La planta del mundo

Stefano Mancuso · Capítulo 3 de 9

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La planta del mundo

II. La planta de la ciudad

II

La planta de la ciudad

La historia de los árboles de la libertad que en tiempos descollaban en el paisaje de muchas ciudades, tanto grandes como pequeñas, me vuelve a la memoria cada vez que tropiezo con alguno de esos tres magníficos cuadros renacentistas conocidos como La ciudad ideal, en los que no se aprecia ni la sombra de ninguna planta. Se conservan en la Galería Nacional de Las Marcas de Urbino, en el Museo Walters de Arte de Baltimore y en la Gemäldegalerie de Berlín. Se trata de tres cuadros famosísimos, todos de autor desconocido pero de procedencia indudablemente italiana, que representan el ideal de la ciudad perfecta. Si los observamos con atención, notaremos que en ninguno de los tres hay el menor rastro de vegetación, exceptuando un par de plantas utilizadas como elemento decorativo en el cuadro de Urbino. Fijémonos en este, ya que estamos. Atribuido por muchos a Leon Battista Alberti – padre de la arquitectura renacentista y autor del De re aedificatoria, el principal tratado arquitectónico de la cultura humanística – , el cuadro representa una plaza vista en perspectiva cónica, en cuya parte central se alza una magnífica iglesia. La plaza, muy amplia, tiene un enlosado geométrico que la convierte en un ajedrezado gigante sobre el que los edificios se distribuyen a distancias regulares como si fueran trebejos. La iglesia circular, figura perfecta y acabada, los dos pozos octogonales simétricos, la relación entre las dimensiones de los edificios: todo en esa ciudad parece ser manifestación pura del pensamiento humano. Alguien podría decir que no son ciudades reales, sino pinturas, es decir, meras representaciones. Y es cierto. Pero, aunque no sean reales, no dejan de ser la plasmación de cómo imaginamos que debe ser una ciudad.

Preguntémonos, pues: ¿qué influye más a la hora de construir una ciudad: lo que creemos que debe ser o aquello para lo que debe servir? La respuesta, inevitablemente, es que ambos aspectos son relevantes, pero aun así creo que la herencia cultural, incluida en cierto sentido la memoria evolutiva en relación con cómo debe ser nuestra casa, desempeña un papel preponderante. En gran parte, esta memoria ancestral gira en torno a nuestra necesidad de defendernos. Cuando el primer ser humano sintió la necesidad de construir una choza para asentarse de manera estable en un lugar, una de las consecuencias inevitables de su decisión fue la separación entre su refugio y la naturaleza circundante. La defensa frente a los depredadores, ya sean animales o humanos, siempre ha sido uno de los aspectos esenciales que se han tenido en cuenta en el momento de construir un asentamiento.

La separación entre el exterior de la ciudad, donde la naturaleza reina soberana, y el interior, de donde, por el contrario, la naturaleza ha sido erradicada, es un recuerdo ancestral de aquellos tiempos remotos.

La ciudad antigua necesitaba una muralla y otros mecanismos de defensa que mantuvieran el interior de la ciudad separado y defendido de las amenazas exteriores. A su vez, la presencia de este perímetro infranqueable comportaba que las dimensiones de la ciudad no pudieran ser muy holgadas y que las actividades productivas extensivas, como la agricultura, al no caber dentro de la muralla, tuvieran que situarse fuera del núcleo habitado. Según Toynbee, un historiador inglés de principios del siglo pasado, lo que todas las ciudades – de cualquier tipo y en cualquier época – tienen en común es que no son capaces de producir los alimentos necesarios para la supervivencia dentro de sus propios confines.1 La ciudad, por tanto, vive forzosamente al margen del entorno natural que la contiene.

Es algo muy distinto a la naturaleza: es el territorio de los humanos, un espacio creado por nosotros y en el que la naturaleza no es bienvenida.

Ahora bien, ¿es la ciudad tal y como la conocemos la única posible?

¿No podemos imaginar la casa de nuestra especie de una manera distinta?

Hasta ahora, hemos dejado este ejercicio imaginativo en manos exclusivamente de los arquitectos, pero a mí me parece crucial que se convierta en tema de debate colectivo. De cómo imaginemos las ciudades

en los próximos años dependerá en gran parte nuestra supervivencia. Su forma, sus materiales y su funcionalidad determinarán, por poner solo un ejemplo, nuestras posibilidades de ganar la lucha contra el calentamiento global.

Para entender bien esto, hay que pensar las cosas en perspectiva.

El ser humano ha sido siempre un habitante global de este planeta. A lo largo de toda su historia, y hasta época reciente, era posible encontrar asentamientos humanos en cualquier rincón de la Tierra, por remoto que fuera. Pero ya no. Hoy en día, los humanos habitan tan solo una parte minúscula de la superficie del planeta: la que ocupan las ciudades. En 2050, el 70 % de la población humana – que será de casi diez mil millones de personas – vivirá hacinada en los centros urbanos, muchos de los cuales albergarán varias decenas de millones de habitantes.

Se trata de un fenómeno que, aunque no nos demos cuenta, avanza a una velocidad vertiginosa: en 1950, más de dos tercios (70 %) de los habitantes del mundo vivían aún en asentamientos rurales. En 2007, por primera vez en la historia, la población urbana global superó a la rural, y desde entonces la velocidad del fenómeno no hecho sino aumentar. En 2030, dicen las previsiones, el 60 % de la población mundial vivirá en áreas urbanas, y en 2050 ese porcentaje se incrementará hasta el 70 %, con lo que en un solo siglo (1950-2050) le habremos dado la vuelta a la distribución global de la población rural-urbana. 2 Como es obvio, existen diferencias importantes según la zona del mundo: por un lado está África, que continúa teniendo una población rural y dispersa, y por otro el continente americano (tanto el del sur como el del norte), donde más del 80 % de la población vive, ya hoy, en ciudades. En Italia, el porcentaje de habitantes de las zonas urbanas equivale al 71, en Alemania se halla en torno al 75, y en Francia, España y Gran Bretaña supera ampliamente el 80 %.

Lo que choca de esta rapidísima aceleración de la migración urbana es que sigue una tendencia contraria al resto de nuestras actividades. La comunicación, el comercio, la alimentación, la industria, la cultura y cualquier otra manifestación humana que se nos pueda ocurrir tienden a asumir en la actualidad un carácter universal y difuso, mientras que la

elección del lugar donde uno vive se circunscribe, cada vez más, a una porción insignificante de la superficie terrestre. Todas las ciudades del mundo juntas ocupan una superficie equivalente al 2,7 % de la tierra emergida del planeta (descartando la Antártida). 3 Su irresistible atracción conlleva, por un lado, la despoblación de enormes superficies antes habitadas por el ser humano y, por otro, la concentración de la población en lugares con una altísima densidad de habitantes.

Lo que me parece más interesante en todo este asunto es que el ser humano, en apenas un puñado de años, está revolucionando el comportamiento atávico de la especie. Nuestra principal ocupación siempre ha sido la conquista de nuevas regiones: durante cientos de miles de años, hemos buscado nuevos territorios que poblar, una exploración que nos llevó desde África hasta el último rincón del planeta; y ahora, en unos pocos decenios, de repente eso se ha acabado. Fijémonos, por ejemplo, en la historia de la exploración espacial: en 1969 pisamos la Luna por primera vez..., y prácticamente no hemos vuelto. El comandante Eugene Cernan, los pilotos Harrison Schmitt y Ronald Evans y sus cinco ratones no solo fueron los últimos humanos (y ratones) que visitaron la Luna, sino que además, desde diciembre de 1972, ningún otro ser vivo ha vuelto a salir de la órbita terrestre baja.4 Al parecer, la conquista de la Luna marcó el punto culminante de la expansión humana: por primera vez, un territorio nuevo no entró a formar parte de nuestro hábitat; y también por primera vez en la historia de la exploración humana, llevamos más de cincuenta años sin regresar a un territorio ya explorado. El impulso expansivo se ha agotado.

Ya nadie parece tener interés en colonizar nuevos territorios, mientras que todo el mundo siente una atracción incontrolable por apelotonarse en los núcleos urbanos.

¿A qué obedece esta conducta? La alternancia entre fases de expansión y de concentración es normal en la difusión geográfica de todas las especies, tanto animales como vegetales. ¿Podría ser que el ser humano estuviera pasando por una fase de concentración? Estamos acostumbrados a vernos como seres al margen de la naturaleza, pero en realidad estamos sujetos a los mismos factores fundamentales que rigen la expansión de

cualquier especie: el clima, las alteraciones del ecosistema, las interacciones entre especies, los factores abióticos, etc. Es muy sencillo: cuanto más favorables sean las condiciones, mayor será la difusión de la especie y, por ende, mayores también sus posibilidades de supervivencia. Esto no debe sorprendernos: imaginemos que una especie difundida hasta hace poco por todo el planeta limitase su presencia – por el motivo que sea, conocido o desconocido – a unas pocas zonas bien delimitadas de la superficie terrestre.

Es evidente que para esa especie se incrementarían los riesgos, ya que a escala local sería mucho más fácil que se produjeran cambios incompatibles con su supervivencia que a escala global. 5

A los organismos capaces de colonizar entornos muy diferentes en cuanto a clima, disponibilidad de alimento, presencia de depredadores, etc., los llamamos «generalistas», mientras que a los otros, los que necesitan entornos muy concretos para sobrevivir, los denominamos «especialistas».6

Las posibilidades de supervivencia de las especies generalistas son, claro está, mucho mayores: cuando las condiciones ambientales varían, se adaptan mejor que las especialistas, que tienden a extinguirse más

fácilmente.7

Pensemos, por poner un ejemplo, en las diferencias entre la capacidad de supervivencia de un omnívoro, que puede nutrirse de una amplia variedad de alimentos de origen animal o vegetal, y la de un monófago como el koala, cuyo único alimento son las hojas de eucalipto. Y cuidado, porque la dieta no es el único factor que determina si una especie es generalista o especialista. Los cactus, que están adaptados a sobrevivir con altas temperaturas y en condiciones de escasa disponibilidad de agua, son un buen ejemplo de especialista vegetal. Dentro de su limitado hábitat, son especies muy competitivas, pero fuera de ese entorno son incapaces de sobrevivir.

Si hay que juzgar por la parábola de nuestra expansión geográfica, se diría que el ser humano está dejando de ser una especie generalista, capaz de colonizar toda clase de hábitats, para transformarse a gran velocidad en un organismo especialista, capaz de prosperar únicamente en un determinado entorno, que en este caso serían las ciudades. Estas, en efecto,

con independencia de su historia o situación geográfica, presentan siempre una serie de características comunes ausentes en el entorno rural. Forzando un poco el sentido, podríamos describir nuestras ciudades empleando el concepto ecológico de «nicho».

En su formulación original, elaborada y difundida por Joseph Grinnell, un biólogo y zoólogo estadounidense de principios del siglo pasado, el nicho ecológico de una especie viene determinado por las características fundamentales de su hábitat y las adaptaciones que la especie lleva a cabo en dicho hábitat con el objetivo de multiplicarse y difundirse. 8 Por ejemplo, y volviendo a los cactus: su nicho se define tanto por el hábitat desértico como por las características físicas y comportamentales que permiten que la planta se adapte con éxito. Si aplicamos esta definición de nicho ecológico a nuestras ciudades, comprobamos que los núcleos urbanos se están convirtiendo para el ser humano justamente en lo que el desierto representa para los cactus: el único lugar donde podemos aspirar a prosperar y multiplicarnos, pues es el único en el que nuestra especialización nos permite disfrutar de unas condiciones de supervivencia óptimas.

Dentro del entorno urbano, la eficacia de nuestras acciones, calculadas en términos de productividad o rédito (un enfoque muy discutible, soy consciente), parece ser mucho mayor que en cualquier ambiente rural.

Prueba de ello es la relación entre el aumento del producto interior bruto (el famoso PIB) per cápita y la urbanización. En 2008, una investigación llevada a cabo en 181 países asoció un aumento del 10 % en la urbanización con un aumento del 61 % del PIB per cápita. 9 Dentro del nicho urbano, no solo la productividad, sino también la eficiencia de casi cualquier otra actividad que tomemos en consideración, mejora considerablemente a la par de la disponibilidad. En casi todas partes, en efecto, el acceso al agua potable y la disponibilidad de servicios higiénico-sanitarios, medios de transporte, colegios, hospitales, etc., son mucho mayores en las ciudades que en los entornos rurales. 10

Las ventajas inherentes a esta especialización no se han hecho esperar: si miramos cualquier gráfico que represente el crecimiento de la población humana a lo largo del tiempo, constatamos que hace unos dos siglos

empezó a registrarse un sensible aumento demográfico. Durante miles de años, el crecimiento de la población humana fue tan lento que resultaba casi imperceptible; de pronto, hacia 1800, algo cambió y la población alcanzó los mil millones de habitantes. A partir de entonces, la aceleración fue constante: tardamos ciento veintisiete años en llegar a los dos mil millones, treinta y tres años en llegar a los tres mil millones, catorce años en superar los cuatro mil millones, y así sucesivamente. Un crecimiento imparable que tuvo en la revolución industrial una de sus causas, pero no la única: la urbanización y el desarrollo de la ciudad moderna favorecieron el crecimiento demográfico tanto como la revolución industrial.11 A decir verdad, ambos fenómenos van de la mano. Son dos manifestaciones de la especialización humana en un entorno urbano.

Entonces, ¿todo bien? En parte. Aunque es cierto que las ventajas de vivir en la ciudad son muchas y evidentes, igual de cierto es que la concentración de gran parte de la especie humana en entornos tan peculiares como las ciudades comporta riesgos que no podemos soslayar. El motivo es el mismo por el que los koalas son mucho más susceptibles de extinguirse que los ratones: la especialización extrema. Por una parte, la transformación de nuestra especie de generalista en especialista resulta ventajosa en términos de acceso a los recursos, eficiencia, defensa y difusión de la especie, pero, por otra, nos expone a un terrible riesgo. Y es que si las mismas condiciones urbanas que nos permiten prosperar se vieran alteradas, ello tendría un impacto significativo en nuestras posibilidades de supervivencia.

La cuestión es muy simple: la especialización de una especie solo es eficaz en hábitats estables; en condiciones ambientales variables, se torna peligrosa. Nuestro éxito urbano exige un flujo continuo y exponencial de recursos y energía. Sin una aportación constante de petróleo, gas, agua potable, madera, aluminio, hierro, cobre, litio, tungsteno, fósforo, potasio, nitrógeno, cobalto, rutenio, molibdeno, lantano, lutecio, escandio, itrio, neodimio, etc., no pueden garantizarse ni el crecimiento ni la preservación de nuestra especie. El problema es que muchos de los recursos anteriores, y otros muchos que no he citado, se están agotando, y además a una velocidad

vertiginosa. Me figuro que, cuando empiecen a escasear de verdad, les encontraremos algún sustituto o haremos todo lo posible por reciclarlos. En cierto modo, pese a ser un factor acuciante, no es el principal.

Lo que sí alterará de manera decisiva el hábitat de nuestras ciudades es el calentamiento global, un fenómeno tan improviso e inconmensurable como para encarnar esa peligrosa mutación de las condiciones ambientales a la que me refería más arriba. Y que, paradójicamente, tiene en las ciudades su origen principal. Hoy en día, en torno al 70 % del consumo global de energía y más del 75 del consumo mundial de recursos naturales se deben a las ciudades, que producen el 75 % de las emisiones de dióxido de carbono y el 70 de los residuos. Para el año 2050, las ciudades albergarán a otros dos mil millones y medio de personas, que consumirán una cantidad de recursos que por el momento resulta difícil imaginar. A la luz de estas cifras, cae por su propio peso que la solución al problema del impacto humano sobre el planeta, sea cual sea, pasa por las ciudades.

¿En qué puede consistir esa solución? Por suerte no hay solo una, sino muchas, y todas modificarán de arriba abajo el funcionamiento de las urbes: del transporte al consumo de agua, de la producción de residuos a la emisión de dióxido de carbono, todo tendrá lugar en ciclos cerrados que permitirán a las ciudades funcionar con mucha mayor eficiencia. Las soluciones existen y, aunque sea poco a poco, conseguirán reducir los daños.

Lo que no podemos seguir postergando es el replanteamiento profundo de nuestra idea de ciudad. El hogar de la humanidad – su único hogar – no puede imaginarse como algo al margen del resto de la naturaleza. Para entendernos: esas imágenes de ciencia ficción de una Tierra totalmente ocupada por ciudades enormes de cristal y hierro, sin rastro de verde y llenas de enjambres de máquinas voladoras resultan engañosas y representan un futuro distópico e imposible. Ciudades como Los Ángeles en Blade Runner; Trántor, el planeta capital del primer Imperio Galáctico de Asimov, o, por salirnos del terreno de lo popular, la Ecumenópolis en la que, según Konstantinos Apostolos Doxiadis, en un futuro lejano deberían fusionarse todas las megalópolis del mundo, no tienen ninguna posibilidad

de ver la luz, pues son manifiestamente insostenibles. Y es que para sobrevivir, las ciudades necesitan ingentes y continuas aportaciones de energía y materiales, es decir, recursos que deben producirse en otra parte.

Para clarificar la cuestión de los recursos que necesita una ciudad, podemos servirnos del concepto de «huella ecológica». Mathis Wackernagel y William Rees, sus ideadores, la describen como «una herramienta contable que nos permite estimar los requerimientos en términos de consumo de recursos y asimilación de desechos de una determinada población o economía, expresados en áreas de tierra

productiva».12 En otras palabras, la huella ecológica mide todos los recursos (combustible, electricidad, agua, etc.) que utilizan los habitantes de una ciudad, así como todos los residuos que producen, y lo traduce todo a la cantidad de tierra (medida en hectáreas) necesaria para generar dichos recursos y eliminar los correspondientes residuos. De este modo puede calcularse la huella ecológica de una persona, de una empresa, de una ciudad e incluso de un Estado. Ensayemos un cálculo sencillo. Si multiplicamos los habitantes de Londres – que son casi nueve millones – por la huella ecológica de un londinense equivalente a 5,4 hectáreas, 13

descubrimos que la huella ecológica de la ciudad de Londres, o lo que es lo mismo, la superficie necesaria para satisfacer sus necesidades, es de 486.000 kilómetros cuadrados. Estamos hablando de un territorio equivalente más o menos al doble de toda la superficie de Gran Bretaña.

Las ciudades, en definitiva, sean cuales sean sus dimensiones, solo pueden prosperar en tanto en cuanto haya otro sitio en el planeta donde existan los recursos naturales necesarios para alimentar su desarrollo. Por consiguiente, cae por su propio peso que las dimensiones de las ciudades tienen un límite. Antes o después, la expansión urbana se detendrá, y el motivo será el mismo por el que no cabe imaginar un crecimiento económico continuo: porque los recursos de un planeta finito no pueden ser infinitos. Por mucho que confiemos en «la suerte progresiva y soberana» de la humanidad, las necesidades de las poblaciones urbanas exigirán cantidades ingentes de recursos que habrá que obtener de alguna parte de nuestro limitado planeta.

Dicho de otra forma, las ciudades se expanden a costa de los recursos naturales del planeta. Fijémonos, por ejemplo, en el caso de la agricultura.

A lo largo de los trescientos mil años de historia de Homo sapiens, la Tierra ha sido un lugar lleno de plantas. Bosques y sabanas ocupaban la práctica totalidad de la tierra habitable. Se calcula que, hace mil años, menos del 4 %

de la tierra emergida libre de hielo o no desértica se utilizaba con fines agrícolas para la producción de alimentos. 14 En la actualidad, excluyendo un 10 % de superficie cubierta por hielo y un 19 de áreas estériles (desiertos, terrenos salinos, playas, rocas, etc.), el 50 % del territorio restante es de uso agrícola. Los bosques templados, que en el siglo XVIII ocupaban más de cuatrocientos millones de hectáreas, 15 han desaparecido completamente, 16 y los de tipo tropical menguan a una gran velocidad. A escala de todo el planeta, los bosques cubren hoy un mísero 37 % de la superficie habitable. Esto significa que, en pocos siglos, enormes extensiones forestales han desaparecido para dejar paso a la agricultura.

Cabe preguntarse si es necesario ocupar la mitad de la superficie terrestre para producir los alimentos que consumimos. La respuesta es no.

El 77 % de esta enorme superficie que hemos sustraído a los bosques y ecosistemas naturales se destina a la cría de ganado, y solo el 23 % tiene como fin la producción de alimentos vegetales. 17 Un reparto insensato y a todas luces ilógico si tenemos en cuenta que de los animales proceden tan solo el 18 % de las calorías y el 37 de las proteínas que consume la humanidad. No hemos reflexionado lo suficiente acerca de la enorme cantidad de recursos que necesitan las ciudades con el actual ritmo de crecimiento urbano. El movimiento hacia las ciudades de gran parte de la población humana representa una alteración de nuestras condiciones de vida que solo puede compararse a la que tuvo lugar hace unos doce mil años con la transición del nomadismo de los cazadores-recolectores a la vida sedentaria que posibilitaba la agricultura.

Creo que es precisamente la excesiva velocidad con la que se ha verificado esta transformación lo que nos impide comprender con rigor qué es una ciudad. Una ciudad es un entorno extremadamente articulado cuyo estudio se ha visto entorpecido por una excesiva simplificación de su

complejidad. Durante siglos, varias generaciones de planificadores creyeron que podían gobernar y dirigir el desarrollo de las urbes partiendo de unos pocos axiomas de carácter proyectivo, cuya eficacia no podía ser más que marginal y que, en cualquier caso, veían al ser humano como único objeto de interés. Como escribió hace unos años Robert Beauregard, profesor emérito de Planificación Urbana de la Universidad de Columbia, «en el mundo de la teoría de planificación, los humanos son los únicos actores

[...]. A las cosas no humanas no se les concede el mismo estatuto ontológico que a los humanos. Se las presenta más bien como objetos materiales pasivos que deben manipularse mediante reglamentos, acuerdos informales e incentivos. En la acción comunicativa, en la legislación y en las teorías del derecho a la ciudad, las cosas no humanas son epifenómenos. Solo el ser humano posee un significado teórico». 18 No cabe duda de que no es posible comprender el funcionamiento de un entorno tan complejo como una ciudad fijándonos solo en las necesidades humanas. Dicho de forma clara: estudiar y planificar las ciudades pensando únicamente en las exigencias inmediatas de las personas que las habitan es la mejor manera de que, después de un breve periodo de tiempo, esas necesidades no puedan ser satisfechas.

Para entender la fisiología de una ciudad hace falta tener en cuenta todo su ecosistema. No es por azar que la concepción más solvente y respetada de qué es y cómo funciona una ciudad se deba a la obra de un botánico: el escocés Patrick Geddes, profesor de Botánica en el University College de Dundee entre 1888 y 1920. Geddes fue una figura singular y ecléctica que revolucionó nuestra idea de ciudad y de planificación urbana, lo cual no es poco tratándose de un botánico. A lo largo de su carrera, llevó a cabo las primeras investigaciones sistemáticas sobre la flora británica y, desde un punto de vista más teórico, vio la necesidad de analizar las ciudades con la ayuda de los instrumentos de la ecología, la sociología y la teoría de la evolución tal y como la había formulado Charles Darwin.

La teoría de la planificación de Geddes gira en torno a la sugerente idea de que la ciudad debe considerarse a todos los efectos un ser vivo producto de su historia, de la interacción con el entorno, de los edificios y de las

redes sociales, económicas y ecológicas que la componen. Toda función de una ciudad, por específica que sea, puede asimilarse a las funciones vitales internas de un organismo vivo. Así, por ejemplo, las calles o líneas férreas vendrían a ser las arterias de la ciudad, mientras que las líneas de comunicaciones serían los nervios a través de los cuales los impulsos y las ideas se desplazan por el cuerpo urbano. Para Geddes, hasta la innovación tecnológica es un producto de la propia ciudad: en términos más actuales, diríamos que no es tanto una obra humana como una propiedad emergente de la ciudad.19 Ferrocarriles, líneas de comunicaciones, transporte, industria... Aunque materialmente sean productos de la actividad humana, en el fondo no son más que manifestaciones del modelo orgánico de la ciudad.

Los urbanistas – los planificadores de ciudades – se ocupan de elementos tales como el diseño de las calles o de la red de transporte, de las dimensiones de las zonas destinadas a uso residencial, industrial o recreativo, e identifican los modelos que permiten que el mayor número de personas vivan juntas y con la mayor comodidad posible dentro de un espacio limitado. La resolución de estos problemas conlleva crear un modelo que se le impone a la ciudad desde fuera.

Para Patrick Geddes, la planificación a priori de la ciudad está destinada al fracaso. Gracias a su formación y sus conocimientos de biología, Geddes era consciente de que los humanos no pueden crear un orden orgánico. Del mismo modo que ningún científico puede crear vida, ningún urbanista puede crear una ciudad. Para Geddes, reducir la complejidad de las redes urbanas a un diseño, por fuerza limitado, concebido por la mente humana significa matar la ciudad. Gran parte de la vida urbana deriva de la diversidad y la multiplicidad, algo que los humanos solemos interpretar como simple caos. Las distintas actividades en las que solo percibimos confusión – los encuentros casuales entre personas, las operaciones simultáneas de empresas sin relación unas con otras, los miles de vehículos que circulan en todas direcciones, las historias y oportunidades que se cruzan y se generan a cada momento en el interior de una ciudad – no

son sino partes de un organismo demasiado complejo para que podamos comprenderlo de forma completa.

Además, Geddes tiene muy claro lo importantes que son para la ciudad todos los seres vivos no humanos que la componen. En sus estudios sobre la evolución, se muestra fascinado por los fenómenos de simbiosis entre especies distintas que, en ocasiones, comportan incluso la aparición de nuevas especies con características propias. Geddes estudia las relaciones entre las plantas y los animales y, al hacerlo, se convence de que la principal fuerza que modela la vida es la colaboración:20 según él, el «apoyo mutuo»

de Kropotkin es lo que configura las relaciones entre los seres vivos, mucho más que la competencia. Las especies, sobre todo las vegetales, alcanzan un estado de «conveniencia recíproca» mediante un lento pero constante ajuste de sus relaciones, guiado, generación tras generación, por los principios evolutivos. Las ciudades se desarrollan y prosperan en virtud de un proceso de coevolución similar, en el que los humanos, el entorno, los edificios, las redes, las plantas y los animales sufren transformaciones. Por consiguiente, cualquier intento de planificación no puede por menos de ser interactivo y basarse en los pequeños ajustes que tienen lugar entre los espacios y los habitantes, no solo humanos, de la ciudad. Ningún proyecto cuyo fin consista en modelar la ciudad llegará a buen puerto, ya que la evolución está abierta a soluciones tan dispares que resulta imposible preverlas.

Geddes sostiene que, así como los seres vivos experimentan fenómenos de agregación mediante los cuales partes u organismos simples se fusionan hasta formar configuraciones complejas,21 las agregaciones casuales entre módulos simples conducen a la formación de tejidos y configuraciones

complejas también en el ámbito de lo urbano.22

La obra, revolucionaria y muy actual, de este botánico escocés altera por completo la perspectiva de las ciencias urbanas: el motor principal de la vida de la ciudad son las leyes de la evolución biológica y de la organización social. Gracias a Geddes, hoy en día casi todo el mundo acepta la idea de que las ciudades tienen su propio metabolismo, su propia fisiología. Solo así es posible comprender que, como todo ser vivo, las ciudades necesitan energía y recursos constantes para crecer, y que eso,

inevitablemente, genera desechos y residuos. Para que el ciclo siga funcionando, la presencia de plantas dentro del organismo urbano es algo fundamental. Por desgracia, en este aspecto la situación dista mucho de ser satisfactoria: basta con echar un vistazo a nuestras ciudades desde las alturas para darnos cuenta de que se trata de espacios totalmente minerales, edificados hasta el último metro cuadrado disponible. La superficie que ocupan las plantas es mínima, y en muchos cascos históricos que han mantenido más o menos intacto el trazado medieval o renacentista, las plantas brillan por su ausencia.

La gravedad de esta situación salta a la vista incluso con un análisis superficial; sin embargo, dar cifras concretas no es fácil debido a los distintos sistemas que se emplean para medir la cobertura vegetal de las ciudades. A este respecto, es de agradecer la labor del Foro Económico Mundial, que, junto con el Instituto de Tecnología de Massachusetts, ha desarrollado el portal Treepedia, que mide el porcentaje de superficie urbana cubierta por vegetación arbórea en varias ciudades del mundo.

Descubrimos así que, entre las ciudades examinadas, Vancouver es la que tiene más vegetación, con un 25,9 % de su superficie cubierta por copas de árboles, mientras que en muchos centros urbanos el porcentaje es muy inferior al 10 %, un dato dramáticamente bajo si tenemos en cuenta que la presencia de plantas en la ciudad tiene innumerables ventajas, sea cual sea el ámbito de actividad humana que consideremos. Pero, sobre todo, es un dato del todo incompatible con la necesidad de combatir el calentamiento global que, vale la pena recordarlo, sigue siendo el mayor peligro para el futuro de la humanidad.

Estoy seguro de que la mayoría de mis lectores saben muy bien qué es el calentamiento global y cuáles son sus causas. Aun así, es posible que alguien siga teniendo dudas al respecto y, por tanto, creo necesario dedicar unas líneas a explicar de forma sucinta cuáles son las causas que están provocando cambios en el clima del planeta. Aunque de vez en cuando leamos en los periódicos noticias que parecen dar a entender que entre los científicos no hay consenso con respecto a este fenómeno, la realidad es que no existe duda ninguna: la temperatura media de la Tierra aumenta a una

velocidad nunca vista y la causa principal de este calentamiento es el incremento de los gases de efecto invernadero – sobre todo, dióxido de carbono – generados por la actividad humana. Repito: no existe duda ninguna a este respecto. Pocas veces en la historia de la ciencia ha habido un consenso tan amplio en relación con las causas de un fenómeno.

Lo que todavía no sabemos con certeza es cuáles serán las consecuencias de este calentamiento global. Por supuesto, existen modelos que prevén una serie de efectos derivados del aumento de las temperaturas, pero nadie tiene demasiado claro qué puede ocurrir cuando, a finales de este siglo, si no se toman medidas, la temperatura media del planeta aumente más de 4 °C. Algunas consecuencias del calentamiento global son ya claramente visibles incluso para los más escépticos: temperaturas récord; incremento significativo de fenómenos atmosféricos extremos, incluso en zonas del planeta donde nunca se habían producido; aumento del número de incendios y de sus dimensiones; subida del nivel del mar; etc. Pero esto no nos dice mucho acerca de lo que podría ocurrir en los próximos años.

El motivo de esta incertidumbre va ligado al hecho de que la temperatura se halla en la base de cualquier proceso físico o biológico. En otras palabras, su importancia es tal que resulta casi imposible diseñar modelos detallados de lo que podría suceder. En cualquier caso, es improbable que las ciudades – nuestro nuevo nicho ecológico – salgan indemnes; al contrario, muchas urbes ya sufren los efectos del calentamiento global y, en el futuro, la situación no hará más que empeorar.

Es fácil entender por qué. Más del 90 % de las ciudades se encuentran en la costa, por lo que se verán sujetas a inundaciones cada vez más frecuentes y peligrosas debidas al inevitable aumento del nivel del mar. La creciente virulencia de los fenómenos atmosféricos – tormentas, inundaciones, vientos, sequías – causará daños cada vez más graves que, además de diezmar la población, provocarán la interrupción de las actividades comerciales y del normal funcionamiento de las ciudades, lo cual tendrá graves efectos en el plano económico. En verano, las olas de calor serán cada vez más frecuentes, con efectos desastrosos para la salud de las

personas, ya que con el incremento de la temperatura aumentarán también las epidemias y la variedad de las patologías.

Un estudio de 2017 calcula que, aunque para mediados de siglo consiguiéramos reducir el aumento de la temperatura a solo 2 °C con respecto al nivel preindustrial – posibilidad ya casi irrealizable – , el número de muertes debidas únicamente a los efectos de las olas de calor en las ciudades superaría los 350 millones.23 Por si no bastase con eso, debemos considerar que, en la ciudad, el efecto del aumento de las temperaturas se amplifica debido a las peculiares características del entorno urbano. Solo a causa de las islas de calor – es decir, el fenómeno por el cual las temperaturas son más altas en las ciudades que en las zonas rurales de los alrededores – , se prevé que la temperatura de las ciudades aumente 6,4 °C de media. 24 Baste este dato – que ciertamente puede variar mucho en función de la situación geográfica y las características propias de cada núcleo urbano – para hacernos una idea del colosal impacto que nuestra forma de construir tiene sobre el medio ambiente.

La primera persona que reparó en las islas de calor urbano fue el químico y farmacéutico inglés Luke Howard, a quien corresponde no solo el mérito de haber sido el descubridor del fenómeno, sino también el de haberse percatado de que la diferencia de temperatura es mayor de noche que de día. En 1820, en su tratado The Climate of London – la primera obra que se ocupó del clima de una ciudad – , Howard escribió que, si se comparaban las temperaturas registradas en el centro de Londres a lo largo de nueve años con las de localidades rurales próximas a la ciudad, podía comprobarse que «la noche es 3,7 °F [equivalentes a 2,1 °C] más cálida en la ciudad que en el campo».

Las razones que motivan este sobrecalentamiento son varias y obedecen a la manera como están construidas nuestras ciudades. Uno de los factores principales en la formación de islas de calor es la naturaleza artificial de las superficies urbanas. Estas, a causa de su impermeabilidad y la ausencia de cobertura vegetal, no pueden enfriarse mediante la evapotranspiración del agua, al contrario de lo que ocurre en las zonas rurales. Y no solo eso: en la ciudad, las superficies oscuras absorben cantidades significativamente

mayores de radiación solar, y materiales como el asfalto o el cemento poseen propiedades térmicas diferentes a las de las superficies típicas del medio rural. Además, en la ciudad, una parte significativa de la energía consumida por los automóviles, la industria o los sistemas de termorregulación de los edificios se pierde en forma de calor residual, lo cual incrementa la temperatura del entorno. Por último, la geometría de los edificios, la ausencia de viento (que impide el enfriamiento), el mayor grado de contaminación y el polvo, que altera las propiedades radiantes de la atmósfera, son elementos que también contribuyen a la subida de las

temperaturas.25

Si sumamos el calentamiento global al ya inherente a las islas de calor urbanas, los resultados no son nada esperanzadores. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Quién puede creer que el calentamiento global no influya en la salud de los lugares donde vivimos? Uno de los problemas más apremiantes en la batalla contra el calentamiento global consiste justamente en lograr que todo el mundo vea las consecuencias que se derivan del aumento de las temperaturas, pues la percepción que de este fenómeno tiene la comunidad científica y la que tiene la mayor parte de la ciudadanía es muy distinta.

El problema es sobre todo de tipo comunicativo. A menudo, nos limitamos a señalar sucesos meteorológicos extremos o a enumerar los riesgos asociados al calentamiento del planeta (por ejemplo, el estrés térmico por calor, el empeoramiento de la calidad del aire y del agua, la disminución del suministro de alimentos, el aumento del área de distribución de los vectores de enfermedades tropicales, el empeoramiento de las condiciones sociales), con resultados poco menos que imperceptibles.

La naturaleza inmaterial de los indicios relacionados con el calentamiento global no ayuda a que la sociedad capte la importancia del problema. La mayoría de nosotros no entendemos cómo es posible que un aumento de la temperatura de apenas dos grados pueda tener graves efectos en nuestra vida cotidiana. Los datos y los hechos por sí solos no bastan para que las personas cambien de mentalidad o de costumbres. Y no será porque la población tenga una escasa cultura científica. En absoluto. Todo indica que

la aceptación del calentamiento global no tiene nada que ver con el grado de

alfabetización científica,26 sino más bien con la incapacidad de las personas para formarse una imagen mental del problema. Por eso cualquier ejemplo que nos permita visualizar gráficamente las consecuencias del calentamiento global es bienvenido.

Para ejemplificar de forma clara y evidente cómo será el clima de nuestras ciudades hacia mediados de este siglo – aun en el improbable caso de que se cumplieran las hipótesis más optimistas y consiguiéramos minimizar el calentamiento del planeta – , la Escuela Politécnica Federal de Zúrich ha comparado los datos climáticos actuales de las principales ciudades del mundo con las previsiones climáticas para el año 2050. Dentro de treinta años, en el hemisferio norte, tanto los veranos como los inviernos serán más cálidos, con un aumento respectivo de 3,5 y 4,7 °C de media, es decir, el clima de las ciudades será el que hoy corresponde a otras ciudades situadas miles de kilómetros más al sur: las condiciones climáticas de Roma en 2050 serán similares a las que hoy en día se registran en Esmirna; Londres será como Barcelona; Estocolmo y Oslo, como Viena; Múnich, como Roma; Moscú, como Sofía; San Francisco, como Rabat; Los Ángeles,

como Gaza; París, como Estambul; Madrid, como Marrakech.27

Si bien es cierto que las ciudades son especialmente vulnerables al calentamiento global, la buena noticia es que también son el lugar en el que se lo puede combatir con mayor eficacia. Dado que las ciudades producen el 75 % del dióxido de carbono de origen humano, es allí donde hay que actuar, utilizando los árboles para impedir que gran parte de dicho gas llegue a la atmósfera.

En 2019, un equipo de investigación de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich publicó un estudio donde se afirmaba que plantar miles de millones de árboles en todo el planeta era, con mucho, la mejor solución, la más eficaz y más fácil de medir si queremos reabsorber de la atmósfera un porcentaje significativo del dióxido de carbono producido desde el inicio de la revolución industrial. 28 A pesar de las bondades del estudio y de sus solidísimas bases científicas, las críticas no se hicieron esperar: ¿de dónde vamos a sacar el espacio para plantar miles de millones de árboles? ¿Qué

costes tendría una medida como esa? Críticas en gran parte infundadas. La superficie para plantar estos árboles existe, y el coste, pese a ser considerable, es muy inferior a cualquier alternativa que tenga ni que sea una fracción de las posibilidades de éxito que tiene esta.

Si además fuera posible plantar una parte considerable de estos árboles en el interior de nuestras ciudades, estoy seguro de que los resultados serían aún mejores, ya que la eficacia con que las plantas absorben dióxido de carbono es tanto mayor cuanto más cerca se halle la fuente de emisión. En las ciudades, cada palmo de superficie debería estar cubierto de plantas, no solo los (pocos) parques, las avenidas, los arriates y demás lugares canónicos, sino literalmente cada palmo de superficie: tejados, fachadas, calles, cada rincón donde sea posible plantar una planta debería tener una.

Una vez más, la idea de que las ciudades deben ser lugares impermeables, minerales, contrapuestos a la naturaleza, no es más que una tradición. Nada impide que una ciudad esté cubierta de plantas de arriba abajo. No existen obstáculos técnicos ni económicos que imposibiliten semejante medida. Y

los beneficios serían incalculables: no solo se fijarían enormes cantidades de dióxido de carbono en el mismo lugar donde se emiten, sino que se mejoraría la calidad de vida de las personas, ya que las plantas ejercen una influencia positiva sobre nuestro estilo de vida en múltiples ámbitos, desde la mejora de la salud física y mental al incremento de la sociabilidad, el aumento de la capacidad de atención y la disminución de la delincuencia.

El motivo por el cual nuestras ciudades no están completamente cubiertas de plantas, dentro y fuera de los edificios, a pesar de los miles de estudios solventes que se han publicado acerca de los beneficios de las zonas verdes urbanas, sigue siendo un misterio difícil de interpretar. Que las plantas mejoran la calidad del aire lo sabemos desde hace siglos. En 1661, el escritor John Evelyn (1620-1706) publicó un libro con el portentoso título de Fumifugium o de las molestias del aire y el humo de Londres, junto con algunos remedios propuestos humildemente por J. E. a Su Sagrada Majestad y al Parlamento actualmente reunido, uno de los primeros estudios sobre la contaminación atmosférica. Se trata de un texto extraordinariamente moderno que se divide en tres partes principales. En la

primera, se examinan las causas de la mala calidad del aire de Londres, debida a las emisiones de la combustión del carbón, y se identifican con acierto los efectos que tiene su inhalación para las vías respiratorias. En la segunda, se propone una solución práctica al problema: hay que prohibir el carbón dentro de la ciudad de Londres; en su lugar, debe usarse leña. Por último, en la tercera parte, se plantea una solución que aún hoy no ha perdido ni un gramo de su eficacia: mejorar la calidad del aire de Londres plantando árboles y arbustos dentro o cerca de la ciudad.

Si en la actualidad todavía hay mucha gente incapaz de percibir el carácter revolucionario de semejante propuesta, es de suponer que en su día pudiera parecer el delirio de un soñador: algo fascinante pero sin ningún tipo de fundamento. Pensemos que en los tiempos de Evelyn todavía no se conocía ni siquiera la existencia de la fotosíntesis, cuyo descubrimiento, fruto de los experimentos de Joseph Priestley y Jan Ingenhousz, tuvo lugar un siglo después de la publicación del Fumifugium. Cualquier hipótesis acerca de la capacidad de las plantas para mejorar la calidad del aire se basaba tan solo en la experiencia empírica y carecía del sostén de la teoría.

Y aun así, en una época en la que los bosques tapizaban todavía amplias regiones de Europa, John Evelyn, pese a no disponer de ninguna base científica, defendió con uñas y dientes la necesidad de llenar de árboles nuestras ciudades.

En 1664, tres años después de la aparición del Fumifugium, Evelyn publicó otro libro rompedor titulado Sylva o discurso sobre los árboles forestales y la propagación de la madera en los dominios de Su Majestad, la primera obra publicada por la entonces recién nacida Royal Society. Se trata de un estudio enciclopédico sobre el cultivo de los árboles, desde la elección de las semillas hasta los cuidados y los peligros de las especies más comunes que pueden cultivarse en suelo británico. En este sentido, no es el primero ni el más original de los tratados sobre el cultivo de árboles.

Lo distintivo de la Sylva es que Evelyn aprovecha cada ocasión para persuadir a sus lectores de la necesidad de que se planten más árboles.

Cualquier pretexto le parece bueno para llamar la atención sobre este punto.

Por ejemplo, dado que la guerra civil inglesa, terminada pocos años antes,

había provocado una gran deforestación debida al consumo de madera para uso militar, Evelyn recalca la necesidad de reforestar a fin de que la Marina Real disponga de materia prima suficiente para construir barcos.

Evidentemente, no es más que un pretexto, y aunque Evelyn, en la portada de la Sylva, describe su obra como la respuesta a «algunas preguntas» enviadas por «los principales oficiales y comisarios de la Marina», muchas de las especies que recomienda plantar y sobre las que se extiende en amorosos términos no son nada apropiadas como material de construcción naval. Lo único que quiere Evelyn es que se planten cuantos más árboles mejor. Las citas latinas que aparecen a lo largo del libro proceden de autores como Plinio, Horacio y Virgilio, y tienen como objetivo granjearse las simpatías de los intelectuales de la época, mientras que las referencias en passant a la afición a los árboles de personalidades como el rey o «esa lady de Northamptonshire» buscan convencer al lector de que la arboricultura es una ocupación de moda.

Lo que hoy necesitaríamos sería que hubiera varios miles de Evelyns dispuestos a pregonar la idea de que si cubriésemos nuestras ciudades de plantas, podríamos luchar con eficacia contra el calentamiento global.

Resulta imprescindible que cambiemos nuestra concepción de la ciudad.

Cuando hablamos de la jungla urbana, no deberíamos imaginar un lugar lleno de peligros, sino un espacio en armonía con el entorno natural que, conscientemente y gracias a los árboles, contribuye a transformar nuestras ciudades en un nicho ecológico duradero.

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Un bosque no es un conjunto de árboles distintos,

sino una comunidad de individuos. Los árboles están

conectados por medio de complejas redes radicales,

mediante las cuales intercambian todo cuanto

necesitan. Un magnífico ejemplo de apoyo mutuo.

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