La noche

Antonio Soler · Capítulo 5 de 5

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La noche

Capítulo 4

Por lo demás, unas semanas de interrogatorios, calabozos y uniformes, vacío,

papeles y declaraciones, días sin cielo, habitaciones grises, crucifijos y jefes

de Estado, desolación, teclear de máquinas de escribir y periódicos que

enlazaban sus artículos del hígado extraviado y el zapato negro con el

publicitario CRIMEN EN EL CIRCO. La amante de un enano delata los

oscuros manejos de su partenaire y es víctima suya. UNA TRAPECISTA

ASESINADA EN PRESENCIA DE CIENTOS DE NIÑOS. Casi una docena

de implicados en el ocultamiento del cadáver del director de un circo y en el

descuartizamiento clandestino de un proboscidio. ENCONTRADO EN EL

FONDO DE UN PRECIPICIO EL CUERPO MALTRATADO DEL

DIRECTOR DEL CIRCO… Mezquindad, miseria y soledad. Desamparo.

El Lacio y yo saliendo a la libertad bajo una lluvia fría y gris de

primavera. Sarita esperándonos y el calor húmedo, el serrín, la suciedad, el

olor a lejía de un café oscuro. Y la voz blanda y espumosa de Sarita contando

que a Raimundo todavía no lo han soltado, no lo quieren soltar, por lo de

haber intentado escapar, y Fajardo, el pobre, que en el fondo le daba lástima,

cuánto estará sufriendo, quién sabe lo que le pasó por la cabeza y quién sabe

cuándo volverá a salir, y ya sin Analía para siempre. La lluvia, la lástima. Y

ya sin Analía. Y las cristaleras del bar salpicadas de agua pardusca y de

hilillos fangosos. Y el sol asomando con miedo entre el grumo y el sueño de

las nubes. Y la despedida, las lágrimas de Sarita. Todo fue una locura, Bala,

una locura.

Y como el maldito enano de cristal había predicho, el sobrino

universitario y con gafas de don Pololo disolvió la compañía. Aunque a mí no

me importó, porque yo ya había resuelto no volver jamás a aquella ni a

ninguna otra carpa, no entrar nunca más a aquel mundo de quimera, bajo

aquel trozo de lona que, al desplegarse, se convertía en una mentira dentro de

la que la gente, haciendo un paréntesis momentáneo en su vida, se divertía a

costa de los que habían hecho de su vida entera quimera y paréntesis. Y yo,

yo que podía haber sido alguien, alguien de verdad en un circo americano, en

un gran circo, tuve que dar gracias de que aquel primo mío que, no sé por qué,

siempre me quiso, me encontrara trabajo de guarda nocturno a pesar de mi sordera, fraguada función a función, cañonazo a cañonazo para deleite y

emoción de chicos y mayores. Y no quise saber nada de nadie, ni de mí

mismo siquiera.

Las pocas cartas que me llegaron de los compañeros, y que hasta en el

sobre se veía que estaban escritas de compromiso, las fui tirando a la basura,

sin abrir. Y con mi furgón me vine a vivir a un camping, donde de tarde en

tarde viene a verme Sarita, donde los turistas hablan despacio y sin que se les

entienda y donde no hay elefantes, ni enanos, ni trapecios, ni nadie me dice

bromas, y donde nunca, nunca, me tropiezo con unos labios rojos que se

entornan, se somíen al verme y me dicen adiós con el guiño de un ojo de

almendra.

Y lo que sucedió, hace ya casi seis años, y que aquí, combinando letras y

pensamientos, he relatado en un ejercicio inútil (porque sé que las palabras

son pobres elementos que, si a veces bellos, nada pueden con la vida, ni

cambiarla ni exorcizarla), todo aquello que ocurrió se va perdiendo en una

extraña brumosidad y ya solo quedan sombras que a veces se me presentan y

me visitan, venidas de los trasteros del tiempo y de las que procuro huir,

refugiado en mis paseos bajo los olmos, en las novelas del aburrimiento

nocturno de mi trabajo o en la construcción de mis ingenios eléctricos,

aquellos que mi padre me destruía y por los que me azotaba.

Y a pesar de que la noche me inquieta y me tienta a revivir

constantemente el pasado, yo trato de olvidarlo y, poco a poco, noto cómo los

recuerdos, flotando como cáscaras de nueces en el río del tiempo, se van

alejando camino de su incolora desembocadura en la nada y el olvido.

Aunque a veces, cuando hago mi ronda con la linterna apagada y el edificio

que guardo crece noche arriba convertido en un gigantesco esqueleto bañado

en luna, oigo el mar cercano que me llora y que lame la arena de la playa

como los perros lamen su comida, y por encima de sus gemidos, a veces,

suena un cric-silencio-cric que me obliga a silbar algo que un día de fiesta le

oí cantar a Analía, y entonces es ella, invocada por su música, la que se me

aparece en una mancha nítida, sedosa, amapola, piernas y tibieza, y para

borrar su imagen de carmín, prendo la linterna, y siento ganas de huir,

quisiera huir, huir más aún, más allá de la memoria, vieja, cansada y pobre,

más allá de mí, más allá de todo. Huir más allá de la noche, atravesar su

horizonte, huir hacia donde empieza y se extiende el mundo, la vida, con

todos sus rumores, luces y misterios, desconocidos para mí, que nunca pude,

ni podré ya, traspasar la distancia infinita, la inextinguible negrura de la

noche.

Terminaste La noche

Antonio Soler

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