La tía Marquesa
Capítulo 4
–Vuélvete. – El baroncito había adoptado ahora el tono imperioso, frío y despegado de los Safamita-. Mírala -insistió-, esta hija que me diste mía es,
¿lo entiendes?, hija mía es. Yo la quiero y tú también debes quererla. ¿Lo has entendido? – Hablaba en voz baja para que no le oyeran las mujeres arrimadas a las paredes, temerosas y turbadas pero aguzando el oído.
Lentamente, el baroncito levantó a la recién nacida e inclinó la cabeza hacia ella. Los largos bigotes y la barba rozaron a la pequeña, ocultándola a las miradas ajenas, mientras le cubría las mejillas de besitos. La dejó sobre la cama, junto a su madre, y la tapó con la sábana de seda. Se incorporó y permaneció observándolas, la una junto a la otra. Por último, se inclinó para besar a su mujer: los labios secos de Caterina estaban contraídos, no se le abrían, y él tuvo que imponerse para introducir su lengua. Se besaron con pasión. Las criadas estaban acostumbradas a ese espectáculo, pero no las demás mujeres. Celestina y la nodriza los miraban, desasosegadas; ellos, despreocupados, siguieron besándose.
La pequeña, por descuido, iba deslizándose hacia el borde de la cama, pero en ese preciso momento el barón Guglielmo regresó a la habitación y su llegada puso fin a todo.
4
«De dineros y santidad, créete la mitad.»
En el castillo de Sarentini, doña Assunta Safamita ruega junto a sus mujeres místicas
Del castillo medieval de Sarentini había quedado bien poco, tantas veces había sido reconstruido en el curso de los siglos; era una enorme
edificación, llamada aún pomposamente «castillo».
Cubierto por un revoque de un tenue color rosa y rodeado de jardines arbolados, señoreaba casi benigno, como la guinda pálida de una tarta de requesón forrada de almendrado verde, en equilibrio sobre la colina en cuyas laderas había nacido en el siglo XVII el pueblo de Sarentini.
Incluso así dominaba e infundía respeto al pueblo situado en sus faldas.
Había sido construido sobre la colina más alta de las que se desprendían en racimos de las montañas del interior; las colinas iban descendiendo hacia la costa separando las fértiles tierras de la zona de Sarentini en dos valles. Uno bajaba ondulado para aplanarse después y acabar en el mar, apenas hendido por el lecho del río Tinto ya casi seco: el antiguo curso se reconocía por los cañaverales que crecían lozanos en el lecho pedregoso como una verde serpientilla sedienta. El otro valle, más amplio, oscuro y generoso, se ensanchaba hasta convertirse en campos de trigo, cercado por las montañas.
En cuanto recibió la noticia de que Caterina estaba de parto, doña Assunta Safamita se había retirado al saloncito, circundada por sus mujeres.
Se había negado a ir al palacio por un sentimiento de repulsa y pudor no muy distinto al de las monjas, y participaba en el acontecimiento a distancia, rezando rosarios y plegarias propiciatorias. Doña Assunta estaba en el sillón; las demás, casi acuclilladas en sillas bajas y duras dispuestas en círculo, cada una con su rosario en la mano, compenetradas y ansiosas, desgranaban las cuentas, repetían letanías, jaculatorias e incluso cantilenas dedicadas a santos verdaderos y espurios.
Esa clase de devoción coral ocupaba los días de aquellas mujeres, hembras resignadas a su condición de solteronas y viudas de cierta edad, y era para ellas fuente de serenidad y de consuelo. Con el pasar de las horas, sin embargo, había ido adquiriendo un tono ansioso y casi histérico. Las mujeres intercambiaban miradas atemorizadas, farfullaban, llenaban de suspiros las pausas para tomar aliento y susurraban en voz muy baja, por temor a los reproches de doña Assunta, numerosos «pobrecilla», «quién sabe cuánto estará sufriendo», «sin noticias aún», «esperemos que le viva»,
«los hijos son dolores».
Doña Assunta, a pesar de sus cincuenta años cumplidos, resistía tenaz y autoritaria: empezó a entonar el padrenuestro -con voz cansada pero firme-seguida de cerca por el mascullar de sus místicas y obedientes compañeras.
Sólo el ondear de las cintas blancas y almidonadas de la cofia sobre los hombros y sobre el pecho robusto traicionaba su emoción: de vez en cuando volvía la mirada hacia la puerta, esperando que alguien le anunciase la única y verdadera buena nueva: el nacimiento de otro varón como ulterior garantía de la continuidad de los Safamita. Ella nunca había dejado de sentir resquemor -ya desde un principio- a causa de aquel matrimonio, prohibido por la Iglesia y además, a su parecer, poco equilibrado, pero debía admitir que se había revelado feliz, y más lo hubiera sido si no lo hubieran amargado las dificultades de Caterina para llevar a buen fin sus numerosos embarazos. «Santificado sea tu nombre.» Pensaba en la mala suerte de su sobrina. Hija única, había pasado los años de su infancia en el castillo sin la compañía de otros niños y con la constante preocupación por su madre enferma. «Hágase tu voluntad.» Al quedarse viudo, Guglielmo no quiso volver a casarse y, unido morbosamente a Caterina, se había negado a mandarla al colegio de señoritas a Palermo, junto a sus primas. Su sobrina Caterina creció solitaria, instruida por Mademoiselle Besser, una extranjera de fe protestante -dos buenas razones para suscitar las sospechas de Assunta-, hasta que se desató la pasión por su tío. Tanto dijo y tanto hizo Caterina que Domenico volvió la espalda a su vida de soltero, a sus viajes y a sus amistades de Palermo para permanecer en Sarentini, hechizado por ella. Siempre había sido algo extraña aquella sobrina suya, una joven taciturna que prefería la soledad, la lectura y la música a la compañía de otras mujeres. De niña estaba obsesionada por las tortugas, y el padre permitía que infestaran la terraza, como si fueran las amas de todo. Tras la boda, Caterina permanecía siempre sola en el palacio y soportaba mal las visitas: parecía que sólo la colmara la compañía de su marido y más tarde la de Stefano, su único hijo con vida. Y sin embargo había resultado ser una esposa obediente, una buena ama de casa y una madre irreprensible; Assunta se daba cuenta de que algo no marchaba bien, la notaba distante, había en Caterina un no sé qué impenetrable, oscuro, casi trágico. «No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal.»