Las mascaras del heroe
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Las máscaras del héroe
Sobrecubierta
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Juan Manuel de Prada
Las máscaras del héroe
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JUAN MANUEL DE PRADA
LAS MÁSCARAS DEL HÉROE
VALDEMAR
1997
Primera edición: septiembre de 1996
Segunda edición: octubre de 1996
Tercera edición: diciembre de 1996
Cuarta edición: enero de 1997
Quinta edición: abril de 1997
Sexta edición: octubre de 1997
Séptima edición: noviembre de 1997
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Dirección editorial:
Rafael Díaz Santander
Juan Luis González Caballero
Diseño de colección:
Cristina Belmonte Paccini
Ilustración de cubierta:
JMP Valdemar
(montaje sobre la figura de Pedro Luis de Gálvez)
© Juan Manuel de Prada, 1996
© de esta edición: Valdemar ®
Gran Vía 69 / 28013 Madrid
Telf.: (91) 542 88 97 - Fax: (91) 547 82 55
ISBN: 84-7702-172-4
D.L.: M-39.728-1997
Impreso en España
Juan Manuel de Prada
Las máscaras del héroe
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LAS MÁSCARAS DEL HÉROE
JUAN MANUEL de PRADA BLANCO,
VALDEMAR, Serie Autores Españoles, nº 53
14.0x22.0 cm. 608 pags.
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 84-7702-172-4
Coleción: EL CLUB DIOGENES
Nº Edición:7 ª
Año de edición: 1997
Plaza edición: MADRID
Las máscaras del héroe, primera novela de Juan Manuel de Prada, confirma sin lugar a dudas lo que ya muchos intuyeron tras la publicación Coños y El silencio del patinador: nos hallamos ante un autor mayor de nuestras letras, dueño de un estilo propio y de unos recursos narrativos que delatan al escritor de raza.
A lo largo de seiscientas páginas, Prada despliega una galería de bohemios santificados por el anarquismo, aprendices de mesías que juegan alevosamente a la violencia, espectros que habitan el museo del olvido y figurones sorprendidos en su vida doméstica y nos ofrece un libro que es a la vez novela coral y crónica literaria de toda una época, episodio nacional y esperpento, tapiz sangriento y epopeya íntima de unos hombres que vivieron en medio de la sordidez y murieron desangrados de tinta o de sangre. Sobre el aguafuerte de la Historia, Juan Manuel de Prada entreteje las existencias atormentadas y sonámbulas de sus mil y un personajes, entre los que destacan Fernando Navales,
nihilista y canalla, y su alter ego, Pedro Luis de Gálvez, aquel bohemio que prefirió enmascarar su heroísmo con los disfraces del desgarro y la truhanería, antes de habitar el cielo de las mitologías. Una obra sin concesiones, negrísima y magistral, que mezcla la precisión del dato con metáforas deslumbrantes. Una novela inabarcable como la vida, que consagra al mejor escritor de su generación y nos reconcilia con el placer de la lectura.
Juan Manuel de Prada
Las máscaras del héroe
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Aunque nacido en Baracaldo (Vizcaya) en 1970, Juan Manuel de Prada Blanco pasó su niñez y adolescencia en Zamora. Actualmente vive en Madrid, después de residir en Salamanca varios años donde se licenció en Derecho.
Su única dedicación profesional ha sido la literatura, iniciada a partir de los 19 años. Como estudiante compaginaba sus estudios universitarios con la escritura, las traducciones y la publicación de artículos para prensa local y regional.
La revista The New Yorker le ha seleccionado recientemente como uno de los seis escritores jóvenes más prometedores de Europa.
En 1994 Prada publica su primera obra, Coños, un conjunto de textos cuyo título y contenido es deudor de una obra vanguardista de Ramón Gómez de la Serna, Senos. Un año después aparece El silencio del patinador, una colección de relatos en la que se perfila ya una de las características literarias que más distinguen al autor: el esteticismo decadente, la obsesiva tendencia hacia lo sarcástico, lo cruel y lo morboso, el mundo de la literatura como base estética y argumental y un estilo barroco y desbordante. La obra se publicó en alemán en el año 2000 con el título Junge Damen in Sepia: Erzählungen.
Su primera novela se editó en 1996 y ganó el Premio Ojo Crítico de Narrativa, que concede Radio Nacional de España. Las máscaras del héroe cuenta una historia ambientada en el Madrid bohemio de la primera mitad de siglo XX, basada en la vida el poeta maldito Pedro Luis Gálvez, fusilado en 1940.
En 1997 Prada ganó el Premio Planeta con La tempestad, adquiriendo una mayor notoriedad entre el gran público y su consagración internacional. La traducción alemana, Trügerisches Licht der Nacht, aparecería en 1999.
En Las esquinas del aire (2000) Juan Manuel de Prada explora la figura de Ana María Martínez Sagi, poetisa y deportista que vivió a comienzos del siglo pasado. In den Winkeln der Lüfte fue publicada en el año 2002.
Esta novela y Las máscaras del héroe componen lo que el autor denomina “trilogía del fracaso”, cerrada en 2001 con Desgarrados y excéntricos, un libro que reúne una serie de retratos literarios sobre personajes de la bohemia española.
Su última novela publicada hasta la fecha ha sido La vida invisible, ganadora del Premio Primavera 2003 y en la que se aprecia un sustancial cambio en su literatura habitual, abandonando los personajes fracasados de la bohemia para indagar en la problemática contemporánea. Juan Manuel de Prada es, además, colaborador habitual de prensa. Algunos de sus artículos de opinión han aparecido reunidos en dos libros: Reserva natural (1998) y Animales de compañía (2000).
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A mi abuelo Juan Manuel, profesor de genética
No habría que describir minuciosamente al hombre más importante de su época, o señalar a los más célebres del pasado, sino narrar con igual preocupación las existencias únicas de los hombres, tanto si fueron divinos, mediocres o criminales.
MARCEL SCHWOB
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AGRADECIMIENTOS Y ADVERTENCIAS
Los libros los escribe quien figura en la portada, o sus negros, pero ayudan a escribirlos otras personas que no merecen la recompensa avara del anonimato. Las máscaras del héroe no habría sido posible sin los madrugones y sufrimientos de Iñaqui, que además me facilitó las localizaciones geográficas, y también cierto equilibrio mental y cierta confianza ciega en mis posibilidades. A Luis García Jambrina debo, entre otros tesoros, el acicate de la amistad y la cordura. Gracias a don Mariano Herrero pude elucidar las postrimerías de Gálvez; gracias a él, descubrí el hondo civismo de aquellas generaciones que crecieron con la República y fueron apabulladas con lo que vino después: pese a los años que nos separan, creo que congeniamos bastante bien. Una simple conferencia telefónica bastó para que José Luis Melero, en quien se juntan bibliofilia y generosidad, me fotocopiara tres obras rarísimas de Pedro Luis de Gálvez; ahora que ya lo conozco, puedo certificar que tengo en él a uno de mis lectores más entusiastas y apostólicos. Don Alberto Escudero Ortuño me proporcionó las peripecias psiquiátricas de Armando Buscarini, que yo luego he falseado en esta novela: a quienes deseen conocer la biografía de este niño poeta los remito a mi semblanza Armando Buscarini o el arte de pasar hambre (AMG Editor, Logroño, 1996). Si Andrés Trapiello no existiera, habría que inventárselo: aunque todavía no me haya invitado a un café, me ha regalado conversaciones inolvidables y muchos endecasílabos. Y cómo dejar de lado a Luis Alberto de Cuenca, que me emborrachaba de cócteles en Balmoral y me inspiró el título de esta novela. Gracias, sobre todo, a la legión creciente de mis odiadores: sin vuestro estímulo, quizás me hubiese quedado en el camino.
Un par de advertencias, para terminar, que a muchos se les antojarán superfluas (a mí también, pero conviene resaltar lo que parece obvio, aun a riesgo de incurrir en el pleonasmo). Fernando Navales, el antihéroe que se erige en narrador durante la mayor parte de este libro, nada tiene de mí (y menos las opiniones que expresa), salvo muchas horas de fatiga e insomnio: lo digo, porque, en este país, al punto de vista se le considera “solidaridad del autor con sus personajes”. Por lo demás, Las máscaras del héroe no aspira a ser una historia fidedigna: el respeto minucioso por el pasado es una coartada que emplean quienes necesitan ocultar su mala prosa. Lytton Strachey comentaba, al referirse a Gibbon, que en sus escritos había algo que condicionaba el tratamiento del material e incluso la propia naturaleza de su obra, y que ese “algo” era el estilo. Si esta afirmación puede hacerse de un historiador, con mayor motivo de un novelista: Las máscaras del héroe no aspira a la verdad, sino a la recreación de la verdad. Con ello, no estamos afirmando que mentir y decir bellas falsedades sea la única misión del arte, como quería Oscar Wilde, sino que, con demasiada frecuencia, la verdad sólo encubre la falta de imaginación. Como dijo Marcel Schwob (y basta de citas): «El biógrafo no debe preocuparse por ser verdadero; debe crear, dentro de un caos, rasgos humanos».
Y ahora, lector, no sé a qué esperas para zambullirte en ese caos.
Salamanca-Zamora, mayo de 1996
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I. DE PROFUNDIS
Yo no sé si las leyes son justas
o si las leyes son injustas;
todo lo que sabemos los que estamos en la cárcel
es que el muro es sólido,
y que cada día es como un año,
un año de días muy largos.
OSCAR WILDE
(Trad. de Jesús Munárriz)
[Carta de Pedro Luis de Gálvez a D. Francisco Garrote Peral, inspector de prisiones, fechada el 14 de octubre de 1908 en el Presidio de Ocaña. El texto no muestra mutilaciones ni tachaduras, tampoco la rúbrica que, por aquella época, los alcaides de las prisiones estampaban a modo de permiso o aprobación sobre la correspondencia reservada, por lo que deducimos que la presente carta llegó a su destinatario a través de un conducto especial que eludió los mecanismos carcelarios de inspección y censura (sólo así se explica la virulencia de algunos pasajes). Reproducimos a continuación el texto íntegro del documento, respetando las incursiones de Gálvez en el terreno de lo chusco, lo blasfemo o lo meramente patético.]
Muy Ilustre Señor:
Después de tantos meses de larga e infructuosa espera, he decidido a la postre escribirle yo (con la dificultad sobreañadida que el ejercicio de la pluma me impone, tales son los obstáculos y cortapisas que los esbirros de esta institución siembran en el camino de quienes, como yo, profesamos culto a las musas), esperando que, al recibo de la presente, su severidad se torne algo más benévola y su silencio algo más elocuente, como corresponde a un varón justo y de calidad, partidario de un alivio en las condenas y de un trato más amable a los reclusos. Y, francamente, me sorprende que un hombre tan magnánimo como usted, haya dado la callada por respuesta siempre que a él me he dirigido en demanda de atención o auxilio. De nada sirvió (y permítame aquí, señor, siquiera retóricamente, que afee su displicencia) que le enviara, hace ahora dos años, un ejemplar de mi novela Existencias atormentadas o Los aventureros del arte, que tantos trabajos, entorpecimientos y berrinches me costó, pues hube de escribirla en la soledad del calabozo, donde toda incomodidad tiene su asiento. De nada sirvieron las peticiones de clemencia que, con mi conocimiento, algunos próceres de nuestras letras le dirigieron en fechas recientes. Como tampoco ablandó su corazón (queja, después de tantas decepciones, se me antoja de duro pedernal) el escrito que cientos de periodistas, acaudillados por don Miguel Moya, director del rotativo madrileño El Liberal, le Juan Manuel de Prada
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dirigieron solicitando mi indulto. En verdad, en verdad le digo que ese silencio, lejos de ratificar la probidad debida en todo funcionario, no hace sino dibujar ante la opinión pública una imagen de su persona en exceso cruel; imagen que contradice el espíritu de nuestra época y que, en última instancia, desobedece aquel consejo que nuestro hidalgo inmortal dispensó a su escudero, después de que lo nombraran gobernador de la ínsula Barataria, y que, en resumidas cuentas, venía a decir que, cuando la justicia fuese dudosa, el juzgador debería inclinarse por la equidad, pues sólo actuando así se granjearía el favor de sus súbditos. Y no osaré yo añadir una sola palabra a las del manco de Lepanto, pues de sobra sé que cada una de sus reflexiones y aforismos los ha meditado y digerido usted sobradamente.
Permítame, en cambio, que lo ilustre con un resumen detallado de los mil y un avatares que han empujado mis huesos hasta este purgatorio de Ocaña, donde, si usted no lo remedia pronto, feneceré. Voy a empezar confesando (pues, ante todo, deseo sincerarme) mi culpabilidad. Postrado aquí, en esta celda misérrima, vestido con un uniforme de arpillera, mugriento y lleno de desgarrones, infamado por los hombres y abrumado por el recuerdo, reconozco mi culpa. Me culpo, en primer lugar, de haber nacido, aunque quizá debiera culpar a los padres que me engendraron, para deleite grosero de sus cuerpos, sin considerar que ese niño que iban a traer al mundo estaba predestinado a pasar hambre y penalidades sin cuento. Me culpo, y no me cansaré jamás de hacerlo, de haber nacido en el seno de una familia intransigente, que me privó de esa infancia medianamente feliz a la que todo hombre, por la simple razón de haber nacido, tiene derecho. Vine al mundo en Perchel, un barrio de Málaga, apenas un puñado de casitas blancas a orillas del Mediterráneo, con geranios floridos y persianas echadas en los balcones. Mi padre, un general carlista muy bravo, muy severo y muy católico que había sido expulsado del ejército (aunque todavía, en sus delirios, aspirase el olor de la pólvora y remembrara el fragor del combate), consumía una existencia sin más alicientes que el tedio, trabajando de cajero en una compañía al borde de la bancarrota, presenciando cómo la polilla le iba comiendo el lustre a su uniforme militar y cómo el moho iba ensuciando el filo de su espadón, antaño ahíto de sangre y hazañas. El dinero que llevaba a casa se revelaba insuficiente para las nueve bocas que había que alimentar (éramos siete hermanos, cada cual más tragón), así que nuestro padre empezó a estudiar la manera de deshacerse de una prole tan abundante. Las chicas se las fue endosando a una alcahueta, dueña de un taller de costura, para que les enseñara el oficio de modistas y ese otro oficio tan antiguo como la misma Humanidad; tanto empeño puso la mujeruca en la enseñanza, y tanta aplicación mis hermanas en el aprendizaje, que, con los años, arrojadas al lodazal de la vida, pudieron sobrevivir, alternando el cosido de sus agujas con el descosido de su virtud.
En cuanto a los hijos varones, descartada la carrera castrense (el baldón de un general derrotado se extendía a sus vástagos, a quienes se vedaba la entrada en el ejército), nuestro padre estimó que la mejor dedicación, la más descansada y favorecida, sería la eclesiástica. Fue así como, ya desde tierna edad, y por satisfacer las aspiraciones un tanto megalómanas de mi progenitor, que soñaba con verme al frente de una diócesis, coronado por una mitra y merendando torrijas y chocolate, ingresé en el seminario de Málaga, a la sazón regentado por unos padres jesuitas que me enseñaron la teología y los latines para mayor gloria de Dios y mayor escocedura de mis orejas, que recibían, cada vez que me equivocaba en una perífrasis verbal o en la enumeración de los coros angélicos, tan descomunales tirones y tan recia lluvia
de garrotazos que, aún hoy, cuando se trama una tormenta, parece que las orejas me lo avisan con una especie de sobrecogimiento o principio de sabañones. Había en concreto un catedrático de latín, hombre rutinario y falto de sentido común, que, cada vez que me sorprendía despistado o trazando garabatos en la gramática, me zamarreaba las orejas con tanta disciplina y denuedo que, al concluir el castigo, me resbalaban por el cuello gotas de sangre, gordas como cuentas de un rosario; don Lorenzo, se llamaba aquel jesuita del diablo, a quien ojalá
los gusanos hayan despachado en la tumba, pues sólo de evocar su nombre se me revuelven las tripas.
Quiso la fortuna, sin embargo, que yo lo sorprendiera en labores poco piadosas, con lo que remitieron sus castigos, aunque no el tostonazo de sus clases. Resultó que una de esas noches en que el bochorno y la inminencia de la pubertad no me dejaban conciliar el sueño, bajé a la capilla del seminario, por ver si el recogimiento de la oración me Juan Manuel de Prada
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aquietaba los sofocos del espíritu; cuál no sería mi perplejidad al descubrir en la penumbra del altar a este padre Lorenzo de mis pecados, arrodillado ante una figura de la Virgen que allí se venera, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Victoria, figura que, según cuenta la leyenda, había sido modelada por los ángeles en los talleres del cielo (porque en el cielo también hay ángeles imagineros, y aun imaginarios) y donada milagrosamente a los Reyes Católicos, en una de sus visitas a la ciudad de Málaga.
Ahora bien, no se crea usted que el noctámbulo jesuita se había arrodillado por venerar la imagen, no señor; lo que hacía el muy bellaco, según comprobé
enseguida, tan pronto como mis ojos se acostumbraron a la exigua luz del sagrario, era despojarla de sus vestiduras y sustituirlas por otras más mundanas y propias de barragana que de Madre de Dios, puesto que incluían camisas y corsés y enaguas de batista, con encajes y lazos de la más refinada coquetería. Y parecía sentir, a juzgar por el embeleso y la trémula morosidad que empleaba al vestir el maniquí sagrado, que la Virgen no tuviese las piernas separadas, para haberla podido pertrechar con medias de seda. Delatada mi presencia por los crujidos de la madera, don Lorenzo se escabulló en la sacristía, dejando en la estacada a Nuestra Señora de la Victoria con tan sacrílego atuendo. Yo mismo me encargué de deshacer el desaguisado, antes de que tocaran a maitines, y acordé con el depravado jesuita una respetable cantidad de beneficios académicos y materiales a cambio de mi reserva. Si ahora traigo a colación este nefando episodio con tanta minuciosidad no es
—créame— por regodearme en la descripción de las debilidades y pecados ajenos, sino por justificar esa aversión que profeso al clero (o, mejor dicho, a cierto clero, pues también me he tropezado con varones caritativos y temerosos de Dios entre los pertenecientes a este gremio, como luego se verá), aversión que, en su momento, expresé en libelos y alocuciones difamatorias que el tribunal que me juzgó consideró como agravantes de mi delito.
Así transcurrieron la última porción de mi niñez y el primer tramo de mi adolescencia, entre la exégesis de la teología tomista y la memorización de las declinaciones y los aoristos griegos; a las clases de latín, como tenía el aprobado en el bolsillo, comencé a faltar ostensiblemente, y, para distraer el ocio, me junté con una pandilla de pícaros de mi misma edad, eruditos en el estudio de la gramática parda, que es la única provechosa en la escuela de la vida, con quienes correteaba por la orilla del Guadalmedina, con el cigarrillo en la boca (había aprendido a fumar, y de qué modo) y los libros abandonados sobre la hierba. Solíamos adentramos, a la búsqueda de pendencias y caricias mercenarias, en los barrios .más retirados de la ciudad, Santo Domingo o la Trinidad, y allí, al aliento tibio de las tabernas y los burdeles, crecíamos, en compañía de truhanes y meretrices, olvidando las enseñanzas inútiles del seminario.
Llegado el estío, regresaba a la casa paterna, cada vez más acosada por las zarpas de la necesidad, donde se me dispensaban honores propios de un cardenal. Mi padre, a quien sólo llegaban de mí buenas referencias (de mis correrías por el Guadalmedina y mis subidas ala Trinidad y Santo Domingo nada sabía), ya se frotaba las manos imaginando la carrera fulgurante de su retoño, que, en imparable ascensión, me llevaría hasta la curia vaticana; proyectos que quizá (y perdóneme la inmodestia) se habrían cumplido de no haberse tropezado en mi camino una vecinita algo mayor que yo, de nombre Elisa, rubiales y generosa de carnes, a quien me gustaba avizorar todas las mañanas, por la mirilla de la puerta, cuando volvía de hacerle los recados a su madre y se agachaba en el rellano para dejar sobre el suelo la cesta de la compra, instante que yo aprovechaba para entrever bajo el escote sus senos apenas púberes que, sin embargo, ya contenían una promesa de opulencia. Después de aquella visión, fugaz pero enjundiosa, me encerraba en el retrete, a solas con mi niñez marchita, a solas con mi pecado, y a la imaginación me acudía, raudo como un facineroso, el fantasma del sacrilegio: casi inconscientemente, Elisa se me aparecía en el altar de la capilla del seminario, acurrucada en una hornacina de madera, con la camisa y las enaguas remangadas, cubriéndose las vergüenzas con unas manos pudorosas aunque, desde luego, nada virginales. Así, en la clandestinidad del retrete, supe que las aspiraciones de mi padre no se verían realizadas, y que yo no tardaría mucho en colgar los hábitos; ahora, casi quince años después, considero que más me habría valido ahorcarme en mi celda de seminarista con cualquier soga o cordel que hubiese hallado, antes que padecer una existencia como la que padezco, sin más Juan Manuel de Prada
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horizonte que el tragaluz de mi calabozo, y sin otra expectativa que la del encierro y la penuria. Pero es voluntad de Dios que el hombre nazca ignorante de su destino. Gracias a mi hermana Frasquita, que compartía con Elisa una cierta amistad, pude llegar a intimar con la musa de mis pecados. Bajábamos los
tres a la playa, en aquellas tardes casi sagradas del verano, a recoger conchas de nácar y a escuchar el rumor insomne y espiral de las caracolas marinas. Al lado de Elisa, contagiado por el bullicio de sus carcajadas y la tibieza dulce de su piel, saboreando la delicia de su charla y aun otras delicias que excluían la conversación, me olvidaba de los tirones de orejas padecidos y de mis trapisondas por tascas y lupanares. Elisa, vestida de blanco, me mostraba como por descuido un seno o un muslo que hubiese querido cubrir de caricias, y me pedía descuentos sobre mi vida en el seminario, mientras mi hermana Frasquita, a lo lejos, se burlaba de mí, me llamaba curita y me recordaba que los clérigos no pueden tener novia. Yo, entonces, sentía correr un escalofrío por el espinazo al recordar las aulas frías y oscuras, las celdas propicias al pecado en soledad, las horas malgastadas en el estudio, paseando los ojos indiferentes ante las páginas del Kempis, y me entristecía ante la proximidad de septiembre, asaltado por un vago malestar que enseguida se convertía en repugnancia. ¡Volver al seminario de los jesuitas!
Cierto que allí me aguardaban el triunfo, la coronación de los afanes, la remuneración a tantas noches de vigilia, pero, ¡cuán costosa era la renuncia! ¡Cuán dolorosa la separación! ¡Cuán larga la espera hasta que llegara otro verano que me devolviese los paseos por la playa y la compañía de Elisa!
Como el tiempo, ese gran contraventor del sentimiento humano, discurre más aprisa cuanto más deseamos aprehenderlo, vino septiembre en apenas un suspiro, y con él vino mi desdicha. De vuelta al seminario, comencé a leer a escondidas, por el mero placer de infringir las ordenanzas religiosas, libros excomulgados o anotados en el Índice, como aquel de Eugenio Sue, El judío errante, que tanto influiría en mi opinión sobre la Compañía, pues me ayudó a comprender que el fin que persiguen los discípulos de San Ignacio de Loyola no excluye los medios más abominables. Había, entretanto, cumplido los catorce años, y los jesuitas, deseosos de familiarizarme con la liturgia, me habían agregado a la parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes, donde llegué a vestir la sobrepelliz en algunas ceremonias concelebradas. Allí, al arrullo de las salmodias, fortalecido por las notas de un órgano que ascendían entre nubes de incienso y sermones tediosos al cielo; allí, entre bosques de cirios y palabras que salían disparadas como piedras de los púlpitos, recibí el estigma del Arte, esa llama vigorosa, purificadora como aquella otra que el Espíritu Santo depositó
sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, que definió ya para siempre mi vocación. Yo habría de ser artista, o ardería Troya.
No quise aguardar al verano para dar por concluida mi formación eclesiástica. Una noche en que la luna, oscurecida por trágicos nubarrones, auspiciaba mi deserción, escalé el muro que separaba el seminario de ese mundo multiforme, milagroso y redentor, que me recibió con los brazos abiertos, orgulloso de incorporar un nuevo cofrade a su hermandad de bohemios. Menos hospitalario y comprensivo resultó mi padre, que había depositado en mí toda su confianza para salvar del naufragio la maltrecha economía familiar; convencido de mi determinación, y viendo cómo, al colgar yo los hábitos, se disipaban los privilegios y prebendas que, como allegado a un futuro hombre de Dios, le iban a corresponder, quiso emular a mis antiguos maestros dispensándome un castigo que incluyó, amén de cachetes y pescozones y tirones de orejas y bofetadas y patadas en salva sea la parte (minucias, a fin de cuentas, a las que ya estaba acostumbrado), un encierro de casi treinta días en la bodega de la casa, privado de visitas y alimentos, escarmiento que ahora se me antoja excesivo para un chiquillo a quien aún no asomaba la barba, y que a punto estuvo de enviarme al otro barrio.
Quiso mi naturaleza, sin embargo, resistir la reclusión y el ayuno, de manera que, transcurrido el mes de castigo, salí de la bodega, más canijo y desnutrido que cuando entré, pero igualmente dispuesto a colgar los hábitos. Esa misma tarde de mi liberación, sin tiempo para reponer fuerzas, enflaquecido y melenudo, bajé a la playa en busca de Elisa; no tardé en encontrarla, acompañada de mi hermana Frasquita, merendando manzanas sobre una barca varada. Ambas habían cambiado mucho desde el verano anterior: las noté más espigadas, más adustas (o adultas), más desdeñosas Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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también. Llevaban vestidos muy decentes (nada que ver con los de antaño, tan permisivos y escotados), con botonaduras hasta el cuello, y se protegían del sol con quitasoles de raso que sostenían con mucho melindre. Mordían las manzanas con una mezcla mal asumida de pudor y desparpajo. Les propuse reanudar los juegos del verano anterior, aquellas carreras que solían concluir entre revolcones y salpicaduras, pero se excusaron alegando que no querían manchar sus vestidos ni mojarse los zapatos.
Elisa me lanzó una pulla, mientras mordisqueaba su manzana: «—
¿Es que todavía no te han enseñado que los curas no pueden juntarse con las chicas?» Envanecido, aproveché para contarles mi fuga del seminario y mi propósito firme de no recibir la tonsura. La noticia no pilló desprevenida a mi hermana, pero sí a Elisa, que no logró disimular un gesto de desagrado: «—
Verás —se disculpó—, el caso es que íbamos a subir a la ermita, Frasquita y yo, para llevarle flores a la Virgen». El mar se iba desangrando sobre la playa, en olas perezosas, como lenguas de espuma a punto de extenuarse.
Yo me quedé allí, junto a la barca varada, con tres palmos de narices, viendo marchar a las muchachas, que, a medida que se alejaban de mí, caminaban más aprisa, dejándome como único consuelo la estela confusa de sus huellas sobre la arena. Subieron, apoyándose la una en la otra, por los acantilados, y se internaron entre los pinos del bosque, cuya sombra hacía inútiles o superfluos los quitasoles. Iba a perderlas ya de vista cuando me pareció vislumbrar que, aprovechándose de la impunidad que les proporcionaba la espesura, caminaban abrazadas del talle. Asaltado por una monstruosa sospecha, me decidí a seguirlas; me costó al principio una carrera, pero luego sólo hube de acompasar mi paso al de ellas y mantener las distancias. Con frecuencia interrumpían su paseo para recolectar flores; se
agachaban sobre las matas y, después de diezmarlas, reanudaban la marcha, siempre agarradas de la cintura y tapándose con las sombrillas. Por un segundo, a la luz de aquel sol de estío que penetraba entre las copas de los pinos y alumbraba el aire con una limpieza que no dejaba resquicio a la suciedad de mis recelos, me sentí mezquino por haberme figurado lo que me había figurado. Elisa y Frasquita correteaban por un claro del bosque, entre amapolas que tenían la intensidad de hogueras. De repente, como acometidas por una decisión unánime, se reclinaron ambas sobre la hierba. ¿Irían a improvisar una merienda campestre? ¿Habrían notado mi espionaje y querido gastarme una broma?, me pregunté. Pero había otra interrogación más grave e imperiosa que no llegué a formular y que me torturaba sobremanera. Me acerqué al lugar donde se hallaban, procurando no hacer ruido. Mi hermana se inclinaba sobre Elisa y le hurgaba por debajo del vestido, mientras la otra se quitaba los botones que entorpecían su exploración y se masajeaba los pechos. Ambas miraban sin ver, con un mirar manso y lelo, como vacas parturientas. Formaban una figura obscena y grata a partes iguales, una fusión de cuerpos en los que, por un momento, desaparecían los brazos o las piernas entre la ropa, en un abrazo que me turbaba con su blancura. Ambas tenían una piel blanca, incontaminada de sol, como esas estatuas de la Antigüedad. Disfrutaban de su amor sáfico como rameras de la más baja ralea que ya han saboreado todas las formas de abyección, pero a la vez tenían algo de ángeles perversos, virginizados por su lujuria.
Frasquita picoteaba con su lengua entre los muslos de Elisa, y también en ese otro lugar que, por el sucio conducto que acoge, repugnancia inspira a los delicados espíritus. Las increpaciones acudieron a mis labios, tras el inicial estupor: «—¿Qué hacéis ahí, cochinas? ¿No ibais a la ermita?» A lo que Elisa, interrumpiendo sus transportes, repuso colérica: «—¿Y a ti qué te importa, sacristanucho de mierda?» Eso me llamó, sacristanucho de mierda, antes de reanudar sus jadeos. Frasquita, mi hermana, ni siquiera manifestó interés por mí. Volví a casa, aturdido y humillado como un ciego que recupera la vista y lo primero que descubre es que su cuerpo padece otras muchas taras. Si aún me quedaba algún vestigio de candor, después de los años de aprendizaje en compañía de clérigos infames, lo perdí aquella tarde, puede creerme. En casa, los acontecimientos comenzaron a precipitarse. La compañía en la que mi padre prestaba servicios había quebrado, dejando a sus empleados en la calle. Por fortuna, todas sus hijas ya estaban suficientemente criadas y encarriladas por vías que, si bien no resultaban del todo católicas, al menos garantizaban el sustento y una clientela copiosa. Durante casi un año, mientras mi padre encontraba trabajo, no entraron en casa otras pesetas que las que mis hermanas conseguían con sus bordaduras y encajes; también Frasquita se incorporó a la hilatura, descuidando sus amores Juan Manuel de Prada
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lésbicos con Elisa, pues lo mismo valía para un roto que para un descosido. Al cabo de un tiempo, cuando más gusto le estábamos cogiendo al negocio (mi madre ya era ducha en alcahueterías, y yo hacía mis pinitos como chulo o rufián con los clientes más remisos al pago), vino mi padre diciendo que un amigo suyo, millonario y dueño de media provincia de Albacete, le había hecho administrador de sus fincas.
A Albacete nos fuimos a seguir padeciendo, como suele ocurrir a quien cambia de lugar, pero no de costumbres. La vida campesina, en exceso deudora de las estaciones y los cambios climáticos (que hasta en esto ha querido Dios mortificar al hombre, malogrando sus cosechas por puro capricho), me hacía añorar mis veranos malagueños, en los que vivía entretenido y feliz. Hasta Albacete, como sin duda usted sabrá, el mar no entra, por impedimento de Murcia, lo cual hace de esta provincia una tierra poco regalada para la vista, en la que se crían quesos y navajas para cortar esos quesos y, ya de paso, propiciar las pendencias entre albaceteños, que son una gente brava y muy amiga de llegarse a las manos por un quítame allá esas pajas. Por si el aburrimiento de la vida campesina no fuese ya suficiente contrariedad, mi padre, que en lo tocante al sueldo no se podía quejar, empezó a ser víctima de las chanzas de su amo: aunque el cargo que mi progenitor desempeñaba consistía en repasar cuentas y hacer balances, el terrateniente, tan pronto como lo sorprendía ocioso, la emprendía con él y lo obligaba a disfrazarse de espantapájaros, para rechifla de sus invitados. Era un primor ver a mi padre, desposeído ya de esa dignidad que presumimos en un veterano de las guerras carlistas, con los brazos en cruz, ataviado con unas ropas raídas y un sombrero de paja, haciendo muecas y visajes con los que pretendía ahuyentar a las urracas que malograban la cosecha. Y eso cuando a nuestro patrón no le daba por proponer a mis hermanas, que aún conservaban la maña de su anterior oficio, que le hiciesen carantoñas y arrumacos, mientras se distraía ejercitando la puntería sobre mi padre, quien, amén de actuar como espantapájaros impertérrito, tenía que ejercer de diana. En efecto, aquel terrateniente albaceteño era un gran tirador, una criatura que, de haber padecido necesidad, se habría ganado el sustento exhibiéndose en los circos; como tenía dinero para empapelar de billetes un palacio, se conformaba con lucir sus habilidades delante de sus amigotes, tirando sobre blancos difíciles, que no eran otros que el sombrero de mi padre, o su bigote, que crecía en dos guías finas y escaroladas. Mi padre, aunque varón de muchas agallas y habituado a hacer la estatua desde que mis hermanas emprendieron la vida airada, llegó a cansarse de aquella situación estrafalaria: «—Ándese con tiento, señor, que me puede matar, no vayamos a tener que lamentarnos», imploraba a su amo, cuando ya las balas le habían afeitado las guías del bigote. Reía el millonario a mandíbula batiente, secundado por el coro de sus amigotes, y aun por el de mis hermanas, que se consolaban, mientras las emplumaban, viendo cómo su progenitor era desplumado. Como estas escenas se repetían más de lo que el decoro o el heroísmo trasnochado de mi padre consentían, dejamos la colocación y nos vinimos con las maletas a la Corte, azuzados por nuestro antiguo patrón, que nos persiguió a tiro limpio hasta alcanzar la raya de Cuenca, y más que nos habría perseguido si sus dominios
se hubiesen extendido a esta provincia.
A Madrid llegamos en la festividad de San Isidro, hará unos diez años. Mientras mi padre buscaba alojamiento por hospederías no muy aseadas, mis hermanas y yo nos llegamos a la Puerta del Sol, ágora de truhanes, nuevo patio de Monipodio donde se chalaneaba con colillas de cigarro y virginidades fiambres, mentidero en el que se reunían los políticos menos conspicuos para conspirar y los hampones para planear sus sablazos. A mis hermanas, ya fuera porque ciertos ademanes de mujer pizpireta delatasen su condición, ya porque las ojeadoras que por allí merodeaban tuviesen mucha maña para captar nuevas pupilas, enseguida se las comenzaron a disputar media docena de señoras muy charlatanas que les tomaban medidas y comprobaban la dureza de sus carnes, como quien revisa una mercancía antes de adquirirla, por no llevarse una maula. Como mis hermanas, pese a los arrechuchos que la necesidad les había propinado, aún conservaban una apariencia lozana e invitadora, las madamas (pues no otra cosa eran aquellas mujeres) se las disputaban con promesas de discreción y remuneración semanal. Después de muchos regateos, se llevó el lote la más vocinglera de las licitadoras, una mujerona que respondía al mote de La Cibeles y regentaba un burdel en la calle de Hortaleza, uno de esos negocios para señoritas de clase media a los que acuden Juan Manuel de Prada
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parroquianos en busca de excentricidades importadas del extranjero. Por lo que deduje de mis visitas a tan sofisticado lupanar, nunca mis hermanas habían ganado tanto por intervenciones tan poco ardorosas: su cometido consistía en pasearse por una sala en penumbra, empapelada de terciopelo granate (la penumbra disimulaba la mugre del terciopelo), recostarse sobre unos divanes y hacer simulaciones de amor lésbico, empresa en la que mi hermana Frasquita descollaba por encima de las otras. Un grupo de ricachos, mientras tanto, las observaba (sabían que eran hermanas, y la posibilidad del incesto los excitaba aún más), sin osar intervenir, con sus sombreros de copa cubriéndoles la entrepierna. Como mis hermanas garantizaban, al menos mientras estas depravaciones hallasen cultivadores, el cocido de la familia, decidí encomendarme al Arte. A la edad de quince años escribí mi primer soneto; me lo inspiró una paloma a la que veía languidecer, entre zureos y nostalgias de un azul infinito, en su jaula, colgada de un balcón que había enfrente de nuestra hospedería, pero por entonces no me consagré a la poesía, sino a la pintura, que me gustaba con delirio. Aprendí, sin haber recibido jamás nociones de dibujo, a copiar a los maestros del Museo, e ingresé por oposición en la Academia de Bellas Artes de San Fernando con el número dos, siendo únicamente superado por un tal López Mezquita, que ahora empieza a cosechar honores y medallas en las exposiciones. En los pocos meses que allí estuve, me destaqué en el dibujo a plumilla y en el aguafuerte, granjeándome la desconfianza (y en algunos casos la envidia o el rencor) de mis profesores, que veían en mí a ese discípulo que pronto, una vez asimiladas sus enseñanzas y dominada la técnica que impartían, habría de superarles en maestría. Esta ojeriza creciente, unida a esa fatalidad que desde el instante de mi concepción me persigue, arruinarían mi carrera de pintor. Y es el caso que yo, por entonces, mancebo de muy gallardos dieciséis años, aún no conocía mujer en el sentido bíblico del término, con lo cual ya podrá imaginarse usted las llamaradas de lujuria y concupiscencia que me acometían cada vez que al taller de pintura acudía una de esas muchachas a quienes la Academia contrataba para que posasen desnudas delante de los alumnos. A mí, con el desasosiego que me entraba al contemplar aquellas te—ticas y aquellas coyunturas entre los muslos de las que florecía una madeja capilar, me salían unos retratos muy poco ortodoxos, con pinceladas al desgaire, que luego, a la hora de la calificación, procuraba defender ante mis profesores adscribiéndolos a esa corriente impresionista, legado de los gabachos, que por entonces causaba furor. Como me gustaba extasiarme en el examen de las modelos, solía demorarme en la ejecución de los bocetos, y esperaba a que los demás alumnos despejaran el aula para intentar mis aproximaciones. Algunas muchachas me permitían, con la disculpa de mejorar un escorzo o evitar un contraluz, que las palpase en sitios poco recomendados por la Santa Madre Iglesia, pero también las había que, en cuanto les rozaba un pelo del sobaquillo, me mostraban las uñas y corrían a taparse las vergüenzas, con la amenaza de que, si intentaba forzarlas, me denunciarían a las autoridades. Con una de estas últimas, más remilgada de lo que su oficio exigía, debí toparme aquel día que, embravecido por las dimensiones de su trasero, decidí saltarme los preliminares e irrumpir en parajes recónditos de su anatomía. Enseguida, y al primer envite, la muchacha del diablo empezó a reclamar auxilio con gritos desaforados, como si yo fuese uno de esos gañanes que intentan gozar de las mujeres contrariando su voluntad. El testimonio de la muy honesta doncella sirvió, sin embargo, para que un juez así lo consignase en su veredicto. Con diecisiete años recién cumplidos me internaron en un correccional para menores, erigido bajo la advocación de Santa Rita, patrona de los imposibles.
¡El correccional de Santa Rita! Si hubiese entrado en aquel infierno con alguna inocencia (pero ya hacía tiempo que me había desprendido de estas rémoras), no habría tardado en extraviarla. Si, como algunos sostienen, la libertad es el don más precioso de cuantos dispone el hombre, más, incluso, que su propia vida, allí, entre vigilancias que excedían las de una prisión y aflicciones que deben de superar a las que Pedro Botero reserva para los pecadores más recalcitrantes, aprendí a prescindir de ese don, preparándome para un porvenir todavía más ingrato que haría de mi libertad una especie de puta por rastrojo, con perdón. Todo lo que había de mansedumbre en mi corazón se convirtió en ferocidad, y la barbarie de los castigos hizo de mí un tigre. Allí era el llanto y crujir de dientes, allí las noches de claro en claro, allí la humedad que criaba verdín en las paredes de las Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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celdas y que nos iba reblandeciendo los tuétanos a los internos, hasta que la locura aplacaba el
sufrimiento. A la fuerza teníamos que coser zapatos, cultivar la huerta y componer alcuzas desportilladas.
Y todos estos trabajos mortificantes estábamos obligados a ejecutarlos con la salmodia de fondo del capellán, un individuo tripudo que nos leía fragmentos del Eclesiastés, y nos recomendaba templanza y resignación y continencia y no sé cuántas paparruchas más, como si en aquel odioso establecimiento pudiésemos elegir entre la austeridad y la participación en orgías. Un día que el sonsonete del capellán se me antojó especialmente fastidioso, me colé de rondón en la capilla del correccional y empecé a destrozar los objetos de culto y a defecar en ellos, ante la mirada conminatoria de cierta imagen de Santa Rita, que no salía de su asombro. Al estruendo originado por el entrechocar de los cálices y las vinajeras hechas añicos, acudió el capellán, interrumpiendo su lectura del Eclesiastés, pero yo enarbolé un martillo que a la sazón llevaba e hice ademán de clavarle una escarpia en la frente, para que pudiese presumir de estigmas, igual que la santa patrona de aquella institución, amenaza ante la cual el capellán puso pies en polvorosa. Así, después de algunos tiras y aflojas, y a costa siempre de causar destrozos y anunciar nuevos sacrilegios, los mandatarios del correccional abreviaron mi condena y me expulsaron por incorregible. Retorné, pues, a esa sociedad que había hecho de mí un proscrito, una alimaña envilecida por el desprecio de sus semejantes y la falta de aspiraciones. Como no estaba dispuesto a mendigarle ni una perra chica a mis hermanas (con quienes solía encontrarme en los cafés de moda, colgadas del brazo de algún potentado, muy pintarrajeadas y enseñando hasta el ombligo), me subí al carro de la farándula.
Hice papelitos de meritorio, y llegué a aparecer con letras de molde en el reparto de una comedia que me procuró una celebridad efímera, de ésas que remiten tan pronto como la obra desaparece de cartel; como la tiranía de los ensayos y el deber de resultar gracioso ante un público de niños litris y señoritas pazguatas, no se avenían demasiado bien con mi temperamento, no tardé en hacer mutis. Reuniendo algunos ahorros y propinillas, puse tierra de por medio y me dirigí a París, olla donde se cuece el potaje de las artes.
Recién llegado a la capital de la Francia, me hospedé en un hotelucho del Barrio Latino, y trabé conocimiento con Enrique Gómez Carrillo, que tenía su tertulia en el Café Napolitain, en pleno Boulevard des Italiens. Yo a Gómez Carrillo lo conocía por sus crónicas en El Liberal que reflejaban, con deleitoso colorido y simpática frivolidad, figuras y episodios de aquel París de fin de siglo: desde los últimos coletazos del asunto Dreyfus hasta sus coqueteos con las coristas del Folies Bergères. Gómez Carrillo cultivaba cierta fama de burlador que su físico no desmentía: tenía un aspecto imponente, y unos ojos de gato montés, de un verde profundo, que parecían condensar todo el ajenjo que había bebido en su vida, que era mucho, al parecer. Vivía en el quartier de Passy, amancebado con una hispanoamericana de ilustre cuna que, según su propio testimonio, era una tigresa en las lides del amor, con lo cual el contubernio felino estaba más que asegurado. Gómez Carrillo, que con las mujeres se desvivía, trataba a los hombres con una cortesía algo distante, sobre todo si eran compañeros de profesión que pudiesen hacerle la competencia; a mí, aunque jamás me invitó a su casa (tendría miedo de que la tigresa se le desmandase), me trataba con una cierta deferencia, pues no veía en mí a un rival. Yo, por entonces, cultivaba la caricatura y el retrato callejero sin demasiado éxito, y llevaba una existencia más bien disipada en Montmartre y el Barrio Latino, rodando de cabaré en cabaré y de taberna en taberna, como un Toulouse-Lautrec algo menos chaparro. Puesto que la literatura, fuera de aquel soneto que escribí, inspirado en el cautiverio de una paloma, aún no me había atacado con su veneno, más nocivo que el ajenjo, Gómez Carrillo me concedía su protección y obraba conmigo de cicerone. Cuando comprobó que las caricaturas no iban a solucionarme el condumio, fue el primero que me recomendó el regreso a la patria, y el único que me ayudó a reunir el dinero para el billete de vuelta, aún ignoro si por generosidad o por quitarme pronto de su vista. Sea como fuere, abandoné París, roto y sin un franco en el bolsillo, un París que, al natural, me decepcionó, comparado con ese otro, más profuso y misterioso, que Balzac y Víctor Hugo han inmortalizado en sus novelas. En Irún, pasada la frontera, me hube de topar con José Nakens, el viejo director de El motín, fustigador de gobiernos a quien nadie escuchaba. Llevaba ocultos en el equipaje pasquines con propaganda revolucionaria, en los que se acusaba a Su Majestad Alfonso XIII de andar esquilmando Juan Manuel de Prada
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el erario público con sus correrías sexuales y sus devaneos, y, ya de paso, se le adjudicaba una sífilis mal curada (con perdón) que, de vez en cuando, se manifestaba con supuraciones de oído. Los pasquines, abarrotados de una tipografía muy menuda, apenas legible, contenían otros denuestos, no menos agresivos, contra los miembros del gabinete ministerial y el clero. Nakens pretendía (pero carecía de seguidores que extendiesen su evangelio) distribuirlos entre las poblaciones mineras del Sur, cuyos integrantes padecían, más que ningún otro mortal, «las injusticias de una sociedad regida por carroñeros». Por gratitud a aquel hombre, que me trató como a ser humano y compartió conmigo su tortilla de patatas en el tren que nos llevaba a Madrid, me ofrecí a distribuir los pasquines por la geografía andaluza. Nakens, que tenía la lagrimilla fácil, me estrechó entre sus brazos, mientras el tren nos iba llevando, entre retrasos y traqueteos, a la capital. Me despedí en la Estación del Mediodía de Nakens, que me ungió con sus besos y bendiciones y me encomendó a esa Providencia cochambrosa en la que sólo creen los ateos y los curas renegados. Tomé el rimero de pasquines, y me bajé con ellos a la Andalucía más mísera y sufriente. ¡Maldita sea la hora en que se me ocurrió semejante dislate! Predicar la república, o la revolución, que ambas cosas son hermanas, pues ambas son hijas del desorden, me llevaría al presidio donde todavía hoy languidezco.