La potencia de uno

Bryce Courtenay · Capítulo 1 de 24

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La potencia de uno

Uno

 

Esto es lo que pasó.

Antes que comenzara propiamente mi vida, hice los lloriqueos y chupeteos habituales, que en mi caso se produjeron con un par de pechos negros, suaves e inmensos. De acuerdo con la tradición africana, seguí mamando a lo largo de mis primeros dos años y medio, tras lo cual mi nodriza zulú se convirtió en mi niñera. Era una persona hecha para la risa, el afecto y la dulzura, y me estrechaba entre sus pechos y acariciaba mis bucles dorados con una mano tan enorme que parecía abarcar toda mi cabeza. Me aliviaba las penas con una canción de un joven y valeroso guerrero que cazaba un león y con un canto de mujeres que hablaba de lavar la ropa en la gran peña junto al río, donde al oscurecer los babuinos bajaban de las lomas para beber.

Mi vida propiamente dicha comenzó a los cinco años, cuando mi madre tuvo la crisis nerviosa. Me arrancaron de los brazos de aquella encantadora niñera negra de gran sonrisa blanca y me enviaron interno a un colegio.

Se inició así un período de trozos amarillos de calabaza, ennegrecidos y chamuscados y amargos por los bordes; puré de patata de grumos vidriosos; carne bordeada de cartílago en salsa gris; zanahorias cortadas en taquitos; col caliente, aguada y flatulenta; camas que se mojaban solas por la mañana; y una sensación completamente nueva llamada soledad.

Fui durante dos años el niño más pequeño del colegio, y sólo hablaba inglés, la lengua corrompida que se había extendido como una peste por la tierra sagrada y

había infectado las aguas dulces y puras de la africaneeridad[1].

La guerra de los bóers había creado una gran hostilidad contra los ingleses, contra los rooineks. Era un odio que había penetrado en la sangre y marcado el corazón y la mentalidad de la generación siguiente. Para sus hijos descalzos yo era el primer ejemplo vivo del odio congénito que profesaban a mi especie.

Hablaba el idioma en que se habían pronunciado las sentencias que habían acabado con sus abuelos y enviado a sus abuelas a los primeros campos de concentración del mundo, donde habían muerto como moscas, de disentería, malaria y fiebre del agua negra. Para los inflexibles granjeros calvinistas, los pecados de los padres se transmitían a los hijos hasta la tercera generación. Yo estaba infectado.

Como nadie me había advertido previamente de mi malvada condición, ésta constituyó para mí una sorpresa aterradora. Estaba lloriqueando solo en el dormitorio de los pequeños y de pronto: dos muchachos de once años me sacaron a rastras de debajo de una manta horrorosa que olía a alcanfor y me llevaron al dormitorio de los mayores, para hacerme comparecer ante el consejo de guerra.

Mi juicio fue, naturalmente, una parodia de la justicia. ¿Pero, qué podía esperar? Había sido capturado muy por detrás de las líneas enemigas, y todo el mundo, hasta un niño de cinco años, sabe que eso significa sentencia de muerte. Allí estaba yo farfullando, incapaz de entender el lenguaje del estentóreo juez de doce años, ni el motivo de la hilaridad general cuando se dictó sentencia. Pero me imaginaba lo peor.

Ignoraba qué era la muerte. Sabía que era algo que ocurría en el matadero, a los cerdos y las cabras y, de vez en cuando, a una novilla. Los chillidos de los cerdos eran tan horrorosos que yo sabía que no se trataba de una experiencia demasiado agradable, ni siquiera para ellos.

Y estaba seguro de algo más: la muerte no era tan buena como la vida. Y estaba a punto de sucederme antes de que pudiese realmente cogerle el gusto a la vida. Procuré contener las lágrimas mientras me sacaban de allí a rastras.

Debía de haber luna llena aquella noche, porque el cuarto de las duchas estaba bañado de luz azul. Las ásperas paredes de granito de los entrantes de las duchas destacaban en ángulos firmes contra el mojado suelo de cemento. Yo nunca había estado en unas duchas, y aquel lugar se parecía al matadero de la granja. Incluso olía igual, a orina y a jabón fénico azul, así que pensé que iba a ser allí donde iba a tener lugar mi muerte.

Tenía los ojos un poco hinchados de llorar, pero pude ver el sitio en el que debían colgar los ganchos de la carne. Cada plancha de granito tenía una tubería que sobresalía de la pared con una protuberancia en la punta. Me colgarían de un tubo de aquéllos y estaría muerto, igual que los cerdos.

Me mandaron quitarme el pijama y arrodillarme en la ducha de cara a la pared. Fijé la vista en el agujero del suelo por donde iba a escurrirse toda mi sangre. Luego cerré los ojos y empecé a rezar una oración muda y lastimera. No iba dirigida a Dios, sino a mi niñera. Parecía lo más urgente, lo mejor que podía hacer. Mi niñera, cuando no podía resolver alguno de mis problemas, decía siempre: «Debemos hablar con Inkosi-Inkosikazi, el gran hechicero, él sabrá lo que hay que hacer». Aunque nunca llegáramos a solicitar los servicios del gran hombre no parecía importar, era reconfortante saber que estaba a nuestra disposición en caso necesario.

Pero no había tiempo para enviarle un mensaje a mi niñera, y menos aún para que ella se lo transmitiese a él. Sentí un golpe brusco en el cuello y luego empezó a chorrear sangre tibia por mi cuerpo desnudo y tembloroso, y a caer en el suelo de cemento y a desaparecer por el desagüe. Era extraño, no me sentía muerto. Pero ahí estaba. ¿Quién sabe lo que es sentirse muerto?

Después de que todos me mearan encima, el juez y su consejo de guerra se fueron. Al cabo de un rato todo quedó muy silencioso, sólo se oía un tip, tip, tip que caía de algún sitio sobre mi cabeza, y mis sollozos, que sonaban como si llegasen de otra parte.

Como no había visto nunca una ducha no sabía abrirla y por tanto no tenía miedo de lavarme. Siempre me había bañado mi niñera en un balde grande de estaño junto a la cocina. Me quedaba de pie y ella me enjabonaba todo, y Dee y Dum, las dos sirvientas de la cocina, que eran gemelas, se reían tapándose la cara con las manos cuando me enjabonaba mi bellotita. A veces se levantaba sola y entonces todas ellas tenían una sesión suplementaria de risitas. Así fue como yo supe que aquello era algo especial. Pronto habría de descubrir hasta qué punto.

Intenté secarme con el pijama, que estaba mojado en las zonas que habían estado en contacto con el suelo, y luego volví a ponérmelo. Ni siquiera intenté abotonármelo porque me temblaban muchísimo las manos. Vagué por aquel gran edificio hasta que encontré el dormitorio de los pequeños. Me escurrí debajo de mi manta y así terminó mi primer día en la vida.

No puedo decir que el segundo día fuese mucho mejor que el primero. Empezaron a torcerse las cosas desde el mismo momento en que desperté. Había niños alrededor de mi cama, tapándose las narices y soltando bufidos. La verdad es que había motivos más que suficientes para ello. Yo olía peor que la letrina de un cafre, peor de lo que olían los cerdos en la pocilga. Peor incluso que ambas cosas juntas.

Los niños se dispersaron al entrar una persona muy grande con una mancha de vello oscuro sobre el labio. Era la misma señora que me había dejado en el dormitorio la noche anterior.

—¡Buenos días, Mevrou!, —dijeron a coro los niños, firmes todos, cada uno a los pies de su cama.

Aquella persona grande llamada Mevrou me miró furiosa.

—Kom, —dijo en tono feroz.

Luego me agarró de una oreja, mientras me la retorcía me sacó de aquella cama hedionda y me llevó otra vez al matadero. Con la mano libre me quitó la chaqueta desabrochada del pijama y me bajó los pantalones hasta los tobillos.

—Entra, —aulló.

Yo pensaba y pensaba desesperadamente, aquella mujer era más grande incluso que mi niñera. Si ella me mea encima seguro que me ahogo. Me quité los pantalones del pijama y ella me empujó dentro de la ducha soltándome la oreja. Hubo un brusco silbido y me taladraron agujas de agua helada.

Cuando uno no se ha duchado nunca y tampoco se ha visto jamás empapado por un inesperado chorro de agua helada, no le resulta muy difícil creer que eso es la muerte. Yo tenía los ojos firmemente cerrados, pero la granizada de agua era implacable, un millar de pinchazos a la vez agujereándome la piel. ¿Cómo era posible que saliese tanto pis de una persona?

La muerte era fría como el hielo. Decían que el infierno era de fuego y de azufre, y allí estaba yo muriéndome de frío. Era muy aterrador y, como tantas cosas últimamente, justo lo contrario de lo que me habían inducido a esperar.

«Cuando vayas al colegio dormirás en una habitación grande con muchísimos amiguitos, así que no tendrás miedo a la oscuridad». Qué emocionante me había parecido todo.

Aquel feroz ruido silbante y el diluvio de pis helado cesaron bruscamente. Abrí los ojos y no vi a Mevrou. En vez de ella estaba ante mí el juez, con las mangas del pijama remangadas, se había mojado el brazo con el que había cerrado la ducha. Detrás de él estaban el jurado y todos los niños más pequeños de mi dormitorio.

Cuando el agua me aclaró los ojos intenté sonreír agradecido. El juez estiró inesperadamente su brazo mojado, me agarró por la muñeca, me sacó violentamente de la ducha. El jurado formó un círculo a mi alrededor mientras yo me quedaba quieto y aterrado allí de pie, tapándome el escroto con las manos. Me castañeteaban los dientes sin control, una síncopa lisa y extraña dentro de mi cabeza. El juez extendió el brazo de nuevo y cogiéndome las dos muñecas en una mano grande me apartó las manos y señaló mi bellotita.

—¿Por qué te meas en la cama, rooinek?, —preguntó.

—¡Eh, mirad, su culebra no tiene sombrero!, —gritó alguien. Se amontonaron todos acercándose más, entusiasmados ante aquel hecho monstruoso.

—¡Pisskop! ¡Pisskop!, —gritó uno de los pequeños y al instante todos los pequeños estaban coreándolo.

—Oyes, te llaman meón, —tradujo el juez—. ¿Quién le cortó el sombrero a tu culebra, Pisskop?

Bajé la vista hacia donde me indicaba; los dientes pasaron ya a un castañeteo más pausado. A mí todo me parecía perfectamente normal, aunque la punta estaba de un color azul claro y había desaparecido casi en el interior de su collar de piel limpio y redondo. Alcé la vista hacia el juez, desconcertado.

Entonces el juez me soltó los brazos, y utilizando las dos manos se abrió la bragueta del pijama. Su «culebra», monstruosamente grande, me quedaba al nivel de los ojos, y parecía estar hecha de una funda continua que terminaba en un punto de piel arrugada. En su base crecían unos cuantos pelos dispersos, y era un espectáculo muy poco agradable, la verdad sea dicha.

Me aguardaban problemas más graves, desde luego. Era un rooinek y un pisskop. Hablaba la lengua maldita. Y era evidente, en fin, que me habían hecho de un modo distinto. Pero aún así estaba vivo y pensaba que donde hay vida, hay esperanza.

 

Al final del primer curso había conseguido reducir el período de persecución a sólo una hora al día. Tenía casi dominado el arte de la supervivencia. Salvo por una cosa: me meaba en la cama todos los días.

Es imposible adaptarse perfectamente si dejas una mancha húmeda detrás de ti todas las mañanas. Mi jornada empezaba con una zurra por mearme en la cama, que me administraba Mevrou, tras ella me aguardaba la tediosa peregrinación en solitario hasta las duchas para lavar mi sábana de espuma. Cuando frotaba el jabón contra las rígidas cerdas de caña del gran cepillo de madera que me hacían usar, me saltaban a los ojos fragmentos de jabón fieramente punzantes. Pero pronto comprendí que el jabón no hacía falta, pese a lo que pudiese decir Mevrou, que bastaba con dejar la sábana un rato debajo de la ducha.

Mi ritual matutino tuvo una consecuencia práctica. Aprendí que llorar es un lujo del que hay que prescindir para adaptarse bien. Pronto ostenté el récord de palizas del colegio. Así lo dijo el juez. Era la primera vez en la vida que tenía algo que no era un evidente obstáculo para la adaptación. No sólo era un rooinek odioso y un pisskop, también tenía un récord. Os aseguro que me resultaba agradable. El juez dio orden de que se me pegase sólo un poco cada vez. Un puñetazo ahora, un bofetón después, y hasta pondría fin a eso si yo era capaz de dejar de ser un pisskop. Aunque añadió que, siendo como era un rooinek, probablemente no pudiese conseguirlo nunca. He de confesar que me sentía inclinado a darle la razón. Por mucho empeño que pusiese y por muchas oraciones que le rezase a mi niñera, e incluso a Dios, no había nada que hacer, no parecían producir ningún efecto.

¿Tendría quizá que ver en ello mi bellota defectuosa? Me hice un agujero en los bolsillos de los pantalones por el que podía meter el índice y el pulgar. Me dediqué en secreto a empujar el prepucio y a mantenerlo así tapando la punta de la bellota el mayor tiempo posible, con la esperanza de que perdiese elasticidad y se volviese normal. Pero lo único que conseguí, por desgracia, fue una bellota escocida. Estaba condenado a ser un meón el resto de mi vida. Por fin llegó el final del primer trimestre. Tenía que volver a casa para las vacaciones de mayo: volvería con mi niñera, que escucharía mis lamentaciones y dormiría en su esterilla a los pies de mi cama para que el Coco no pudiese cogerme. Quería también averiguar si mi madre había acabado ya su crisis y me iban a dejar quedarme en casa.

Volví a casa jubiloso, en el asiento de atrás del cupé Chevrolet nuevo y resplandeciente del doctor «Henny» Boshoff. El doctor Henny era un héroe local que jugaba de fly-half en el equipo de rugby de Transvaal Norte. Cuando el juez vio quién había ido a buscarme, me estrechó la mano y prometió que las cosas mejorarían en el próximo trimestre.

El doctor Henny, que había sido el que me había explicado lo de la crisis nerviosa, me aseguró que a mi madre le estaba yendo muy bien, pero que aún seguía con la crisis y que no volvería a casa de momento.

Desaparecía así, lamentablemente, cualquier posibilidad de hacer lo que más deseaba: quedarme en casa y no salir de allí hasta que fuese tan viejo como mi abuelo. Y ni siquiera entonces.

Mientras íbamos traqueteando en el coche, yo, que ocupaba el asiento de atrás abierto al sol y al viento, no era ya un rooinek ni un pisskop, me había convertido en un gran jefe. Atravesábamos aldeas africanas donde pollos cacareantes se apartaban del camino batiendo las alas desesperados, perseguidos por escandalosos perros cafres, todos costillas y hocico y manchas moteadas. Aunque sólo después de que hubiese pasado, firme y seguro, mi trono veloz. Como gran jefe estaba, claro, por encima de aquellos acontecimientos vulgares. La vida era buena. Os lo aseguro, oh, sí, muy buena.

Mi niñera derramó unas lágrimas que le corrían por las mejillas e iban a estrellarse en sus pechos cálidos e inmensos. Me frotaba sin cesar la cabeza afeitada con una mano larga y oscura, gimiendo y sollozando sin dejar de abrazarme. Yo había creído que al llegar a casa el llanto correría todo de mi cuenta, pero era imposible competir con ella.

Era el final de verano. Los días estaban llenos de canciones, las mujeres del campo recogían algodón, abriéndose paso entre los largos surcos, parloteando y cantando en perfecta armonía mientras arrancaban las fibrosas cabezas blancas y esponjosas de las cápsulas de algodón ennegrecidas por el sol.

Mi niñera envió un mensaje a Inkosi-Inkosikazi en el que le decía que necesitábamos verle urgentemente en relación con las aguas nocturnas de un niño. Se puso el mensaje en los tambores y a los dos días llegó la noticia de que en una quincena o así el gran hechicero pasaría por allí de camino, pues tenía que ir a hacerle una visita a Modjadji, la gran reina de la lluvia.

Mi niñera ensanchaba desmesuradamente el blanco de los ojos y se le hinchaban las mejillas cuando hablaba de la grandeza de Inkosi-Inkosikazi.

—Te secará la cama sólo con tirar una vez las tibias del gran buey blanco, — prometió.

—¿Hará también que me crezca piel sobre la bellota?, —quise saber.

Me estrechó contra su pecho y su respuesta se perdió en el subir y bajar de su vientre al envolverme con su risa.

El problema de las aguas nocturnas fue muy discutido por las mujeres del campo, que le dieron muchas vueltas, intrigadas por el hecho de que algo tan intrascendente justificase la visita del gran hechicero.

—Una estera de dormir de hierba se seca fácilmente al sol de la mañana. No es un asunto del que deba ocuparse el hechicero más grande de África.

Para ellas no era ningún problema, claro. Ellas no tenían que volver con el juez y con Mevrou.

Inkosi-Inkosikazi tardó casi dos semanas en llegar en su gran Buick negro. El coche era un símbolo de su enorme poder y de su riqueza, incluso para los bóers, que lo despreciaban considerándolo una encamación diabólica, aunque lo temían con la superstición de todos los hombres ignorantes y temerosos de Dios. Ninguno estaba dispuesto a oponer el catecismo de la Iglesia holandesa reformada a aquel viejo duende negro.

Las mujeres del campo se pasaron el día trayendo ofrendas de comida. Al final de la tarde, debajo del aguacate grande, junto al matadero, se había formado una montañita de trigo cafre y maíz, calabazas, espinacas nativas y sandías. Al lado había pilas de haces de hojas de tabaco secas y, separados por dos grandes esterillas de recepción de hierba o «indabas», yacían seis flacos pollos cafres. Casi todos eran viejos gallos correosos, de esos que hay que hervir durante cuatro horas, y tenían las patas atadas y las alas recortadas. Yacían de costado, con los flacos cuellos desplumados y las cabezas calvas cubiertas de una capa de polvo. Sólo algún cacareo esporádico y la apertura súbita de un ojo brillante y saltón indicaban que aún seguían vivos, aunque no precisamente coleando.

Uno de los gallos, uno viejo especialmente flaco de plumas grises pintas, se parecía muchísimo a mi abuelo, salvo por los ojos. Mi abuelo tenía los ojos de un azul claro y algo acuoso, eran ojos pensados para contemplar los suaves paisajes ingleses, mientras que los de aquel viejo gallo eran penetrantes como una gota de luz roja.

Mi abuelo bajó las escaleras y se dirigió al gran Buick negro. Hizo un alto en el camino para darle una patada a uno de los gallos, pues odiaba a los gallos cafres casi tanto como a los shangaanes. Su orgullo y su alegría era el centenar de gallinas negras Orpington y los seis gallos gigantes que tenía. La presencia de gallos cafres en el corral de la granja, aunque estuviesen atados y con las alas recortadas, era para él como tener media docena de viejos verdes presentes en una clase de ballet.

Mi abuelo admiraba muchísimo a Inkosi-Inkosikazi, que le había curado una vez los cálculos biliares.

—¡Tomé aquel asqueroso potingue verde que me dio y, cielo santo, las piedras salieron disparadas como una granizada de postas! No he vuelto a tener ni rastro de cálculos desde entonces. Para mí ese viejo mono es el mejor médico que hay en todas las tierras bajas.

Esperamos a que Inkosi-Inkosikazi se apease del Buick. El viejo hechicero era zulú, como mi niñera. Decían que era el último hijo del gran Dingaan, el rey zulú que combatió tanto a los bóers como a los británicos en pie de igualdad. Dos generaciones después de que los bóers derrotaran definitivamente a sus impis en la Batalla de Blood River, aún seguían aterrados con él.

Doce años después de aquella batalla, Ingaan, huyendo de las fuerzas aliadas de su hermanastro Mpande y de los bóers, había buscado refugio entre los nyawos en las cumbres de los grandes montes Lebombo. La noche en que lo asesinaron a traición miembros de la tribu nyawo, le habían regalado una joven virgen y la semilla del segundo gran rey guerrero quedó implantada en su vientre de catorce años.

«Yo elegí la sangre, pero éste, que será el último de mis hijos elegirá sabiduría. Le llamarás Inkosi-Inkosikazi. Será un hombre para toda África», le había dicho Dingaan a la aterrada doncella nyawo.

Esto convertía en centenario al pequeño y arrugado negro al que estaban ayudando a bajar de la parte trasera del Buick.

Inkosi-Inkosikazi vestía un traje cuyas piezas no casaban, la chaqueta era marrón y reflejaba el lustre de los años, los pantalones eran azules, a rayas. Llevaba una camisa blanca que precisaba un cuello almidonado postizo, pero que no lo tenía e iba sujeta al cuello con un gran botón de oro y marfil. Le caía de los hombros una capa sarnosa de piel de leopardo. Siguiendo la costumbre, no llevaba zapatos, y tenía las plantas de los pies, planos y desparramados, llenas de grietas. En la mano derecha llevaba un espantamoscas adornado con bellas cuentas, distintivo de un jefe importante.

Yo no había visto en mi vida un viejo como aquél; tenía el pelo crespo, pero más blanco que el algodón en rama, le brotaban de la barbilla pequeños mechones de una barba nívea y sólo le quedaban tres dientes en la boca. Nos miró, y los ojos, limpios y penetrantes, le ardían como los de un gallo viejo.

Alguna mujeres iniciaron un lamento fúnebre y el viejo las reprendió inmediatamente.

—¡Abafazi estúpidas! La muerte no viaja conmigo en mi gran automóvil. ¿No oísteis cómo rugía su gran barriga?

Al acercarse el abuelo se hizo un silencio. Dio una breve bienvenida a Inkosi-Inkosikazi y le otorgó permiso para pasar la noche en la granja. El viejo asintió con un cabeceo, sin rastro del servilismo habitual que se espera de un cafre; mi abuelo tampoco pareció exigirlo. Se limitó a estrechar la zarpa huesuda del viejo y volvió a su asiento del porche.

Por fin habló mi niñera, que se había frotado la frente con tierra como todas las demás mujeres.

—Señor, las mujeres hemos traído comida y tenemos cerveza recién fermentada.

Inkosi-Inkosikazi la ignoró, lo que a mí me pareció prueba de una gran valentía, y ordenó a una de las mujeres que desatase a los pollos. Rápidamente se acercaron a ellos dos mujeres y los soltaron. Siguieron allí quietos, inseguros de su libertad, hasta que el viejo alzó el espantamoscas y lo blandió sobre ellos. Entonces se levantaron con un cacareo súbito, sacudiendo las raquíticas alas y escaparon corriendo precipitadamente hacia terreno despejado, alzando mucho las largas patas. Todos menos uno. Aquel gallo viejo que se parecía al abuelo se levantó despacio, estiró el pescuezo, sacudió los trocitos de alas que le habían dejado, giró la cabeza a derecha e izquierda, inclinándola un poco, como si escuchara, y luego se acercó al montón de grano y se puso a comer tan tranquilo.

—Coged a los demonios emplumados, —ordenó de pronto Inkosi-Inkosikazi; luego rió entre dientes y añadió—: Coged la cena que esta noche ha de tomar un viejo.

Los gallos fueron capturados de nuevo con chillidos de gozo. Se había roto el hielo, y cinco de las mujeres, cada una con un gallo cabeza abajo, cogido de las patas, esperaron las instrucciones del viejo. Inkosi-Inkosikazi se puso en cuclillas y con un dedo trazó en el suelo un círculo de unos sesenta centímetros de diámetro. Luego, moviéndose a saltos como un chimpancé viejo, trazó cinco círculos más de similar tamaño, murmurando entre dientes.

Terminados los encantamientos, pidió por señas a una de las mujeres que le diese un gallo. Lo cogió por el pescuezo largo y flaco y por las patas y volvió a trazar el primer círculo en el suelo, esta vez utilizando para hacerlo el pico del ave. Luego puso el pollo tumbado dentro del círculo, y el animal se quedó inmóvil, con los ojos cerrados y una pata sobresaliendo de cada ala. Después hizo lo mismo con los otros cinco, hasta que se quedaron todos quietos, cada uno en su círculo, frente a la multitud. A cada pollo que iba quedando inmovilizado en su círculo se oía emerger un grito de asombro procedente del grupo de mujeres. Era una magia de muy baja estofa, pero bastante eficaz para poner la cosa en marcha.

Inkosi-Inkosikazi se acercó y se sentó con las piernas cruzadas en el centro de las esterillas y me indicó por señas que me sentase con él. Era la primera vez que reconocía mi presencia, y yo me aferré aterrado a las faldas de mi niñera. Ella me empujó suavemente hacia él y dijo con un cuchicheo rotundo:

—Debes ir, es un gran honor, sólo un jefe puede sentarse con un jefe en la esterilla.

Tenía el aroma fuerte y marcadamente dulzón del sudor africano, mezclado con olor a tabaco y a vejez muy avanzada. Después de haber pasado por todo lo que había pasado en el capítulo olfativo, no me resultó demasiado terrible, y me senté a su lado con las piernas cruzadas como él, mirando fijo al suelo, sin levantar la vista.

Inkosi-Inkosikazi se inclinó un poco hacia mí y habló en zulú.

—Mañana te enseñaré el truco de los gallos. En realidad no es magia, sabes. Estas estúpidas shangaanas creen que lo es, pero no se merecen otra cosa.

—Gracias, Señor, —dije bajito. Me gustaba la idea de compartir un secreto. Aunque sólo fuese un truco, era un truco buenísimo que podría dejar pasmados al juez y al jurado si lograba echarle mano a algún pollo extraviado en el colegio. Mi fe en su capacidad para modificar mi estatus como pisskop crecía por momentos.

Inkosi-Inkosikazi le indicó a mi niñera que había que empezar ya con el asunto de las aguas nocturnas. Se ordenó inmediatamente a dos mujeres que comenzaran a preparar el fuego para cocinar, y las otras se colocaron alrededor de las esterillas de indaba, procurando no tocar ni una punta del borde.

Los relatos africanos son largos, se cuidan en ellos todos los detalles, y se recurre a ellos de nuevo para repetirlos un millar de veces. Fue un gran momento para mi niñera cuando se levantó sola en el crepúsculo que se desvanecía rápidamente y explicó su historia. Habló en shangaan para que pudiesen compartirlo todos, y abrir mucho los ojos y lanzar exclamaciones y asentir y suspirar en los momentos adecuados.

La inmensidad de Mevrou, con su bigote, les pareció sobrecogedora. La injusticia del juez y del jurado no les chocó gran cosa, pues todos sabían que el hombre blanco dicta sentencias que no tienen la menor relación con los hechos. El hecho de que el juez y el jurado me hubiesen meado por encima les hizo balancearse y gemir y taparse los oídos con las manos. Un ultraje semejante era algo impropio hasta del hombre blanco.

Se hizo la oscuridad de pronto, de esa forma súbita propia de África. Un leño verde crepitó vivaz en el fuego lanzando una lluvia de chispas. Las llamas saltarinas iluminaban el rostro de mi niñera; todas recordarían a aquella narradora de una gran historia de sufrimientos y pesares. Corrieron lágrimas abundantes cuando explicó cómo llegaba por fin la muerte en un chaparrón de orina gélida que lanzaba el bigotudo gran ángel de perdición desde sus lomos.

He de confesar que también a mí me impresionó muchísimo, pero cuando mi niñera llegó a lo de que mi serpiente no tenía sombrero, que a mí me parecía lo más importante de todo, se tapaban la boca con las manos y se les escapaba la risa entre las lágrimas.

Mi niñera terminó diciendo que el asunto de mis aguas nocturnas era un hechizo de aquel ángel de la muerte que tenía bigote como un hombre y lomos de catarata, para poder volver cada mañana a alimentar su gran sjambok batiente con mi frágil carne de niño. Sólo un gran hechicero como Inkosi-Inkosikazi podía acabar con aquel hechizo maléfico.

La luz del fuego iluminaba los rostros hondamente conturbados de las mujeres cuando mi niñera se sentó por fin, con grandes lamentos, convencida de que jamás se había contado un cuento como aquél, y que perduraría eternamente, convertido en una leyenda shangaan.

Os diré una cosa, yo era el que estaba más impresionado por el hecho de que hubiese podido pasar por una experiencia tan aterradora.

Inkosi-Inkosikazi se levantó, se rascó el trasero y bostezó. Luego pinchó a mi gimoteante niñera con el mango del espantamoscas.

—Tráeme cerveza cafre, mujer, —ordenó.

Dee y Dum, las criadas gemelas de la cocina, me sirvieron la cena, mientras mi niñera se ocupaba de la bebida y de otras necesidades del viejo y flaco hechicero. Ambas muchachitas estaban sobrecogidas de emoción por todo, y me dijeron que yo era la persona más valiente que habían conocido en su vida.

A la hora de acostarse mi niñera estaba a mi lado como siempre, y me había traído una batata grande, con el vientre abierto y una cuchara clavada en el centro, brotaban de ella pequeñas volutas de vapor y se condensaban en el mango. La batata tiene algo que te anima cuando estás triste y que cuando te sientes feliz lo celebra. Las batatas asadas con su piel llevan incorporado un importante factor de alivio.

Mi niñera aún seguía emocionada, me cogió y me aplastó contra su pecho enorme y rompió a reír y me dijo que yo le había proporcionado grandeza con la llegada de aquel viejo mono que, sin embargo, era el mejor hechicero de África. Y me explicó que la narración del cuento de las aguas nocturnas demostraba que una mujer zulú podía ser una narradora de cuentos superior en todos los sentidos incluso a las shangaans más elocuentes.

Le indiqué que había pasado por alto del todo el asunto de mi récord escolar de palizas. Una gran lágrima rodó por su mejilla.

—En la cuestión del castigo del hombre blanco, la gente negra ya comprende que un sjambok puede quebrantar el cuerpo, pero nunca el espíritu. Nosotros somos la tierra, por eso tenemos el color de la tierra. Al final será la tierra la que gane. Eso lo saben todos los africanos.

Fuese cual fuese el significado de esto, no contestaba a mi pregunta.

—Esta noche Inkosi-Inkosikazi entrará en tus sueños para buscar el camino de las aguas nocturnas, —añadió, tapándome.

Luego se fue por fin, pero no sin antes encender la lámpara de petróleo y ponerla a baja intensidad, aunque no tanto que yo no viese al Coco si intentaba colarse en mi cuarto.

 

La mañana que siguió a la noche que Inkosi-Inkosikazi vino a darse un paseo por mis sueños, éste me citó para que de nuevo me sentase a solas con él en la esterilla. De una vieja bolsa de cuero sacó las doce tibias mágicas del gran buey blanco. Luego se puso en cuclillas y, mientras se preparaba para tirar los huesos, inició un encantamiento hondo y retumbante que sonaba como un trueno lejano.

Los extraños dados de hueso amarillento que solucionarían aquel hábito mío de mearme en la cama tintinearon brevemente en sus manos y luego cayeron al suelo delante de mí. Inkosi-Inkosikazi los golpeó con el dedo índice, y al mismo tiempo brotó de su garganta un breve retumbar de truenos. Después los recogió con un gruñido final y los guardó en el viejo morral de cuero.

Los ojos de Inkosi-Inkosikazi, agudos alfileres de luz en un rostro increíblemente arrugado, parecían ver dentro de mí.

—Te visité en tus sueños y llegamos a un lugar en que había tres cataratas y diez piedras para cruzar el río. Las tibias del gran buey blanco dicen que debo volver a llevarte allí para que puedas saltar las tres cataratas y cruzar el río, pisando una piedra tras otra sin caer en la corriente impetuosa. Si logras hacerlo quedará resuelto ese desdichado asunto de las aguas nocturnas.

Respondí con un cabeceo, sin saber qué decir. A los niños de cinco años se les dan bastante mal los acertijos. Su rostro resultaba aún más simiesco cuando se reía:

—Cuando hayas aprendido esta lección te enseñaré el truco de dormir a los pollos.

Yo había visto las leves huellas de los círculos de la noche anterior, pero no había visto ningún pollo. Supuse que habían acabado en la barriga comunal. Y pensé que ojalá Inkosi-Inkosikazi no hubiese utilizado uno de los orpingtons negros del abuelo, porque eso podría significar un lío tremendo.

—Bueno, escúchame atentamente, muchacho. Observa y escucha. Observa y escucha, —repitió—. Cuando yo te diga que cierres los ojos lo harás, ¿entendido?

Ansioso de complacerle cerré los ojos fuerte.

—¡Ahora no! Cuando yo te lo diga. Y no tan fuerte, como haces cuando notas los ojos pesados por el largo día y es hora de dormir.

Abrí los ojos y lo vi acuclillado frente a mí, el hermoso espantamoscas suspendido un poco por encima de mi línea de visión normal. La cascada de pelo de caballo se balanceaba suavemente ante mis ojos.

—Observa la cola del caballo —mis ojos seguían su balanceo—. Es hora de que cierres los ojos pero no los oídos. Debes escuchar bien el rugido del agua, el agua ruge mucho.

Un estruendo súbito de agua me llenó la cabeza y luego vi las tres cataratas. Estaba en un afloramiento rocoso, precisamente encima de la roca más alta. Abajo, a lo lejos, el río se precipitaba por una garganta estrecha, agitado e hirviente. Justo antes de que el agua entrase en la garganta y batiese allí su espuma blanca estaban las diez piedras, que eran como diez dientes de antracita plantados en su boca.

Inkosi-Inkosikazi me hablaba, con una voz suave, amable casi.

—Es tarde, las palomas del bosque esperan ya la caída de la noche y guardan silencio. Es la hora del día en que las aguas blancas rugen con más fuerza, como hace el agua cuando la oscuridad la cubre.

»Estás de pie en una roca sobre la catarata más alta, eres un joven guerrero que ha matado su primer león y es digno ya de luchar en la legión de Dingaan, el gran impi que destruye cuanto se le opone. Digno de luchar hasta en el impi de Shaka, el más grande de todos los reyes guerreros.

»Llevas la falda de cola de león y miras hacia el sol poniente. El sol ha pasado ya Zululandia, la tierra de los swazis, dejó atrás a los shangaanes y el kraal real de Modjadji, la reina de la lluvia, para ir a refrescarse en las grandes aguas oscuras que hay más allá.

»Ahora ves ya cómo se alza la luna sobre África y estás en paz con la noche, no temes al gran demonio Skokijaan que viene a alimentarse de la noche oscura, que le arranca su carne negra hasta que no queda nada al final y llega la luz nueva a despertar a los vaqueros dormidos y les manda a cuidar al ganado que muge.

Mientras estaba de pie en la gran roca esperando saltar, vi salir la luna nueva, luminosa como un florín flamante sobre las cataratas estruendosas.

—Has de inspirar profundamente, y al saltar decirte a ti mismo el número tres. Luego, cuando salgas a la superficie, has de hacer otra inspiración y decir el número dos mientras las aguas te arrastran hasta hacerte saltar por la segunda catarata. Luego has de hacer otra inspiración profunda al salir a la superficie, mientras las aguas te arrastran a saltar la tercera. Entonces debes nadar hasta la primera piedra, contando hacia atrás de diez a uno, contando cada piedra al saltar de ella a la siguiente hasta cruzar el río impetuoso.

El viejo hechicero hizo una pausa para que yo pudiese repasar lo que me había dicho.

—Debes saltar ya, pequeño guerrero del rey.

Hice una inspiración profunda y me lancé a la noche. El aire fresco, mezclado con el agua pulverizada que salpicaba la catarata, pasó rápidamente ante mi rostro y luego entré en el agua de abajo, me hundí un momento, salí a la superficie y expulsé la gran bocanada de aire que había inspirado. Me vi arrastrado luego por la segunda catarata casi sin que me diese tiempo a hacer una segunda inspiración y luego volví a caer por la tercera cascada rugiente y me sumergí en el pozo profundo que había abajo. Nadé con gran vigor y sin la menor vacilación hasta la primera de las grandes piedras que relumbraban negras y húmedas a la luz de la luna. Crucé el río saltando de piedra en piedra, contando de diez a uno, y luego salté a la orilla pedregosa que había al final.

Su voz me llegó, clara como un eco, pese al estruendo de las cataratas.

—Hemos cruzado el agua de la noche hasta el otro lado y ya está, ahora has de abrir los ojos, pequeño guerrero.

Inkosi-Inkosikazi me sacó de nuevo del tiempo del sueño y miré a mi alrededor, un poco aturdido al ver que estaba en el corral de casa.

—Cuando me necesites debes venir al país de la noche, yo estaré esperando. Siempre estaré allí, en el lugar de las tres cataratas y las diez piedras que cruzan el río.

Luego señaló lo que parecía un saco de maíz vacío y dijo:

—Tráeme ese gallo y te enseñaré el truco de dormir pollos.

Me levanté, me acerqué al saco, lo abrí. Dentro me miraba parpadeante el ojo bermejo, agudo y saltón del pollo que se parecía al abuelo. Arrastré el saco hasta donde el anciano había hecho los círculos previos en la tierra y él se levantó y me mandó trazar un nuevo círculo en el suelo. Luego me enseñó lo que tenía que hacer para sujetar al viejo gallo. Tenía que colocármelo debajo del brazo derecho, igual que el fuelle de una gaita y sujetarle luego la parte superior del pescuezo con la mano izquierda, de modo que la cabeza desplumada quedase entre el pulgar y el índice. Sujetándolo firme luego por las patas con la mano libre, debía agacharme e inclinarlo hacia el suelo en un ángulo de cuarenta y cinco grados, sin que el pico llegara a tocar el borde del círculo. Luego debía hacer pasar el pico por el perímetro tres veces, y después dejar al animal tumbado dentro del círculo.

Me hizo practicarlo tres veces. Comprobé asombrado y gozoso que el viejo gallo se quedaba en el círculo, dócil como una marrana en el barro líquido. Para volver a traerle de donde quiera que los pollos se vayan en tan difícil tesitura, sólo tuve que tocarlo y decir con voz áspera:

—¡Si no se despierta este pollo dormido, pronto será pollo comido!, —que es, supongo, una advertencia bastante seria para una pollo.

No le pregunté a Inkosi-Inkosikazi cómo podía entender zulú un pollo shangaan, porque, naturalmente, al mayor hechicero de toda África no le haces una pregunta así.

Yo aún no me había dado cuenta de que aquel pollo era bastante excepcional, que quizá no quedase fuera de su alcance la capacidad de entender un par de lenguas africanas.

—El truco de los pollos es nuestro vínculo. Ahora somos hermanos unidos en este conocimiento compartido y también porque conocemos el lugar del tiempo del sueño. Sólo tú y yo podemos hacer este truco e ir a ese lugar.

Fue una cosa bastante solemne, os lo aseguro. El viejo llamó a su chófer, que estaba dormido en la parte de atrás del Buick, con un grito que atravesó el corral. Fuimos los dos caminando hacia el gran coche negro.

—Puedes quedarte el pollo para practicar, —dijo Inkosi-Inkosikazi acomodándose en el asiento trasero del coche.

El Buick quedó de pronto rodeado de mujeres del campo que parecían brotar de la nada y que lo cargaron con las ofrendas que habían traído el día anterior. Mi niñera le dio al viejo un cuadradito de tela de brillantes colores, que en una punta tenía anudadas unas cuantas monedas. Inkosi-Inkosikazi rechazó la oferta de lo que para mi niñera era el salario de dos meses.

—Es un asunto entre el muchacho y yo. Este lugar me queda de paso para el río Molototsi que es adonde voy, a ver a Modjadji, la reina de la lluvia.

Luego asomó la cabeza por la ventanilla y miró la tierra.

—No han llegado las lluvias a Zululandia, y en esto su magia es mayor que la mía.

Las lluvias habían sido abundantes al norte de los montes Drakensberg y mi niñera pidió angustiada noticias de su gente.

—Los campos llevan tres meses arados y la semilla del maíz está dispuesta en las grandes ollas de semillas, pero el viento se lleva la tierra mientras esperamos a que vengan las lluvias, —se lamentó el anciano.

Mi niñera tradujo la noticia de la sequía a las mujeres. La sequía siempre es una noticia que las tribus comparten. Las mujeres lanzaron un lamento, e iniciaron una lenta danza arrastrando los pies alrededor del Buick y una canción sobre el gran hechicero que traía las lluvias, que daba a las mujeres estériles los hijos que anhelaban y que curaba la mordedura de serpiente, incluso la de la gran mamba negra.

Inkosi-Inkosikazi volvió a asomar la anciana cabeza por la ventanilla y agitó con impaciencia el espantamoscas.

—Iros al diablo, viejos cuervos estúpidos, cantad a Modjadji, la reina de la lluvia, este viejo hacedor de lluvia no ha conseguido arrancar al cielo ni una gota.

El gran automóvil negro se lanzó camino abajo, dejando tras él una nube de polvo.

Cuando terminaron las vacaciones, yo y el Abuelo Chook, que fue como le puse al pollo que me habían regalado, éramos prácticamente inseparables. Lo de llamar a un pollo «Chook» era un chiste entre mi madre y yo. Un primo lejano de Australia nos había mandado un montón de fotos, en una de las cuales se veía a un niño pequeño, no mucho mayor que yo, dando de comer a las gallinas. En la parte de atrás de la foto decía: «El pequeño Lennie, alimentando a los chucks en la granja de Wagga Wagga». Por eso mi madre y yo les habíamos puesto Wagga Wagga a los dos viejos patos que andaban siempre juntos graznando por el corral de la granja, y habíamos empezado a llamar «chucks» a los orpingtons negros del abuelo.

Así que me pareció que Abuelo Chook era un nombre espléndido para aquel gallo flaco y viejo que venía corriendo en cuanto yo asomaba por la puerta de la cocina. No había ninguna duda, se había enamorado de mí. Y no me importa confesar que también yo me sentía muy atraído por él.

Practicamos el truco del pollo un par de días, pero se lo aprendió tan bien que en cuanto yo trazaba el círculo en el suelo iba y se metía dentro y se echaba en él la mar de modoso. Creo que sólo pretendía cooperar, pero aquello significaba que yo había perdido todo mi poder. El Abuelo Chook era la primera criatura sobre la que yo tenía autoridad, y de pronto, el animal, que no tenía nada de tonto, había encontrado un modo de ponerse a mi altura. Resultaba bastante irritante, la verdad.