Las grietas de Jara
Capítulo 1
1
Pablo Simó dibuja en su tablero el perfil de un edificio que nunca existirá. Como condenado a soñar el mismo sueño cada noche, desde hace años repite ese boceto: el de una torre de once pisos que mira al Norte. Guarda en una carpeta la serie de dibujos idénticos, no sabe cuántos son, perdió la cuenta hace tiempo; más de cien, menos de mil. No los numera pero los firma, arquitecto Pablo Simó, y les pone fecha. Para saber qué día dibujó el primer boceto debería buscarlo y fijarse al pie, pero no lo hace; el último lleva la fecha de ese día: 15 de marzo de 2007. Se promete contarlos alguna vez; dibujos de la misma torre, sobre el mismo terreno, la misma cantidad de ventanas y balcones a la misma distancia exacta, siempre el mismo frente, el mismo jardín delante y alrededor del edificio, con los mismos árboles, uno a cada lado de la puerta de entrada. Pablo sospecha que si contara uno por uno los ladrillos que dibuja a mano alzada sobre la fachada se encontraría en cada boceto con idéntica cantidad. Por eso no los cuenta, porque le da miedo que sea así y comprobar que el dibujo no lo repite él sino que le es inevitable.
Su lápiz Caran d’Ache tres milímetros sube y baja por el papel, sombrea, retoca, mientras Simó se miente, una vez más, que levantará esa torre algún día, cuando por fin se decida a abandonar el estudio Arquitecto Borla y Asociados. Pero hoy no es un día para tomar decisiones, y con ese argumento Pablo intenta no pensar que ya tiene cuarenta y cinco años, que la torre cada vez está más lejos de ser otra cosa que trazos en grafito sobre una hoja de papel blanco y que a dos metros de él Marta Horvat cruza las piernas con descuido como si nadie estuviera allí, sentado frente a ella.
Aunque Pablo Simó está pendiente de Marta, ya no piensa en ella como lo hacía antes. No es que no quiera, pero de un tiempo a esta parte —y hace un esfuerzo por no recordar con exactitud cuánto es ese tiempo— no puede pensar en ella sin que el placer que le producía imaginarla suya se interrumpa con brusquedad o hasta con violencia. Antes sí. Antes pensaba en Marta todo el día y en ese pensamiento era dueño de ella, la desnudaba, la besaba, la tocaba, y como no encontraba ningún motivo para imaginar que un día se separaría de Laura, Pablo Simó jugaba a que si su mujer muriera, como todos moriremos algún día, Marta Horvat dejaría de ser sólo aquella otra mujer que él desnuda en sus fantasías e intentaría conquistarla.
Marta está sentada a dos metros del tablero donde Pablo dibuja con una habilidad que le sienta tan natural como caminar, hablar o respirar. Ella discute por teléfono y a los gritos con un contratista. Se queja de que el hombre no haya terminado la losa a tiempo, dice que no le importa la lluvia, ni los dos feriados que hubo en el mes y mucho menos el paro de transportistas; declara con la firmeza que Pablo tanto le conoce: que a ella le gusta que le cumplan. Y cuelga. Pablo no sabe qué pasa del otro lado del teléfono pero adivina que el contratista se queda con la palabra en la boca, porque ni bien ella terminó de desahogar su enojo cortó sin esperar respuesta. Aunque no levanta la vista de su trazo, Pablo sabe que Marta se para y camina de un lado a otro de la oficina, la oye dar cada paso, la oye encender su cigarrillo, la oye tirar el encendedor adentro de la cartera, y la cartera sobre el sillón, la oye caminar otra vez y por fin acercarse. Pablo tapa su dibujo con otros papeles; no quiere que Marta vea lo que hace, no es que ella no lo haya descubierto otras veces dibujando la torre de once pisos que mira al Norte, pero quiere ahorrarse su comentario acerca de él y sus inútiles obsesiones. Aunque Marta Horvat no usaría nunca esas palabras, no diría: «inútiles obsesiones», ella simplemente lo diría así: No te da el FOT, Pablo. Y a pesar de que Pablo Simó no necesita que nadie le explique qué significa FOT, ella lo hizo muchas veces todos estos años; lo hizo cada vez que lo sorprendió dibujando su torre, como si creyera que, en el fondo, Pablo no pudiera terminar de entender que es necesario aprovechar al máximo esa relación entre los metros cuadrados de un terreno y los pisos que se pueden construir sobre él, y que, por lo tanto, nunca nadie levantará un edificio como el que él proyecta en ningún terreno de Buenos Aires con los metros cuadrados suficientes para subir en altura más que sus caprichosos once pisos. Siempre que Marta opinó sobre su boceto, la dejó hablar sin contradecirla, pero Pablo Simó bien podría haber desarmado su argumentación con sólo aclararle un error: él no quiere levantar su edificio en Buenos Aires. No es ésa la ciudad donde sueña hacer el primer proyecto auténticamente suyo. Y Pablo sabe por qué, porque conoce esta ciudad más de lo que quisiera, porque no hay una calle que no haya recorrido buscando un terreno para Arquitecto Borla y Asociados, y entonces, de tanto recorrerla, sabe que en Buenos Aires antes de poner un solo ladrillo hay que elegir primero un edificio y condenarlo a desaparecer: un estacionamiento, una escuela, una casa familiar, un cine, un depósito, un gimnasio, no importa qué mientras el ancho y la superficie del terreno permitan construir en altura. Pablo Simó no quiere que su torre se eleve sobre los escombros de otra cosa. Y eso ya no es posible en Buenos Aires. Por esa razón, cuando por fin llegue el día, él elegirá otra ciudad, eso es lo que Marta ni siquiera sospecha. Pablo no sabe todavía cuál —tal vez una ciudad que él aún no conoce—, pero lo que sí sabe es que será aquella en la que un edificio que mire al Norte reciba el sol de la mañana y se levante sobre un terreno donde no haya que llorar a nadie.
Marta Horvat se para detrás de él. Arriba de la pila de papeles con los que Pablo tapó su boceto queda el aviso que tiene que controlar antes de devolverlo a la agencia de publicidad. En pocos días empiezan a vender otro edificio llave en mano desde el pozo y el anuncio debe estar publicado en el diario de ese fin de semana. «El paraíso existe», titularon el aviso, con tipografía destacada, más grande y en colores, lo que lo diferencia del resto del texto excepto del pie de página, donde con la misma letra color borravino dice: «Arquitecto Borla y Asociados». Marta lo lee por encima de su hombro. Le indica que tache la palabra «lavadero» y que escriba «laundry». Pablo no se decide y ella insiste, le recuerda que el modelo de aviso que usó la agencia debe haber sido el del último edificio, el de avenida La Plata, y que en Boedo puede haber «lavadero», pero en Palermo no. Pablo se deja convencer y escribe «laundry» sobre el «lavadero» tachado. Marta, como si esa pequeña indicación hubiera marcado el territorio de cada quien, vuelve a su escritorio y da el día por terminado.
Sin embargo el día aún no termina. Como el arquitecto Borla tampoco sabe que el día aún no termina, ahora sale de su oficina cargando el portafolio y un paraguas que debe haber olvidado en algún otro momento, ya que esa mañana el cielo amaneció azul sobre Buenos Aires y así siguió hasta bien entrada la tarde. Borla se acerca al escritorio de Marta y le hace unas preguntas de rutina mientras desde su posición husmea dentro de su escote. Ella se sonríe y contesta, él baja la voz y Pablo ya no llega a oír de qué hablan pero se da cuenta de que nada queda del malhumor con que Marta Horvat le gritaba al contratista. Las manos de Marta se mueven en el aire acompañando cada una de sus palabras. Pablo, desde su tablero, sigue ese movimiento hipnotizado por las uñas rojas: ve bailar sus manos en el aire, las ve ir y venir describiendo círculos, suspenderse un instante como si planearan, y por fin, ocultar su cara que desaparece detrás de ellas mientras Marta se ríe a carcajadas. Borla, otra vez, se acerca a decirle al oído algo breve, alguna palabra que no le lleva más tiempo que el de la propia inclinación de su cuerpo sobre el hombro de esa mujer, para luego apartarse y contemplarla. Y los dos se ríen juntos.
Todo indica que en unos minutos más sólo quedará Pablo en esa oficina, y que como cada tarde acomodará su tablero y su escritorio, se tocará el bolsillo superior para confirmar que la cinta métrica esté donde tiene que estar, guardará su libreta de hojas lisas en el bolsillo interno del saco, enganchará entre el segundo y el tercer botón de su camisa el lápiz Caran d’Ache, con la punta hacia adentro por debajo de la tela, y por fin él también, cuando todos lo hayan hecho, se irá. Sin embargo, a veces las cosas no salen como uno se las imagina, y esa tarde en la que Pablo Simó dibujó una vez más la torre de once pisos que nunca construirá, en el preciso momento en que Borla le está diciendo a Marta: ¿Te acerco a algún lado?, llaman a la puerta, él abre, y entra una mujer joven, de zapatillas negras, jean y remera blanca, una mujer que carga una mochila más grande que la que llevaría alguien que va de paso, una mujer que Pablo calcula no debe tener mucho más de veinticinco años, y sin presentarse ni saludar dice:
—¿Alguno de ustedes sabe algo de Nelson Jara?
Y en ese momento, tal como Pablo siempre temió que algún día iba a suceder, se detiene el mundo una fracción de segundo para de inmediato empezar a girar a toda velocidad en sentido contrario. Los tres, mudos, sin contestarle a la mujer, sin siquiera mirarse entre ellos, se dejan transportar en el tiempo hacia la noche, tres años atrás, a la que se habían juramentado no volver.
—Perdón, pero estoy buscando a Nelson Jara… —insiste la chica.
Es el arquitecto Borla el primero en salir del ensimismamiento y preguntar:
—¿A quién?
—Nelson Jara —repite ella.
—No me suena —dice Borla. Y le pregunta a él—: ¿A vos te suena, Pablo?, ¿te acordás de algún Nelson Jara?
Borla se queda esperando la respuesta que supone pactada pero que Pablo Simó no dará: No, no me acuerdo. Pablo no responde eso ni ninguna otra cosa, calla, hasta ahí puede seguir a Borla, hasta donde lo lleva su silencio, pero por más que el otro lo mire con la cara que lo está mirando él no puede decir una sola palabra. Cómo negar lo que Pablo sabe, y que sabe que Marta sabe, y que sabe que Borla sabe: que Nelson Jara está muerto, enterrado unos metros más debajo de las baldosas de alto tránsito sobre las que caminan ellos tres cada día al entrar o salir de esa oficina, bajo la losa del piso de las cocheras, exactamente donde lo enterraron aquella noche, tres años atrás.