Las Indias Negras

Julio Verne · Capítulo 22 de 23

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Las Indias Negras

Capítulo XXII

Unos cuantos segundos más, y la Nueva Aberfoyle habría sido destruida.

En aquel momento Elena se escapó de los brazos de Harry.

Serena e inspirada a la vez, corrió hasta la orilla del agua y desde allí llamó al pajaro con voz clara, diciendo: ¡Ven, ven a mí! El fiel pájaro, asombrado, dudó un instante. Pero de pronto, recordando la voz de Elena, dejó caer la mecha encendida en el agua del lago, y describiendo un ancho círculo vino a posarse a los pies de la joven.

La llama no llegó a las altas capas, donde se había acumulado el carburo.

Entonces se oyó un grito terrible, que resonó en la bóveda. Fue el último grito de Silfax.

En el momento en que Jack Ryan iba a poner la mano sobre la canoa, el viejo, viendo que se le escapaba la venganza, se arrojó al lago.

–¡Salvadle! ¡Salvadle! gritó Élena con voz conmovida.

Harry lo oyó, y arrojándose a su vez al lago, se unió a Jack y se sumergió varias veces.

Pero sus esfuerzos fueron inútiles.

Las aguas del lago Malcolm no volvieron a su presa y se cerraron para siempre sobre el viejo Silfax.

CAPÍTULO XXII

LA LEYENDA DEL VIEJO SILFAX

Seis meses después de estos sucesos se celebraba en la capilla de la mina el casamiento de Harry Ford y de Elena, interrumpido de un modo tan extraordinario. Inmediatamente después de recibir la bendición de manos del reverendo Hobson, los jóvenes esposos, vestidos aún de luto, volvieron a la choza.

El ingeniero y Simon Ford, libres ya de todo cuidado, presidieron alegremente la fiesta que siguió a esta ceremonia y que duró hasta el día siguiente. ¡Memorable fiesta en que Jack Ryan con su traje escocés, después de llenar de aire la tripa de su cornamusa, tocó, cantó y bailó a la vez, consiguiendo un triple triunfo y recogiendo aplausos de la reunión!

Pero al terminar la fiesta, los trabajos empezaron de nuevo como todos los días, bajo la dirección del ingeniero Jacobo Starr.

Respecto de Harry y Elena, es inútil decir si fueron felices: ambos encontraron en su unión la felicidad que merecían.

En cuanto a Simon Ford, el capataz honorario de la Nueva Aberfoyle, esperaba vivir bastante para celebrar otra cincuentena con la buena Margarita, que tampoco deseaba otra cosa.

–¡Después de esa celebraremos otra! decía Jack Ryan; dos centenas de años no son muchos para vos, señor Simon.

En efecto, hijo mío, tienes razón, respondía tranquilamente el capataz. Me parece que nada tendría de particular ser dos veces centenario en este clima.de la Nueva Aberfoyle y en esta atmósfera que no experimenta las inclemencias del exterior.

Y en cuanto a los demás habitantes de Villacarbón, ¿no podrían asistir