La voz del diablo
Prosigue la Historia de Julien
20
PROSIGUE LA HISTORIA DE
JULIEN
Permítanme que vaya directamente al grano. No contemplé el desolado y fantasmagórico paisaje de Donnelaith hasta el año 1888. Los «recuerdos»
seguían acudiendo a mi mente, si bien entremezclados con unos elementos que me desconcertaban. Mary Beth se había convertido en una poderosa bruja, más inteligente, astuta y filosóficamente interesante que Katherine, Marguerite e incluso Marie Claudette. Claro que Mary Beth pertenecía a la nueva generación de la posguerra, la posterior a los miriñaques, como suele decirse.
Colaboraba conmigo en mis tres actividades principales: cuidar de la familia, disfrutar de la vida y ganar dinero. Era mi confidente y mi única amiga.
Durante esos años tuve numerosos amantes, tanto hombres como mujeres.
Estaba casado. Mi amada esposa, Suzette, a la que quería mucho aunque de forma egoísta, me dio cuatro hijos. Me gustaría hablarles de ello, pues en cierto modo, todo cuanto hace un hombre forma parte de su estructura moral. Yo, por supuesto, no era una excepción. Sin embargo, no tengo tiempo de detenerme en esa cuestión. Así pues, diré brevemente que pese a sentirme muy unido a mi esposa, mis amantes y mis hijos, mi única amiga era Mary Beth, la cual estaba al corriente de la existencia de Lasher y de todos los riesgos que ello comportaba.
Por aquel entonces Nueva Orleans era una ciudad entregada al vicio que ofrecía abundantes oportunidades a los aficionados a las mujeres de dudosa reputación, al juego o, simplemente, a observar el degradante espectáculo de su inmoralidad y violencia. Yola adoraba y no temía adentrarme en los lugares más sórdidos en busca de placeres. Mary Beth, disfrazada de chico, me acompañaba a todas partes. Curiosamente, si bien procuraba proteger a
mis hijos varones, enviándolos a escuelas del este y preparándolos para afrontar la vida, alimentaba a Mary Beth con unos ingredientes mucho más fuertes. Mary Beth era el ser humano más inteligente que jamás he conocido. Era una experta en negocios, política y otras muchas materias.
Era fría, implacable y calculadora, pero sobre todo poseía una brillante imaginación y una gran capacidad para prever las cosas alargo plazo.
Dada su perspicacia, no tardó en comprender que Lasher no poseía esas cualidades. Permítanme que exponga un ejemplo. A principios de la década de 1880 llegó a Nueva Orleans un músico llamado Henry el Ciego. Henry el Ciego era lo que se dice vulgarmente un sabio ignorante. No había ninguna pieza que no pudiera ejecutar al piano. Tocaba obras de Mozart, Beethoven y demás compositores de primera fila, pero en otros aspectos era un completo idiota. Un día en que Mary Beth y yo asistimos a uno de sus conciertos, mi hija escribió en el programa una nota dirigida a mí, ante las mismas narices de Lasher, el cual se hallaba cautivado por la música. La nota decía lo siguiente: «Henry el Ciego y Lasher poseen el mismo nivel intelectual.»
Así era. Se trata de una cuestión muy compleja que no podemos analizar aquí. Hoy en día, el mundo moderno sabe más acerca de sabios ignorantes, niños autistas, etcétera. En resumen, Mary Beth trataba de darme a entender que Lasher era incapaz de aplicar sus conocimientos y sensaciones aun contexto real. Nosotros, los vivos, situamos lo que sabemos y lo que sentimos en un determinado contexto. Ese ser muerto, no. Mary Beth no mitificaba a Lasher porque había comprendido eso desde muy joven.
Cuando un día le dije que era un fantasma vengativo, ella se encogió de hombros y repuso que quizá tuviera razón. Sin embargo, y esto es fundamental, no despreciaba a Lasher como lo despreciaba yo. Al contrario, lo amaba. Lasher estableció con Mary Beth unos estrechos lazos emocionales, obteniendo de ella una simpatía y comprensión que yo era incapaz de sentir hacia ese diabólico espíritu. A medida que presenciaba el desarrollo de la relación entre ambos, y veía a Mary Beth asentir a mis irónicos comentarios y mis veladas advertencias, pero sin dejar de amarlo, empecé a comprender por qué Lasher había preferido siempre las mujeres a los hombres. Creo que satisfacía un rasgo de las mujeres que en los hombres es más latente. Las mujeres son más propensas a enamorarse, a
compadecer y a amar a un ser que les proporciona placer erótico. Por supuesto, se trata de un juicio sesgado. Cuando le expresé mi opinión a Mary Beth, ella se echó a reír y contestó:
—Es como el viejo argumento esgrimido por el tribunal de las brujas, de que las mujeres somos más susceptibles de dejarnos conquistar por el diablo porque somos más estúpidas. Deberías avergonzarte, Julien. Puede que se trate simplemente de que tengo más capacidad de amar que tú. Mary Beth y yo discutimos sobre ello durante toda nuestra vida, sin conseguir ponernos de acuerdo. En cierta ocasión insinué que la mayoría de las mujeres carecían de un sentido de la moral y que podían ser inducidas a cometer cualquier tipo de desmanes. Mary Beth respondió sin alterarse que sentía una profunda responsabilidad moral respecto a Lasher, cosa que yo, el pragmático y el diplomático, no sentía. Era yo quien carecía de un sentido de la moral, no ella. Puede que tuviera razón. En cualquier caso, aquella demoníaca criatura me inspiró siempre una intensa repugnancia, sentimiento que Mary Beth evidentemente no compartía.
—Cuando hayas desaparecido —me dijo Mary Beth—, sólo quedaremos ese ser y yo. Él constituirá mi amor, mi solaz, el único testigo de mis actos.
No me importa lo que es ni de dónde procede. No me importa lo que soy ni de dónde procedo. La idea de pensar en mí misma en esos términos me resulta absurda. A la sazón tenía quince años, era alta, con el pelo negro, de complexión fuerte y muy guapa, dentro de un estilo agresivo que quizás a algunos hombres no les hubiera atraído. Poseía un talante sosegado y unas poderosas dotes de persuasión. Todo el mundo la admiraba, y todo aquel que no se dejaba intimidar por su mirada directa y su aplastante seguridad en sí misma quedaba cautivado por ella. Yo me sentía impresionado, como es lógico, sobre todo cuando, tras manifestar unos criterios como los que he citado más arriba, Mary Beth sonreía y hacía algo que nunca dejaba de sorprenderme: deshacer su larga trenza negra, de forma que su abundante cabellera se desparramaba sobre sus hombros como un velo, sacudir la cabeza y echarse a reír, transformándose, por medio de ese gesto, de una joven intelectual en una atractiva y sensual mujer . Debo decir que yo era el único hombre capaz de controlar a Lasher, y estoy convencido de que poseía una inmunidad masculina frente a sus halagos. No obstante, reconozco francamente haber tenido numerosas aventuras con otros
hombres. No tengo ningún prejuicio contra ese tabú. Para mí, el amor... es amor. En el fondo, detestaba a ese repugnante ser. Detestaba sus torpezas y su sentido del humor. Alors... Mary Beth, que compartía mis ambiciones en todos los aspectos, se familiarizó con los negocios de la familia desde muy joven. A los doce años empezó a participar en todas las decisiones que yo tomaba al respecto, mediante las cuales nuestra fortuna se diversificó y amplió hasta el punto de convertir el capital de los Mayfair en una inexorable máquina de hacer dinero. Nuestros negocios se extendían desde el Sur hasta Boston, Nueva York y Londres. Invertíamos el dinero únicamente donde sabíamos qtre generaría más dinero, y los beneficios de éste en valores que nos proporcionarían automáticamente más dinero, una política que hemos proseguido hasta la actualidad. Mary Beth no tardó en revelarse un genio en materia de finanzas. Utilizaba hábilmente a Lasher como espía, informador, observador y consejero particular. Era impresionante ver cómo lo manipulaba a su antojo.
Entretanto, nos habíamos apropiado de la casa de la calle Primera. Mi hermano, Rémy, era un hombre apacible y reservado, y sus hijos unos niños dóciles y bondadosos. Mis hijos varones asistían a la escuela en el este. Mi pobre hija Jeannette, prácticamente una retrasada mental, al igual que Katherine, falleció de niña. Pero ésa es otra historia. Me refiero a la muerte de mi dulce Jeannette y mi querida esposa, Suzette. No puedo relatarla. Tras la muerte de éstas, que ocurrió con posterioridad, y la de mi madre, Marguerite, Mary Beth y yo nos aislamos del resto del mundo, compartiendo nuestros conocimientos y aficiones, así como nuestra incesante búsqueda de placeres. Pero ese aislamiento ya había comenzado antes. Éramos unos apasionados del mundo moderno. Viajábamos con frecuencia a Nueva York, simplemente para gozar de esa espléndida capital.
Nos encantaba viajar en ferrocarril; nos manteníamos informados sobre los últimos adelantos e invertíamos en todo tipo de inventos. A diferencia de muchos de nuestros parientes, que preferían aferrarse al elegante y trasnochado Viejo Mundo, encerrándose en su torre de marfil, a nosotros nos entusiasmaba el cambio. Nos gustaba, como suele decirse, meter la mano en todo. Hasta que partimos rumbo a Europa, en 1887, Mary Beth conservó su condición de «virgen guerrera», por decirlo así, sin permitir que ningún hombre la tocara. Se divertía de mil maneras, pero no quería correr el riesgo de parir una bruja hasta poder elegir minuciosamente al
padre. Ése es el motivo por el cual prefería disfrazarse de chico cuando salíamos de juerga. Debo decir que vestida de chico, con sus oscuros ojos de mirada sensual, ofrecía un aspecto muy atrayente, aunque jamás dejó que se le acercara nadie. Al fin llegó el momento de emprender el ansiado viaje a Europa, un espléndido periplo, un ejercicio de riqueza a gran escala, unas maravillosas y anheladas vacaciones que, al mismo tiempo, nos brindaron la oportunidad de aprender muchas cosas. Si de algo me arrepiento en esta vida es de no haber viajado más y no haber animado a mi familia a recorrer el mundo. Pero eso carece ahora de importancia. Lasher no estaba de acuerdo en que partiéramos y nos previno contra toda suerte de peligros. N
o comprendía nuestro afán de viajar, pues, según él, aquí vivíamos en el paraíso. Sin embargo, no logró convencernos. Mary Beth estaba empeñada en ver mundo y Lasher, con tal de satisfacerla, acabó cediendo. Una hora después de partir, nos dimos cuenta de que nos había seguido. No se apartó de nuestro lado durante toda la travesía. Con frecuencia, cuando divisaba a Mary Beth a cierta distancia, advertía la presencia de Lasher junto a ella. En Roma, se apoderó de mi cuerpo durante varias horas, pero el esfuerzo lo dejó exhausto y rabioso. Nos rogó que regresáramos, pues echaba de menos nuestra casa. Afirmó que detestaba ese lugar, que no soportaba permanecer ahí. Yo respondí que no podíamos regresar aún, que era absurdo pretender que no nos moviéramos de casa y que dejara de atosigarnos.
Cuando nos trasladamos a Florencia, se mostró deprimido y enojado y un buen día decidió largarse. Mary Beth temía que le hubiera ocurrido algo.
Por más que lo intentaba, no lograba invocar su presencia.
—Bien, nos hemos quedado solos en el mundo de los mortales —observó, encogiéndose de hombros—. ¿Qué puede pasarnos?
Triste y malhumorada, se dedicó a recorrer las calles de Siena y Asís sin apenas dirigirme la palabra. Era evidente que echaba de menos a Lasher, y que se arrepentía de haberle herido. A mí me era indiferente que nos hubiera abandonado. Pero, para mi pesar, cuando llegamos a Venecia, donde nos alojamos en un maravilloso palacio que daba al Gran Canal, el monstruo apareció de nuevo, gastándome una de sus más crueles y despreciables bromas.
Yo había dejado en Nueva Orleans a mi querido secretario y amante, un joven mulato llamado Victor Gregoire, el cual se ocupaba de mis negocios en mi ausencia. A nuestra llegada a Venecia supuse que recibiría noticias de Victor, una carta, unos documentos para que los revisara, unos contratos que debía firmar, etcétera. Principalmente esperaba que me escribiera asegurándome que todo iba bien. Un día, mientras estaba sentado ante el escritorio, frente al canal, en una vasta habitación decorada al estilo barroco, con húmedos cortinajes de terciopelo y un frío suelo de mármol, apareció Victor. Al menos, daba la impresión de ser él. No obstante, comprendí inmediatamente que no se trataba de Victor, sino de alguien idéntico a él. Contemplé al sonriente y tímido joven que tenía ante mí, alto, de tez dorada, ojos azules, pelo negro y cuerpo atlético, vestido impecablemente. Al cabo de unos segundos, desapareció. Naturalmente, se trataba de Lasher haciéndose pasar por Victor a fin de atormentarme. Pero
¿por qué? Yo sabía la respuesta. Apoyé la cabeza en el escritorio y rompí a llorar. Al cabo de una hora, Mary Beth me comunicó que Victor había sido atropellado por un vehículo en la esquina de Prytania y Philip, frente a la farmacia a la que solíamos acudir. Dos días después del accidente, había fallecido pronunciando mi nombre.
—Es mejor que regresemos a casa —dijo Mary Beth.
—¡No! ¡Me niego rotundamente! —protesté—. Esto es obra de Lasher .
—No lo creo capaz de semejante cosa.
—Por supuesto que es capaz. Estaba furioso. Me encerré en mi habitación, situada en la tercera planta del palacio y desde la cual tan sólo divisaba una estrecha calle, y estuve un rato paseando arriba y abajo.
—¡Te ordeno que aparezcas ante mí! —repetía una y otra vez. Al fin apareció el monstruo, fingiendo de nuevo ser el doble de mi elegante y sonriente Victor .
—Qué risa, Julien. Quiero regresar a casa. Yo le volví la espalda.
Furibundo, el monstruo hizo que se agitaran las cortinas y temblaran el suelo y los muros de piedra. Al cabo de un rato me decidí a mirarlo.
—¡No quiero permanecer aquí! —exclamó—. ¡Quiero regresar a casa!
—¿No te apetece la idea de recorrer las calles de Venecia?
—Odio este lugar. No quiero oír más cánticos religiosos. Te odio. Odio Italia.
—¿Y qué me dices de Donnelaith? ¿Acaso no deseas visitarla?
Uno de nuestros objetivos era viajar al norte de Escocia para visitar Donnelaith, el lugar donde Suzanne había invocado a Lasher. El diabólico espíritu se encolerizó y empezó a lanzar papeles y cojines por la habitación.
Luego, enfurecido, agarró la colcha dellecho, formó con ella una pelota y me la arrojó, derribándome al suelo.
Jamás he conocido a nadie que poseyera tal fuerza. El monstruo había obtenido su fuerza de mí y ahora la empleaba para golpearme. Me levanté de un salto, recogí la colcha y se la arrojé a mi vez.
—¡Aléjate de mí, demonio! —grité—. ¡No dejaré que sigas alimentándote a costa de mi alma! ¡Haré que mi familia te repudie!
Sin parar de gritar, traté con todas mis fuerzas de distinguir al maldito espíritu y, al fin, conseguí ver una inmensa y siniestra fuerza que se iba acumulando en la habitación. Profiriendo un rugido, me precipité sobre él, y se vio obligado a salir volando por la ventana, ya extenderse sobre la calle y los tejados como un monstruoso y gigantesco tapiz. En aquel momento entró precipitadamente Mary Beth y el monstruo apareció de nuevo. Yo volví a cubrirle de maldiciones e insultos.
—¡Regresaré al edén! —gritó—. ¡Aniquilaré a todos los que ostenten el apellido Mayfair!
—Entonces jamás lograrás convertirte en un hombre de carne y hueso —
replicó Mary Beth, extendiendo los brazos—. No regresaremos a casa, nuestros sueños no se cumplirán, las personas que te conocen y quieren habrán desaparecido y volverás a estar solo. Yo, sabiendo lo que iba a
ocurrir, me aparté. Mary Beth avanzó unos pasos y dijo con voz suave y halagadora:
—Tú has creado esta familia. Tú has creado el edén en el que vivimos.
Concédenos un poco de tiempo. Todo lo bueno que tenemos lo hemos recibido gracias a ti. ¿Por qué quieres impedir que disfrutemos de este viaje? ¿Acaso no deseas vernos felices y satisfechos?
Noté que el espíritu había roto a llorar, pues percibí el extraño y silencioso murmullo que emitía cuando sollozaba. Me asombraba que no dijera «qué tristeza», del mismo modo que solía decir «qué risa», pero evidentemente prefería utilizar el patético recurso de los lágrimas. Mary Beth se acercó a la ventana. Al igual que muchas jóvenes italianas, había madurado rápidamente en el caluroso ambiente de nuestro Sur, convirtiéndose en una espléndida flor. Llevaba un vestido rojo con falda de vuelo que acentuaba su esbelta cintura, sus generosos pechos y sus caderas. Durante unos instantes permaneció con la cabeza inclinada y los labios apoyados en las manos; luego se volvió y le lanzó un beso a Lasher .
El espíritu la envolvió lentamente, acariciándole el cabello y jugueteando con él mientras Mary Beth movía la cabeza de un lado a otro lánguidamente. Yo me volví bruscamente y aguardé. Al cabo de unos momentos, el espíritu se acercó a mí y dijo:
—Te amo, Julien.
—¿Deseas convertirte en un hombre de carne y hueso? ¿Estás dispuesto a seguir mostrándote benevolente con nosotros, tus hijos, tus amigos, tus brujos?
—Sí, Julien.
—Entonces iremos a Donnelaith —dije, midiendo bien mis palabras—.
Deseo contemplar el valle donde nació nuestra familia, y colocar una corona de flores en el lugar donde Suzanne fue quemada, viva. Confío en que no me lo impidas. Era una descarada mentira. Sentía tantos deseos de hacer eso como de ponerme a tocar la gaita. Pero estaba empeñado en conocer Donnelaith, en llegar hasta el fondo de este misterio.
—Muy bien —respondió Lasher, conmovido por mi tono sincero.
—Cuando estemos allí, quiero que me cojas de la mano y me indiques lo que debemos visitar y conocer .
—Lo haré —contestó Lasher, con un suspiro de resignación—. Pero vámonos de este maldito país. Estoy harto de los italianos, con su papa y sus viejas iglesias. Vayamos al norte, sí. Yo os acompañaré, seré vuestro sirviente, vuestro amante.
—Muy bien, espíritu —dije. Luego, tratando de adoptar un aire sincero, añadí con lágrimas en los ojos—: Yo también te amo, espíritu.
—Algún día nos conoceremos en la oscuridad, Julien —contestó Lasher—.
Nos conoceremos cuando tú te conviertas también en un fantasma y recorramos juntos los aposentos de la casa de la calle Primera. Pero deseo convertirme en un ser mortal. Deseo que las brujas prosperen.
Sus palabras me aterraron, pero no dije nada. No obstante, te aseguro, Michael, que su predicción no se ha cumplido. Me encuentro en un ámbito que no comparto con ningún otro ser . Esas cosas no se pueden explicar; ni siquiera en estos momentos sé expresarlo con palabras. Sólo sé que tú y yo estamos aquí, que puedo verte y que tú me ves a mí. Quizás es cuanto debamos saber todas las criaturas, habitemos donde habitemos. Sin embargo, en aquellos momentos no lo sabía. No podía comprender la inmensa soledad que sienten los espíritus que deambulan por la tierra. Yo era un ser de carne y hueso, como tú. No conocía otra cosa, no conocía el purgatorio que padecí posteriormente. Poseía la ingenuidad de los vivos, mientras que ahora me siento solo y confuso, como todos los seres muertos.
Confío en que, cuando termine este relato, me trasladaré aun ámbito donde me sienta más a gusto. El castigo debe de poseer una forma, un propósito, un significado. No concibo las llamas eternas, pero sí un significado eterno.
Partimos inmediatamente de Italia, tal como nos rogó Lasher. Viajamos hacia el norte, deteniéndonos de nuevo en París durante dos días antes de cruzar el canal de la Mancha y dirigirnos hacia Edimburgo. Lasher estaba muy silencioso. Cuando yo trataba de entablar conversación con él, se limitaba a contestar: «Recuerdo a Suzanne», en un tono de infinita congoja.
Al llegar a Edimburgo sucedió algo muy curioso. Mary Beth, en mi presencia, le suplicó al demonio que la acompañara para protegerla. Ella, que había ido tantas veces de juerga conmigo, disfrazada de muchacho, no quería salir sola con su padre. En resumidas cuentas, alejó a Lasher de mi lado. Yola observé mientras caminaba a zancadas, como un chico, silbando, vestida con un traje de corte masculino y con el pelo recogido debajo de una pequeña gorra. Una vez solo, me dirigí a la Universidad de Edimburgo, en busca del profesor de historia de más renombre del lugar. No tardé en dar con él. Tras invitarlo a unas copas y darle dinero, me invitó a acompañarlo a su estudio.
Habitaba en una encantadora casa en la parte antigua de la ciudad, que muchas familias acaudaladas habían abandonado pero que él seguía prefiriendo, pues conocía perfectamente la historia del edificio. Toda la casa, incluidos los angostos pasillos y el descansillo de la escalera, estaba repleta de libros. Era un hombre bajito, simpático y de temperamento vivo, que ostentaba una reluciente calva, unas gafas de montura plateada y un espeso bigote blanco, tal como estaba de moda en aquella época. Hablaba con marcado acento escocés y era un apasionado del folclore de su país.
Tenía la casa llena de viejos cuadros de Robert Burns, María Estuardo, Robert Bruce e incluso el príncipe Carlos. Charlamos de cosas intrascendentes hasta que tocamos el tema de Donnelaith y el profesor, tal como me habían dicho sus alumnos, reconoció ser un experto en el viejo folclore de la región escocesa de los Highlands.
—Mire —dije, mostrándole un papel—, aquí tengo anotado el nombre de Donnelaith, pero quizá lo he escrito mal.
—No, lo ha escrito correctamente —respondió el profesor—. Pero
¿dónde ha oído hablar de Donnelaith? Las únicas personas que van ahí son aficionados a las piedras antiguas, pescadores y cazadores. Dicen que el valle está lleno de duendes y fantasmas; es muy hermoso, desde luego, y bien merece una visita, pero sólo si desea ir por un motivo concreto.
Circulan unas siniestras leyendas sobre esa zona, tan siniestras como las del lago Ness y el castillo de Glamis.
—Le ruego que me cuente todo lo que sepa de ese lugar —dije, temiendo que se presentara de pronto el espíritu. Me pregunté si Mary Beth, a fin de poner a prueba a Lasher, habría decidido ir a algún sórdido local donde no permitieran la entrada a las mujeres.
—Bien, su historia se remonta a los romanos —explicó el profesor—. Era un lugar venerado por los paganos, aunque el nombre de Donnelaith se refiere al bastión de un viejo clan. El clan de Donnelaith estaba formado por irlandeses y escoceses, descendientes de los misioneros que se trasladaron allí desde Israel para divulgar la palabra del Señor en tiempos de san Brendan. Por supuesto, con anterioridad a los romanos estaba habitado por los pictos. Según dicen, construyeron su castillo en Donnelaith porque era un lugar bendecido por los espíritus paganos. Cuando hablo de los paganos me refiero a los pictos. Esa zona de Escocia les pertenecía, y es probable que el clan de Donnelaith estuviera compuesto por descendientes suyos.
Como sin duda sabe, la historia de los paganos y los católicos se entremezcla.
—Los católicos tomaron buena nota de las supersticiones y edificaron sobre los templos paganos para aplacar a los espíritus.
—Exactamente —contestó el profesor—. Los documentos romanos mencionan cosas terribles relacionadas con el valle y los hechos que éste ocultaba. Hablan de una siniestra raza de seres de aspecto infantil, los cuales llegarían a dominar el mundo si conseguían abandonar el valle. y de unos malvados y crueles «duendes». Supongo que habrá oído hablar de ellos. No se burle, se lo advierto —dijo el profesor, sonriendo amablemente
—. Por desgracia, los documentos originales sobre la historia de Donnelaith se han perdido. Sea como fuere, ya antes de Beda el Venerable las tribus establecidas en ese lugar se habían convertido en el clan de Donnelaith.
Beda menciona incluso un centro de culto, una iglesia cristiana que se construyó allí.
—¿Cómo se llamaba? —pregunté.
—Lo ignoro —contestó el profesor—. Beda el Venerable no lo dice, al menos que yo recuerde, pero sé que tenía algo que ver con un santo que había sido pagano y se convirtió al cristianismo. Ya sabe, uno de esos reyes
legendarios, muy poderosos, que de pronto caen de rodillas, son bautizados y hacen milagros. Era el tipo de cosas que los celtas y los pictos de aquella época pedían a su Dios para convertirse.
»Los romanos no consiguieron someter los Higlands, ni tampoco los misioneros irlandeses. Los romanos prohibieron a sus soldados que fueran al valle, así como a las islas cercanas, porque decían que las mujeres eran demasiado licenciosas. Los habitantes de los Higlands se convirtieron posteriormente a la fe católica y estaban dispuestos a luchar hasta la muerte con tal de defenderla, pero tenían una forma muy extraña de manifestar su catolicismo. Eso fue lo que acabo destruyéndolos.
—Explíquese —le rogué, sirviéndole otra copa de oporto y observando el mapa de pergamino que había extendido ante nosotros. Era un facsímil, según me dijo, que había confeccionado él mismo copiando el auténtico mapa que se encontraba en una vitrina del Museo Británico.
—La población alcanzó su apogeo hacia 1400. Existen indicios de que era una población mercantil. En aquellos tiempos el lago constituía un puerto.
Según dicen, disponía de una magnífica catedral. No la iglesia que menciona Beda, sino una catedral que habían tardado varios siglos en construir bajo el patrocinio del clan de Donnelaith, que era devoto de ese santo; lo consideraban el guardián de todos los escoceses y creían que un día salvaría a la nación.
»Tendrá que acudir a las crónicas de viaje para hallar descripciones del templo, pero existen pocos datos al respecto. Nadie se ha molestado en compilarlos.
—Yo mismo los compilaré —respondí.
—Eso le llevaría un siglo —dijo el profesor—. No obstante, debería ir al valle para comprobar lo poco que queda de eso. Un castillo, un círculo de piedras pagano, los fundamentos de la ciudad, cubiertos de matojos, y las lamentables ruinas de la catedral.
—Pero ¿qué sucedió realmente? ¿Por qué dijo usted que fue su catolicismo lo que les destruyó ?
—Esos católicos de los Highlands no estaban dispuestos a rendirse ante nadie —contestó el profesor—. Ni ante Enrique VIII, cuando intentó convertirlos ala fe de su nueva iglesia en nombre de Ana Bolena, ni ante el gran reformador John Knox. Pero fue John Knox, o sus seguidores, quien los destruyó. Cerré los ojos y vi la catedral. Estaba en llamas, y sus vidrieras de colores saltaban hechas añicos. Abrí los ojos y me estremecí.
—Es usted un hombre muy extraño —dijo el profesor—. Tiene sangre irlandesa, ¿me equivoco?
Yo asentí. Cuando le revelé el nombre de mi padre, el profesor me miró atónito. Por supuesto que se acordaba de Tyrone McNamara, el gran cantante. Pero dudaba que la gente se acordara de él.
—¿De modo que es usted su hijo?
—Sí —contesté—, pero continúe, se lo ruego. ¿Cómo destruyeron Donnelaith los seguidores de Knox? ¿De dónde procedían las vidrieras de colores?
—Fueron fabricadas allí mismo, durante los siglos XIII y XIV, por los monjes franciscanos de Italia.
—¿Los franciscanos de Italia? ¿Se refiere a la orden de san Francisco de Asís?
—Exactamente. La orden de san Francisco gozó de gran popularidad hasta la época de Ana Bolena —respondió el profesor—. Los frailes observantes constituían el solaz de la reina Catalina cuando Enrique se divorció de ella.
Pero no creo que los frailes observantes construyeran ni mantuvieran la catedral de Donnelaith; era demasiado barroca, demasiado rica, estaba demasiado rodeada de ritos para los austeros franciscanos. No, probablemente fueron los conventuales quienes se quedaron con la propiedad. En cualquier caso, cuando el rey Enrique rompió con el Papa y se dedicó a saquear todos los monasterios, el clan de Donnelaith consiguió arrojar a sus soldados tras librar terribles batallas en el valle. Incluso los valientes soldados ingleses se negaban a ir a ese lugar.
—¿Cuál es el nombre del santo?
—Ya se lo he dicho, lo desconozco. Probablemente se trata de una serie de sílabas en gaélico que carecen de significado, y cuando lo analicemos descubriremos que es un nombre como Veronica o Christopher .
—¿Qué fue de John Knox? —pregunté.
—Al morir Enrique, su hija católica, María, ascendió al trono provocando otro baño de sangre. Esta vez fueron los protestantes quienes ardieron en la hoguera o fueron ahorcados. Pero luego ocupó el trono Isabel I, la Gran Reina, y Gran Bretaña volvió a ser protestante.
»Los Highlands estaban dispuestos a ignorar todo el asunto, pero luego apareció John Knox, el gran reformador, y predicó su célebre sermón en Perth, en 1559, arremetiendo contra la idolatría de los papistas. Cuando los presbíteros atacaron la catedral estalló la guerra en el valle. La quemaron, destrozaron las vidrieras, redujeron la escuela católica a escombros y quemaron todos los libros. Fue una historia espantosa. Por supuesto, alegaron que en el valle había unas brujas que adoraban aun diablo con aspecto de hombre. Se hicieron un lío con los santos, pero en definitiva se trataba de una pugna entre protestantes y católicos.
»La población no consiguió recuperarse. Perduró hasta fines del siglo XVII, cuando los últimos miembros del clan murieron víctimas de un incendio que se declaró en el castillo. Luego, Donnelaith desapareció. Se esfumó.
—Y el santo también se esfumó.
—El santo, quienquiera que fuese, se esfumó en 1559. Su culto desapareció junto con la catedral. A raíz de ello, sólo quedó una pequeña población presbítera, con un «abominable» círculo de piedras pagano situado en las afueras de la misma.
—¿Qué puede decirme sobre las leyendas paganas? —pregunté.
—Sólo que existen personas que todavía creen en ellas. De vez en cuando, acuden turistas italianos interesados en esas piedras. preguntan cómo se
puede llegar a Donnelaith y se informan sobre la catedral. Sí, sí, es cierto.
Preguntan cómo pueden llegar al valle de Donnelaith y viajan hasta allí en busca de Dios sabe qué. y ahora se presenta usted haciendo esas mismas preguntas. La última persona con la que hablé al respecto era un intelectual de Amsterdam.
—¿Amsterdam?
—Sí, existe allí una organización de eruditos, que también posee una casa matriz en Londres. Están organizados como una orden religiosa, pero carecen de creencias de ese tipo. Que yo recuerde, han acudido en seis ocasiones para explorar el valle. Tienen un nombre muy extraño. Más afortunado que el santo, supongo. Un nombre inolvidable.
—¿Cuál es? —pregunté.
—Talamasca —contestó el profesor—. Son unos hombres muy cultos y educados, que sienten un gran respeto hacia los libros. ¿Ve usted este pequeño libro de horas? ¡Es una joya! Me lo regalaron ellos. Siempre me traen algo. ¿Ve este otro? Es una de las primeras Biblias del rey Jaime que se publicaron. Me lo trajeron la última vez que vinieron. Suelen acampar en el valle. Permanecen varias semanas y siempre se marchan desencantados.
Yo estaba muy excitado. Sólo pensaba en la extraña historia que Marie Claudette me había relatado cuando yo tenía tres años, acerca de que un erudito de Amsterdam había ido a Escocia para rescatar ala pobre Deborah, la hija de Suzanne. Durante unos instantes, toda suerte de extrañas imágenes pertenecientes a los recuerdos del diabólico espíritu se agolparon en mi mente, y casi perdí el conocimiento. Pero el tiempo apremiaba y no podía permitirme el lujo de sumirme en un trance. Era preciso que obtuviera de ese amable profesor de historia toda la información posible.
—Dice usted que en el valle se practicaba la brujería y que en el siglo XVII quemaban a las brujas en la hoguera. ¿Qué puede contarme de todo ello?
—Una historia siniestra, la de Suzanne, la lechera de Donnelaith. Poseo un material muy valioso sobre esa historia, uno de los folletos originales divulgados por los jueces de las brujas. El profesor se acercó a la prensa y sacó un viejo librito en cuarto. Observé el grabado de una mujer rodeada