en el almacén? Porque siempre se cree uno que se pondrá bien

sin necesidad de quedarse en casa. ¡Por favor, tenga consideración de mis padres! No

hay motivo para los reproches que me acaba de hacer; nunca me han dicho nada parecido. Sin duda, no ha visto usted los últimos pedidos que he transmitido.

Además, saldré en el tren de las ocho. Con estas dos horas de descanso he recuperado

las fuerzas. No se entretenga usted más. En seguida voy al almacén. Explique allí

esto, se lo suplico, y presente mis respetos al director.

Mientras decía atropelladamente todo esto, Gregorio, gracias a la habilidad

adquirida en la cama, se acercó sin dificultad al baúl e intentó enderezarse

apoyándose en él. Quería abrir la puerta, presentarse ante el gerente, hablar con él.

Sentía curiosidad por saber qué dirían los que tan insistentemente lo llamaban cuando

lo viesen. Si se asustaban, no era culpa de él y no tenía nada que temer. Si, por el

contrario, se quedaban tranquilos, tampoco él tenía por qué excitarse, y podía, si se

daba prisa, estar a las ocho en la estación. Varias veces resbaló contra las lisas

paredes del baúl; pero, al fin logró incorporarse. El dolor en el abdomen, aunque muy

intenso, no le preocupaba. Se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a

cuyos bordes se agarró fuertemente con sus patas. Logró tranquilizarse, y calló para

escuchar lo que decía el gerente.

—¿Han entendido una sola palabra? —preguntó este a los padres—. ¿No será que

se hace el loco?

—¡Por el amor de Dios! —exclamó la madre llorando—. Tal vez se encuentre

muy mal y nosotros lo estamos mortificando.

Y seguidamente llamó:

—¡Grete! ¡Grete!

—¿Qué quieres madre? —contestó la hermana desde el otro lado de la habitación

de Gregorio, a través de la cual hablaban.

—Tienes que ir en seguida a buscar al médico, Gregorio está enfermo. Ve

corriendo. ¿Has oído cómo hablaba?

—Es una voz de animal —dijo el gerente, que hablaba en voz muy baja, en

comparación con los gritos de la madre.

—¡Ana! ¡Ana! —llamó el padre, volviéndose hacia la cocina a través de la sala y

golpeando las palmas—. Vaya inmediatamente a buscar un cerrajero.

Se oyó por la sala el rumor de los vestidos de dos jóvenes que salían corriendo

(¿cómo se habría vestido la hermana?), y el ruido brusco de la puerta del apartamento

al abrirse. Pero no se oyó ningún portazo. Debían de haber dejado la puerta abierta,

como suele suceder en las casas en donde ha ocurrido una desgracia.

Gregorio, sin embargo, estaba mucho más tranquilo. Sus palabras resultaban

ininteligibles, aunque a él le parecían muy claras, más claras que antes, sin duda

porque ya se le iba acostumbrando el oído; pero lo importante era que ya se habían

percatado los demás de que algo anormal le sucedía y se disponían a acudir en su

ayuda. Se sintió aliviado por la prontitud y energía con que habían tomado las

primeras medidas. Se sintió nuevamente incluido entre los seres humanos, y esperaba

tanto del médico como del cerrajero acciones insólitas y maravillosas.

A fin de poder tomar parte lo más claramente posible en las conversaciones decisivas que se avecinaban, carraspeó ligeramente; lo hizo muy levemente, por

temor a que también este ruido sonase a algo que no fuese una tos humana, pues ya

no tenía seguridad de poder apreciarlo. Mientras tanto, en la habitación contigua

reinaba un profundo silencio. Tal vez los padres, sentados a la mesa con el gerente,

estuvieran hablando en voz baja. Tal vez permanecieran pegados a la puerta,

escuchando.

Gregorio se deslizó lentamente con la silla hacia la puerta; al llegar allí, soltó la

silla, se dejó caer contra la puerta y se sostuvo en pie, pegado a ella por la viscosidad

de sus patas. Descansó así un momento del esfuerzo realizado. Luego trató de hacer

girar la llave con la boca. Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos.

¿Con qué iba entonces a agarrar la llave? Pero, en cambio, sus mandíbulas eran muy

fuertes y, gracias a ellas, pudo poner la llave en movimiento, sin reparar en el daño

que seguramente se hacía, pues un líquido oscuro le salió por la boca, resbalando por

la llave y goteando hasta el suelo.

—Escuchen —dijo el gerente—; está girando la llave.

Estas palabras alentaron mucho a Gregorio. Pero todos, el padre, la madre,

deberían haber gritado: «¡Adelante, Gregorio!» Sí, deberían haber gritado:

«¡Adelante! ¡Duro con la cerradura!» Imaginando la ansiedad con que todos seguirían

sus esfuerzos, mordió con desesperación la llave, desfallecido. A medida que la llave

giraba en la cerradura, Gregorio se bamboleaba en el aire, colgando por la boca,

forcejeando, empujando la llave hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El sonido

metálico de la cerradura al abrirse lo hizo volver completamente en sí.

«Bueno —se dijo con un suspiro de alivio—; no ha sido necesario que viniera el

cerrajero», y golpeó adrede con la cabeza en el pestillo para terminar de abrir.

Este modo de abrir la puerta fue la causa de que no lo viesen inmediatamente.

Gregorio tuvo que girar lentamente contra una de las hojas de la puerta, con gran

cuidado para no caer de espaldas. Y aún estaba ocupado en llevar a cabo tan difícil

operación, sin tiempo para pensar otra cosa, cuando oyó un grito del gerente que sonó

como el aullido del viento, y lo vio, junto a la puerta, tapándose la boca con la mano

y retrocediendo lentamente, como empujado por una fuerza invisible.

La madre —que, a pesar de la presencia del gerente, estaba allí sin arreglar, con el

pelo revuelto— miró a Gregorio, juntando las manos, avanzó dos pasos hacia él, y se

desplomó por fin, en medio de sus faldas, que se desplegaban a su alrededor, con la

cabeza caída sobre su pecho. El padre amenazó con el puño, con expresión hostil,

como si quisiera empujar a Gregorio hacia el interior de la habitación; se volvió

luego, saliendo con paso inseguro a la sala y, cubriéndose los ojos con las manos,

rompió a llorar mientras los sollozos sacudían su robusto pecho.

Gregorio no llegó, pues, a salir de su habitación; permaneció apoyado en la hoja

de la puerta, mostrando solo la mitad de su cuerpo, con la cabeza ladeada,

contemplando a los presentes. La lluvia había amainado, y al otro lado de la calle se

recortaba nítido un trozo de edificio negruzco. Era un hospital, cuya monótona fachada jalonaban numerosas ventanas idénticas. La lluvia caía ahora en goterones

aislados, que se veían claramente al tocar el suelo. Sobre la mesa estaban los

utensilios del desayuno; para el padre, era la comida principal del día, que prolongaba

con la lectura de varios periódicos. En la pared que Gregorio tenía enfrente, colgaba

un retrato de este durante su servicio militar, con uniforme de teniente, la mano en el

puño de la espada, sonriendo despreocupadamente, con un aire que parecía exigir

respeto para su uniforme y su actitud. Esa habitación daba a la sala; por la puerta

abierta se veía la del apartamento, también abierta, y el rellano y el primer tramo de

la escalera que conducía a los pisos inferiores.

—Bueno —dijo Gregorio, convencido de ser el único que había conservado la

calma—. Enseguida me visto, recojo el muestrario y me voy. Me dejarán que salga de

viaje, ¿verdad? Ya ve usted, señor gerente, que no soy testarudo y que trabajo con

gusto. Viajar cansa; pero yo no sabría vivir sin viajar. ¿Adónde va usted? ¿A la

tienda? ¿Sí? ¿Lo contará todo tal como ha sucedido? Uno puede tener un bajón

momentáneo; pero es precisamente entonces cuando deben acordarse los jefes de lo

útil que uno ha sido y pensar que, una vez superado el contratiempo, trabajará con

redobladas energías. Yo le estoy muy agradecido al señor director, como usted bien

sabe. Por otra parte, tengo que atender a mis padres y a mi hermana. Es verdad que

hoy me encuentro en un apuro. Pero trabajando lograré salir de él. No me ponga las

cosas más difíciles de lo que están. Póngase de mi parte. Ya sé que al viajante no se lo

quiere. Todos creen que gana dinero en cantidades, sin trabajar apenas. No hay

ninguna razón para que este prejuicio desaparezca; pero usted está más enterado de lo

que son las cosas que el resto del personal, incluso que el propio director, que, en su

calidad de propietario, se equivoca con frecuencia respecto de un empleado. Usted

sabe muy bien que el viajante, como está fuera de la tienda la mayor parte del año, es

blanco fácil de habladurías, equívocos y quejas infundadas, contra las cuales no le es

fácil defenderse, ya que la mayoría de las veces no llegan a sus oídos, y solo al

regresar extenuado de un viaje empieza a notar directamente las consecuencias

negativas de una acusación desconocida. No se vaya sin decirme algo que me pruebe

que me da usted la razón, por lo menos en parte.

Pero, desde las primeras palabras de Gregorio, el gerente había dado media vuelta

y lo contemplaba por encima del hombro, con una mueca de repugnancia en el rostro.

Mientras Gregorio hablaba, no permaneció un momento quieto. Se retiró hacia la

puerta sin quitarle la vista de encima, muy lentamente, como si una fuerza misteriosa

lo retuviese allí. Llegó, por fin, a la sala y dio los últimos pasos con tal rapidez que

parecía que estuviera pisando brasas ardientes. Alargó el brazo derecho en dirección a

la escalera, como si esperase encontrar allí milagrosamente la libertad.

Gregorio comprendió que no debía permitir que el gerente se marchara de aquel

modo, pues si lo hacía su puesto en la tienda se iba a ver seriamente amenazado. Sus

padres no lo veían tan claro como él, porque, con el transcurso de los años, habían

llegado a pensar que la posición de Gregorio en aquella empresa era inamovible; además, con la inquietud del momento se habían olvidado de toda prudencia. Pero no

así Gregorio, que se daba cuenta de que era indispensable retener al gerente y

tranquilizarlo. De ello dependía el porvenir de Gregorio y de los suyos. ¡Si al menos

estuviera allí su hermana! Era muy inteligente; había llorado cuando Gregorio yacía

aún tranquilamente sobre su espalda. Seguro que el gerente, hombre galante, se

hubiera dejado convencer por la joven. Ella habría cerrado la puerta del apartamento

y lo habría calmado en la sala. Pero su hermana no estaba, y Gregorio tenía que

arreglárselas solo. Sin reparar en que todavía no conocía sus nuevas habilidades de

movimiento, y que lo más probable era que no lograse entenderlo, abandonó la hoja

de la puerta en que se apoyaba y se deslizó por el hueco formado al abrirse la otra con

intención de avanzar hacia el gerente, que seguía cómicamente agarrado a la baranda

del rellano de la escalera. Pero inmediatamente cayó al suelo, mientras intentaba, con

grandes esfuerzos, sostenerse sobre sus innumerables y diminutas patas, profiriendo

un leve quejido. Entonces se sintió, por primera vez en el día, invadido por un

verdadero bienestar: las patitas, apoyadas en el suelo, le obedecían perfectamente.

Con alegría, vio que empezaban a llevarlo adonde deseaba ir, dándole la sensación de

que sus sufrimientos habían concluido. Pero en el momento en que Gregorio

empezaba a avanzar lentamente, balanceándose a ras de tierra, frente a su madre, esta,

pese a su desvanecimiento previo, dio de pronto un brinco y se puso a gritar,

extendiendo los brazos con las manos abiertas: «¡Socorro! ¡Por el amor de Dios!

¡Socorro!» Inclinaba la cabeza como para ver mejor a Gregorio, pero de pronto, como

para desmentir esta impresión, se desplomó hacia atrás, cayó sobre la mesa y, ajena al

hecho de que estaba aún puesta, quedó sentada en ella, sin darse cuenta de que a su

lado el café salía de la cafetera volcada, derramándose sobre la alfombra.

—¡Madre! ¡Madre! —gimió Gregorio, mirándola desde abajo. Por un momento

se olvidó del gerente; y no pudo evitar, ante el café vertido, abrir y cerrar repetidas

veces las mandíbulas en el vacío. Su madre, gritando de nuevo y huyendo de la mesa,

se lanzó en brazos del padre, que corrió a su encuentro. Pero Gregorio no podía

dedicar ya su atención a sus padres; el gerente estaba en la escalera y, con el mentón

apoyado sobre la baranda, dirigía una última mirada a aquella escena. Gregorio tomó

impulso para darle alcance, pero él debió de comprender su intención, pues, de un

salto, bajó varios escalones y desapareció, profiriendo unos alaridos que resonaron

por toda la escalera. Para colmo de males, la huida del jefe pareció trastornar por

completo al padre, que hasta entonces se había mantenido relativamente sereno; pues,

en lugar de correr tras el fugitivo, o por lo menos permitir que así lo hiciese Gregorio,

empuñó con la diestra el bastón del gerente —que este había dejado allí, junto con su

sombrero y su abrigo, olvidados en una silla— y, armándose con la otra mano de un

gran periódico que estaba sobre la mesa, se dispuso, dando fuertes patadas en el

suelo, y esgrimiendo papel y bastón, a hacer retroceder a Gregorio hasta el interior de

su cuarto. De nada le sirvió a este suplicar, puesto que no fue entendido; y aunque

inclinó sumiso la cabeza, solo consiguió excitar aún más a su padre. La madre, a pesar del mal tiempo, había abierto una ventana y, violentamente inclinada hacia

fuera, se cubría el rostro con las manos. Entre el aire de la calle y el de la escalera se

estableció una fuerte corriente; las cortinas de la ventana se ahuecaron; sobre la mesa

se agitaron los periódicos, y algunas hojas sueltas se esparcieron por el suelo. El

padre, inflexible, resoplaba violentamente, intentando hacer retroceder a Gregorio.

Pero este carecía aún de práctica en la marcha hacia atrás, y la cosa iba muy despacio.

¡Si al menos hubiera podido moverse! En un santiamén se hubiese encontrado en su

cuarto. Pero, con su lentitud en girar, temía impacientar a su padre, cuyo bastón podía

deslomarlo o abrirle la cabeza. Finalmente, sin embargo, no tuvo más remedio que

volverse, pues advirtió contrariado que, caminando hacia atrás, no podía controlar la

dirección. Así que, sin dejar de mirar angustiosamente a su padre, empezó a girar lo

más rápidamente que pudo, es decir, con extraordinaria lentitud. El padre debió

percatarse de su buena voluntad, pues dejó de hostigarlo, dirigiendo incluso de lejos,

con la punta del bastón, el movimiento giratorio. ¡Si al menos hubiese dejado de

resoplar! Esto era lo que más alteraba a Gregorio. Cuando ya iba a completar el giro,

aquel resoplido lo hizo equivocarse, obligándolo a retroceder poco a poco. Por fin

logró quedarse frente a la puerta. Pero entonces recordó que su cuerpo era demasiado

ancho para poder pasar sin más. Al padre, en medio de su excitación, no se le ocurrió

abrir la otra hoja para dejarle espacio suficiente. Estaba obsesionado con la idea de

que Gregorio había de meterse cuanto antes en su habitación. Tampoco hubiera

permitido los lentos preparativos que Gregorio necesitaba para incorporarse y, de este

modo, pasar por la puerta. Como si no hubiese problema alguno, azuzaba a Gregorio

con furia creciente.

Gregorio oía tras de sí una voz que parecía imposible que fuese la de un padre. Se

incrustó en el marco de la puerta. Se irguió de medio lado y quedó atravesado en el

umbral, lastimándose el costado. En la puerta aparecieron unas manchas repulsivas.

Gregorio quedó allí atascado, sin posibilidad de hacer el menor movimiento.

Las patitas de uno de los costados colgaban en el aire, mientras que las del otro

quedaban dolorosamente oprimidas contra el suelo… En esto, el padre le dio por

detrás un empujón enérgico y salvador, que lo lanzó dentro del cuarto, sangrando

copiosamente. Luego, cerró la puerta con el bastón, y por fin volvió a la calma.

 

Recién al anochecer despertó Gregorio de un pesado sueño, semejante a un desmayo.

No habría tardado mucho en despabilarse por sí solo, pues ya había descansado

bastante, pero le pareció que lo despertaban unos pasos furtivos y el ruido de la

puerta de la sala, que alguien cerraba con cuidado. El reflejo del tranvía proyectaba

franjas de luz en el techo de la habitación y la parte superior de los muebles; pero en

la parte de abajo, donde estaba Gregorio, reinaba la oscuridad. Lenta y todavía

torpemente, tanteando con sus antenas, que en ese momento demostraron su utilidad,

se deslizó hacia la puerta para ver lo que había ocurrido. En su costado izquierdo tenía una larga y punzante llaga. Renqueaba alternativamente sobre cada una de sus

dos hileras de patas, una de las cuales, herida en el accidente de la mañana —por

milagro, las demás habían quedado ilesas—, se arrastraba inerte.

Al llegar a la puerta, comprendió que lo que le había atraído era el olor de algo

comestible. Encontró una cazuela llena de leche con azúcar, en la que flotaban

trocitos de pan. Estuvo a punto de reír de gozo, pues tenía aún más hambre que por la

mañana. Hundió la cabeza en la leche casi hasta los ojos; pero enseguida la retiró

desilusionado, pues no solo la herida de su costado izquierdo le hacía dificultosa la

operación (para comer tenía que mover todo el cuerpo), sino que, además, la leche,

que hasta entonces había sido su bebida predilecta —por eso, sin duda, la había

puesto allí su hermana—, no le gustó nada. Se apartó casi con repugnancia del

recipiente y se arrastró de nuevo hacia el centro de la habitación. Por la rendija de la

puerta vio que la luz estaba encendida en el comedor. Pero, en contra de lo habitual,

no se oía al padre leer en voz alta el diario de la tarde a la madre y a la hermana. No

se oía el menor ruido. Quizás esta costumbre, de la que siempre le hablaba la

hermana en sus cartas, hubiese desaparecido. Todo estaba silencioso, pese a que, con

toda seguridad, la casa no estaba vacía. «¡Qué vida tan tranquila lleva mi familia!»,

pensó Gregorio. Mientras su mirada se perdía en las sombras, se sintió orgulloso de

haber podido proporcionar a sus padres y a su hermana tan sosegada existencia, en un

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