La tejedora de coronas

Germán Espinosa · Capítulo 4 de 19

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La tejedora de coronas

Capítulo IV

 

Dicen que decía Hortensia García, poco antes de morir en un convento de Popayán, que ella no hubiera podido evitar el mirar con insolencia a fray Miguel Echarri aquella noche en que, todavía medio embozado en la capilla negra de su blanco sayal dominicano, y rígido como una estatua, sin atreverse a entrar, lo halló a la puerta de su casita de madera, metida en los vericuetos del arrabal de Getsemaní, de suerte que lo examinó de arriba abajo, preguntándose qué rayos podría querer con ella pasado tanto tiempo, pero la enterneció a la postre, según dicen que decía, su estampa arruinada y trémula, al punto de permitirle pasar y, no sin advertirle que si Diego de los Ríos se enteraba de que había venido a verla, de eso no albergara la menor duda, lo mataría, le preguntó en qué podía servirle, en qué cosa tan intrincada que se rebajaba a visitarla a tan altas horas de la noche, y él se bajó el embozo y mostró, torcida por la congoja, su cara de fantasma melancólico, para recordarle, a manera de proemio, con una rara humildad que nadie jamás barruntó en el secretario del secreto del Santo Oficio, cómo en otros tiempos fueron tan buenos amigos, pero ahora, ya era sabido, el tiempo aclaraba las cosas y el tiempo las oscurecía, ahora, aunque eso la sorprendiera, venía a humillarse ante ella, a implorarle de rodillas un favor en cuyo suceso se jugaba su vida, confesión tan extraordinaria que la hizo fruncir las cejas con desconfianza y, temerosa de que los años hubiesen descarriado la razón del dominico, servirle una copa de vino de una de las garrafas que allí mantenía de los Ríos, confiando en que con ella se calmaría, pero Echarri, bebiéndola a pequeños sorbos, insistió, como si para lo que tenía en mientes fuesen necesarios muchos rodeos, en que, bueno, ¿cómo empezar?, mal podría negar él cuan apuesta era, frente a su propia y pobre figura, la del gobernador, eso explicaba, al menos en cierto modo, el que ella lo abandonara para venirse a vivir con el alto funcionario, frases ambiguas ante las cuales Hortensia, que estaría cerca de los treinta años, pero era todavía garrida y rezumaba, de su cuerpo fragante como flor de campo, esa vigorosa sensualidad propia de las hembras curtidas en el amor, dejó escapar un ojos hay que de lagañas se enamoran, pero, viendo que lo ofendía, se apresuró a añadir que no, no era por él que lo decía, pensaba más bien que los amores solían entrar riendo y salir llorando, porque, sin remedio, nacían tocados de imbecilidad, y aquí prefirió detenerse, pues vio que Echarri la oía con tristeza y agachaba la vista a menudo, para indagar, más bien, en cuál cabeza podía caberle, pero no concluyó la frase, fue él quien la retomó, sí, en cuál cabeza podía caberme que amaras a de los Ríos, y no dio a la frase la menor expansión, como si se tratara de una fatalidad más que debiera aceptar en todo aquel laberinto de amarguras, sino que agregó que no, que eso ya no le dolía, esa cicatriz estaba casi borrada por esa goma esponjosa que se llama el tiempo, momento en que Hortensia comprendió que, si lo dejaba seguir rodando por aquel talud, acabaría, sin saber cuándo, haciendo concesiones, de forma que no eres sincero, opinó, puede que yo no te atraiga ahora con igual fuerza que antes, pero conservas tu rencor hacia Diego de los Ríos, eso no lo borra ninguna goma ni ningún acto de contrición, y Echarri debió pensar en aquel instante, según dicen que Hortensia decía, de qué manera esta mujer jamás había exhibido sino sus verdaderos pero borrosos sentimientos, ni siquiera había adquirido una apariencia de barragana, sino que conservaba ese aire montaraz que lo sedujo, esa energía de hembra primaria que la colocaba por encima de cualquier sospecha de frivolidad, de codicia, de infatuación, pero en cambio la mantenía a la defensiva, como si supiera que todo aquello que poseía podía ser arrollado en un abrir y cerrar de ojos por un mal viento, así que prefirió no continuar con los rodeos y confesarle claramente que estaba siendo extorsionado, que sus funciones como secretario del secreto del Santo Oficio estaban viéndose entorpecidas por rumores, y aquí empezó a balbucear, rumores propagados, y debió esforzarse por seguir, rumores propagados acerca de sus, y ahora el esfuerzo fue arduo, rumores propagados acerca de sus costumbres, y la última palabra casi no consigue salir de su boca, rumores propagados acerca de sus costumbres privadas, a lo cual Hortensia le manifestó paladinamente que no entendía una palabra, y él aceptó que le repugnaba explicarlo, mientras tosía y se echaba todo el resto del vino, pero era preciso que supiera que el hombre con el cual vivía, el hombre que la sostenía, el gobernador en una palabra, se había enredado en un descocado negocio cuya consumación perjudicaría inmensamente a la Corona, en estos tiempos de guerra con Francia, frases que hicieron chispear los ojos de la mujer, ponerse tenso su organismo, pues imaginó, según dicen que decía, alguna despreciable zangamanga de esta sabandija inquisitorial, al punto que debió vencer el impulso de arrojarlo a la calle para reclamar, punzando como si mordiera, que alejara de ella esas historias, que si pensaba que con mentiras de comadres iba a apartarla del hombre a quien debía el poco lujo de que disfrutaba, estaba de ver, y Echarri, con angustia, se apresuró a encarecer que no, de ningún modo, esto iba muy en serio, porque de los Ríos se hallaba a punto de consumar un peculado con cierto cargamento de oro habido no sabía cómo por dos comerciantes inescrupulosos, y de hacer perder más de ciento sesenta mil reales de vellón a las Cajas Reales, ciento sesenta mil reales que eran ahora como sangre para el rey, te lo juro, Hortensia, te lo juro por el amor que te tuve y te lo juro por Dios, tú no prohijarás esta exacción a las arcas reales, cuando estamos a punto de hacer bochornosas concesiones a los franceses, cuyos ejércitos son más poderosos que los nuestros, y el semblante de la mujer, aunque no era española sino criolla, y mestiza por más señas, dicen que decía que se ensombreció ante la idea de la traición, pero indagó, escéptica, cómo probaría el inquisidor que todo no eran patrañas suyas, imaginaba acaso que no lo conocía, viejo escarbador de basuras, y Echarri depositó la copa sobre una mesa y dirigió a Hortensia una mirada deprecativa y dolorosa, para asegurar que, a su debido tiempo, demostraría en público que los cargamentos de oro habían sido embarcados sin pagar a las Cajas Reales los quintos correspondientes, de eso podía estar segura, pero sólo estaría en posición de hacerlo si ella le prometía algo, algo que debería hacer, no por él, que bastante odio le inspiraba, sino por el rey, y la mujer lo acució a desembuchar de una vez y no andarse con perífrasis, le parecía que estaba quebrando el huevo antes de aparejar el pan, si se figuraba que iba a tragarse sus historias así como así, y Echarri advirtió aún que, en realidad, no era algo que debiera hacer, sino abstenerse de hacer, y ella lo urgió, ya imperativa, a que lo soltara y veríamos, pero de una cosa podía estar cierto y era que no iba a perjudicar a su señor, al que le pagaba la casa y le colmaba la olla, y Echarri agachó la cabeza, estaba nervioso y se sentía, como nunca, humillado cuando le preguntó si, entonces, prefería perjudicar al rey, a España, y ella, nadie sabrá nunca cuan injustamente, razonó que, de cualquier forma, él no iba a denunciar ningún peculado, si existía, por amor al monarca, sino para vengarse de quien le había birlado la concubina, y te equivocas, dijo Echarri, con voz rota, seré lo vil y arrastrado que quieras, pero a España la amo con mis entretelas, mas ella se apresuró a opinar que, según sus cálculos, él carecía de entretelas, y el inquisidor ahora, poniéndose de pie, le pidió jurarle que, pasara lo que pasara, no gritaría en público sus intimidades de otros tiempos, no mancillaría su prestigio arrojando a la calle las porquerías o sublimidades sexuales que hicieron juntos, y entonces Hortensia García rió obscenamente, con risa que Echarri jamás le conoció en el pasado, y después de servirse ella misma una copa de vino, lo interrogó en minucia y con agrio sarcasmo sobre lo que deseaba ocultar, si esto, si aquello, con lo cual inició un pormenorizado prontuario de sus aberraciones, que Echarri se veía obligado a aprobar en el colmo de la humillación y de la congoja, y óyeme bien, figurón, concluyó, irguiéndose enrojecida y llena de cólera, si llegas a perjudicar a mi hombre, al que me colma la petaca y me paga los trapitos, si llegas a perjudicarlo no sólo divulgaré ésas, sino otras muchas cosas, y aquí vino un segundo prontuario, pincelado con falsedades tan monstruosas que el dominico le gritó horrorizado que no fuera baja y malvada, y ella le confirmó que lo divulgaría, pinche de inquisidor, de eso podía estar seguro, entonces el canonista, siguiendo acaso una repentina inspiración o tal vez porque comprendió que su ausencia en este momento trabajaría en un sentido más positivo que su presencia, alzó otra vez el embozo y ganó la puerta, anunciando que, en ese caso, correría el riesgo, aún tienes entrañas, Hortensia García, y si quieres puedo asignarte una pensión superior a la que te da el gobernador, pero pásmate, confío en ti, mírame a los ojos, no lo harás, hija de puta, no lo harás, ¿verdad que no lo harás?, y ella, según dicen que decía porque fue muy brusco el paso de Echarri de la postración a su habitual altanería, lo escupió a la cara y él tuvo que escurrirse por entre el dédalo de calles y sombras del arenoso y amurallado Getsemaní, hundido a esas horas en un silencio untuoso, un poco agorero, pero de aquello nada supimos nunca nosotros, ni nos hubiera interesado maldita la cosa, porque en nada nos hubiéramos imaginado que podía tocarnos un episodio más en la crónica corruptela de la administración de Indias, y habían de pasar años antes que yo, sólo yo de entre nuestro grupo familiar, compilara pacientemente la verdad para librar de infamias la memoria de Federico, en cuya compañía a la mañana siguiente, cuando el sol tocaba casi el cénit, divisé por fin las playas solitarias, también agoreramente silenciosas y requemadas de Zamba, con sus médanos en forma de media luna, moldeados por el viento del mar, de cuyas crestas se alzaba una nubecilla de arena, semejante a humo disperso, y sus esteros donde las garzas, sostenidas en una sola pata y con la otra encorvada y escamoteada bajo el plumaje blanco, parecían meditar en trance místico, en tanto picábamos espuelas a las cabalgaduras y nos encaminábamos hacia donde el mar se desovillaba en la playa, como se devana el sedal mordido del pescador, pero sin estirarse por completo sobre la arena sino enredándose otra vez en un reflujo espumoso y suave, pues aquí podríamos lanzarnos libremente al agua, los hombres por un lado y las mujeres por otro, sin los ridículos indumentos que era preciso llevar, entre burlas inevitables, en las playas de la ciudad, quiero decir que podríamos en una palabra hacerlo desnudos, incluidas las jovencitas, para quienes la mirada maternal de Cristina Goltar sería garantía de que no tentábamos la ira del Señor, aunque experimentáramos, de todos modos, esas imprecisas sensaciones de la desnudez en grupo, que aunque fuese de sólo mujeres a mí se me antojaba todavía un tanto pecaminosa, un tanto desafiante, porque desafiantes parecían nuestros cuerpos contra el viento como esas damas desnudas de los mascarones de proa, mientras nos amenazaba el mar con su ventripotente mugido de órgano eclesiástico, el mar encarrujado hacia el cual Federico tendía la vista al tiempo que su padre desplegaba en sentido inverso el brazo, para señalar al mío la vastedad de sus propiedades, que en adelante pensaban compartir, y proponer que disfrutaran primero sus bellezas naturales, luego las examinarían con ojos de negociantes, e indicar, en lontananza, la cabaña, hacia la cual ordenó a Bernabé llevar las mulas, ya conocía las caballerizas, nosotros íbamos a entrarnos al agua, ¿eh, Alcocer?, e imitaron a los jóvenes, espoleando a los caballos y haciéndolos trotar sobre las dunas, bellas como esculturas movedizas y tornasoladas por el sol cenital, y Lupercio seguía gritando al joven esclavo, que ya alcanzaba al galope la cabaña arrastrando del cabestraje a las mulas, no olvides ordenar el puchero de sábalo, que iremos hambreados, todavía recuerdo con lágrimas aquellos postreros días de felicidad, cuando el mundo aún parecía ingenuo y cubierto de rocíos mañaneros, en tanto Cristina, María Rosa y yo tratábamos de perdernos, cabalgando a mujeriegas, tras una alta duna sobre cuya cara convexa el viento arrastraba partículas silíceas de las suaves laderas para acumularlas en el lado opuesto, a fin de eludir a Lupercio y a Emilio, quiero decir a nuestros padres, que a horcajadas todavía en las bestias empezaban a desembarazarse de las ropas, y yo pensé que quizá Goltar añoraba, ahora que respiraba el aliento feral de la naturaleza, sus días de navegante, cuando tuvo que encarar un abordaje de los piratas del Gran Turco o sortear los traicioneros espejismos del Mar de los Sargazos, relatos que se complacía en hacernos a Federico, a María Rosa, a Cipriano y a mí, con todo lujo de detalles, cuando aún éramos niños y nos dejábamos sacudir por el viento huracanado de la fantasía, que nos permitía continuar aquellas aventuras por nuestra propia cuenta sólo que Federico, en quien parecían dejar una huella más profunda, había acabado trasponiéndolas a otro imperio, el del conocimiento, por cuyas comarcas fragosas e ilimitadas aspiraba a transformarse en una especie de caballero andante, cuyos dragones y malandrines serían la ignorancia y el fanatismo, a los cuales confiaba en poder traspasar con ese hierro puntiagudo y cortante, la razón, en la que él colocaba todas sus esperanzas, pues confiaba en que despejaría al hombre los caminos del porvenir, acerca del cual solía hacerse ilusiones tan frondosas como sólo volví a encontrarlas en el joven François-Marie Arouet, cuyas ideas, como pude inferirlo por la larga conversación que sostuvimos luego de hacerme el amor en la casa de huéspedes de la calle Saint-Antoine, eran extrañamente parecidas a las que Aldrovandi, de Bignon y sus dos enlutados amigos habían expuesto en la silla de posta durante el trayecto entre Marsella y París, o sea que, al igual que ellos, colocaba en un altar a la ciencia y a la razón, y oponía el sensus communis de los latinos al sens commun de los franceses, porque en aquéllos, según decía, significaba humanidad, sensibilidad, mientras en éstos había degenerado al punto de asemejarlos a ese caballero árabe que, no obstante ser un experto químico o un encomiable astrónomo, no dudaría jamás que Mahoma hacía las medias lunas metiendo en su manga la otra mitad, porque la conveniencia así se lo dictaba y el menoscabado sentido común se asociaba ahora ineluctablemente a la ventaja individual y no a la búsqueda de la verdad ni a la ventaja social, consideraciones que evidenciaban la erudición por él almacenada a tan lozana edad, la cual atribuía al cariño que en su infancia, gracias a cierto abate libertino que lo protegía, inspiró en la anciana cocotte et précieuse Ninon de Lenclos, quien al morir le legó dos mil libros para que empezara a formar su biblioteca, y esa misma noche me sometió a un interrogatorio harto minucioso acerca de las costumbres, las ciudades, la fauna y la flora de las Indias, pues aseguraba que, en su niñez, había llegado a creer, por culpa de una de sus nodrizas, que en América los vasos en que se bebía eran de diamante, los colchones en que se dormía de plumas de colibrí, las alcobas incrustadas de rubíes y esmeraldas, los carruajes tirados por carneros rojos, de oro sólido las mesas de los figones, las gentes de una tierna hermosura, enmarcadas por un paisaje de inaccesibles montañas, selvas de plantas carnívoras y ríos tan anchos como mares, así que deseaba volver esa imagen a sus debidas proporciones, en lo cual le ayudé lo que me fue posible, convirtiéndome a sus ojos en algo así como la anti-Scheherezada, a cambio de que me familiarizara con este otro mundo alucinante, el de París, donde las diferencias sociales parecían, a despecho de la tan ponderada cultura francesa, muchísimo más agudas que en nuestra remota Cartagena de Indias, donde uno acababa considerando a los esclavos como miembros de la familia o, al menos, tratándolos mucho más humanamente que lo que un gentilhombre francés a un mozo de cordel, y él rió de buena gana, porque le hacían gracia mis comparaciones que, haciendo gala de aquel escepticismo dialéctico aprendido con los jesuitas del Louis-le-Grand, se resistía a aceptar, tratando de hacerme ver que los mozos de cordel no eran marcados con fierros candentes como los negros en América, y que la Inquisición francesa estaba lejos de parecerse a esa hidra, esa bête noire en que se había constituido la española, si bien lo hice ruborizar al recordarle cómo un francés hizo chicharrones de carne y papel con nuestro Miguel Servet, por el delito de descubrir la circulación pulmonar y el inverecundo papel que juega la respiración en la transformación de la sangre venosa en arterial, pero eso para él, como suele ocurrir con los franceses, era harina de otro costal, así que decidimos lanzarnos a la calle para iniciar el aprendizaje parisiense que le reclamaba, y que ciertamente me proporcionó el joven Arouet de insuperable manera, pues recorrimos aquella misma noche los más desapacibles recodos del Mercado de los Cerdos, del Montfaucon con su espeluznante patíbulo, de la plaza de los Gatos, de la Cruz del Trohoir, del Mercado Palus con sus barracas alquitranadas, de la Plaza de Gréve donde aún se hacían hogueras de regocijo para celebrar por Reyes la fiesta de los locos, contemplamos a la suave luz de las estrellas la mole siniestra de la Sorbona, con su cúpula que mi acompañante decía estimar tanto como al Louvre y al panzudo Val-de-Grâce, el dentado perfil de ese centro de enseñanza teológica que, en Francia, había jugado en otros tiempos el mismo papel que el Santo Oficio en España y sus colonias, ya que Francisco I le otorgó el derecho de inquisición sobre las conciencias y el de condenar y proscribir los libros que juzgase heréticos, haciendo pender la pena de muerte sobre aquel infeliz en cuyo domicilio fuesen hallados, para lo cual poseían sus dómines o escolásticos esbirros derecho de registro, penetramos en el ovillo de callejuelas que circunda el sepulcro de los Santos Inocentes, donde salieron a nuestro encuentro gavillas de estudiantes borrachos, lanzando al viento su evohé, Dionysos, Attes Hyes, recorrimos profundos arrabales poblados de iglesias góticas, entre ellos el de Saint-Germain, con sus tres agujas románicas y, en uno de sus ángulos, el puntiagudo campanario de Saint-Sulpice, cerca del cual se celebraban las ferias, columbramos desde alguna altura los tejados pruriginosos de las casas agachadas sobre el Sena y, por último, casi al amanecer, François-Marie me presentó, con galante ademán, la torre cuadrada de Sainte-Geneviève, de la vieja abadía donde reposaban las reliquias de la iluminada nanterresa, mi tocaya, patrona de París, que procuró víveres a los desvalidos y aterrorizados pobladores de Lutecia a despecho del asedio de las hordas de Atila, y que mi amigo, con ligereza juvenil, había incorporado a su literatura que, no obstante, poco hagiográfica sería a partir de este momento, y he de decir que, entre aquella noche y la siguiente, pudimos presenciar en los suburbios, y en el propio laberinto de la Cité, un duelo a estoque, dos atracos en pleno arroyo, el intento de violación de una niña de doce años, muchas tumultuosas borracheras estudiantiles y otras lindezas, antes de cenar, la segunda noche, en cierto figón de mala muerte donde todos parecían profesar gran respeto por mi acompañante, cuyos finos modales denunciaban su ubicación en la floreciente clase burguesa, como llamaban en Francia a aquélla, tan exaltada con cargos y honores por Luis XIV, de los comerciantes o fabricantes medianamente acomodados, como la llamaban quizá en memoria de los burgos de otros tiempos, aquellas famosas comunidades municipales que, protegidas por privilegios concedidos por los soberanos, procuraban sustraerse al dominio del señor feudal, entonces, mientras terminábamos el endiablado potaje y acometíamos los filetes, el señor Arouet me participó que, aquella noche, debería asistir a una reunión de gran trascendencia para él, cuya duración, sin embargo, no pasaría de la hora u hora y media, de suerte que, si así lo prefería, podría acompañarlo y aguardarlo en alguna antesala, idea que me pareció bastante aceptable, pues no deseaba retornar al atroz sentimiento de soledad, lo necesitaba a mi lado en el cubículo de la calle Saint-Antoine, a lo mejor comenzaba a amarlo, de forma que lo seguí por muy tortuosas rúas, mal alumbradas por antorchas de aceite, hasta llegar a una de esas casas de argamasa y madera, con cariátides de roble que sostenían el alero, tan comunes en París, en la cual, luego de un interrogatorio misterioso a través de un visillo y de largas explicaciones acerca de mi presencia, nos hicieron entrar a un vestíbulo, cuya pared más amplia vi exornada por una mediocre pintura mural, que mostraba a una especie de monarca de la antigüedad, luego supe que al rey Hiram de Tiro, sucumbiendo bajo golpes que le eran propinados con una regla, una escuadra y un martillo, y no sólo se respiraba en la casa una atmósfera siniestra, sino que sus ocupantes, vestidos de negro, medio ocultaban con capuchas el rostro, y al mismo joven Arouet se le proporcionó uno de aquellos embozos, cuando me abandonó en una salita lateral, donde lo esperé por más de tres horas, oyendo de tiempo en tiempo el vocerío de una discusión que no prometía acabar nunca, hasta ser casi medianoche, y entonces mi joven amigo me despertó con cariñosa suavidad, pues caí profundamente dormida en un diván, y dijo que podíamos irnos, y advertí un grupo sombrío y sigiloso de gentes que se hundían en la semioscuridad de la calzada, entre las cuales me pareció reconocer a uno de los dos caballeros enlutados con quienes hice el viaje de Marsella a París pero creció mi perplejidad cuando ganamos la esquina y pude ver en una cartela el nombre de la calle, la del Cloîte-Notre-Dame, y comprendí que aquella casa, de la cual acababa de salir, era la misma cuya dirección me dejaron Aldrovandi y de Bignon para el caso de que algo necesitara durante su ausencia, así que deduje que la organización enigmática, cuya asamblea había tenido esa noche cumplimiento con la asistencia de mi joven Arouet, era la misma a la cual pertenecían mis amigos geógrafos y sus lúgubres cofrades, la misma que, de acuerdo con mis sospechas un tanto delirantes, quería asesinar a un tal señor Ramsay, secretario del arzobispo Fénelon, entonces el miedo se apoderó de mí y ya no supe si deseaba en verdad pasar la noche entre los brazos de mi nuevo protector, mi bourgeois gentilhomme, para usar una expresión del teatro francés, cuyo rostro joven y soñador me recordaba el de Federico y, marchando a su lado por entre el laberinto de la Cité, experimenté sucesivos escalofríos al imaginar, en aquella organización, una especie de sociedad satánica, en cuyas garras había venido a caer por culpa de mi irreflexión y de mi provincialismo, por culpa además de mi exacerbada lujuria, de aquel lascivo estigma que en mi carne estamparon los filibusteros de la Tortuga, el que me obligaba en otros tiempos a bañarme seis, siete veces en un solo día, para lavar mi cuerpo de la costra infamante, como había tratado de hacerlo aquella noche de tempestad, hacía quince años, en que la contemplación de mi desnudo en el espejo alto y biselado, unida al recuerdo de la desnudez africana de Bernabé y de la muy esbelta y criolla de Federico, me compelieron al acto angustiado, tralá-lá-lá, tras el cual sentí una soledad de ruinosos recuerdos y huí por el pasillo hacia mi alcoba y, apretada contra la cabecera de la cama, entre el fogonazo de los relámpagos y las descargas del trueno, oí los pasos intolerables que me buscaban y vi por fin la negra figura perfilada contra la claridad del pasillo, la negra, negra, negra figura que me arrancó un alarido y me borró el mundo, porque me invadió una sacudida eléctrica y me vi caer por un abismo sin fondo, con horribles visiones de sangre, y volví en mí recorrida por un nuevo y envolvente estremecimiento y con otro desesperanzado alarido que mis labios no llegaron a articular, cuando el carboniento visitante, ya junto a la cama, me sacudió de un hombro y pude ver entonces el rostro triste de Bernabé, atemorizado él mismo por el susto que me acababa de propinar, pidiéndome tranquilizarme, blanca, no tema, soy yo, a toda mi familia la hicieron huir o se la llevaron los piratas y me siento tan desamparado allá, en aquellas caballerizas, hágame un poco de compañía usted que también está sola como alma penante, y muerta de pavor lo estreché entre mis brazos, agradeciéndole que fuera él y no una manifestación de ultratumba, y me di cuenta que estaba completamente desnudo y emparamado por la lluvia y que su urgencia de calor, de amor, era ya tan irresistible como la mía, y acaricié, todavía galopante mi corazón, su áspera piel africana y todos sus atributos africanos, y lo supe tan próximo a mi corazón, porque había compartido con Federico, en casa de los Goltar, una infancia llena de presentimientos, y había quedado tan solo como yo, olvidado en el establo de negros de mi casa, comiendo de mis sobras, porque hasta el último de los esclavos de los Goltar y de los Alcocer, con su sola excepción, huyó para no ser asesinado o llevado por los malditos, lo supe tan próximo a mi corazón que renuncié para siempre a las advertencias piadosas de mi confesor, muerto también por los piratas, y por primera vez me dejé voluntariamente penetrar por un varón, por toda esa ternura desolada de Bernabé, y ya no sentí que la posesión infamaba mi cuerpo, sino al contrario, lo lavaba con bálsamos de pureza, le borraba las costras inferidas por los filibusteros, lo renovaba como un baño lustral, y sonreí al recordar que había pensado que se trataba del carboniento Satanás y no del pobre muchacho negro, que en silencio suspiraba por la blanca amita sumido entre el estiércol de las caballerizas, seguía a través de las ventanas la luz de mi palmatoria y me sabía desnuda en el cuarto de baño, me sabía sola y enervada como él, ansiosa de hombre como él de hembra, llenos ambos de esa aflicción metafísica que incuba la soledad, descalabrados nuestros espíritus como el cielo de aquella noche por los relámpagos, perdidos en un yermo de melancolía, así que nos estrechamos como dos hermanos en el dolor, bajo el tumulto celeste de los truenos, bajo el desorden luminoso de la tempestad, amedrentados por la fuerza silbante del viento que percutía en las ventanas, y le pedí permanecer allí conmigo por el resto de la vida, protegerme del desamparo cósmico, como también lo rogué, a pesar de todo, al joven Arouet, cuando dejamos la calle del Cloîte-Notre-Dame, pues su estampa de burgués gentilhombre y su juventud arrebatadora no parecían denunciar al oficiante de ninguna hermandad satánica, sino más bien a un alma altruista, que a la mañana siguiente, recordando nuestros éxtasis amorosos, me hizo ver cómo el mayor bien es aquél que nos enajena al punto de no permitirnos ninguna otra sensación, así como el mayor mal es aquél que llega al extremo de privarnos de todo sentimiento, y cómo ambos, que son las dos caras de la naturaleza humana, suelen presentarse con una duración tan fugaz que nos aturde, palabras que me hicieron preguntarme, en mi interior, si mi joven amigo no andaría capturado entre esos dos cuernos dilemáticos como en un indeciso vaivén, entonces decidí interrogarlo sobre la reunión de la noche pasada y el vínculo que pudiese existir entre él y mis amigos Aldrovandi y de Bignon y, desde luego, los luctuosos emisarios que nos abordaron en la posada marsellesa, y el joven Arouet pareció sinceramente sorprendido y luego rió a más no poder, insistiendo en cuan pequeño era el mundo y las excusas que debía a sus amigos geógrafos por haber retozado dos noches enteras conmigo, lo cual me angustió, pues empezaba a amar a François-Marie y, en cambio, jamás había amado a de Bignon ni a Aldrovandi, de modo que me arrepentía amargamente de haberle revelado las circunstancias de mi viaje a Francia y traté de encarecerle cómo entre los geógrafos y yo no existía otro lazo que el de la amistad, entonces me estrechó con cierta ternura y me dijo que, parbleu, no me pusiera así, que a ese famoso místico, y aquí cabría recordar cómo años después lo llamaría no ya famoso, sino fumoso místico, fumeux mystique, era Ramsay, nadie iba a matarlo, pero que sí tratarían de neutralizar la perniciosa influencia que ejercía sobre la organización, acerca de cuya índole, sin embargo, no logré sonsacarle una palabra, y que hablaría con nuestros amigos geógrafos para aclarar el destino que Genoveva Alcocer, la tejedora de coronas, debería cumplir en la populosa París, si sería aceptada y bajo qué condiciones en la organización, pero que no me inquietara, pues había caído en las mejores manos de Francia, y miré las suyas delicadas, como de cortesano, manos de escritor, de poeta, manos tan finas como las de Federico, surcadas por azules venas por donde la sangre debía fluir como un rítmico río de coraje, de inspiración, de poesía, y de pronto comprendí que lo amaba tanto que casi llegaba a amarlo tanto como a Federico, pero no, nunca como a Federico, nunca como al adolescente de pelo castaño que puso mi nombre a un planeta, el muchacho que me inició en los secretos del cielo y del mar, de aquel mar en que, separadas de los hombres por un largo trecho de playa y de dunas, me interné aquel mediodía remoto, en compañía de María Rosa y de Cristina, quiero decir su madre, todas desnudas como un trío de nereidas, Anfitrite, Calatea, Tetis, y llené de aire los pulmones para zambullirme en ese mundo no descrito aún, casi relegado al dominio de lo fantástico, feudo de monstruos desconocidos y de extrañas criaturas resbaladizas, mucho más hermoso quizá que nuestro mundo habitual, esos profundos señoríos que Federico me había enseñado a amar, donde, como una arborescencia de fantasía, se multiplicaban las formas ramosas, para darnos la impresión de hallarnos rodeados por una vegetación tentacular, succívora, cuyas fauces ubicuas podían de pronto abrirse para engullirnos, pues a mi lado se movían ciertos penachos respiratorios, espiralados, indicio de una vida animal cuya apariencia, sin embargo, no lo era, sino que daba más bien la sensación de árboles o de plantas pensantes, plantas capaces tal vez de trasladarse a su antojo en procura de alimento, como si los bosques del mundo un buen día echaran a andar, ante el pavor de las buenas gentes, y ahora advertí el trabajo que me costaba exhalar el aire con la necesaria economía, vi las burbujas de mi respiración ir a reventar en la superficie, pero pensaba en lo que Lupercio nos contó alguna vez sobre los pescadores de perlas de Ceilán, capaces de mantenerse bajo el agua tiempo mucho mayor que cualquier otro mortal, acaso los únicos familiarizados con esta fauna y esta flora, con estas formaciones coralinas, peligrosas para la navegación, estas especies de joyería cuya vida submarina era, con mucho, más diversa y hermosa que sus aplicaciones decorativas, y allí estaban, adheridas a las rocas, como esqueletos calcáreos y policromos, rojas, violáceas, parduscas, amarillas, mostrando en su ósea y llamativa consistencia oquedades limitadas por especies de murallas de donde iban, esqueleto adentro, ciertos asombrosos tabiques en forma de radios, en esta colonia numerosa, a cuyos costados las actinias movían sus inquietos tentáculos, de cuyo verdadero poder pocos estaban seguros, dando la impresión de cestas o de estrellas radiadas, de cuerpo blando y carnoso, en cuyo torno pululaban los pececillos como monedas escurridizas, y los ostiones de conchas rugosas reposaban en el fondo, como bastos estuches de interior nacarado, y las almejas, crecidas en líneas concéntricas que iban formando estrías en el cáliz invertido y puntiagudo, y qué de flores mentidas, qué de redes envolventes, como esparaveles de pescadores, pero crispables al tacto más suave, en este mundo del cual sabía el hombre tan poco como sobre el planeta Genoveva, que brillaría en el crepúsculo, en este mundo cuyo arcano se haría más complejo en la medida en que nos alejásemos mar adentro, misterio compendiado en el ojo bermejo, como rabioso, con que ahora me observaba un pez azul, que luego, coleteando, se perdió entre el dédalo de madréporas, mientras, allá, un pececito amarillo, de pintas verdes, mostraba su cara cornuda y sus aletas como élitros quebradizos, y sentí que el aire se me agotaba, pero quise ver más, allí estaban las jibias, de tentadores tentáculos provistos de ventosas, los peces de vivos colores, oro, plata, cobre, pero me sobresalté al ver alguno de cabeza al modo de largo hocico, desprovisto de aletas y de escamas, con muy afilados dientes, y me impulsé hacia la superficie, para sentir la delicia del aire inundar mis pulmones, y bracear hacia tierra para tenderme, la nereida Anfitrite, o Tetis, o Galatea, en la arena caliente y, una vez descansada, mientras Cristina y María Rosa se vestían aprisa y tomaban el camino de la cabaña, quiso el destino que me irguiera y me dirigiera, por entre un tramo de heridores guamachos que debí eludir a paso de coreografía, pues seguía sin vestirme, al cercano bosque de cocoteros, con la esperanza de tumbar algunos cocos y amortiguar con la agualeche el sabor, a ratos hostigante, del abstinencial pero paradójicamente suculento puchero de sábalo con que honraríamos el Jueves Santo, porque no podía adivinar la forma como se desarrollaban los acontecimientos más allá de las dunas, donde, como después me informó Federico, él y Cipriano, que eligieron para el chapuzón un rumbo distinto al de nuestros padres, libres ya de las ropas, habían pactado una contienda y convenido para ella el lugar, más o menos lejano, donde las olas, sin erizarse, formaban una cinta de espuma, y hacia allá bracearon con garbo de atletas y, aunque mi hermano fuera más avezado y musculoso, llegaron juntos al paraje blanquecino donde la nata marina parecía esponjarse como la leche hervida, pero faltaba el retorno a la playa y éste lo coronó Cipriano victoriosamente, mientras Federico se tendía acezante en la arena, y recordaba haber oído a un cangrejo azulenco, de buen tamaño, golpear el suelo con ruido de paso de gente, y aquello lo hizo saltar, las pinzas del animal eran grandes y amenazantes, sus feas patas traseras daban la impresión de paletas de rehilete, andaba de lado, yendo y viniendo en cualquier dirección, como si quisiera avanzar y retroceder no sólo en el espacio sino en el tiempo, prefiguración de nuestra fantasía, bien extraño animal de abdomen tan reducido en comparación con las antenas y las patas, entonces Federico se preguntó dónde los cangrejos tendrían el sexo y, según decía, no pudo evitar observar el suyo propio, encogido y virginal, así que para apartar las ideas encalabrinantes que acudieron a su imaginación, se arrojó otra vez al agua desde las rocas ásperamente labradas por el mar, cribadas por el trabajo lento de las olas y recorridas en sus intersticios por jaibas escurridizas, por la jaiba azul del Caribe, para nadar hasta cierta distancia y permitir a su cuerpo flotar como una balsa, la espalda sobre el agua, y el pecho apuntando al cielo claro, donde pocas nubes, muy blancas, modificaban al capricho del viento sus contornos vedijosos, imitando siluetas de monstruos de fábula o perfiles de viejos barbudos como profetas del Antiguo Testamento, y dejó aletear hacia ellas la imaginación para preguntarse si algún día, en máquinas de su propia invención, el hombre podría volar más allá de esas formas escarchadas que no eran sino vapor de agua, y acordarse de lo que oyó aseverar acerca de Leonardo da Vinci, que diseñó un artefacto volador, semejante al murciélago, en el cual realizó algunos vuelos, y recordar que Borelli, tal como lo relataban los viajeros a bordo de los navíos mercantes, y a él Borelli le preocupaba por haber sido uno de los primeros en señalar la trayectoria parabólica seguida por ciertos cometas, Borelli había descrito las leyes mecánicas del vuelo de las aves, y Besnier, un francés, un enemigo, decían que había construido un juego de alas accionadas con brazos y piernas, y él soñaba que alguna vez el hombre volaría como Dédalo, el mítico discípulo de Hermes que por primera vez usó velas de lona en lugar de remos y animó a las estatuas de piedra insuflándoles mercurio como Dios alma a los hombres, el legendario constructor del laberinto de Creta que, cautivo de su propio invento, escapó gracias a unas alas adheridas con cera a sus hombros, alas que le permitieron llegar sano y salvo a Sicilia, como el hombre llegaría adonde lo deseara después de hender las alturas profundas, y entonces, con esa idea de profundidad, volvió en sí y pensó que sentía el mar demasiado profundo bajo su cuerpo, porque, volando en inmediaciones del sol de las fantasías y de las maravillas, prendido a sus sueños como Dédalo a sus alas, sintió las suyas derretirse como las de Ícaro para caer en la cuenta otra vez de que flotaba sobre el traicionero precipicio marino, sostenido en mero equilibrio mecánico y zarandeado por las corrientes, que evidentemente lo habían arrastrado, pues allá, en la perspectiva, la playa no era ahora tan desértica como cuando la abandonó, sino que alcanzaba a divisar un bosque de nerviosas palmeras, más allá de las cuales descollaba un médano inmenso, y en esa dirección nadó, tratando de no calcular la distancia que lo separaba de tierra sino de fijar la vista, sin pensar, en el palmar y en la sinuosa formación de arena, hasta sentir bajo sus plantas primero el sedimento glutinoso y desigual, luego el arenal caldeado por el mediodía, sobre el cual se vio obligado a tenderse, con el corazón desbocado, pensando que Cipriano andaría ya en su busca, que no tenía con qué cubrirse, que pronto sería hora de reunirse con los demás, que ahora el aire parecía inmóvil, dificultando la respiración y recalentando aún más la playa, por la cual finalmente avanzó, en procura de la sombra de los cocoteros que alivió sus pies abrasados, pero lo hostigó inmediatamente con nubes de jejenes que asediaron sin clemencia sus tobillos, así que por eso no sintió quizás el crujido de los yerbajos sino que alzó la vista sólo al oír el corto y aspirado grito, pues frente a él había un espectáculo muy bello, es decir, me hallaba yo enteramente desnuda y con los brazos cargados de cocos, y creo que por un momento no logró reconocerme, absorto como quedó en mi pelvis sombreada, mientras a mí la pirámide de cocos se me iba al suelo como una catarata fibrosa y maciza, golpeándome uno de ellos el dedo gordo del pie, entonces lo vi pasear con lentitud la mirada desde mi ombligo hundido como el hoyuelo de un animalito de playa hasta mis pezones como pitones retadores, hasta mi cuello grácil y blanco, hasta mi rostro que lo miraba con perplejidad y terror, como si en lugar de Federico se tratara de un enemigo milenario, como si se tratara de la escuadra francesa, pero vi aflorar a su semblante un noble e inocente color de bermellón, que a los ojos de un tercero hubiera contrastado risiblemente con mi palidez, y en vez de obedecer el imperativo que crecía en mi espíritu, en vez de ceñirme a su cuerpo como me lo dictaban mis latidos más firmes, tal como me estreché apenas unos meses después al de Bernabé, nunca tan bello como el suyo, privaron en mí mis diecisiete años de formación cristiana y, naturalmente, la idea de ser aquel día, por cómputo lunar de la epacta, Jueves Santo, In Coena Domini, así que, sin saber cuándo, sin completa conciencia de lo que hacía, lancé un berrido tan fuerte y un lárgate no seas estúpido tan conminativo, que el pobre Federico, emitiendo una especie de sollozo, corrió desalado hacia el mar y se zambulló como una bala y lo vi bracear desesperado hacia la duna mayor, avergonzado como un malhechor sorprendido en flagrante, vi todavía su cuerpo desnudo aferrarse a unas rocas y huir por la arena más remota y se me oprimió el alma por mi pobre precoz astrónomo, pero que remedio, estaba escrito que serían otros los que a su amaño disfrutarían de mi belleza, otros los que podrían recorrer con harto mayor malicia los encantos de mi desnudez, por la cual paseó él, en esa breve ocasión, la mirada enceguecida de quien nunca antes ha visto desnuda a una mujer blanca, y yo, desdichada de mí, le estropeé la fiesta para siempre jamás, le corté las alas, lo mutilé malvadamente bajo el sol de abril, como hacemos tarde o temprano todas las malditas mujeres cristianas, todos estos infectos despojos de la beatería que no sabemos sino colocar cadenas y cepos donde no tiene por qué haberlos, y pueden imaginarse lo embarazoso que resultó para ambos aquel famoso puchero de sábalo que fue el último festín gastronómico que Lupercio Goltar pudo darse en la vida, y lo enfadoso de aquella tarde en que, oída en la ermita de la pequeña aldea vecina la misa conmemorativa de la Cena del Señor, durante la cual la Eucaristía se expuso en forma solemne en una capilla ataviada con velos y luces, no osábamos dirigirnos la palabra y tratábamos de esquivar el uno la presencia del otro como si fuéramos confidentes de una ignominia, y la tristeza de aquella noche, en la cual el cuarto creciente era ya una solevada antelación de la luna llena y Zamba bullía en un silencio de cacaotales, palmares y frondas fragantes de limoneros, de naranjos, de plátanos y de guanábanos de grandes flores blancas, mientras Federico y yo seguíamos eludiéndonos atormentados, y nos inquietaba aún más el esfuerzo que Lupercio debía realizar para movilizarse, asido por el mango el enrejado de alambre, en la dirección de los mosquitos que, con zumbidos obsesivos, pasaban a ras de nuestras cabezas e iban a aposentarse por segundos aquí y allá, para emprender otra vez sus vuelos curvos, raudos, enloquecedores, así que donde más al abrigo de sus picaduras estábamos era paradójicamente afuera, al aire libre, pues la fuerte brisa del Caribe los arrastraba y los obligaba a refugiarse en la maleza, sólo que entonces éramos embestidos por enormes escarabajos, de llameantes armaduras, en la parte anterior de cuyas cabezas podíamos a simple vista advertir una curiosa prolongación bifurcada y encorvada, sin hablar de las cucarachas voladoras que acosaban sin piedad y de lo alertas que debíamos permanecer en precaución de mordeduras de alacranes o de serpientes, a pesar de lo cual la noche era bella en su tenue claridad de muselina, bella también por el triple contrapunto, especie de imitación canónica, con que grillos, chicharras y sapos entretejían sus sonidos salvajes como entonando un cántico de la soledad, y en tanto Bernabé, que había traído una hoja grande de chaguaramo, cumplía como esclavo la ingrata función de espantar a los insectos, en mi espíritu crecía un alarido inaudible pero infinito, más agudo que el chirrido de grillos y chicharras, más fino que el silbo agudo del aire, porque deseaba pedir perdón a Federico y no me atrevía a hacerlo, porque se hubiera necesitado hallarnos a solas para decírselo y, en cambio, teníamos que oír a mi padre hablar con entusiasmo de su recorrido vespertino de la hacienda, en compañía de Lupercio, de suerte que ahora componía y recomponía proyectos sobre el establecimiento de graneros, la traída de bestias para separar pisoteándolos el grano de la paja, la instalación de un pilón para llevar arroz a Cartagena, el hipotético envío de pinas en gran escala a España, la compra de algunas reses y quizás de unos cuantos puercos, que aquí se podrían cebar muy bien y venderlos caros, ante la alegría de Cipriano, que aspiraba a pulmón lleno las tufaradas del mar imaginándose acaso él mismo en la faena saludable de traer el forraje, cebar a los puercos, pilar el arroz y preparar las eras, ilusiones todo lo plausibles que se quiera, máxime si se piensa que serían las últimas que ya podría mi pobre hermano alentar, pero que yo, con sólo suponerlas floreciendo en su mente de prematuro comerciante criollo, fatalmente condenado, por la inexistencia en Cartagena de Indias de escuelas que no fueran de primeras letras, a suponer que el sustento debía derivarse entre nosotros, como años más tarde habría de reprochármelo el muy zumbón de Arouet, de cultivar la tierra para hacer trueque por bienes fabriles, con sólo suponerlas floreciendo en su mente las juzgaba mezquinas ante mi congoja sobre todo, ante ese fulgurante planeta Genoveva que habíamos contemplado otra vez en el crepúsculo, en el cielo puro de Zamba, sobre el cual Federico, a quien su padre aspiraba a ver tras algún mostrador de ultramarinos o en un bien remunerado empleo oficial, tendría que limitarse a consignar, día tras día, sus observaciones, en una paciente relación que tal vez serviría más adelante a astrónomos de otras latitudes para comprobar la autenticidad de sus afirmaciones y entonces aplaudirían, me lo prometía en lo íntimo, al solitario observador que, desde un punto tan alejado de las capillas científicas, había logrado describir las peculiaridades de ese cuerpo sideral, tenido hasta entonces por una estrella más, pero sobre cuya índole real no abrigaba la menor duda el muchacho a quien amaba pero a quien eludía aquella noche porque me avergonzaba, no de haberme expuesto desnuda ante sus ojos, sino de haberlo rechazado una vez más, de saberlo abochornado y compungido por mi culpa, circunstancia que no escapaba a la mirada envidiosa de su hermana, la taciturna María Rosa, que parecía haber heredado el carácter lejano de su madre, pero que, en realidad, a mí me parece que trataba de llamar la atención de Cipriano, esfuerzo inútil, creo yo, porque mi hermano estaba lejos de dar todavía indicios de ser por completo vulnerable a las seducciones del sexo y, en cambio, parecía empezar a descubrir su vocación, con un alborozo que debía provenir, pobre, incomprendido Cipriano, de haber temido alguna vez que nuestro padre lo forzara a seguir la carrera de las armas, al fin y al cabo era costumbre que el hijo prolongara los destinos del progenitor, y eso, como alguna vez, muchos años atrás, llegó a confesármelo, lo turbaba en extremo, debía en honor a la franqueza aceptar que no poseía empaque de hombre de milicias, le gustaba lo práctico e inmediato, y ahora las cosas parecían cobrar otro aspecto, un cariz como de bucólica placidez, porque aquí, en Zamba, compartiendo quizás con Federico la explotación de la hacienda, podría envejecer feliz, al lado de alguna muchacha de nota, a la que imaginaba, creo recordar, de ojos muy oscuros y cabellos muy negros, o sea, lo contrario que María Rosa, sin meterse en litigios ni pendencias con nadie, muy severo con sus esclavos y mitayos, bastante complaciente consigo mismo, pues podría ir de tiempo en tiempo a Portobelo o a Santo Domingo a echarse una juerga donde no pusiera en juego su prestigio local, en fin, algo muy plácido, porque el pobre ignoraba las uñas que sacaría el sol y el aspecto que cobrarían las nubes, esas nubes que, diablo, todavía no anunciaban agua, como tampoco podría figurárselo esta atribulada tejedora de coronas que, cuando todos fueron a recogerse bajo los mosquiteros, aún se distrajo un poco por la playa, bajo la mirada providente de Bernabé, porque amaba en esos tiempos el tinte indefinido del mar nocturno y el dulce agobio de las estrellas, arriba, moviéndose con asombrosa precisión sobre los sueños y las desesperanzas de los hombres.