La paloma de plata
Capítulo IV. Una alucinación
Capítulo IV
Una alucinación
La vida cotidiana
—Venga —decía el compañero de Matriona Semiónovna, el carpintero—, venga — solía decir—, vamos a dar una vuelta por el lugar: vamos a pasear… —así decía los días de fiesta, sentado en el rincón de los iconos mientras dejaba gimiendo la taza con el dibujo de flores rosas, sobre la que no se olvidaba nunca de colocar el resto de un terrón de azúcar mordisqueado y ya cubierto de moscas: cuando decía estas palabras, Matriona Semiónovna se colocaba el pañuelo adamascado y salían… De esta guisa marchaban juntos por la calle de la aldea, mascando pipas de melón.
El carpintero se echaba el gabán al hombro sobre la camisa roja; con un gemido se calzaba las botas que crujían, después de secarse cerca de la estufa; y con su célebre nariz muy digna por delante, se ponía en marcha; Matriona le seguía, calzada con botines y vestida con una chaqueta de color amarillo canario con adornos de pasamanería (regalo de una pariente rica). ¡Caminaban como si fueran marido y mujer! Mascaban pipas; eran personas respetables, muy respetables; no eran simples campesinos, se habían adscrito a la capa social de los pequeños burgueses; cuando se cruzaban con alguien, éste se apresuraba a quitarse el gorro y hacer una rápida reverencia, que le levantaba el flequillo:
—Buenos días, Mitri Mirónovich… Que tenga un buen día, Matriona Semiónovna —si el que pasaba era el sacristán, lo mismo—. Carpintero Kudeyárov… —y le hacía una reverencia.
Les rodeaban isbas blancas, isbas rojas, isbas verdes, con ventanas pintadas de blanco, adornadas con tallas de madera y con una buhardilla bajo el techo, que te envía el reflejo del sol a los ojos; la clemencia del ave las rodeaba de dulces fragancias: sientes el frescor azul del pequeño lago que chapotea a tus pies, que mece la vela y la empuja a navegar, y unos riachuelos sonoros, amarillos como si fueran de mica viva, descienden por la pendiente para zambullirse allí, y un águila pescadora detiene el vuelo a punto de rozar el agua con un pez en las garras, bate, inmóvil en ese lugar, las alas afiladas, ¡blancas como la nieve! Tan pronto es un árbol que deja caer, como desde el mismo cielo de un azul profundo, las hojas rojizas a punto de marchitarse, y en el follaje se oye el dulce piar otoñal de los herrerillos: de esta guisa en otoño, después de las tres fiestas del Salvador, se paseaba la pareja, un año tras otro: el carpintero y la carpintera; la pareja llegaba hasta el bosque y volvían sobre sus pasos: ahí estaban las altas copas de un color rosa pálido con distintas tonalidades que se alzaban hacia el lejano cielo azul y la melena de brocado oxidado de los abedules rojizos se estremecía, igual que el clérigo revestido de sus ropajes para la celebración más importante de la parroquia; unas ardillas alargaban sus pequeños hocicos rojizos entre los avellanos; y en mitad de todo esto se perfilaba, si se miraba de lado, el rostro de Mitri Mirónovich, que parecía un icono de la vieja escuela de Súzdal.
Observa, observa al carpintero: de frente su rostro no tiene nada de particular; sin embargo, se percibe algo, una cierta dignidad, ¿a qué se debe? Es un sujeto insignificante, un ser de la más ínfima calidad; pero un hecho es claro: aunque Matriona sea poco agraciada, es una verdadera reina; todo parecía ir sobre ruedas, pero el carpintero parecía tener miedo de la carpintera, de esa campesina piojosa, él se inclinaba mucho y tosía, y no era tanto que la carpintera hubiera puesto al carpintero bajo su autoridad, sino que resultaba que, por una razón u otra, el carpintero necesitaba a esa mujer, e incluso parecía que sentía una necesidad extrema; y ella parecía conocer muy bien la necesidad que él tenía de ella: era un hecho claro…
Sí, pero si tú, pongamos por caso, piensas que era por eso, bueno, entonces, amigo mío, no, nada de eso: puesto que la propia carpintera se sentía plenamente identificada con la vida de Kudeyárov, es decir, se había fundido con él de tal forma que no se les podía separar: ninguno de nosotros podía comprender dónde terminaba el carpintero y dónde comenzaba Matriona Semiónovna: además, habíamos renunciado a ello, sí: los días que daban fiesta a los trabajadores, comían cebolla, pan mojado u otra cosa, lamían las cucharas, recogían los platos, se quedaban de pie cerca el uno de la otra, se inclinaban a la vez delante de los iconos; luego se inclinaban uno delante de la otra, recitando unas palabras extrañas: Matriona le decía «Mi Señor», y él a ella: «Eres mi Inspiración», aunque en su voz eso sonaba como otra cosa: ¡una verdadera maravilla! Entonces se sentaban a la mesa, a la caída del sol; un rayo de sol amarillo caía por la ventana, saturado de granos de polvo amarillo; el carpintero se quedaba sentado un momento junto a la ventana, leía un libro; llevaba puestas unas gafas sobre la nariz.
El carpintero leía un libro, luego lo dejaba a un lado y colocaba su mano sobre el seno de Matriona Semiónovna, y aunque invisibles, pero se hubiera dicho que se podían ver, unas corrientes, unos hilos ardientes, terribles, que emanaban de sus dedos y penetraban en su seno, se colaban en el seno de Matriona como calor, como una caricia paradisíaca que subían hasta la garganta; y después sus ojos se hacían enormes, aún más enormes; Matriona no podía vivir sin que él pusiera sus manos sobre ella de esa manera.
Y resultó ser que esas imposiciones de manos eran las que los habían unido inextricablemente, y no la relación carnal; el carpintero derramaba su fuerza en ella, y luego él mismo se alimentaba de esa fuerza derramada, como si hubiera depositado su capital en un «banco»; y por eso Matriona Semiónovna (aunque fuera muy poco agraciada) propagaba a su alrededor una agradable ola llena de dulzura y el corazón se encogía, sí, se encogía; y por eso, si entrabas en la isba del carpintero, te acogía un montón de cachivaches: bancos, platos, trapos; pero esas porquerías resultaban agradables; un atizador, incluso un atizador te robará el alma y puede que incluso tengas la impresión de que, por alguna razón, el rostro sombrío del icono te mira fijamente desde su orla dorada; por alguna razón, desde detrás de la lámpara, en la oscuridad, el icono te amenaza con el dedo; por algún motivo hierve el samovar, y no se sabe por qué un pequeño rayo de sol luminoso se pone a correr sobre el mantel de gallos rojos, si es un día de fiesta y la mesa está dispuesta para la celebración; como si en las otras casas no ocurriera nada parecido, como si ellos mismos no fueran lo que parecen, y como si ese orden no fuera el propio.
¿Qué tiene de especial ese orden? Todo parece que está en su lugar; sal al patio: tus pies chapotean en la paja, de vez en cuando por debajo de la paja te salpica el estiércol, un caballo resopla, y en un rincón un verraco peludo hunde el hocico en un montón de basura, y en el cobertizo se oyen susurros y chirridos, como en cualquier casa de un campesino trabajador; pero si entras en la isba, seguramente te darás con la frente en el dintel, y sólo después de esta introducción te encontrarás en la sala de trabajo con las mesas y los bancos: allí verás a dos trabajadores descalzos (uno con melena y el otro sin nariz) en medio de virutas, tablas, cinceles, sierras pequeñas, sierras grandes y escoplos; entre los troncos verás taladros, limas, ribotes, un escoplo de enormes dimensiones, un metro graduado rígido y también un nivel de agua en medio de las virutas, del serrín, de las astillas, incluso una lata de laca, pinceles y un cubo de cola para madera disuelta y un trapo azul al lado; contra la pared verás marcos de ventanas apoyados uno contra el otro, sillas sin patas y sin asiento, incluso verás asientos trenzados sin las patas o bien con dos patas, respaldos de sillones, con patas o con las patas sueltas, patas de todas formas y ruedas metálicas; el melenudo ni te mirará, pero el que no tiene nariz y es alegre se pondrá a hablar contigo con una voz afónica y te darás cuenta de que el aliento le huele a vino; y por encima de todo, en el rincón, verás el icono del Salvador bendiciendo los panes. Tan pronto como franqueas el umbral de esta habitación, volverás a darte otro golpe en la frente que te hará ver las estrellas: y te encontrarás en una habitación con un tabique, una estancia muy limpia, bien barrida, e incluso empapelada con un papel pintado de dudoso color, pero papel pintado al fin y al cabo; y para tu gran asombro verás incluso cortinas en las ventanas y también unos sillones de rejilla y otras comodidades; hay bancos, un armario con iconos y muchas lamparitas colgando de sus cadenas; también hay una estufa rusa, y un lecho sobre una estructura de madera con una colcha hecha de retales de algodón; y si entras aquí de noche, podrás incluso oír un susurro intranquilo, y las antenas de las cucarachas te amenazarán desde todas las rendijas, desde las litografías coloreadas colgadas por las paredes que representan el rostro bordado de la Virgen «Flor del Paraíso», o bien el rostro severo de san Gregorio Taumaturgo, de pie detrás de una orla de mosaico con la mitra, la cruz, los vestidos litúrgicos, una casulla azul y una barba blanca reluciente como la nieve; entre las litografías podrás ver un retrato que representa a un grupo de jóvenes seductoras, regalo de una pariente rica que desde hace tiempo regenta una casa pública en la ciudad de Ovchinnikov para jóvenes.