La puerta encantada
5. La Puerta Olvidada
OMBRÍO aún tenía mil preguntas que hacerle a Ádamas sobre las espadas del destino, pero en ese momento había que hablar de otras cuestiones. Stellarius le pidió al gnomo información sobre el Ejército Oscuro y la
situación del reino.
—Veréis, el problema no es solamente echar a los nefandos y a su jefe —suspiró Ádamas rascándose la cabeza con aire afligido—. El verdadero problema es el cetro de la reina de las brujas…
—¿Qué cetro? —preguntó Robinia.
—Por lo que parece, hace mucho tiempo, la Reina Negra se hizo forjar un cetro. Un objeto de cuya existencia nosotros también nos hemos enterado hace poco y del que no sabemos gran cosa. Por lo visto, es capaz de generar pesadillas y de someter las mentes. Feldespato y Hornablenda encontraron un viejo baúl en el que había algunas notas de quien lo fabricó.
Stellarius reflexionó, taciturno:
—Debe de ser con lo que la Reina Negra logró modificar las piedras catalizadoras y abrir los Espejos de las Hordas.
—Por desgracia, tememos que pueda hacer cosas mucho peores. Cuando descubra cómo aprovechar todos los poderes de ese instrumento, nada le impedirá derrotar a las hadas… y el Reino de la Fantasía desaparecerá —concluyó Ádamas.
—Entonces tenemos que destruir ese cetro… —murmuró Sombrío.
—Si es que es posible —respondió el gnomo con un suspiro—. Antes de nada, es preciso encontrarlo. A saber dónde estará guardado. Además, una vez lo hallemos, no será fácil acabar con él.
—Exacto… ¿Cómo haremos? —preguntó Régulus.
—Todavía no lo sabemos, pero Feldespato, Hornablenda y Sulphur están reuniendo información —dijo Ádamas encogiéndose de hombros—. Así que tengo que llevaros a la ciudad.
—¿Quiénes son Feldespato, Hornablenda y Sulphur? —quiso saber Robinia, a la que esos nombres le sonaban muy raros.
—Ah, perdonad. Sulphur es el maestro fundidor, Feldespato el maestro cincelador y Hornablenda es la mujer de éste. De todos modos, pronto tendréis oportunidad de conocerlos.
—Llegar al Reino de las Brujas no será fácil —susurró Sombrío, sumido en sus pensamientos.
—Pero al menos sabemos cómo hacerlo —contestó el mago—. Bastará con recorrer a la inversa el camino de conquista del Ejército Oscuro.
—Entonces, lo primero es encontrar la Puerta que usaron para llegar hasta aquí… Es esa de la que nos hablaste, ¿verdad, Stellarius? La Puerta Olvidada —preguntó Spica.
El hechicero levantó los ojos.
—Sí. Si estoy en lo cierto, está al final de la llamada Vía Oscura, un sendero que discurre por los montes de la Esperanza. No sé en qué reino nos encontraremos una vez crucemos ese pasaje, pero seguramente se trata de un reino sojuzgado. Muerto, quizá.
Ádamas asintió.
—Es probable. Nadie de las generaciones más jóvenes ha visto nunca esa Puerta, por eso se llama Puerta Olvidada. Y también se ha perdido todo rastro de la historia del pueblo que vive al otro lado; hay quien dice que tal vez ya estaba muerto antes de la llegada de las brujas, y quien asegura que fueron ellas las que lo destruyeron antes de venir aquí… —Calló un instante, luego se encogió de hombros y concluyó—: Pero por ahora, mi misión es llevaros con los maestros.
—¿Cómo haremos para entrar en la ciudad sin que nos vean? —preguntó Stellarius.
—Existe un paso bajo la muralla. Un pasadizo secreto que ni siquiera los nefandos han descubierto. Por ahí he salido para venir a buscaros. Una vez dentro, sin embargo, tendremos que ser hábiles para que no nos vean los guardias que patrullan las calles. La ciudad está llena de nefandos y jamás conseguiría haceros pasar por gnomos, ni siquiera con gorros de punta.
Los chicos se vieron obligados a reconocer que tenía razón: a todas luces, eran demasiado delgados para ser gnomos, sin contar con que, pese a que el Espejo de las Hordas los hubiese empequeñecido, no dejaban de ser más altos que éstos, ¡con gorro puntiagudo en la cabeza incluido!
En espera de que la tormenta amainase, decidieron descansar.