La tumba de Tutankhamón

Howard Carter · Capítulo 1 de 25

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La tumba de Tutankhamón

Capítulo I. El Rey y la Reina

I

 

EL REY Y LA REINA

 

Hay que decir unas palabras preliminares acerca de Tutankhamón, el rey cuyo

nombre todos conocen y que, por ello, probablemente necesita menos una

introducción que cualquier otro personaje histórico. Como todo el mundo sabe, fue

yerno del más comentado y posiblemente más sobreestimado de todos los faraones

egipcios, el rey hereje Akhenatón. Nada sabemos de su linaje. Tal vez era de sangre

real y tuvo ascendencia al trono por derecho propio. Sin embargo, también podía

haber sido de origen más humilde. En cualquier caso es un detalle de poca

importancia ya que, de acuerdo con la ley de sucesión egipcia, al casarse con una hija

del rey se convertía inmediatamente en un posible heredero del trono. En un

momento tan crítico de la historia de su país, esta posición debió de ser más bien

azarosa e incómoda. En el exterior, el imperio fundado en el siglo XV a. C. por

Tutmés III y sostenido, difícilmente pero sostenido al fin, por sucesivos monarcas, se

había desmoronado como un globo que se desinfla. En el interior del país reinaba el

descontento. Los sacerdotes de la antigua fe, que habían visto a sus dioses

desplazados y amenazados sus medios de vida mismos, intentaban sacudirse el yugo,

esperando solamente el momento propicio para librarse de todo control. El estamento

militar, condenado a una inactividad mortificante, bullía de descontento, dispuesto a

cualquier tipo de rebelión. El harim, un elemento extranjero compuesto por mujeres

que se habían introducido en la corte y en las familias de los soldados en gran número

desde las guerras de conquista, era ahora, sin duda, en tiempos de debilidad, un foco

de intriga inevitable. Los artesanos y mercaderes estaban resentidos y descontentos,

ya que el comercio con el extranjero declinaba y el crédito interior se había reducido

a un área extremadamente limitada y localizada. El pueblo llano, intolerante en

cuanto a cambios, lamentándose en su mayoría por la pérdida de sus antiguos dioses

familiares y completamente dispuesto a atribuir cualquier pérdida, privación o

desgracia a la celosa intervención de sus dioses ofendidos, estaba pasando de un

estado de perplejidad a otro de resentimiento activo contra el nuevo cielo y la nueva

tierra que se les había decretado. Y en medio de todo esto Akhenatón, el más Galio de

los Galios,[1] vivía entre sueños en Tell el Amarna.

La cuestión sucesoria era vital para la totalidad del país y podemos estar seguros

de que la intriga estaba a la orden del día. No había ningún heredero varón, y nuestra

atención se centra en un grupo de muchachas de las cuales la mayor no podía tener

más de quince años a la muerte de su padre. A pesar de su juventud esta primogénita,

llamada Meritatón, llevaba casada bastante tiempo, ya que en el último año o acaso dos años del reinado de Akhenatón encontramos a su marido asociado a éste como

corregente, un vano intento de evitar la crisis que incluso el archisoñador Akhenatón

debió considerar inevitable. Poco le duró el placer de ser reina, ya que Semenkhare,

su marido, falleció algo después que Akhenatón. De hecho pudo incluso haberle

precedido, según parece desprenderse de algunos detalles de su tumba, y es muy

posible que encontrara la muerte a manos de una facción rival. En cualquier caso

desapareció y su mujer con él, quedando así el trono vacante para el próximo

aspirante.

La segunda hija, Maktatón, murió en vida de Akhenatón sin casarse. La tercera,

Ankhesenpatón, estaba casada con Tutankhatón (así se llamaba entonces el

Tutankhamón con quien estamos ahora tan familiarizados). No se sabe exactamente

cuándo tuvo lugar esta boda. Tal vez fuese en vida de Akhenatón o tal vez se convino

con prisas inmediatamente después de su muerte, a fin de legalizar sus aspiraciones al

trono. En cualquier caso no eran sino niños. Ankhesenpatón nació en el octavo año

del reinado de su padre, así que no podría haber tenido más de diez años y tenemos

motivos para creer, por pruebas encontradas en su tumba, que el mismo Tutankhamón

era poco más que un muchacho. Evidentemente en los primeros años de este reinado

de chiquillos debió de haber un poder detrás del trono y tenemos una razonable

certeza sobre quién poseía este poder. En todos los países, pero en particular en los

orientales, es una medida juiciosa en caso de sucesión insegura o débil, poner

atención especial en los movimientos del más poderoso oficial de la corte. En la de

Tell el Amarna éste era un tal Ai, Sumo Sacerdote, Chambelán de la Corte y

prácticamente poseedor de todos los cargos que pueden tenerse en la corte. También

era amigo íntimo de Akhenatón y su esposa Tiy era nodriza de Nefertiti, la esposa del

rey, así que podemos estar seguros de que no había nada que ocurriera en palacio que

ellos no supieran. Por otra parte, anticipándonos un poco, nos encontramos con que

fue este mismo Ai el que se procuró el trono después de la muerte de Tutankhamón.

También sabemos, por la aparición de su nombre en la cámara sepulcral de la nueva

tumba, que se hizo responsable de las ceremonias fúnebres de Tutankhamón, aunque

no fue el constructor de la tumba. Encontrar el nombre del rey sucesor en las paredes

del monumento sepulcral de su predecesor es un hecho sin precedentes en el Valle de

los Reyes. El que así fuera en este caso parece implicar que había una relación

especial entre los dos y tal vez no sea demasiado arriesgado afirmar que Ai fue en

gran parte responsable del establecimiento del joven rey en el trono. Es bien posible

que ya entonces tuviera él ambiciones de ocuparlo, pero no sintiéndose bastante

seguro en aquel momento, prefirió esperar el momento adecuado y utilizar las

oportunidades que sin duda tendría para consolidar su posición al actuar como

ministro de un soberano joven e inexperto. Es una especulación interesante, y si

recordamos que Ai fue suplantado a su vez por otro de los principales oficiales del reinado de Akhenatón, el general Horemheb, y que ninguno de ellos tenía

fundamento en sus pretensiones al trono, podemos estar razonablemente seguros de

que en este oscuro período de la historia, desde el 1375 al 1350 a. C., había en Egipto

un escenario perfecto para acontecimientos dramáticos.

En cualquier caso, como historiadores respetuosos, debemos dejar a un lado tan

tentadoras posibilidades y probabilidades y volver a los fríos y simples hechos de la

historia. ¿Qué es lo que realmente sabemos de este Tutankhamón con el que nos

hemos familiarizado de un modo tan sorprendente? Parece extraño que sea tan poco,

cuando llega la hora de analizarlo. En nuestro presente estado de conocimiento

debemos decir, en verdad, que el único hecho sobresaliente de su vida es que murió y

fue enterrado. Nada sabemos de su personalidad en cuanto hombre, si es que alcanzó

el estado de madurez, ni de su modo de ser. En cuanto a los acontecimientos de su

corto reinado, algo podemos entrever, aunque poco, y es a través de los monumentos.

Sabemos, por ejemplo, que en algún momento de su reinado abandonó la capital

hereje de su suegro y trasladó de nuevo la capital a Tebas. También sabemos que

empezó como adorador de Atón, pero que volvió a tomar la antigua religión, según se

demuestra por el cambio de su nombre, de Tutankhamón y por el hecho de que hizo

ligeras adiciones y restauraciones en los templos de los antiguos dioses en Tebas. Hay

una estela en el Museo de El Cairo que proviene de uno de los templos de Karnak, en

la que se habla de estas restauraciones en un lenguaje grandilocuente: «Encontré»,

dice, «los templos en ruinas, con sus lugares sagrados destruidos y sus patios

cubiertos de cizaña. Yo reconstruí sus santuarios. Yo doté los templos y les regalé

toda clase de objetos preciosos. Yo fundí estatuas de los dioses en oro y electrum,

decoradas con lapislázuli y todas las piedras preciosas».[2] Ignoramos en qué

momento específico de su reinado tuvo lugar este cambio de religión, o si se debió a

un sentimiento personal o le fue aconsejado por motivos políticos. Por la tumba de

uno de sus oficiales sabemos que ciertas tribus de Siria y del Sudán le estaban sujetas

y le trajeron tributos y en muchos de los objetos de su propia tumba le vemos pisar

orgullosamente a los prisioneros de guerra, disparando contra centenares de ellos

desde su carro, pero no debemos tomar, por sentado que participase personalmente en

los combáteselos monarcas egipcios eran muy tolerantes con tan refinadas ficciones.

Esto es prácticamente todo lo que hemos aprendido de su vida a través de los

monumentos. Hasta el momento es sorprendente la escasa información que se puede

añadir procedente de su propia tumba. Poco a poco vamos conociendo todo lo que

poseyó hasta el último detalle, pero en cuanto a lo que fue y a lo que hizo, no

podemos hacer más que preguntarnos. Nada nos permite conocer todavía la duración

exacta de su reinado. Hasta ahora sabíamos que tuvo un mínimo de seis años; no

pudo haber sido mucho más largo. Sólo podemos esperar que las cámaras interiores

produzcan más información. Su cuerpo, si tal como esperamos y deseamos, yace todavía bajo las capillas que hay en el interior de la sepultura, nos dirá por fin la edad

que tenía al morir y tal vez nos dé alguna indicación acerca de las circunstancias de

su fallecimiento.

Hay que decir dos palabras acerca de su esposa, llamada primero Ankhesenpatón

y Ankhesenamón después del traslado a Tebas. Por ser la persona a través de la cual

el rey heredó su cargo, su posición era de considerable importancia; la conformidad

del faraón con esta situación queda demostrada por la frecuencia con que el nombre y

persona de la reina aparecen en los objetos de la tumba. Era de figura agraciada, a

menos que los retratos exageren mucho y el carácter afectuoso de las relaciones con

su esposo está representado en típico estilo de Tell el Amarna. Tenemos dos retratos

suyos particularmente encantadores. En uno de ellos, en el respaldo del trono, aparece

ungiendo a su esposo con perfume. En el otro le acompaña en una cacería y la vemos

en cuclillas a sus pies entregándole una flecha con una mano mientras con la otra le

señala un pato muy gordo, temiendo que le pase desapercibido. Son escenas

encantadoras, aunque también patéticas si recordamos que a los diecisiete o dieciocho

años se convirtió en viuda. Tal vez, aunque por otra parte, si conocemos bien Oriente,

tal vez no, ya que esta historia continúa a través de algunas tabletas encontradas hace

algunos años en las ruinas de Boghaz-Kheuy, y sólo recientemente descifradas.

Describen un interesante relato de intriga; con pocas palabras obtenemos una imagen

más clara de la reina Ankhesenamón de lo que consiguió Tutankhamón para sí mismo

con todo su ajuar funerario.

Parece ser que fue una mujer con mucho carácter. La idea de retirarse a un

segundo plano en favor de una nueva reina no le seducía e inmediatamente después

de la muerte de su marido empezó a disponer sus planes. Imaginamos que tendría por

lo menos dos meses para realizarlos, los que debían pasar entre la muerte de

Tutankhamón y su enterramiento, ya que hasta que el último rey hubiese sido

enterrado es muy improbable que su sucesor tomara las riendas del poder. Hay que

tener en cuenta que en los últimos dos o tres reinados había habido continuos

matrimonios entre las casas reales de Egipto y Asia. Una de las hermanas de

Ankhesenamón había sido enviada a una corte extranjera y muchos egiptólogos creen

que su propia madre fue una princesa asiática. No es, pues, sorprendente que en este

momento de crisis se dirigiera al extranjero en busca de ayuda y la encontramos

escribiendo una carta al rey de los hititas en los siguientes términos: «Mi marido ha

muerto y me dicen que tenéis hijos mayores. Enviadme a uno de ellos y yo le haré mi

esposo y él reinará sobre Egipto».

Fue ésta una astuta estratagema suya, ya que no había ningún auténtico heredero

al trono de Egipto y el rápido envío de un príncipe hitita con una fuerza militar

considerable para apoyarle hubiera posiblemente sostenido con éxito un golpe de

Estado. Sin embargo, la prontitud era esencial, y en este punto la reina no contaba con el rey hitita. No era hombre que aceptase prisas en ningún asunto. Nunca se había

lanzado a un proyecto de tal naturaleza sin la debida deliberación, y ¿cómo podía

saber que la carta no constituía una trampa? Así, pues, convocó a sus consejeros, y el

asunto se debatió largamente. Finalmente se decidió a enviar un mensajero a Egipto

para averiguar la verdad de aquella proposición. «¿Dónde está el hijo del rey

fallecido y qué ha sido de él?», responde, y casi podemos imaginarle felicitándose a

sí mismo por su astucia.

Ahora bien, enviar un mensajero desde un país al otro tomaba unos catorce días,

así que podemos imaginarnos los sentimientos de la pobre reina cuando, después de

haber esperado un mes, recibió como respuesta a su petición no un marido, sino una

inútil carta dilatoria. De nuevo escribe desesperadamente: «¿Por qué tendría yo que

engañaros? No tengo ningún hijo y mi marido ha muerto. Enviadme a uno de

vuestros hijos y le haré rey». El rey hitita decide acceder esta vez a su petición de

enviar a un hijo suyo, pero evidentemente ya es tarde. El momento había pasado. El

documento se detiene aquí y sólo nos es dado imaginar el resto de la historia.

¿Llegó a salir el príncipe hitita hacia Egipto y, de ser así, hasta dónde llegó?

¿Tuvo Ai, el nuevo rey, conocimiento de los planes de Ankhesenamón y tomó

medidas para hacerlos fracasar? Nunca lo sabremos. En cualquier caso la reina

desaparece de la escena y ya nada sabemos de ella. Es un relato fascinante. Si el

complot hubiese tenido éxito, Ramsés el Grande no hubiese existido nunca.