La viuda y el escoces

Julia London · Capítulo 4 de 24

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La viuda y el escoces

Capítulo 3

C ailean alzó la cabeza al oír el ladrido de Fabienne. Vivía solo, y no solía recibir más visitas que las de los peones que contrataba ocasionalmente para que le ayudaran a construir su casa, Arrandale.

Aquel día era excepcional, porque estaba esperando a Auley. Pero su hermano, que le tenía que llevar un cargamento de vino y té pasado de contrabando, no llegaría por el camino, sino en bote y por el lago. En consecuencia, Cailean desconfió inmediatamente de la persona o personas que habían entrado en su propiedad, y alcanzó el mosquete para curarse en salud.

—¡Arrandale! —gritó alguien en el exterior.

Al reconocer la voz, Cailean abrió la puerta. Era Padraig MacNally, quien alzó las manos al ver el arma y estuvo a punto de tropezarse con Fabienne, que movía el rabo alegremente.

—¿Qué quieres? —gruñó Cailean.

MacNally empezó a hablar en gaélico, quejándose de una extranjera y de la mala suerte de llevar toda una vida al servicio de otros para acabar con las manos vacías. Sin embargo, hablaba tan deprisa que Cailean no entendió ni la mitad, lo cual le hizo perder la paciencia.

—Por el amor de Dios, ¿quieres tranquilizarte? No entiendo lo que dices.

MacNally respiró hondo y declaró:

—¡La dama que acaba de llegar me ha despedido! ¡Me ha dejado sin trabajo!

Cailean lo miró de arriba abajo. Su ropa estaba terriblemente sucia, y había bebido tanto que apestaba a whisky, lo cual no era de extrañar. Al fin

y al cabo, todo el mundo sabía que los MacNally de aquel valle eran un puñado de borrachos.

—¿Y de quién ha sido la culpa? —replicó.

—¡Llevo catorce años en Auchenard, cuidando la propiedad!

—¿Cuidándola? —dijo con ironía—. Casi está en ruinas.

—Porque el viejo se negaba a darme dinero para hacer las reparaciones necesarias —se defendió MacNally, al borde de las lágrimas—. ¿Qué podía hacer? ¡No podía hacer nada en absoluto!

Cailean se limitó a suspirar.

—¡Ayúdame! —añadió, juntando sus sucias manos—. Por favor.

—¿Y cómo quieres que te ayude? —preguntó, disgustado.

Cailean estaba deseando que se fuera. En primer lugar, porque MacNally no era del clan de los Mackenzie; en segundo, porque no era de fiar y, en tercero, porque Auley llegaría en cualquier momento con su carga, que dejarían allí hasta que la pudieran vender, es decir, hasta estar seguros de que nadie los perseguía por haberse olvidado de declarar las mercancías en la aduana.

—He intentado razonar con ella, pero mi inglés no es demasiado bueno

—explicó MacNally, quien seguía hablando en gaélico—. Además, esa mujer no para de hablar. Habla tanto que no deja meter baza.

Cailean se acordó de la inglesa que había conocido en el camino, la que lo miró como si él fuera un pastel y ella, una niña hambrienta.

Evidentemente, era la misma persona. ¿Solo llevaba un día en Auchenard y ya había despedido al guarda que cuidaba de su destartalada propiedad?

A decir verdad, no le extrañó mucho. Los ingleses, a los que en Escocia llamaban sassenach, eran así; salían de la nada, se apoderaban de esto o aquello y pretendían cambiar el estilo de vida de la gente. Pero, a pesar de haber conocido a muchos de esos ladrones, Cailean nunca había visto a ninguno que le gustara tanto.

Su figura imponente y sus apasionados ojos verdes lo habían dejado sorprendido, y eso que no era un hombre que se sorprendiera con facilidad.

Sin embargo, las cosas estaban bastante revueltas en Escocia con el enésimo intento de devolver el trono a la dinastía de los Estuardo, y la súbita presencia de una dama inglesa era una invitación al desastre.

Sí, aquella mujer era verdaderamente bella. E imperdonablemente inglesa. Demasiado para el pobre MacNally.

—Está bien. Espera aquí.

Cailean entró en la casa, cerró la puerta y se dirigió a la parte trasera para escribir una nota a su hermano y dejársela allí. Luego, volvió con MacNally y empezaron a caminar. Auchenard estaba a poco menos de dos kilómetros, de modo que fue un trayecto breve. Llegaron por el bosque y, cuando salieron al camino, Cailean frunció el ceño. Todo tenía un aspecto lamentable.

—Te prometo que lo arreglaré —dijo MacNally, interpretando bien la expresión de Cailean—. Te lo prometo.

Cailean volvió a mirar las ventanas sucias y los hierbajos que crecían por doquier y soltó un gruñido. No creía que MacNally tuviera intención de cumplir su promesa, pero ese no era el problema que le preocupaba.

Al llegar a la puerta principal, alzó la mano y llamó con brío. Momentos más tarde, salió un hombre en mangas de camisa y con delantal de cuero.

—¿Sí?

—Me gustaría ver a lady Chatwick.

El hombre parpadeó.

—¿Quién quiere verla? —preguntó con inseguridad.

—El señor de Arrandale.

El hombre, que estaba obviamente sorprendido, miró a MacNally con desagrado.

—Dese prisa —dijo Cailean, impaciente—. No tengo todo el día.

Tras asentir, el hombre desapareció en la oscuridad del zaguán. Al cabo de unos segundos, se oyeron voces en el interior y, poco después, apareció la dama de la casa en compañía del mayordomo y dos caballeros más.

Cailean reconoció a uno, el que había desenvainado la espada en el camino, pero el otro no le resultó familiar.

Lady Chatwick, que parecía preocupada cuando llegó a la puerta, sufrió una transformación asombrosa al ver a Cailean. Su cara se iluminó con una sonrisa tan abrumadora que casi lo dejó sin aliento.

—Usted otra vez… —dijo, aparentemente encantada.

Cailean la miró con desconfianza, porque le parecía sospechoso que se alegrara de verlo. Llevaba un vestido sencillo, y en su esbelto cuello sin adornos de ninguna clase latía una vena que le llamó poderosamente la atención.

—Sí, otra vez —replicó.

Ella sonrió un poco más, desconcertándolo por completo. ¿Por qué sonreía así? Era del todo absurdo. Desde su punto de vista, tendría que haber estado asustada.

—Espero que me disculpe —dijo ella, echándose el pelo hacia atrás—.

Acabamos de llegar a la mansión, y me temo que no estamos preparados para recibir visitas. Tendríamos que haber llegado hace una semana, pero el viaje desde Londres fue tan arduo que nos retrasamos. Primero, por las tormentas marinas y después, por todas estas colinas.

—Las colinas a las que se refiere son las que dan nombre a esta zona.

Por eso se llaman Highlands, es decir, Tierras Altas —dijo con él con brusquedad—. Y por otra parte, no he venido de visita.

Sus ojos verdes lo miraron con sorpresa. Pero, acto seguido, soltó una carcajada que aumentó la perplejidad de Cailean.

—Gracias por no ocultar la verdad tras el habitual subterfugio de las frases poéticas. Es agradablemente refrescante, señor.

Justo entonces, un niño se abrió paso entre los adultos y se quedó mirando a Cailean.

—Ah, estás aquí, cariño… —dijo Daisy, que le puso las manos en los hombros y se volvió a girar hacia el escocés—. Permítame que le presente a mi familia. Sé que ya conoce a sir Nevis, pero puede que no conozca a mi tío, el señor Alfonso Kimberly. En cuanto al niño, es mi hijo, lord Chatwick.

El pequeño retrocedió y estuvo a punto de esconderse bajo las faldas de su madre, pero ella lo empujó suavemente hacia delante. Era rubio, y estaba tan pálido y delgado que Cailean se preguntó si padecía de alguna enfermedad.

—¿Dónde están tus modales, Ellis? ¿No vas a saludar al caballero?

El niño inclinó la cabeza y dijo:

—Es un placer, señor.

— Latha math —contestó Cailean en gaélico.

—¿Qué significa eso?

—Buenos días. ¿No habías oído el idioma de las Tierras Altas?

—¿Es usted de aquí? —intervino Daisy—. No sé por qué, pero me dio la impresión de que era inglés.

—¿Inglés? ¿Yo? —dijo, ofendido—. No, claro que no.

—Bueno, tampoco sería tan terrible —observó ella, sonriendo otra vez.

—Soy escocés, señora —declaró con orgullo.

—No lo dudo, pero debe admitir que su acento suena vagamente inglés.

¿Qué estaba pasando allí? Cailean no entendía nada. Había ido a hablar sobre el empleo de MacNally, no sobre su acento. Si no se andaba con cuidado, la historia de lo sucedido en Auchenard se extendería por la comarca y se distorsionaría de tal manera que, al final, lo acabarían presentando como un simpatizante de los ingleses. No en vano, el valle estaba lleno de cotillas.

—Mi madre es inglesa —sentenció.

—Ah, vaya —dijo ella, alegremente—. ¿Y quién…?

—Esta no es una visita de cortesía, madame —la interrumpió—.

MacNally me ha contado que ha prescindido de sus servicios.

—Quizá debería hablar yo con el caballero —intervino Alfonso, presto a defender a su sobrina.

—No, no será necesario —replicó Daisy—. Estoy segura de que el caballero no tiene mala intención.

Cailean se maldijo para sus adentros. ¿Cómo podía saber que no tenía mala intención? Si quería, podía ser de lo más peligroso. Y ya se disponía a decirlo cuando ella empezó a hablar otra vez.

—Sí, es cierto que he prescindido de los servicios del señor aquí presente —dijo, inclinando la cabeza como si estuviera aceptando un halago

—. No tenía más opción, como ya le expliqué. ¿O no se lo expliqué, señor MacNally? Seguro que todos estamos de acuerdo en que, si una persona contrata a alguien para que cuide de su propiedad, espera obtener resultados en tal sentido.

MacNally miró a Cailean y dijo en gaélico:

—¿Lo ves? Habla a toda prisa, y de una forma rarísima.

Cailean no le hizo ni caso.

—Este hombre lleva catorce años al cuidado de su mansión, madame.

—Es cierto que lleva mucho tiempo a su cuidado, pero también lo es que, en algún momento de su larga experiencia laboral, se olvidó de cuidarla —observó, lanzando una mirada a las ventanas rotas.

—Porque no tenía dinero —dijo MacNally a Cailean, nuevamente en gaélico.

—El señor MacNally me acaba de informar de que su marido no le daba dinero para afrontar las reparaciones necesarias.

Ella arqueó una de sus finas y doradas cejas.

—¿En serio? Mi marido falleció hace más de dos años y, aunque he estado pagando los estipendios del señor MacNally con regularidad, no he recibido ninguna petición de fondos para el mantenimiento de Auchenard.

Cailean apartó la mirada de los verdes ojos de Daisy y la clavó en los de MacNally, a quien preguntó en su idioma natal:

—¿Es eso cierto? ¿No se los pediste?

—¿A quién se los iba a pedir? Aquí no había nadie —respondió con nerviosismo.

—Pero recibías puntualmente tu salario, según afirma la dama. Y sabías quién te lo enviaba y desde dónde… ¿Por qué no le escribiste?

MacNally se encogió de hombros, se frotó la mandíbula y miró las colinas antes de decir en gaélico:

—Lo he hecho tan bien como he podido.

—¿Qué ha dicho? —preguntó ella con amabilidad.

En lugar de responder, Cailean insistió en su interrogatorio a MacNally.

Tenía una sospecha que quería confirmar.

—¿Has estado haciendo whisky?

MacNally se ruborizó, y Cailean le dedicó una retahíla de insultos. Ya era bastante peligroso que Auley y él almacenaran grandes cantidades de vino y té en Arrandale como para que aquel cretino montara una destilería clandestina en la propiedad de una inglesa.

—Tienes suerte de seguir con la cabeza sobre los hombros, MacNally.

Lárgate de aquí. Ve a Balhaire y búscate otro empleo, si es que te lo dan.

Pero vete antes de que las autoridades se enteren de lo que has hecho.

MacNally no dudó; en cuanto oyó la mención de las autoridades, dio media vuelta y se alejó a trompicones. Entonces, Cailean se giró hacia lady Chatwick y los hombres que la acompañaban. Ella estaba sonriendo; ellos, no.

—Le ruego que me disculpe, madame —dijo—. Por lo visto, la he molestado innecesariamente.

—No hay necesidad de disculparse —replicó ella con alegría.

Cailean no lo podía creer. Aquella mujer se comportaba como si se lo estuviera pasando en grande. Pero ya no tenía motivos para seguir allí, de modo que hizo ademán de marcharse.

—¡Milord! —lo detuvo Daisy—. ¿Puedo hacerle una pregunta…? ¿De dónde viene, exactamente?

Cailean la miró a ella y miró a los dos hombres. ¿Por qué le preguntaba eso? No tenía más remedio que encontrarlo sospechoso, porque era un escocés cuyo abuelo inglés había sido acusado de traición. Y para empeorar las cosas, también era un hombre que practicaba el sutil arte de introducir bienes de contrabando en el país.

Fueran cuales fueran los motivos de la dama, no se sintió particularmente inclinado a darle gusto y responder. Alguien que burlaba a los buques de la Marina Real y a los representantes de la Corona en Escocia no iba a permitir que una espía inglesa de alta alcurnia diera al traste con sus negocios y tuviera éxito donde los demás habían fracasado.

—Es simple curiosidad —continuó ella, notando su recelo.

Daisy se apoyó en una de las columnas de la entrada y se pasó un dedo por el escote del vestido, obligándolo a mirar. Cailean no salía de su asombro. Estaba coqueteando con él.

—Créame cuando le digo que su desconfianza es exagerada. Solo se lo he preguntado porque no esperaba volver a verlo después de nuestro encuentro en el camino… y, sin embargo, aquí está.

—Bueno, le aseguro que no nos volveremos a ver.

—¿No? Pues es una pena.

Daisy lo dijo con una sonrisa tan seductora que a él se le aceleró el corazón. A decir verdad, no estaba acostumbrado a tratar con mujeres tan

descaradas. Y eso que, siendo escocés, conocía a un montón de mujeres descaradas.

—Quizá, pero no nos veremos más. Y rece a sus santos para que tampoco vea a otras personas.

—¿Qué otras personas?

Él suspiró.

—¿Es que no entiende nada? No debería estar aquí, madame.

—¿Por qué?

—Porque los sassenach no son bien recibidos en estas tierras. Alguien tendría que habérselo dicho antes de emprender tan arduo viaje.

—¿ Sassenach? ¿Qué significa eso? ¿Se refiere a las mujeres? —se interesó, sin dejar de sonreír.

—Me refiero a los ingleses.

—Vamos, milady —volvió a intervenir sir Nevis—. Permita que el caballero se marche.

Daisy hizo caso omiso. Se quedó donde estaba, mirando a Cailean mientras se acariciaba el tentador y pálido espacio que había entre sus senos.

Él lo encontró desconcertante. ¿Qué clase de aristócrata coqueteaba con un desconocido? ¿Qué clase de mujer se ofrecía de esa manera a un extraño que la doblaba en tamaño? Especialmente, teniendo en cuenta que parecía tan frágil como delicada y, en cualquier caso, del todo inadecuada para un hombre de su carácter.

Pero, a pesar de ello, no era la primera vez que veía ese atrevimiento en una inglesa. No lo era en absoluto, como demostró el repentino e indeseado recuerdo que asaltó sus pensamientos un segundo después: el de otra rosa igualmente delicada que, durante un tiempo, conquistó su corazón.

—No es posible que sea tan ingenua, lady Chatwick —dijo, dando un paso adelante—. No hay ni un solo escocés en estás colinas que los quiera a usted y a los suyos. Y, sin embargo, se comporta como si estuviera de fiesta en un jardín florido.

Ella rio con suavidad.

—Ah, le aseguro que esto no es ninguna fiesta. ¡Ni siquiera tenemos jardín! Aunque estoy decidida a tener uno, porque el paisaje es precioso…

verdaderamente insuperable —dijo, mirándolo de arriba abajo.

Cailean se estremeció al sentir la reacción de una parte muy particular de su cuerpo, que se alzó de su sueño.

—¿No piensa decirme de dónde viene? —insistió Daisy.

Impaciente, excitado y absolutamente perplejo, Cailean optó por la retirada. Llevaba demasiado tiempo allí, y estaba harto de que aquella mujer lo interrogara.

—Que tenga un buen día, madame.

—¡Lo mismo digo, señor! —replicó ella mientras él se alejaba—.

¡Vuelva a Auchenard cuando quiera! ¡Daremos una fiesta en el jardín!

Cailean echó chispas durante todo el camino de vuelta a Arrandale. Le parecía increíble que una inglesa lo hubiera puesto a la defensiva con tanta facilidad, y estaba asombrado con su atrevimiento.

Era una chiflada. Y también era deliciosa. Una chiflada deliciosa, el mayor de los peligros en materia de mujeres.

De repente, el largo y tórrido verano le empezó a parecer interesante.

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