La venus de las pieles
[5] Especie de toquilla o capuchón.
me sujetan.
Me ha dejado cenar con ella esta noche; la leo unas páginas y se entretiene conmigo en multitud de cosas interesantes. Paréceme metamorfoseada, avergonzada de la barbarie que ha usado conmigo. Una dulce tranquilidad ilumina su persona, y cuando me coge la mano sus ojos toman una expresión sobrehumana de bondad y de amor, que nos arrancan a los dos lágrimas con que olvidamos los sufrimientos de la existencia y los terrores de la muerte.
Estamos leyendo Manon Lescaut. Ella comprende la intención, sin decir nada, pero sonríe de cuando en cuando. Por último, me cierra el libro.
–¿No quiere usted que siga leyendo, señora?
–Por hoy, no. Hoy vamos a jugar a la Manon Lescaut. Tengo una cita en los Cascinos, y tú, mi querido caballero, me acompañarás. Sí lo harás, ¿no es eso?
–¡Usted lo ordena!
–Yo no ordeno, ruego -añadió con un encanto maravilloso indescriptible. Luego se levantó, apoyó su manecita en mi hombro, y mirándome-: ¡Oh, qué ojos tienes! – dijo-. Severino, te amo; no sabes cuánto te amo.
–Sí -repliqué y o con amargura-, hasta el punto de dar una cita a otro.
–Hago eso para excitarte; necesito un adorador para no perderte; no quiero perderte jamás, ¡jamás!, ¿entiendes?, porque te amo a ti, a ti solo.
Y se colgó apasionada de mis labios.
–¡Que no pueda darte toda mi alma en un beso…!, así… pero, vamos.
Se puso un vestido sencillo de seda negra y se cubrió la cabeza con un oscuro bacbelik[5]. Atravesó con rapidez la galería y montó en un coche.
–Gregorio me llevará -dijo al cochero, que quedó sorprendido.
Subí al pescante y fustigué los caballos con rabia.
En el lugar de los Cascinos en que la avenida principal hace más espesa su fronda, Wanda descendió. Era de noche. Algunas estrellas solitarias brillaban a través de las nubes grises que vagaban por el cielo. Cerca del Arno estaba un hombre envuelto en una capa oscura, con sombrero de alas anchas, contemplando las ondas amarillentas. Wanda se aproximó a él a través del boscaje y le tocó en el hombro. Pude observar cómo él se volvía hacia ella. Después desaparecieron en la espesura.
Pasó sobre mí una hora de tormento. Por fin, escuché un rumor hacia el matorral. Volvían.
El hombre la acompañó hasta el carruaje. La luz viva de uno de los faroles cayó de lleno sobre un rostro joven, dulce y novelesco por encima de toda expresión, a que formaba marco una cabellera rubia y rizada.
Ella le tendió la mano, que él besó respetuosamente; luego me hizo una señal y el coche tomó la interminable avenida abovedada, semejante a un toldo verde puesto a la orilla del río.
Llaman a la puerta del jardín. Es una cara conocida: el hombre de los Cascinos.
–¿A quién anuncio? – pregunté en francés.
Mi interlocutor movió la cabeza con aire cortado.
–¿No comprende usted alemán? – preguntó con timidez.
–¡Ya lo creo! – repliqué en alemán-. Tengo el honor de preguntarle su nombre.
–No le tengo, desgraciadamente -dijo confuso-. Diga usted sólo a la señora que está aquí el pintor alemán de los Cascinos. Pero, mírela usted.
Wanda se había asomado al balcón y hacía al extranjero señal de que pasara.
–Gregorio, acompaña al caballero.
–Perdone, yo subiré. Muchas gracias.
Mientras subía los peldaños, yo quedé en pie abajo considerando al pobre pintor con profunda compasión.
La Venus de las pieles le ha hechizado. Va a retratarla y le volverá loco.
¡Hermoso día de invierno! El sol brilla como el oro en la pradera. Al pie de la galería se abren las camelias orgullosas en sus ricos botones. Wanda está sentada en la loggia y dibuja, mientras a su lado el pintor la mira extasiado con las manos cruzadas, indiferente a todo, hundiendo sus miradas en las de ella.
Pero Wanda no le ve, ni tampoco que yo cavo en el parterre para contemplarla y sentir su presencia, que mece mi alma como una música, como una poesía.
El pintor ha salido. Es una empresa atrevida, pero me arriesgo. Entro en la galería, me acerco a Wanda y la pregunto:
–¿Estás enamorada del pintor, mi dueña?
Ella me mira sin cólera, sacude la cabeza y se echa a reír.
–Me da lástima, pero no le amo. Yo no amo a nadie. Te he amado a ti tan profunda, tan apasionadamente, tan íntimamente como sabía amar, pero ya no te amo; mi corazón está herido, muerto, y esto me desespera.
–¡Wanda! – exclamé yo, lleno de dolor.
–En breve, tú tampoco me amarás -continuó-. Dime si ese momento está muy lejano, para que te dé la libertad.
–Entonces seré toda mi vida esclavo tuyo, porque te adoro y te adoraré siempre -exclamé, presa otra vez del fanático amor que me era tan funesto.
Wanda me miró con placer.
–Acuérdate bien de que te he amado por encima de toda expresión, de que he sido despótica para ti por halagar tu fantasía, que mi corazón todavía guarda para ti dulces sentimientos, una especie de íntima simpatía. Cuando ésta haya desaparecido, ¿quién sabe si te dejaré en libertad o si me haré entonces verdaderamente cruel, despiadada, salvaje contigo, o si seré indiferente o amaré a otro sin que me cause una alegría diabólica atormentar, incluso hasta la muerte, al hombre que me adora como una diosa? ¡Acuérdate bien de esto!
–Hace mucho que he soñado -repliqué, devorado por la fiebre- que no puedo vivir sin ti. Moriré si me dejas en libertad. Permíteme ser tu esclavo, mátame, pero no me alejes de tu presencia.
–Bueno; sé mi esclavo, pero no olvides que no te amo ya y que, por consiguiente, tu amor no tiene más valor para mí que la adhesión de un perro a quien se echa.
Hoy he visitado la Venus de Medícis.
Aún era tiempo. La salita ochavada de la Tribuna estaba llena de una dulce claridad crepuscular, semejante a la de un santuario, y permanecí con las manos juntas en profunda meditación ante la imagen de la diosa.
Pero no permanecí en pie largo tiempo.
No se veía a nadie, ni siquiera un inglés, en la galería. Caí de rodillas, y con los ojos entornados contemplé el cuerpo esbelto, arrebatador, la garganta dilatada de la voluptuosa figura virginal, los rizos perfumados, que parecen ocultar a cada lado pequeños cuernecillos.
Oigo sonar la campanilla.
Es mediodía. Está aún en la cama, doblados los brazos bajo la nuca.
–Voy a bañarme y quiero que tú me sirvas. Cierra la puerta.
Obedecí.
–Ahora, mira si abajo está todo también cerrado.
Descendí por la escalera de caracol, que pone en comunicación la alcoba con el cuarto de baño. Una vez me faltó el pie y tuve que apoyarme en la barandilla. Luego que hallé cerrada la puerta que da a la loggia y a los jardines, volví. Wanda, despeinada, cubierta con su capa de terciopelo verde, estaba, sentada en la cama. Hizo al verme un movimiento rápido, que me permitió comprender que estaba desnuda, y sin saber por qué me turbé como un condenado a muerte que sabe que va al cadalso y comienza a temblar ante su vista.
–Ven Gregorio; tómame en brazos.
–¿Cómo, mi dueña?
–Quiero que me lleves tú, ¿oyes?
La levanté, sentándola sobre mis brazos, mientras ella me rodeaba el cuello con los suyos. Al bajar lentamente, peldaño tras peldaño, rozándome su pelo la mejilla, sintiendo que su pie se apoyaba levemente sobre mi rodilla, pensaba a cada instante no poder más. El cuarto de baño ocupaba una amplia rotonda, alumbrada por una luz filtrada en una roja cúpula de vidrio. Dos palmeras extendían sus anchas hojas, como un techo de verdor, sobre un lecho de almohadones de terciopelo rojo, desde donde por algunas gradas cubiertas de tapices turcos, se descendía al baño de mármol puesto en el centro.
–Arriba, sobre mi mesa de noche, hay un libro de cubierta verde; tráemelo, y el látigo también -dijo Wanda tendiéndose en los almohadones.
Subí y bajé de cuatro en cuatro las escaleras, y arrodillándome, deposité ambos objetos en manos de mi dueña, que en seguida me hizo reunir su lujuriante cabellera eléctrica en un nudo con una cinta de terciopelo verde.
Hecho esto, la preparé el baño torpemente, pues los pies y las manos rehusaban servirme; y cada vez que contemplaba a la hermosa extendida sobre los almohadones de terciopelo verde, contrastando de vez en cuando el brillo de una parte u otra de su soberbio cuerpo con las pieles sombrías, en una contemplación involuntaria, atraído por una fuerza magnética, comprendía cómo la voluptuosidad y la concupiscencia residen solamente en el semidesnudo, en lo excitante, y todavía lo comprendí mejor cuando, por fin, estuvo lleno el baño y Wanda, de un solo gesto, rechazó el manto de pieles, quedando ante mí como la diosa de la Tribuna.
En este momento, en su belleza sin velo, se me apareció tan divina, tan casta, que, como el día anterior ante la diosa, caí de rodillas ante ella, y en un acto de adoración apreté mis labios sobre sus pies.
Mi alma, presa hacía poco de la más viva agitación, quedó tranquila de repente, y Wanda no tuvo ya ninguna crueldad para mí.
Descendió lentamente al baño, y con una alegría tranquila, en que no se mezclaba el menor sufrimiento ni la menor envidia, pude contemplarla a mi gusto sumergirse y levantarse en la onda cristalina, jugando amorosamente a su alrededor las ondas que levantaba su cuerpo.
Nuestro artista nihilista tiene razón. Una manzana natural es más hermosa que una manzana pintada, y una mujer viva más que una Venus de piedra.
Al salir del baño, deslizándose en su piel las gotitas plateadas y la rosada luz, se apoderó de mí un éxtasis mudo. Sequé con el lienzo su admirable cuerpo, frotándole, y la tranquila beatitud persistió todavía en mí cuando, envuelta en la capa, descansó sobre los almohadones, apoyando un pie sobre mí como un taburete. La elástica piel de cebellina se pegaba voluptuosa a su fresco cuerpo de mármol, y el brazo izquierdo en que se apoyaba, como un cisne dormido, aparecía en la sombría piel de la manga, en tanto que su mano derecha jugaba con el látigo, Mis miradas cayeron por casualidad en un espejo colgado en la pared opuesta, y lancé un grito cuando vi reflejada la escena en su marco dorado, como un cuadro; un cuadro tan maravillosamente bello, tan fantástico, que una profunda tristeza invadió mi alma al pensar que sus líneas y sus colores se desvanecerían como una niebla.
–¿Qué te sucede? – preguntó Wanda.
La señalé el espejo.
–¡Ah! ¡Muy hermoso! ¡Lástima que no pueda conservarse la escena!
–¿Y por qué no? Ese artista, ¿no sería el más valiente y famoso de los pintores si te tomara de modelo y eternizara tus rasgos con su pincel? El pensamiento de que tanta belleza extraordinaria -continué, contemplándola con entusiasmo-, tan soberbio rostro, ojos tan extraños de reflejos verdosos, cabellera tan diabólica, tanto esplendor de cuerpo, queden perdidos para el mundo, es atroz y me causa todas las angustias de la muerte, del aniquilamiento, porque no tienes, como los demás, el derecho de desaparecer enteramente para siempre, sin dejar detrás de ti una huella de tu
existencia. Tus rasgos deben vivir cuando hayas vuelto al polvo; tu belleza debe triunfar de la muerte.
Wanda se echó a reír.
–¡Qué lástima que la escuela italiana de hoy no posea un Tiziano o un Rafael! ¿Quién sabe si el amor podrá reemplazar al genio y si nuestro alemancito…?
Y quedó pensativa.
–¡Sí! Ha de hacer mi retrato -añadió de repente-, y corre de mi cuenta que mezcle el amor a sus colores.
El joven pintor ha establecido su estudio en la villa de Wanda, caído perfectamente en el cepo. ¡Hasta ha comenzado una madona de ojos verdes y cabello de fuego! ¡Sólo el idealismo de un alemán puede hacer del retrato de esta mujer voluptuosa la imagen de la virginidad! El pobre mozo está hecho un asno casi tan grande como yo. Desgraciadamente, nuestra Titania ha descubierto demasiado pronto nuestras orejas.
Ella se ríe de nosotros, ¡y de qué manera! Oigo su risa insolente y melodiosa resonar en el estudio, bajo la ventana abierta, a cuyo pie escucho celoso.
–¿Está usted loco? ¡Eso es inverosímil! ¡Yo de virgen! – exclamó, riendo de nuevo-. Aguarde usted un momento; voy a enseñarle a usted otro retrato mío, otro retrato pintado por mí. Va usted a copiarle.
Su cabeza apareció en la ventana, como rodeada de rayos de sol.
–¡Gregorio!
Salí a toda prisa, y me dirigí al estudio por la galería.
–¡Llévale al cuarto de baño! Y se retiró en seguida.
Nos dirigimos a la rotonda, y abrí.
Poco después llegó Wanda, vestida sólo con la piel de cebellina y con el látigo en la mano. Se tendió como la última vez en los almohadones de terciopelo. Yo me tendí a sus pies, y ella, jugando con el látigo, puso su pie sobre mi cuello.
–Mírame -dijo- con tu mirada fanática. Así está bien. Vamos.
El pintor se había quedado espantosamente pálido; miraba la escena con sus hermosos ojos azules soñadores. Sus labios se entreabrieron, pero quedáronse mudos.
–¿Qué tal? – dijo Wanda-. ¿Te gusta el cuadro?
–Sí, voy a pintarle así -dijo el alemán; pero aquello no era verdaderamente hablar; su voz era un gemido elocuente, el llanto de un alma enferma, agonizante.
El croquis al carbón está dispuesto; las cabezas y carnes, manchadas. Su rostro diabólico se presenta ya en líneas atrevidas; brilla la vida en sus ojos verdes.
Wanda está en pie ante la tela, los brazos cruzados sobre, el pecho.
–Como muchas obras de la escuela veneciana, este cuadro será, a la vez, un retrato y un asunto histórico -explica el pintor, otra vez pálido como la muerte.
–Y ¿con qué nombre le designaréis? – pregunta Wanda-. Pero, ¿qué tiene usted? ¿Está usted enfermo?
–Tengo miedo -contesta, devorando con los ojos a la hermosa-. Pero hablemos del cuadro.
–Sí, hablemos un poco del cuadro.
–Me represento a la diosa, descendida del Olimpo hacia un mortal, que, tiritando en esta tierra moderna, procura calentar su cuerpo augusto bajo una grande y pesada piel, y los pies en el regazo de su bien amado. Me represento el elegido de una hermosa déspota que fustiga a su esclavo cuando se cansa de abrazarle, y que es tanto más amada cuanto más le pisotea. He aquí por qué llamaría al cuadro La Venus de las pieles.
El artista pinta lentamente, haciéndose su pasión más viva. Temo que a la postre se nos suicide. Ella juega con él y le propone un enigma que no puede resolver. La sangre le arde, y ella se divierte. Mientras le sirve de modelo, no hace más que comer bombones y lanzarle bolitas de papel.
–Me encanta ver a usted de tan buen humor, señora -dice el pintor-. Pero la cara de usted pierde la expresión que necesito para mi cuadro.
–Aguarde usted un instante; ya la recobraré.
Se levanta y me da un latigazo. El pintor la contempla con aire cohibido, expresando su rostro un asombro ingenuo en que se mezcla el horror y la sorpresa.
Mientras Wanda me flagela, su rostro adquiere la expresión de cruel desdén que me encanta de manera tan inquietante.
–¿Es ésta la expresión que se necesita?
Lleno de confusión, el pintor baja la vista ante los fríos rayos de su mirada.
–Esa es -balbucea-, pero me siento ahora incapaz de pintar.
–¿Cómo? – pregunta Wanda burlona-. ¿Podría yo ayudarle?
–¡Sí! – grita el alemán como un demente-. ¡Flagéleme usted a mí!
–Con mucho gusto -replica alzando los hombros-. Pero sepa usted que cuando me sirvo del látigo no es en broma.
–¡Pégueme usted hasta la muerte!
–¿Me deja usted que le ate?
–Me dejo -gime.
Wanda nos deja un instante y vuelve al punto provista de cuerdas.
–¿De manera que se entrega usted a la Venus de las pieles, la hermosa déspota? – dice con aire burlón.
–Áteme usted -clama el pintor sordamente.
Wanda le ata las manos a la espalda, le pasa una cuerda bajo los brazos, otra alrededor del cuerpo y le ata a la falleba del balcón. Luego, dejando caer sus pieles, coge el látigo y se aproxima al alemán.
La escena tenía para mí un encanto lúgubre que no podré expresar. Sentí saltárseme el corazón cuando, riendo, dio el primer golpe y el látigo silbó en el aire. Al oírlo el pintor tembló levemente. Luego con la boca entreabierta, brillando los dientes entre los labios purpurinos, Wanda descargó sobre él sus golpes, hasta que los conmovedores ojos azules parecieron pedir gracia. Era indescriptible.
Ahora está sola ella, sirviéndole de modelo.
Wanda me ha puesto en la habitación contigua, detrás de una gran colgadura, desde donde puedo ver sin ver visto.
¿Qué le pasa?
¿Tiene miedo, o es un nuevo suplicio que prepara para mí? Me tiemblan las piernas.
Están hablando juntos. El baja tanto la voz que no puedo escuchar nada; ella le responde del mismo modo. ¿Qué significa esto? Evidentemente están de acuerdo.
Sufro horriblemente. Mi corazón parece que va a romperse.
Ahora se arrodilla ante ella, la abraza y apoya su cabeza en su pecho.
Ella -¡la cruel!– ríe, y ahora los oigo decir en alta voz:
–¡Todavía necesita usted el látigo!
–¡Mujer! ¡Diosa! ¡No tienes corazón! ¿No sabes tú lo que es amar, consumirse de pasión en la espera? ¡No puedes figurarte un instante lo que
sufro! ¿No tienes piedad de mí?
–Ninguna -replica, malvada e insolente-. No tengo más que el látigo.
Y sacándole de entre las pieles, cruza la cara con él al pintor. Luego se levanta y retrocede dos pasos.
–¿Va usted a quejarse más? – pregunta con aire de indiferencia.
El no responde, pero se vuelve al caballete y toma la paleta y los pinceles.
Está maravillosamente bien. Es un retrato que reproduce sus facciones y que al mismo tiempo parece un ideal: tan ardientes, sobrenaturales y hasta diabólicos son los colores.
El artista ha pintado su tormento, su adoración, su éxtasis.
Ahora me está pintando a mí, y todos los días pasamos juntos algunas horas. Hoy se ha vuelto de repente hacia mí, y me ha dicho:
–¿La ama usted?
–Sí.
–Yo la amo también.
Sus ojos se llenaron de lágrimas; permaneció algunos instantes silencioso y luego volvió a pintar.
El cuadro está acabado. Ella ha querido pagarle, generosa como una reina.
–¡Oh! ¡Ya me ha pagado usted -dice rehusando con dolorosa sonrisa.
Antes de partir, abre misteriosamente la cartera y me permite mirar dentro. Tengo miedo. He visto la cabeza de Wanda, viva como en un espejo.
–Esto es para mí y no puede quitármelo. ¡Bien me lo he ganado!
–Verdaderamente, me da pena ese pobre pintor -me dice hoy-.
Verdaderamente, es idiota ser tan virtuosa como soy, ¿no te parece?
No me atrevo a responder.
–¡Ah! Olvidaba que hablaba a un esclavo. Quiero salir, distraerme y olvidar. ¡Que enganchen… en seguida!
Nuevo traje fantástico. Medias botas rusas de terciopelo azul violeta, guarnecidas de armiño; traje de la misma tela levantado por estrechas bandas y escarapelas de piel; un abrigo corto ajustado, correspondiente al traje y también ricamente orlado y forrado de armiño; una alta toca de esta piel a lo Catalina II, sostenida por un alfiler de brillantes, y los cabellos incandescentes cayendo sobre las espaldas. Así es como ha subido al coche,
que guía ella misma. Yo me senté detrás. Había que verla fustigar a los caballos. Iban volando.
Es indudable que hoy causará sensación y será la leona de los Cascinos.
Los conocidos la saludan desde sus carruajes; en las avenidas se forman grupos de paseantes que se paran a hablar de ella. Pero ella no advierte nada de esto y tan sólo inclina la cabeza cuando la saluda un caballero grave.
De pronto aparece un joven montando un soberbio caballo negro, fogoso. Al ver a Wanda, modera el paso, se detiene, la deja pasar delante y ella le mira entonces también, la leona de los leones. Sus ojos se encuentran, pero ella no puede resistir la fuerza magnética de los suyos y tiene que volver la cabeza.
Sofocado por esta mirada, entre sorprendida y encantada, con que ha envuelto al joven, el corazón me desfallece.
Indudablemente es un hombre hermoso, más aún, un hombre como nunca vi otro. Parece un Belvedere de mármol; tiene los mismo músculos suaves, pero de acero; el mismo pelo encrespado; pero lo que le da una belleza característica es que carece de bigote y de barba. Si tuviese las caderas más anchas, se le tomaría por una mujer disfrazada. La boca es enteramente femenina, con labios de león que dejan entrever los dientes, dando, a veces, a su rostro una expresión cruel. ¡Es Apolo desollando vivo al sátiro Marsyas!
Lleva botas de montar, un chaleco de cuero blanco estrecho y ajustado, un dolmán de paño negro guarnecido de astracán y de ricas pasamanerías, como las de los oficiales italianos. Un fez rojo cubre su cabeza.
Ahora comprendo el Eros masculino y admiro al Sócrates que fuera virtuoso con este Alcibíades.
Nunca he visto a mi leona tan excitada. Sus mejillas ardían cuando descendía del coche ante su villa; subió a escape las escaleras, y con una mirada imperiosa me ordenó que la siguiera.
Paseando agitada a lo largo de la habitación, comenzó a decirme en un tono de odio que me causaba miedo:
–Vas a ir a tomar informes sobre el joven de los Cascinos, hoy mismo, a escape. ¡Qué hombre! ¿Le has visto? ¿Qué dices? ¡Habla!
–Es muy guapo -respondí sordamente.
–Tan guapo que he perdido la respiración -añadió parándose en medio de la habitación y apoyándose en el respaldo de una silla.
–Comprendo la impresión que te ha hecho -respondí, arrastrado de nuevo en un torbellino por mi loca fantasía-; yo mismo estaba fuera de mí, y puedo imaginar…
–¡Que es mi amante! – riendo- ¡Que te da de latigazos y que es un placer para ti recibirlos de su mano! Vete.
Lo he conseguido antes de la caída del día. A mi regreso, Wanda se halla aún vestida, tendida en el sofá, la cabeza entre las manos, despeinada la cabellera, como la melena de un león.
–¿Cómo se llama? – me preguntó con una calma inquietante.
–Alejo Papadopolis.
–¿Griego entonces? Asentí con la cabeza. – Debe de ser muy joven.
–Poco mayor que tú. Dicen que ha estudiado en París y que se sabe que es ateo; que ha combatido en Candía contra los turcos, haciéndose notar no poco por su odio de raza, su crueldad y su bravura.
–¡De modo que es todo un varón! – exclamó con los ojos deslumbrantes.
–En la actualidad vive en Florencia… y es enormemente rico.
–Eso no te he preguntado yo -replicó con viveza acentuando las palabras.
–Es peligroso -añadió tras una pausa-. ¿No tienes miedo de él? Yo, sí.
¿No tendrá mujer?
–No.
–¿Querida? – Tampoco.
–¿A qué teatros va?
–Esta noche va al teatro Nicolini, en que trabajan la simpática Virginia Marini y Salvini, el primer cantante actual de Italia, quizá de toda Europa.
–No dejes de tomar un palco. ¡Pronto, pronto!
–Pero, señora…
–¿Quieres probar el látigo?
–Aguarda en la galería -me dice, mientras coloco sus gemelos y el programa en la delantera del palco y la coloco el taburete a los pies. Salgo a la galería y me recuesto contra el muro para no caer de celos y de cólera, o mejor -porque no es ésta la palabra propia- de agonía de muerte. La veo en su traje de moaré azul, su gran manto de armiño pendiente de las espaldas desnudas, frente a frente del palco que ocupa el griego. Los veo devorarse con los ojos. La Pamela de Goldoni, Salvini, la Marini, el público, el
mundo entero, no existen ya para ellos. Y yo, ¿qué es lo que soy en este instante?
Hoy ha ido al baile del ministro de Grecia. ¿Le busca acaso?
Se ha vestido de seda verde mar, que dibuja sus formas divinas, dejando descubierto el busto y los brazos. Su pelo, atado en un solo nudo incandescente, adornado con un nenúfar blanco sobre su verde tallo, cae sobre su cuello en una onda única. Su expresión no guarda la menor huella de emoción que deje sospechar el estado de fiebre intensa que agita su alma. Va tan tranquila, tan tranquila, que mi sangre se hiela y siento congelarse mi corazón bajo su mirada. Lenta, con una majestad indolente y lánguida, sube la escalera de mármol, dejando arrastrar la opulencia de su manto, y penetra con abandono en el salón, que la luz de centenares de bujías llena de una niebla dorada.
Instantáneamente se pierde a mi vista, y recojo del suelo su abrigo, que, sin notarlo, se me ha caído de las manos.
Beso las pieles y mis ojos se llenan de lágrimas.
Es él.
Vestido de seda negra adornada con costosa cebellina oscura, es el hermoso déspota altivo que juega con la vida y el alma de los hombres.
Llega al vestíbulo, mira altanero a su alrededor, y fija largo rato sus ojos sobre mí, de una manera inquietante.
Bajo su mirada de acero, me sobrecoge de nuevo la agonía mortal, la sospecha de que él pueda cautivarla, tomarla, subyugarla; y un sentimiento de vergüenza, de celos, de envidia de su poderosa virilidad, me invade el alma.
¡Cuan bien me cercioro ahora de que soy un ser débil y confuso! Lo más ignominioso es que debería aborrecerle, y no puedo. ¿Cómo es posible que él me haya reconocido al instante entre una multitud de lacayos?
Me llama, moviendo la cabeza con una distinción inimitable; y yo, obedeciéndole, me aproximo a mi pesar.
–Quítame el abrigo -me dice con la mayor tranquilidad.
La rebeldía de mi alma hace temblar todo mi ser; pero obedezco, sumiso como un esclavo.
Espero impaciente toda la noche, delirante de fiebre. Extraños cuadros pasan ante mi vista. Los veo hablarse en una primera mirada larga; colgada de su brazo, ebria, la veo atravesar el salón, los párpados entornados,
recostada sobre su pecho; ahora le veo en el santuario del amor, no como esclavo, sino como dueño, en el sofá, ella a sus pies. ¡Me veo yo también sirviéndoles de rodillas! La bandeja tiembla en mi mano y él toma el látigo…
Ahora los lacayos se ponen a hablar de él.
Como es hermoso como una mujer, y lo sabe, se viste cuatro o cinco veces al día, a la manera de una verdadera cortesana.
En París, dos veces se mostró en público vestido de mujer, y los hombres le asediaron. Cierto cantante italiano, célebre por su talento y sus aventuras galantes, forzó su puerta y le amenazó con matarse a sus pies si no satisfacía su pasión.
–¡Lo siento! – replicó el griego, riendo-; tendría mucho gusto en complacerle a usted; pero no puedo hacer otra cosa que ejecutar su sentencia de muerte, porque soy hombre.
Ha comenzado la dispersión; pero ella, sin duda, no piensa aún en salir.
El alba asoma ya tras las persianas.
Oigo, por fin, el frú-frú de su traje de seda, envolviéndola en sus ondas verdosas. Viene hablando con él.
Yo ya no existo para ella, y ni siquiera se toma el trabajo de darme órdenes.
–El abrigo de la señora -dice él, que, naturalmente, no piensa en ayudarla.
Mientras la pongo la pelliza, ella permanece a su lado. Luego, cuando de rodillas la calzo las botas de abrigo, poniendo levemente su mano sobre la espalda del griego, le pregunta:
–¿Qué os parece la leona?
–Si el león que ella ha escogido vive con ella y le ataca otro -dijo el Apolo-, tiéndase la leona y contemple la lucha; y si su compañero queda debajo, no le socorra en modo alguno, déjele morir en su sangre bajo las garras de su rival, y siga al vencedor, al más fuerte, porque esto es naturaleza en la hembra.
La leona me lanzó entonces una mirada rápida y extraña.
Me estremecí sin saber por qué, y la luz roja, matutina, nos inundó de sangre a los tres: a ella, a él y a mí.
No ha querido acostarse; tan sólo se ha quitado el traje de baile y ha deshecho su peinado. Me ordena que encienda la chimenea y se queda junto
a ella, mirando el fuego con fijeza.
–¿Me necesitas, mi dueña? – pregunté, faltándome la voz en la última palabra.
Wanda meneó la cabeza.
Salgo de la habitación y me siento en los peldaños de la galería que conduce al jardín. Del Amo sopla un ligero viento Norte, una frescura fría y húmeda; a lo lejos, las verdes colinas se envuelven en nubes rosadas; un vapor de oro flota sobre la ciudad y la cúpula del Duomo.
Algunas estrellas brillan aún en el cielo azul pálido.
Me quito el abrigo y apoyo mi abrasada frente sobre el mármol. Todo lo pasado hasta aquí me parecía un juego de niños; pero ahora viene la realidad espantosa.
Presiento la catástrofe, la veo delante de mí, puedo cogerla con las manos; pero me falta valor para afrontarla, mis fuerzas se agotaron. Y si soy hombre de honor, no pueden asustarme los dolores físicos ni los sufrimientos morales que puedan caer sobre mí, los malos tratos que, acaso, me amenazan.
Ahora experimento un temor: el temor de perder a esta mujer, a quien he amado con una especie de fanatismo. Este temor es tan poderoso, me aplasta de tal modo, que, de repente, me pongo a sollozar como un niño.
Toda la mañana ha permanecido encerrada en la habitación, servida por una negra. Cuando la estrella de la tarde principia a aparecer en el cielo azul, la he visto atravesar el jardín, y al seguirla prudentemente de lejos, la he visto penetrar en el templo de Venus. Me deslicé furtivamente tras ella, y miré por la hendidura de la puerta.
Estaba ante la augusta estatua de la diosa, con las manos juntas, como en oración, y la luz sagrada de la estrella del amor la alumbraba con sus rayos azules.
De noche, en el lecho, me sofocan la agonía de perderla, la desesperación que, de un libertino como yo, hace un héroe. Enciendo fe lamparilla que pende en el corredor bajo una imagen, y con ella en la mano, velándola con la otra, llego hasta su alcoba.
La leona, vencida, al fin, por la fatiga, completamente aniquilada, duerme extendida sobre la espalda; cerrados lo puños, respirando desigualmente. Parece angustiada por un sueño. Lentamente retiro la mano y dejo caer la claridad roja, con toda su crudeza, sobre su rostro admirable.
¡No se despierta!
Deposito sin ruido la lámpara sobre el suelo, me arrodillo ante el lecho y reclino mi cabeza sobre su brazo, suave y tibio.
Se agita un instante, pero tampoco despierta. No sé cuánto tiempo permanecí así, en medio de la noche, petrificado de atroz tormento.
Por fin, en un violento estremecimiento, puedo llorar. Mis lágrimas corren sobre su brazo. Se estremece varias veces de pies a cabeza; se despierta al fin, y mira.
–¡Severino! – exclama, más asombrada que colérica.
No puedo responder.
–¡Severino! – vuelve a decir con dulzura-. ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo?
Su voz era tan compasiva, tan buena, tan afectuosa, que me arrancó el corazón como con tenazas enrojecidas al fuego, y comencé a sollozar alto.
–¡Severino! ¡Pobre desgraciado amigo! – su mano cayó tiernamente sobre mi pelo-. Sufro, sufro por ti, pero no puedo socorrerte; con la mejor voluntad del mundo, no conozco remedio para ti.
–¡Ay, Wanda! ¿Y es eso como es debido? – gemí en mi dolor.
–¿El qué, Severino? ¿De qué hablas?
–¿No me amas ya? ¿No tienes piedad de mí? ¿Te ha subyugado ya el guapo extranjero?
–No sé mentir -respondió con dulzura, después de una leve pausa-. Me ha causado una impresión que no puedo comprender, bajo la cual sufro y tiemblo; una impresión que he encontrado descrita por los poetas, que he visto en el teatro, pero que consideraba como una creación fantástica. El es como un león, fuerte, hermoso, orgulloso y tierno; nada bárbaro, como los hombres del Norte. Mucho lo siento por ti, Severino, pero es preciso que yo le posea; ¿qué estoy diciendo? Que me posea él cuando le plazca.
–Piensa en tu honor, Wanda, intacto hasta ahora, si es que soy algo para ti.
–Yo pienso; he sido fuerte mientras he podido; pero ahora -ocultó, avergonzada, la cara entre la almohada- quiero ser su mujer, si me acepta.
–¡Wanda! – exclamé asaltado de nuevo por la agonía mortal que me quitaba respiración y conocimiento-. ¡Quieres ser su mujer, quieres pertenecerle! ¡Oh, no me eches de tu presencia! El no te ama.
–¿Quién te lo ha dicho? – exclamó encendida.
–No te ama, no -continué con pasión-. Quien te ama soy yo, tu esclavo, que quiere echarse a tus pies y sostenerte en sus brazos toda la vida.
–¿Quién te ha dicho que no me ama? – volvió a decir con afán.
–¡Sé mía! – sollocé-. ¡Sé mía! ¡No puedo existir, no puedo vivir sin ti!
¡Ten compasión de mí, Wanda!
Me miró, y de repente su mirada tomó la fría expresión desalmada, la sonrisa perversa que ya me eran conocidas.
–¿Dices que no me ama? – dijo con desdén-. Está bien, consuélate tú también.
Y al mismo tiempo me volvió la espalda despreciativamente.
–¡Dios mío! ¿Luego no eres una mujer de carne y hueso? ¿Luego no tienes corazón como lo tengo yo? – exclamé, mientras un espasmo sacudía convulsivamente todo mi ser.
–Bien sabes tú que soy una mujer de piedra, la Venus de las pieles, tu ideal. Arrodíllate y adórame.
–¡Wanda! ¡Piedad, piedad!
Ella reía. Recliné la cara sobre su almohada y dejé que las lágrimas calmaran mi dolor.
Hubo un largo silencio. Al fin, Wanda se incorporó.
–¡Me estas aburriendo!
–¡Wanda!
–Tengo sueño, déjame dormir.
–¡Piedad! ¡No me alejes de tu presencia; nadie te amará, nadie podrá amarte tanto como yo!
–¡Déjame dormir!
Y de nuevo me volvió la espalda.
De un salto me apoderé del puñal colgado a su cabecera. Le saqué de la vaina y le puse sobre mi pecho.
–Voy a matarme ante ti -murmuré sordamente.
–Haz lo que quieras -respondió Wanda con perfecta indiferencia-, pero déjame dormir.
Luego volvió a bostezar.
–¡Qué sueño tengo!
Durante cierto tiempo permanecí petrificado; luego yo también reí y volví a llorar otra vez. Me guardé el puñal y me arrodillé nuevamente ante ella.
–¡Wanda, escúchame un instante!
–¡Quiero dormir! ¿Lo oyes? – exclamó encolerizada. Y saltando de su lecho me dio un puntapié-. ¿Olvidas que soy tu dueña?
Como yo permaneciera inmóvil, cogió el látigo y me pegó. Me levanté y me hirió de nuevo en la cara.
–¡Mujer, esclavo!
Amenazando al cielo con las manos salí resuelto de la habitación. Ella arrojó el látigo y se puso a reír a carcajadas. Ahora pienso que mi actitud teatral debía ser realmente cómica.
Decidido a separarme de la mujer sin corazón que tan cruelmente me ha maltratado y que, a cambio de mi adoración esclava, de todo lo que he sufrido por ella, está a punto de faltar ahora a la fe jurada, hago un paquete con mis pobres ropas y luego escribo la carta siguiente:
«Señora: La he amado a usted como un insensato; me he entregado a usted, pero usted ha profanado mis sentimientos más sagrados, desempeñando para mí un papel descaradamente frívolo. Mientras sólo ha sido, usted cruel y despiadada, la he podido amar, pero ya no, a punto de ser grosera. No soy yo el esclavo que se deja pisotear por usted. Usted misma me ha dado la libertad, y yo abandono a una mujer a la que ahora sólo puedo dar odio y desprecio.
Severino de Kusiemski.»
Di la carta a una de las negras y partí tan de prisa como pude. Llegué desalentado a la estación del ferrocarril, y allí sentí una violenta herida en el corazón…; me detuve…; me eché a llorar. ¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Quiero huir y no puedo! Me vuelvo. ¿Dónde? ¡Hacia ella, a quien aborrezco y amo a la vez!
Reflexiono de nuevo. No me atrevo a volver.
¿Cómo abandonar Florencia? Otra vez recuerdo que carezco absolutamente de dinero. Iré a pie. Es más decoroso mendigar que comer el pan de una cortesana.
Pero no puedo.
Ella tiene mi palabra de honor. Debo volver. Quizá me deje ella.
Doy rápidamente algunos pasos. Después me detengo de nuevo. Ella tiene mi palabra de honor, mi juramento de esclavo, que durará en tanto que ella quiera, mientras ella no me devuelva la libertad. Tampoco puedo matarme.
Me encuentro en los Cascinos, a orilla del Arno, junto a sus aguas amarillentas que riegan con un murmullo sordo algunos sauces perdidos.
Rememoro todos los incidentes de mi vida y la encuentro lamentable, no obstante algunas alegrías aisladas, infinitamente indiferentes y sin valor, sembrada con abundancia de sufrimiento, dolores, agonías, desilusiones, esperanzas fallidas, penas, remordimientos, duelos.
Pienso en mi madre, tan amada, a quien vi extinguirse de espantosa enfermedad; en mi hermano, que lleno de derechos al placer y a la felicidad, murió en la flor de su edad sin haber podido aproximar a sus labios la copa de la vida; pienso en mi nodriza muerta, en los amigos que trabajaron y estudiaron conmigo, en todos a quienes cubre con su sudario la indiferente y fría tierra. Pienso en el palomo que, a menudo, hastiado de su paloma, me hacía una reverencia, retrocediendo… Todo esto ha vuelto ya al polvo.
Luego me echo a reír y me deslizo en el agua; pero en el mismo instante, me agarro a unos juncos que se levantan por encima de las ondas amarillas, y veo ante mí la mujer que me puso en tan miserable condición.
Flota en la superficie del agua, alumbrada por el sol, como si fuera transparente, rodeada la cabeza y la nuca de llamas rojizas. Vuelve hacia mí su rostro y me sonríe.
He vuelto otra vez a su casa, chorreando, rojo de fiebre y de vergüenza.
La negra ha entregado la carta; de manera que estoy juzgado, perdido, completamente en manos de una mujer sin corazón, ofendida.
Ahora me matará. Yo no quiero matarme, y, sin embargo, tampoco quiero vivir mucho.
Cuando entré en la villa, Wanda estaba en la galería, apoyada en la balaustrada, la cara iluminada plenamente por el sol, los ojos entornados.
–¿Vives aún? – me preguntó sin moverse.
Yo quedé mudo, la cabeza inclinada sobre el pecho.
–Dame el puñal – continuó-. Para nada te sirve. No tienes valor para dejar la vida.
–No -respondí, temblando de frío.
Me envolvió en una mirada altanera de desprecio.
–Le has perdido en el Arno. Está bien. Pero ¿por qué no te has ido?
Murmuré algo que ni ella ni yo pudimos entender.
–¡Ah! ¿No tienes dinero? ¡Toma! – y sin decir más, llena de desdén, me lanzó el portamonedas a la cara.
No le recogí.
Ambos quedamos callados.
–¿No quieres irte, pues?
–No puedo.
Wanda ha ido en coche a los Cascinos sin mí, y sin mí ha vuelto al teatro. Ha recibido visitas. La negra la ha servido. Nadie se fija en mí. Voy rondando por el jardín como un animal sin dueño.
Tendido en el césped he visto los gorriones disputarse algunos granos.
De repente, oigo el roce de un traje de mujer.
Wanda se acerca. Viste un traje oscuro de seda de cuello alto, y el griego la acompaña. Hablan muy animados, pero no puedo coger una sola palabra.
De pronto, el griego golpea el suelo con el pié con tanta violencia que hace saltar guijarros y se pone a sacudir su fusta en el aire. Wanda queda espantada.
¿Tiene miedo?
¿Dónde están ya?
La ha dejado; ella le llama, pero él no la oye o no quiere oírla.
Wanda mueve tristemente la cabeza y se sienta en el banco más próximo, abstraída en sus pensamientos. Yo la contemplo con una especie de perversa alegría. Por fin, me levanto y me acerco con aire de desdén.
–Vengo a desear a usted buena suerte -digo, inclinándome-. Ya veo que ha encontrado usted su dueño, señora.
–¡Sí! ¡Dios sea alabado! ¡Basta de esclavos! ¡Un amo! La mujer necesita amo, y le adora.
–De suerte que tú, Wanda, ¿amas a ese bárbaro?
–Como no he amado nunca a nadie.
–¡Wanda! – cogí el puñal; pero las lágrimas me invadían ya los ojos, y me sobrecogió un transporte de pasión, de dulce demencia-. ¡Bien, tómale por esposo; él será tu dueño y yo tu esclavo mientras viva!
–¿Quieres ser mi esclavo, a pesar de todo? Sería gracioso; pero temo que no quiera él.
–¿Él?
–Sí, está celoso de ti, ¡de ti! Ha exigido que te abandone, y cuando ha sabido que eres…
–¡Le has dicho… -repliqué, cortado. – Todo; le he contado toda nuestra historia, tus caprichos y, en vez de echarse a reír, se ha encolerizado…
–¿Y te amenazó?
Wanda miró al suelo y se calló.
–¡Sí, sí! – dije con amargo desdén-. Le has tenido miedo. ¡Wanda! – me lancé a sus pies y abracé sus rodillas-. No deseo nada de ti; nada, sino ser tu esclavo, tu perro…
–¿Sabes que me aburres? – dijo ella con aire apático.
Di un salto, indignado.
–Ya no eres cruel, sino grosera -dije, pronunciando las palabras con tono incisivo y duro.
–Ya lo decías en la carta -replicó, alzando los hombros con aire arrogante-. Un hombre de talento jamás debe repetirse.
–¡Cómo me tratas! ¿Qué nombre das a eso?
–Podría castigarte a latigazos, pero prefiero responderte. No tienes derecho a quejarte. ¿No he sido siempre honrada contigo? ¿No te lo advertí varias veces? ¿No te he amado cordialmente, apasionadamente, dándote a entender de todos modos que era peligroso entregarse a mí, rebajarte ante mí? ¿No te dije que quería ser dominada? ¡Y tú quisiste ser mi esclavo, mi juguete! ¡Y habrás experimentado el mayor placer al serlo, bajo el látigo y bajo el pie de una mujer cruel y orgullosa! ¿Qué pretendes ahora? Los malos instintos dormitaban en mí y tú los despertaste. Si ahora me complazco en torturarte, en maltratarte, tú eres el único responsable; tú has hecho de mí lo que soy, y ahora eres bastante cobarde, miserable e inhumano para quejarte ante mí!
–¡Sí, soy culpable! Pero ¿no he sufrido bastante? Cesa este juego cruel.
–Mucho lo quiero -contestó, mirándome con un aire falso y extraño.
–¡Wanda! – exclamé con violencia-. ¡No abuses, mira que esta vez soy ya hombre!
–¡Humo de paja, que alarma un instante y que se apaga tan pronto como se encendió! Cree» intimidarme, y me haces reír. Si hubieses sido el hombre que me figuré al principio, un pensador, un hombre serio, te hubiera amado fielmente y sería hoy tu mujer. La mujer desea un hombre hacia el cual pueda levantar su mirada. Un hombre como tú, que ofrece libremente su cuello para que la mujer ponga sobre él el pie, sólo puede servir de juguete agradable; pero no tarda en tirarle cuando se hastía.
–Intenta ahora arrojarme -dije desdeñosamente-. Mira que soy un juguete peligroso.
–No me provoques -contestó Wanda. Sus ojos y sus mejillas se encendieron.
–Si no puedo poseerte -repliqué poseído de cólera-, ningún otro te poseerá.
–¿En qué drama has visto eso? – exclamó con un aire de desdén que me sofocó. Estaba pálida de cólera-. No me provoques -añadió-; mira que no soy cruel, pero no sé hasta dónde llegaría si no pones límite…
–¿Qué peor puedes hacer para mí que entregarte a ese hombre? –
respondí cada vez más exasperado.
–Puedo hacerte su esclavo. ¿Acaso no estás en mi poder? ¿No hay un contrato? Pero, francamente, sería un placer para ti si te hiciera atar y le dijera: haz de él lo que quieras.
–¿Estás loca, mujer?
–Estoy en toda mi razón. Te lo dije la última vez. Ya no me ofreces ninguna resistencia, y puedo ir más lejos aún. Siento una especie de odio hacia ti, y veré con verdadera voluptuosidad cómo él te flagela hasta la muerte; aguarda, aguarda.
Apenas dueño dé mí, la cogí de las muñecas y la arrojé a tierra, cayendo de rodillas ante mí.
–¡Severino! – exclamó con la cólera y el miedo pintados en el rostro.
–¡Te he de matar si te haces su mujer! – mis palabras salían secas y ardientes de mi boca-. Me perteneces y no te abandonaré, porque te he amado mucho -la cogí, trayéndola hacia mí, mientras impensadamente mi mano derecha se apoderó del puñal pendiente de mi cintura.
Wanda levantó hacia mí sus grandes ojos, de una tranquilidad inconcebible.
–Así me gustas -dijo con resignación-. Ahora me pareces un hombre, y en este momento te amo aún.
–¡Wanda! – las lágrimas me saltaron de los ojos, me incliné hacia ella y cubrí de besos su rostro encantador, mientras ella, riendo con malicia, exclamó:
–¿Tienes ya bastante ideal? ¿Estás contento de mí?
–¿Cómo? – balbuceé-. ¿Eres sincera?
–Lo soy cuando te digo que te he amado a ti, a ti solo, y tú, ¡loco!, no has notado que todo era juego y broma, ni lo penoso que me era darte un latigazo en el instante mismo que deseaba abrazarte. Pero ya es bastante,
¿oyes? He desempeñado mi cruel papel mucho mejor que tú creías y ahora serás feliz poseyendo tu mujercita, buena y tan poco bonita, ¿no es eso?
Viviremos razonablemente y…
–¡Serás mi mujer! – exclamé inundado de alegría.
–¡Sí! ¡Tú mujer, querido mío! – murmuró Wanda, besándome las manos.
Yo la levanté hasta mi pecho. – Ya has dejado de ser Gregorio, mi esclavo; vuelves a ser Severino, mi elegido.
–¿Y él? ¿No le amas ya?
–¡Cómo puedes creer que pueda amar a un bárbaro! Tú estabas ciego; tenía miedo por ti.
–¡Y yo que he estado a punto de matarme!
–¿De verás? ¡Ay! ¡Tiemblo al pensar si hubieras caído en el Amo!
–Pero tú me salvaste -añadí con dulzura-. Tú flotabas sobre las aguas sonriendo y tu sonrisa me devolvió a la vida.
Experimento una sensación extraña cuando la estrecho ahora en mis brazos, mientras ella descansa sobre mi pecho y se deja abrazar sonriendo.
Me parece que salgo repentinamente de un acceso de fiebre o que, habiendo naufragado, llego, al fin, a la costa, después de haber luchado todo el día contra las olas que amenazaban tragarme a cada instante.
–Aborrezco esta Florencia donde has sido tan desgraciado -dijo ella cuando la deseaba buena noche-, y quiero marcharme mañana mismo.
Tendrás la bondad de escribirme algunas cartas, y entre tanto, yo iré a hacer unas compras. ¿Quieres?
–Sí, mi querida, mi buena y hermosa mujer.
Muy de mañana, Wanda viene a llamar a mi puerta para preguntarme cómo he pasado la noche.
Su amabilidad me tiene encantado. Nunca imaginé que fuera tan buena.
Hace ya más de cuatro horas que salió, y hace tiempo que terminé sus cartas. Me siento en la galería e interrogo la calle cercana. Tuve algún recelo en otro tiempo; pero ya, ¡gracias a Dios!, nada de dudas ni temores.
Y, con todo, mi corazón está oprimido, sin que pueda yo evitarlo. Tal vez son los sufrimientos pasados, cuyo recuerdo pesa aún sobre mi alma.
Ya está aquí, radiante de alegría.
–¿Ha salido todo a tu gusto? – la pregunto, besándola la mano.
–Sí, corazón mío. Esta noche nos» vamos. Ayúdame a arreglar los maletines.
Por la tarde me ruega que vaya yo por mí mismo a dejar las cartas en el correo. Tomo el coche y vuelvo al cabo de una hora.
–El ama ha preguntado por ti -me dice una negra riendo, al subir las escaleras.
–¿Ha venido alguien?
–Nadie.
Y como una gata negra, escapa escaleras abajo.
Atravesé lentamente el salen y me detuve ante la puerta de su alcoba,
¿Por qué me late el corazón, si soy dichoso?
Al abrir despacito la puerta y retirar los cortinajes, Wanda está tendida en el sofá y finge no darse cuenta de mi llegada, ¡Qué hermosa en su traje de seda gris plateada, que revela sus divinas formas y descubre su admirable garganta y sus brazos! Una cinta de terciopelo negro ata su pelo, En la chimenea arde el fuego; la lámpara lanza a su alrededor su luz roja; toda la habitación parece nadar en sangre.
–¡Wanda! – exclamé al fin.
–¡Oh, Severino! – exclamó con alegría-. Te he aguardado impaciente, Se levantó y me enlazó en sus brazos. Después se sentó de nuevo sobre el rico almohadón, y quiso atraerme hacia ella; pero yo me deslicé a sus pies y recliné mi cabeza sobre sus rodillas.
–¿Sabes que hoy estoy muy enamorada de ti? – murmuró, mientras apartando dos mechones de pelo de mi frente me besaba en los ojos-, ¡Cuan hermosos tus ojos! Siempre fue lo que más admiré de ti, pero ahora estoy verdaderamente loca. ¡Me muero!
Extendió sus adorables miembros y me envolvió en una dulce mirada a través de las pestañas.
–¡Pero estás frío! Me tienes en los brazos como un pedazo de madera.
¡Aguarda, yo te encenderé! – y se pegó otra vez a mis labios, acariciante y maligna-. Veo que ya no te gusta, y tendré que ser cruel contigo a la fuerza.
Sin duda he sido hoy demasiado buena para ti. ¿Sabes, loco? Tendré que apelar al látigo…
–Pero niña;…
–Sí, lo quiero.
–¡Wanda!
–¡Anda! ¡Déjate atar! ¡Quiero verte enamorado! ¿Entiendes? Aquí tenernos las cuerdas. Vamos a ver si sé.
Me ató primero los pies, luego las manos a la espalda, y, por último, me agarrotó los brazos como Un criminal.
–¿Qué es eso? ¿Puedes aún moverte?
–No.
–Bueno.
Hizo un lazo con una cuerda gruesa, me la pasó por la cabeza, dejándole deslizar hasta las caderas; luego tiró y me ató a íá columna.
En este momento sentí un extraño estremecimiento.
–Experimento la sensación que debe experimentar un sentenciado.
–¡Es que hoy te van a flagelar de veras!
–Entonces te ruego que te pongas la chaqueta de armiño.
–Te complaceré.
Y quitándose la kazabaika se puso aquella prenda. Luego, con los brazos cruzados sobre el pecho, se colocó ante mí y me miró con los ojos entornados.
–¿Conoces la historia del toro de Dionisio, tirano de Siracusa? – me preguntó.
–La recuerdo malamente. ¿Qué es ello?
–Un cortesano inventó un nuevo modo de suplicio para uso del tirano de Siracusa. Consistía en un toro de bronce hueco, en cuya entraña debía ser encerrado, el sentenciado. Una vez dentro éste, el toro era sometido a la acción de un fuego violento. Apenas la máquina comenzaba a caldearse, el desgraciado aullaba de dolor, y sus quejas semejaban el mugido del animal.
Dionisio sonrió agradecido al inventor, sólo que, para probar su descubrimiento, lo encerró a él mismo en su toro de bronce. Esta historia está llena de enseñanzas. Lo mismo te pasa a ti, que me has enseñado el egoísmo, el orgullo y la crueldad, y que serás la primera víctima mía.
Siento ahora el placer de tener bajo mi dominio a un hombre que piensa, siente y quiere como yo; un hombre más fuerte que yo, de cuerpo y espíritu, y de maltratarle particularmente porque me ama. ¿Me amas tú aún?
–¡Hasta la locura!
–¡Tanto mejor! Así sólo experimentarás placer en lo que voy a hacer de ti.
–¿Qué tienes? ¡No comprendo! La crueldad brilla verdaderamente hoy en tus ojos y estás tan extrañamente hermosa…, hasta tal punto eres la encarnación de la Venus de las pieles…
Sin contestarme, Wanda pasó su brazo sobre mi cuello y me besó en la nuca. Todo el fanatismo de mi pasión se apoderó de nuevo de mí.
–¿Pero dónde está el látigo? – grité. Wanda, sonriente, retrocedió.
–De modo ¿que quieres de veras? – exclamó, echando atrás desdeñosa la cabeza.
–¡Sí!
El rostro de Wanda cambió completamente de expresión, y alterado como estaba por la cólera, hasta me pareció odioso.
–¡Anda, flagélale! – dijo en voz alta.
En el mismo momento, el rostro del hermoso griego apareció a través del cortinaje de la cama. Quedó al principio mudo y cohibido. La situación era espantosamente cómica, y yo mismo me hubiera echado a reír a carcajadas, si no hubiese sido a la vez tan desesperadamente triste e ignominiosa conmigo.
Esto era más que mi sueño. Sentí frío en la espalda cuando mi rival se acercó hacia mí, con sus botas de montar, su blanco chaleco, su dolmán rico, y cuando mi mirada cayó sobre sus músculos de atleta.
–¿Eres cruel hasta este punto? – dijo volviéndose hacia Wanda.
–Tan sólo por el placer -respondió ella con aire huraño-. La vida sólo vale por el placer; quien le goza, deja la vida con pena; el que sufre, saluda a la muerte como amiga. Pero quien pretende gozar, ha de tomar la vida en el sentido antiguo, sin avergonzarse de caer en la disipación, incluso a expensas de otro; ha de ser siempre despiadado; debe uncir a los otros a su carro o a su arado, como bestias de carga. A los hombres que, como éste, experimentan voluptuosidad y placer en la esclavitud, felices en ella y compartiendo las alegrías que causan, no les pidáis ir libremente a la muerte. Su amo debe decirse: si me tuvieran en su mano, como yo le tengo, harían lo mismo conmigo y tendría que pagar su placer con mi sudor, con mi sangre, acaso con mi alma. Así era el mundo antiguo: placer y crueldad, libertad y esclavitud han sido juntos. Los que quieran vivir como dioses del Olimpo, deben tener esclavos que arrojar en los estanques, gladiadores que combatan en sus suntuosos festines y que sólo se hacen un poco de sangre.
Sus palabras me destrozaron el alma por completo. Comprendía.
–¡Desatadme! – exclamé furioso.
–¿No eres mi esclavo, mi propiedad? ¿Tendré que enseñarte el contrato?
–¡Desatadme! – volví a gritar desesperado, tirando con violencia de la cuerda.
–¿Podrá desatarse? – preguntó Wanda al griego-. Me ha amenazado con la muerte.
–Tranquilízate -dijo él examinando las ligaduras.
–¡Pediré socorro!
–Nadie nos oye y nadie me impedirá profanar otra vez tus sentimientos más sagrados, y desempeñar contigo un papel frívolo -continuó citando con desdén satánico las frases de mi carta-. ¿Soy ahora cruel y despiadada, o bien grosera? ¿Me amas o me desprecias? Ten el látigo -y se lo alargó al griego, que vino con rapidez hacia mí.
–No lo intentéis -exclamé temblando de cólera-. No lo toleraré de vos.
–¿Lo dice usted porque no llevo pieles? – replicó el griego sonriendo con aire frívolo. Y tomó de sobre la cama la pelliza de cebellina.
–¡Qué bueno eres! – dijo Wanda, besándole y ayudándole a ponerse la prenda.
–¿Puedo darle de veras? – preguntó.
–¡Haz de él lo que quieras! – fue la contestación de Wanda.
–¡Bárbaro! – dije, rabioso.
El griego levantó sobre mí su fría mirada de tigre y probó el látigo, hinchándosele el bíceps de acero. Yo estaba agarrotado como Marsyas, y condenado a ver cómo Apolo me desollaba vivo. Mi mirada, errante por la habitación, se detuvo en el corredor que representaba a Sansón cegado por los filisteos, a los pies de Dalila. Esta imagen se me presentó como un símbolo, la eterna alegoría de la pasión, de la voluptuosidad, del amor que siente el hombre por la mujer. Cada uno de nosotros, me puse a pensar, es un Sansón a la postre, engañado por su amada, ya lleve ésta un justillo de lienzo o una capa de cebellina.
–Mira ya cómo le domo -exclamó el griego.
Mostró los dientes, y su cara tomó la expresión sanguinaria que me asustó cuando le vi por primera vez.
Y comenzó a descargar sobre mí el látigo, tan despiadada, tan espantosamente, que yo saltaba a cada golpe con todo mi cuerpo. Las lágrimas corrían por mis mejillas y, entre tanto, Wanda, recostada en el sofá
entre sus pieles, contemplaba la escena con cruel curiosidad, retorciéndose de risa.
Imposible es describir los sentimientos que experimenta un hombre maltratado por un rival feliz ante la mujer a quien adora. Me sentía morir de vergüenza y desesperación.
Lo más ignominioso es que, en mi dolorosa situación, bajo el látigo de Apolo y las risas de Venus cruel, experimenté al principio una especie de encanto fantástico, ultrasensual. Pero el látigo de Apolo disipó pronto ese encanto poético. Los golpes llovían sobre mí; apreté los dientes, y el sueño voluptuoso, la mujer, el amor, se desvanecieron para mí.
Vi entonces con terrible precisión que, desde Holofernes y Agamenón hasta aquí, la pasión ciega, la voluptuosidad ha llevado siempre al hombre al cepo que le tiende la mujer…, la miseria, la esclavitud, la muerte.
Me pareció salir de un sueño.
En breve mi sangre saltó bajo el látigo. Yo me retorcía como un gusano, pero él hería siempre sin piedad y ella reía sin piedad también, cerrando las maletas, envuelta en su abrigo de viaje. Y seguía riendo cuando subió al coche en el pórtico.
Después cesó todo ruido.
Escuché, reteniendo la respiración.
El coche se alejó; se acabó todo.
Hubo un momento en que pensé vengarme, matarla. Pero recordé el contrato. Tenía que cumplir mi palabra a regañadientes.
El primer sentimiento que experimenté, después de esta cruel catástrofe de mi vida, fue un ardiente deseo de fatigarme, de viajar, de gustar las superfluidades de la existencia. Quise hacerme militar y marchar a Asia o a Argelia; pero mi padre, anciano y enfermo, me llamaba.
Volví, pues, tranquilamente al hogar doméstico y le ayudé, durante dos años, a soportar los cuidados y responsabilidades de su puesto. Entonces aprendí lo que ignoraba hasta entonces, y ahora me parece tan confortante como un vaso de agua a un ebrio. Aprendí a trabajar y a cumplir mis deberes.
Mi padre murió y me convertí en propietario, sin cambiar por esto.
Llevo botas de campo y vivo con la moderación que tendría si mi padre viviese aún y me diera esta lección, mirándome.
Un día recibí una caja y una carta, en cuyo sobre reconocí la letra de Wanda.
Extrañamente emocionado, la leí:
«Caballero:
»Ahora que han pasado más de tres años de la huida de Florencia en la memorable noche que usted recordará, puedo escribirle para decirle, una vez más, cuánto le he amado. Pero usted hirió todos mis sentimientos con el extraño donativo que me hizo de su persona en su loca pasión. Tan luego como se hizo usted mi esclavo, sentí que no podía ser usted ya mi marido.
Pero me parecía gracioso constituirme en ideal de usted, y quizá -cosa que me divertía más- llegar a curarle.
»Yo encontré el hombre fuerte que necesitaba, y he sido tan feliz con él como se puede ser en esta cómica bola de barro.
»Pero como cosa humana, mi felicidad duró poco. Apenas hace un año me le mataron en duelo, y ahora vivo en París como una Aspasia.
»¿Y usted? Su vida no habrá sido muy alegre desde que perdió los sueños de esclavitud, sin que hallaran satisfacción las desdichadas inclinaciones que me quitaron desde el principio toda claridad de pensamiento, toda bondad de corazón, toda sinceridad moral.
»Espero que mi látigo le habrá hecho bien. La cura fue cruel, pero radical. Recuerdo de los días pasados y de una mujer que le amó a usted con pasión, sea ese cuadro que le envío, obra del pobre alemán.
Venus de las pieles.»
No podía hacer otra cosa que echarme a reír. Y cuando estaba sumergido en mis pensamientos, se presentó ante mí, látigo en mano, la bella de la chaqueta de armiño. De nuevo me eché a reír de lar que tanto había amado, de su famosa chaqueta de pieles, mi antiguo encanto, del látigo que había probado, de mis propios dolores, y me dije: Sí, la cura fue cruel, pero radical. Lo esencial es que estoy curado.
–Muy bien. ¿Y cuál es la moraleja de esta historia? – dije a Severino, colocando el manuscrito sobre la mesa.
–¡Qué fui un burro! – exclamó sin volverse hacia mí-. ¡Así la hubiera golpeado!
–Curioso medio, que puede emplearse con tus paisanas.
–¡Ah, sí! ¡Están muy acostumbradas! Pero piensa en su acción ante nuestras hermosas damas, nerviosas e histéricas.