La mujer veloz
2. Naturaleza y Vocación
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NATURALEZA Y VOCACIÓN
Soy rápida. No puedo evitarlo. Mi hermana lo es. Mi abuela, todo un referente en la familia, lo era. Mi padre lo era, aunque ahora ya no lo es tanto. Procedo de una estirpe en la que los que no corrían lo suficiente eran tarde o temprano exterminados (más temprano que tarde, como comprenderéis, porque, en casa, lo que se puede hacer hoy no se deja para mañana). Y si no era exterminado, se autoexterminaba. De un modo u otro, el que no era lo bastante rápido acababa muy mal. Si me dicen «¿Vamos a dar una vuelta?», tardo en cambiarme el tiempo que el otro tarda en levantarse del sofá. «¿Ya estás?», pronunciado en tono de sorpresa o bien de exasperación, es una de las exclamaciones que más veces he tenido que escuchar en mi vida. Y me duele, porque yo tengo una verdadera vocación de Lenta, pero me resulta dificilísimo contravenir mi naturaleza veloz.
Ser rápido supone ventajas en algunos aspectos, pero no carece, ni mucho menos, de inconvenientes. Por ejemplo los accidentes: con los años se incrementan. Como la rapidez se perfecciona a lo largo del período en que una tiene buenos reflejos, si a los veinte era rápida, a los cuarenta batía todos los récords. A partir de ahí (ahora tengo cuarenta y ocho), los reflejos han disminuido, pero la velocidad no. Y eso provoca los clásicos accidentes propios de las personas precipitadas cuando intentan atravesar una puerta que no han acabado de abrir o cuando presionan el elevalunas eléctrico con la cabeza todavía medio asomada al exterior.
La cabeza. ¿Cómo combatir los automatismos aprendidos durante las fases más tiernas y maleables de la vida? Yo aprendí a funcionar a ese ritmo: a contrarreloj. Mi hermana también. Mi hermano, en cambio, nunca logró aprender. Y fue exterminado. Cuando papá decía: «Está en el tercer cajón de mi mesa, a la izquierda», mi hermano apenas era lo bastante rápido para situar el mueble, el cajón, la izquierda o la derecha. Las palabras de su interlocutor planeaban suavemente en dirección a su cerebro y cuando él comenzaba a ordenarlas en su mente, papá había acudido en persona a coger lo que pedía. Mi hermano ejecutaba bien las órdenes, en un tiempo que en cualquier otra familia habría sido considerado razonable. Pero para nosotros era como si funcionara a cámara lenta. Un poco como mamá. En lo tocante a ella, cuando empezó a utilizar un lenguaje poco preciso a causa de su enfermedad, el tercer cajón de la derecha podía ser perfectamente la segunda repisa de la biblioteca, y eso a mi hermano le provocaba un desconcierto insuperable. A los demás, no. Mi hermana y yo, por ejemplo, entendíamos de inmediato que se trataba de la segunda repisa y no del tercer cajón. En un abrir y cerrar de ojos interpretábamos el contenido del mensaje prescindiendo de la forma.
Simplemente conocíamos el lenguaje de nuestros padres y lo interpretábamos al instante, y cuando no entendíamos, usábamos la telepatía, que es la comunicación más rápida que existe. Mi hermana y yo aprendíamos cualquier tipo de lengua con facilidad, se tratara de lenguajes verbales o no verbales. Mi padre no era tan ágil en el ámbito de las lenguas, pero suplía esa carencia con una gran agilidad para otros menesteres.
Nunca cometimos el error de equiparar rapidez con inteligencia. Sabíamos que a veces coinciden y a veces no. La «tontiastucia» del espabilado que de todo saca provecho nos disgustaba. En cambio, veíamos por ahí inteligencias lentas y agudas que nos hacían vibrar, o inteligencias sabias y asilvestradas, lentas y rápidas al mismo tiempo, como la que poseía U. Desafortunadamente, no era ésa la inteligencia de mi hermano. Mi madre tampoco tenía esa inteligencia quirúrgica, aunque era rápida y precisa en las tareas domésticas. El problema es que estas últimas eran poco apreciadas, y el tiempo que en ellas se invertía era considerado de calidad huevos de lumpo.
Bien pronto comencé a sentir los inconvenientes del ritmo que me habían inoculado desde la infancia, aunque es ahora cuando, por primera vez, me estoy dando verdadera cuenta del alcance de la tragedia. Bien pronto percibí que me costaba gestionar el tiempo, dar prioridad a unas cosas sobre otras, porque sólo podía pensar en acabar lo que estaba haciendo o, peor aún, lo que aún no había empezado a hacer. Las tareas pendientes se convirtieron en una colosal amenaza a cuyos pies nunca me rendía. Mi hermana pequeña y yo compartíamos este modo de actuar. Era amenazador, pero excitante a la vez, sentirnos constantemente perseguidas por las tareas pendientes, era como caminar en una sala inmensa de cuyo techo cuelgan, mediante un hilo precario, una colección de hachas afiladas: «las tareas pendientes». Rut, mi hermana, vivió durante una época en una especie de caos derivado de esta enloquecedora manera de gestionar las prioridades. Salió de ella reforzada, y además lo hizo pronto: diría yo que poco antes de cumplir los treinta ya había tomado posesión de su propio tiempo.
—Me alegro —le dije en cuanto lo percibí—. ¿Cómo lo has logrado?
—Me compré una agenda.
—¿Sólo eso? Yo te regalé una hace tiempo, y me consta que la estrenaste… y no te sirvió de nada.
—Sí. Bueno, es que lo apuntaba todo. Pero nunca me tomaba el tiempo de abrirla.
—¿Y ahora?
—Ahora es distinto. Ahora la abro.
Y lo consiguió. Dejó de ser esclava del momento siguiente (que es una expresión que en mi familia debería escribirse con mayúsculas), y pasó a ser esclava de la agenda. De ese modo tan banal, mi hermana se liberó de las «tareas pendientes»; es decir, a base de consultar y obedecer su agenda con la docilidad de un perfecto robot. Si al abrir la agenda descubre que ha de hacer algo que no le apetece, no se permite la menor duda: lo hace. Ahora, además, ya no necesita abrirla. La tiene en el iPhone y es avisada por toda suerte de sonidos cuando le toca hacer algo. Finalmente, es una esclavitud peor que la que padecía cuando vivía sin agenda. A cada momento, un sonido estrambótico la sobresalta (ladrido de perro para los encargos relacionados con su hija, alarido de búho si el aviso tiene que ver con Miquel, borborigmos viscosos si se trata del trabajo, etcétera). Las interrupciones casi constantes le impiden centrarse en el momento presente, que tampoco aprovecha en exceso, por no hablar del tiempo invertido en seleccionar alaridos, ladridos y borborigmos. Pero ¿es mejor lo que hace ella (no disfrutar del momento presente porque la agenda se lo impide y le obliga a hacer lo que debe), o lo que hago yo (no disfrutar del momento presente porque no abro la agenda y las tareas pendientes se me agolpan en la cabeza)? No es fácil decidirlo. En cualquier caso, por una u otra razón, los Rápidos de nuestra familia nunca hemos sabido disfrutar del presente. Los Lentos tampoco, porque nosotros (los Rápidos), nos hemos encargado de impedírselo. No conscientemente, no. ¡Por supuesto que no! Como cualquier otra familia, supongo que deseábamos hacernos felices los unos a los otros. La voluntad de hacerlo estaba ahí. Pero no ha sido posible. Al menos, no lo ha sido hasta ahora. Pero en fin, de todos modos, como ya he dicho, tengo vocación de Lenta. Yo aún espero aprender, aprender a saborear el instante. Tengo cuarenta y ocho años, nada está perdido: un nuevo aprendizaje es aún posible. Además, aprendo rápido. Lo que pasa es que, hasta ahora, no he logrado pillar un momento libre para empezar a aprender. Mi hermana lo ha logrado, pese a su exigente relación con la agenda. Yo todavía no. Y ahora, para colmo, he de hacer frente a una inquietud suplementaria que contribuye a saturar, a colapsar mi tiempo: mi padre.
Ahora, toda mi inquietud se concentra en cuidar de él. Cuando todo esto haya pasado (que no pasará, porque ya no tiene edad como para recuperarse de los problemas vasculares que le afectan), entonces será el momento de dedicarme a recobrar el tiempo perdido o lo que quede de él. Trataré de contactar de nuevo con el instante presente. Sentir algo, mirar, ver, escuchar con atención… De nuevo pasearé sin rumbo, miraré a mi alrededor sin buscar objetivo alguno, observaré la forma y la evolución de las nubes, me quedaré boquiabierta ante un escaparate rebosante de artículos, respiraré a fondo la tierra mojada tras la lluvia. Reencontrarme con el tiempo es mi asignatura pendiente y sé que habré de consagrarle mucho esfuerzo. Pero, ahora, todavía no. Todavía no.
Pese a todo lo que acabo de contarles, soy optimista: estoy segura de que habrá un reencuentro con esos instantes que sólo logré disfrutar en la infancia, un reencuentro con ciertas cosas que mi padre me enseñó, y cuando digo «mi padre» no me refiero a Artur, mi padre biológico (a quien estoy a punto de ver ahora en cuanto entre en casa), sino a U., el padre que está lejos y que anda medio desaparecido. Es cierto, ahora que caigo, que todos nos movíamos más despacio cuando U. estaba en casa. Es cierto que esta manera de movernos (como si permanentemente se acabara de declarar un incendio), se atenuaba cuando llegaba él de visita, pues sólo a él le otorgábamos el poder de suspender el tiempo. Incluso mi hermana y yo servíamos el café y las copas a cámara lenta cuando él estaba en casa, y no corriendo como lo hacíamos siempre, con la sensación de que nuestro jardín era la terraza de un bar atestada de clientes impacientes a los que debíamos contentar. Y, a propósito, he de recordar llamarle. Sí, he de llamar a U., y es que aunque acabo de anotarlo en la agenda, entre que nunca la abro en el momento oportuno y que cuando pienso en llamarle no tengo el teléfono a mano y cuando tengo el teléfono a mano no consigo llamarle, pasa el tiempo, pasa el tiempo, pasa y pasa el tiempo…
Pasa y pasa el tiempo y sigo sin llamar a U.