La noche
Capítulo 4
Por lo demás, unas semanas de interrogatorios, calabozos y uniformes, vacío,
papeles y declaraciones, días sin cielo, habitaciones grises, crucifijos y jefes
de Estado, desolación, teclear de máquinas de escribir y periódicos que
enlazaban sus artículos del hígado extraviado y el zapato negro con el
publicitario CRIMEN EN EL CIRCO. La amante de un enano delata los
oscuros manejos de su partenaire y es víctima suya. UNA TRAPECISTA
ASESINADA EN PRESENCIA DE CIENTOS DE NIÑOS. Casi una docena
de implicados en el ocultamiento del cadáver del director de un circo y en el
descuartizamiento clandestino de un proboscidio. ENCONTRADO EN EL
FONDO DE UN PRECIPICIO EL CUERPO MALTRATADO DEL
DIRECTOR DEL CIRCO… Mezquindad, miseria y soledad. Desamparo.
El Lacio y yo saliendo a la libertad bajo una lluvia fría y gris de
primavera. Sarita esperándonos y el calor húmedo, el serrín, la suciedad, el
olor a lejía de un café oscuro. Y la voz blanda y espumosa de Sarita contando
que a Raimundo todavía no lo han soltado, no lo quieren soltar, por lo de
haber intentado escapar, y Fajardo, el pobre, que en el fondo le daba lástima,
cuánto estará sufriendo, quién sabe lo que le pasó por la cabeza y quién sabe
cuándo volverá a salir, y ya sin Analía para siempre. La lluvia, la lástima. Y
ya sin Analía. Y las cristaleras del bar salpicadas de agua pardusca y de
hilillos fangosos. Y el sol asomando con miedo entre el grumo y el sueño de
las nubes. Y la despedida, las lágrimas de Sarita. Todo fue una locura, Bala,
una locura.
Y como el maldito enano de cristal había predicho, el sobrino
universitario y con gafas de don Pololo disolvió la compañía. Aunque a mí no
me importó, porque yo ya había resuelto no volver jamás a aquella ni a
ninguna otra carpa, no entrar nunca más a aquel mundo de quimera, bajo
aquel trozo de lona que, al desplegarse, se convertía en una mentira dentro de
la que la gente, haciendo un paréntesis momentáneo en su vida, se divertía a
costa de los que habían hecho de su vida entera quimera y paréntesis. Y yo,
yo que podía haber sido alguien, alguien de verdad en un circo americano, en
un gran circo, tuve que dar gracias de que aquel primo mío que, no sé por qué,
siempre me quiso, me encontrara trabajo de guarda nocturno a pesar de mi sordera, fraguada función a función, cañonazo a cañonazo para deleite y
emoción de chicos y mayores. Y no quise saber nada de nadie, ni de mí
mismo siquiera.
Las pocas cartas que me llegaron de los compañeros, y que hasta en el
sobre se veía que estaban escritas de compromiso, las fui tirando a la basura,
sin abrir. Y con mi furgón me vine a vivir a un camping, donde de tarde en
tarde viene a verme Sarita, donde los turistas hablan despacio y sin que se les
entienda y donde no hay elefantes, ni enanos, ni trapecios, ni nadie me dice
bromas, y donde nunca, nunca, me tropiezo con unos labios rojos que se
entornan, se somíen al verme y me dicen adiós con el guiño de un ojo de
almendra.
Y lo que sucedió, hace ya casi seis años, y que aquí, combinando letras y
pensamientos, he relatado en un ejercicio inútil (porque sé que las palabras
son pobres elementos que, si a veces bellos, nada pueden con la vida, ni
cambiarla ni exorcizarla), todo aquello que ocurrió se va perdiendo en una
extraña brumosidad y ya solo quedan sombras que a veces se me presentan y
me visitan, venidas de los trasteros del tiempo y de las que procuro huir,
refugiado en mis paseos bajo los olmos, en las novelas del aburrimiento
nocturno de mi trabajo o en la construcción de mis ingenios eléctricos,
aquellos que mi padre me destruía y por los que me azotaba.
Y a pesar de que la noche me inquieta y me tienta a revivir
constantemente el pasado, yo trato de olvidarlo y, poco a poco, noto cómo los
recuerdos, flotando como cáscaras de nueces en el río del tiempo, se van
alejando camino de su incolora desembocadura en la nada y el olvido.
Aunque a veces, cuando hago mi ronda con la linterna apagada y el edificio
que guardo crece noche arriba convertido en un gigantesco esqueleto bañado
en luna, oigo el mar cercano que me llora y que lame la arena de la playa
como los perros lamen su comida, y por encima de sus gemidos, a veces,
suena un cric-silencio-cric que me obliga a silbar algo que un día de fiesta le
oí cantar a Analía, y entonces es ella, invocada por su música, la que se me
aparece en una mancha nítida, sedosa, amapola, piernas y tibieza, y para
borrar su imagen de carmín, prendo la linterna, y siento ganas de huir,
quisiera huir, huir más aún, más allá de la memoria, vieja, cansada y pobre,
más allá de mí, más allá de todo. Huir más allá de la noche, atravesar su
horizonte, huir hacia donde empieza y se extiende el mundo, la vida, con
todos sus rumores, luces y misterios, desconocidos para mí, que nunca pude,
ni podré ya, traspasar la distancia infinita, la inextinguible negrura de la
noche.
Terminaste La noche
Antonio Soler
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