La reina Juana
Prólogo
Bethany Aram
La reina Juana
Gobierno, piedad y dinastía
ePub r1.0
Titivillus 26.04.2022
Título original: La reina Juana
Bethany Aram, 2001
Traducción: Susana Jákfalvi
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
A mis padres
Prólogo
Preguntadle a cualquier joven «¿Quién es la reina más famosa en la historia de España?» y la respuesta probablemente será «Juana “la Loca”». El interés por la reina como persona histórica se intensificó a mediados del siglo XIX, después de la publicación de una serie de documentos (la mayoría de ellos procedentes del Archivo General de Simancas) relativos a las cuatro décadas que Juana pasó en un palacio adyacente al convento de Santa Clara en Tordesillas. En cambio, pocas fuentes nuevas han aparecido impresas en los últimos cien años —esto, sin embargo, no ha impedido la publicación de una avalancha de nuevas biografías, casi todas basadas en el mismo repertorio restringido de datos.
El presente estudio, por el contrario, representa el fruto de diez años de continua investigación, en 55 colecciones diferentes de manuscritos, de una brillante y joven investigadora norteamericana que actualmente vive y enseña en España. Los archivos y bibliotecas consultados por Bethany Aram no están exclusivamente en España; también ha estudiado documentos en otros siete países -Bélgica, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Portugal y Estados Unidos- escritos en nueve lenguas (castellano, catalán, holandés, inglés, francés, alemán, italiano, latín y portugués). Tomados en conjunto, transforman por completo nuestro entendimiento de la reina y de su mundo.
La perspectiva internacional, uno de los rasgos más originales de este libro, es esencial para un correcto entendimiento de Juana, ya que la reina fue una figura de rango internacional. Viajó de una punta a otra de Francia, visitó Inglaterra dos veces y residió en los Países Bajos durante seis años (1496-1501 y 1504-1506). Llegó a ser reina no sólo de Nápoles y Sicilia sino también de Aragón y Castilla. Durante su vida, sus dos hijos reinaron en Alemania, Bohemia, Hungría, los Países Bajos y Milán, mientras que sus cuatro hijas llegaron a ser reinas de Francia, Hungría, Portugal y Dinamarca.
Aunque la mayoría de los estudios sobre la reina se centran en los años posteriores a 1506, durante los cuales Juana reinó pero no gobernó, Bethany Aram usa documentos de los archivos del Vaticano y de Lille, no consultados anteriormente por los biógrafos de Juana, para iluminar también los seis años que pasó en los Países Bajos. Estos años proporcionan importantes detalles sobre sus gustos y sobre su casa, así como sobre su piedad ejemplar (por ejemplo, su cercana relación con los conventos de las Franciscanas de observancia de Bruselas y Brujas y su personal intervención en asegurar una reliquia de Santa Leocadia para Toledo, su ciudad natal).
La lectura crítica de Bethany Aram de las nuevas y viejas fuentes sobre el período en que la reina residió en España también proporciona materiales nuevos y apasionantes. Sobre todo, sugiere que la decisión de la reina de «recogerse» cerca de las Clarisas de Tordesillas estableció un precedente seguido por varios de sus descendientes. Su hijo mayor Carlos abdicó y se retiró a un palacio conectado con el monasterio de Yuste en 1556; en el mismo año, dos de sus hijas, María de Hungría y Leonor de Francia, también entraron en conventos en España. Su nieto, Felipe II, incluyó un palacio en el complejo monástico de El Escorial, donde pasó la mayoría de los veranos durante las últimas tres décadas de su vida. Las dos hermanas de Felipe, María y Juana, también pasaron los últimos años de sus vidas «recogidas» en un convento de Clarisas.
La vida y carrera de Juana de Austria, la nieta y tocaya de la reina, ofrece un paralelo particularmente cercano e interesante. Nacida en 1535, sus padres decidieron desde muy temprano que se casaría con su primo, el príncipe Juan de Portugal, lo cual ella hizo «por poderes» en enero de 1552. Tres meses más tarde, Francisco de Borja cambió su vida. Borja, pariente suyo (Fernando de Aragón era su bisabuelo) y anteriormente duque de Gandía, ya había servido a la familia de Juana durante tres décadas. De niño fue a Tordesillas para proporcionar compañía a la hija menor de la reina Juana, Catalina, entre 1522 y 1525, y a partir de entonces sirvió a Carlos V y a su esposa Isabel de Portugal como cortesano y ministro antes de renunciar a todos los bienes materiales y hacerse jesuita. En la Semana Santa de 1552, el padre Francisco visitó Toro, donde Juana aún residía, y la dirigió en un intenso curso de «ejercicios espirituales» durante dos horas por la mañana y otras dos por la tarde. Después de esto, la joven princesa dejó de jugar a las cartas, a las que había sido muy aficionada, y no leyó más «libros profanos». En lugar de ellos, un inventario de sus bienes cuando abandonó Toro para ir a Lisboa en octubre de 1552 hace referencia a numerosas obras de devoción personal,
todas especialmente encuadernadas para ella[1].
En agosto de 1553, Borja visitó a Catalina, ahora reina de Portugal, y una vez más se reunió con Juana dedicándole uno de los tratados espirituales que escribió mientras estaba en Lisboa. Cinco meses más tarde murió el príncipe Juan y poco después Juana dio a luz al hijo póstumo de ambos. Casi inmediatamente tomó votos en la Orden Franciscana -tal vez como una manera de impedir que su padre planeara otro matrimonio (la princesa aún no había cumplido los veinte años)- y en mayo de 1554 aceptó regresar a Castilla y servir como regenta mientras su hermano Felipe se marchaba al norte de Europa (primero para contraer matrimonio con la reina María de Inglaterra y después para relevar a Carlos V en el gobierno de la monarquía).
La princesa viajó directamente a Tordesillas para ver a su abuela y citó a Francisco de Borja, quien entonces vivía a unos kilómetros en la residencia de la Compañía de Jesús en Simancas, para que se reuniera con ella allí. En dos días, el 9 y 10 de junio de 1554, la princesa persuadió a Borja para que fuera su director espiritual y para que le permitiera reemplazar sus votos de franciscana por los de jesuita (dos peticiones que generaron una animada correspondencia entre Borja e Ignacio de Loyola -nuestra única fuente sobre este tema-). En abril de 1555 Borja regresó a Tordesillas para ayudar a la reina en su última agonía (véase más adelante, Cap. 6). Al mes siguiente, cuando regresaba de Tordesillas después de la muerte de su abuela, la princesa Juana se detuvo por una noche en la residencia jesuítica de Simancas y se hospedó en la misma habitación donde Borja se había alojado.
A partir de entonces, doña Juana siguió escrupulosamente las normas de vida de jesuita, siendo
tratada dentro de la Compañía, por su propio deseo, como un miembro más de ella; tan severo
sistema de vida, seguido también por sus servidores, impresionaba profundamente a todo el que
pasaba por la corte, pues, como los propios jesuitas reconocían, ésta se parecía más a un convento
del que irradiaba una determinada religiosidad que al centro de donde emanaba el poder.
La princesa Juana y muchos de sus consejeros trabajaron intensamente para
incrementar la influencia de la Orden en España[2].
Borja también sugirió que la princesa debía fundar un convento, y en 1554 Juana le compró a su padre la casa donde ella había nacido (y donde su hermana mayor María había sido bautizada), y la convirtió en el monasterio de las Descalzas Reales. Borja le aconsejó que invitase a monjas del convento de Santa Clara en Gandía, su pueblo natal, por ser la primera comunidad que había introducido en España una estricta observancia de la primitiva regla de
Santa Clara. La primera abadesa de las Descalzas fue la hermana de Borja[3].
Cuando Felipe II regresó a España en septiembre de 1559, liberando a la princesa de sus deberes políticos, ella empezó a ir a las Descalzas a hacer «retiros». Éstos aumentaron en duración hasta que, después de 1570, hizo del convento su residencia permanente, con la excepción de visitas esporádicas a El Escorial. Mantuvo, sin embargo, su contacto con Borja, ahora General de la Orden Jesuita. Por ejemplo, en 1571, durante su último viaje a España, Borja visitó a las Descalzas «muchas vezes» y, poco antes de su muerte en Roma al año siguiente, la princesa y el General de los Jesuitas mantuvieron una correspondencia sobre un «asunto de conciencia» tan secreto que ya es imposible identificarlo con certeza. Mientras Juana estaba agonizando en 1573, exactamente como su abuela y tocaya la reina Juana, pidió que la
vistieran y enterraran con el hábito de San Francisco[4]. Diez años después, la hermana mayor de la princesa, María, regresó a España de Alemania, donde había sido emperatriz, y tomó residencia en las Descalzas Reales. Allí se interesó atentamente por la política que siguieron Felipe II, y más tarde Felipe III, en especial en lo referente a Alemania; pero también mantuvo una austeridad piadosa que impresionó a todos aquellos que entraron en contacto
con ella hasta su muerte en 1606[5].
Tan cercanos paralelismos familiares con el comportamiento de la reina Juana son significativos, porque sugieren que ella -como sus dos nietas-siguieron un camino religioso bien conocido en los Países Bajos y en España a comienzos de la época moderna: el «recogimiento». El término tenía muchos significados en el siglo XVI, desde el de creación de un «espacio» interior para la piedad personal y de reclusión impuesta de «mujeres públicas», hasta el de aislamiento voluntario en claustros de mujeres abandonadas o viudas ansiosas por preservar su «honor» y «vergüenza». Bethany Aram argumenta que muchas de las prácticas de la reina en Tordesillas -ayuno, austeridad en la vestimenta, silencio, soledad y vigilias-ejemplificaban la «recogida» ideal. Descubrió también que Francisco de Osuna, el más importante protagonista del «recogimiento» en la España del Renacimiento, atribuía estas virtudes a Juana en su popular manual ascético
Tercer abecedario espiritual [6] (más adelante, «Conclusiones»).
Todo esto seguramente sorprenderá a los lectores, porque algunos de los parientes de la reina y sus seguidores sistemáticamente desvirtuaban precisamente estos aspectos de «recogida» del comportamiento de Juana. Los veían como anormales (como efectivamente lo eran en un miembro reinante de la familia real) y procuraron retratar a la reina como incompetente, loca, e incluso poseída por el Demonio. ¿Por qué? Debemos recordar que, primero su marido Felipe, después su padre Fernando, y finalmente su hijo Carlos, todos tenían buenas razones para desacreditar a Juana y hacer que la declararan incapaz de gobernar. Debido a que los reinos de Castilla, Aragón, Nápoles y Sicilia la habían reconocido anteriormente como su soberana legítima, ellos sólo podían ejercer autoridad soberana si eliminaban los derechos de Juana. Todavía en 1555, algunos ministros de Carlos V temían que si el emperador abdicaba de sus títulos antes de la muerte de Juana, su hijo menor Fernando
podía reclamar la sucesión en algunos de ellos[7].
No hubieran necesitado preocuparse: Juana siempre se había esforzado por preservar los derechos de su hijo mayor. Después de la muerte de su marido en 1506, insistió en que su cuerpo fuese enterrado en Granada, y se negó a que lo enterraran en absoluto hasta que obtuviera lo que quería. Esto no sólo le aseguraba que no podía ser obligada a casarse otra vez, sino también conservaba el derecho de su hijo Carlos a la sucesión española -algo que su padre Fernando, de Aragón repetidas veces intentó minar-. Bethany Aram revela la historia del «apego necrofflico» de Juana al cadáver de Felipe, asiduamente propagada por su padre y sus partidarios, como una estrategia política. Asimismo expone los esfuerzos de los Comuneros de Castilla en 1520-1521 por manipular a su «reina propietaria» para que ejerciera su poder real y por lo tanto, en efecto, desheredar a Carlos, y muestra que la reina trataba a los Comuneros con un talento considerable, ni ofendiéndolos ni aceptando sus demandas. Para bien o para mal, los Austrias ganaron y mantuvieron el control de Castilla, en gran parte, gracias al firme apoyo de la reina a la que muchos historiadores han desestimado como Juana «la Loca».
A lo largo de este libro, Bethany Aram proporciona detalles sobre las relaciones de la reina con sus acompañantes y consejeros eclesiásticos, con sus sirvientes, con sus guardianes y con su familia en los Países Bajos y en España. La autora ilumina, clarifica y explica todos los aspectos de la larga vida de Juana a partir de la impresionante y amplia variedad de fuentes que ha reunido en todos los rincones del mundo occidental.
La prueba de un gran libro de historia es que explica un problema importante del pasado tan detalladamente que no será necesario ningún examen adicional durante una generación o más. Desde mi punto de vista, este libro supera la prueba de manera airosa. Los lectores que deseen comprender a Juana y cómo sus contemporáneos consiguieron gobernar a la reina no debieran buscar más. Todo lo que necesitan saber está en estas páginas.
Geoffrey PARKER