La semilla del odio

Javier Espinosa Robles · Capítulo 3 de 36

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La semilla del odio

1. La vida en Sadamistán

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La vida en Sadamistán

Bagdad, mayo-septiembre de 2002

Muchos de sus compatriotas consideraban a Salam Abid un afortunado, uno de esos contados y dichosos seres tocados por la gracia del único dios que existía en Irak; pero no fue esa la impresión que me transmitió aquel hombre encorvado, apurado y huidizo que examinaba con inquietud cada rincón de su oficina como si buscase ojos al acecho, orejas invisibles a la espera de un renuncio en el que sorprenderle.

Acodado en el ajado escritorio de su despacho, apenas veinte metros cuadrados de crudo cemento salpicado por muebles desconchados, el pintor y su oficina encarnaban un perfecto microcosmos del Irak de Sadam Husein. Una sucia mesa de conglomerado, sofás revestidos de pegajoso material sintético con mordiscos visibles en la gomaespuma, bombillas desnudas, tupidas cortinas acartonadas por un polvo tangible y una cortinilla de baño que, a falta de puerta, separaba la estancia de la habitación colindante, encarnaban los doce años de sanciones económicas que habían sumergido al país en la miseria. En su chaqueta ocre de los años sesenta, remendada con hilo de diferentes colores, y en su mentón recién afeitado se atisban la dignidad de una generación que llegó a estar en la cima gracias al petróleo, antes que los delirios de la dictadura le empujase al abismo del tercer mundo.

A través de su tosco inglés, aprendido a fuerza de ver las escasas películas que emitía la televisión del régimen, hablaban las ganas de huir del aislamiento, pero de su trabajo solo emergía una imagen, la misma que presidía las vidas de cada uno de los iraquíes: el omnipresente rostro de Sadam Husein.

Salam Abid era uno de sus más destacados retratistas y, gracias a ello, sobrevivía con cierta dignidad. Cuando era niño soñaba con ser futbolista, pero su madre le arrebató la fantasía a golpes de realidad. «No paraba de repetir que el deporte no hacía millonarios en Irak», recordaba aquel hombre grisáceo, clavando de forma tímida su mirada cargada de miedos y dudas sobre la periodista que le había puesto en el brete de relatar su historia.

Salam tenía la suerte de haber nacido con un talento que equivalía a una oportunidad entre un millón: sus manos eran capaces de retratar con fidelidad, casi con autonomía, cualquier cosa que concibiera su imaginación. La magia estaba en sus dedos, y desarrollarla le relajaba en los momentos de tensión. Su don era la única vía de escape de una realidad que le afligía, pero al mismo tiempo le condenaba a una posición que podía resultar tan tentadora como aterradora.

Cuando fue movilizado durante la guerra contra Irán [2], uno de los oficiales se fijó en sus bocetos y le pidió un retrato del presidente Sadam Husein, que terminaría presidiendo el cuartel militar de Basora. «La gente empezó a preguntar quién era el autor. De esa forma, me labré cierta fama», murmuró con ojos entornados, refiriéndose a un pasado que, en el caso de la antigua Mesopotamia, siempre fue mejor. Cuando terminó aquella contienda, Salam tuvo la osadía de enviarle una de sus más afamadas obras al mismísimo Sadam. «Fue en 1989. Devolvió el regalo recibiéndome en persona, junto a otros tres pintores. Me citaron en palacio y, tras horas de seguridad y esperas, nos invitaron a pasar a una sala. Cuando entré en su estudio, le encontré leyendo —rememoró antes de hacer una estudiada pausa con la que aumentar la intriga—. Era más alto, fuerte y apuesto de lo que le imaginaba —prosiguió con tono reverencial—. Nos miró y solo nos dijo una frase: “Quiero que me veáis en persona para que me reflejéis bien en vuestro trabajo”.»

Así fue como el raís cambió para siempre el futuro de Salam Abid. En Irak, la posibilidad de contrariar el más remoto atisbo de deseo del único líder, el hombre que llevaba 23 años dirigiendo el país, era simplemente inexistente o implicaba desaparecer para siempre en las entrañas de una prisión, y a Salam, además, le había comprado con 2.500 dinares de la época, el equivalente a 7.000 euros, una fortuna en la Europa de los años ochenta y noventa. Salam enterró sus ambiciones deportivas y se convirtió en una suerte de pintor de cámara de un dictador tan obsesionado con su megalomanía como con la persistencia de su régimen.

Salam voló a la par que Sadam. Ascendió con los años de gloria del raís, cuando el petróleo y las buenas relaciones de Bagdad con Occidente dispararon su riqueza y su influencia, y cayó en picado con los tiempos oscuros cuando, tras ocho años de guerra con Irán, el escarnio internacional

derivado de la invasión de Kuwait[3] empujó al país a las sanciones. Cuando le conocí, a finales del verano de 2012, Abid elaboraba unos diez retratos al mes, la mitad por encargo de instituciones oficiales, y la otra mitad de particulares adinerados: algo comprensible en un país donde resultaba obligatorio tener una imagen del presidente en cada casa, en cada edificio, en cada pared del más recóndito de los agujeros. Consciente del papel que le había reservado el azar, Salam presumía de su «alto nivel social», de los trescientos mil dinares que podía llegar a cobrar en sus mejores momentos, de las cuatrocientas imágenes del raís que habían creado sus manos —Sadam a caballo, Sadam de uniforme, Sadam de civil, Sadam acercándose a los niños, Sadam visitando a los enfermos, con una cámara fotográfica en mano, blandiendo un fusil de asalto…— y de las fiestas del Sindicato de Artistas que había frecuentado consagrándose como miembro vip de la sociedad iraquí.

Eran otros tiempos. Desde que se impusieron las sanciones, Salam, como el resto de artistas que compartían el deslucido estudio de la calle Saadoun, alimentaba su ego de recuerdos. Cada mes recogía, como el resto de la población, la ayuda alimentaria que correspondía a cada familia y sin la cual no podría alimentar a los suyos, porque la inflación había disparado los precios y los sueldos resultaban cada vez más endebles. Y luego estaban las sanciones, pretendidamente aliviadas por el programa «Petróleo por alimentos», un maquiavélico invento de la ONU que el propio secretario general de la época, Kofi Annan, admitía que no llegaba a cubrir las necesidades del 20 por ciento de los veinticinco millones de iraquíes pero facilitaba, eso sí, crudo a bajo precio al mismo Occidente que dictaba las reglas a la dictadura.

Llegué al país con el encargo de tomar contacto con la dictadura en previsión de una posible operación militar tras las amenazas directas del presidente George W. Bush después de los ataques del 11-S. El régimen iraquí, consciente del daño potencial que podía sufrir, abrió tibiamente su política de visados a contados periodistas —sin experiencia previa en el país — para comenzar a lanzar su propia guerra propagandística. Así logré entrar por primera vez en la antigua Mesopotamia, en mayo de 2002, para someterme a lo que se antojaba un experimento poco común: vivir durante algunas semanas en una de las dictaduras más férreas del planeta y tratar de constatar qué había de realidad y de ficción en las noticias que se difundían de ella en Occidente.

Fue fácil comprobar que ambas cosas se mezclaban intrínsecamente en el reino de Sadam, donde tras bajar del avión de Iraqi Airways, en la misma pasarela, resultaba inevitable pisar una consigna cuidadosamente trazada en el suelo, de forma que ningún pasajero pudiera esquivarla: «Abajo Estados Unidos». Las pertenencias de los contados viajeros occidentales que aterrizábamos en el Aeropuerto Internacional Sadam eran meticulosamente escudriñadas por agentes de civil, vestidos con trajes de paño de los años sesenta, que recibían con expectación a los visitantes antes de tomarse su tiempo para abrir cada cremallera y cada bolsillo de cada pieza de equipaje y, con una paciencia solo explicada por el más profundo aburrimiento y cierta curiosidad, procedían a depositar cada objeto en una mesa de madera. Muchos de ellos eran escrutados como si no los hubiesen visto antes. Era la única mujer de la fila —un amago de cola, dado que no éramos más de cuatro o cinco extranjeros en aquel vuelo que tomé en 2002— y mis pertenencias suscitaban un interés aún mayor. Cuando llegó mi turno, me resigné a la espera sabiendo lo que implicaría la apertura de mi mochila de trabajo. La cámara, los cargadores, la grabadora y el ordenador fueron inspeccionados desde cada ángulo antes de proceder a encenderlos y apagarlos. Cada batería y cada cable fueron minuciosamente revisados antes de regresar, en perfecto desorden, a la bolsa.

Cuando llegó el turno a la pequeña maleta con ropa y libros suspiré de alivio, pensando que sería cuestión de minutos. Olvidaba la pequeña caja de tampones que guardaba en el neceser, y que agudizó la expresión de perplejidad del rechoncho individuo a cargo del registro. Su mohín de desaprobación me llevó a intervenir. «No hace falta que lo abra, es algo personal», le expliqué con un expresivo ademán que ejerció el efecto contrario. Sus manazas rompieron el envase y procedieron a colocar algunas unidades sobre la mesa. Con los ojos como platos llamó a un compañero que se sumó al examen ocular de los tampones, antes de proceder a rasgar el papel que envolvía uno de ellos y pasar a diseccionar entre los dedos el tubo de tejido absorbente con el cordón que pendía del extremo. Un súbito calor se apoderó de mis mejillas. Las personas que aguardaban su turno tras de mí comenzaron a desesperarse, hasta que uno de ellos, que decía ser empresario y hablaba árabe, oyó la palabra «munición» e intervino. «¡No, no! Son cosas de mujeres, dejen ya de jugar con eso», dijo con tono de exasperación. Los rostros de los agentes adquirieron una tonalidad púrpura sospechando su utilidad y soltaron los tampones como si evitaran un contagio. En el Irak de las sanciones, lo más parecido a un tampón era una bala. Me tomé mi tiempo en recoger mis cosas, con media sonrisa en los labios y una íntima satisfacción, una vez que constaté que aquellos individuos no estaban por la labor de recomponer mi maleta. Cuando me giré hacia ellos por si deseaban algo más, movieron la mano con aspavientos en dirección a la salida sin mirarme a los ojos.

Irak era una suerte de parque temático dedicado a Sadam Husein. Calles, colegios, universidades, teatros, cines, hospitales, jardines e incluso barrios llevaban su nombre, y su rostro, en forma de pinturas, fotografías o estatuas, era omnipresente en cada rincón del país, como solía ocurrir con otras dictaduras árabes como la siria, la libia, la egipcia, la jordana o la saudí. Muchas veces me preguntaba cómo podría orientarse la población a la hora de localizar direcciones, dado que la mayor parte de edificios oficiales llevaban el nombre del dictador.

Magníficas infraestructuras salpicaban Bagdad. Muchos contaban cómo su reconstrucción fue la prioridad de la dictadura tras la invasión de Kuwait y la operación «Tormenta del desierto», prólogo de la ocupación estadounidense de 2003. A ellas se sumaban monumentos que alimentaban la megalomanía del dictador, que iban desde pretenciosas mezquitas con minaretes en forma de misil Scud o de Kalashnikov hasta el delirante Arco de la Victoria, compuesto por dos espadas cruzadas empuñadas por una reproducción a enorme escala de las mismísimas manos de Sadam. Se decía que las cimitarras son una réplica de las empleadas por Saad Ibn Abi Waqas, el general árabe que derrotó a los persas en el siglo VII. De cada arco pendía una enorme red de metal que contenía los cascos, a menudo agujereados, de los soldados iraníes que perecieron en la contienda. Algunos iraquíes decían que el proyecto original incluía las calaveras de los enemigos persas, pero resultaba imposible discernir si era uno de tantos rumores o si las autoridades habían sopesado realmente semejante posibilidad. El efecto, en cualquier caso, no habría cambiado mucho: la visión logra ser horripilante y chabacana al mismo tiempo.

Irak llevaba una larga década anclado en el pasado. Faltaban productos considerados por algunos «de lujo» pero también básicos como medicamentos, minerales o abonos catalogados como de doble uso, es decir, susceptibles de ser empleados tanto en la industria civil como en la militar. Eso explicaba la carencia de objetos tan simples como lápices: el grafito contenido en las minas estaba prohibido por las sanciones internacionales. Pero, sobre todo y por encima de todo, faltaba dinero para consumir.

Los concurridos mercados callejeros, tapados con toldos agujereados para repeler el calor del desierto, representaban un colorido repaso a la producción agrícola nacional y a las importaciones de los países que no participaban del embargo, pero la abundancia no se traducía en consumo. Muchos se acercaban, inspeccionaban, preguntaban precios y se alejaban con las manos vacías o con apenas un puñado de productos. Pocos transeúntes cargaban con bolsas. Años más tarde, un buen amigo iraquí relataba que algunos niños de provincias, la primera vez que accedieron a un cargamento de plátanos, les hincaron el diente sin pelarlos porque no sabían cómo se comían. «¡Nunca en sus vidas habían visto un plátano!», carcajeó, mirándonos de hito en hito en espera de nuestra reacción. Su risotada fue la única que se oyó en la mesa: los demás, árabes y occidentales, nos quedamos mudos, reparando en el daño que las sanciones hicieron a toda una generación.

La ayuda alimentaria distribuida por el régimen mediante cupones (aceite, arroz, sal, azúcar, legumbres, cereales y té dispensados en los comercios oficiales) era la base de la dieta del pueblo de Sadam para la clase alta y la clase baja, igualada —con excepción de la élite, un puñado de familiares y adeptos— en la represión y en la miseria. El desempleo rozaba el 65 por ciento tras el cierre de las industrias locales, arruinadas por la falta de importaciones, y la huida espantada de las empresas internacionales.

Acudí a los expertos locales en busca de datos que me ayudaran a retratar el país, sabiendo que en el reino de Sadam solo cabía la crítica hacia las políticas internacionales. El empobrecimiento derivado del embargo era un hecho indiscutible e injustificable. «El pueblo habría rozado la hambruna si no fuera por el racionamiento de los productos básicos», me explicó el profesor de economía Humam al Shamun, tan digno y empobrecido como el resto de profesionales iraquíes, desde su despacho de la Universidad de Bagdad. «Cuando se impuso el embargo, la disminución de la venta de petróleo y la paralización del sector industrial y agrícola redujo en cien veces el PIB. La producción se congeló, los precios se dispararon y los sueldos se redujeron a la mínima expresión.»

Los iraquíes se vieron así en la penosa tesitura de pasar de ser ricos a pobres de necesidad. Atrás quedaron los gloriosos años setenta y ochenta, cuando el petróleo y las buenas relaciones del régimen con Occidente permitían que la población fuera la envidia internacional. Los traductores de español que solían trabajar con la prensa, asignados por el régimen, presumían de sus visitas a España como estudiantes en aquellos años. «El Gobierno nos daba una ayuda de mil dinares mensuales, entonces unos tres mil quinientos dólares», me contaba Yaroub cada vez que rememoraba sus días como alumno en Salamanca, en 1981. «Hasta la invasión de Kuwait y el embargo, la vida en Irak era muy cómoda. Mi padre construyó nuestra casa del barrio de Al Adel en 1975 con cuatro mil dinares, unos catorce mil dólares, gracias a un crédito que le concedió el banco estatal sin intereses. Ese era el sistema entonces. Con el embargo, llegó la devaluación: tres mil dinares pasaron a equivaler tres dólares. Teníamos una casa alquilada en Adhamiyah desde los años ochenta por cien dinares al mes [unos trescientos euros]; en el año 91, con esos cien dinares solo se podía comprar una docena de huevos.»

La economía de subsistencia se había implantado en Irak. En la Federación de Mujeres Iraquíes, organización «no gubernamental, popular y progresista», según su responsable, Amisa Shafji, se ofrecían cursos a decenas de miles de mujeres para que pudieran «coser las ropas de sus familiares, nociones de agricultura para que cada una pudiera instalarse su propio huerto en casa y, para aquellas con más recursos, cursos de apicultura, informática o de técnicas empresariales, para ayudarles a emprender sus propios negocios».

La masiva presencia de mujeres en todas las esferas profesionales iraquíes contrastaba con su ausencia en muchos otros países del entorno. Féminas seguras y confiadas pululaban por los pasillos de instituciones oficiales, hospitales, colegios y comercios. Era frecuente ver mujeres sin velo, vestidas al estilo occidental y con una gruesa capa de maquillaje a cargo de empresas y oficinas, con subordinados varones. El más de millón y cuarto de afiliadas a la citada organización ponía de manifiesto el grado de independencia del que gozaba la mujer iraquí, incluso cuando la bigamia era una realidad en el país árabe. Las féminas eran respetadas y alentadas a trabajar y prosperar. Resultaba común ver a mujeres conducir sus propios coches y gestionar sus propios negocios, y también mantener a solas sus hogares ante la ausencia de los varones: muchas eran viudas de soldados que murieron en la guerra contra Irán o en la guerra del Golfo, otras acudían periódicamente a las prisiones para tratar de localizar a sus maridos, desaparecidos en las fauces del régimen.

El recuerdo del conflicto contra Irán ensombrecía el alma iraquí. Fueron ocho años de horror concentrado, espeso y sangrante, que se quedó alojado para siempre en la generación que lo padeció: niños reclutados por sus dirigentes para hacer accionar minas terrestres con la promesa de ir directos al paraíso; armas químicas que gaseaban a propios y extraños; hombres que morían —más de un millón, se repetía en Irak como un siniestro mantra— como reses, sin saber a quién defendían ni por qué entregaban sus vidas, en una decisión política que enterró para siempre cualquier atisbo de popularidad de Sadam. El daño económico de la campaña fue ingente: tres mil millones de dólares. Toda la modernización de los años setenta quedó devorada por los delirios de grandeza del dictador baazista que se creyó capaz de doblegar a los safávidas.

Cada casa, cada familia, cada iraquí había perdido en aquel absurdo conflicto, lo cual llevaría a muchos varones a desertar cuando, en 1991, tres años después del final de aquella guerra, el régimen les volvió a movilizar para invadir Kuwait. Sadam fingía preocuparse por sus «héroes de guerra», aunque solo un selecto puñado de los decenas de miles de mutilados se beneficiaban de su magnificencia. Visité por aquellos días las instalaciones deportivas del club de baloncesto Wadi Wissam al Mejd «Escudo de gloria», destinadas a oficiales amputados que se rehabilitaban mediante el deporte. Administradas por el Ministerio de Defensa y dirigidas por el Comité Olímpico Iraquí, presidido por Uday Husein, me recibió el coronel Karim Zhora, vicedirector del club. «El centro fue creado en 1984, durante la guerra contra Irán, y fue el primero de muchos —señalaba el paracaidista mientras fijaba su vista en los muchachos, una decena de mutilados de guerra impulsando con rapidez de vértigo las ruedas de sus sillas en busca de la pelota—. El deporte es la mejor forma de recuperarlos física y psicológicamente, y también les permite reconciliarse con la vida y hacer que sus familias acepten su nueva situación», proseguía el militar mientras los observaba en la cancha.

Según su testimonio, existían veintitrés centros parecidos en todo Irak, como existían dos barrios exclusivamente destinados para sus amputados de guerra vip dotados con todos los servicios de una ciudad. Ali Rida, de treinta años, aseguraba vivir en una de esas reservadas urbanizaciones, llamada la «Ciudad de la Gloria» desde que la primera guerra del Golfo le dejase sin piernas. «Apenas llevaba tres meses cumpliendo el servicio militar cuando comenzó el conflicto y fui destinado a la frontera con Arabia Saudí. Estando en mi trinchera, un misil estadounidense estalló cerca de mi posición. Pasé catorce días inconsciente —explicaba el orondo iraquí, sudando a mares en una pausa del entrenamiento—. Cuando desperté estaba en el hospital de Basora y tenía el cuerpo completamente quemado. Temía por mi cara, pero mis padres me dijeron que me recuperaría. Palpé mi cuerpo y descubrí que mis piernas ya no estaban ahí.»

En el Escudo de gloria unos noventa minusválidos, supervivientes de los conflictos a los que Sadam arrastraba a su pueblo, aspiraban a competir en los Juegos Paralímpicos. Cada uno desgranaba su historia, hablaba de sus éxitos y describía sus medallas y evocaba con sincera ilusión las competiciones deportivas que les habían sacado, aunque fuera por algunas semanas, de Irak. Nadie mencionaba a la dirección ni evocaba las torturas infringidas por el propio Uday contra los deportistas de élite que perdían competiciones o anunciaban su deseo de retirarse. El miedo envolvía cada mínima esfera de la cotidianidad en Irak y aquellos mutilados, con sus rústicas sillas de ruedas de veinte kilos de peso, eran afortunados en un entorno de carencias y restricciones que deformaba cualquier atisbo de normalidad.

Las sanciones habían creado un mundo paralelo en Irak donde los oficios convencionales no gozaban del recorrido que pueden tener en cualquier otro país. Irak se había llenado de obligados taxistas. Académicos, cirujanos, científicos u obreros, cualquiera que pudiese permitirse un coche tenía en sus manos la única salida profesional que le podía asegurar un extra en forma de proteínas en su magro menú mensual. En el colegio Al Quds de Aleshqan, los profesores admitían abiertamente que ganarían más transportando a gente que dedicando diez horas diarias a las aulas. «Mire, yo gano ciento cincuenta euros y antes de las sanciones ganaba el equivalente a mil quinientos. Pero alguien tendrá que velar por esta generación», admitía la directora, Hula Abas, señalando vagamente con la mano a la larga docena de chavales, con ropas roídas, que copiaban de pie en sus desgastados pupitres la lección del profesor con una disciplina casi marcial.

«Lo vemos en los niños. Tras la guerra del Golfo, comenzaron a abandonar las aulas para ayudar a sus familias. Les ocurre mucho a partir de los diez años: creen que no hay futuro y prefieren ganar dinero antes que estudiar», proseguía Abas, con un rostro prematuramente surcado de arrugas que hacían de su edad un misterio. En otro centro, el colegio Al Qaram, su director Abdel al Zhigouri confesaba avergonzado que su sueldo era menor del que podían percibir chavales sin escolarizar como Mohamed, de trece años, a quien encontré afanado en el taller mecánico donde sus diestras y diminutas manos cotizaban a la alza, con el rostro ennegrecido por una densa capa de grasa y humo.

«Trabajo aquí desde los diez años. Soy el mayor de seis hermanos y necesito ayudar a mi familia», confesaba limpiándose la húmeda nariz con el puño de la camisa, con cierto destello de orgullo en sus inquietos ojos de crío. Muchos de sus colegas adultos le miraban con una envidia poco disimulada. El adolescente no corría el riesgo de ser despedido: a su habilidad y su facilidad para aprender el oficio se sumaba su escasa ambición económica, lo cual convertía a los niños obreros en piezas codiciadas de muchos negocios. Los adultos no tenían tanta suerte. Para sobrevivir en el Irak de Sadam era necesario ser funcionario y, precisamente por eso, nadie culpaba abiertamente al régimen de la situación de penuria en la que se encontraba el país: oficialmente, Estados Unidos encarnaba al mal absoluto y aglutinaba el grueso de las maldiciones para evitar que, en caso contrario, uno de los muchos delatores con los que contaba el Gobierno denunciase al crítico por traición y este terminase desapareciendo en cualquiera de los agujeros negros del sistema opresor del Baaz.

A Manar la conocí en la boda de su prima, una sencilla ceremonia con zumos, bocadillos, organillo y flores de plástico celebrada en el oscuro patio de un sindicato local que alimentaba sus arcas alquilando el recinto para los enlaces de la clase obrera. La presencia de una extranjera, algo tan infrecuente en el Irak de Sadam, revistió súbitamente de interés la ceremonia y la joven, cubierta de maquillaje barato, se sirvió de su escaso inglés y su desbordante simpatía para atraerme a su mesa. Horas de conversación, risas y canciones más tarde me hizo comprender que allí no podía hablar con libertad pero me invitó a su casa, días después, para compartir más horas de charla. La única condición era acudir a la cita sola, lo cual implicaba librarse de la presencia del mainder, en la jerga oficial, aquel que acompañaba a cada informador como una sombra y que, aquella noche, me había dejado en la ceremonia confiado en que nadie podría comunicarse con una extranjera. Por puro aburrimiento y frustración, había solicitado que me permitiesen visitar algunas bodas para atisbar los lujos que podía permitirse una familia de clase media y otra de clase alta en una situación tan inusitada como el embargo económico, y las autoridades aceptaron por primera vez con entusiasmo, convencidas de la inocencia de la petición.

Era parte del juego impuesto por el régimen a los contados periodistas autorizados para adentrarse en el reino de Sadam. Debíamos pedir permiso para cada entrevista, cada visita, cada salida del hotel, una forma de censura de la que se aprovechaban las autoridades. Muchas, la mayoría de las propuestas que planteábamos en aquellas tediosas y cínicas reuniones con los responsables del Ministerio de Información, recibían un no como respuesta. Forzando mucho las sonrisas, la adulación y las promesas sí era posible recibir autorizaciones para visitar el Bagdad que Sadam y los suyos querían mostrar: desde el Palacio del Líder Triunfal, museo épico de las hazañas del presidente donde se exhibían fotografías y obsequios de Estado, hasta el hipódromo, pasando por colegios, hospitales bien aleccionados sobre las visitas de extranjeros o celebraciones como el enlace en el que conocí a Manar.

El reportero era acompañado por un oficial del régimen encargado de la traducción —siempre libre, a juzgar por las interminables parrafadas que solían elaborar los entrevistados para ser interpretadas con un lacónico y uniforme «Sadam es nuestro líder y daremos nuestra sangre por él»—, de ilustrar la visita con propaganda, de ahuyentar a cualquiera que se atreviese a salirse del guión y, al final de la jornada, de elaborar el minucioso informe del que dependía la renovación del permiso de estancia. Resultaba complicado librarse del agente pero no imposible: el día señalado, caída la noche, bajé discretamente de mi habitación del hotel Rashid y deslicé la nota con la dirección de Manar a Ahmed, mi conductor, que dormitaba al volante de su Mustang ocre en el desierto aparcamiento. El joven suní, deportista, baazista de clase acomodada y con una única aspiración en la vida —casarse con una extranjera que lo sacase de Irak— negó con la cabeza. «Esto no está bien. ¿Dónde está tu escolta? Es peligroso irnos solos.» Una alusión a mi confianza ciega en su valor y a la incontestable seguridad que proporcionaba el régimen le impulsaron a tragarse sus recelos, introducir la llave en el volante y poner rumbo a Ciudad Sadam, el suburbio chií negado y abandonado por las autoridades, donde la completa ausencia de alumbrado público, la basura putrefacta abandonada y las calles sin asfalto contrastaban con el Irak autorizado al público que me permitían ver las autoridades.

Manar vivía con su familia en un tétrico edificio con olor a orina. Ante la falta de suministro eléctrico, la familia compartía en ocasiones especiales —y aquella lo era— un generador con la potencia justa para alimentar dos bombillas que pendían de sendos cables pelados sobre nuestras cabezas. Grandes manchas de humedad enturbiaban las paredes, y varios candiles proyectaban sombras extrañas en el hogar de la familia, donde un grupo de mujeres vestía sus mejores galas y esperaban sentadas alrededor de una larga mesa salpicada con platillos de ensaladas, encurtidos, hummus, crema de berenjenas y pan de pita. Lo primero que llamaba la atención era la ausencia de hombres, y la pregunta sobre ellos oscureció aún más el ambiente. «Están en el ejército», adujeron. Durante horas charlamos en defectuoso inglés sobre la vida en Occidente, el cine, los viajes, la moda y las libertades. Fue entonces cuando la conversación versó sobre Irak. Confesaron que el cabeza de familia y los dos hermanos estaban en prisión, acusados de traición por disentir con el régimen, y el rencor siguió ensombreciendo aquella estancia en tinieblas donde se mascaban más pesares que alimentos. Manar venció el miedo con una violencia inusitada ante la estupefacción de sus familiares. «Sadam nos está matando —silabeó consciente de las potenciales consecuencias de sus palabras—. Todos le odiamos, aunque no podamos decirlo en voz alta porque algo así nos costaría la vida. Pero créeme, en esto, todos los iraquíes estamos unidos: odiamos su régimen y a su familia, que solo han traído la ruina a Irak.»

Semanas después de nuestro encuentro, y arrinconado por la presión internacional, el dictador amnistió a todos los reos iraquíes, criminales y disidentes, en un desesperado gesto destinado a granjearse la simpatía de un pueblo que no estaba dispuesto a defenderle. Con mi visado expirado, vi sobrecogida las imágenes por televisión: miles de personas se congregaban ante las prisiones iraquíes en busca de sus seres queridos, empujando las enormes verjas metálicas custodiadas por guardias de uniforme ocre incapaces de contener aquella marea humana y confiados en que el miedo que seguía inspirando el sistema mantuviese a raya aquella desesperada multitud. Los presos fueron liberados de quinientos en quinientos para minimizar escenas de anarquía, y la tensión del exterior adoptaba múltiples formas pero ninguna parecía amenazar al régimen. «Sadam es el mejor hombre del mundo», atinaba a decir un reo en perfecto inglés, con su cuidado bigote al estilo baazista y su dishdasha blanca, antes de abrazarse a sus hermanos. Había pasado un año en Abu Ghraib, decía. Poco después la cámara enfocaba a un anciano encorvado de mirada digna y cabello níveo, que se apoyaba en un preso más joven para caminar: «Me encarcelaron por espiar para Arabia Saudí —contaba ante las cámaras—. He pasado dieciséis años en prisión», añadió, como si fuera una mera anécdota en su vida.

Los reos surgían en manada, con la incredulidad pintada en sus rostros, cargados con bolsas cargadas de las pertenencias acumuladas entre rejas: mantas, colchones, ropa… Ninguno se atrevió ante las cámaras a censurar el sistema que les había destrozado la vida: en aquel momento, no había críticas, solo loas al mismo tirano que los encarceló.

El miedo cimentaba la base del sistema político de Irak, y ahí radicaba el poder de la figura de la Mujabarat, omnipresente hacedora de vidas, que podía lanzar o arruinar una carrera en base a su humor, su celo o su interés. Algunos eran convencidos defensores del régimen; la mayoría, sin embargo, destilaban cierto oportunismo conformista y aprovechaban el trato con extranjeros para tratar de extorsionarlos con diferentes y enrevesados planes, como el que terminó llevándonos al hospital. Uno de los responsables del centro de prensa me propuso una visita a las afueras de Bagdad para asistir a un desfile en apoyo a Sadam, un acto que solía estar destinado exclusivamente a la televisión iraquí. Insistió en elegir al chófer; descartó a Ahmed, y se presentó personalmente a la hora indicada junto a quien ejercía en aquellos días como mi traductor, un hispanista rechoncho y desmotivado que solo sonreía cuando se aproximaba la hora de la comida, antes de elegir el restaurante más caro de la zona para ser convidado por su jefa a un opíparo almuerzo.

Montamos en un Chevrolet Mustang blanco, antiguo pero bien cuidado, conducido por un tipo grueso ataviado con dishdasha. Cuando ya habíamos abandonado la capital y ganábamos velocidad en la autopista, me percaté de la peligrosa forma de conducir que súbitamente había adoptado el conductor: se aproximaba en exceso al coche que nos precedía en la autopista y solo frenaba, con un suave volantazo, cuando parecía que estábamos a punto de estrellarnos. Tanteé hasta encontrar el asidero de la puerta y murmuré una queja antes de ver, casi a cámara lenta, cómo su último frenazo se producía demasiado tarde: al rozar el vehículo delantero, nuestro coche se sacudió violentamente hacia un lado para chocar con otros vehículos y terminar frenando en seco, atravesado en el arcén. Pese a un par de impactos en la cabeza contra la ventanilla y una abrasión en el brazo, estaba ilesa: mis compañeros se quejaban pero todos estaban conscientes y no había sangre. El responsable del centro de prensa salió renqueante y se sentó en el arcén; minutos después, alguien nos condujo a un centro médico de Bagdad, donde fuimos atendidos con tanta amabilidad y dedicación como falta de medios.

Días después, el conductor reapareció en el centro de prensa exigiéndome que pagase los daños de su coche para toparse con mi más férrea oposición; una semana más tarde, mi traductor acudió al centro —llevaba de baja desde el accidente— con un brazo entablillado y actitud doliente, lamentándose por su suerte; me llevó a un aparte para exigirme una indemnización. Comprendí que todo era una estratagema para embolsarse un ingreso extra y le despedí, amenazando con denunciarle por extorsión al responsable del centro, el malencarado Odei al Taiee, que solía presumir de la integridad del régimen frente a la decadente corrupción occidental. Se fue malhumorado, entre amenazas; nunca más nos dirigimos la palabra salvo cuando la invasión era inminente y trató de reconciliarse, seguramente en busca de amistades occidentales en las que apoyarse si había un cambio de régimen.

La penuria económica era acuciante. El sueldo de los soldados no pasaba de los treinta mil dinares de la época, el equivalente a diez dólares. Del Irak de la miseria habían surgido empleos que décadas atrás se habían extinguido, fruto de la necesidad, la imaginación y el espíritu de supervivencia de una población sin recursos: desde reparadores de mecheros —nada se tiraba en tiempos de sanciones— hasta buscadores de oro u homeópatas que recorrían el país en busca de plantas milagrosas, una evolución natural en un país donde apenas había medicamentos.

En el Hospital Sadam Husein de Basora, principal puerto y tercera ciudad del país, las mujeres no tenían miedo al parto, sino al momento de ver por primera vez a sus hijos recién nacidos. Eran tantos los casos de malformaciones congénitas que los doctores admitían que, tras dar a luz, muchas veces arrebataban los bebés a las madres antes de que adivinasen el rostro de las anómalas criaturas, que apenas sobrevivían horas. «Preferimos decirles que han nacido muertos», explicaba el doctor Amer Izza, director del centro, mientras vagábamos por unos tétricos pasillos en penumbra para aliviar las altas temperaturas. Aquellos niños eran consecuencia del uso de uranio empobrecido en la guerra del Golfo, negado por Washington pero confirmado por las investigaciones de la ONU y por los archivos de Izza, entre otros muchos médicos iraquíes. Tras saludarme educadamente en la puerta del centro, el médico me acompañó a su despacho y sacó de un cajón de su escritorio un pavoroso álbum fotográfico antes siquiera de comenzar a hablar. «Estas son las fotos del mes pasado. Juzgue usted misma», dijo antes de abrirlo y darle la vuelta, de forma que quedase a mi vista.

A medida que pasaba las páginas, se secó mi garganta. Las monstruosas imágenes de recién nacidos con graves deformaciones recordaban poderosamente a los nacimientos que sucedieron a las explosiones en Hiroshima y Nagasaki. Algunos habían desarrollado órganos vitales como pulmones o riñones fuera de sus pequeños cuerpos, como si un hábil y maquiavélico cirujano hubiera intervenido hábilmente cuando aún eran fetos. Otros habían nacido sin ano, o con mutaciones extremas en los órganos sexuales.

«Desde 1991, los casos de malformaciones en recién nacidos han aumentado entre seis y siete veces con una gravedad que nunca habíamos visto», explicó en tono monocorde. Mientras hablaba, me observaba pasar una página tras otra, enfrentándome a la visión de un bebé sin rostro con la de otro cuya nariz surgía de la frente, entre los ojos. «La gravedad de las malformaciones no tiene precedentes: tenemos muchos casos que ni siquiera estaban registrados en la literatura médica. Mueren horas después de nacer, o a lo sumo, al día siguiente», añadía en tono distante, casi conmiserativo, ante mi expresión de horror.

Según los datos de Izza, solo en su hospital morían unos veinte niños menores de un año por semana. El 90 por ciento de los bebés a los que asistía en el parto pesaban menos de un kilogramo al nacer. Su colega, el doctor Ahmad Abdul Fatal, se mostraba más visceral en su denuncia. «Cada mes ingresamos entre ochenta y doscientos niños con enfermedades directamente relacionadas con el uso de uranio empobrecido. Sobrevive solo el 10 por ciento, pero si las condiciones de Irak fueran similares a las de España, el cien por cien lo superaría», decía en tono de reproche.

Me acompañaron por las habitaciones del departamento de Pediatría y después me adentraron en los pasillos de Oncología, donde decenas de críos se consumían bajo un calor asfixiante. Salma, de once años, mantenía su menudo cuerpo encogido bajo una manta roja: en su rostro, una mueca de dolor que dibujaba arrugas en el entrecejo, para congoja de cualquier visitante que reparase en su bello e inocente rostro. La temperatura en Basora sobrepasaba los 42 grados centígrados y los ventiladores apenas lograban aliviar el calor, pero la pequeña seguía temblando ante el consternado semblante de sus padres, consumidos por la pena y el miedo. «Hace cuatro años supimos que sufría leucemia. Se le administró un tratamiento, pero un año y medio después empeoró. La fuerza de su enfermedad ha aumentado, y el embargo impide que lleguen a tiempo los medicamentos que podrían salvarla», me explicó el doctor Fares Abas, jefe de residentes, en un susurro destinado a no herir los sentimientos de la niña y sus familiares, que en cualquier caso no hablaban inglés.

«Para nosotros, su cáncer se ha convertido en algo imposible de curar — proseguía Fares con cierta desesperación—. Si hubiera más medicinas, sobreviviría. Es otra de las consecuencias de la guerra del Golfo, a causa del uso de uranio empobrecido», incidía el médico mientras recorríamos los tétricos pasillos poblados por familias aniquiladas, velando en vida a sus propios hijos. Los datos que manejaba el hospital indicaban un aumento del 220 por ciento en los casos de cáncer en Basora. «El cáncer ha afectado a familias enteras que carecían de antecedentes. Aparecen cánceres simultáneos en una misma persona o casos tan raros como el de una niña de tres años que desarrolló cáncer de útero. No sobrevivió —proseguía el médico—. Este injusto embargo y el programa «Petróleo por alimentos», que solo cubre el 20 por ciento de las necesidades mínimas, nos está matando. Deja a los hospitales sin tratamientos básicos como la quimioterapia, así que el 90 por ciento de los pacientes de cáncer muere». Estábamos dialogando frente a la cama de Karab, de once años y una delgadez extrema, perdida en su túnica de color ocre y con un dolor rabioso reflejado en sus ojos. «Necesitaríamos antibióticos, transfusiones, quimioterapia… y no tenemos nada. Lo único que puede hacer su familia es preparar su funeral», dijo el doctor, antes de encaminarse a otro pabellón.

Irak se antojaba un polvoriento universo maldito por el abandono y el castigo internacional, un cortijo familiar salpicado de episodios contradictorios que resaltaban aún más las diferencias retorciendo el estómago de sus ciudadanos. Ocurría cada vez que un reluciente deportivo destellaba a toda velocidad por las grandes avenidas, ignorando peatones, semáforos o cualquier atisbo de señalización de tráfico sin que los agentes osasen siquiera levantar la mirada. «Es Uday Husein», contestaba con monotonía el conductor zanjando de raíz cualquier conversación antes de que comenzase.

La diversión más conocida de los hijos de Sadam, Uday y Qusay, consistía en pasar largas veladas en su club hípico privado, el lugar donde los empresarios locales y extranjeros acudían a hacer negocios y a codearse con la élite. Alcohol, drogas y música abundaban en un lujoso pabellón fuera del alcance del común de los mortales pero situado en el recinto del hipódromo, donde los iraquíes aficionados a la hípica —uno de los pocos vicios permitidos en Irak y uno de los más antiguos: el primer club fue inaugurado en 1920— dilapidaban sus escasos fondos en la adrenalina de la apuesta los miércoles, viernes y domingos. Nada que ver con el club que frecuentaba la élite, que hacía las veces de discoteca y de centro de negocios. Una noche, un buen amigo árabe con conexiones con la familia Husein me pidió que le acompañase al exclusivo recinto para que pudiese echar un vistazo a una de las más exclusivas reuniones que pudieran concebirse en el Irak de Sadam. El personal apostado en la puerta le reconoció y saludó efusivamente, preguntando por la extranjera. Así comenzó una larga conversación en árabe tras la cual mi amigo reconsideró su propuesta. «No es seguro que me acompañes. Si Uday se encaprichase, la situación se me escaparía de las manos», adujo. Le esperé en el exterior, donde podía oírse nítidamente la música techno que amenizaba la velada del hijo del tirano, mientras contemplaba el Tigris. Desde allí, Bagdad yacía enterrada en la penumbra y la miseria mientras Uday y sus amigos se bebían la noche.

Con el hipódromo y los escasos hoteles de lujo reservados para la élite, los restaurantes del Tigris eran uno de los pocos reductos elegantes al alcance de los escasos iraquíes que todavía disponían de recursos suficientes para costearse un banquete. En una ocasión, el responsable de visados del centro de prensa, Mohsen al Tarfa, me invitó a almorzar para presumir de compañía femenina extranjera, algo insólito en el Bagdad del aislamiento. La ocasión implicaba una charla informal con un insider y también sopesar las posibilidades de ampliar mi trabajo en Bagdad más allá de las limitaciones que imponía el régimen, pero no tardé en descubrir que no había posibilidades de algo así. Al Tarfa me condujo a uno de los restaurantes del Tigris, donde las carpas eran empaladas y asadas lentamente en fogatas distribuidas por el suelo y alimentadas con leña. El baazista regó la opípara comida con arak, el licor tradicional de anís: el alcohol rebajó sus defensas hasta el punto de entablar una conversación política que, de haber sido publicada, le habría costado el puesto. El rubicundo oficial admitió la represión y reconoció la carencia de libertades, pero incidía en la responsabilidad de Occidente en el drama de Irak en una conversación inusual. Mencioné los deseos de venganza estadounidenses por el 11-S y la exposición de su país al odio revanchista de Bush hijo y su rostro se volvió granate. «Bush, Bush… De tal palo, tal astilla… ¿Qué tenemos que ver con el 11-S? ¿Qué tenemos que ver con Bin Laden? Y además, Estados Unidos ha sido atacado, sí, pero ¿cuántas veces ha atacado a los árabes?»

De regreso al centro de prensa, aproveché la ausencia de la Mujabarat para caminar por la calle Rashid, elegante, digna y decadente avenida comercial donde perderse entre cafés tradicionales, antiguas mezquitas y mercados resultaban una delicia. Tomé una calle lateral y una grotesca montaña de basura asaltó mi vista. El recorrido autorizado por el régimen no exponía las miserias iraquíes de aquella manera. Levanté mi cámara fotográfica pero un vecino salió de la nada, en bata y zapatillas, gritando «Soura mamnua» —prohibido hacer fotos, la primera expresión que aprendí en árabe— con sincera consternación. En pocos segundos, se percató de que estaba gritando a una extranjera y desapareció como una ráfaga.

Su arrebato de dignidad me recordó a Salam Abid y a su empeño por maquillar la realidad en aquel ambiente asfixiante. Evoqué su amabilidad extrema, forzada e irreal, el peso que vencía los hombros del pintor y el recelo en su mirada. El miedo en el que vivía Abid era común al de sus conciudadanos, pero había fisuras en el telón de acero impuesto por el régimen, por el trauma de las guerras vividas y por la necesidad. Cuando atardecía, de regreso al hotel, una joven vestida con hiyab y abaya negros que deambulaba como si no tuviera rumbo fijo posó su nostálgica mirada en mí, y un brillo de dignidad y orgullo le cruzó la cara. Me quedé observándola, a la espera de que completase el mensaje en clave que intentaba lanzarme, y segundos después se volvió de nuevo, con una amplia y confiada sonrisa. Con ambas manos se abrió el sobretodo, mostrándome la ropa que llevaba debajo: una chaqueta de color anaranjado y falda azul celeste. Era su reivindicación de su derecho a vivir en Technicolor, su íntima protesta ante un universo que parecía condenar a sus habitantes al blanco y negro.