Las mascaras del heroe
cago sobre tus ideas programáticas, que le…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
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cago sobre tus ideas programáticas, que le den por culo a tus milicias de donceles disciplinados, lo único que me importa es burlar a ese cabrón que me la tiene jurada y salvar el pellejo, nada más. Así que déjame de monsergas». Pero, por falta de coraje o respeto a la jerarquía, me ahorré el gasto de saliva. En cambio, dije:
—Ponme un guardaespaldas, y así podré salir a la calle.
—Cuenta con él desde ahora mismo.
La Puerta de Alcalá era una mamarrachada neoclásica que la noche prestigiaba de surrealismo, incorporando geografías siderales a sus grandes bostezos de piedra. La frente de José Antonio asomó al espejo retrovisor cuando doblamos hacia Serrano; parecía esculpida en la misma sustancia que los monumentos municipales.
—¿A quién me asignarás? —pregunté, sin intuir todavía sus intenciones. Habíamos llegado a su casa.
Frenó sin brusquedad, dejando que el coche buscara el arrimo de la acera.
—¿No lo adivinas? Yo seré a partir de hoy tu guardaespaldas.
Lancé una mirada consternada a Sara, que no había intervenido en la conversación, ocupada en sacar la cabeza por la ventanilla y aspirar los aromas póstumos de la noche. Entre ser protegido por el hombre que más atentados fallidos había sufrido en los últimos meses y confiar en las dotes persuasivas de Sara, prefería esta segunda solución. José Antonio abandonó el Chevrolet con un movimiento ágil.
—No nos ha seguido nadie. Esperad un segundo, que subo a buscar a Rafael y Eugenio. Y se golpeó el pecho, no sé si en un gesto de contrición por dejarnos momentáneamente indefensos o para infundirnos ánimos, tanteándose la pistola. Vivía enfrente de la redacción de ABC, de la que brotaba un rumor vertiginoso de máquinas, muy parecido al que se escucha en un taller de costura, y un olor alimenticio de papel recién impreso, que es el mismo olor que exhalan las panificadoras. Luca de Tena acababa de publicar, en la sección de cartas al director, un alegato de Gálvez en el que se demostraban mis apropiaciones.
—¿Lo has oído? Ese tío está loco de atar.
Sara apoyaba su cabeza, despeinada por la brisa, sobre el respaldo del asiento; parecía convaleciente de un orgasmo:
—Lo que pasa es que tiene coraje, no como tú. Pero no te preocupes: sé cómo convencer a Gálvez.
Delaté mi impaciencia:
—¿Cómo?
—Ya lo verás.
Sara se arrimó a mí, para hacer sitio a Eugenio Montes, quien, al acomodarse, depositó una mano sobre su muslo que ya no movió hasta que llegamos al Lyon D'Or; Rafael Sánchez Mazas, el favorito de José Antonio, se sentó a su derecha, en el asiento de copiloto, y poco le faltó para reclinar su cabeza en el pecho del maestro, a semejanza de Juan Evangelista. Ambos me miraron con estupor o desprecio, como se mira a los cadáveres o a los asesinos convictos. Eugenio Montes aludió a nuestra palidez:
—Chicos, tenéis el cutis que da gusto. Se ve que no os ha dado el sol. José Antonio arrancó el Chevrolet, de vuelta a Alcalá, y los dos nuevos pasajeros reanudaron una discusión bizantina en la que, al parecer, andaban enzarzados. A ambos los conocía sobradamente de nuestras tertulias en el café Europeo: mientras Sánchez Mazas proporcionaba fórmulas retóricas a ese movimiento que José Antonio se proponía fundar, Montes jugaba a dejarse querer.
—Las edades más prósperas para la Humanidad han sido edades clásicas —pontificaba Sánchez Mazas
—. Pienso en la Florencia renacentista, en la Roma de Augusto, en la Atenas de Pendes. Las edades románticas han sido pasto de la barbarie.
Me exasperaba muchísimo tener que aguantar, en medio de mi desazón, aquellas eyaculaciones intelectuales. Eugenio Montes esbozó una sonrisa bellamente anacrónica:
—Cuidadito, Rafael. Esa Roma clásica que evocas fue minada, no hace falta decirlo, por el cristianismo.
¿No estarás insinuando, tú, que eres de comunión diaria, que el cristianismo es una Juan Manuel de Prada
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forma de barbarie?
Sánchez Mazas estiró el cuello; tenía perfil de aguilucho, con un ligero tufo semita. José Antonio acudió en su auxilio y reprendió a Montes:
—No me seas sofista, Eugenio. El cristianismo lo único que hizo fue sustituir una religión decadente, que se limitaba a regular ceremonias, por otra religión de los humildes y los perseguidos.
—¿Y eso no es romanticismo puro y duro? —lo interrumpí yo, asqueado por los derroteros que tomaba la conversación.
—Bueno —dijo José Antonio, recapacitando—. En cualquier caso, hay ámbitos exentos de discusión: me refiero a la religión, a la madre, a la patria, esas verdades intangibles. Pero en literatura y arte, el romanticismo es una actitud endeble que coloca todos sus pilares fundamentales en terreno pantanoso.
Sánchez Mazas asentía, como deglutiendo una hostia. La cripta del café Lyon D'Or, en la calle de Alcalá, tenía un acceso independiente, que permitía descender hasta ella, sin necesidad de atravesar el barullo de parroquianos que ocupaban la parte alta, ebrios de morapio y consignas marxistas. A la cripta del café Lyon la habían bautizado los monaguillos de José Antonio “La Ballena Alegre”, un apelativo especialmente cruel, si consideramos que las paredes estaban decoradas por murales de Hidalgo de Caviedes, un pintor algo primitivista y naïf, que mostraban a varios cetáceos en plena pugna con sus verdugos, unos arponeros nórdicos con parches y patas de palo, como corsarios que sustituyen el abordaje de barcos por la pesca de altura; allí los únicos felices eran los arponeros, que festejaban la captura, y no las ballenas, que soltaban espumarajos entre sus dientes de sierra (pero aquí Hidalgo de Caviedes se había equivocado, pues las ballenas no tienen dientes, sino barbas) y un géiser de agua sanguinolenta por el lomo.
—¿Desde cuándo se admiten mujeres en nuestra tertulia? —preguntó Giménez Caballero, que acudía a estas reuniones sin recibir invitación, al ver entrar a Sara.
—¿Y desde cuándo te ha dado nadie a ti vela en este entierro? —masculló Sánchez Mazas, para el cuello de su camisa.
Giménez Caballero militaba en las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista de Ramiro Ledesma, una organización en bancarrota que sólo había expedido hasta la fecha veinticinco carnés (y que nunca llegaría a expedir más). Ledesma lo enviaba de espía a “La Ballena Alegre”, conociendo las debilidades literarias de José Antonio, para favorecer una aproximación, pero Giménez Caballero sólo inspiraba asco al futuro fundador de la Falange. Iba vestido con un mono azul mahón, cruzado de cremalleras y emblemas mussolinianos.
—¿Y de qué hablabais, camaradas? —preguntó, aceptando la intrusión femenina.
—Hablábamos del arte clásico y del arte romántico, disciplinas que tú desconoces — dijo Eugenio Montes, con hiriente animadversión—. Y no nos llames camaradas, haz el favor.
—¿Que las desconozco, dices? —Giménez Caballero se irguió, pendenciero. Lanzaba gritos de trompeta desafinada. En La Gaceta Literaria, a fuerza de histerias y saludos romanos, había logrado espantar a sus colaboradores. José Antonio le había solicitado al camarero una botella de chacolí y otra de sidra, bebidas de una aristocracia litoral, por oposición al vino mesetario que se bebía en el piso alto. Con palabra clara, dio por zanjado el asunto:
—Hace unos días recordaba yo ante una concurrencia pequeña un verso romántico: No quiero el Paraíso, sino el descanso, decía. Era un verso blasfemo, como suelen ser los versos románticos. —
Aquí sus adláteres bajaron la cabeza, en ademán contrito—. Pero su blasfemia estaba montada sobre una antítesis certera: es cierto, el Paraíso no es el descanso. El Paraíso está contra el descanso. —
Nos miró a todos, con un arrebato mesiánico—. En el Paraíso no se puede estar tendido, reposando sobre una cama; se está verticalmente, como los ángeles. Pues bien, amigos, nuestra misión es ésa: queremos un Paraíso difícil, erecto, implacable; un Paraíso donde no se descanse nunca y que tenga, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas.
Se estaba inaugurando una nueva religión, en la que me correspondía, por necesidad, el papel de Judas: yo no quería ningún Paraíso erecto, ni parecidas pamplinas; sólo aspiraba a un cómodo sosiego.
José Antonio repartió el chacolí entre los presentes, en vasos de un vidrio traslúcido que Juan Manuel de Prada
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convertían el licor en un coágulo de sangre.
—¡Brindo por una España nueva!
El chacolí sabía a sangre, en efecto. Las palabras de José Antonio las comulgaban sus discípulos, transfigurados de sacramento e idolatría. Tras un minuto de silencio, rompían a hablar, intercambiando sus pistolas y sonetos, pero sin disparar el verso o la bala definitivos. José Antonio mostraba a Sánchez Mazas las primeras cuartillas de una novela de la que decía sentirse orgulloso, titulada El navegante solitario; estaban escritas con un lirismo tenso, y quizá el título respondiese a una pesadumbre íntima, a un estado incipiente de perplejidad y desengaño, como si supiese con anticipación que su mensaje no iba a ser entendido.
—Estos tíos son unos fanáticos, Sara. Con tal de instaurar su paraíso, son capaces de dejarse matar.
Se incorporaron a la tertulia Agustín de Foxá y Ruanito. Venían de visitar algún cementerio antiguo, quizá el de San Martín (que Ruanito ya conocía de nuestra expedición con Buñuel, en busca de inspiraciones putrefactas), donde recitaban poemas lúgubres y se pegaban un revolcón con las marquesas
que acudían al recital, sobre la tierra mullidita que tapaba a los muertos. Habían preferido, en un alarde de fatuidad, entrar por la puerta principal del café, abriéndose paso a codazos entre la parroquia, y descender hasta la cripta por una escalerita angosta. Foxá llegaba arrebolado y jadeante; apenas me vio, corrió a palmearme la espalda:
—¡Salud al plagiario! Virgilio y Shakespeare, que también copiaron lo suyo, te aplauden. Me levanté y amagué con el puño. Todo su ingenio mordaz se tambaleaba de repente, y se refugiaba en su papada, que había comenzado a temblequear:
—No te enfades. Yo no te he censurado nada. Todo lo que no es tradición es plagio, como dice el maestro Eugenio D'Ors.
—Fernando —intervino Ruanito—, es mejor que no malgastes tus energías con Agustín. Arriba tienes a Gálvez, con su familia al pleno. Ahora, en vez de poemas, larga arengas subversivas. Debí de empalidecer, porque José Antonio dijo:
—Aunque la sangre se te hiele, debes subir y arreglar tu litigio con ese hombre. Nuestra actitud ante la vida debe ser heroica y militar. Si ante un solo hombre te arredras, ¿qué será de ti cuando las hordas te cerquen?
Sus discípulos habían adoptado un aire extemporáneo de gravedad. Aquellos estilistas de mierda estaban jugando a los soldaditos, y su jefe hablaba en libro, con una retórica que no era de este mundo.
—Estáis como chotas. Como penséis que me voy a enfrentar yo solito con esa mala bestia, vais de culo.
De aquí no hay quien me mueva.
Las lámparas del techo depositaban una moneda de luz sobre los vasos que aún guardaban restos de sangre o chacolí. Las ballenas agonizantes del mural abrían sus fauces (¿tienen fauces las ballenas?), para tragarse a los arponeros: me hubiese gustado estar con ellos o con el profeta Jonás, en el vientre de uno de aquellos bicharracos.
—Veo que no entiendes la esencia de nuestro movimiento. O estás con nosotros o estás contra nosotros.
José Antonio hablaba sin mirarme, con una nostalgia de horizontes o imperios en lontananza. Volvió a golpearse el pecho, tanteándose la pistola que llevaba enfundada debajo del sobaco; no supe discernir si su gesto era de amenaza o protección:
—Yo te guardaré la espalda.
Sánchez Mazas, pese a su talante pacifista, anunció el castigo que habían decidido imponerme:
—Es una prueba que debes superar, Fernando. Debes purgar tu actitud cobarde y plagiaria, y limpiar el oprobio que has arrojado sobre nosotros.
—Podría haber represalias, de lo contrario —añadió Giménez Caballero, sin pedir permiso.
—Tú a callar —le ordenó José Antonio, en un rapto de inusitado furor—. Venga, Fernando, no me decepciones.
Me habían preparado una encerrona, aquella pandilla de comulgantes. El miedo me revolvía las tripas, y las enmarañaba, y formaba con ellas un nudo gordiano. Sara me tomó del brazo y me Juan Manuel de Prada
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condujo hasta la escalerita, mientras los otros nos seguían de cerca, exaltados por la curiosidad o el sadismo.
—Yo iré detrás de ti, Fernando. Te prometo que no pasará nada. Sobre todo, no se te ocurra sacar la pistola.
Sara me daba instrucciones con esa exhaustividad condescendiente que emplean las enfermeras con el moribundo, para que no se tome las pastillas de golpe y abrevie su agonía. Mientras subía las escaleras, respaldado por el aliento de Sara, seguido de José Antonio y su cortejo, dejé de sentir miedo, y noté crecer otro sentimiento, antiguo como el fango de un río, como el bronce o las pirámides, impetuoso como el perfil de una bala, un sentimiento que se hospedaba en las tripas y subía hasta el pecho, se remansaba allí y enseguida continuaba su ascenso hasta la garganta, como un oleaje tibio que creciese dentro de mí. Era odio, un odio destilado y sin escorias, obtenido en el alambique secreto de la carne, un odio cristalizado, químicamente puro, contra José Antonio y sus secuaces, aquel coro de ángeles verticales, católicos y castos. Un odio reluciente de aristas, que nada tenía que ver con ese otro odio nacido de las vísceras o de la ebullición sanguínea que suele acometer a las personas más rudimentarias y que se extingue tras el primer desahogo.
—Tú tranquilo —me volvió a decir Sara.
El café Lyon D'Or lo llenaban artistillas de varietés, restauradoras de virgos, viajantes de lencería, enterradores con un rastro de tierra en las uñas y peripatéticas de guardia. Había camareros con cara de burros de carga que paseaban unas jarras llenas de horchata, que era la especialidad de la casa. En medio de un corro, Gálvez soltaba un discurso que estaba entre la arqueología política y la Historia Sagrada:
—El primer proletario aparece después de que el hombre fuese expulsado del Edén —decía, remontándose hasta edades que Marx y Engels no habían frecuentado—. Nació de este modo: La cosecha de Abel era próspera; la de Caín le producía apenas para abonar la contribución y el impuesto de inquilinato. Caín levantó los brazos a lo alto, implorando el socorro celeste; rogó, desesperó, derramó lágrimas, pero sus voces no fueron oídas. Había pinchado en hueso. Entonces, con una quijada de asno, asesinó a su hermano.
Guardó un silencio enfático, para subrayar el fratricidio. Sus oyentes, contagiados de grandilocuencia, asentían.
—El proletario se había levantado contra el poderoso —siguió—. La mísera humanidad, que viene de
Caín y Abel por línea directa, se divide aún en vasallos y conquistadores. Pero a los vasallos aún nos queda la quijada de asno para restablecer la justicia. Una ovación prolongada conmemoró la moraleja: todo un ejército de hombres anónimos e insatisfechos se sumaba al discurso de Gálvez, que bebió coñac para refrescar o incendiar su gaznate. Teresa, recostada sobre un diván con sus dos hijos, participaba en la celebración; su aspecto no me pareció del todo saludable, pero quizá no fuese tributario de la enfermedad, sino de la pobreza. Gálvez se limpió la boca con la bocamanga de su gabán; cuando me descubrió, al fondo del café, dijo:
—Despejen la pista, hagan el favor. Parece que tenemos visita de los señoritos fascistas. La melena recogida hacia atrás, como embadurnada de grasa o espermaceti, a falta de fijador, lo asemejaba a esos balleneros que había pintado Hidalgo de Caviedes para la cripta del Lyon D'Or. Su figura, destartalada de cárceles y travesías y poemas escritos con resaca, pero todavía erecta, tenía esa grandeza ruinosa de las catedrales románicas. Se apartó los faldones del gabán, para mostrar su navaja, prendida al cinturón, como la de un bandolero. Anunció a la clientela del café:
—Ése es el hijoputa que me copió la comedia, y también algunos sonetos. Lo he denunciado ante la Sociedad General de Autores, me he hinchado a escribir cartas a los periódicos, demostrando sus trapisondas, pero apenas me han hecho caso. Digo yo que merezco una expiación. Se oyó un murmullo aprobatorio, incluso alguna incitación homicida. Gálvez había afianzado su mano derecha sobre las cachas de la navaja, como si se apoyase sobre un cayado. Yo no sentía vergüenza ni miedo, tan sólo el deseo de sobrevivir, para poder alimentar mi odio.
—Y la recibiré, Fernando, no lo dudes —continuó—. Pero no será ahora. Ya he desperdiciado bastantes años de mi vida en presidios infames que han anticipado mi vejez y me han dejado marca Juan Manuel de Prada
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en el alma y en el tobillo. —Y, aquí, se alzó una pernera del pantalón para mostrar la señal que un grillete le había dejado sobre la piel, durante su estancia en Ocaña—. Tengo una mujer y unos hijos que cuidar, y aunque estoy seguro de que todos estos amigos testificarían a mi favor en un juicio, siempre habría algún fascista que convencería al juez de mi culpabilidad. No te mataré ahora, Fernando: esperaré la ocasión propicia, un tumulto que haga pasar desapercibida mi venganza y la deje impune.
Por el café Lyon D'Or desfiló la sombra de Caín, como una nube de humo alevoso, anticipo de esa otra nube que ya pronto invadiría la calle con su olor a pólvora y cadáveres podridos. Intercedió entonces Sara:
—Pedro Luis, si en algo estimas la memoria de mi madre, te ruego que no le hagas daño. Ni siquiera entonces, al escuchar aquellas palabras mediadoras que suplían mi pasividad, me avergoncé. Se puede vivir sin honor, se puede vivir sin decoro, se puede vivir sin ese andamiaje mínimo de dignidad que sostiene a hombres como Gálvez, mientras la indigencia o el desaliento ejercen su erosión. Se puede vivir sin esas coartadas, siempre que el plomo no te taladre el pecho.
—Me duele que hayas estropeado tu juventud al lado de este mentecato, Sarita. —Hablaban de mí como si me hallase ausente—. Y nada reverencio más que la memoria de tu madre, que me dio cobijo cuando yo era un paria recién salido de la cárcel, pero no me pidas ese sacrificio. Gálvez abrevaba su copa de coñac, sin atreverse a mirar a los ojos de Sara, que se clavaban en él como remordimientos. Los secuaces de José Antonio intercambiaban apuestas sobre el desenlace de aquella transacción sentimental.
El bochorno estorbó mi impasibilidad cuando Sara adujo:
—Es mi compañero.
—También es el hombre que encerró en el manicomio a Armando Buscarini, quizá mi mejor amigo. —
Rememoraba mis delitos con una ronquera etílica—. También es el hombre que anduvo tentando a Teresa, aprovechándose de su enfermedad y de mi ausencia. Teresa asintió, con una lealtad sin fisuras al resentimiento (quizá eso fuese lo que más me gustaba en ella). Sara me sobresaltó:
—También es el padre de mi hijo, Pedro Luis.
Gálvez flojeó en su determinación.
—Sí, estoy embarazada de él. Tú y yo conocemos mejor que nadie el dolor de los hijos sin padre. Yo lo padecí en carne propia, viviendo con una madre soltera. Tú lo padeces ahora, en la carne de esos niños que la ley no reconoce como tuyos, porque los engendraste fuera del matrimonio. ¿Te parece bien que otro inocente nazca con una culpa que no merece?
Yo pensaba que el peligro de la procreación quedaba abolido con el uso del condón, ese Herodes incruento y portátil, pero la naturaleza se obstina y derrota las tretas anticonceptivas. Sara imprimía a su defensa un tono melodramático, y Gálvez se dejaba conmover por tanta tragedia postiza; acodado sobre el mostrador, se restregó los ojos, para desprenderse de las últimas legañas o atajar los primeros síntomas de llanto.
—Ya se ha demostrado que Fernando te plagió. ¿Qué más quieres?
—Está bien. —Gálvez hablaba entre dientes: era discreto a la hora de la magnanimidad—. Que se marche. Fuera de mi vista.
—¿Me juras que no le harás daño?
Las lámparas del café derramaban una luz voltaica, como de relámpagos domésticos. Gálvez murmuró, bebiendo un último trago de coñac:
—Te lo juro. Pero desapareced de mi vista.
Obedecimos, con esa gratitud ritual y silenciosa que los reos deben demostrar en el trance del indulto.
La calle de Alcalá oponía su temperatura de metal al calor humanitario que reinaba en el café. José
Antonio me rodeó los hombros con el brazo y volvió a hablarme en libro:
—Cuando se ha aprendido a sufrir, se sabe servir. Ahora tu corazón, depurado por el peligro, segregará nuevas reservas espirituales. Y serás digno de nosotros. Lo miré con infinito cansancio o infinito desprecio. Mi corazón, depurado por el peligro, iba segregando la sustancia purísima del odio, y no esas estupideces que él anunciaba. A mis espaldas, la voz de Gálvez volvía a alzarse, abriéndose hueco en la atmósfera turbia del café; había sustituido Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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la oratoria política por unos alejandrinos más efectivos. Unos alejandrinos que, secretamente, supe destinados a mí:
—Mas con el rojo índice te señala el Destino.
Cuando, envuelto en las sábanas de finísimo lino,
descansas en la noche de tu leve jornada,
en la piedra más dura de tu propio palacio,
lentamente, sin ruido, despacio, muy despacio,
el pueblo, que no duerme, saca filo a la espada.
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III
Llegaban del Sur, como bocanadas de aire requemado, los rumores sobre una rebelión de campesinos que habían declarado la huelga y proclamado el comunismo libertario en Casas Viejas, un pueblo de la provincia de Cádiz. Llegaban del Sur, como aromas de carroña y mortandad, las noticias confusas sobre un puñado de campesinos que, después de incendiar cortijos y dehesas, habían sido masacrados por las fuerzas de asalto enviadas por Azaña. Llegaban del Sur, como estandartes que avanzan, miles de jornaleros y aparceros y desposeídos que reclamaban la redistribución de la tierra, la expropiación forzosa, la abolición de antiguos privilegios y señoríos. Llegaba del Sur la legión famélica y rústica de los campesinos, reclamando la aplicación efectiva de una ley de reforma agraria que los partidos reaccionarios, confabulados en la oposición, impedían. Llegaban del Sur, desembarcaban en la Estación del Mediodía y acaparaban la calle de Alcalá, en toda su anchura dominical, expulsando a la clientela de los cafés, a los oficinistas que trepaban a los tranvías, a las señoritas que paseaban con la falda ceñida, imponiendo su nalgatorio entre los ociosos. Llegaban del Sur los proletarios agrícolas, hijos de una España ancestral, tomaban la calle de Alcalá para celebrar sus manifestaciones y nos desplazaban a sus ocupantes asiduos hasta la Gran Vía, que a partir de entonces comenzó a ser una Babilonia modesta que reunía a las pajilleras del metro con las putas macizorras de Chicote, un local que acababan de abrir, al estilo americano, con especialidad en cócteles y magreos a pie de barra.
A Chicote iba yo por las tardes, después de convencer a Sara para que no me acompañase, recomendándole con sarcasmo que llevara sin agitaciones el embarazo, hasta que por fin se decidiera a abortar en alguna clínica clandestina. Mis contertulios del café Europeo habían emigrado: Ruanito ocupaba la corresponsalía de ABC en Berlín, desde donde enviaba unas crónicas que narraban la apoteosis de Hitler y las fechorías de los camisas pardas; Jardiel y Neville iban y venían de Hollywood; Sánchez Mazas, Foxá, Montes y los otros no salían de unas oficinas que José Antonio había alquilado en la calle Marqués de Riscal, futura sede de su movimiento. Chicote era un bar con decoración de burdel parisino, con mucha botillería y chicas que no necesitaban bailar cancán para enseñar el triángulo de la braga. Su dueño era un señor de facciones agrarias que vertía los licores en unos recipientes de metal y luego los agitaba con mucho maraqueo del Caribe; le salían unas mezclas
—cócteles, se llamaban— insolubles para el estómago, que embotaban a la segunda copa. A Chicote era preceptivo acudir solo y con la cartera apretada de billetes, para no decepcionar a las putas, que eran las mejores de Madrid y por fin autóctonas, después de varias décadas de hegemonía gabacha. Chicote, opuesto a la moda de mujeres escuchimizadas que nos llegaba a través del cinematógrafo y los anuncios de cosméticos, las elegía rellenitas y un poco paletas, como conviene para desatar gruesos instintos. Una tarde me encontré allí con Luis Buñuel. Había extendido sobre la barra una maraña de celuloide, cientos de metros que crujían como una bufanda almidonada. Deslizaba la cinta entre las manos, contemplaba los fotogramas con una lupa, cortaba con tijeras donde mejor le parecía y ensamblaba los fragmentos elegidos con goma arábiga. Los descartes se los regalaba a las putas, que los observaban al trasluz, sin explicarse qué había fotografiado aquel hombre rudo, desaliñado y cavernícola.
—Oye, salao, ¿qué diantres has retratao aquí?
Las putas de Chicote, pueblerinas y deliciosamente vulgares, no pronunciaban palabrotas, salvo en la intimidad del coito, en que pasaban del diantre a la blasfemia. Se blanqueaban el rostro con polvos de arroz, para combatir el bronceado de las eras.
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—Es un documental sobre Las Hurdes.
—¡Huuuuy! ¿Y pa dónde queda eso?
—Oye, rica, conmigo no te hagas la sueca, que de sobra sé que vienes del campo. Y las toqueteaba por encima de la falda con sus manos de boxeador, encallecidas de repartir puñetazos, pero sensibles todavía al tacto mollar de un culo. Iba acompañado Buñuel por un perrazo de más de un metro de alzada, de un
pelaje blanco con pintas negras, como un dálmata desmedrado, que respondía al nombre de Calanda.
—¿Y de dónde sacaste el caniche, baturro? —le preguntaban las putas.
—No es un caniche, es un gran danés, ignorantes, y me lo regaló Greta Garbo, en gratitud por los polvazos que le eché, en su camerino de la Metro Goldwyn Mayer.
—¿La Garbo? Tú deliras. Si está liada con un gachó más guapo que tú que sale con ella en las películas...
Buñuel no interrumpía las tareas de montaje. Había venido a España a rodar un documental sobre las Hurdes y, aunque no había agotado el presupuesto, prefería gastarse el dinero sobrante en putas, y no en una moviola.
—Ya —dijo, con premeditado bestialismo—, pero a su novio no se le sube la colita. ¿Por qué creéis que la Garbo se encerraba con este perro en el camerino, hasta que me conoció a mí?
Las putas reprimían una mueca de escándalo o repugnancia, y miraban con espanto al gran danés, que se relamía y hozaba con el morro entre los huesos de aceitunas que se desperdigaban por el suelo. No había yo vuelto a saber nada de Buñuel desde que marchó a París, a rodar Un perro andaluz, que le había servido para introducirse en los cenáculos surrealistas. La película, que recogía las obsesiones que fatigaron su etapa de formación en la Colina de los Chopos, se había convertido en un éxito escandaloso, permaneciendo durante más de ocho meses en cartel y proporcionándole muchos miles de francos que, por supuesto, se gastó en bacanales. Estaba comprobado que la proyección de Un perro andaluz provocaba desarreglos en el útero de las mujeres más sugestionables (varias embarazadas habían abortado sin dolor sobre la butaca) y esterilidad en los hombres menos habituados a la espeleología del subconsciente. Buñuel calificaba su primera cinta como “una incitación al asesinato”, definición que enlazaba con aquella frase de Breton tan célebre y premonitoria del fascismo: «El gesto surrealista más simple consiste en salir a la calle, pistola en mano, y disparar al azar sobre la gente». A mí —huelga decirlo—, me encantaba la película de Buñuel, me encantaban las incitaciones al asesinato y me encantaban las pistolas disparando al azar.
—Coño, Fernando, no te había conocido.
—Joder, Luis, qué pronto te olvidas de los amigos. Cómo se nota que eres famoso en el mundo entero.
Se pasó la mano de matarife sobre el pelo crespo:
—¿Famoso? Será a fuerza de persecuciones, chico. Me expulsan de todos los sitios. Me contó que, tras el éxito de Un perro andaluz, los vizcondes de Noailles, unos mecenas parisinos que se dejaban vomitar el parqué por los surrealistas, le habían financiado un segundo filme, La Edad de Oro, que incluía burlas a la Sagrada Hostia, homenajes a Sade, violaciones sobre un lodazal y esqueletos con mitra y báculo. Fascistas y monárquicos habían arrojado bombas en el cine en que se proyectaba, y el Prefecto de Policía de París había prohibido la distribución de la película, temeroso de mayores altercados. Los vizcondes de Noailles habían sufrido la excomunión del Papa y la expulsión del Jockey Club.
—¿Y Dalí, no colaboró contigo?
Buñuel se sonó los mocos, única materia prima que le quedaba para montar su documental sobre las Hurdes, después de haber agotado la goma arábiga.
—A Dalí le sorbió el seso una rusa, una tal Gala, que venía ya bien follada de Paul Éluard. En La Edad de Oro no colaboró, por mucho que él presuma de lo contrario —dijo Buñuel—. Todita la hizo el menda.
Ahora ando buscando una sala en Madrid para el estreno, pero no es tan fácil encontrarla.
Tuve una idea no sé si extravagante o genial:
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—¿Por qué no la estrenas en el Teatro de la Comedia? Mi jefe, don Narciso Caballero, busca espectáculos alternativos.
Buñuel eructó, a modo de asentimiento. Después de su estancia en París, había viajado a Hollywood, para aprender la técnica americana en los estudios de la Metro, donde se distrajo inseminando a todas las mujeres que discurrían por los platós, desde la Garbo a las peluqueras, sin desmerecer a ese enjambre de coristas y starlettes y meritorias y figurantes. Allí había entablado amistad con Charlie Chaplin, que coleccionaba amigos españoles como quien colecciona monstruos y los invitaba a proyecciones privadas que organizaba en su mansión, con películas guarras y sordomudas (sólo Chaplin y el género pornográfico se resistían al sonoro), rodadas con escasez de medios y cámara fija.
—Ya ves, el tío asqueroso, con lo que disfruta. Luego rueda historias de huerfanitos, para lavarse la cara.
Calanda, el perrazo de Buñuel, acezaba en señal de constatación. Durante sus vacaciones hollywoodienses, además de ejercer como semental en los platós de la Metro y asistir a las proyecciones privadas de Chaplin, Buñuel fue invitado a cientos de veladas al aire libre, en las que se entretenía evocando sus gamberradas francesas, blasfemando en dialecto aragonés y aceptando apuestas de resistencia fornicadora que se verificaban allí mismo, entre los arbustos de un jardín; sus rivales, por lo común lechuguinos que confundían la resistencia con el exhibicionismo, iban quedando liquidados a lo largo de la noche, derrengados o momentáneamente estériles, tras la quinta o sexta eyaculación, mientras Buñuel seguía como si tal cosa, exagerando las sacudidas de ingle, para dejar un poco doloridas a las yanquis, a quienes odiaba doblemente, por ninfómanas y por yanquis. Una vez ganada la apuesta, Buñuel se dirigía con el falo dilatado a la mesa donde se alineaban las bebidas y los canapés, y lo sumergía en la ponchera, que actuaba como bálsamo o refrigerio para sus excesos venéreos. Buñuel, aprovechando que nadie lo veía, soltaba unas meadas reconfortantes y larguísimas que pasaban desapercibidas entre los demás ingredientes del ponche.
—Incluso le daban un cierto sabor añejo que los invitados ponderaban ante su anfitrión —dijo Buñuel, acodado en una barra que se había quedado desierta de putas y clientes, asustados de sus escatologías—.
Hasta que una vez me pillaron en plena faena y me expulsaron... De la fiesta y del país.
Calanda, el perrazo que le había regalado Greta Garbo, paseaba la lengua entre las fauces y se rascaba las pulgas con las patas traseras.
—¿Y dónde te hospedas?
—Si te lo cuento no te lo vas a creer. ¿Te acuerdas de aquel marqués fofo y grandote, aquel pobre desgraciado al que le dimos una paliza en el metro de Progreso? De resultas de aquello, debió de quedarse medio cegato, y no reconoce a nadie, ni siquiera a sus agresores. Ha fundado una comuna en su palacete de la calle Marqués de Riscal. Profesa ideas libertarias, y acoge a todos los desharrapados de Madrid, con tal de que se sumen a su credo. Allí me hospedo. Algo había oído yo sobre la militancia de Antonio de Hoyos y Vinent en la Federación Anarquista Ibérica, organización surgida en el seno de la CNT
que concentraba a los afiliados más proclives al fanatismo y la nitroglicerina, más reivindicadores de una actitud destructiva frente a las instituciones republicanas. A la muerte de su madre, Hoyos había salido perjudicado en el testamento, en favor de un hermano putrefacto y respetabilísimo, y esta preterición había afianzado las simpatías anarquizantes del escritor, en cuya estética siempre habían convivido el gusto por el lujo con un tirón irresistible hacia obreros y macarras, responsable, entre otros sinsabores, de aquella paliza que le habíamos infligido en los urinarios del metro. Había notado yo, en mis visitas a la sede de Falange, muy próxima al palacio de Hoyos, un trasiego de hombres malencarados, pero jamás se me habría ocurrido atribuir este trasiego a la formación de una comuna libertaria, sino más bien a que Hoyos hubiera contratado una partida de albañiles, para que reformaran su mansión.
—¿Reformas en su mansión? —se burló Buñuel—. Por si no lo sabes, Hoyos está arruinado. Todas las mañanas elige un abrigo de pieles de su guardarropa y lo lleva a la tienda de empeños, para darnos de comer a los miembros de la comuna. No sé cuánto tiempo aguantará en este plan. Dicen que tiene la casa hipotecada, así que cualquier día nos llega la orden de desalojo. Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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Por la Gran Vía avanzaba una manifestación de labriegos anarquistas venidos del Sur. Los guardias de asalto habían acordonado la calle, y repartían mamporros con unos vergajos de goma que se adaptaban a las espaldas, como sanguijuelas que dejasen a su contacto unas ronchas más abultadas que las costillas.
Calanda lanzaba aullidos de solidaridad, como un cancerbero mansurrón y algo afónico.
—Hay que joderse, cómo está el patio: el Gobierno de la República, que se supone de izquierdas, movilizando al ejército y a los guardias, para dar de hostias a los campesinos. Chicote, alarmado por los desórdenes callejeros, había candado la puerta de su local; se veían, a través del cristal, las escaramuzas entre manifestantes y guardias de asalto, con ese verismo barullero que tienen las escenas en las que participan multitudes.
—Oye, Luis, y en esa comuna en la que vives, ¿practicáis el amor libre?
Un campesino había salido rebotado del mogollón humano, con una brecha en la ceja, y se había estampado contra la puerta de Chicote, haciendo retemblar el cristal; desmayado, se fue deslizando hacia el suelo, dejando un rastro de sangre sobre la superficie transparente. Buñuel reprimía a duras penas las ganas de participar en la pelea.
—¿Amor libre? De eso nada, majete. En la comuna predominan los solterones: ya sabes, bohemios que en su puñetera vida se han comido una rosca. Y los que están casados no sueltan a sus mujeres ni por recomendación de Bakunin. Por cierto, ¿sabes quién está en la comuna?
Había empezado a enrollar las bobinas de celuloide y a guardarlas en sus latas correspondientes.
Denegué con la cabeza.
—Teresa, la concubina de ese poetastro, ¿cómo se llama? —No necesitó que yo acudiese en auxilio de su memoria—. Gálvez, eso es: Pedro Luis de Gálvez. Chico, ahora no se deja ni tocar siquiera. Tía más arisca no la he visto en la puta vida.
La calle se empezaba a despejar, mostrando, después de la estampida, un reguero de cuerpos maltrechos, quizá paralíticos o fiambres, sobre los adoquines. Las fachadas de los edificios estaban empapeladas de una propaganda electoral más profusa que en las constituyentes; los carteles, convertidos casi en jirones, mostraban, junto a eslóganes más preocupados de denigrar al adversario que de captar prosélitos, dibujos chillones, muy delineados de aristas, alusivos a la lucha de clases. El crepúsculo contaminaba la escena de ardores épicos.
—¿Te acuerdas cuando nos recibía en su casa, aquella pocilga de Cuatro Caminos? —Sonrió, no sé si con candidez o lubricidad—. Ahora está algo más ajada, pero sigue teniendo un polvo.
—Y a Gálvez, ¿se le ve mucho por la comuna? —pregunté, afectando desinterés.
—A todas horas. Y siempre pavoneándose, como si fuera el mejor poeta del mundo. Chicote había descorrido los cerrojos, una vez sofocada la algarada, y abierto las puertas de par en par, dejando entrar un aire guerrero, oloroso de polvaredas y contusiones.
—Ya me llevarás un día de visita al palacio de Hoyos —dije.
Emitió un gruñido que no lo comprometía a nada. Salimos a la Gran Vía, precedidos del gran danés, que iba llenando la acera de defecaciones y quejas de los peatones. Buñuel, al igual que Ruanito (al igual que todos los que aspiran a llegar lejos), era un egoísta a quien sólo importaba su arte:
—¿Me decías, entonces, que podríamos proyectar La Edad de Oro en el Teatro de la Comedia?
Te advierto que el escándalo está garantizado.
—Sí. La haremos coincidir con un mitin que va a pronunciar el hijo de Primo de Rivera. ¿Qué te parece?
—Cojonudo —dijo Buñuel, entrando al trapo—. Me encanta reventar los actos fascistas.
En la sede de Falange Española, en Marqués de Riscal, se expedían los primeros carnés de afiliados.
José Antonio había logrado convocar, en torno a unas siglas de significación dudosa, a un revoltijo de veteranos añorantes de la Dictadura, terratenientes de provincias, militares en la reserva, primogénitos de la nobleza, estudiantes católicos, adolescentes masturbatorios y proletarios místicos, una mercancía averiada con la que se disponía, ilusamente, a formar un movimiento Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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encomendado al servicio de la Patria. La sede matriz de Falange Española era un piso destartalado, amenazado de ruina, de paredes desconchadas y salpicadas de boquetes, como si ante ellas hubiesen fusilado sus anteriores inquilinos a una remesa de fantasmas. Acudí allí una tarde de octubre, en vísperas del discurso fundacional que José Antonio iba a pronunciar en el Teatro de la Comedia, en compañía de Buñuel y de su perro Calanda, que se entretenía orinando en los rincones.
—Ahora mismo os atiendo —dijo José Antonio.
Se hallaba sentado ante una mesa de madera cruda, coja de las cuatro patas, que temblequeaba cada vez que un postulante apoyaba su mano sobre una Biblia que añadía solemnidad al juramento:
—Juro no tener otro orgullo que el de la Patria y el de la Falange, y vivir bajo la Falange con obediencia y alegría, ímpetu y paciencia, gallardía y silencio. A cada voto pronunciado por el postulante, José Antonio asentía, como un confesor que reparte indulgencias, y me miraba con ojos coléricos o contritos. La pantomima, no exenta de ceremoniosidad, resultaba, sin embargo, grotesca para un infiltrado como yo, y no digamos para Buñuel.
—Juro lealtad y sumisión a nuestros jefes, honor a la memoria de nuestros muertos, impasible perseverancia en todas las vicisitudes.
Pilar y Carmen, las hermanas de José Antonio, salieron de una habitación al fondo, de la que procedía un llanto estrangulado, como de una mujer adulta que exagera infantilmente su desgracia. Pilar y Carmen eran unas muchachas menos agraciadas que su hermano, modositas y con tobillos de vocación andariega.
Si la mirada que José Antonio me dirigía, mientras el postulante recitaba el juramento, encubría un reproche, la de sus hermanas, mucho más explícita, denunciaba un enfado vehemente del que quizá me hacían responsable. Seguían oyéndose unos sollozos apagados que me resultaban vagamente familiares.
El postulante era un muchacho flaco que se había aprendido de memoria la lección:
—Juro mantener sobre todas las cosas la idea de unidad entre las tierras de España, unidad entre las clases de España, unidad en el hombre y entre los hombres de España. El postulante recibió su carné, sellado y firmado por el jefe de la secta. Los sollozos habían degenerado en hipidos, y la mirada de José Antonio se clavaba en mí, con afinación de dardo.
—Venía a presentarte al cineasta Luis Buñuel —dije, para romper aquel silencio acusatorio e inexplicable—. Su película La Edad de Oro se proyectará en la Comedia, justo antes de tu discurso. José Antonio asintió levemente (debió de pensar que el título de la película hacía alusión a las glorias pretéritas del Imperio español), pero enseguida recuperó su tono adusto:
—Ya nos conocemos de La Gaceta Literaria —dijo, dando por zanjadas las presentaciones—. Tenemos que hablar de algo mucho más importante, Fernando.
Pilar y Carmen, sus hermanas, asintieron, en una demostración de sincronismo. José Antonio, cuando se disponía a reñir a alguno de sus subalternos, empleaba una actitud entre paternalista y autoritaria, como aquellos curas proclives al espionaje que nos sorprendían en mitad de una manipulación obscena y nos echaban una reprimenda. Pero yo ya estaba mayorcito para reprimendas.
—Mira, Fernando —comenzó—, me temo que eres de los que piensan que el matrimonio es una
aventura provisional, ¿no es así?
Supe, entonces, quién lloraba en la habitación contigua. Lo atajé:
—¿Y de dónde sacas tú que esté casado?
Pilar y Carmen, siempre al unísono, reprimieron una exclamación de sorpresa. Buñuel reía por lo bajo, y su perrazo, Calanda, se frotaba el lomo contra las perneras de su pantalón, despulgándose. José Antonio balbució:
—Para quienes entendemos la vida como milicia y servicio, nada hay más repugnante que tu actitud.
Las uniones deben ser irrevocables.
—Déjate de sermones. De sobra sabes que yo no entiendo la vida como milicia. Tenía ojos de un azul apenas humano. Las palabras le asomaban entre los labios, apretadas por la indignación:
—Esta tarde llamó Sara a la sede. Estaba sola en el apartamento, mientras tú te emborrachabas Juan Manuel de Prada
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en Chicote. Ha tenido un aborto.
Los sollozos se reavivaron, como si Sara hubiese aguardado a que José Antonio hiciese aquella revelación, en un crescendo melodramático.
—Bueno, y qué. Ese hijo no era deseado.
Pilar Primo de Rivera se encaró conmigo:
—No lo sería por ti. —Hablaba con un aplomo aguerrido—. Mi hermana y yo corrimos hasta Ferraz para asistirla. Cuando llegamos, Sara estaba llorando; aún tenía el feto entre las manos. Como una bengala fugaz, circuló por el desván de mi memoria la imagen de Gálvez, quince años atrás, con su primogénito entre las manos, ahorcado por el cordón umbilical, mientras Carmen Sanz, su primera mujer, se desangraba copiosamente sobre las sábanas. José Antonio pidió a Sara que saliera de la habitación; al verla, trémula y sin fuerzas para sostenerse, con el vestido infamado por una costra reseca que se parecía más al chocolate que a la sangre, sentí cierta lástima, tampoco demasiada.
—Estaba embarazada de cinco meses —explicó Pilar Primo de Rivera—, pero disimulaba la hinchazón del vientre con una faja que terminó aplastando al niño. Sara me miraba con esa débil dulzura que tienen las parturientas y las asesinas, una vez liberadas de la carga que las aflige. Las lágrimas afluían mansamente a sus ojos, sin los espasmos que suelen acompañar el llanto.
—¿Fue un aborto involuntario, entonces?
Sara asintió con una fatigosa tristeza; olía a placenta desgarrada, un perfume tibio que se mezclaba con el perfume acre de la sangre, en una mixtura abominable. Habían entrado en la sede unos falangistillas, para recoger unos pasquines que anunciaban el mitin del Teatro de la Comedia, el día 29 de octubre; José Antonio les ordenó que los repartieran por las barriadas obreras, donde aún no habían calado sus ideales. Eran muchachos recién ingresados en la pubertad, carnaza para las bandas extremistas que dominaban aquellas zonas. Se quedaron mirando a Sara, ignorantes quizá de las cuestiones fisiológicas.
—Ha tenido un accidente doméstico, cosa de poca importancia —los tranquilizó José Antonio: sólo le faltó decir que los niños son transportados desde París por una cigüeña. Los falangistillas eran chicos aplicados: imitaban a su caudillo en el vestuario, en el rigor gestual, en el peinado hacia atrás, barnizado de gomina. Marcharon como habían venido, alegres en su embajada, desdeñosos de su destino.
—Esos chicos son carne de cañón —rumió Buñuel.
Pero José Antonio había impuesto entre sus secuaces una mítica del salvamento de la Patria, en la cual la muerte aparecía como un fin saludable, una especie de sacramento heroico que garantizaba el disfrute de paraísos ultraterrenos. También el hijo de Sara estaría disfrutando en aquellos momentos de ese paraíso o limbo que acoge a los inocentes; con lógica perversa, decidí que el aborto me iba a beneficiar en mi trato con Gálvez, que a partir de entonces me compadecería por aquella pérdida.
—Siéntate, Sara, no te conviene estar de pie. Podrías sufrir un desmayo. José Antonio le había cedido su silla, con esa cortesía infalible que practican los machistas, y le tendía su propia chaqueta sobre el regazo.
—Nosotros nos vamos —dije, con un desparpajo que sonó a obscenidad, pero que Sara encajó sin aspavientos, con esa forma de abandono de quienes han demolido su vida y aprenden a convivir con los añicos.
—¿Hasta dónde eres capaz de llegar, Fernando? —me preguntó José Antonio, con un retoricismo que me exoneraba de dar explicaciones.
Calanda pugnaba por trepar a las rodillas de Sara, atraído por el olor alimenticio de la sangre, pero Buñuel se lo impedía, propinándole mojicones en el morro.
—¿Hasta dónde? —repitió, como un eco, cuando ya nos marchábamos. Era dificil precisarlo: después de haber practicado la delación, después de haber maltratado mujeres, después de haber incurrido en el plagio, después de haber participado en bastantes tumultos, uno ya no puede ir mucho más lejos. Me faltaba cultivar el asesinato, pero quien asesina, Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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al igual que quien profesa una orden sagrada, posee unas convicciones íntimas (salvo que sea un sicario) de las que yo carecía, quizá porque soy excesivamente perezoso y partidario de la dispersión, y sólo delinco por esnobismo, igual que sólo escribo por esnobismo. Buñuel me miraba con una devoción atónita:
—¡Vaya cuajo que tienes! Te quedas sin hijo y ni te inmutas.
—¿Y por qué habría de inmutarme? No soporto a los críos.
El palacio de Hoyos y Vinent, que antaño permanecía iluminado hasta el alba, para orientar a los invitados que acudían a las orgías y bailes de disfraces que allí se celebraban, mostraba una fachada lóbrega, resquebrajada de grietas, y unas ventanas desposeídas de cristales, como abismos de una decadencia definitiva. Buñuel abrió la puerta de un empujón. A lo lejos, se oía el rumor de una arenga.
—Oye, Luis, ¿estás seguro de que Hoyos no nos la tiene jurada?
—Ya te dije que está cegato, además de sordo.
El vestíbulo estaba sembrado de cascotes, que enseguida reconocí como fragmentos de aquellas estatuillas con que Hoyos gustaba de adornar las repisas. Las molduras de las paredes, tan empalagosas y rococós, estaban mordidas a trechos, como si algún miembro de la comuna, aguijoneado por el hambre, hubiese trepado hasta allí y devorado la escayola.
—Ten cuidado, no te tropieces. Nos cortaron la luz hace un par de semanas, y hay que guiarse a tientas.
Calanda hociqueaba entre el pelaje cada vez más ralo de aquellas alfombras de piel de oso, antaño tupidísimas, que cubrían el suelo, recogiendo con su lengua las cucarachas que anidaban allí.
—Bueno, si alguien se me pone tarasca, tú me defiendes, ¿de acuerdo? —insistí, quizá algo ignominiosamente.
—De acuerdo —aceptó Buñuel—. Pero no te preocupes, los miembros de la comuna serían incapaces de matar una mosca. Tienen la debilidad del hambre.
Al doblar un recodo, dejamos a mano izquierda la biblioteca que había albergado varios miles de libros encuadernados en terciopelo negro, con una corona estampada en oro sobre el lomo; ahora, esos libros se podían comprar de saldo en cualquier puesto de la calle de San Bernardo, y las estanterías mostraban sus huecos vacíos, como sagrarios profanados. Se iba haciendo más inteligible, a medida que nos acercábamos al antiguo salón del té, el vozarrón de Hoyos:
—No seáis ilusos: la República es una astucia de la sociedad burguesa que, amparándose en la coartada de la democracia, protege sus privilegios. Podéis comprobarlo en vuestro trabajo, en las redacciones de los periódicos: ¿acaso no siguen escribiendo los mismos? A los novelistas instalados, les pagan sus buenos duros de plata por contar las mismas paparruchas que contaban cuando aún soportábamos al Rey. En cambio, vosotros, que acudís con artículos en los que abogáis por una sociedad remozada, ¿qué obtenéis? La misma cantinela de siempre: «Es que usted escribe cosas muy revolucionarias».