Las Sirenas de Bagdad

Yasmina Khadra · Capítulo 3 de 4 · parte 1/3

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Las Sirenas de Bagdad

—La amé desde que la vi —me…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—La amé desde que la vi —me sorprendió (en Kafr Karam nunca se hablaba de esas cosas)—. Aún no tenía siete años. Y a esa edad, en que carecemos de capacidad de anticipación, ya sabía que estábamos hechos el uno para el otro. Empujó un vaso hacia mí, vertiendo por los ojos espléndidas evocaciones. Estaba como en una nube, con la sonrisa ancha y las cejas relajadas.

—Cada vez que oía tocar el laúd, pensaba en ella. Estoy convencido de que quise convertirme en músico sólo para cantarla. Era una chica encantadora, generosa y tan humilde... Sólo necesitaba tenerla a mi lado.

Ella era mucho más de lo que podía esperar.

Una lágrima amenazó con rodar sobre sus pestañas; se dio la vuelta de inmediato y fingió ajustar la tapa de la tetera.

—Bueno, ¿y si escucháramos un poco de música?

—Excelente idea —aprobé, aliviado.

Rebuscó en un cajón y sacó una cinta de casete que metió en el aparato estereofónico.

—Escucha esto...

Seguía siendo Fairuz, la diva del mundo árabe, interpretando su imperecedera Pásame la flauta.

Kadem se tumbó sobre su cama, cruzó los pies y, con el vaso de té en la mano, exclamó:

—¡Santo cielo!... No hay ángel que le llegue al tobillo. No es una sirena la que canta, es el aliento cósmico deleitándose en su eternidad... Se alzó

sobre un codo para mirarme. Sus ojos me atravesaban de parte a parte, como si fuera transparente.

Escuchó una vez y otra, extasiado:

—¡Te das cuenta!... Si tuviera que poner una voz a la Redención, sería la de Fairuz... Y oírla como la oigo en este preciso momento, saborear su voz hasta en sus menores estremecimientos, es querer, a la vez, vivir mil años y morir de inmediato... Escuchamos la cinta hasta el final, cada cual en su pequeño universo, como si fuéramos un par de mocosos perdidos en sus sueños. Los ruidos de la calle y el griterío de la chiquillería no nos afectaban. Revoloteábamos entre las volutas de los violines, lejos, muy lejos de Kafr Karam, de Yacín y de sus excesos. El sol nos colmaba con sus favores, nos cubría de oro. La difunta nos sonreía dentro de su marco. Por un momento creí sentirla moviéndose en su ataúd. Kadem se lió un porro y aspiró con delectación. Reía en silencio, a veces marcando con un gesto lánguido de la mano el inalterable aliento de la cantante. Tras un estribillo, se puso también a cantar, con el pecho palpitante; tenía una voz espléndida.

—¿Cuándo me dejarás escuchar Las sirenas de Bagdad?

Arqueó una ceja y me apuntó con el dedo:

—Tú nunca sueltas prenda.

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—Me lo prometiste.

Se apoyó en un codo y me dijo:

—Dejaré que la escuches en su momento.

Una vez acabada la casete, empezó a encadenar una tras otra antiguas canciones, desde las de Abdel-halim Hafez hasta las de Abdelwaheb, pasando por Ayam Yunes, Najat y otras glorias eternas del tarab el arabi.

La noche nos sorprendió completamente ebrios de porros y de cantos.

La tele que Sayed había ofrecido a los desocupados de Kafr Karam resultó ser un regalo envenenado. Sólo trajo alboroto y discordia al pueblo.

Muchas familias disponían de una tele. Pero en casa, con el padre en su trono y el primogénito a su diestra, cada cual se guardaba para sí sus comentarios. En el café, las cosas eran distintas. Se podía abuchear, debatir sin orden ni concierto y cambiar de opinión en función de los vaivenes del humor. Sayed había dado en el blanco. Como el odio es tan contagioso como la risa, los debates patinaban, cavando un foso entre quienes acudían al Safir para divertirse y quienes lo hacían para «instruirse», y fueron estos

últimos quienes impusieron su criterio. Todos se dedicaron a seguir, juntos y paso a paso, la desgracia nacional. Los asedios de Faluya y de Basora y los sangrientos ataques a las demás ciudades del país daban para mucho.

Los atentados horrorizaban durante un rato, entusiasmaban las más de las veces. Ovacionaban las emboscadas que tenían éxito, deploraban las escaramuzas fallidas. En un principio, la captura de Sadam alentó a la concurrencia antes de frustrarla: el rais acorralado como una rata, irreconocible con su barba de vagabundo y su mirada alelada, expuesto triunfal y desvergonzadamente ante las cámaras de todo el planeta, representaba, para Yacín, la más grave afrenta hecha a los iraquíes. Los demás le recordaban que era un monstruo. Sí, pero un monstruo nuestro, replicaba Yacín; al humillarlo de esa manera, se cubría de oprobio a los árabes del mundo entero. Ya no se sabía cómo interpretar los acontecimientos, qué atentado era una proeza y cuál una muestra de cobardía. Cuanto había sido vilipendiado la víspera era incensado al día siguiente. Las opiniones chocaban entre sí en una inverosímil escalada de violencia, y la gente llegaba cada vez más a menudo a las manos. La situación iba degenerando, y los Ancianos se negaban a intervenir públicamente, prefiriendo cada cual sermonear a su chaval en casa. Kafr Karam estaba padeciendo los más graves malentendidos de su historia. Los silencios y sumisiones acumulados a lo largo del tiempo y de los regímenes despóticos emergían, como cadáveres ocultos en el fango del río que, cansados de pudrirse en el fondo de las aguas turbias, regresaban a la superficie para mortificar a los vivos... Yacín y su pandilla —los gemelos Hasán y Hossein, Salah, el yerno del ferretero, Adel y Bilal, el hijo del barbero— desaparecieron y el pueblo recuperó una relativa quietud.

Tres semanas después, la gasolinera fuera de servicio, que se iba viniendo abajo a unos veinte kilómetros de Kafr Karam, fue incendiada por unos desconocidos. Contaron que una patrulla de la policía iraquí había sido atacada, que hubo muertos 55

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad entre las fuerzas del orden, así como dos vehículos destruidos, y que los agresores se habían llevado unos fusiles. Los rumores se encargaron de convertir la emboscada en hazaña bélica y, por las calles, se empezó a hablar de grupos furtivos entrevistos aquí y allá al amparo de la noche, pero nunca lo suficientemente cerca como para ser identificados o capturados. Un clima de tensión mantuvo a todos en alerta. A diario se esperaban noticias del «frente» que acababa, se

suponía, de instalarse en la zona. Una noche, por vez primera desde la ocupación del país por las tropas norteamericanas y sus aliados, un helicóptero militar sobrevoló varias veces el sector. Ya no había la menor duda; algo se estaba cociendo en la región. En el pueblo la gente se preparaba para lo peor.

Diez, veinte días... Un mes... Nada en el horizonte, ni convoy ni movimientos sospechosos.

Como el pueblo no había sido objeto de ninguna irrupción armada, la gente empezó a relajarse; los Ancianos volvieron a sus cantinelas en la barbería, los jóvenes a su alboroto en el Safir, y el desierto recobró su aburrida desnudez y su infinita banalidad.

Todo pareció volver a la normalidad.

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Jalid Taxi iba vestido de punta en blanco. Con sus gafas de sol baratas, el pelo engominado y echado hacia atrás, se pavoneaba por la calle a la vez que miraba con impaciencia su reloj. A pesar de la canícula, estaba envarado en un traje con chaleco que sin duda tuvo su época de gloria en una vida anterior. Una ridícula corbata de color amarillo chillón con vetas pardas se le desparramaba sobre la tripa. De vez en cuando, extraía un minúsculo peine del bolsillo interior de su chaqueta y se lo pasaba por el bigote.

—¿Van llegando? —gritaba en dirección de la terraza donde su hijo de catorce años hacía guardia.

—Todavía no —le contestaba el chico con la mano a modo de visera a pesar de tener el sol a su espalda.

—¿Qué puñetas hacen? Espero que no hayan cambiado de opinión. El chaval se ponía de puntillas y seguía oteando el horizonte para demostrar a su padre que permanecía atento.

Los Haitem se hacían esperar. Llevaban una hora de retraso y no se atisbaba el menor rastro de polvo procedente de sus huertas. El cortejo estaba listo para salir de Kafr Karam. Cinco coches lustrosos y adornados con cintas esperaban frente al patio de la novia, con las puertas abiertas por el enorme calor. Un hombre los vigilaba, espantando con exasperación a los mocosos que gravitaban a su alrededor.

Jalid Taxi consultó por enésima vez su reloj. Al final, subió a la terraza junto a su hijo.

Los Haitem no habían invitado a mucha gente de Kafr Karam. Habían elaborado una lista bastante restringida de gente elegida con esmero en la que figuraban el decano y sus mujeres, Doc Jabir y su familia, Bashir el Halcón y sus hijas y otros cinco o seis notables. A mi padre no le hicieron ese honor. A pesar de haber sido pocero habitual de los Haitem durante treinta años —había cavado el conjunto de los pozos de las huertas, instalado las bombas de motor y los aspersores rotativos y trazado una buena cantidad de acequias—, para sus antiguos patronos no había pasado de ser un simple extranjero. Mi madre no aceptó bien esa muestra de ingratitud, pero al viejo, que seguía sentado al pie 57

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad de su árbol, le traía sin cuidado.

De todos modos, no tenía gran cosa que ponerse para ir a la fiesta.

La noche reptaba por el pueblo. El cielo estaba engastado con miles de estrellas. El calor prometía mantener su asedio hasta bien avanzada la noche. Kadem y yo nos encontrábamos en la terraza de mi casa, sentados sobre dos sillas quejumbrosas en torno a una tetera. Mirábamos en la misma dirección que los vecinos: hacia las huertas de los Haitem.

Ningún vehículo se decidía a adentrarse en la pista blancuzca surcada intermitentemente por trombas de polvo levantadas por el viento. Bahia acudía con regularidad para comprobar si necesitábamos sus servicios. La notaba un tanto febril, y observé que subía cada vez más a vernos, para traernos galletas o bien llenarnos los vasos. Su maniobra acabó intrigándome y no tardé en seguir la dirección de su mirada; mi hermana gemela le había echado el ojo al primo. Se sonrojó violentamente cuando la sorprendí, a través del cristal, sonriéndole.

Por fin se presentó el cortejo, y el pueblo entró en trance en medio de un alboroto de bocinas y de yuyús. La calle estaba atestada de mocosos turbulentos; hubo que suplicar a unos y otros para que el florido Mercedes consiguiese abrirse paso en medio del barullo. Los Haitem no habían reparado en gastos; los diez cochazos que habían enviado estaban excesivamente decorados; parecían árboles de Navidad, con sus laminillas multicolores, sus globos y sus cintas tentaculares. Los conductores llevaban el mismo traje negro y la misma camisa blanca rematada con una pajarita.

Un cámara traído de la ciudad inmortalizaba el acontecimiento, su aparato al hombro y rodeado de un enjambre de chiquillos; los flashes destellaban por todas partes. Una carabina saludó con disparos la salida de la novia, preciosa con su vestido blanco. Se formó un tremendo alboroto en la plaza

cuando el cortejo dio una vuelta por la mezquita antes de llegar a la pista transitable. Los chavales corrían detrás de los coches chillando a grito pelado, y todo ese gentío acompañó a su virgen hasta la salida de la aldea, liándose de paso a patadas con los perros vagabundos.

Kadem y yo permanecíamos de pie apoyados en la balaustrada de la terraza. Veíamos cómo el cortejo se alejaba, él preso de sus recuerdos, yo divertido y asombrado a partes iguales. A lo lejos, en la naciente oscuridad, se podía entrever, entre la masa negra de las huertas, las luces de la fiesta.

—¿Conoces al novio? —pregunté a mi primo.

—Realmente no. Me lo crucé, hace cinco o seis años, en casa de un amigo músico. No nos presentaron, pero me pareció sencillo. Nada que ver con su padre. Creo que es un buen partido.

—Eso espero. Jalid Taxi es buena gente, y su hija exquisita. ¿Sabías que le tenía echado el ojo encima?

—No me apetece saberlo. Ya pertenece a otro, y debes borrar esas cosas de tu cabeza.

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—Lo he dicho sin darle importancia.

—No hay que decirlo. Pensar en ello ya es pecado.

Bahia se volvió a acercar, con ojos de pasión.

—¿Te quedas a cenar con nosotros, Kadem? —pió con un ligero temblor en la garganta.

—No, gracias. Mis viejos no se encuentran muy bien.

—Que sí, te quedarás a cenar —le dije perentoriamente—. Son casi las nueve, y sería muy descortés despedirte de nosotros justo antes de la cena.

Kadem apretó los labios, dubitativo.

Bahia acechaba su respuesta martirizándose las manos.

—De acuerdo —cedió—. Hace tiempo que no pruebo la cocina de mi tía.

—Yo he preparado la cena —le señaló Bahia con el rostro escarlata.

Salió disparada escaleras abajo, feliz como una cría en día de Aíd.

No habíamos acabado de cenar cuando se oyó a lo lejos una deflagración. Kadem y yo nos levantamos para ir a ver. Algunos vecinos se asomaron a sus terrazas, seguidos poco después por el resto de sus familiares. En la calle, uno preguntaba qué ocurría. Aparte de las minúsculas luces más allá de las huertas, la meseta parecía tranquila.

—Es un avión —gritó alguien en la noche—. Lo he visto caer. Se oyó el ruido de unos pasos a la carrera que subían por la calle y se iban alejando hacia la plaza. Los vecinos empezaron a evacuar la terraza para correr a informarse. La gente salía de su casa y se iba reuniendo en corros. En la oscuridad, las siluetas formaban un batiburrillo preocupante. Es un avión que se ha estrellado, se decían unos a otros. Ibrahim ha visto un avión caer en llamas. La plaza del pueblo pululaba de curiosos. Las mujeres permanecían delante de la puerta de sus patios, intentando sonsacar fragmentos de información a los transeúntes. Un avión se ha estrellado, pero muy lejos de aquí, las tranquilizaban... Dos faros de automóvil surgieron de repente de las huertas y se lanzaron sobre la pista. Se aproximaba a nosotros a toda velocidad.

—Esto me huele mal —me dijo Kadem mirando el vehículo loco dar tumbos sobre la pista—. Me huele francamente mal.

Se precipitó escaleras abajo.

El coche estuvo a punto de derrapar al entrar rugiendo en la curva que desembocaba en Kafr Karam. Sus bocinazos nos llegaban por fragmentos, aunque resultaban preocupantes. Ahora los faros alumbraban las primeras casas del pueblo y los bocinazos echaban a la gente contra las paredes. El vehículo cruzó el campo de fútbol, frenó en seco delante de la mezquita y patinó varios metros antes de detenerse envuelto en una nube de polvo. El conductor salió precipitadamente mientras la gente acudía hacia él. Tenía la cara descompuesta y la mirada despavorida. Señalaba las huertas con el dedo y balbuceaba sonidos ininteligibles.

Otro coche apareció detrás; su conductor nos gritó, sin molestarse en bajar: 59

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—Suban corriendo. Necesitamos ayuda en casa de los Haitem. Ha caído un misil en medio de la fiesta.

Al darse cuenta de la gravedad de la situación, la gente echó a correr en todas direcciones. Kadem me empujó dentro del segundo coche y saltó a mi lado en el asiento trasero. Tres jóvenes se apiñaron a nuestro alrededor mientras otros dos se instalaban delante.

—Hay que darse prisa —gritó el chófer a la muchedumbre—. Si no encontráis coches, id andando. Hay mucha gente bajo los escombros. Pillad lo que podáis, palas, mantas, sábanas, botiquines, y no tardéis. Os lo suplico, daos prisa...

Maniobró allí mismo y salió disparado hacia las huertas.

—¿Estás seguro de que se trata de un misil? —le preguntó un pasajero.

—No lo sé —contestó el chófer, aún impresionado—. No tengo ni puñetera idea. Los invitados se estaban divirtiendo, y una borrasca se llevó de repente las sillas y las mesas. Una locura, un absurdo; no encuentro palabras. Cuerpos y gritos; gritos y cuerpos. Si no es un misil, debe de tratarse de una fulminación del cielo...

Sentí un profundo malestar. No entendía lo que estaba haciendo en aquel coche que corría a tumba abierta en medio de la noche, no entendía por qué

había aceptado ir a ver el horror de cerca, yo que apenas empezaba a recuperarme de una espantosa metedura de pata militar. El sudor me chorreaba por la espalda, fluía por mi frente. Miraba al conductor, a los hombres sentados delante, a los que tenía a mi lado, a Kadem mordisqueándose los labios, y no conseguía creer que hubiese aceptado seguirlos. ¿Adónde vas, pobre diablo?, me gritaba una voz interior. No sabía si mi cuerpo se sublevaba o si los baches lo bamboleaban. Me maldecía a mí mismo, apretando las mandíbulas, agarrando con los puños mi miedo, que fermentaba como la masa en mi vientre. ¿Adónde corres así, estúpido? A medida que nos acercábamos a las huertas, el miedo crecía, crecía a la vez que una especie de embotamiento agarrotaba mis miembros y mi mente.

Una oscuridad insana cubría las huertas. Las cruzamos como un territorio maldito. La casa de los Haitem estaba intacta. Había sombras en la escalinata, algunas derrumbadas sobre los escalones, con la cabeza entre las manos, las demás apoyadas contra la pared. El escenario del drama se encontraba un poco más lejos, en un jardín donde un caserón, probablemente la sala de fiestas, ardía en medio de un amasijo de escombros humeantes. La onda expansiva de la explosión había proyectado los asientos y los cuerpos a unos treinta metros a la redonda. Los supervivientes andaban errantes, con la ropa hecha jirones y las manos tendidas hacia delante como si fueran ciegos. Algunos cuerpos estaban alineados en el borde de una alameda, mutilados, carbonizados. Unos coches alumbraban la carnicería con sus faros mientras unos espectros se agitaban entre los escombros. Luego aullidos, interminables aullidos, llamadas y gritos como para ensordecer el planeta. Mujeres buscando a sus hijos en medio de la 60

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad confusión; cuantas menos respuestas obtenían, más se desgañitaban. Un hombre ensangrentado lloraba ante el cuerpo de un familiar. La náusea me partió en dos justo cuando puse un pie fuera del coche; caí a gatas y vomité hasta vaciarme las tripas. Kadem intentó levantarme; no tardó

en abandonarme y se precipitó hacia un grupo de hombres que estaba auxiliando a unos heridos. Me encogí al pie de un árbol y, con los brazos agarrados a las rodillas, contemplé el delirio. Más coches venían de Kafr Karam, repletos de voluntarios, de palas y de fardos. La anarquía añadía a la operación de rescate una agitación demencial. Algunos levantaban con las manos vigas llameantes, lienzos de paredes hundidos en busca de alguna señal de vida. Alguien arrastró a un moribundo hasta mí. Sobre todo no te duermas, le suplicaba. Como el herido se sumía suavemente en el sueño, el otro le propinaba bofetadas para impedir que se desmayara. Un hombre se acercó, se inclinó

sobre el cuerpo. Ven, ya no puedes hacer nada por él. El otro seguía abofeteando al herido, cada vez más fuerte... Aguanta. Te digo que aguantes... ¿Que aguante qué?, le preguntó el hombre. Ya ves que está muerto.

Me levanté como un sonámbulo y corrí hacia la hoguera.

Ignoro cuánto tiempo estuve allí, volcando y revolviéndolo todo a mi alrededor. Cuando volví a mi ser, tenía las manos ensangrentadas, llenas de cardenales, y los nudillos despellejados; me dolían tanto que caí de bruces, con el pecho ahumado y oliendo a cremación.

Amanecía sobre el siniestro.

De la sala devastada subían hacia el cielo, como oraciones consumadas, retazos de humo. El aire estaba cargado de horribles exhalaciones. Los muertos

—diecisiete, en su mayoría mujeres y niños— estaban alineados en un ala del jardín, cubiertos con sábanas. Los heridos gemían por doquier, rodeados de enfermeros y de familiares. Las ambulancias habían llegado hacía poco, y los camilleros no sabían por dónde empezar. La confusión había disminuido, pero la febrilidad se acentuaba a medida que se evidenciaba la magnitud de la tragedia. De cuando en cuando, una mujer daba un alarido y se reanudaban los gritos y berridos. Los hombres daban vueltas, alelados, perdidos. Llegaron los primeros vehículos de la policía.

Eran iraquíes. Los supervivientes la tomaron de inmediato con su jefe. La

situación se agravó, y una lluvia de piedras empezó a lapidar a los polis, que se volvieron a meter en sus coches y se largaron. Regresaron una hora después acompañados por dos camiones de soldados. Un oficial muy corpulento pidió hablar con un representante de la familia Haitem. Alguien le lanzó una piedra. Los soldados dispararon al aire para calmar los ánimos.

En ese instante, unos equipos de televisión extranjera desembarcaron en el lugar. Un padre enlutado les enseñó la carnicería gritando:

«Mirad, no hay más que mujeres y niños. Celebrábamos una boda.

¿Dónde están los terroristas?». Agarró a un cámara por el brazo para enseñarle los 61

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad cuerpos que yacían sobre el césped, y prosiguió: «Los terroristas son los cerdos que nos han lanzado el misil...».

Con las manos vendadas, la camisa desgarrada y el pantalón manchado de sangre, dejé las huertas y regresé caminando a mi casa como quien se adentra en la bruma...

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Yo me emocionaba pronto; el dolor ajeno me abrumaba. Me resultaba imposible asistir a una desgracia sin que me afectara. Ya de niño, lloraba a menudo en mi habitación, me encerraba con llave, por temor a que mi hermana gemela —una chica— me sorprendiese anegado en lágrimas.

Decían que tenía más entereza que yo, que era menos lloricona. No se lo tenía en cuenta. Yo era así, y ya está. Un ser de porcelana. Mi madre me reprendía: «Tienes que endurecerte. Debes aprender a renunciar al dolor ajeno; no es bueno ni para ti ni para ellos. No estás sobrado de nada como para dolerte por la suerte ajena...». En vano. No se nace bruto, uno se convierte en bruto; no se nace sabio, se aprende a serlo. Yo nací en la miseria y la miseria me educó en la idea de que todo se comparte. Cualquier sufrimiento se adhería al mío, se hacía mío. Por lo demás, había un árbitro en el cielo; a él le correspondía dar al mundo los retoques que estimara necesarios, del mismo modo que era libre de no mover ni un dedo.

En el colegio, mis compañeros me tomaban por un blandengue. Por mucho que me provocaran, jamás devolvía los golpes. Aunque me negara a poner la otra mejilla, tampoco sacaba los puños de los bolsillos. A la larga, los pilluelos me dejaban en paz, desanimados por mi estoicismo. En realidad, no era un blandengue; me horrorizaba la violencia. Cuando asistía

a una refriega, en el patio de recreo, metía el cuello entre los hombros y me disponía a esperar que se me cayera el cielo encima... Quizá fuera eso lo que me había ocurrido en casa de los Haitem: se me había venido el cielo encima. Pensaba que el sortilegio que acababa de torpedear la fiesta, de hacer que los yuyús se convirtieran en gritos aterradores de agonía, jamás me iba a abandonar. Que nuestros destinos estaban sellados, unidos por el dolor hasta que algo peor los separara. Una voz me repetía, golpeándome las sienes, que la muerte que infestaba las huertas viciaba a la vez mi alma, que yo también había muerto... Si el azar había decidido que fuese a la huerta de los Haitem —esto es, a la tierra de los afortunados, a la propiedad de los ricachones que no reparaban en nosotros— para ver con mis propios ojos la total incongruencia de la existencia, para medir al milímetro la inconsistencia de nuestras certidumbres, para 63

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad abdicar en cuerpo y alma ante la precariedad de las conquistas, era porque, de algún modo, ya iba siendo hora de que despertase.

No puede uno alimentar su barbacoa sobre una tierra quemada sin achicharrarse los dedos o los pies.

Yo, que no recordaba haberle deseado ningún daño a nadie, me sentía de repente dispuesto a morder incluso la mano que hubiese intentado consolarme... Pero me contenía. Estaba indignado, enfermo, cubierto de espinas de pies a cabeza. Era una acacia errando por el limbo, Cristo en el paroxismo de su martirio, y mi vía crucis no tenía fin porque no era capaz de entender. Lo que había ocurrido en casa de los Haitem no tenía sentido.

No se pasa del alborozo al duelo chasqueando sin más los dedos. La vida no es un juego de manos, aunque a menudo penda de un hilo. La gente no muere a granel entre baile y baile; no, lo que había ocurrido en casa de los Haitem era inaudito... El parte informativo de la noche mencionó un avión no tripulado norteamericano que, al parecer, detectó señales sospechosas en torno a la sala de fiestas. No precisaron cuáles. Se limitó a mencionar que unos movimientos terroristas habían sido detectados anteriormente en el sector, una tesis que los autóctonos rechazaron de plano. No obstante, la jerarquía norteamericana intentó justificarse esgrimiendo otros argumentos relativos a la seguridad hasta que, ya cansada de hacer el ridículo, acabó deplorando el error y presentando sus excusas a las familias de las víctimas.

Ahí quedó todo...

Otro suceso que iba a dar la vuelta al mundo antes de caer en el olvido, sustituido por otras barbaridades.

Pero en Kafr Karam la ira acababa de desenterrar el hacha de guerra: seis jóvenes pidieron a los creyentes que rezaran por ellos. Prometieron vengar a sus muertos y no regresar al hogar hasta que el último boy fuese enviado de vuelta a su casa en un saco de lona... Tras los abrazos de rigor, los guerreros se fueron hasta perderse en la noche.

Algunas semanas después, el comisario de la circunscripción fue asesinado dentro de su coche oficial. El mismo día, un vehículo militar saltó sobre una mina artesanal.

Kafr Karam lloró a sus primeros chahid — seis de un golpe, sorprendidos por una patrulla cuando se disponían a atacar un puesto de control. En el pueblo, la tensión alcanzaba proporciones demenciales. Todos los días se volatilizaban jóvenes. Dejé de salir a la calle. No soportaba la mirada de los Ancianos, sorprendidos de verme todavía por allí cuando los valientes de mi edad se habían unido a la resistencia, ni la sonrisa sardónica de los adolescentes que me recordaba la de mis compañeros de clase cuando me trataban de blandengue. Me encerraba en mi casa y me refugiaba en los libros o en las casetes que Kadem me mandaba. Sin duda, estaba muy enfadado, sentía inquina hacia la coalición, pero no me imaginaba tiroteando sin ton ni son a los 64

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad transeúntes. La guerra no era lo mío. No estaba hecho para ejercer la violencia; iba más conmigo padecerla todo un año que practicarla un solo un día. Y una noche, de repente, el cielo volvió a caerme encima. Primero pensé en un misil cuando la puerta de mi habitación saltó tronando. Me alcanzó una andanada de invectivas y de focos deslumbrantes. No me dio tiempo a tender la mano hacia el interruptor. Una cuadrilla de soldados norteamericanos acababa de desflorar mi integridad. ¡Sigue tumbado! No te muevas o te reviento... ¡De pie!. .

¡Sigue tumbado! ¡De pie! ¡Las manos sobre la cabeza! ¡Ni te muevas! Unas antorchas me tenían clavado a la cama mientras me apuntaban unos cañones. ¡Ni te muevas o te salto la tapa de los sesos!... ¡Esos gritos!

Atroces, demenciales. Devastadores. Como si le astillaran a uno las fibras, como para enajenar a cualquiera... Unos brazos me arrancaron de la cama y me catapultaron por la habitación; otros me interceptaron, me aplastaron contra la pared. ¡Las manos detrás de la espalda!... ¿Qué

he hecho? ¿Qué pasa? Los soldados desmantelaron mi armario, volcaron mis cajones, dispersaron mis cosas a patadas. Mi vieja radio se hizo añicos bajo una bota. ¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde has metido las armas, escoria? No tengo armas. Aquí no hay armas. Eso lo veremos, canalla. Llevaos a este cabrón con los demás. Un soldado me agarró por la nuca, otro me hundió su rodilla en el bajo vientre. Un ciclón me agarró bruscamente, bamboleándome de un tumulto a otro; estaba viviendo una pesadilla, como un sonámbulo atacado por una jauría de duendes. Tenía la vaga sensación de que me llevaban a rastras por la terraza, de que me hacían bajar a empellones la escalera; ni siquiera sabía si caía rodando o estaba planeando... El alboroto no era menor en el primer piso. Los llantos de mis sobrinos traspasaban el escándalo reinante. Oí a mi gemela Bahia protestar antes de callarse repentinamente, probablemente fulminada por un culatazo o por un ranger.. Mis hermanas estaban aparcadas en el fondo del vestíbulo, con la chiquillería, medio desnudas, pálidas. La mayor, Aícha, apretujaba a sus críos contra su falda. Temblaba como una hoja, y no se daba cuenta de que sus pechos desnudos se habían salido de su escote. A su derecha, la segunda, Afaf la costurera, se tambaleaba con los dedos agarrados a su camisa. Como la habían despertado brutalmente, se había dejado la peluca sobre la mesilla de noche; su calva relucía en la oscuridad, lastimosa como un muñón; se sentía tan avergonzada que, por su manera de hundir el cuello entre los hombros, parecía querer refugiarse dentro de su propio cuerpo. Bahia aguantaba, con un sobrino en los brazos. Desmelenada y con el rostro exangüe, afrontaba en silencio el fusil que la estaba apuntando; un hilillo de sangre corría por su nuca... Me sentí desfallecer. Mi mano buscó en vano un apoyo.

En el fondo del pasillo restallaban unos insultos que dejaban corto al mismísimo diablo. Mi madre salió despedida de su habitación; se levantó y fue de inmediato a socorrer a su inválido esposo. Dejadlo tranquilo. Está enfermo. Los militares norteamericanos sacaron al viejo. Jamás lo había visto en peor estado. Con su calzoncillo ajado cayéndole por las rodillas y su camiseta desgastada hasta la trama, su desamparo era infinito. Era la miseria andante, la ofensa en 65

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad su más grosera expresión.

Dejad que me vista, gemía. Están mis hijos. Esto que hacen no está bien. Su voz temblorosa resonaba por el pasillo con una pena inconcebible. Mi madre intentaba caminar delante de él, ocultarnos su desnudez. Su mirada

enloquecida nos suplicaba que mirásemos hacia otra parte. Yo no podía darme la vuelta. Yo estaba hipnotizado por el espectáculo que ambos me ofrecían. Ni siquiera veía a los brutos que los rodeaban. Sólo veía a aquella madre enloquecida, a ese padre enflaquecido con su calzoncillo ajado, con los brazos abatidos, la mirada desamparada, que se tambaleaba ante las embestidas. En un último arranque de energía, se dio la vuelta e intentó regresar a su habitación para vestirse. Y el golpe no se hizo esperar...

¿Culatazo o puñetazo? Qué más da. Con ese golpe, la suerte estaba echada.

Mi padre cayó hacia atrás, con su miserable camiseta sobre la cara, el vientre descarnado, arrugado, grisáceo como el de un pez muerto... Y vi, mientras el honor de la familia se desparramaba por el suelo, vi lo que de ningún modo debía ver, lo que un hijo digno, respetable, lo que un auténtico beduino nunca debe ver; esa cosa reblandecida, asquerosa, envilecedora; ese coto vedado, callado, sacrílego: el pene de mi padre cayendo de lado, los testículos por encima del culo... ¡El no va más! Después de eso no queda nada, un vacío infinito, una caída interminable, la nada... Todas las mitologías tribales, todas las leyendas del mundo, todas las estrellas del cielo acababan de perder su brillo. Ya podía seguir levantándose el sol, que yo nunca más podría distinguir el día de la noche... Un occidental no puede comprender, no puede ni imaginar la magnitud del desastre. Para mí, ver el sexo de mi progenitor era como reducir toda mi existencia, mis valores y mis escrúpulos, mi orgullo y mi singularidad a un grosero destello pornográfico. ¡Las puertas del infierno me resultaban más clementes!... Yo estaba acabado. Todo había acabado. Irrecuperable. Irreversible. Acababa de estrenar el yugo de la infamia, de caer en un universo paralelo de donde nunca volvería a salir. Y me sorprendí odiando aquel brazo impotente que no sabía ni devolver los golpes ni ajustarse un vulgar calzoncillo, aquel grotesco brazo, translúcido y feo que simbolizaba mi propia impotencia; odiando mis ojos, que se negaban a desviarse, que reclamaban la ceguera; odiando los aullidos de mi madre, que me descalificaban. Miraba a mi padre, y mi padre me miraba. Debía de estar leyendo en mis ojos el desprecio que sentía por todo lo que había sido importante para nosotros, la lástima que de repente me producía el ser al que, a pesar de los pesares, veneraba por encima de todo. Yo lo miraba como desde lo alto de un acantilado maldito una noche de tormenta y él me miraba desde el fondo del oprobio; ya sabíamos, en aquel preciso instante, que nos estábamos mirando por última vez... Y, en aquel preciso instante, cuando no me atrevía a

inmutarme, supe que ya nada volvería a ser como antes, que no volvería a considerar las cosas de la misma manera, que la bestia inmunda acababa de rugir en el fondo de mis entrañas; que, tarde o temprano, ya podía ocurrir lo que fuera, estaba condenado a lavar la afrenta con sangre hasta que los ríos y los océanos se volviesen tan rojos como la rozadura en la nuca de Bahia, como 66

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad los ojos de mi madre, como el rostro de mi padre, como la brasa que me estaba consumiendo las tripas, iniciándome ya en el infierno que me esperaba...

No recuerdo lo que ocurrió después. Me daba igual. Las olas me llevaban a la deriva como el resto de un naufragio. Ya no quedaba nada que salvar. Los berridos de los soldados habían dejado de afectarme. Sus fusiles, su celo apenas me impresionaban. Ya podían poner patas arriba el mundo, meter fuego a todos los volcanes, tronar como una tormenta; nada me afectaba. Los veía agitarse tras una cristalera, en un microcosmos de sombras y de silencio. Registraron la casa de arriba abajo. Ningún arma; ni la más pequeña navaja...

Unos brazos me propulsaron hacia la calle, donde había unos muchachos acuclillados con las manos sobre la cabeza.

Kadem también estaba allí. Le sangraba el brazo.

Los gritos de intimidación provocaban el delirio en las casas de los alrededores.

Unos soldados iraquíes nos inspeccionaban, listas en mano con fotos impresas en las hojas. Alguien me levantó la barbilla, paseó su antorcha por mi cara, comprobó sus fichas y se fue para mi vecino. Apartados, entre militares sobreexcitados, unos sospechosos esperaban que se los llevaran; estaban tumbados boca abajo sobre el polvo, con los puños atados y la cabeza dentro de un saco.

Dos helicópteros sobrevolaron el pueblo, barriéndonos con sus proyectores. El fragor de sus hélices tenía algo de apocalíptico.

Amanecía. Los soldados nos condujeron detrás de la mezquita, donde acababan de montar una tienda de campaña. Nos interrogaron por separado, uno tras otro. Unos oficiales iraquíes me enseñaron fotos; en algunas, rostros de cadáveres tomadas en depósitos o en el lugar de las matanzas.

Reconocí a Malik, el «blasfemo» de aquel día en el Safir; tenía los ojos desorbitados y la boca completamente abierta, y de la nariz le fluía un

chorro de sangre que se ramificaba por la barbilla. Luego reconocí a un primo lejano, encogido al pie de una farola, con la mandíbula desencajada.

El oficial me pidió que diera mi filiación completa; su secretario registró

mis declaraciones, y luego me soltaron.

Kadem me esperaba en la esquina de la calle. Tenía en el brazo un corte bastante feo que se extendía de la punta del hombro a la muñeca. Tenía la camiseta empapada de sudor y de sangre. Me contó que los soldados norteamericanos habían destrozado el laúd de su abuelo de una patada —un laúd fabuloso de inestimable valor; un patrimonio tribal, por no decir nacional—. Lo escuchaba a medias. Kadem estaba abatido. Las lágrimas le velaban la mirada. El tono de su voz me asqueaba.

Permanecimos durante varios minutos al pie de una tapia, exhaustos, jadeantes, con la cabeza entre las manos. El cielo se iba aclarando lentamente 67

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad mientras en el horizonte, como si surgiera de una fractura abierta, el sol se disponía a inmolarse en sus propias llamas. Los primeros pilluelos empezaron a corretear tras las vallas; pronto tomarían por asalto la plaza y los descampados. El rugido de los camiones anunciaba la retirada de las tropas. Algunos ancianos salían de sus patios y se dirigían apresuradamente a la mezquita. Iban a informarse:

¿a quién han detenido y quién se ha librado? Unas mujeres mugían ante las puertas cocheras, llamaban a sus retoños o a sus esposos, a los que los soldados se habían llevado. Poco a poco, al tiempo que la desesperanza corría de casa en casa y los lamentos se desflecaban por los tejados, Kafr Karam me produjo hiel suficiente como para arrastrarla como si fuera una crecida.

—Tengo que irme de aquí —dije.

Kadem me miró, pasmado.

—¿Dónde quieres ir?

—A Bagdad.

—¿Para hacer qué?

—En la vida hay algo más que la música.

Ladeó la cabeza y meditó mis palabras.

No llevaba nada puesto, aparte de una camiseta desgastada y un viejo pantalón de pijama. También iba descalzo.

—¿Me puedes hacer un favor, Kadem?

—Depende...

—Necesito recuperar algunas cosas de mi casa.

—¿Y dónde está el problema?

—El problema está en que no puedo regresar a mi casa.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Es así, y ya está. ¿Quieres ir a buscar mis cosas? Bahia sabrá qué meter en mi bolsa. Dile que voy a Bagdad, a casa de nuestra hermana Farah.

—No entiendo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no quieres regresar a tu casa?

—Te lo ruego, Kadem. Limítate a hacer lo que te pido.

Kadem sospechaba que algo muy grave había ocurrido. Seguramente estaba pensando en una violación.

—¿De verdad quieres saber lo que ha ocurrido, primo? —le grité—.

¿Quieres saberlo de verdad?

—Vale, me he enterado —refunfuñó.

—No te has enterado de nada. De nada en absoluto.

Sus pómulos se sobresaltaron cuando me apuntó con el dedo:

—Cuidado, soy mayor que tú. No te autorizo a hablarme en ese tono.

—Me temo que ya nadie en el mundo tendrá jamás autoridad sobre mí, primo.

Lo miré directamente a los ojos.

—Peor, me importa tres pepinos lo que me pueda ocurrir a partir de este minuto, de este segundo —añadí—. ¿Me vas a traer de una puta vez mis cosas o 68

Yasmina Khadra Las sirenas de Bagdad tendré que irme con lo puesto?

Te juro que soy capaz de meterme en el primer autocar llevando sólo esta camiseta encima y este pantalón de pijama. Ya nada me importará, ni la ridiculez ni el perjurio...

—Serénate, hombre.

Kadem intentó agarrarme por las muñecas.

Lo rechacé.

—Escucha —me dijo respirando suavemente para conservar la calma—.

Mira lo que vamos a hacer. Vamos a ir a mi casa...

—Quiero irme de aquí.

—Por favor. Escucha, escucha... Sé que estás completamente...

—¿Completamente qué, Kadem? No tienes ni idea de ello. Es algo que no se puede imaginar.

—De acuerdo, pero vayamos primero a mi casa. Te lo pensarás con más calma, y si sigues estando seguro de querer irte, yo mismo te llevaré hasta la ciudad más cercana.

—Por favor, primo —le dije con voz átona—, ve a buscar mi petate y mi bastón de peregrino. Tengo que contarle un par de cosas a Dios. Kadem comprendió que ya no estaba en condiciones de escuchar nada.

—Vale —me dijo—. Voy a buscar tus cosas.

—Te espero detrás del cementerio.

—¿Por qué no aquí?

—Kadem, haces demasiadas preguntas, y me duele la cabeza. Me pidió con ambas manos que me tranquilizara y se alejó sin darse la vuelta.

Seguir: parte 2 de 3