La palabra más hermosa
Viajemos en business
Viajemos en business, en asientos grandes, con vasos de cristal y servilletas de tela. No tenía ganas de viajar en turista, no en uno de estos aviones destartalados… No tenía ganas de pasarme el viaje en un asiento estrecho, de aguantar a azafatas que no te hacen caso. Tengo ganas de estirar las piernas. No es un viaje de placer. Es una convalecencia. Es como cuando estás enferma; si te lo puedes permitir eliges una clínica privada, una habitación individual, una enfermera que puede parecer el servicio de habitaciones de un hotel, y corres la cortina para aislarte del mundo. Creía que el avión estaría vacío. ¿Quién iba a tener ganas de sobrevolar una guerra? Sin embargo hay bastante gente. Hombres que posiblemente irán a esos locales de luces opalescentes y chicas blancas como la mantequilla, apenas mancilladas. La liquidación acaba de empezar, resulta tentador llegar los primeros para robar la pureza. Hombres que luego volverán a su hogar con una caja de caviar, con algún icono religioso. Y luego están los rusos que regresan a casa. Como los dos que van sentados a nuestro lado, con sus maletines negros y rígidos que no han puesto en el compartimiento superior, sino bajo el asiento, para controlarlos con los pies, con los zapatos negros y relucientes. Zapatos italianos para dos hombres de negocios de la antigua Unión Soviética. ¿Qué habrán venido a vender? Pedazos de su país en proceso de descomposición… oleoductos, edificios, minas, cabezas nucleares. Por un instante imagino que en los maletines llevan bolígrafos que matan, ampollas de cianuro, como los espías que surgen del frío en las películas estadounidenses. Pero la guerra fría se ha fundido, como todo lo demás, y estos dos como mucho se llevan un trozo de parmesano.
La cortina que nos separa de la clase turista está corrida. Los rusos han bebido muchas copas de champán sin cambiar de expresión ni de tono de voz.
La azafata que nos atiende tiene una cara rechoncha y la nariz chata, el gorrito que lleva, demasiado pequeño para el pelo cardado, apenas se sostiene en su sitio. Parece una barquita sobre las olas. Nos sirve de beber con un cierto encanto, estirando su gordo brazo con gracia, sin derramar ni una gota.
— More, please…
He esperado este momento tanto tiempo que ya he olvidado el motivo.
He hecho de todo para subir a este avión, y ahora pienso que si alguien abriera la puerta, un loco o un secuestrador, me tiraría al blanco harinoso de las nubes, al frío de las alturas.
Ha sido una decisión repentina, me encargué de comprar los billetes y de comprobar que no hubieran caducado los pasaportes. Vamos a ver, a tratar de comprender… ¿Qué nos cuesta?
«Ha sido una decisión que he tomado por amor —decía la mujer en aquel artículo que leí en la peluquería—, he ayudado a otra mujer como yo, no he sido una incubadora, sino una cigüeña». Bebo champán. « More, please». Y en la embriaguez que dan el alcohol y la altura me flagelo un poco. Si es una elección de amor, ¿por qué vamos a un país empobrecido y que se desmiembra? Unos rumanos, un poco más allá, hablan en voz alta,
¿qué diferencia hay entre esos puteros y yo? También voy en busca de una mujer, de un vientre.
—Escucha…
Diego se quita un auricular y me lo pone en la oreja. Son los REM.
Escuchamos «Losing my religion».
«… That’s me in the corner… that’s me in the spotlight…».
—Estate tranquila.
Al cabo de un rato se duerme. Le miro la mano. ¿Qué es una mano?
¿Quién nos ha esculpido así?
Una mujer se levanta, abre el compartimiento superior, saca un bolso que casi se me cae encima porque hay turbulencias.
—Perdone.
Tiene una cara simpática. Su marido también duerme. Un cráneo con una mata de pelo ralo y gris, la boca abierta sobre la almohada que nos han dado al inicio del vuelo.
Está sentada detrás de mí y al cabo de poco me toca en el hombro.
—¿Le da miedo volar?
—No, me da miedo el suelo.
—¿Cómo dice?
¿Qué demonios digo? No lo sé. Es el champán…
—Me da miedo el aterrizaje —me corrijo.
Es una de esas mujeres a las que les gusta hablar.
—A mí no me da miedo el aterrizaje porque ya se ven las casas.
Hay un asiento vacío en la fila junto a la nuestra, la mujer se levanta y se sienta ahí. No es joven, tampoco vieja, está en tierra de nadie. Tiene una sonrisa bonita. Abre el bolso y saca algo. Primero una barra de cacao,
«porque los labios se secan mucho en el avión, ¿no se ha dado cuenta?», y luego una caja, que ahora abre. Saca una par de zapatillas de deporte con ribetes rosas, de niña.
—¿Le gustan?
Asiento.
—Las ha traído mi marido de Nueva York, adonde viaja a menudo por trabajo.
La mujer se las acerca a la nariz, las huele y las acaricia.
—Mire, tienen una sorpresa…
Sonríe, pienso que tal vez tiene algún problema, que es de esas que toman psicofármacos, que se atonta antes de subir a un avión.
—Se iluminan, ¿lo ve?
Mete las manos en las zapatillas, se inclina hacia delante y camina con ellas. En efecto, tienen unas lucecitas que se encienden en la suela de goma transparente.
—En Italia aún no las venden…
—¿Son para su hija?
Responde al cabo de un poco, después de acercarse de nuevo las zapatillas a la nariz; tal vez huelen a fresa.
—Aún no es hija…
No creo que esté embarazada. Es una de esas mujeres que, cuando viaja, mira alrededor, en busca de un embudo donde verter su chorro de voz. Y
esta mañana me ha encontrado a mí. El marido duerme, ha aprendido a defenderse, a apoyar la cabeza en una almohada. No me queda más remedio que tragarme la historia. Su marido y ella han acogido durante dos veranos consecutivos a una niña de Chernóbil, una de esas que aprovechan el verano para salir de su país y purificarse de las radiaciones, una huérfana. El orfanato necesitaba una nevera y un proyector, y ellos se los regalaron.
Trabaron amistad con la directora. Ahora van a ver a la niña, a Anushka, y le llevan esas zapatillas de regalo. Son demasiado viejos, no pueden adoptarla, pero esperan obtener la guarda y custodia.
—Nuestro abogado ha hablado con un abogado ucraniano. —Mueve los dedos, frota su pulgar contra el índice y el dedo corazón—: Dinero, es solo una cuestión de dinero. En ese país se hace de todo con dinero.
Anushka tiene siete años y ellos solo pueden adoptar a un niño a partir de los nueve años. Ahora hace un gesto con dos dedos, los agita como si fueran dos cuchillos pequeños, con un susurro quejoso.
—Dos años… ¿Qué son dos años?
Mueve las zapatillas, agita dos veces la cabeza, con un arrebato nervioso que parece un tic, está ahuyentando algo, un pensamiento recurrente que la acecha a menudo… Es un gesto que reconozco. Las madres frustradas comparten un código.
—Dos años… Incluso he intentado falsificar mis documentos, no me avergüenza decirlo… Te obligan a infringir la ley…
Ahora me parece una mala copia de mí misma.
Pido otra copa de champán. Mientras tanto me pregunto si he conocido en este avión a la mujer en la que me convertiré, si la vida es lo que parece o es un camino de señales luminosas como esas zapatillas del demonio, como la lucecita que indica la salida.
La mujer habla y habla…
—… Cuando Anushka llegó a nuestra casa, nunca había visto un armario y se asustó, se escondió bajo la cama. Así que lo desmontamos y le dijimos que dejara la ropa doblada sobre la silla, tal y como estaba acostumbrada a hacer. Este verano nos pidió el armario, lo subimos del sótano y volvimos a montarlo. Mi marido sudó como un cerdo, «qué demonios», pensé. Fue el día más bonito de nuestra vida. Anushka reía, ya no tenía miedo, quería entrar en el armario, llamar a la puerta y ver que la abríamos, que la liberábamos…
La mujer se inclina hacia delante y mueve de nuevo las zapatillas sobre la moqueta, esas suelas que se encienden con el movimiento. Y por un instante me parece conocerla, a esta Anushka a quien no conozco. La veo correr con sus zapatillas americanas. Buenas para la noche, para no perderse. Recuerdo ese día, cuando acompañé a Diego a fotografiar a los niños recién llegados de Chernóbil en aquella casa de Ostia… Me parecieron fosforescentes.
—¿Y usted? —pregunta la mujer.
Toco el reposabrazos del asiento, el agujero negro de una quemadura de cigarrillo.
—¿Tiene hijos?
Meto el dedo en el relleno.
—Aún no.
Sonríe y suspira…
—Son jóvenes, tienen tiempo.
Diego ha abierto los ojos, mira la hora, levanta los brazos y se despereza.
—Su marido parece un niño…
Diego sonríe.
Oye a la mujer que dice:
—¿Y a dónde van?
Responde él, sobre mi nuca inclinada.
—De vacaciones.
Lo piensa un poco y sonríe.
—Al mar Negro.
En el aeropuerto de Kiev encontramos a nuestra intérprete, Oxana, una chica alta y delgada. Ahí está, erguida entre la multitud de la zona de llegadas, sosteniendo el cartel con nuestros nombres escritos con bolígrafo.
Tiene un semblante serio y la expresión hierática de un militar. Cuando nos ve, se relaja, nos acercamos a ella y le damos la mano. Esboza una sonrisa fugaz, se inclina hacia delante y hace un amago de reverencia. Lleva el pelo recogido, un abrigo azul oscuro con las mangas cortas que muestran las muñecas desnudas y un bolso de esparto colgado en bandolera. Nos pregunta si hemos tenido un buen viaje. Habla bien el italiano, con un acento que nos hace gracia. La seguimos mientras atraviesa una sinuosa anaconda de personas de aspecto descuidado que no tienen pinta de ir a tomar un avión; están allí para aprovechar el calor que desprenden los radiadores. Le pregunto a Oxana qué hay en esos paquetes abandonados junto a la salida.
—Correo…
—¿Y no lo reparten?
—Sí, tarde o temprano lo harán…
Un hombre con bigote asoma la cabeza por la ventanilla de una vieja furgoneta Fiat, da marcha atrás, abre la puerta y nos coge el equipaje. Nos acomodamos en los asientos vacíos. Oxana abre la ventana de cristal que nos separa del chófer, le dice algo en voz baja y se sienta frente a nosotros, en dirección contraria a la marcha.
—¿Tenéis dólares?
—Sí.
—Los dólares van bien.
—¿Y las liras?
Sonríe, no quiere ofendernos.
—Mejor dólares.
Nos mira a la espera de que le hagamos alguna pregunta. Tiene la gracia un poco rígida de ciertas bailarinas clásicas.
—¿Cuántos kilómetros hay?
—Algo más de cien.
Le pregunto cuándo podremos ver al médico.
—Hoy mismo.
Miro a Diego:
—Pasamos por el hotel, dejamos las cosas y nos vamos…
—Sí.
Él también mira a Oxana, ese rostro serio, que nos observa, esa frente alta, clara.
Furgonetas, tractores y autocares avanzan por una carretera que corta campos albinos y luego vastas llanuras de espigas aún verdes.
—¿Es trigo?
—Sí. Chechenia es nuestro petróleo, Ucrania es nuestro trigo —sonríe
—, lo decía Stalin.
Diego le pregunta por Gorbachov, por el futuro, pero ella niega con la cabeza.
—Una carnicería… Una carnicería tan grande.
Diego dice que es natural, que se necesita tiempo.
—Tendrán que pasar veinte años quizá…
Oxana asiente, balancea la cabeza sobre el pedestal del cuello.
—Veinte años… como yo.
—¿Solo tienes veinte años?
Asiente. Yo creía que tenía treinta. Quizá porque está muy delgada y es muy seria.
Los campos han finalizado bruscamente, ahora solo hay fábricas de aspecto ruinoso. Parece que la ciudad no tiene centro, solo periferia. Oxana baja antes que nosotros, nos acompaña, habla con el conserje.
La habitación está forrada con una tapicería celeste de un raso brillante y rígido que parece plástico. Todo es igual, la cortina, la cabecera de la cama. Dejamos las maletas, nos lavamos las manos y cerramos de un portazo.
La clínica estaba a pocas manzanas del hotel, era un edificio macizo y austero, de perfecto estilo soviético. Tomamos el ascensor, subimos al segundo piso. Esperamos un rato en una sala, con los pies sobre un suelo cubierto de linóleo blanco. En las paredes había algunos certificados enmarcados y dos grandes grabados plastificados, como los que se veían tiempo atrás en las aulas de medicina de la universidad, que reproducían el aparato genital masculino y el femenino. Había los sacos rosas del escroto y de los ovarios, los conductos seminales, las trompas y una infinidad de filamentos rojos y azules para las arterias y los cuerpos venosos. Me quedé mirando ese inmenso pene dibujado en sección, fláccido como una trompa abandonada, esa vagina naranja que parecía el interior de un mejillón. La tristeza me subió desde la barriga y se detuvo en la nuca. Miré a Diego de reojo. Llevaba puesta una sonrisa estúpida, como si fuera un adolescente.
Vino a llamarnos una mujer con una bata ajustada que ocultaba un cuerpo curvilíneo pero algo entrado en carnes. El médico estaba sentado ante un lujoso escritorio cubierto por una lámina de cristal verdoso, demasiado grande para un consultorio como el suyo, de dimensiones modestas. Detrás de él había dos cortinas con volantes y varios títulos enmarcados.
Se levantó, nos dio la mano y nos hizo un gesto para que tomáramos asiento.
—Por favor —dijo.
Oxana se sentó a mi lado, nos tradujo que el doctor Timoshenko nos pedía disculpas por no hablar italiano, pues solo sabía unas cuantas palabras, pero tenía intención de estudiarlo porque empezaba a tener muchos clientes italianos.
—Estamos en un país que está a la vanguardia… en este campo.
Oxana traducía, sin dudar y con el rostro impertérrito. Tuve la impresión de que se sabía de memoria ese discursillo, que proseguía con el mismo tono. En las paredes laterales del consultorio había algunas imágenes de niños sonrientes en brazos de madres también sonrientes…
Debía de ser un recorrido similar al de los hoteles termales, donde se pasa del frío al calor, de las piedras a los aceites. Esa sala de espera deprimente con aquellos órganos reproductivos exánimes y luego esta consulta reconfortante, con las cortinas bordadas, como en un refugio, y estas madres felices. Me sentía tensa e intentaba adivinar dónde estaba el timo…
El doctor llevaba una bata bonita aunque de un tono ligeramente gris, tenía unos pómulos que recordaban a los de un mongol y el pelo embadurnado de brillantina. Nos dijo que si queríamos fumar podíamos hacerlo.
—No fumamos.
Se encendió un cigarrillo y esperó.
Empecé a hablar. Le conté nuestra historia. De vez en cuando Oxana me ponía una mano en el brazo para que parara y pudiera traducir. La miraba, intentando adivinar si hacía bien su trabajo. Le hice un gesto brusco a Diego para decirle que me diera las carpetas… Aquel inmenso fajo de ecografías, de análisis, de dinero malgastado; le enseñé al médico la fotografía de mi útero y las demás.
—Envejecido… —dije—. Un útero envejecido…
Esperé a que la intérprete tradujera. El doctor abrió la carpeta, miró la ecografía y asintió. Torcí la boca. Había una ventana que daba a un campo de deportes, una gran extensión con una canasta sin red… Miré fijamente ese ojo de hierro y rompí a llorar.
El médico me dejó llorar sin inmutarse: debía de estar acostumbrado.
Fueron unos sollozos duros como piedras.
Me levanté y me acerqué a la ventana, Diego me siguió y nos abrazamos de espaldas a esas dos personas a las que no conocíamos.
Miramos hacia el campo de deportes; la hilera de casas que se veían al fondo, sin tejado, todas iguales, parecían cabinas de un balneario abandonado.
Volví a sentarme. Había recuperado la calma. El barro había desaparecido, como las piedras del riñón, que causan un dolor insoportable, pero una vez las has expulsado solo te sientes un poco cansada. Una mujer enorme entró con un samovar humeante y bebimos té. Descubrimos que el
médico hablaba francés y, por eso, durante un rato pudimos conversar sin la mediación de Oxana. Luego cambió al ruso. Abrió un cajón y sacó unos folios.
Ahora yo estaba atenta y lúcida.
Trazó tres círculos, A, B y C, y sobre los círculos un triángulo con una X, que señaló con el lápiz.
—Éste es su marido —miró a Diego y sonrió.
La madre A era la donante del óvulo, que era fecundado con el líquido seminal del triángulo X, e introducido en la madre subrogada B. A cada paso unía los círculos correspondientes con una raya hasta llegar a mí, a la C.
«Demasiados círculos —pensé—, demasiadas madres».
—Preferiría que solo hubiera una… otra mujer.
Dijo que no había ningún problema, que se podía hacer todo el proceso con la misma mujer. Pero que resultaba más caro.
—Una madre de alquiler con un hijo que no le pertenece genéticamente no puede reclamar derecho alguno, sin embargo la madre natural…
Sabía que corría un riesgo mayor, pero quería ver la cara de la mujer, verla sonreír… establecer una relación.
Oxana traducía pero yo solo miraba al médico. Esas manos grandes, la boca mientras hablaba, los ojos pequeños de un azul intenso… Me preguntaba si podía fiarme de él. Si había algún indicio bueno en ese hombre.
Lo seguimos durante la visita de la clínica. Entramos en una sala en la que había una camilla, un mueble de hierro, una estantería llena de frascos y medicamentos, una cubeta con algodón, otra para los dilatadores y un viejo recipiente de plástico con asa, que tal vez usaban para conservar los óvulos, el líquido seminal… Parecía una de esas neveras de playa de antes.
El médico se sentó en la camilla y empezó a hablar de dinero con absoluta naturalidad. Quería que le pagáramos con moneda extranjera, en dólares o marcos alemanes. No había gastos de agencia, ni por el sustento de la madre subrogada durante la gestación, ni por abogados. Ellos se encargaban de todo.
—¿Y si la madre cambia de opinión?
Oxana tradujo:
—Eso no sucede. Son mujeres que se ofrecen de forma voluntaria…
Durante un instante pensé que no había el menor atisbo de verdad en la mirada de ese hombre, ni en nada de lo que nos había dicho.
Regresamos a pie al hotel. Llovía. Oxana tenía un paraguas e insistía en taparnos la cabeza por detrás. Le dijimos que podía dejarnos e irse. Pero nos perdimos. Los carteles estaban en cirílico y nadie hablaba ningún idioma extranjero. Muchas tiendas estaban cerradas, los letreros descoloridos de
«PRADUKTI», los escaparates medio vacíos. Entramos en una panadería.
Alguna hogaza de pan sola en una estantería de madera, como una piedra sobre una tumba. Las pocas personas que pasaban se volvían para mirarnos.
Diego fotografió a una anciana parada al lado de una caseta de cemento reflejada en un gran charco de agua. No se movió, no cambió de expresión en ningún momento frente a aquel muchacho que se arrodillaba y fotografiaba el agua sucia que se había acumulado en un lateral de la calzada. Cuando acabó, Diego se levantó con las rodillas empapadas, hurgó en los bolsillos y sacó un billete de diez dólares. La mujer tenía un rostro amarillento que parecía hecho de un tejido esponjoso, de un músculo árido, enfermo. Se tiró al suelo para besarle las manos. Él intentó detenerla, frenar esa reacción exagerada. Le dio un beso en la cabeza, en el fular.
Echamos a caminar de nuevo.
Encontramos el hotel, que surgió del cemento en aquella tarde de luz turbia y vapor de lluvia.
Intenté darme una ducha pero la alcachofa tenía los agujeros obturados y el agua salía de cualquier modo, contra la cortina de plástico, lejos de mi cuerpo. Las camas eran pequeñas y estaban separadas, de modo que las acercamos y el chirrido del hierro al rozar el suelo nos dio grima. Las sábanas comprimían de tal modo los edredones contra el colchón, que parecían más bien camisas de fuerza. Diego no se quejó de la ducha, se acercó a la ventana y tomó fotografías de lo que se veía abajo: un largo muro gris con una alambrada en lo alto, como si fuera un cuartel militar.
Bajamos a cenar. Había algo más de vida: una mujer que cantaba, ataviada con un vestido de lentejuelas rojas, muchos hombres solos, alguna pareja y un camarero vestido de blanco y negro, con la barriga hinchada y unos pies grandes y lentos; parecía un pingüino de verdad. Nos sentamos a una mesa y nos trajeron una carta grande, traducida al francés y al inglés.
La leímos y llamamos al camarero. Fue una pequeña farsa. Cada vez que señalábamos un plato, el pingüino negaba con la cabeza, abría los brazos,
« niet»…
Había borsch, así que lo pedimos. Al cabo de poco volvió el hombre y se sacó de la chaqueta una lata que nos mostró bajo la mesa, fingiendo que no quería que lo viera el maître. Era caviar, costaba diez dólares, que teníamos que darle a él, en efectivo. Cogimos el caviar y el billete desapareció. Gracias a un segundo billete nos llegó una botella de vodka especial.
Ahora también nos sonreía el maître, que nos saludó con una leve inclinación de la cabeza, mientras atendía a los clientes. Mujeres con el pelo cardado, minifalda y botas puntiagudas, hombres con chaquetas brillantes.
El caviar estaba buenísimo, servido con blinis y crema agria… Diego tenía uno de los huevos en la punta de la nariz, sonreí, me acerqué a él y se lo quité con un dedo. Me miró el escote de la blusa de seda como si fuera un adolescente y acabáramos de hacernos novios, y por un instante nos sentimos como una pareja que estaba de vacaciones. Después de cenar nos quedamos sentados en aquellos bancos acolchados. Diego levantó el vaso de vodka en dirección a la cantante, y aquella mujer un poco entrada en carnes, embutida en el vestido de sirena rojo y con una sombra de ojos verde exagerada, entonó para nosotros «Volare, oh, oh, oh, oh». Reímos y aplaudimos.
Al llegar a la habitación hacemos el amor en aquellas camas que hacen un ruido infernal. Es algo sexual, un desahogo. No nos desagrada, al menos estamos vivos.
—Aunque no suceda nada, ¿a quién le importa? —suspiré.
—Hemos hecho un viaje y hemos hecho el amor…
Diego, junto a la ventana, apunta hacia la oscuridad con el objetivo.
—¿Qué fotografías?
—Una luz.
Debe de ser el faro blanco del cuartel de enfrente.
A la mañana siguiente bajamos al comedor para desayunar; había dos grandes recipientes llenos de agua hirviendo, unos cuantos huevos y dulces.
Y ese olor persistente, a cocina mal ventilada, a carne macerada en el caldo.
Oxana nos pasó a buscar, llevaba el pelo recogido con la misma goma y estaba tan pálida como el día anterior. Le pusimos una taza de té en las manos rojas. Nos dijo que teníamos que esperar, que el médico estaba buscando a la persona adecuada para nosotros y que nos diría algo por la tarde.
Dimos un paseo. Diego fotografió una antigua iglesia de madera y la estatua de los cosacos junto a la llama de gas metano azul y eterna. En el centro también reinaba una miseria absoluta y un extraño silencio.
Oxana regresó por la tarde. Cogimos un taxi para ir hasta la clínica, un Skoda de color ciruela, sin parachoques. El médico había encontrado a una mujer que tal vez podría ser una buena elección.
—¿Quién es? —le pregunté.
Oxana se había sentado junto al chófer y le había dado la dirección. Se volvió hacia nosotros y nos dijo que se trataba de una persona de confianza.
—No es la primera vez que lo hace.
Una profesional, me esforcé en pensar, ¿acaso había algo mejor que una profesional? Miré el puño de Diego apoyado en el asiento. Estaba inmóvil y, sin embargo, no era una mano serena, estaba cerrada con fuerza, como si agarrara un clavo.
Antes de partir, Diego y yo habíamos hablado largo y tendido sobre los límites morales de nuestro viaje. Diego dijo: «Solo existe una ley, la de nuestra conciencia. Tenemos que seguir sintiéndonos honestos, sintiéndonos
nosotros mismos. De lo contrario es mejor que lo dejemos y no volvamos a hablar del tema».
Fui yo quien lo arrastró a esta aventura, tras una noche de llantos y de desesperación. Ahora me molestaba su semblante serio, su mirada apesadumbrada.
Entramos en la sala: la mujer estaba de espaldas, sentada. El médico vino a recibirnos, pero ella no se movió. Le lancé una mirada fugaz, sin llegar a fijarme en ella. Nos sentamos y hasta el cabo de un rato, mientras el médico seguía hablando, no la miré a conciencia. La aislé de los demás y la devoré con disimulo. Vi una mano, una oreja, el pelo corto de hombre. Era una mujer sencilla, vestida con humildad, pero digna. La cara larga y con las mejillas hundidas, la nariz normal. Se aferraba a un bolso de piel sintética con el asa rígida. Me fijé en sus tobillos huesudos, los zapatos cómodos, de cordones, como los de algunas religiosas. Asentía a las palabras del médico.
Oxana traducía.
Me pareció percibir un olor a hierba, a cenizas. Le pregunté si era de allí, de la ciudad. Era la primera pregunta que me vino a la cabeza.
Me lanzó una sonrisa y respondió mirando a Oxana. Vivía en el campo, a unos veinte kilómetros. Nos dijimos unas cuantas banalidades más. Entró la enfermera rechoncha con el samovar y sirvió el té. La mujer bebió inclinando la cabeza hacia la taza, con cuidado de no hacer ruido ni manchar el plato.
Luego se levantó e hizo una leve reverencia. Oxana tradujo y nos dijo que la señora tenía que irse porque no quería perder el autobús que tenía que llevarla a casa. Me dio la mano, tan fría y blanda que parecía incorpórea.
—Gracias —le dije.
Diego se levantó. No había dicho ni una palabra. También le dio la mano e hizo una inclinación con la cabeza, como si tuviera que recompensarla por algo.
La mujer hizo un gesto amable, de consuelo, le dio una palmadita en la mano, de forma brusca, como hace una madre con su hijo.
Se fue sin dejar rastro alguno de su presencia, llevándose consigo su olor de cenizas y su bolso.
—Es perfecta —dijo el doctor—. Es una mujer seria, muy reservada.
Había sido un coloquio breve e informal, como tenía que ser, pues tal era la costumbre. No habíamos hablado de nada.
—Ya habrá tiempo —dijo el médico.
—Tenéis que volver al hotel y meditarlo una noche.
—¿Cuántos años tiene? —pregunté.
—Treinta y dos.
—¿Tiene hijos propios?
—Tres.
—¿Y tiene marido?
El médico rompió a reír.
—Por supuesto que tiene marido.
—¿Cómo podemos estar seguros de que…? —me detuve por pudor.
El médico me entendió: parecía que estaba respondiendo a un cuestionario que le habían planteado en multitud de ocasiones antes.
La voz de Oxana tradujo que, tras la inseminación, la mujer se quedaría durante unos días en la clínica, donde el doctor controlaría el buen desarrollo de la fecundación, y solo entonces le permitiría regresar a casa.
Sonrió.
—Sus intereses son también los nuestros.
Se tocó la cabeza, la brillantina que encarcelaba sus cabellos, y dijo con voz más áspera:
—Nuestras mujeres son humildes y generosas, se consideran criaturas neutras. Jamás entregarían a un hijo del propio marido. Si es eso lo que la preocupa, puede estar tranquila.
Dimos cuenta de la lata de caviar con menos voracidad que la noche anterior, distraídos como estábamos por una infinidad de pensamientos. De vez en cuando dejábamos caer una palabra en la mesa. La cantante lucía el mismo vestido rojo, los mismos ojos aterciopelados y la misma voz ronca.
Yo no paraba de darle vueltas al encuentro que habíamos mantenido con esa mujer. Tenía un aire modesto y honrado, una sombra de pelusilla en el rostro, las cejas alborotadas, no usaba pinzas. Tenía unos zapatos y un pelo de monja. Era perfecta, el doctor estaba en lo cierto. Nos echamos al coleto unos cuantos vasos de vodka, que se asentaron en el estómago y nos sumieron en un estado placentero…
—Bueno… ¿Qué piensas…?
—Me parece que es una gran persona.
—¿Entonces es ella…?
—¿Bailamos?
Bailamos sin prestar atención a esos hombres torpes y a esas mujeres culonas con perfumes empalagosos… Bailamos abrazados y recluidos en nosotros mismos.
El médico pasó a buscarnos después del almuerzo. Subimos a una berlina azul con los asientos de cuero, que olían al producto con el que los habían limpiado poco antes. Reinaba la calma, quizá excesiva, en las calles, desiertas también en los centros habitados, casas claras con tejados grises a dos aguas que se extendían en aquella llanura infinita. En la radio se oía un noticiario interrumpido por breves pausas musicales. Entendimos que hablaban de la guerra, le pedimos a Oxana que nos tradujera lo que decían.
Se volvió hacia nosotros.
—Han firmado un acuerdo para el alto el fuego en Croacia…
El médico rió.
—Es lo que más les gusta, firmar y no respetar los acuerdos.
Pasamos junto a una zona rodeada por cilindros de hierro que abarcaba cientos de metros, en cuyo interior se veían unas construcciones macizas dispuestas en semicírculo.
—¿Qué es? —preguntó Diego.
Oxana se volvió:
—Son minas de…
El médico le lanzó una mirada por el retrovisor. Se volvió hacia nosotros y nos dijo en su francés chapurreado:
—Son viejas minas abandonadas…
Enfilamos un camino de tierra y el coche redujo la marcha. Había una casa de campo en un pequeño pueblo. Todavía quedaba barro de las últimas lluvias. Vi una serie de colchones apoyados contra una cabaña y una bicicleta de niño.
Salió a recibirnos un hombre, robusto, con el rostro oscuro y un jersey de rombos rojos y marrones. No debía de tener más de cuarenta años, pero aparentaba unos cuantos más. La mujer nos esperaba dentro. Nos saludó, nos invitó a sentarnos con un gesto brusco. Dejó en la mesa una bandeja con vasos y una botella llena a rebosar de un líquido rojizo, zumo de cerezas; se tocó el pecho para darnos a entender que lo había preparado ella.
Oímos un llanto. Se fue y volvió al cabo de un instante con un niño pequeño en brazos que podía tener un año como mucho. Le dio una cucharilla para que se distrajera y se sentó. El marido hablaba, movía las manos como si estuviera cortando algo sobre la mesa. El médico y él se entendían en ruso y oí la palabra dollars en más de una ocasión. Oxana le tradujo la conversación a Diego:
—El primer plazo al inicio de la gestación, el segundo al quinto mes y el tercero cuando se haga la entrega…
Había estudiado italiano por correspondencia y usaba términos ásperos, burocráticos, sin darse cuenta de lo mucho que nos herían. Diego tragó saliva.
—De acuerdo… Ningún problema.
El niño era pálido como la madre y tenía los ojos del mismo marrón apagado, llevaba un mono de una especie de fieltro, de un color indefinido.
La madre me miraba.
—Quiero saber si está contenta de hacerlo… Si lo hace con amor, es algo muy importante para nosotros.
Respondió el marido, en ruso, con su garganta herrumbrosa por culpa de la nicotina.
Oxana tradujo que estaban muy contentos, que la mujer se sentía muy feliz de poder ayudarnos.
Se levantó y nos mostró la casa, que tenía pocas habitaciones pero que en todas lucía el mismo suelo de cerámica de color vino, cortinas en las ventanas, lámparas con pantallas de encaje y unos cuantos muebles macizos de madera clara. El marido abría las puertas y nosotros asomábamos la nariz. Todo era miserable y olía igual, pero estaba limpio.
Pregunté si podía pasar un rato a solas con la mujer. Era tímida, me rehuía y, además, estaba su marido, que no la dejaba hablar y nos controlaba.
Ella me llevó fuera, mientras cogía leña. El exterior estaba algo más desordenado y había un montón de trastos amontonados de cualquier modo junto a una pila de materiales de construcción. Oxana caminaba detrás de nosotras. Le pregunté a la mujer cómo se llamaba. Hablamos del campo, del rigor de aquella estación. Me dijo que había estudiado ingeniería, pero que tuvo que dejarlo. Casi siempre miraba al suelo, y solo de vez en cuando alzaba la vista hacia Oxana para que tradujera sus palabras. Ese trámite constante me resultaba incómodo, le quitaba intimidad a nuestra conversación.
—Escucha, Tereza, solo quiero saber si es una elección que has tomado por ti misma… que no es tu marido quien…
Negó con la cabeza. Repitió que estaba feliz de hacerlo, que lo habría hecho incluso a cambio de nada, pero que gracias a ese dinero sus hijos podrían estudiar. Dijo que le gustaba estar embarazada, que la gestación no le causaba molestia alguna, que las hormonas de la vida que se estaba formando en su interior la ponían de buen humor.
—¿Y qué les dirás a tus hijos luego?
Rió, fue una pequeña sonrisa que reveló dos dientes mellados, justo los de delante.
—No se dan cuenta, estoy muy delgada… y siempre me visto así…
Se tocó el vestido un poco largo que bailaba sobre su esqueleto. Le hice la pregunta que tenía que hacerle.
—¿Y para ti? ¿No será difícil separarte del bebé?
Llevaba puestos unos zuecos de goma que arrastraba por el barro. Me pareció que no quería responder.
Me volví hacia Oxana:
—¿Ha entendido lo que le he preguntado?
Me salió un tono autoritario, el que se usa con los niños y los ancianos… Con las criaturas que dependen de nosotros.
—No —tradujo Oxana—, para ella es algo natural… Sabe que el bebé no le pertenece.
Al final me miró.
— Ja eto dom.
—Soy la casa.
Se agachó y me fijé en el vientre que se intuía bajo la ropa, fláccido después de varios embarazos. Metió una mano bajo la paja del gallinero y sacó dos huevos aún calientes. Insistió en regalármelos, valían incluso para beberlos… Negué con la cabeza, pero acabé guardándomelos en el bolsillo del abrigo. Y dejé una mano ahí dentro, sobre los huevos calientes.
Al cabo de un rato dijo:
—No pienses que soy una mala mujer.
El marido salió a buscarnos, hizo un extraño silbido, como si llamara a las gallinas. Tereza se dirigió hacia la casa a toda prisa. Me quedé tras ella, mirándole las nalgas y las caderas, del modo en que se mira a un animal.
Era una mujer bien proporcionada, con los músculos largos y los tobillos delgados. No tenía ningún defecto físico, ninguna anomalía. Era neutra…
eso es lo que era. No era alegre ni triste, no era bonita pero tampoco fea, no tenía un gran calor humano pero no era antipática… Era una de esas criaturas indefinidas que no dejan señal, un cordero más del rebaño. Hacía tres segundos que había desaparecido y ya no conservaba recuerdo alguno
de ella. Ya me estaba bien así… es más, quizá era perfecta porque no era nadie. Era doña nadie. El círculo trazado en la hoja de papel.
Me quedé fuera un poco más, sola, en el claro que había frente a la casa.
Olía el aire, miraba a mi alrededor, observaba el territorio, los metros de tierra donde iba a vivir Tereza con nuestro hijo en su seno. Me agaché para esquivar un hierro oxidado, como una madre previsora…
Volví a la casa. Diego estaba sacándole fotografías al niño, que ahora se aferraba al borde de un parque medio desvencijado, mordiendo la protección de plástico. Miraba el objetivo de la máquina fotográfica sin interés alguno. Era un ser inane e inerte como su madre. No mostraba ninguno de los típicos arrebatos infantiles. Se quedaba allí, encarcelado en la opacidad como un fósil en la resina… Y su miseria tenía algo de eterno… Carne inútil que se reproduce durante siglos, que germina y desaparece sin dejar rastro. Diego lo fotografiaba y tal vez era esto lo que le gustaba y le conmovía, la inamovible fijeza del destino humano.
—Vámonos…
Me molestaba que le hiciera fotografías a ese niño. A veces me molestaba incluso el mero hecho de verlo fotografiar… Se aferraba a la máquina fotográfica como a un corazón, como a algo que le había salido del pecho y latía, que retenía junto a sí para vivir algunos instantes más.
—Vámonos…
Me molestaba ese aire que tenía, ese rostro consumido de misionero. Su modo de amar estaba demasiado influido por la derrota. Un día todo eso se acabaría. Un día Diego se pasaría horas y horas fotografiando solo a nuestro hijo…
Diego no abrió la boca durante todo el viaje, dormitó con la cabeza pegada contra el cristal.
—¿Qué pasará ahora?
Oxana tradujo. Al día siguiente Tereza acudiría a la clínica para hacerse los análisis de sangre. El médico analizaría la actividad folicular, ya que faltaba poco para la ovulación, quizá era cuestión de horas. No iba a ser necesario que realizaran la estimulación ovárica ya que era una mujer sumamente fecunda.
El médico se volvió:
—A menos que queráis tener gemelos o trillizos…
Reí, me desternillé de la risa. Hacía tiempo que no me pasaba. Ahora me gustaba ese hombre directo, brusco. ¡Un verdadero cosaco al servicio de la causa de la esterilidad humana!
Diego no reía. Le cogí la mano.
Su mal humor y sus escrúpulos no figuraban entre mis principales preocupaciones… Ahora me preocupaba la mujer, moi malenchii dom, mi pequeña casa. Iba a dejarle más dinero, por supuesto… y a enviarle vitaminas y sales minerales, magnesio y hierro. La fecundación me parecía un mero detalle. Algo que iba a suceder deprisa, en unos cuantos minutos, en aquella consulta con las cortinas bordadas.
El médico se mostró locuaz y relajado durante el viaje de regreso, respondía a todas las preguntas y disipaba todos los temores. La mujer se sometería a controles constantes y nosotros recibiríamos en Italia las ecografías y los resultados de todos los exámenes prenatales; podíamos ir a visitarla en cualquier momento. Nos sugería, al menos a mí, que me quedara en Ucrania durante los últimos meses de gestación.
—Así no tendrá que dar explicaciones; si lo desea podrá decir que ha dado a luz en el extranjero. Para usted será importante participar en el proceso, poner la mano en el vientre de la madre subrogada, sentir los movimientos del feto. Eso la ayudará. Está a punto de hacer frente a unas grandes emociones, tendrá que prestar atención a su estado de salud, pues a menudo es la mujer estéril quien enferma… Se sentirá débil en el momento del parto, notará las contracciones…
Pensé que estaba a un paso de la vida.
Diego escuchaba sin apartar la mirada de la ventanilla, de vez en cuando fotografiaba algo: un tractor que segaba los campos, un hombre en bicicleta.
Hacía meses que no sacaba una fotografía y ahora se dedicaba a fotografiar esta nada, estos campos feos, este cielo polvoriento…
Pasamos de nuevo junto a la larga verja con la alambrada que rodeaba la mina, con esos carteles que decían quién sabe qué. Diego levantó la máquina y disparó a través del cristal. Preguntó de nuevo qué extraían de aquella especie de búnker, pero Oxana no se volvió, se limitó a encogerse de hombros.
Esa noche la cantante había cambiado de vestido, iba de blanco, como una gran nube, el maître nos había traído el caviar y había recibido su propina.
Cuando el vodka hizo efecto, empezaron a fluir las palabras.
—Tiene los dientes rotos… esa mujer tiene los dientes rotos.
Intenté sonreír.
—¿Y qué?
—¿Pero es que no te has dado cuenta, cariño?
—¿De qué no me he dado cuenta?
Se llevó una mano a la cara, al pómulo…
—Tenía algo, una señal… una palidez…
Sí, había visto el moratón del ojo cuando se volvió hacia mí para decirme «yo soy la casa».
—Habrá sido el niño, que debe de haberle metido algo en el ojo… O
quizá se ha dado un golpe mientras trabajaba en el campo…
Diego asintió.
—Quizá sí…
Al cabo de un rato, me resultaba imposible conciliar el sueño en la oscuridad de la habitación… Un olor desagradable lo impregnaba todo.
Había dejado el abrigo sobre el radiador para secarlo. Al final, aquellos dos malditos huevos se me habían roto en el bolsillo, me había olvidado de que los llevaba encima. Eché las cáscaras al lavabo y froté el bolsillo bajo un
chorro de agua. Ahora el radiador desprendía ese apestoso olor de huevo seco.
—El marido la pega… ¿es eso lo que piensas?
Diego tampoco dormía.
—No me gusta ese hombre y, además, el niño también parece muy triste.
Al día siguiente salimos pronto. Oxana vino a buscarnos al hotel y la invitamos a desayunar con nosotros. Cogió la taza de té caliente y se la pegó a la cara blanca, contra la mejilla. Había venido a pie, estaba helada y más cansada que los días anteriores. Cuando Diego se levantó para ir a la habitación, a cargar la máquina, le pregunté a quemarropa:
—¿Aquí los hombres pegan a las mujeres?
Esa día tenía menos ganas de sonreír. Me dijo que por la mañana, temprano, las mujeres se miran fijamente y hablan entre sí.
—Hay muy poco trabajo y los hombres beben para caerse como muertos.
Hablaba con voz queda, sin parar de frotarse la nariz roja, los labios lívidos no lograban encontrar su color natural…
—Mi hermano trabajaba en un barco y lo echaron; ahora, cuando le abro la puerta de casa, da dos pasos y se cae. Está irreconocible…
Le cogí la mano y pronuncié su nombre…
—Oxana…
Parecía distante, toda esa fiereza de la juventud se había desmoronado en un abrir y cerrar de ojos.
—Kasimir, un vecino, un anciano de ochenta años, se tiró por la ventana… Es algo que ha sucedido… Ya no tenía qué comer.
Derramó unas lágrimas sin cambiar la expresión de la cara. Luego se rió.
—Mi primo Epifan trabaja en una fábrica, le pagan con rollos de papel higiénico, montañas de papel higiénico… Es lo único que no nos falta en casa.
Quería ayudarla pero no herirla. Cogí el bolso que tenía al lado pero me fulminó con la mirada y levantó la mano.
— Niet!
Le mentí, le dije que buscaba la barra de cacao para los labios.
Por la tarde regresamos a la clínica. Tereza estaba allí, se había hecho los análisis y ya se estaba vistiendo. Sin pedir permiso, me asomé por la puerta y vi que estaba inclinada sobre la camilla. Por un instante pude verle la espalda. Los omóplatos esqueléticos, como las alas de un pollo desplumado.
Tenía otra marca, una mancha azulada alrededor del cuello. Le sonreí. El marido estaba en una esquina de la habitación y se dirigió hacia nosotros.
Me volví. Me fijé en el ojo de Tereza, que estaba más oscuro e hinchado que el día anterior. El médico dijo que la actividad folicular había empezado. El marido se frotó las manos en los pantalones. Me pareció el ruido más horrible de la Tierra.
— Niet —dije.
El doctor me miró a los ojos. Se encorvó.
—No nos parece la persona adecuada. Lo sentimos.
Hay un gran bidón de aceite que chisporrotea en mitad de la calle. Es sábado, día de mercado. Una niña con las trenzas empapadas devora una rosca oscura. Bajo un cobertizo con goteras una anciana vende vasitos desparejados y un candelabro de latón. Esta noche han bajado las temperaturas. En los márgenes de la carretera, la hierba se ha quedado blanca y rígida, y el viento gélido nos corta la cara. A pesar de la nevisca que está cayendo, otra anciana vende calcetines, rígidos y pesados, otra ofrece un manojo de remolachas y un muñeco de goma, un conejo. Están ahí, inmóviles, como el hielo que forma estalactitas en los tejados. Hoy Diego no hace fotografías. Compra de todo y lo guarda en la mochila. Saca un fajo de karbovanets, que ya no valen nada, y manda a esas viejas a casa, para que entren en calor frente a la estufa.
Más caviar. Es sábado, la cantante hace un gallo y baja del escenario, pasea entre las mesas… Se acerca a la nuestra, quizá se da cuenta de que he llorado. Me acaricia el pelo y se queda un instante entre nosotros. De cerca parece mayor.
Diego solo tiene ganas de irse, pero insisto en que nos quedemos un poco más.
—Un día —le digo.
Miro a las mujeres que pasan por la calle, a la chica de la gasolinera, a la mujer que pinta una pared. Las escruto, me fijo en sus cuerpos, restriego la cara contra aquello que me falta.
—No podemos seguir así… —dice Diego.
—Déjame en paz —le espeto.
Oxana nos sigue con su abrigo azul y su cuello blanco de estatua. Le pregunto:
—¿Tú lo harías?
Pero no responde… Finge no haberme entendido.
Diego me agarra de la muñeca y me hace daño.
El doctor no nos deja marchar. Ha organizado otro encuentro. Diego tiene una cara rara, peor aspecto, las facciones contraídas. Esta noche ha dormido lejos de mí, en esa cama blanca, tensa como una camisa de fuerza.
La mujer está sentada en la misma silla, en el lugar de la otra. Es más joven, más guapa. Se levanta y sonríe. Tiene los dientes intactos y una mandíbula fuerte. Es más alta que Diego. Y si la otra no olía a nada, esta parece salida de una fábrica de colonias de mala calidad. Un hedor dulzón impregna el aire. Lleva una blusa blanca ajustada con un camafeo en el pecho y una falda oscura, de colegiala. Debe de haberse vestido así para la cita y ahora está atenta a nuestra reacción. Los ojos, espabilados, intentan abarcarlo todo, como su voz. Me fijo en su piel, que no parece mostrar ningún defecto. Lleva el pelo desteñido, más negro en las raíces. Tiene una cara rara, como la de un payaso sin maquillar. Entonces me doy cuenta de
que no tiene cejas, nada; en su lugar tan solo sobresalen los huesos. Parece un cuadro inacabado.
Busco los ojos de Diego, que mira hacia fuera, a la pista de deporte, a la canasta sin red.
Caminamos por la calle. Le pregunto a Diego qué piensa.
—¿Quieres saberlo?
—Claro que sí.
No se vuelve, sigue tocando con la mano cada una de las columnas de cemento que encontramos, como si las estuviera contando.
—Me parece una prostituta.
Se detiene, se balancea un poco y sonríe.
—Creo que damos asco, cariño.
En la furgoneta que nos lleva al aeropuerto, Oxana nos confiesa la verdad sobre la mina. Es una mina de uranio y la pequeña ciudad que hay al lado no aparecía en ningún mapa hasta hace unos años, no existía.
—Una amiga mía perdió un hijo, pero mi abuela tiene casi noventa años y nunca se ha movido de ahí. Tiene un huerto y dice que el uranio es muy bueno para las coles.
En el aeropuerto, los paquetes de correo siguen en el mismo sitio, más manoseados.
Le acaricio la cara a Oxana y antes de despedirme de ella, hundo la barbilla en su abrigo azul. Diego le da todos los dólares que nos han sobrado y esta vez los acepta y los guarda en el bolso de esparto.
El avión hacía escala en Belgrado, había un par de horas entre un vuelo y otro. Nos apoyamos en la barra de una cafetería y pedimos un té. Nos quedamos allí, frente a esas tazas negras. Junto a nosotros, un hombre
comía una salchicha, roja y larga, chorreante de grasa. Diego apartó el té, pidió una de esas salchichas y una jarra de cerveza.
Lo observé mientras daba cuenta de esa porquería sin decir ni pío. No comía, devoraba. Le dije: «Vamos a dar una vuelta»; y me responde: «Ve tú». Yo movía la pierna, empujando el taburete donde estaba sentado él.
Vacilaba entre las cenizas, como tras un incendio.
—Estate quieta.
Seguí moviendo la pierna.
—Por favor.
Diego tenía la barbilla pringosa, me lanzaba una mirada profunda, desde quién sabe dónde, vibrante y lejana a pesar de la proximidad.
—Quizá deberíamos romper.
Se levantó.
—¿A dónde vas?
—A mear.
Pero no estaba en el baño. Me puse a dar vueltas entre la gente que esperaba la salida de los vuelos, me metí en esas tiendas iluminadas, entre las estanterías de botellas y de cartones de tabaco. Luego dejé de buscarlo.
Pensé en todo lo sucedido. Me pregunté cuándo, en qué maldito momento habíamos empezado a separarnos. Regresé al lavabo, me mojé la cara y me dirigí a la puerta de embarque del vuelo a Roma. Ya había una azafata de tierra que contaba las tarjetas de embarque.
Me quedé sentada hasta el último instante en aquellas sillas soldadas unas a otras. Me volví al notar que alguien me había puesto una mano en el hombro. La mujer a la que había conocido en el avión del viaje de ida me sonreía. Llevaba un fular ruso en la cabeza, como si fuera un vendaje, entre el flequillo y el resto del pelo.
La niña a la que esperaba poder acoger había sido adoptada por otra familia.
—Franceses…
—Lo siento…
—También adoptaron al hermano pequeño, de tres años… Ahora están juntos. Para los niños es una suerte. Nosotros nunca habríamos podido quedarnos con los dos… Los franceses son jóvenes…
La abracé. Sentí su cuerpo, que temblaba, su pecho comprimido en un sujetador rígido.
Diego llega corriendo al desierto dejado por los pasajeros que ya se han ido.
Se sienta a mi lado.
—¿No querías dejarme?
—He vuelto.
—El avión ya ha despegado.
—¿De quién son estas zapatillas?
—De la señora a la que conocimos en el viaje de ida. Me las ha regalado.
—¿Y eso?
—No lo sé. Se iluminan.
Meto las manos en las pequeñas zapatillas y me pongo a gatear entre los bancos, aprieto con fuerza para que se iluminen las suelas. Diego sigue las lucecitas con la mirada. Tiene el pelo alborotado, una barba rala y los ojos cansados, pero aún vivos. Coge su Leica, y se pone a sacar fotos… Sonrío sin sacar las manos de las zapatillas.
Me ayuda a levantarme y se apoya en mí.
—¿Sabes a quién vamos a llevarle estas zapatillas?
Siento un golpe en mi interior, como una escoba que barre y raya al mismo tiempo.
—Hay un vuelo que va a Sarajevo, venía a decírtelo.
El aeropuerto está semidesierto, solo quedan los trabajadores y unos cuantos viajeros del país. La cinta transportadora de equipajes está detenida, y cuando se pone en marcha tan solo aparecen unas cuantas maletas, que dan vueltas durante un rato y que nadie recoge. Un periodista australiano
con una cámara al hombro filma a un hombre que habla. Es un taxista apoyado en la puerta de su coche; tiene una de esas caras demacradas que se ven a menudo en Sarajevo, unos huesos que afloran en la piel lívida por la nicotina. Gojko le está haciendo de intérprete. Nos ve, se sonroja, se impacienta, nos hace gestos para que esperemos, estira los brazos para hacernos entender que no está ahí por voluntad propia. No debe de gustarle lo que traduce.
«… han dicho que nos dejarán un poco de tierra, la necesaria para las tumbas. Eso es lo que han dicho… en nuestro Parlamento…».
—Nihilista de mierda… —dice, mientras envía a la mierda al taxista y a aquel australiano tan pesado con un gesto. Nos besa. Nos abraza como es habitual en él, nos estruja el pecho con esos brazos largos e inertes, que de repente cobran fuerza, son como un torno.
—… preciosa, fotógrafo delgado…
Ninguno de los tres creía que fuéramos a vernos tan pronto, es una mañana de marzo. Han pasado nueve meses del viaje a Croacia, el tiempo de un embarazo, de una guerra.
No nos suelta. Apoya la frente contra las nuestras, nos pregunta si hemos tenido que hacer mucho acopio de valor para ir a Sarajevo.
—Era más duro estar lejos.
Dice que somos sus amigos y sigue abrazándonos. Veo sus pequeños ojos de color miel, arrasados en lágrimas.
—Es el poeta, que de vez en cuando no puede contenerse… —dice.
Diego respira, estira los brazos y respira; el aire aún es frío a pesar de que ya ha llegado la primavera.
Gojko lleva un anorak de Gore-tex; «es alemán», dice, hizo un trueque con un periodista de Reuter Alemania y se lo quita allí mismo, en la pista del aeropuerto. Debajo solo lleva una camiseta de algodón, peroquiere que cojamos el anorak para que comprobemos lo ligero que es. Se lo pone de nuevo mientras caminamos hacia el coche.
Nos cuenta que ya no siente el frío, que ese anorak le ha resuelto la vida y que puede pasarse toda la noche fuera, aunque estén a diez bajo cero.
Habla del Gore-tex, de la revista literaria en la que publica, de la radio
donde trabaja de vez en cuando, a la que nos llevará, porque es un lugar donde hay gente que no tiene un pelo de tonta. Me fijo en las calles, en los tilos, en los edificios de color plomo. Respiro. ¿Por qué no hemos venido antes? Para nosotros esta ciudad es como un bolsillo, es como meter las manos en la oscuridad y sentir un calor que llega desde el fondo.
Nos dirigimos hacia la ciudad. La voz de Gojko es un barro cálido: nos cuenta que ahora hay muchos periodistas, que se está celebrando la Conferencia Internacional de Bosnia-Herzegovina, auspiciada por la Comunidad Europea, y que él vuelve a trabajar de guía, al igual que durante las Olimpiadas.
Diego le pregunta por la guerra, que avanza.
Gojko tira el cigarrillo por la ventana.
—El mundo no nos quita ojo. No sucederá nada.
Nos lleva a una kafana, la que está cerca del Markale, con las paredes acolchadas y el blues bosnio sonando por los altavoces. Gojko aún fuma; le miramos la cara, tal vez algo más hinchada en comparación con el verano.
Se inclina sobre la mano que tengo apoyada en la mesa, me besa. Coge la máquina fotográfica que estaba sobre el banco de escay rojo y niega con la cabeza porque Diego aún tiene esa Leica memorable, la de sus antiguos reportajes.
La primera fotografía de Diego es en ese bar, en ese banco, yo abrazada a Gojko… él levanta el dedo índice y el corazón y hace el gesto de la victoria frente a nuestros rostros sonrientes.
—¿Aún os queréis mucho? —me susurra Gojko.
Diego responde:
—Sí.
—Qué pena.
Salimos y caminamos en el frío. La gente está inmersa en la propia normalidad. Las tiendas de Bascarsija están todas abiertas, con los montones de especias, los utensilios de cobre y las túnicas blancas bordadas de oro.
¿Qué cara ponían los judíos cuando miraban, sin reconocerlo, el mal que los acechaba? No debían de ser muy diferentes de éstas; de la que tiene
este viejo que corta el cuero, o esta chica que sale de la madraza con sus libros sujetos con una goma, su velo y sus vaqueros.
Entramos en el recinto cubierto y nos sentamos en las gradas. Era un gimnasio grande, construido para las Olimpiadas. Sebina estaba junto a un montón de colchonetas azules, de goma. La espiamos durante un rato, antes de que ella se percatara de nuestra presencia. No había cambiado demasiado, simplemente había crecido unos cuantos palmos. Tenía las piernas desnudas, blancas como velas, un poco regordetas, con unos músculos que se marcaban en la piel como pequeñas salchichas, los pies descalzos y un pequeño chal de lana que usaba como calentador. Vi cómo se lo quitaba antes de hacer un ejercicio y volvía a ponérselo al acabarlo, como una atleta consumada. Había poca luz en el gimnasio, tan solo dos fluorescentes suspendidos en el techo; las gradas estaban casi a oscuras.
Nos vio. Levantó la vista y se nos quedó mirando. Yo estaba en ascuas.
¿Me reconocería? Hablábamos por teléfono y la había visto crecer en fotografías. Cada año, por Navidad, le enviaba un juguete y algo de dinero y ella me lo agradecía con una postal, en la que incluía unos ángeles recortados en papel. No se movió, se quedó en su sitio, sin apartarse del grupo, disciplinada. Pero todo lo que hizo a partir de ese momento fue para mí, para mis ojos, que no podían apartarse de ella. La vi en las paralelas, en la barra de equilibrio, en el caballo, aferrarse a los arcos y erguirse, con la cabeza vuelta hacia nosotros. En las cartas me había hablado de su pasión por la gimnasia, pero verla fue otra cosa. Cometió un error en el desmonte y se cayó. Pero luego atravesó la sala haciendo la rueda, como una pequeña llama, y aterrizó con las piernas perfectamente abiertas, en spagat.
Nos encontramos en el pasillo de linóleo, al fondo la luz de los vestuarios. La llamé, estaba buscándome. Se volvió hacia mí y echó a correr. Tenía la misma nariz chata de nacimiento, la misma boca, el labio superior prominente como una pequeña burbuja. La levanté en brazos, creo que lo hicimos Diego y yo a la vez. Nos peleamos por ese olor, por esa piel tenue y sudada.
—Alma mía… Alma preciosa…
—Gemma… Diego…
—Sebina…
¿Qué es la felicidad? Es esto, este pasillo solitario, rancio e impregnado de buenos olores, este pequeño cuerpo aferrado a nosotros.
Era minúscula… De cerca parecía mucho más pequeña.
—Cuánto pesas —le dije.
— To su misici.
Son los músculos.
Gojko se había trasladado y vivía solo, pero iba a buscar a Sebina casi todas las tardes. La esperaba frente a las duchas, a veces la ayudaba a secarse el pelo, otras le ponía un gorro de forro polar y salían así. Cuando le daba por ahí se la llevaba a comer uno de esos buñuelos rellenos de miel a un local con taburetes altos situados de cara a la pared, y salían de ahí con la ropa impregnada de la peste a fritos. Entre mordisco y mordisco hablaban, sin llegar a mirarse. Él le preguntaba qué tal le había ido el día, en la escuela, como un hermano mayor, como el padre que no tenían. Sebina hablaba muy deprisa y a Gojko le costaba seguirle el ritmo. Solo le gustaban dos cosas de la escuela: la ventana del pasillo que daba a los jardines que había junto al Miljacka, donde se besaban las parejitas, y los experimentos de química del laboratorio. Quería ser campeona de gimnasia, pero crecía poco.
—Soy la más baja.
El hermano le limpiaba la boca con la mano.
—Los bajos están más cerca de la tierra.
Si estaba triste le leía uno de sus poemas.
La niña se sentaba en el suelo
frente a una pira de corolas,
llamas de invierno parecían.
Ayúdame, estoy cansada.
Desollamos rosas hasta la puesta de sol
en el empalagoso olor
que nos aturdía como la droga.
¿Quién se beberá todo este licor?,
le pregunté.
Tú, si vuelves.
No estaba seguro de reencontrar el camino.
Me saludó desde la ventana
el rostro demacrado, de yeso
las manos ensangrentadas de pétalos.
A Sebina le gustaban los poemas del hermano, pero hacía demasiadas preguntas.
Gojko le decía:
—La poesía no se explica, si te alcanza en el punto justo la sientes, se te revuelven las entrañas.
—¿Cuál es el punto justo?
—Búscalo.
Sebina torcía la boca, lo miraba con escepticismo, con esa cara desdichada. Se tocaba la barriga, las piernas.
—¿Puede ser en un pie?
—Queda un poco abajo.
—Pues es donde siento algo al oír tu poesía.
Gojko se la ponía en los hombros, subía las escaleras de su antigua casa y la dejaba con Mirna.
Fuimos a un restaurante a comer pan de pita relleno de todo, de carne, de patatas y de calabaza. Sebina empezó a bostezar, con la mirada ausente y los ojos empañados: el sueño de los niños. No se quejó. Puso un brazo sobre la mesa, apoyó la cabeza en él y se durmió. Decidimos quedarnos para poder charlar. Diego le robó un cigarrillo a Gojko, abrió una cajita que llevaba encima y se lió un porro. Gojko se lo quedó mirando… y se burló de él.
—¿Desde cuándo te drogas?
—No es droga, es hachís.
Gojko cogió el porro, acabó de liarlo y se lo llevó a la boca.
—Pues fumemos…
—Está la niña —dije.
—La niña duerme —respondió Gojko.
Así que ellos dos se pusieron a fumar mientras yo le acariciaba la nuca a Sebina. Al cabo de un rato me incliné hacia delante y hundí la nariz en ella.
Me reencontré con aquel olor, que había permanecido idéntico con el paso de los años, a leche y bosque. Y me pareció el olor del futuro… Estaba allí, frente a nosotros, como en el pasado. Observé nuestros cuerpos en el espejo que ocupaba toda la pared de enfrente y me pareció que el tiempo no nos había quitado nada. Diego lloraba, inmóvil. Quizá ni tan siquiera se había dado cuenta de esas lágrimas que le corrían lentamente por las mejillas, como gotas de sudor. Le toqué un hombro.
—Estoy bien —dijo—, estoy como Dios.
Regresamos a pie en la oscuridad, por aquellas calles amigas. Sebina dormía en el cuello de su hermano y sus brazos inertes capturaban la luz de las farolas.
Hacía un frío de mil demonios. Le toqué las manos a Sebina, que las tenía heladas. Apretamos el paso para llegar pronto al hotel, que tenía un portillo rojo, una entrada pequeña como la de una casa. Cogimos la llave y subimos. Gojko no quería dejarnos y nosotros tampoco queríamos que nos dejara. Nos había conseguido una habitación más grande que las otras, con el suelo de madera y una gran alfombra de lana. Nos dijo que había probado la cama.
—Me he echado una siesta… —Y, en efecto, estaba ligeramente hundida en el centro y la colcha estaba algo arrugada.
—¿Aún hacéis el amor?
Veníamos de un viaje desolador, y el frío no había contribuido a arrancarnos el sopor.
—Esta noche estamos muertos.
—Ése es el estado ideal para hacer el amor, cuando el cuerpo está vacío, es entonces cuando vuelas.
Al cabo de un rato Gojko encendió el televisor. Salió hablando Karadzic, con el pelo peinado hacia atrás a golpe de secador y colorete rosa, como una muñeca. Era una larga entrevista pactada. Hablaba de su actividad como psiquiatra y poeta, y junto a su rostro aparecían sobreimpresos algunos versos. Gojko los leía y se partía de la risa.
—¡Montenegrino psicópata!
Se rascaba la cabeza, un brazo, como si sintiera un prurito insoportable.
—¿Cómo puede fiarse la gente de un imbécil como éste?
Diego se tumbó en la cama.
—Es a los imbéciles a los que hay que temer…
Diego cierra los ojos, con un brazo abierto junto a Sebina, que no se ha despertado en ningún momento; la dejamos en la cama y allí se ha quedado.
—¿No te desnudas? —Pero ya duerme.
Gojko enciende un cigarrillo. Le digo que se ponga en la ventana y fuma allí, junto al resquicio.
Miro el reloj, son casi las tres.
—¿Qué hacíais en Belgrado?
Nos sentamos en el borde de la cama… hablo en voz baja. Le cuento toda la historia del viaje a Ucrania y de aquellas mujeres. Gojko me mira serio y se pone a reír.
—Estás loca, ¿querías que tuviera un hijo con una puta?
Diego está allí al lado, tendido en la cama como un niño grande…
—No se ha quitado ni la servilleta…
Es cierto, se le ha quedado la servilleta del restaurante metida en el cuello del jersey. Gojko se levanta, se la quita y se suena la nariz. Finge que se pone a llorar y se da cabezazos contra la pared.
—¿Por qué? ¿Por qué no necesitáis a un hombre? ¡¿Por qué es tan injusta la vida?!
Me abraza por detrás y me hace cosquillas. Lo aparto con un gesto suave.
—Llevo sufriendo muchos meses, ya no sé quién soy.
Me acerco a Diego, le quito las botas, esas viejas camperas que cuestan tanto de sacar. Gojko no se pierde un detalle de ese gesto cansado, maternal.
—Te da miedo perderlo, ¿verdad?
—Tengo treinta y siete años.
—Nunca te dejará.
Dejo las botas en el suelo y le quito también los calcetines. Me quedo mirando esos pies largos, blancos, un poco enrojecidos en los lados.
—Quiero un hijo que tenga estos mismos pies.
Gojko hace una mueca…
—¿Qué tienen de especial esos pies?
—Que son los suyos.
—Ya…
La ventana abierta vibra en el marco de hierro y Gojko la cierra. Son altas horas de la noche. Se ven los pináculos de la catedral, con sus pequeñas cruces que parecen de cristal…
Esa noche dormimos los cuatro en la misma cama. Gojko estaba demasiado cansado para cargar con su hermana. Y yo no tenía intención de cerrar los ojos. Me senté en el borde de la cama, manteniendo el equilibrio y rígida como la cuchilla de un patín de hielo. Esperé al alba y entonces me eché un sueño, al amparo de la luz del sol. Cuando abrí los ojos vi la carita de Sebina inclinada sobre la mía. Se había despertado antes que los demás y ya se había lavado la cara y peinado.
—Espera…
Me levanté, abrí mi maleta y le di las zapatillas.
—Se iluminan cuando caminas…
Le entró hipo y su cuerpo reaccionó a esa emoción alterando la respiración. La ayudé a ponerse las zapatillas y apreté la puntera para comprobar hasta dónde le llegaban los dedos; quedaba espacio para un año de crecimiento, como mínimo. Se miraba fijamente los pies, entre las sacudidas del hipo, que no cesaban.
—Camina un poco, ya verás… —se encendieron las lucecitas.
No parecía feliz, sino angustiada. Entendí esa angustia. Era la misma que sentía yo en los momentos culminantes… De repente, cuando me daba cuenta de que lo tenía todo, sentía el rapto de la nada. Me pareció que estaba a punto de desmayarse. Grité para que se le pasara el hipo. Fue un rugido salvaje, que no sabía que fuera capaz de proferir.
Sebina dio un salto. Se me quedó mirando con la boca abierta…
No sé por qué, pero estábamos frente a algo. Y nos rebelábamos contra ello.
—Camina, ¡¿a qué esperas?!
Sonrió. Se le había pasado el hipo. Empezó a andar por la habitación, mirándose los talones, esas burbujas de plástico que se encendían dentro.
Regresó junto a mí, me dio un beso en la boca y sentí sus labios fríos sobre los míos.
Gojko se había caído mientras dormía y estaba en la alfombra. Sebina caminaba por encima de él, sobre la barriga, para despertarlo. Le puso las zapatillas delante de la cara. El hermano abrió un ojo, observó las suelas luminosas y se volvió hacia mí como una culebra.
—Joder… ¿De dónde las has sacado? Quiero importarlas.
Sebina empezó a protestar con aquella voz estridente y aguda, a insultar a su hermano. ¡Quería ser la única chica de Sarajevo que tuviera esas zapatillas!
Diego también se despertó, miró los pasos luminosos y sonrió.
—Así te encontraremos siempre, aunque sea en la oscuridad.
Gojko se había trasladado a un viejo edificio destartalado y sin ascensor, cerca de la antigua sinagoga. Aparte de algún anciano, no estaba habitado
por familias, sino por jóvenes, estudiantes universitarios, aspirantes a artista e intelectuales en ciernes. La nueva generación de sarajevitas que asistía a los conciertos, a los cafés literarios, a los cineclubs… Los que se citaban en la Ceka y de noche se divertían gritando, como los U2, «I wanna run… I wanna tear down the walls that hold me inside» bajo las viejas estatuas de Tito. Gojko estaba en la última planta, en un apartamento que compartía con otras personas, uno de esos pisos caóticos en los que viven los jóvenes durante una temporada antes de enfrentarse a la vida de verdad, una especie de pequeña comunidad. Con sus treinta y cinco años, él era el inquilino mayor. Sin embargo esa casa abierta le correspondía… «Quien pasa por aquí debajo y ve las ventanas iluminadas puede subir si quiere».
Nos abrió la puerta y fuimos embestidos por una densa vaharada de humo y especias. Junto a la ventana había un chico que tocaba el saxofón: se inclinaba sobre las llaves con las mejillas hinchadas y los ojos cerrados, y su figura se reflejaba en los cristales finos, soplados y cortados a mano como se hacía tiempo atrás, que parecían moverse como el agua.
Estábamos convencidos de que encontraríamos un mundo deprimido, de gente un poco a la deriva por culpa de la guerra que avanzaba, y, en cambio, había música, conversaciones animadas y un par de chicas encerradas en la cocina, revolviendo una sopa.
Regresamos casi todas las noches a esa casa suspendida en lo alto, en el casco antiguo de la ciudad. Y tal vez allí encontramos lo que nos faltaba, el calor humano de unos rostros jóvenes que nos sonreían, y el tiempo… sí, el tiempo, la antigua costumbre bosnia de detener la vida para hablar, para sosegarse. Encontramos ese tiempo que se dilataba al compás de la respiración, de la necesidad de los cuerpos y del espíritu. Encontramos a Mladjo, el pintor, que ahora envolvía cuerpos de cualquier edad embadurnados de colores puros en lienzos de lino y exponía esos sudarios modernos en una nave del barrio de Grbavica. Encontramos a Zoran, el abogado con la cara llena de acné, y a Dragana, que recitaba en un teatro junto con Bojan, su novio.
A Ana la vimos al cabo de unos días, y ella tampoco había perdido la sonrisa. Estaba allí, apoyada en una puerta con un vaso vacío en la mano y
vistiendo un jersey negro y ajustado que resaltaba sus pechos turgentes. Me fijé en su cuello, que se teñía de las sombras de quien pasaba a su lado. La recordaba medio desnuda, en la isla de Korcula, con el vientre relajado, a la sombra de la morera. Mientras hablábamos me di cuenta de que se balanceaba, que se inclinaba hacia delante y retrocedía lentamente, como si se hubiera detenido en el umbral de la puerta… y no se decidiera a entrar.
Miré a mi alrededor y sentí algo que me dejó helada… Todos esos chicos que hablaban, que parecían vivos, se habían detenido en el mismo umbral.
—¿Cómo lo hacéis para no tener miedo? —le pregunté.
—Estamos juntos… Es importante estar juntos.
Miré al joven saxofonista que se inclinaba sobre el instrumento como si fuera un cuerpo amado, como si estuviera haciendo el amor por última vez.
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