La tumba de Tutankhamón

Howard Carter · Capítulo 4 de 25

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La tumba de Tutankhamón

Capítulo IV. Trabajos preliminares en Tebas

IV

 

TRABAJOS PRELIMINARES EN TEBAS

 

Desde mi primera visita a Egipto, en 1890, me obsesionaba la idea de excavar en el

Valle, y cuando, invitado por Sir William Garstin y Sir Gastón Maspero, empecé a

excavar para Lord Carnarvon en 1907, ambos teníamos el común deseo de conseguir

algún día permiso para hacerlo. De hecho, mientras ejercía el cargo de inspector del

Departamento de Antigüedades había localizado para Mr. Theodore Davis dos

tumbas en el Valle, cuya excavación supervisé, y esto me hizo desear aún más poder

trabajar allí con un permiso más oficial. De momento era imposible, y durante siete

años excavamos con diversa fortuna en otras áreas de la necrópolis tebana. Los

resultados de los primeros cinco años de este período aparecen en Five years

Explorations at Thebes, un volumen publicado conjuntamente con Lord Carnarvon en

1912.

En 1914, nuestro descubrimiento de la tumba de Amenofis I, en lo alto de las

estribaciones del Drah Abu Negga, fijaron nuestra atención sobre el Valle una vez

más y aguardamos con impaciencia que se presentara nuestra ocasión. Mr. Theodore

Davis, que todavía tenía un permiso, había publicado ya que creía que el Valle estaba

completamente agotado en cuánto a hallazgos, y que no era de esperar que

aparecieran nuevas tumbas, una afirmación corroborada por el hecho de que en sus

dos últimas campañas hizo muy poco trabajo en el Valle, concentrando su tiempo en

el acceso al mismo, en el próximo valle en dirección norte, donde esperaba encontrar

las tumbas de los reyes sacerdotes y de las reinas de la Dinastía XVIII, y en los

montículos que rodean el templo de Medinet Habu. Sin embargo, se resistía a

abandonar el yacimiento y sólo en junio de 1914 recibimos la tan deseada concesión.

Sir Gastón Maspero, director del Departamento de Antigüedades, que la firmó, estaba

de acuerdo con Mr. Davis en que el Valle había sido completamente excavado, y nos

dijo con toda franqueza que no creía que mereciese más investigaciones. Sin

embargo, nosotros recordamos que casi cien años antes Belzoni había hecho una

afirmación semejante y no nos dejamos convencer. Habíamos hecho una minuciosa

investigación del yacimiento y estábamos convencidos de que había áreas cubiertas

por los desechos de excavaciones anteriores que nunca se habían examinado a fondo.

Desde luego, sabíamos que nos esperaba un duro trabajo y que tendríamos que

remover varios miles de toneladas de escombros superficiales antes de tener

esperanzas de encontrar algo. Pero siempre cabía la posibilidad de vernos premiados

con el descubrimiento de una tumba, y si no quedaba ya nada por encontrar, era un

peligro que estábamos dispuestos a correr. En realidad había algo más: aun a riesgo de que se nos acuse de pretender haber tenido presentimientos a la luz de los

acontecimientos posteriores, debo afirmar que teníamos concretamente la esperanza

de encontrar la tumba de un rey, y este rey era Tutankhamón.

Para explicar las razones de este presentimiento debemos referirnos a las páginas

publicadas por Mr. Davis sobre sus excavaciones. En los últimos días de sus

campañas en el Valle había encontrado escondida bajo una roca una copa de cerámica

con el nombre de Tutankhamón. También en la misma zona encontró una pequeña

tumba de pozo en la que había una estatuilla de alabastro sin nombre, posiblemente

de Ai, y una caja de madera rota que contenía fragmentos de planchas de oro con los

nombres de Tutankhamón y su esposa. Basándose en el hallazgo de estos fragmentos

de oro afirmó haber encontrado el lugar de enterramiento de Tutankhamón. Su teoría

carece de base, pues la tumba en cuestión era pequeña e insignificante, de un tipo que

podía haber pertenecido a un miembro de la casa real del período Ramesida, pero,

evidentemente, impropio como enterramiento de un rey de la Dinastía XVIII.

Lógicamente, el material real que se encontró en ella debió de ser colocado allí en un

período posterior y no tenía nada que ver con la tumba misma.

A poca distancia de esta tumba, en dirección este, había encontrado también en

una de sus anteriores campañas (1907-8) un escondrijo enterrado en un agujero

irregular tallado en un lado de la roca y que contenía grandes jarras de cerámica con

las bocas selladas e inscripciones hieráticas sobre sus costados. Se hizo un rápido

examen de su contenido, y como éste parecía consistir principalmente en fragmentos

de cerámica, pedazos de lino y otros objetos diversos, Mr. Davis se negó a interesarse

por ellas y las puso a un lado, colocándolas en el almacén de su casa en el Valle. Allí

fueron observadas algún tiempo después por Mr. Winlock, quien inmediatamente se

dio cuenta de su importancia. Con el permiso de Mr. Davis se empaquetó toda la

colección de jarras, enviándolas al Metropolitan Museum of Art de Nueva York,

donde Mr. Winlock hizo un estudio detallado de su contenido, resultando ser de un

interés extraordinario. Había sellos de arcilla, algunos con el nombre de

Tutankhamón y otros con la impresión del sello de la necrópolis real, fragmentos de

vasos de excelente cerámica pintada, chales de lino para la cabeza, uno de ellos con la

inscripción de la fecha más tardía que conocemos para el reinado de Tutankhamón,

colgantes de flores del tipo llevado por las plañideras, según aparece representado en

escenas funerarias, y gran número de otros objetos misceláneos. En conjunto

representaban, al parecer, los materiales utilizados durante las ceremonias fúnebres en

honor de Tutankhamón, reunidos y posteriormente almacenados en las jarras.

Teníamos así tres pruebas de distinto origen: la copa de cerámica hallada bajo una

roca, las hojas de oro encontradas en la tumba de pozo y este importante escondrijo

de material funerario; todas parecían conectar definitivamente a Tutankhamón con

este preciso punto del Valle. Aún puede añadirse otra prueba. Fue cerca de estos hallazgos donde Mr. Davis encontró el famoso escondrijo de Akhenatón. En él

aparecieron los restos del rey hereje, trasladados a toda prisa desde Tell el Amarna y

escondidos aquí para su seguridad, y podemos estar bastante seguros de que el propio

Tutankhamón fue responsable de su traslado y entierro por el hecho de que en él se

encontró cierta cantidad de sus sellos de arcilla.

Con todas estas pruebas a nuestra disposición estábamos completamente

convencidos de que la tumba de Tutankhamón aún no se había localizado y que debía

estar situada no muy lejos del centro del Valle. En cualquier caso, la encontráramos o

no, creíamos que el examen sistemático y exhaustivo del interior del Valle ofrecía una

razonable posibilidad de éxito y estábamos acabando nuestros planes para una

elaborada campaña durante 1914-15 cuando empezó la guerra y por el momento

tuvimos que dejarlo todo en suspenso.

Los trabajos propios de los tiempos de guerra ocuparon mi atención en los años

siguientes, pero hubo breves intervalos en los que pude realizar pequeñas

excavaciones. En febrero de 1915, por ejemplo, dejé completamente despejado el

interior de la tumba de Amenofis III, que había sido excavada en 1799 por M.

Devilliers, un miembro de la «Comisión Egipcia» enviada por Napoleón y

reexcavada posteriormente por Mr. Theodore Davis. Durante estos trabajos hicimos

el interesante descubrimiento de que en principio había sido destinada a Tutmés IV,

siendo utilizada, sin embargo, para la reina Tiy, según era evidente por los depósitos

de los cimientos, que estaban intactos al otro lado de la entrada, y por otros materiales

del interior de la tumba.

Al año siguiente, mientras disfrutaba de unas cortas vacaciones, volví a

encontrarme envuelto inesperadamente en otros trabajos. La ausencia de oficiales,

debida a la guerra y a la desmoralización general producida por la misma, había

engendrado, por desgracia, un gran resurgimiento de la actividad de los ladrones de

tumbas indígenas y bandas de prospectores corrían en todas direcciones. Una tarde

llegó al pueblo la noticia de que se había realizado un hallazgo en una región solitaria

y poco frecuentada del lado oeste de la montaña sobre el Valle de los Reyes.

Inmediatamente un grupo rival se armó y marchó hacia el lugar y en la animada

batalla que siguió el primer grupo fue golpeado y expulsado mientras prometían

vengarse. Los notables del pueblo vinieron a verme y me pidieron que hiciera algo

para evitar ulteriores problemas. La tarde estaba ya bastante avanzada, así que reuní

apresuradamente los pocos trabajadores que habían escapado al reclutamiento de los

«Trabajadores para el Ejército», y con los materiales necesarios salimos para el citado

lugar una expedición que incluía la escalada de más de 550 m. sobre las colinas de

Kurna a la luz de la luna. Cuando llegamos allí era medianoche y el guía me señaló el

extremo de una cuerda que colgaba en el vacío, junto a la pared del acantilado. Se

podía oír el ruido de los ladrones en pleno trabajo, así que para empezar corté la cuerda, evitando con ello toda posibilidad de escape, y luego, provisto de una fuerte

cuerda de mi propiedad, me descolgué por la pared del acantilado. Deslizarse por una

cuerda a medianoche dentro de la guarida de expertos ladrones de tumbas es un

pasatiempo que no carece de animación. Eran ocho los ladrones, y cuando llegué al

fondo se produjeron un par de situaciones violentas. Les ofrecí la alternativa de

despejar el lugar utilizando mi cuerda o quedarse donde estaban sin ella, y por fin

comprendieron y se marcharon. Pasé el resto de la noche en el lugar y tan pronto

como amaneció volví a bajar a la tumba para hacer una investigación completa.

La situación de la tumba era fuera de lo corriente. La entrada estaba escondida en

el fondo de una grieta natural tallada por la erosión del agua, 40 m. por debajo de la

cumbre del acantilado y 68 m. sobre el lecho del valle y aparecía tan astutamente

disimulada que no podía verse rastro alguno de ella ni por arriba ni por abajo. De la

entrada partía un corredor recto que se adentraba en el acantilado unos 17 m.,

doblando luego varias veces a la derecha; al final un corto pasadizo tallado en

pronunciada pendiente conducía a la cámara, de unos 1,67 m.2 Todo estaba lleno de

escombros de arriba a abajo, y a través de ellos los ladrones habían escarbado un

túnel de unos 28 m. de largo y de una anchura suficiente para permitir a un hombre

arrastrarse por él.

Era un descubrimiento interesante y podía tratarse de algo importante, así que

determiné extraer todo su contenido. Nos tomó veinte días el hacerlo, trabajando día

y noche con relevos de los trabajadores, y resultó ser extraordinariamente difícil. El

sistema de ganar acceso a la tumba por medio de una cuerda desde el borde del

acantilado era poco satisfactorio, ya que, además de resultar peligroso, por otra parte

requería una dura escalada desde el valle. Era evidente que sería preferible el acceso

desde el fondo del valle, y para ello colocamos poleas en la entrada de la tumba para

poder subir o bajar. Incluso así, no era una operación muy cómoda, y yo

personalmente siempre me descolgué en una red.

Los trabajadores se excitaban más y más al avanzar los trabajos, ya que creían

que un lugar tan bien escondido debía contener un gran tesoro y así tuvieron un gran

desengaño cuando resultó que la tumba no se había terminado ni ocupado nunca. El

único objeto de valor que contenía era un gran sarcófago de arenisca cristalina,

inacabado, como la tumba, y con inscripciones que demostraban que había sido

destinado a la reina Hatshepsut. Tal vez esta poderosa dama se había hecho construir

esta tumba como, esposa de Tutmés II. Más tarde, cuando tomó el poder y se

convirtió de hecho en monarca, se hizo claramente necesario que tuviera su tumba en

el Valle como los otros reyes —en realidad yo mismo la localicé allí en 1903— y, se

abandonó la primera. Hubiera sido mejor para ella atenerse al plan original. En este

lugar secreto su momia hubiera tenido alguna oportunidad de evitar ser profanada: en

el Valle no tenía ninguna. Al convertirse en reina le correspondió el destino de los reyes.

En otoño de 1917 empezó nuestra auténtica campaña en el Valle. El problema

estaba en saber por dónde empezar, ya que las montañas de escombros desechados

por otros excavadores se alzaban en todas direcciones y no se había hecho ninguna

relación sobre qué áreas se habían excavado correctamente y cuáles no.

Evidentemente, la única solución satisfactoria era excavar sistemáticamente hasta la

roca, y sugerí a Lord Carnarvon que tomásemos como punto de partida el triángulo

de terreno marcado por las tumbas de Ramsés II, Merneptah y Ramsés VI, el área en

que esperábamos que podía estar situada la tumba de Tutankhamón.

Era una tarea desesperada, ya que el lugar contenía enormes montones de

escombros, pero yo tenía razones para creer que la tierra debajo de ellos estaba

intacta y me animaba la firme convicción de que podríamos encontrar allí una tumba.

Durante los trabajos de esta campaña extrajimos gran parte de los estratos superiores

de esta área y extendimos nuestra excavación hasta el mismo pie de la tumba de

Ramsés VI. Aquí encontramos una serie de chozas de trabajadores construidas sobre

enormes cantidades de pedruscos de sílex, siendo estos últimos en el Valle

generalmente una clara indicación de la proximidad de una tumba. Nuestro primer

impulso fue proseguir los trabajos en esta dirección, pero para hacerlo hubiéramos

tenido que cortar el acceso a la tumba de Ramsés, una de las más populares del Valle

entre los visitantes. Decidimos esperar una oportunidad más conveniente. Hasta aquel

momento los únicos resultados de nuestros trabajos eran algunos [9] ostraca ,

interesantes pero no extraordinarios.

Reemprendimos nuestros trabajos en esta región en la campaña de 1919-1920.

Nuestra primera necesidad era desembrozar un área para nuestros materiales de

desecho y en el curso de estos trabajos preliminares encontramos algunos depósitos

pequeños pertenecientes a Ramsés VI, cerca de la entrada de su tumba. Este año

nuestro propósito era limpiar el resto del mencionado triángulo, así que empezamos

con un numeroso grupo de trabajadores. Cuando Lord y Lady Carnarvon llegaron, en

marzo, se habían sacado todos los cascotes y nos disponíamos a profundizar en lo que

creíamos era tierra virgen. Pronto tuvimos pruebas de estar en lo cierto, ya que allí

encontramos un escondrijo con trece jarras de alabastro con los nombres de Ramsés

II y Merneptah, posiblemente procedentes de la tumba de éste. Naturalmente, como

esto era lo que más se aproximaba a un buen hallazgo entre todo lo que habíamos

encontrado en el Valle, estábamos bastante excitados y recuerdo que Lady Carnarvon

insistió en excavar estas jarras —unos ejemplares magníficos— con sus propias

manos.

A excepción del terreno cubierto por las chozas de los trabajadores habíamos

explorado ya toda el área del triángulo sin encontrar ninguna tumba. Todavía tenía

esperanzas, pero decidimos dejar este lugar hasta que, al empezar pronto en otoño, pudiéramos trabajar sin ocasionar inconvenientes a los turistas.

Para nuestro próximo intento escogimos el pequeño valle lateral en el que se

encuentra la tumba de Tutmés III. Allí pasamos las dos campañas siguientes y,

aunque no encontramos nada intrínsecamente valioso, descubrimos un interesante

hecho arqueológico. La tumba en que fue enterrado Tutmés III fue encontrada por

Loret, en 1898, escondida en una grieta, en un lugar inaccesible de la pared del

acantilado. Al excavar en el valle, debajo de éste nos encontramos con el comienzo

de una tumba situada a través de los depósitos de los cimientos, en principio

destinada al mismo rey. Posiblemente mientras se trabajaba en esta tumba en la parte

baja, se le ocurrió a Tutmés, o su arquitecto, que la grieta de la roca era un lugar

mejor. Desde luego ofrecía más posibilidades para un escondite, si es que éste fue el

motivo del cambio; sin embargo, la explicación más plausible sería que uno de los

torrenciales chubascos que caen ocasionalmente sobre Luxor pudo haber inundado la

tumba que estaba en la parte baja, sugiriendo a Tutmés la idea de que su momia

encontraría un descanso más confortable en un nivel más alto.

En un lugar cercano, a la entrada de una tumba abandonada, encontramos los

cimientos de la tumba de su esposa, Merytrehatshepsut, hermana de la gran reina del

mismo nombre. Si de ello debemos concluir que estuvo allí enterrada, es un punto

oscuro, ya que sería contrario a la tradición encontrar una reina en el Valle. En

cualquier caso un oficial tebano, Sennefer, se apropió más tarde de la tumba.

Ya habíamos trabajado en el Valle durante varias campañas con escasos

resultados y discutimos mucho sobre si debíamos continuar allí o buscar un

yacimiento más productivo en alguna otra parte. Después de estos años sin éxito, ¿era

lógico que continuáramos? Mi opinión era que mientras quedara un solo lugar por

explorar, valía la pena correr el riesgo. Es cierto que se puede encontrar menos en el

Valle que en cualquier otro lugar de Egipto, pero, por otra parte, si se da un golpe de

suerte, uno se recupera de años y años de trabajos infructuosos.

Además la combinación de pedruscos de sílex y chozas de trabajadores al pie de

la tumba de Ramsés VI estaba por investigar, y yo había tenido siempre una especie

de creencia supersticiosa de que en aquella parte del Valle podía aparecer uno de los

reyes que no se habían localizado, tal vez Tutankhamón. Desde luego, la

estratificación de los materiales en aquel lugar parecía indicar la presencia de una

tumba. Así, pues, decidimos dedicar una última campaña al Valle, comenzando

pronto para cortar el acceso a la tumba de Ramsés VI si era necesario, en una época

en que causara menos inconvenientes a los visitantes. Esto nos trajo a nuestra actual

campaña, cuyos resultados todo el mundo conoce.