La vida borrada de Amalia Finisterre

Emilio Calderón · Capítulo 2 de 3

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La vida borrada de Amalia Finisterre

Epílogo. Dos años más tarde

EPÍLOGO

DOS AÑOS MÁS TARDE

 

L a inspectora Toledano entró en la sala de rehabilitación donde Amalia Finisterre y el doctor Ayuso realizaban fisioterapia acuática. La piscina de siempre, con una profundidad de un metro cuarenta y el agua a treinta y dos grados de temperatura, permitía a los dos pacientes realizar ejercicios que imitaban actividades de la vida diaria.

Sendos terapeutas completaban la dirección de aquella peculiar coreografía de movimientos, ordenándoles a cada cual qué debía hacer y cómo en cada momento. Ambos pacientes obedecían relajando el tono muscular, estirando las articulaciones de forma acompasada, realizando ejercicios para reeducar la marcha o, simplemente, disfrutando de la flotación.

Desde fuera, resultaba evidente que Amalia había desarrollado mayor destreza que su compañero; cuyo control postural, elasticidad y equilibrio aparentaba cierta atrofia incluso dentro del medio acuático.

La doctora Luisa Font, quien había sustituido al doctor Ayuso como coordinadora del área de rehabilitación del centro hospitalario, se acercó hasta Sarah al enterarse de que había venido de visita.

—¿Qué tal, inspectora? —dijo a modo de saludo.

—Bien, doctora. ¿Qué tal evolucionan los enfermos?

—Amalia ha experimentado una gran mejoría gracias a la presencia del doctor Ayuso. Sin duda lo reconoce, lo que a la vez le sirve de estímulo positivo. Está logrando grandes avances a la hora de reorganizar las funciones de su cerebro. Se trata de pequeños progresos desde la perspectiva general de su estado, pero para ella son grandes logros. Dentro del agua diría incluso que está consiguiendo superar parte de sus miedos, lo que hace que su comportamiento sea más extrovertido y sociable; que esté, en definitiva, más despierta y atenta. Su capacidad de retener información también ha experimentado una evolución moderada. Algo impensable hace tan solo unos meses. El doctor, en cambio, sigue padeciendo grandes problemas debido a la pérdida del control postural. Apenas si es capaz de mantener el equilibrio. Ciento ochenta días en coma son muchos. Creo que necesitará algo más de tiempo para que los resultados sean más visibles. Cabe incluso que estemos hablando de años. A todos los compañeros nos causa verdadera lástima que una persona de su fortaleza, determinación y valía profesional haya terminado así: un hombre roto.

La voz familiar de Amalia interrumpió el discurso de la doctora Font para decir:

—«Ca…»; «Ca…»; «Ca…». ¡Mi… r… a lo que soy capaz de hace… r! ¡Estoy flotando! ¡Estoy haciendo el mue… r… to! ¡Mue… r… to!

A la inspectora le pareció que Amalia daba muestras de estar más confiada y segura, que había recuperado la determinación necesaria para seguir mejorando. Nunca volvería a ser ni remotamente la de antes, pero al menos siempre contaría con la presencia del doctor Ayuso como estímulo. En lo que a ella concernía, no había ni un ápice de ironía o de cinismo en ese razonamiento.

—Desde que el doctor Ayuso se incorporó a la rehabilitación como paciente, Amalia lo llama «Ca…». «Ca…» para arriba; «Ca…» para abajo —observó la doctora Font.

—Sí, K., lo sé. También antes de que el doctor Ayuso fuera atacado lo llamaba así. Siempre hubo una gran empatía entre ellos, una gran dependencia, que cada uno manifestaba desde el papel que representaba.

—Quién le iba a decir al doctor Ayuso que iba a acabar en la misma piscina que Amalia, pero como paciente. La vida está llena de circunstancias extrañas, ¿no le parece?

—Supongo que es cosa del azar, del destino.

—Sí, del destino. A veces además de caprichoso es cruel.

—Ahora solo las piernas, y nos damos la vuelta. Las piernas nada más, solo mueve las piernas. Deja que te ayude —dijo el rehabilitador que se encargaba de coordinar los ejercicios acuáticos de Amalia.

Esta se revolvió sobre sí misma hasta completar el ejercicio que le habían pedido.

—¿Por qué no pone música de Mozart? A Amalia le encanta. El doctor siempre lo hacía. Decía que las composiciones del genio austríaco ayudaban a estimular a Amalia —sugirió la inspectora.

—Lo sé. Y en el caso de Amalia sigue siendo así. Pero curiosamente es el doctor quien no la tolera. Experimenta reacciones adversas cuando suena Mozart. Se vuelve irascible, como si la música golpeara de manera negativa en alguna parte de su subconsciente.

—Es una pena.

—Lo es, sin duda. Tal vez la música entre en conflicto con su yo más profundo por algún motivo que desconocemos —dejó caer la doctora Font —. ¿Qué hay de verdad en todo lo que se rumorea sobre él?

¿Se refería a su yo más oscuro? ¡Había tanto que contar!, pensó la inspectora, pero se contuvo.

—Eso depende de lo que se rumoree sobre él —se limitó a decir.

—Dicen que mandó asesinar a su esposa, y que los criminales se ensañaron luego con él, porque se negó a pagar el dinero que le pedían. La verdad, a todos nos cuesta creer que todos esos chismes que corren sean verdad.

—Dado su estado, nunca se celebrará un juicio; con lo que nada podrá demostrarse de manera fehaciente. Los asesinos de su esposa tampoco fueron detenidos porque formaban parte de una organización política con fines criminales, por lo que el único que tiene todas las respuestas es el propio doctor Ayuso.

—Comprendo. Me temo entonces que… No creo que el doctor pueda recuperar la memoria, incluso veo difícil que recobre el habla por completo. Su caso se parece tanto al de Amalia…

—Bueno, acaba de decirme que Amalia está evolucionando de manera positiva. Tal vez ocurra lo mismo con el doctor Ayuso. Quizá dentro de un tiempo vuelva a reconciliarse con la música de Mozart. Tal vez dentro de unos meses sus músculos hayan despertado del letargo y mejore la atrofia de sus extremidades.

—Sí, tal vez las cosas mejoren para él. Con esta clase de enfermos hay que tener, sobre todo, mucha paciencia. A veces tengo la impresión de que lo que aquí hacemos es reconstruir a las personas como si fueran rompecabezas, a sabiendas de que faltan piezas. Siempre hay partes que nunca volverán a ser las mismas.

—Bueno, viéndolos evolucionar en la piscina, se diría que Amalia y el doctor Ayuso se tienen el uno al otro. Tal vez, de alguna manera, se ayuden mutuamente.

—Sí, desde luego se tienen el uno al otro. Y le aseguro que se ayudan. Ya lo creo.

 

◆◆◆

Sentada en la terraza de siempre, frente al mismo mar de siempre, con una gaviota parecida a la que siempre revoloteaba en torno a su mesa, la inspectora pidió un café americano largo; acopló los cascos de audio en sus oídos y comenzó a escuchar el testimonio de la madre de Teresa Gallardo, la última víctima de la violencia de género de la Comunidad de Valencia, una mujer de treinta y ocho años, madre de dos niñas de diez y seis años, a quien su marido había cosido a puñaladas y arrancado siete piezas dentales a puñetazos en la puerta del colegio de las pequeñas. Luego, una de las carreteras de salida de la ciudad se lo había tragado a él y al vehículo con el que huyó.

 

Una noche, un vecino llamó al 092 porque escuchó gritos y ruidos en casa de mi hija. Cuando los agentes llegaron a la vivienda, nadie les abrió la puerta; por lo que tuvieron que hacer uso de una pistola Taser. Encontraron a Teresa refugiada en el balcón, con heridas en el labio y las mejillas. Como mi hija se negó a interponer una denuncia contra su marido, tuvieron que hacerlo los agentes. Una semana más tarde se reprodujo la situación: Teresa recibió una nueva paliza, que le dejó un ojo a la funerala y una luxación en el hombro, por lo que esta vez decidió denunciar. El juez acordó una orden de alejamiento, lo que no impidió que dos días más tarde su marido intentara atropellarla. Mi hija comenzó entonces a padecer estrés, perdió parte del cabello, pasaba los días encerrada en casa, llorando. Blindó las puertas de la casa con cerrojos. Incluso instaló uno en la cocina. Al cabo, tuve que empezar a llevar a mis nietas al colegio. Cuando el estado de ánimo de Teresa comenzó a mejorar, el señor juez retiró el dispositivo telemático a su maltratador aludiendo que «existían fisuras en su declaración». ¿Puede creerlo? Los huesos fisurados de mi hija no eran suficiente testimonio. Teresa fue entonces al juez para pedirle que la encerrara a ella en una cárcel, que no podía seguir viviendo así. El magistrado le recomendó someterse a tratamiento psicológico. Una semana más tarde, el primer día que Teresa volvía a llevar a las pequeñas a clase, ese animal cayó sobre ella, por la espalda, a traición. Después de apuñalarla varias veces, aún tuvo tiempo de propinarle dos puñetazos en la mandíbula. Nadie se atrevió a interponerse en el camino de esa mala bestia, que huyó blandiendo el cuchillo ensangrentado en la mano. Ahora Teresa se debate entre la vida y la muerte, mientras que el señor juez y su maltratador gozan de buena salud y de libertad. Sí, lo sé, solo soy una madre, una mujer insignificante; y a las personas como yo no nos está permitido cuestionar las decisiones de los jueces, ya que se supone que los dones de la Justicia son superiores a todos los demás. Aunque si contemplo el estado de salud de mi hija y el de su maltratador, no me queda otra que estar de acuerdo con quien dijo eso de que donde hay poca justicia es un peligro tener razón…

 

—En efecto, amiga, donde hay poca justicia es un peligro tener razón. Por eso yo voy a dar con ese mal nacido. Lo haré, te lo prometo, por Teresa y por todas las mujeres a las que el sistema da la espalda porque lo único que tienen es la razón de su parte —le habló la inspectora a la brisa fresca que le acariciaba las mejillas.

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