La metamorfosis

Franz Kafka · Capítulo 1 de 1 · parte 2/3

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La metamorfosis

Franz Kafka

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

hogar tan acogedor. De pronto pensó con terror que aquella tranquilidad, aquel

bienestar y aquella alegría iban a terminar… Para no abandonarse en estos

pensamientos, prefirió ponerse en movimiento y comenzó a arrastrarse por la

habitación.

Durante la noche se entreabrió una vez una de las hojas de la puerta, y otra vez la

otra: alguien quería entrar pero vacilaba. Gregorio, en vista de ello, se colocó contra

la misma puerta que daba al comedor, dispuesto a atraer hacia el interior al indeciso

visitante, o por lo menos a averiguar de quién se trataba. Pero la puerta no volvió a

abrirse, y esperó en vano. Esa mañana, cuando la puerta estaba cerrada, todos habían

intentado entrar, y ahora que él había abierto una y que la otra había sido también

abierta, sin duda durante el día, ya no venía nadie, y las llaves habían quedado

puestas en la parte exterior de las cerraduras.

Estaba muy avanzada la noche cuando se apagó la luz del comedor. Gregorio

comprendió que sus padres habían permanecido en vela hasta entonces. Oyó como se

alejaban de puntillas. Hasta la mañana no entraría seguramente nadie a ver a

Gregorio: tenía tiempo de sobra para pensar en su futuro, sin temor a ser

importunado. Pero aquella habitación fría y de techo alto, en donde había de

permanecer boca abajo, le dio miedo; no entendía por qué, pues era su cuarto, en el

que vivía desde hacía cinco años… Bruscamente, y no sin algo de vergüenza, se

metió bajo el sofá, donde, a pesar de sentirse algo estrujado por no poder levantar la

cabeza, se encontró en seguida muy bien. Solo lamentó no poder introducirse allí por

completo a causa de su excesiva corpulencia.

Así permaneció toda la noche, sumido en un sopor del que lo despertaba con

sobresalto el hambre, y sacudido por preocupaciones y esperanzas no muy concretas,

pero cuya conclusión era siempre la necesidad de tener calma y paciencia y de hacer

lo posible para que su familia se hiciese cargo de la situación y no sufriera más de lo

necesario.

Muy temprano, cuando apenas empezaba a clarear, Gregorio tuvo ocasión de

poner en práctica sus resoluciones. Su hermana, ya casi arreglada, abrió la puerta que

daba a la sala y lo buscó con ansiedad con la mirada. Al principio no lo vio; pero al

descubrirlo debajo del sofá —¡en algún lugar tenía que estar! ¡No iba a haber volado!

— se asustó tanto que, sin pensarlo, volvió a cerrar la puerta. Pero de inmediato se

arrepintió de su reacción, pues volvió abrir y entró con sigilo, como si fuese la

habitación de un enfermo grave o un extraño. Gregorio, asomando apenas la cabeza

fuera del sofá, la observaba. ¿Se daría cuenta de que no había probado la leche y,

comprendiendo que no había sido por falta de hambre, le traería alimentos más

adecuados? Pero si no lo hacía, él preferiría morirse de hambre antes que pedírselo,

no obstante sentir enormes deseos de salir de debajo del sofá y suplicarle que le

trajese algo bueno de comer. Sin embargo, la hermana, asombrada, advirtió de

inmediato que la cazuela estaba intacta; únicamente se había vertido un poco de

leche. La recogió, y se la llevó. Gregorio sentía una gran curiosidad por ver lo que la

bondad de su hermana le reservaba. Pero lo que hizo, superó sus expectativas: a fin

de ver cuál era su gusto, le trajo un surtido completo de alimentos y los extendió

sobre un periódico viejo: legumbres cocidas días antes, medio podridas ya; huesos de

la cena de la víspera, rodeados de blanca salsa cuajada; pasas y almendras; un trozo

de queso que dos días antes Gregorio había descartado como incomible; un mendrugo

de pan duro; otro untado con mantequilla, y otro con mantequilla y sal. Volvió a traer

el mismo recipiente, que por lo visto quedaba destinado a Gregorio, pero ahora lleno

de agua. Y por delicadeza (pues sabía que él no comería estando ella presente) se

retiró cuanto antes y echó la llave, sin duda para que Gregorio comprendiese que

nadie le iba a importunar. Al ir Gregorio a comer, sus antenas fueron sacudidas por

una especie de vibración. Pero, por otra parte, sus heridas debían de haberse curado

ya, pues no sintió ninguna molestia, cosa que lo sorprendió bastante, pues recordó

que hacía más de un mes se había cortado un dedo con un cuchillo y que el día

anterior todavía le dolía. «¿Tendré menos sensibilidad que antes?», pensó, mientras

probaba golosamente el queso, que fue lo que más lo atrajo. Con gran avidez y con

lágrimas de alegría, devoró sucesivamente el queso, las legumbres y la salsa. En

cambio, los alimentos frescos le disgustaron: su olor mismo le resultaba

desagradable, hasta el punto de que alejó de ellos las cosas que quería comer.

Ya hacía un buen rato que había terminado, durante el cual había permanecido

estirado perezosamente en el mismo lugar, cuando la hermana, sin duda para darle

tiempo a retirarse, empezó a girar lentamente la llave. A pesar de estar medio

dormido, Gregorio se sobresaltó y corrió a ocultarse de nuevo debajo del sofá. Para permanecer allí, aunque solo fuera por el breve tiempo que su hermana estuvo en el

cuarto, tuvo que hacer esta vez gran esfuerzo de voluntad, pues, a consecuencia de la

abundante comida, su cuerpo se había abultado tanto que apenas podía respirar en

aquel reducido espacio. Un tanto sofocado, contempló con los ojos desorbitados

cómo su hermana, ajena a lo que le sucedía, barría no solo los restos de la comida,

sino también los alimentos que Gregorio no había tocado, como si ya no pudiesen

aprovecharse. Y vio también cómo lo tiraba todo a un cubo de basura, que cerró con

una tapa de madera. Apenas se hubo marchado su hermana con el cubo, Gregorio

salió de su escondite, se estiró y respiró profundamente.

De esta manera recibió Gregorio, día tras día, su comida: una vez por la mañana

temprano, antes de que se levantaran sus padres y la criada, y otra después del

almuerzo, mientras los padres dormían la siesta y la criada salía a hacer algún recado

al que la mandaba la hermana. Sin duda sus padres tampoco querían que Gregorio se

muriese de hambre; pero tal vez no hubieran podido soportar el espectáculo de sus

comidas, y era mejor que solo tuvieran noticias de ello a través de la hermana. Tal

vez también quería esta ahorrarles un sufrimiento extra.

A Gregorio le fue imposible averiguar con qué disculpas habían despedido la

primera mañana al médico y al cerrajero. Como nadie lo entendía, nadie pensaba, ni

siquiera su hermana, que él pudiese entender a los demás. Tenía, pues, que

contentarse, cuando su hermana entraba en su cuarto, con oírla gemir y lamentarse.

Tiempo después, cuando ella se hubo acostumbrado un poco a la nueva situación

(desde luego no se podía esperar que se acostumbrase por completo), Gregorio

empezó a notar en ella ciertos indicios de amabilidad. «Hoy sí que le ha gustado»,

decía cuando Gregorio había apurado la comida; mientras que en el caso contrario,

cada vez más frecuente, solía decir apenada: «Bueno, hoy lo ha dejado todo».

Aunque Gregorio no podía obtener directamente ninguna noticia, siempre estaba

atento a lo que sucedía en las habitaciones contiguas, y en cuanto oía voces corría

hacia la puerta correspondiente y se pegaba a ella. Al principio todas las

conversaciones se referían a él, aunque no era capaz de oírlo con claridad. Durante

dos días, en todas las comidas se discutió lo que correspondía hacer en lo sucesivo.

También fuera de las comidas se hablaba de lo mismo; ninguno de los miembros de la

familia quería quedarse solo en casa, y como tampoco querían dejarla abandonada,

siempre había por lo menos dos personas. Ya el primer día, la criada —de la que no

sabían hasta qué punto estaba enterada de lo ocurrido— le había rogado a la madre

que la despidiese en seguida, y al marcharse, un cuarto de hora después, dando las

gracias efusivamente y sin que nadie se lo pidiese, juró con solemnidad que no

contaría nada a nadie.

La hermana tuvo que ayudar a cocinar a la madre, cosa que, en realidad, no le

daba mucho trabajo, pues casi no comían. Gregorio los oía continuamente animarse

en vano unos a otros a comer, siendo un «gracias, ya he comido bastante», u otra

frase por el estilo, la respuesta invariable a estos requerimientos. Tampoco bebían casi nada. Con frecuencia preguntaba la hermana al padre si quería cerveza, para

ofrecerse enseguida a ir a buscarla. Callaba el padre, y entonces ella añadía que

también podían mandar a la portera. Pero el padre respondía finalmente con una

negativa tajante, y no se hablaba más del asunto.

Ya el primer día el padre planteó a la madre y a la hermana la situación

económica de la familia y sus perspectivas futuras. De vez en cuando se levantaba de

la mesa para buscar en su pequeña caja de caudales —salvada de la quiebra cinco

años antes— algún documento o libro de notas. Se oía el ruido de la complicada

cerradura al abrirse o volverse a cerrar, después de que el padre hubiese sacado lo que

buscaba. Estas explicaciones constituyeron la primera noticia agradable que escuchó

Gregorio desde su encierro. Siempre había creído que a su padre no le quedaba

absolutamente nada del antiguo negocio. El padre nunca le había dado a entender que

fuera de otro modo, aunque lo cierto era que Gregorio tampoco le había preguntado

nada al respecto. Por aquel entonces, Gregorio solo se había preocupado de hacer lo

posible para que su familia olvidara cuanto antes el revés financiero que los había

hundido en la más completa desesperación. Por eso había comenzado a trabajar con

tanto entusiasmo, convirtiéndose en poco tiempo, de simple dependiente, en todo un

viajante de comercio, con grandes posibilidades de ganar dinero, y cuyos éxitos

profesionales se concretaban en sustanciosas comisiones entregadas a la familia ante

el asombro y alegría de todos. Habían sido días felices. Pero no se habían repetido, al

menos con igual esplendor, pese a que Gregorio había llegado a ganar lo suficiente

como para llevar por sí solo el peso de toda la casa. La costumbre, tanto en la familia,

que recibía agradecida el dinero de Gregorio, como en este, que lo entregaba con

gusto, hizo que la sorpresa y alegría iniciales no volvieran a producirse con la misma

intensidad. Solo la hermana permaneció siempre estrechamente unida a Gregorio, y

como, al contrario que él, era muy aficionada a la música y tocaba el violín con gran

entusiasmo, Gregorio confiaba en poder mandarla al año siguiente al conservatorio,

pese a los gastos que ello conllevaría, y a los que ya encontraría modo de hacer

frente. Durante las breves estancias de Gregorio junto a los suyos, la palabra

«conservatorio» se repetía con frecuencia en las charlas con la hermana, pero siempre

como un hermoso sueño en cuya realización no se podía ni soñar. Los padres no

veían con agrado estos ingenuos proyectos; pero para Gregorio era un asunto muy

serio, y tenía decidido anunciarlo en forma solemne la noche de Navidad.

Estos pensamientos, ahora tan superfluos, se agitaban en su mente mientras,

pegado a la puerta, escuchaba lo que hablaban en la habitación contigua. De cuando

en cuando, la fatiga le impedía seguir escuchando, y dejaba caer, cansado, la cabeza

sobre la puerta. Pero en seguida volvía a levantarla, pues apenas el levísimo ruido

debido a este movimiento suyo era oído, su familia enmudecía en el acto.

—¿Qué estará haciendo ahora? —decía el padre, sin duda mirando hacia la

puerta.

Y, pasados unos momentos, se reanudaba la conversación interrumpida.

Así pudo enterarse Gregorio, con gran satisfacción —el padre se extendía en sus

explicaciones, pues hacía tiempo que no se había ocupado de aquellos asuntos, y

además la madre tardaba en entenderlos— que, a pesar de la desgracia les había

quedado algún dinero; no mucho, desde luego pero poco a poco había ido

aumentando desde entonces, gracias a los intereses intactos. Además, el dinero que

entregaba Gregorio todos los meses, quedándose para él únicamente una ínfima

cantidad, no se gastaba por completo, y había ido formando un pequeño capital. Tras

la puerta, Gregorio aprobaba con la cabeza, satisfecho de que existieran estas

inesperadas reservas. Cierto que con ese dinero sobrante podría haber pagado poco a

poco la deuda que su padre tenía con el dueño, y haberse visto libre de ella mucho

antes; pero tal como estaban las cosas, era mejor así.

Ahora bien, ese dinero no era suficiente para permitir a la familia vivir de él;

como mucho bastaría para uno o dos años, no para más tiempo. Por tanto, era un

capital que no se debía tocar, pues convenía conservarlo para caso de necesidad. El

dinero para ir viviendo había que ganarlo. Aunque el padre estaba bien de salud, era

ya viejo y llevaba cinco años retirado; por tanto no se podía contar con él: en los

últimos cinco años, los primeros de descanso en su vida laboriosa, aunque fracasada,

había engordado mucho y se había vuelto lento y pesado. ¿Y cómo podría trabajar la

madre, que padecía de asma, que se fatigaba con solo andar un poco por casa y

continuamente tenía que tumbarse en el sofá, con la ventana abierta de par en par,

porque le daban ahogos? ¿Tendría, entonces, que trabajar la hermana, una niña de

diecisiete años, cuya envidiable existencia había consistido, hasta el momento, en

ocuparse de sí misma, dormir cuanto quería, ayudar en las tareas de la casa, participar

en alguna sencilla diversión y, sobre todo, tocar el violín?

Toda vez que la conversación derivaba hacia los apremios económicos, Gregorio

se apartaba de la puerta y, trastornado por la pena y la vergüenza, se metía bajo el

fresco sofá de cuero. A menudo pasaba allí toda la noche despierto, arañando el cuero

hora tras hora. A veces llevaba a cabo el extraordinario esfuerzo de empujar el sillón

hasta la ventana y, agarrándose del alféizar y apoyado en la ventana, permanecía de

pie en el asiento, sumido en sus recuerdos, pues antes solía asomarse a menudo a

aquella ventana.

Poco a poco empezó a ver con menos claridad. Ya no distinguía el hospital de

enfrente, cuya vista tanto le desagradaba; y de no haber sabido que vivía en una calle

en plena ciudad, aunque tranquila, hubiera podido creer que su ventana daba a un

desierto, en el cual se confundían el cielo y la tierra, igualmente grises.

Solo dos veces vio la hermana, siempre atenta, que el sillón se encontraba junto a

la ventana. Y a partir de entonces, al arreglar la habitación, aproximaba ella misma el

sillón. Más aún: dejaba abierta la contraventana.

Si al menos hubiera podido Gregorio hablar con su hermana; de haberle podido

agradecer cuanto hacía por él, le hubieran resultado más leves las molestias que

ocasionaba y que tanto le hacían sufrir. Sin duda, su hermana hacía lo posible para atenuar lo doloroso de la situación, y a medida que transcurría el tiempo iba

consiguiéndolo, como es natural. Pero también Gregorio, a medida que pasaban los

días, tenía más clara la situación.

Ahora, las visitas de su hermana eran para él algo terrible. En cuanto entraba en la

habitación, y sin cerrar siquiera previamente las puertas, como antes, para ocultar a

todos la vista del cuarto, iba corriendo hacia la ventana y la abría bruscamente, como

si estuviese a punto de asfixiarse; y hasta cuando el frío era intenso, permanecía allí

un rato respirando ansiosamente. Este ajetreo ocurría dos veces al día; a Gregorio lo

asustaba, aunque estaba convencido de que ella le hubiera evitado esas molestias, de

haber podido permanecer en la habitación con las ventanas cerradas. Gregorio se

quedaba temblando debajo del sofá todo el tiempo que duraba la visita.

Un día —ya había transcurrido un mes desde la metamorfosis, así que no tenía

por qué sorprenderse del aspecto de Gregorio— su hermana entró algo más temprano

que de costumbre y se lo encontró mirando inmóvil por la ventana. No le hubiera

extrañado a Gregorio que su hermana no entrase, pues tal como estaba le impedía

abrir la ventana. Pero no solo no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta

rápidamente: quien la hubiera visto reaccionar de esa forma hubiera creído que

Gregorio se disponía a atacarla. Gregorio se metió inmediatamente debajo del sofá;

pero hasta el mediodía no volvió su hermana, más intranquila que de costumbre. Este

incidente le hizo comprender que su vista seguía resultando insoportable a los ojos de

su hermana, quien solo gracias a un esfuerzo de voluntad evitaba echar a correr al

divisar la pequeña parte del cuerpo que sobresalía por debajo del sofá. Con objeto de

ahorrarle por completo su visión, trabajó un día cuatro horas al cabo de las cuales

consiguió llevar sobre su espalda una sábana hasta el sofá y ponerla de modo que lo

tapara por completo y que su hermana no pudiese verlo por mucho que se agachase.

De no haberle parecido oportuna tal medida, ella misma hubiera quitado la

sábana, pues fácil era comprender que, para Gregorio, el aislarse no era nada

agradable. Pero su hermana dejó la sábana tal como estaba, y Gregorio, al levantar

sigilosamente con la cabeza la punta de esta, para ver cómo era acogida la nueva

disposición, creyó adivinar en la joven una mirada de gratitud.

Durante las dos primeras semanas, sus padres no se decidieron a entrar a verlo. A

menudo les oyó alabar la actitud de la hermana, cuando hasta entonces solían, por el

contrario, considerarla poco menos que una inútil. Los padres acostumbraban esperar

ante la habitación de Gregorio mientras la hermana la arreglaba, y en cuanto salía se

hacían contar cómo estaba el cuarto, qué había comido Gregorio, cuál había sido su

actitud y si daba señales de mejoría.

La madre había querido visitar a Gregorio enseguida, pero el padre y la hermana

la habían hecho desistir con argumentos que Gregorio escuchó con la mayor atención

y aprobó por entero. Más adelante tuvieron que impedírselo por la fuerza, y cuando

exclamaba: «¡Déjenme entrar a ver a Gregorio! ¡Pobre hijo mío! ¿No comprenden

que necesito verlo?», Gregorio pensaba que tal vez fuera mejor que su madre entrase, no todos los días, pero sí, por ejemplo, una vez a la semana: ella era mucho más

comprensiva que la hermana, quien, pese a su indudable valor, al fin y al cabo no era

más que una niña, que quizá solo por juvenil inconsciencia había podido asumir tan

penosa tarea.

No tardó en cumplirse el deseo de Gregorio de ver a su madre. Durante el día, por

consideración a sus padres, no se asomaba a la ventana, y en los dos metros

cuadrados de suelo libre de su habitación casi no podía moverse. Descansar tranquilo

le era ya difícil durante la noche. La comida pronto dejó de causarle placer, y para

distraerse empezó a trepar zigzagueando por las paredes y el techo. En el techo era

donde más a gusto se encontraba: aquello era mucho mejor que estar echado en el

suelo; respiraba mejor, y se estremecía con una suave vibración. Un día Gregorio,

casi feliz y despreocupado, se desprendió del techo, con gran sorpresa suya, y se

estrelló contra el suelo. Pero su cuerpo se había vuelto más resistente y, pese a la

fuerza del golpe, no se lastimó.

Su hermana advirtió inmediatamente el nuevo entretenimiento de Gregorio —tal

vez dejase al trepar un leve rastro de baba— y quiso hacer todo lo posible para

facilitarle su actividad, quitando los muebles que le estorbaban, sobre todo el baúl y

el escritorio. No podía hacerlo sola y tampoco se atrevía a pedir ayuda al padre; con

la criada no podía contar, pues la buena mujer, de unos sesenta años, aunque se había

mostrado muy animosa desde la despedida de su antecesora, había rogado que le

dejaran tener siempre cerrada la puerta de la cocina, y no abrirla sino cuando la

llamasen. Por tanto, la única posibilidad era pedir ayuda a la madre en ausencia del

padre.

La madre acudió eufórica, pero se quedó muda al llegar a la puerta. La hermana

comprobó que todo estuviera en orden, y solo entonces hizo pasar a la madre.

Gregorio había bajado la sábana más que de costumbre, de modo que formara

abundantes pliegues y pareciera que estaba allí por casualidad. En esta ocasión no

espió por debajo; renunció a ver a su madre, feliz de que por fin hubiese entrado a su

habitación.

—Pasa, no se lo ve —dijo la hermana, que seguramente llevaba a la madre de la

mano.

Gregorio oyó a las dos frágiles mujeres mover el viejo y pesado baúl; la hermana,

animosa como siempre, hacía la mayor parte del esfuerzo, sin hacer caso de las

advertencias de la madre, que tenía miedo de que se fatigara en exceso.

Al cabo de un cuarto de hora, la madre dijo que era mejor dejar el baúl donde

estaba, en primer lugar porque era muy pesado y no acabarían antes del regreso del

padre; además, estando en medio de la habitación el baúl le cortaría el paso a

Gregorio; por último, tal vez a Gregorio no le agradara que se retirasen los muebles,

sino todo lo contrario. La vista de las paredes desnudas la deprimía. ¿Por qué no

había de sentir Gregorio lo mismo, acostumbrado desde hacía tiempo a los muebles

de su cuarto? ¿No se sentiría como abandonado en la habitación vacía?

—Al quitar los muebles —continuó en voz muy baja, casi en un susurro, como si

quisiese evitar a Gregorio, que no sabía exactamente dónde se encontraba, hasta el

sonido de su voz, pues estaba convencida de que no entendía las palabras—, ¿no

parecerá que renunciamos a toda esperanza de mejoría y que lo abandonamos, sin

otra consideración, a su suerte? Yo creo que lo mejor sería dejar el cuarto igual que

antes, para que Gregorio, cuando vuelva a ser uno de nosotros, lo encuentre todo

como estaba y pueda olvidar con mayor facilidad este paréntesis.

Al oír estas palabras de la madre, Gregorio comprendió que la falta de toda

relación humana directa, unida a la monotonía de su nueva vida, debía de haber

trastornado su propia mente en aquellos dos meses, pues de otro modo no podía

explicarse el deseo que tenía de que vaciaran la habitación.

¿Acaso quería realmente que se convirtiese aquella confortable habitación, con

sus muebles familiares, en un desierto en el cual hubiera podido, es verdad, trepar en

todas las direcciones sin obstáculos, pero donde en poco tiempo hubiera olvidado por

completo su pasada condición humana?

De hecho, ya estaba a punto de olvidarla, y solo la voz de su madre, que no oía

hacía tiempo, lo había hecho reaccionar. No, no había que quitar nada; todo tenía que

quedar como antes; no podía prescindir de la benéfica influencia que los muebles

ejercían sobre él, aunque coartaran su libertad de movimientos, lo cual, en todo caso,

antes que un perjuicio, debía considerarlo una ventaja.

Desgraciadamente, su hermana no era de esta opinión, y como se había

acostumbrado —no sin motivo— a considerarse la experta de la familia en lo que a

Gregorio se refería, rebatió los argumentos de su madre y declaró que no solo debían

sacar de la habitación el baúl y el escritorio, como al principio habían pensado, sino

también todos los demás muebles, con excepción del indispensable sofá.

Su actitud no era fruto solo de la mera tozudez juvenil ni de la confianza en sí

misma, tan repentinamente adquirida en los últimos tiempos: también había

observado que Gregorio, además de necesitar mucho espacio para arrastrarse y trepar,

no utilizaba los muebles en lo más mínimo. Tal vez, con el entusiasmo propio de su

edad y deseosa de mostrarse útil, también deseaba inconscientemente que la situación

de Gregorio se volviera aún más drástica, a fin de poder hacer por él más de lo que

hacía. Pues en un cuarto en el cual Gregorio se hallase completamente solo entre las

paredes desnudas, seguramente no se atrevería a entrar nadie excepto Grete.

No logró, entonces, la madre hacerla cambiar de idea, y como en aquel cuarto

sentía una gran desazón, no tardó en callarse y en ayudar a la hermana, con todas sus

fuerzas, a sacar el baúl. Gregorio podía prescindir de él, si no había más remedio;

pero el escritorio tenía que quedarse allí. Apenas hubieran abandonado el cuarto las

dos mujeres, jadeando y arrastrando el baúl trabajosamente, sacó Gregorio la cabeza

de debajo del sofá para estudiar la forma de intervenir con la mayor delicadeza y el

máximo de precauciones. Por desgracia su madre fue la primera en volver, mientras

Grete, en la habitación de al lado, seguía forcejeando con el baúl, aunque sin lograr cambiarlo de lugar. La madre no estaba acostumbrada a la vista de Gregorio y la

impresión podía ser muy fuerte, por lo que este, asustado, retrocedió rápidamente

hasta el otro extremo del sofá; pero no pudo evitar que la sábana que lo ocultaba se

moviese ligeramente, lo cual bastó para llamar la atención de la madre. Esta se

detuvo bruscamente, quedó un instante indecisa y volvió junto a Grete.

Aunque Gregorio se decía que no iba a ocurrir nada del otro mundo, y que solo

unos muebles serían cambiados de lugar, aquel ajetreo de las mujeres y el ruido de los

muebles al ser arrastrados le causaron una gran desazón. Encogiendo cuanto pudo la

cabeza y las piernas, aplastando el vientre contra el suelo, se confesó a sí mismo que

no podría soportarlo mucho tiempo.

Estaban vaciando su cuarto, quitándole cuanto amaba: se habían llevado el baúl

en el que guardaba la sierra y las demás herramientas, y ahora estaban moviendo el

escritorio, sólidamente asentado en el suelo, en el cual había hecho sus tareas cuando

estudiaba la carrera de comercio e incluso cuando iba a la escuela. No tenía un

minuto que perder si quería neutralizar las buenas intenciones de su madre y de su

hermana, cuya existencia, por lo demás, casi había olvidado pues, rendidas de

cansancio, trabajaban en silencio: solo se oía el rumor de sus pasos fatigados.

Mientras las dos mujeres, en la habitación contigua, se recostaban un momento en

el escritorio para tomar aliento, Gregorio salió de repente de su escondite, cambiando

de trayectoria hasta cuatro veces: no sabía por dónde empezar. En esto, le llamó la

atención, en la pared ya desnuda, el retrato de la mujer envuelta en pieles. Trepó

precipitadamente hasta allí y se agarró al cristal, cuyo frío contacto calmó el ardor de

su vientre. Al menos esta estampa, que su cuerpo cubría ahora por completo, no se la

quitarían. Volvió la cabeza hacia la puerta del comedor para ver a las mujeres cuando

entrasen.

Estas casi no se concedieron descanso, pues enseguida estuvieron allí de nuevo;

Grete rodeaba a la madre con el brazo, casi sosteniéndola.

—¿Qué nos llevamos ahora? —preguntó Grete mirando a su alrededor.

En eso, su mirada se cruzó con la de Gregorio, pegado a la pared. Grete logró

dominarse únicamente a causa de la presencia de la madre; se inclinó hacia esta para

impedir que viera a Gregorio, y, aturdida y temblorosa, dijo:

—Ven, vamos un momento al comedor.

Para Gregorio, las intenciones de Grete estaban claras: quería poner a salvo a la

madre, y después echarle de la pared. ¡Que lo intentase si se atrevía! Él continuaba

agarrado al cuadro, y no cedería. Prefería saltarle a Grete a la cara.

Pero las palabras de Grete solo habían logrado inquietar a la madre. Esta se echó

a un lado, vio aquella enorme mancha oscura sobre la empapelada pared y, antes de

poder darse siquiera cuenta de que aquello era Gregorio, gritó con voz aguda:

—¡Dios mío! ¡Dios mío!

Se desplomó sobre el sofá, con los brazos extendidos, como si sus fuerzas la

abandonasen, quedando allí sin movimiento.

Y se desmayó.

—Gregorio —exclamó la hermana con el puño en alto y la mirada de

reprobación.

Era la primera vez que le hablaba directamente después de la metamorfosis. Grete

fue a la habitación contigua en busca de algo que dar a la madre para reanimarla.

Gregorio habría querido ayudarla —para salvar el cuadro había tiempo—, pero

estaba pegado al cristal y tuvo que desprenderse de él de un brusco tirón. Luego

corrió a la habitación contigua, como si aún pudiese, igual que antes, dar algún

consejo a su hermana. Pero tuvo que contentarse con permanecer quieto detrás de

ella.

Grete estaba revolviendo entre diversos frascos; al volverse, se asustó y dejó caer

al suelo una botellita, que se rompió. Uno de los fragmentos de vidrio hirió a

Gregorio en la cara, salpicándosela de un líquido corrosivo. Grete, sin detenerse,

cogió tantos frascos como pudo y entró en el cuarto de Gregorio, cerrando tras de sí

la puerta con el pie. Gregorio se encontró, pues, completamente separado de la

madre, la cual, por culpa suya, se hallaba tal vez en peligro de muerte. No podía

entrar sin echar de allí a su hermana, cuya presencia junto a la madre era necesaria;

por lo tanto, no tenía más remedio que esperar.

Alterado por el remordimiento y la inquietud, comenzó a trepar por las paredes,

los muebles y el techo hasta que se sintió mareado y se dejó caer con desesperación

encima de la mesa.

Pasó un rato. Gregorio yacía extenuado; en la casa reinaba el silencio, lo cual era

tal vez buena señal. Llamaron. La criada estaba, como siempre, en la cocina, y Grete

tuvo que salir a abrir. Era el padre.

—¿Qué ha pasado?

Estas fueron sus primeras palabras. La expresión de Grete se lo había revelado

todo. Grete ocultó su cara en el pecho del padre y dijo ahogadamente:

—Madre se desmayó, pero ya está mejor. Gregorio se escapó.

—Lo sabía —dijo el padre—. Se lo advertí; pero ustedes, las mujeres, nunca

hacen caso.

Gregorio comprendió que el padre había malinterpretado el comentario de Grete y

seguramente creía que él había hecho algo malo. Por lo tanto, debía apaciguar a su

padre, pues no tenía tiempo ni forma de aclararle lo ocurrido. Se lanzó hacia la puerta

de su habitación, aplastándose contra ella, para que su padre, en cuanto entrase,

comprendiese que tenía intención de regresar inmediatamente a su cuarto, y que no

hacía falta empujarlo hacia dentro, sino que bastaba con abrirle la puerta para que

entrase en el acto.

Pero el padre no estaba en condiciones de captar estas sutilezas.

—¡Ah! —exclamó con un tono a la vez furioso y amenazador.

Gregorio apartó la cabeza de la puerta y la dirigió hacia su padre. En los últimos

tiempos, ocupado por completo en perfeccionar su técnica de trepar por las paredes, había dejado de preocuparse como antes de lo que sucedía en la casa; por tanto, debía

haber imaginado que iba a encontrar las cosas muy cambiadas.

Sin embargo, ¿era aquel realmente su padre? ¿Era el mismo hombre que, antes,

cuando Gregorio iba a salir en viaje de negocios, permanecía fatigado en la cama?

¿Era el mismo hombre que, al regresar a la casa, se encontraba en bata, hundido en su

sillón, y que, sin fuerzas para levantarse, se limitaba a levantar los brazos en señal de

alegría? ¿Era el mismo hombre que, en los raros paseos en común, algunos domingos

u otros días festivos, avanzaba entre Gregorio y la madre, cuyo paso lento se volvía

aún más pausado, envuelto en su viejo abrigo, apoyándose cuidadosamente en el

bastón y que solía pararse cada vez que quería decir algo, obligando a los demás a

detenerse a su alrededor?

Ahora, sin embargo, aparecía firme y erguido, con un severo uniforme azul con

botones dorados, como el que suelen llevar los ordenanzas de los bancos. Del rígido

cuello alto sobresalía la papada; bajo las pobladas cejas, los ojos negros destellaban

con una mirada vivaz y alerta, y el cabello blanco, hasta entonces siempre en

desorden, estaba reluciente y peinado con una raya impecable.

Tiró sobre el sofá la gorra, que llevaba una insignia dorada —probablemente la de

algún banco— y, dando un rodeo, fue hacia Gregorio con expresión hostil, con las

manos en los bolsillos del pantalón y los largos faldones de su uniforme de levita

recogidos hacia atrás. El padre no sabía lo que iba a hacer; al caminar levantaba los

pies a una altura desusada, y Gregorio quedó asombrado del enorme tamaño de sus

suelas. Sin embargo, no se revolvió, pues ya sabía, desde el primer día de su vida, que

cabía esperar de su padre el máximo rigor con respecto a él. Echó a correr delante de

su padre, deteniéndose cuando este lo hacía y corriendo de nuevo en cuanto le veía

hacer un movimiento.

Dieron varias veces la vuelta a la habitación sin que pasara nada y sin que esto,

debido a las dilatadas pausas, tuviese siquiera el aspecto de una persecución.

Gregorio optó por permanecer en el suelo: temía que su padre interpretase su huida

por las paredes o por el techo como un gesto malévolo.

Gregorio no tardó en comprender que aquella situación no podía prolongarse,

pues mientras su padre daba un paso él tenía que llevar a cabo un sinfín de

movimientos, y ya empezaba a jadear. Aunque lo cierto era que tampoco en su estado

anterior podía confiar mucho en sus pulmones.

Se estremeció, intentando hacer acopio de energías para emprender nuevamente

la huida. Apenas si podía tener los ojos abiertos; estaba tan aturdido que no pensaba

más que en seguir corriendo, olvidando la posibilidad de trepar por las paredes;

aunque lo cierto era que estaban atestadas de muebles tallados de peligrosos ángulos

y picos. De pronto, algo diestramente lanzado cayó a su lado y rodó ante él; era una

manzana, a la que inmediatamente siguió otra. Gregorio, atemorizado, no se movió;

era inútil que siguiera corriendo, puesto que su padre lo estaba bombardeando. Se

había llenado los bolsillos con las manzanas del frutero que estaba sobre el aparador, y se las lanzaba una tras otra, aunque sin acertarle por el momento.

Las rojas manzanas rodaban por el suelo como electrizadas, tropezando unas con

otras. Una de ellas, lanzada con mayor precisión, rozó la espalda de Gregorio, pero

no le hizo daño. En cambio, la siguiente le dio de lleno. Gregorio intentó correr,

como si pudiese liberarse del insoportable dolor cambiando de lugar; pero era como

si lo hubieran clavado donde estaba, y quedó allí indefenso, sin noción de lo que

pasaba a su alrededor.

Con el último resto de conciencia vio abrirse bruscamente la puerta de su

habitación y a su madre corriendo en enagua —ya que Grete le había sacado la ropa

para darle aire y hacerla volver en sí— delante de la hermana, que gritaba; luego vio

a la madre lanzándose hacia el padre, perdiendo en el camino una tras otra de sus

enaguas desabrochadas, para por fin llegar a los tumbos junto a su marido y abrazarse

a él…

Y Gregorio, con la vista ya nublada, oyó por último cómo su madre, echando los

brazos al cuello del padre, le suplicaba que no matase a su hijo.

 

Aquella grave herida, que tardó más de un mes en curar —nadie se atrevió a quitarle

la manzana, que quedó, pues, incrustada en su carne como testimonio ostensible de lo

ocurrido—, pareció recordar, incluso al padre, que Gregorio, pese a su aspecto

repulsivo actual, era un miembro de la familia, a quien no se debía tratar como a un

enemigo, sino, por el contrario, con la máxima consideración, y que era un elemental

deber de familia sobreponerse a la repugnancia y resignarse.

Aun cuando a causa de su herida había disminuido, acaso para siempre, su

capacidad de movimiento; aun cuando precisaba ahora, como un viejo tullido, varios

e interminables minutos para cruzar su habitación y no podía ni soñar en volver a

trepar por las paredes, Gregorio tuvo, en aquel empeoramiento de su estado, una

compensación que le pareció suficiente: por la tarde, la puerta del comedor, en la que

tenía puestos fijos los ojos desde una o dos horas antes, se abría, y él, tirado en su

cuarto a oscuras, invisible para los demás, podía observar a su familia en torno a la

mesa iluminada y oír sus conversaciones con la aprobación general. Claro que estas

conversaciones no eran, ni mucho menos, las animadas charlas de otros tiempos, que

Gregorio añoraba durante sus viajes, en los cuartuchos de las pensiones, al dejarse

caer exhausto sobre las sábanas húmedas, en una cama extraña. Ahora, las veladas

eran casi siempre monótonas y tristes. Poco después de cenar, el padre se dormía en

su sillón, y la madre y la hermana se hacían mutuas señas de silencio. La madre,

inclinada muy cerca de la luz, cosía lencería para una tienda, y la hermana, que había

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