La tierra de Álvar Fáñez
Capítulo V: El esplendor de los Hud
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Capítulo V:
El esplendor de los Hud
El río. Las aguas del río Ebro fueron en las que se prendieron mis ojos y mis recuerdos al llegar a la ciudad de los Hud, sede del gran rey de Zaragoza, Al Muqtadir, a cuyo servicio íbamos a ponernos. Porque aquel era mi río, el de la cascada de Orbaneja. Sus aguas eran en las que yo me había limpiado de mi primer pecado de la carne, las del cañón donde había pasado mis primeros años con mi familia de los Fáñez, con doña Mayor, las que vivificaban mi solar y en las que se miraban nuestras casas. Pero aquí era inmenso, poderoso, acrecentado con caudales de cien cauces que bajaban desde las montañas del norte, las más altas e infranqueables, los Pirineos, que separaban nuestras tierras de Hispania del reino de los Francos, con nieves que prevalecían en sus cimas de manera casi perpetua y que ni siquiera se derretían en agosto. Aún en pleno estiaje, como era el caso, el Ebro nos dejaba asombrados. Pero no menos nos deslumbraba la ciudad que se acogía a sus orillas, aquella Zaragoza, que resumía el esplendor de los Hud, la dinastía de reyes moros que la gobernaba. Burgos empequeñecía al compararse con aquella inmensa concentración humana que albergaba a más de 20 000 almas. No había posado yo jamás la mirada en algo que ni siquiera pudiera parecérsele y no dejaba de girar la cabeza hacia uno y otro lado, encontrando a cada paso algo que me dejaba atónito. El deseo de conocerla y transitarla se apoderó de mí nada más darle vista y se acrecentó aún más cuando una brillante comitiva de caballeros árabes vino al encuentro de nuestra columna haciendo gestos de bienvenida y dando claras muestras de alborozo por nuestra llegada. En vanguardia del pequeño grupo venía un árabe de muy lujosas ropas, gesto amable y abierta sonrisa, que detuvo su montura ante Rodrigo y Álvar y tras saludarles ceremoniosamente en su lengua lo hizo después en la común de todos:
—Mi padre Al Muqtadir os da la bienvenida. Gustosamente en su nombre y en el mío os recibo en la ciudad de los Hud, y os abro las puertas de Zaragoza que desde ahora será vuestra morada y a la que juntos salvaremos de toda acechanza de nuestros enemigos.
Quien hablaba, lo pregonaba su rango y el estandarte que sus escoltas portaban, era Al Mutamin, el primogénito del rey.
Rodrigo y él se conocían y se percibía entre ellos cordialidad y simpatía mutuas. El castellano respondió, también con una amplia sonrisa en la cara.
—Se alegran mis ojos de volver a ver a un amigo después de tanto caminar entre enemigos, príncipe Al Mutamin. No podía esperar mejor recibimiento ni sentirme por el más honrado que el que nos ofreces viniendo a nuestro encuentro.
—Entraremos a Zaragoza juntos. Por la puerta del sur, la de Toledo. Tus hombres podrán aposentarse en ese arrabal, extramuros, junto a la iglesia de los cristianos, que llaman de las Santas Masas, y donde viven muchos que profesan vuestra fe. Los Hud respetamos a las gentes del libro y permitimos que practiquéis vuestros cultos. Hay espacio para todos, dos grandes cuarteles ya acondicionados, cocinas y cuadras. Pero tú, Rodrigo, y tus principales caballeros podréis alojaros en el palacio de la Zuda. Allí para ti y para quienes dispongas ha previsto mi padre un mejor acomodo y servidumbre precisa acorde a tu rango.
Entramos a Zaragoza precedidos por la enseña de los Hud —que me recordaba a la de Alfonso—, un león rampante dorado presidido por la media luna sobre fondo azul, bajo la cual íbamos a combatir en el futuro, y fuimos aclamados por las gentes que nos vitoreaban y señalaban con admiración y miradas de respeto nuestras fieras trazas. Nos veían como salvadores y el grito de «Sidi, Sidi» volvió a levantarse en el aire. Mi tío Álvar se volvió hacia mí y con una sonrisa complacida en su rostro austero y afilado alcanzó a decirnos a mí y a Félez Muñoz que cabalgaba a mi lado:
—Mejor aquí que en Barcelona con ese medio franco «Cabeza de Estopa».
Félez Muñoz y yo habíamos entablado a lo largo de aquellos últimos tiempos una fuerte amistad. Éramos parejos en años y compartíamos la condición de sobrinos, él lo era de Rodrigo y yo, a todos los efectos, de Álvar, pero además Félez era entre los rudos hombres de la mesnada uno de los pocos ilustrados, con gusto por el saber y de formas mucho más gentiles y atentas que muchos de nuestros compañeros. Aunque eso solo en el hablar y en el trato cotidiano pues era un auténtico rayo en la batalla, ágil y temible.
Desde la algara por el Henares había comenzado a conversar con él mucho más que con otros, había gustado de su ponderación y comprensión, del buen trato dispensado a los moros cautivos y me había sorprendido que tenía por las mujeres, aunque fueran musulmanas, una gran consideración y daba ante ellas muestras de cortesía. De hecho había afeado en Xadraq y cortado de raíz algún intento de los mesnaderos de propasarse con ellas a pesar de la estricta orden recibida. Habíamos conversado sobre ello y tras ciertos reparos no tuvo inconveniente en darme sus razones y pensamientos sobre lo que para él era una manera de amor más elevada:
—Comprendo, Fan Fáñez, que tras el combate sean las mujeres de los vencidos parte del botín y que con ellas puedan disfrutar los vencedores. Puede hacerse, pero la dama a quien damos nuestro corazón y ella nos lo entrega hemos de conquistarla de muy otra manera y no precisamente por la espada.
Eso me había dicho una noche de guardia compartida y con ladina sonrisa luego me había comentado algunas de sus intenciones.
—Tal vez en la gran Zaragoza de los Hud tengamos oportunidad de hacer la prueba. Quizás con una dama mora. Dicen que son muy expertas en las artes del amor y en complacer como nadie los deseos de los hombres.
—Sí, Félez, pero me han dicho que ellos las tienen encerradas en harenes, ocultas a toda mirada, que allí solo entra el rey o el señor de la mansión y que los sirvientes son castrados. Eunucos los llaman. Y que quien osa profanar tal santuario se queda raudo sin cabeza. O sin testículos.
—Solo los grandes señores moros disponen de harenes y de varias mujeres, su religión se lo permite, el resto, las gentes del común viven como cualquier cristiano y tendrán hijas, digo yo —concluyó con una de sus risas tenues.
Nos vitoreaban los moros de Zaragoza y yo no podía por menos de sentirme extraño, pero mi tío y los veteranos se mostraban en extremo complacidos y los jóvenes nos contagiamos pronto de aquella sensación de júbilo que inundaba la ciudad al paso de nuestra comitiva. Llegados a los cuarteles donde se había dispuesto el alojamiento, descabalgamos y nos dispusimos a encontrar acomodo y cuidar de nuestras caballerías. Pero no fue así, pues a nada Álvar estaba a mi lado y me reclamó al igual que a Félez Muñoz.
—Vosotros dos os alojaréis con nosotros en el palacio de la Zuda. Así lo ha dispuesto Al Mutamin.
Era un privilegio y desde luego en absoluto protestamos, aunque no se nos escapó en absoluto que tanto Rodrigo como Álvar habían hecho algo al respecto. Hubo algunas miradas de envidia entre nuestros compañeros, pero al fin y a la postre se entendía que quienes comandaban la mesnada quisieran tener junto a ellos a sus más allegados al igual que a otros caballeros de su confianza como fue el caso de Bermúdez, Antolínez, Gustioz, Galín García y la dupla de Álvarez y Salvadórez, junto a un pequeño puñado de elegidos, en total una docena.
Visto desde fuera, el palacio de la Zuda parecía por entero un recinto militar. Y así era. Estaba pegado a las enormes murallas de la ciudad que provenían de las mismísimas legiones de los romanos y que tenían más de 10 codos de espesor en algunos puntos. Más de cien torres, algunas de enorme diámetro, las señoreaban intimidando a cualquier enemigo. La muralla abrazaba un enorme cuadrado donde se cobijaban los edificios de los notables, las casas de la población más rica y las mezquitas. La Zuda, residencia del gobernador desde los tiempos de los primeros califas, era en realidad un imponente alcázar muy bien fortificado, que se encontraba en la esquina más noroccidental, pegada al propio río Ebro y constituía un elemento esencial de todo el gran recinto amurallado que protegía la ciudad. La muralla de Zaragoza era famosa en toda la tierra, tanto musulmana como cristiana. Nadie la había expugnado. Ni el gran Carlomagno logró hacerlo cuando se presentó ante sus muros.
Precedidos siempre por el príncipe Al Mutamin nos dirigimos a nuestros aposentos. La Zuda disponía, en efecto, de recintos destinados a usos militares pero también como residencia de los gobernantes de Zaragoza había ampliado y trasformado sus dependencias en un verdadero palacio. Entramos por la puerta de un gran torreón de muy gruesos muros y recios anclajes y penetramos en la alcazaba, tras ir cruzando sucesivas puertas todas ellas guardadas. En las caballerizas allí dispuestas dejamos cada cual nuestros dos caballos en manos de unos atentos sirvientes que se extrañaron de que fuéramos nosotros quienes quisiéramos descincharlos y dejarlos convenientemente atendidos de agua y pienso. En la mesnada de Rodrigo y en la de Álvar aquello era un deber casi sagrado y todos nos habíamos acostumbrado a procurar por nuestras monturas antes que de nosotros mismos.
Al Mutamin se había despedido ya de nosotros no sin antes anunciarnos:
—Cenaré esta noche con vosotros cuando estéis ya aposentados y hayáis tenido tiempo de asearos. El palacio de la Zuda dispone de buenos baños que confío os serán reparadores y placenteros. Mi padre Al Muqtadir no nos acompañará, pero mañana os recibirá en audiencia y os dará personalmente la bienvenida en el Palacio de la
Alegría[22].
Al caminar hacia nuestras respectivas estancias, a Félez y a mí nos había tocado compartir una de ellas, no salíamos de nuestro asombro al cruzar los jardines, donde el rumor de agua presidía los sonidos, cubiertos de cuidadas plantas, setos bien podados y arriates esculpidos conformando figuras geométricas. Florecían las rosas pero otras muchas plantas me eran por completo desconocidas. Sí alcance a distinguir y reconocer los aromas de algunas que desprendían un intenso olor que llenaba todo el espacio de fragancias. Rectángulos flanqueados de romero acogían en su interior grandes matas de espliego y otras más pequeñas de mirto, tomillo, comino, hinojo, cantueso, salvia y ajedrea. Junto a los pequeños estanques, comunicados por minúsculas reguerillas, crecían la menta y la hierbabuena junto a agrupaciones de lirios y jacintos y a cada cierto espacio, para procurar que no les faltara el sol, se alzaban hermosos frutales. Allí me fue dado contemplar por vez primera el naranjo, el limonero y el granado pero no faltaba en las esquinas nuestro olivo ni, pegados a las tapias, algunos hermosos emparrados de vid. Por las paredes trepaban hiedras y enredaderas. En los más recogidos rincones llamó mi atención otra planta que desprendía un maravilloso olor y no me resistí a preguntarlo.
—Son jazmines. Pero esperad a la oscuridad y que desprendan su fragancia las damas de noche. Su aroma endulza el aire y hará placentero el sueño de mis señores —respondió el criado, un joven apenas unos años menor que nosotros, que había sido asignado a nuestro servicio y que se identificó con un largo nombre del que creímos captar el final, Ben Tifarti y por Tifarti ya siempre le llamamos.
Nuestra estancia nos pareció por ella sola un auténtico palacio. Ni Alfonso en León podía gozar de algo semejante y nosotros éramos, aun privilegiados, los últimos del séquito escogido. Una sala central decorada con aquellos diseños y arabescos que me fascinaban, con sus ventanales celados por sus curvilíneas geometrías, con el suelo cubierto de maravillosas alfombras, sus paredes de riquísimos tapices y arcas, mesas y escabeles de las mejores y bien labradas maderas cuidadosamente dispuestas, se abrían por uno y otro costado a las dos habitaciones donde se encontraban nuestros lechos. Las riquezas que aquella sala atesoraba, en telas, lámparas, incensarios y todo tipo de adornos y refinados utensilios nos hacía desviar la vista y perder el paso. En una pequeña mesita contemplamos un tablero de ajedrez con sus piezas, figurando peones, caballos, torres y dos figuras señeras coronadas nos hicieron de nuevo detenernos. Las blancas talladas en marfil y la negras en madera de ébano.
—El tablero de ajedrez. El juego más sabio, el que practican los más ilustres de los árabes. La guerra representada en un tablero. El rey Alfonso sabe jugarlo. Le enseñaron en Toledo. Nada me gustaría más que aprenderlo —observó Félez.
Tifarti, atento, respondió al instante:
—Si gustáis yo mismo os enseñaré sus movimientos. Será un honor para mí el adiestraros en este arte. No soy muy hábil pero conozco al menos sus reglas. Ahora si así lo deseáis, mis señores, despojaros de vuestras armas, armaduras y ropas del largo viaje. Los baños están preparados. Todo está dispuesto, jabones y hasta perfumes y ungüentos si así lo deseáis, aunque me han advertido que esos usos los rechazáis los castellanos. Pero el baño os confortará y al regreso el señor Al Mutamin se ha complacido en regalaros para vuestro uso túnicas y calzado a nuestra manera, pero si me lo indicáis y preferís las vuestras dejadme tanto las sucias como las de muda y las prepararé para que las tengáis bien dispuestas. También os ayudaré a vestiros si tal es vuestro deseo.
No pudimos Félez y yo más que reírnos. ¡Mudas! Ya nos valía con poder lavar nuestro belmez y la cofia una vez al mes y disponer de dos camisas y otro par de calzas como mucho. Desde luego les vendría bien un lavado porque hasta para nosotros ya olían en demasía. Lo del baño, ¿qué se había creído aquel moro?, en absoluto nos disgustaba. Era pleno verano y no habíamos hecho otra cosa que sudar bajo el sol durante todo el camino desde el Poyo del Cid hasta Zaragoza. Pero lo de que nos vistiera aquel talludito mancebo ya sí que nos pareció del todo inadecuado. Contestó Félez:
—A vestirnos ya nos enseñó de niños nuestra madre y no va a hacerlo ahora hombre alguno. Nos pondremos gustosos las túnicas para esta noche pero mañana, al presentarnos ante el rey, preferimos llevar nuestras ropas castellanas. Adecenta alguna muda de lo poco que traemos. El ajuar de un guerrero no es el de un cortesano.
—Porque no sois unos Hud, mis señores. También a la guerra puede irse limpio y engalanado. Y vencer en la batalla, como mi señor Al Muqtadir las ha vencido. Por la voluntad de Alá, claro.
De nuevo reímos. Y sin más decidimos despojarnos de nuestros atavíos, que no eran los de combate desde luego, aunque a Tifarti se lo parecieron. Nuestras cotas de malla, armas y escudos, excepto la espada al cinto y las botas altas de cuero, habían quedado en principio en las caballerizas al cuidado de nuestros peones, pero decidimos hacérnoslas traer de inmediato a nuestros aposentos, pues nunca es conveniente para un mesnadero andar sin ellas a mano y menos en tierra mora por muy hospitalaria que ésta fuera. Así se lo dijimos a nuestro servicial criado que nos aseguró que a la mañana las tendríamos allí. Y partimos a los baños, tropezando al andar con los extraños calzados que nos pusimos en los pies, unas babuchas entendí que les llamaban y cubierto por túnicas y aparejados con unos lienzos para secarnos que también nos había entregado.
Entramos precedidos por Tifarti en un fresco recinto y, tras caminar por un pequeño pasillo abovedado, llegamos a una amplia sala donde ya nos esperaban algunos de nuestros compañeros entre los que no se encontraban nuestros tíos. Imaginamos que dispondrían de baños de uso exclusivo para ellos. Nos habían indicado que se alojaban cada uno en una de las pequeñas torres en el lado oeste del jardín, allá donde mayores eran la frondosidad del jardín y el frescor de la arboleda.
Los baños estaban compuestos por varias piletas, muy espaciosas, como grandes aljibes, forrados con azulejos de bellos colores azules, de cuyo suelo arrancaban hermosas columnas de mármol que sustentaban los arcos donde se apoyaba la bóveda. Al fondo se abría un ventanal por el que penetraba una luz tenue a través de celosías traslúcidas de alabastro. Todo daba al lugar un aire de sosiego y penumbra en verdad acogedor y discreto. En el agua y como dios los trajo al mundo chapoteaban sin pudor: Bermúdez, Álvarez, Salvadórez, Gustioz y montando más escándalo que ninguno el burgalés Antolínez, que parecía disfrutar como un cachorro revoltoso. Resultaba chocante ver a aquellos endurecidos guerreros, aquellas fieras del combate a los que yo había visto tajar cabezas, ensartar pechos y correrles la sangre por el brazo hasta el codo riendo como niños y jugando con el agua.
—Vamos, Fan. Esto no lo tenéis los Fáñez en Orbaneja, ni los Díaz en Vivar, ni lo tiene siquiera Alfonso en León.
—Pero vete tú a saber si no lo tiene Urraca en Zamora. La infanta seguro que lo tiene y que no se baña sola —contestó Gustioz.
Iba a contestar Bermúdez pero el hombre, tan impetuoso en el combate, tenía con el arranque de sus palabras dificultades y parecían atascársele en la boca. Aunque solo era al comienzo, luego se soltaba y lo soltaba todo casi como un torrente. Ese defecto, si es que lo era, le valía chanza de Rodrigo, su tío, quien lo distinguía con el mayor de los aprecios, era a la postre su portaestandarte y a quien entregaba su seña pero en broma solía dirigirse a él como Pero Mudo. Y conocedor de su atasco de comienzo, Bermúdez en muchas ocasiones permanecía silencioso. Pero ahora se arrancó al fin.
—No le faltará a Urraca tal pecado. Pero en el paraíso de los moros, al que dice que van cuando mueren en combate, que debe comenzar en algo así, no podría andar ella. Pues allí solo van las huríes, que son vírgenes y esa pájara ha conocido más varones y recibido más lanzadas que haya dado nuestra mesnada entera. Empezando por su hermano, que desde niño ya la adiestró en tales artes. Acaso no conoces el romance zamorano sobre ella, cuando amenazó a su padre, nuestro rey don Fernando, si la dejaba sin heredades: «Irme he yo por esas tierras/ como una mujer errada/y éste mi cuerpo daría/ a quien se me antojara/ a los moros por dineros/ y a los cristianos de gracia». Así se las gasta Urraca. Zamora le dio Fernando y ahí comenzó nuestra desgracia.
Fue a replicar Salvadórez, que al fin y al cabo tenía ascendencia leonesa y tal procacidad sobre la infanta le dolía, pero lo detuvo una palmada de su camarada Álvarez y un gesto amistoso de Félez, primo de Bermúdez, aunque fueran tan diferentes en maneras.
—No la defiendas, que eso lo han afeado a ella y a su hermano hasta los obispos en los púlpitos y les han obligado a dejar tan nefando pecado. Y además, algo incluso habrá tenido que ver con que nosotros andemos desterrados. Nada hace el rey sin su consejo.
—Pues entonces ¡viva Urraca! —gritó Antolínez—. Nuestra fortuna y este baño de califas le debemos.
Pasamos de un aljibe a otro, porque en cada uno el agua tenía diferentes temperaturas, de alguna caliente a la más fría. Y al final Félez, Gustioz y Antolínez hasta se aplicaron algunos aceites que por allí habían dispuesto los criados. Nosotros lo rehusamos pero no le hicimos ningún asco a un ánfora de vino que nos sirvieron en unas maravillosas copas de plata.
Resultó un vino recio que se pegaba al agitarlo en las paredes de la copa y que indicaba un cuerpo que era poderoso. Como además lo habían especiado al gusto moro yo temí por mi cabeza y por la cena con el príncipe y, en un arrebato de prudencia, recomendé a mis compañeros que nos lo rebajaran con agua y no nos trajeran más. No era cuestión de presentarse borrachos al convite. Félez Muñoz me secundó en ello y fue quien nos sacó alegres pero sobrios de los baños. Atardecía a nuestra salida y el jardín resultaba aún más delicioso que a nuestra llegada. Caía el sol y entonces, cuando su luz se diluía, se elevó en los minaretes de las mezquitas, sonoramente en una bien cercana, la voz del muecín convocando a los fieles a la oración. Nosotros marchamos presurosos a nuestras estancias para no molestar a los fieles musulmanes en sus rezos y abluciones.
Había descendido ya la penumbra. Pero aún permanecía en el cielo de agosto una leve claridad por el poniente, cuando regreso Tifarti para conducirnos al banquete. Nos encontró ataviados a la mora con aquellas largas túnicas de seda ricamente bordadas y nos condujo de nuevo al jardín donde ahora para iluminarlo se habían encendido algunas antorchas discretamente colocadas en los sitios estratégicos. Lo cruzamos hasta llegar a un alto muro almenado que lo separaba del verdadero palacio de la Zuda, donde residía Al Mutamin. Allí hubimos de cruzar una puerta que se abrió desde el otro lado, custodiada por dos guerreros armados, y que daba paso a un nuevo patio ajardinado mucho más grande y espacioso que el nuestro y al que atravesamos por un ancho camino empedrado y flanqueado por pequeños árboles de redondas copas, inundado todo por el rumor del agua, que surgía en fuentes y corría por pequeñas acequias y minúsculas cascadas. A cada trecho del recorrido soldados árabes de la escolta de Al Mutamin lo flanqueaban. Tras bordear un estanque llegamos a la verdadera entrada de La Zuda, esplendorosa a la luz de las antorchas que iluminaban su fachada. De alguna estancia, en los altos del palacio, comenzó a llegarnos una dulce música en la que creímos distinguir los acordes del laúd y no pudimos identificar otros instrumentos pues en nada se parecían a nuestras vihuelas y zampoñas. Sonaban como ayes lastimeros. Preguntamos:
—Es el sonido de las chirimías. Los músicos de Al Muqtadir, que ama ese arte, tocarán para vosotros esta noche. Es un gran presente. Sois afortunados.
Nos recibieron los sirvientes de Al Mutamin. Nos ofrecieron unos aguamaniles donde flotaban pétalos de rosa para que nos laváramos las manos y unas delicadas telas para secarnos, y nos condujeron a la suntuosa sala del banquete. Si en nuestra estancia nos habían asombrado las alfombras, éstas que ahora pisábamos las dejaban empequeñecidas por sus dimensiones, diseño y colorido. Allí nos esperaba el príncipe heredero de los Hud con hermosas pero ligeras ropas aunque bien enjoyadas y presididas por un espléndido collar de oro al cuello. Llevaba puesta una amplia túnica casi hasta los pies y una capa bordada en seda y oro donde predominaban los azules y amarillos, distintivos de los hudíes. Los adornos eran aquellas filigranas árabes que parecían dibujos pero que en realidad me habían explicado eran sus letras y, algunas, componían versículos de su texto sagrado. Ya había observado que esas filigranas eran el casi exclusivo elemento ornamental en sus edificios, así como las composiciones geométricas. Por ningún lugar era posible ver una representación de figura humana o divina alguna. Su religión lo prohibía.
A una señal de Al Mutamin unos sirvientes nos ofrecieron zumos de diferentes frutos y yo saboreé uno delicioso de granada. Félez Muñoz eligió el de sandía y me encareció para que lo probara.
Nos acercamos al príncipe quien tras hacernos una leve inclinación, a la que bastante torpemente por cierto correspondimos, nos saludó en su lengua:
—Assalamu alaikum.
Y luego en la lengua común de todos:
—Sed bienvenidos a mi casa.
A ello Félez primero y luego todos, pues la fórmula la teníamos bien sabida, correspondimos muy ceremoniosamente, también en árabe:
—Alaikum assalamu.
Al Mutamin sonrió y con un amplio gesto de la mano nos indicó que avanzáramos hacia donde un grupo de notables de su séquito, entre los que creí reconocer a varios de los que nos habían recibido a la entrada de Zaragoza, nos esperaban con amables rostros y el mismo gesto ritual de cortés recibimiento.
El príncipe nos dejó casi de inmediato pues, sin cruzar ninguna otra palabra con nosotros, se dirigió de nuevo a la puerta para recibir a sus huéspedes en verdad distinguidos, Rodrigo y Álvar, que flanqueados por dos criados llegaban.
Repitió con ellos la bienvenida, aunque de manera mucho más ceremoniosa, y tras cruzar con ellos corteses saludos nos reunimos todos para pasar tras él y nuestros dos jefes y junto con los notables moros a un salón mucho más amplio, donde había muchas mesas bajas llenas de manjares y a su lado, siempre sobre magníficas alfombras, grandes cojines y almohadones donde tras aguardar a que ellos tres se recostaran nosotros hicimos lo propio.
Observábamos en silencio y, quizás con la excepción de Félez, un tanto cohibidos toda la escena. Rodrigo vestía también a la usanza árabe y se le notaba cómodo en tal vestimenta pues al contrario que nosotros se movía con soltura en ella. Fáñez había optado por sus ropas de siempre, aunque se había adecentado y también llevaba túnica bordada y unas finas botas de fieltro, en vez de las rudas de andar por montes y a caballo. Noté que nos miraba y a mí en especial con una cierta sonrisa socarrona. De hecho al pasar a mi lado y dándome una palmada me había espetado con uno de sus guiños.
—Quien me iba a decir que iba a ver al aprendiz de monje convertido en moro, Fan Fáñez. Solo te falta el turbante.
Y así era, excepto él, que vestía a la cristiana, al resto solo nos distinguía de nuestros anfitriones el turbante. En los de bastantes de nuestros acompañantes refulgía en su centro alguna gema preciosa y en el de Al Mutamin un enorme zafiro azul del que se descolgaban cadenitas de oro a sus lados de las que a su vez pendían ristras de minúsculas piedras preciosas de esa misma clase.
Sonaba a nuestro alrededor la música que se deslizaba desde los corredores en la altura. El sonido de los rabeles, laúdes y chirimías se extendía, como el aroma de los inciensos que se desprendían de recipientes de los que se elevaban tenues columnas de su humo, envolviéndonos a todos. El recinto quedaba así sumergido en olores, sonidos y colores pues las columnas y los arcos de piedras nobles relucían y la luz de antorchas y candiles hábilmente dispuestas para iluminar la estancia, pero también para preservar dulces penumbras, sacaba destellos a los tapices primorosamente bordados donde por doquier se estampaba el león de los Hud. Los pebeteros discretamente colocados por los rincones más en sombra hacían elevar finas volutas aromáticas y entre los olores, además del incienso por nosotros conocido, se superponían otros novedosos y desconocidos. Félez acertó a identificar uno, el del sándalo, pero otro nos era por completo extraño.
—Es fascinante. Éste es el esplendor de los Hud —exclamó mi amigo.
Como si le hubiera oído, o tal vez al haberlo hecho, Al Mutamin, se dirigió de nuevo a vosotros.
—Ésta es sólo mi humilde morada de La Zuda. Mañana seréis recibidos por mi padre, el señor de los Hud, el bendecido por Alá, Al Muqtadir, en su palacio de la Alegría y seguro que entonces esto no os parecerá nada más que una pobre posada y mi cena un pequeño refrigerio indigno de mis huéspedes.
Los notables que acompañaban al príncipe nos hicieron señas de que nos sirviéramos, y para alentarnos lo hicieron ellos primero. De las bandejas fueron cogiendo bocados y nosotros les imitamos. En unas había aceitunas negras y pistachos. En otras rollos y pequeñas tortas. Lo primero que tomé yo fue una especie de rollo crujiente donde dentro al morder tropecé con algún tipo de verdura. Las verduras predominaban, hervidas, en talles rollos de pasta frita o bien se ofrecían humeantes o braseadas. Varias de ellas me eran desconocidas, en especial una que me pareció la mejor y más sabrosa.
—De las propias huertas del Ebro. Es borraja —me indicó el árabe que se sentaba a mi lado para a continuación mostrarme una pequeña e indicarme otra, ésta frita—. Has probado los corazones de alcachofa y la berenjena rellena, pero toma este otro bocado y dime si te complace.
Acepté el ofrecimiento y mordí aquella torta recién frita. Estaba rellena de queso fresco que se deshacía en la boca. Y al ver que me gustaba, me la nombró con cierto orgullo.
—Es nuestra almojábana.
Pero el plato fuerte era una inmensa fuente de un grano amarillo muy fino, que no era trigo ni arroz y del que, al ver como los árabes comían todos de ella tomándolo con los dedos, hicimos nosotros lo propio. Era un guiso muy elaborado, cuyo nombre me indicó también mi amable anfitrión.
—Es cus-cus, una comida berebere que nosotros hemos mejorado —me dijo mientras se llevaba a la boca un bocado de grano junto a un tropezón de cordero.
No faltaba el vino. Aquel fuerte vino que además especiaban. Lo bebimos nosotros pero también lo hizo el príncipe y casi todos sus acompañantes con la excepción de alguno al que se dirigió jocoso.
—No perderás el Paraíso por beberlo, tal vez lo ganes incluso, primo mío, pero respetamos tu voluntad de no beberlo como en realidad deberíamos hacer nosotros. Pero Alá es benevolente.
Sonrió el interpelado, con una sonrisa disculpatoria y en cierto modo ladina, sin replicar a su señor, pero pidió que le siguieran sirviendo su zumo, una especie de limonada. Y lo cierto es que después de trasegar una buena cantidad de aquel plato con sus trozos de cordero correspondientes y acompañarlo de demasiadas copas de vino, fue Félez el primero que optó por secundarle y pedir a quienes nos escanciaban que antes de seguir con él nos refrescaran con aquella limonada y hasta con agua fresca.
Saciados de aquel plato suculento éste fue retirado junto al resto de las viandas. Los sirvientes nos volvieron a ofrecer los aguamaniles para que limpiáramos nuestras manos y tras ello trajeron los postres. Una variada serie de platillos cada cual con un dulce diferente y en otros con piezas de frutas: cerezas refrescadas en agua helada, albaricoques, trozos de melón y sandía, higos abiertos. Me complací con algunas cerezas pero imité a mi tío con los dulces, quien —lo observé complaciéndose en su única debilidad— daba golosa cuenta de ellos sin el menor recato. Había pasteles de almendra, rosquillas con nueces, todos muy especiados y aromatizados, donde predominaba el sabor de la canela y uno que me gustó más que ninguno y que dentro tenía unos filamentos vegetales.
—Está hecho de calabaza —me dijo para mi asombro mi guía culinario árabe que a esas alturas, ya antes de probar cada cosa, satisfacía mi curiosidad muy complacido de mi interés.
Con los dulces sirvieron en nuevas copas, éstas aún más bellamente labradas, unos nuevos vinos, estos dulces, que aumentaba la delicia de los postres en el paladar.
—Se hacen con uva moscatel y pueden endulzarse más aún con miel.
Y también con la canela según comprobé al catarlo. La canela parecía omnipresente en su cocina y en sus gustos.
La cena fue agradable. Aunque nada pudimos saber de lo que Rodrigo, Fáñez y el príncipe hablaban. Nuestros corteses acompañantes, por su lado, se deshacían en zalemas y cortesías, pero a nada apenas respondían como no fuera para encarecer y enaltecer el poder de sus reyes, la fortaleza de su ciudad, la potencia de su ejército, la bravura de su caballería, la belleza de sus palacios, la maravilla de las huertas del Ebro, la riqueza de su taifa y, en suma, el esplendor de los Hud.
De ello quedé muy enterado, pues nuestros anfitriones eran todos notables hudíes, unidos por estrechos lazos de familia y tribu, y se desvivían por contarnos su historia, interrumpiéndose a veces con vehemencia entre ellos cuando alguno discrepaba o quería anotar algún añadido o disconformidad con el relato, pero al fin mi anciano vecino, que no solo era experto en cocina, tomó la voz cantante como relator y observé que todos iban acallando las conversaciones para oírle.
Era sin duda respetado y luego me enteré que no solo ello, sino un verdadero guardián de la memoria del clan, amigo personal de Al Muqtadir desde su niñez y quien además tenía encomendada la custodia de su biblioteca que enterado de mis aficiones por los libros, tan poco frecuentes entre los cristianos, me invitó a visitar.
—Habéis de saber, cristianos, que los Hud formamos ya en los primeros tiempos de las propias tropas del Profeta. Provenimos del Yemen, de las más puras tribus arábigas. Con El Enviado y con sus herederos nuestra extirpe extendió nuestra fe primero por aquella tierra hasta Damasco y luego por toda el África, entre los bereberes y después en la Hispania. Vinimos con Muza y con Tariq, combatimos y vencimos al rey de los godos, tomamos Toledo y a nosotros se nos encomendó avanzar hacia el noroeste y tomar Zaragoza, de la que nos enseñoreamos. Llegamos a cruzar las altas montañas para penetrar en el territorio de los francos. Tras estos muros de la Zuda vimos avanzar sobre nosotros el poderoso ejército del gran Carlomagno, a quien el traidor Al Arabí había ofrecido abrir sus puertas. Pero el valí Husayn, que Alá tenga en el Paraíso, se negó a hacerlo y ante el grosor de sus moros y la altura de sus torres el franco decidió retirarse. Estaba escrito que aquello no habría de traerle sino desgracias al emperador cristiano, pues tras fracasar con éstas demolió en su rabia las murallas de Pamplona y los vascones en venganza emboscaron la retaguardia de su ejército en Roncesvalles, matando al paladín Roldán y haciendo llorar al gran Carlomagno de pena.
No debió nunca querer torcer la voluntad de Alá y pretender adueñarse de Zaragoza, y por ello fue castigado. Pero no fue tampoco su voluntad que los hudíes fuéramos recompensados como merecíamos por nuestra lealtad e historia. El califa de Córdoba, un Omeya, que a nosotros siempre nos tuvo recelo por haber sido gente principal con los abassidas sirios que los arrojaron de su trono en Damasco, prefirió entregar el gobierno de estas tierras no a quienes las conquistamos para el Islam sino a los descendientes de aquellos a quienes conquistamos. Otorgó el poder a los muladíes conversos, a los Banu Qasi, descendientes del conde visigodo Casio, primos por sangre de los Iñigo, de García Iñiguez que reinaba en Navarra, y a ellos hubimos de obedecer por voluntad de Abderramán. Pero Mussa Ben Qasi fue cegado por la soberbia y cuando más en la cima se creía más cerca estaba su desdicha. El asturiano Ordoño lo derrotó en Monte Laturce y perdió el favor de Córdoba, la amistad de los navarros que le despreciaron y el amor de sus hijos que se sublevaron. El nieto de quien nos había despojado de nuestra primacía, el tercer Abderramán, les desposeyó del mando de la Marca y al fin del gobierno de la ciudad y hasta de su reducto de Tudela. Regresamos los árabes puros, pero aún no fueron los hudíes los elegidos sino que primaron sobre nosotros los tuyibí, venidos también desde los oasis y arenas del Yemen y con los que habíamos cabalgado tanto. Pero no éramos nosotros. Muhammad Alanzar fue el elegido. El poder perduró en su estirpe y los hudíes fuimos ensalzados y tratados por ellos con respeto a nuestra sangre y nuestro rango. Pero no estaba todavía nuestra hora por llegar.
Bebió el viejo árabe un largo sorbo de vino endulzado con miel y prosiguió su relato. Observé como mi tío no se perdía detalle de la narración. Me sorprendió porque no esperaba de él aquel interés por las viejas historias. Comprendería luego que además de tenerlo lo acrecentaba el saber y escudriñar en algo trascendental para nosotros como era el exacto conocimiento de sus divisiones y sus odios, aunque ahora fuéramos sus aliados. Algo en lo que el rey Alfonso demostraría ser el mejor de los maestros y donde no le faltaban a Álvar tampoco las enseñanzas de mi doña Mayor ni de su suegro el conde Ansúrez. El sabio hudí proseguía su relato.
—Al Mansur Al Billah, el bendecido por Alá (Almanzor, el demonio que en el infierno arda, susurré en mi pensamiento), llegó a estas tierras y de Zaragoza salieron las expediciones que atemorizaron a navarros y hicieron abandonar a sus condes la propia Barcelona y dejarla abierta al saqueo. Entre sus generales destacó nuestro jeque, el señor de los hudíes, Sulaymán Ben Hud Al Mustain, y fueron tantas sus victorias y tan grande la bravura de nuestros guerreros que el Victorioso por Alá le entregó los gobiernos de Lérida y Tudela y allí ya fuimos señores los huríes.
A su muerte el caos llegó a Al Ándalus, la fitna[23] enfrentó a todos. Los bereberes sublevados sembraron el terror. En Zaragoza los tuyibí dirigidos por Al Mundir, mas débil de espíritu que su padre, no supo mantener los pulsos serenos y aunque Sulaymán fue su sostén y llegó a aposentarse a veces en este palacio de La Zuda, donde se ganó el corazón de los zaragozanos, su destino estaba escrito y su baraka acabada. Su primo Abd Allah Ibn Hakam lo asesinó para ocupar su trono y poder rezar en el mihrab de la mezquita mayor que su padre había levantado.
Fue entonces, en medio de la violencia, el caos y la tribulación, cuando la ciudad hizo llamar a Sulaymán, quien acudió desde Lérida, entrando entre vítores en este palacio mientras que el asesino salía huyendo a los veintiocho días de haber dado muerte por su propia mano a su primo. Así vinimos los hudíes a salvar y a gobernar Zaragoza y toda la taifa, pues Sulaymán no descuidó ni a Huesca ni a Lérida ni a Tudela, donde envió como gobernadores a sus hijos. Fue aquello entonces bueno pero sería luego la peor de las semillas.
Era Sulaymán buen amigo y aliado de vuestro rey Fernando y desde entonces hemos entendido a leoneses y castellanos como amigos, pues han sido muchas las veces que hemos combatido juntos a las ansias de aragoneses y navarros.
Murió nuestro rey cuando alguno de vosotros nacía [24] y, al igual que sucedió a vuestro rey Fernando, el repartir entre sus hijos su reino trajo como fruto la guerra entre hermanos, pues no quisieron reconocer la primacía de nuestro señor Áhmad Al Muqtadir, que Alá guarde por muchos años.
Sabéis de su grandeza, cristianos, y algunos habéis gozado ya de su compañía y
hasta le habéis tenido como jefe en el combate[25]. De su bravura hablan las crónicas, de su magnificencia Zaragoza y el palacio de la Alegría, de su hospitalidad toda la tierra, de su sabiduría los astrónomos y los matemáticos que la comparten, de su refinamiento los poetas, músicos y artistas que de todo Al Ándalus a su corte acuden. Permitidme deciros también que nuestro señor Al Muqtadir al fin logró reunir de nuevo las tierras de su padre, sometiendo a Lubb y Huesca, a Mundir y Tudela, a Muhammad y Calatayud y al más encarnizado y levantisco, Al Muzaffar y Lérida. Eso ahora hace tan solo tres años y tras 30 de resistencia. Fue preso pero en su benevolencia, quizá extrema, nuestro buen rey le ha perdonado y ahora disfruta de su rango de hermano y de la generosidad de Al Muqtadir, que no solo reunió de nuevo el
reino de su padre sino que lo engrandeció haciendo suya la taifa de Tortosa[26],
poniendo en vasallaje a la de Valencia y señoreando la de Denia[27]. Tal es nuestro rey Al Muqtadir al que veréis mañana en su palacio de la Alegría.
Fue el príncipe Al Mutamin el primero en premiar su relato. Se levantó y le hizo un ademán de que se acercara al tiempo que daba unas fuertes y reiteradas palmadas. Acudió presuroso un sirviente. Le secreteó algo al oído y éste salió raudo. Abrazó al relator mientras nosotros también nos levantamos. Rodrigo cogió su copa y la levantó.
—Salud al buen rey Al Muqtadir, a su hijo el príncipe Al Mutamin y larga vida y gloria a los hudíes.
Y brindamos todos. Habíamos combatido en ocasiones contra ellos y ahora combatiríamos juntos. Volvía el sirviente con una bandeja de plata y en ella un collar de oro del que colgaban medias lunas de plata. Lo recogió el príncipe y se lo puso al cuello a su deudo, el viejo y erudito árabe, que regresó orgulloso a sentarse a mi lado.
La conversación ahora se extendía y entre las voces se elevó la de Rodrigo:
—De la bravura de los hudíes y de su rey bien puedo yo dar fe. Al frente de nosotros cabalgó en Graus cuando Ramiro, el de Aragón, quiso apoderarse de ella. Yo era solo un mozalbete, un paje al lado del Infante Sancho que en cumplimiento a la alianza con el rey Fernando y a las parias pagadas vino con nuestras mesnadas a ayudarle. Vencimos aquel día y allí murió Ramiro, que era de la propia sangre, su primo, nietos ambos del gran Sancho de los navarros. De una lanzada entre los ojos lo mató Sadaba. Se salvó Graus, pero al poco el hijo del muerto Ramiro, Sancho Ramírez, su hijo, le tomó Barbastro, pero bien supimos en Castilla que Al Muqtadir no consintió tal agravio y al año siguiente regresó y se lo retomó al asalto. Tal es el león de los Hud que hoy a través de su hijo nos honra como huéspedes y amigos.
Un verdadero león debía haber sido el soberano de Zaragoza, pero en algunos tonos, en algunos gestos se hacía evidente que el rey distaba mucho de sus años de gloria. Incluso en algún retazo del relato había podido entreverse que la excesiva generosidad con su hermano Al Muzaffar no era para nada del gusto de los presentes. Había algo más en otros sutiles comentarios y ademanes que dejaba en evidencia que la preocupación por él era importante. Por la habilidad de Félez en sonsacar, hasta a un árabe, una confidencia supimos que vivía casi por entero recluido en su palacio de la Alegría y que su salud empeoraba, aunque lo cierto es que poco más pudimos saber, pues en esto eran mucho más reservados y cuando se veían obligados a decir algo al respecto miraban de soslayo a Al Mutamin y en realidad apenas pronunciaban palabra sobre el asunto más allá de hablar de su venerable madurez y desearle muchos años de salud por la generosidad de Alá.
La noche se prolongó bastante y los efluvios del vino, pues tras los refrescos recaímos en su tentación, nos hicieron regresar no por entero erguidos ni aún menos con rectos pasos a nuestros aposentos. Al cruzar por los jardines ya apagados de sonidos de los músicos, y ahora disturbados por el más destemplado sonido de nuestras risotadas y por algún tropezón y chapoeteo en las acequias, algunos hubieron de apoyarse en el compañero, como hice yo en mi amigo Félez, que había mantenido mejor la compostura, la sobriedad y ahora la verticalidad.