Legado de silencio
Capítulo 6
En Ivy, como en todas partes, la vida, que había progresado con lentitud o incluso permanecido quieta, ahora comenzó a acelerarse. Para desazón de Joel, pues había tenido visiones de combates mano a mano y venganza personal, el ejército lo rechazó. Era diabético. Su caso era moderado; recibió instrucciones de conservar su peso bajo, cuidar la dieta, mantenerse en contacto con un médico por el asunto de la insulina y colaborar en el esfuerzo bélico desde un empleo de defensa. Esto lo hizo de inmediato, menos de media hora después de un llamado de una planta local de maquinaria que acababa de recibir otro inmenso pedido del gobierno.
Un día, unos pocos meses después de Pearl Harbour, los Ricci se presentaron con una propuesta. Los dos, sentados uno junto al otro en el borde del sofá, parecían muy pequeños. Habían encogido y envejecido diez años. Dos arrugas formaban paréntesis en las mejillas lisas de Ángela. Estaba cansada y no se anduvo con rodeos.
—Queremos que compren el negocio y la casa en el fondo del terreno.
—Están bromeando —respondió Joel.
—¿Por qué? ¿Por qué no pueden costearlos? No necesitamos el dinero ya. Nos iremos a vivir con nuestra hija en Denver. Queremos marcharnos de este lugar. Fue nuestro hogar en una época, un buen hogar. Pero ahora no es nada. Lo entienden, ¿verdad?
—Sí —convino Joel—, pero de todos modos está totalmente fuera de nuestras posibilidades.
—Adaptaríamos los pagos a tu salario en la fábrica. Al final, terminaría siendo apenas un poco más de lo que están pagando por estas habitaciones.
—¿Y quién manejaría el negocio?
—Tú esposa.
Anthony miró a Caroline.
—¿Podrá manejar una panadería, Anthony?
—Las dos mujeres que han estado trabajando allí se quedarán. Necesitan el salario y tú les has enseñado mucho, Joel. Pueden hornear pan tan bien como tú o como yo. Incluso las masas finas, aunque no habrá mucha necesidad de eso con esto del racionamiento del azúcar. Caroline puede ocuparse de la parte comercial.
Joel meneo la cabeza. Y Anthony, interrumpiéndolo antes de que volviera a hablar, prosiguió:
—No sacudas la cabeza. Piénsalo. Es un futuro. A nosotros nos fue bien.
Joel estaba impaciente.
—¿Qué estás diciendo? ¿Quieres entregárnoslo por nada, por caridad?
—No, haremos una hipoteca. Nos pagarás con tu salario. A medida que puedas.
Joel rio.
—¿Quieres esperar setenta y cinco años?
—Dije que no tenemos apuro. En cualquier caso, no llevará setenta y cinco años.
«Qué locura», pensó Caroline, advirtiendo la mirada de Lore y sus labios apretados. Casi podía leer los pensamientos de Lore: «¡Sí que ha llegado lejos la hija del doctor Hartzinger! Mira esta sala. Mira afuera, la noche fría y húmeda sobre la lúgubre calle Sycamore. Y ahora quieren que manejes una pequeña panadería en este deprimente pueblo de Ivy».
Sería maravilloso para la bambina. Nuestro patio es el doble de grande. No, tres veces más grande, con mucho sol y sombra. Y están las parras de Tony y el huerto. Es muy agradable almorzar en la glorieta.
Ángela los apremiaba. Sí, sería estupendo para la bambina, no como este lugar. Eso era cierto. No como este lugar.
—La casa es sólida —continuó Anthony—. Instalé una caldera nueva hace dos años. Las paredes son de yeso, el techo es impermeable y tiene un buen sótano. Por mucho que nieve, nunca hay filtraciones.
—¿Por qué no se la vendes a alguien que pueda pagártela ahora?
—Porque queremos que sea de ustedes. Ustedes son como nosotros.
—Lo pensaremos —concluyó Joel. Era evidente que quería dar por terminado el tema—. Qué ridículo —comentó mientras los Ricci bajaban las escaleras.
Pero Caroline, mientras yacía despierta hasta tarde esa noche y la noche siguiente, empezó a pensar que quizá, después de todo, podría no ser tan ridículo.
Y así comenzaron los años que Caroline recordaría como «nuestros días en la pequeña casa marrón». El tiempo es largo o breve según lo que uno desee recordar o, incluso aunque uno no lo desee, según aquello que no permite ser olvidado.
¿Es posible olvidar la inflexible voz de Edward R. Murrow transmitiendo desde Londres en medio del bombardeo? ¿O las largas colas de donantes de sangre durante la batalla de Bulge? ¿La magnificencia de Churchill? ¿U olvidar una canción popular acerca de «el amor y la risa y la paz por siempre jamás»? ¿O los inconcebibles rumores acerca de los campos de exterminio?
Desde el momento de su último adiós a su padre y su madre, en alguna parte oscura de su mente y contra su voluntad, anidaba la certeza de que jamás volvería a verlos. Esta certeza la sobresaltaba, forzándola a interrumpirse en la mitad de una actividad simple, tal vez caminando por la calle durante un mandado habitual; la sacudía como un golpe al corazón y le cortaba el aliento.
Sin embargo, existe una vida personal que mantiene su propio ímpetu día tras día. Todos en la casa debían transitar su propio sendero. Lore, cuyo inglés era ahora casi perfecto, aprobó sin dificultad el examen que le otorgó la licencia y fue aceptada en el hospital sin ningún inconveniente. Aprendió a conducir. «¡Ojalá ese viejo Nash aguante lo suficiente para llevarla a trabajar todos los días!», pensaba Caroline. Cuando llovía con intensidad, el agua se filtraba por el techo, pero tampoco se podía esperar mucho de un auto de diez años de antigüedad que había costado treinta y cinco dólares.
Joel se afanaba con empeño en un trabajo al que no estaba acostumbrado. Pero se esforzaba todo lo posible y estaba cooperando con el esfuerzo bélico.
En cuanto a Caroline, después de haber concebido una idea y haberse comprometido a financiarla, en gran parte con el salario de Joel, tenía ahora la pesada obligación de hacerla funcionar. Comenzó con unas pocas mesas en el negocio, un café rudimentario. Más adelante, se realizarían grandes cambios. El marrón sería reemplazado por un tono amarillo, con decoración y toldos de color anaranjado oscuro; habría buena música y del lado soleado, en una ventana saliente y arqueada, habría un naranjo. El sitio se llamaría «Orangerie». El pequeño negocio de los Ricci se expandiría de una manera que los asombraría. Hora tras hora, la idea iba cobrando forma a medida que crecía su entusiasmo.
Joel dudaba.
—¿Quieres trasladar una parte de Europa a Ivy? No lo aceptarán. Nunca han visto nada parecido.
—Razón de más para que lo acepten.
—Ivy es demasiado pequeño para que algo así tenga éxito.
—Ivy está creciendo frente a tus ojos, ¿no lo ves? De hecho, deberíamos estar en un vecindario mejor. Sobre Main Street, cerca de la municipalidad.
Joel seguía escéptico, incluso un poco divertido, pero dado que el lugar ya cubría sus propios costos e incluso daba ganancias, no había demasiado motivo para protestar.
—No sé de dónde sacas tu energía —comentaba.
Caroline tampoco lo sabía. Fue un trabajo arduo desde el principio. Ni siquiera había imaginado cuánto tendría que aprender y hacer, cuánto acarreo y fregado, pese a toda la ayuda que tenía, quedaría en sus manos. Sin embargo, parecía no cansarse nunca.
¿Quién fue el primero que dijo: ¿Si lo construyes, vendrán? Y estaban viniendo. En las noches de invierno, después del cine, venían en busca de panecillos tibios y café recién tostado. En el verano, tomaban sus bebidas heladas a la sombra, mirando hacia el huerto de Ángela. Y en tanto la modesta empresa crecía, también lo hacía la ambición de Caroline. Algún día, tendrían una cadena de cafés como este. Los toldos anaranjados se multiplicarían por el pueblo floreciente y en las carreteras. Guardaba estos pensamientos para sí, porque eran pretenciosos y podrían hacerla quedar como una tonta. Sin embargo, como decía el proverbio chino, todo viaje comenzaba con un paso.
Cada uno trabajaba con tesón a su manera. Lore estaba bien conceptuada en el hospital. Joel aprendió con rapidez y fue promovido; sus ingresos extras iban a Orangerie, donde las ganancias se incrementaban y las monedas de veinticinco y cincuenta centavos y los billetes se convertían en bonos de guerra.
La guerra era el estímulo detrás del trabajo de Caroline, la guerra además de Eve, también; aunque en verdad ambas se entrelazaban. Puesto que cuanto antes se ganara la guerra, mayor sería la oportunidad de que su padre y su madre sobrevivieran para conocer a su nieta.
A veces parecía como si Eve hubiera nacido ayer y como si Pearl Harbour, que para ella no sería más que historia en un libro, hubiera sucedido ayer. No obstante, en seis meses, ingresaría en el jardín de infantes. Ya hablaba francés y alemán con Lore. Era dulce y, con frecuencia, traviesa. Joel la malcriaba y negaba hacerlo.
Una noche, casi con timidez, él aventuro:
—Me pregunto si alguna vez tendremos… —Luego reformuló la frase—: ¿Te gustaría tener otro hijo?
Estaban leyendo en la cama: él, el periódico y ella, un libro. Caroline experimentó una especie de escalofrío mental… eso fue lo más cercano a una definición del sentimiento a lo que pudo llegar. No quería otro hijo, un trastorno. Eve era todo para ella. Tal vez si otras cosas fueran distintas, eso también sería diferente. Otras cosas. Una gran pasión, por ejemplo, algo mucho más intenso que sus deseos esporádicos. ¿No sentiría entonces la necesidad de tener un hijo, un símbolo perdurable de su unión? Se preguntó cuántas mujeres podrían responder con honestidad que experimentaban esa gran pasión.
Era triste no sentirla y, sin embargo, en la escala de su vida, esto no ocupaba el primer lugar. Lo que ocupaba el primer lugar era el hecho de que ambos, Joel y ella, habían estado una vez al borde del precipicio y ahora se encontraban en tierra firme.
Percibiendo que Joel deseaba hacer al amor, apartó el libro y se volvió hacia él en la cama.
—Si sucede… —susurró con suavidad.
Pero tendría cuidado, si podía, de que no sucediera…
Entonces de golpe, la guerra terminó. Entonces, de repente, el mundo retomó sus costumbres. Coches nuevos abarrotaban las agencias de automóviles. Los pantalones volvían a tener bocamangas y las mangas, puños. Dior creó «El nuevo estilo»; después de años de estrechez, las faldas eran amplias y femeninas. Había planes para construir casas nuevas sobre el lago. Y junto con la información sobre los juicios de Nuremberg, los periódicos publicaban los horribles rostros de Streicher, Kaltenbrunner, von Ribbentrop y muchos más, condenados a la horca por sus crímenes contra la humanidad.
Caroline y Lore desplegaron el periódico sobre la mesa de la cocina. Nadie habló hasta que Caroline se preguntó en voz alta por qué no habrían tenido noticias de los Schmidt.
—Supongo que no escribieron más porque no tenían nada más para contar —arriesgó Lore.
—Mira estas fotografías. ¿Es posible explicar tanta maldad?
—Creo que no, en especial para personas como yo que trabajamos salvando vidas. —Lore hizo una pausa y luego, casi como si temiera hacerlo, preguntó con delicadeza—: ¿Dime, todavía piensas… en él?
—¿Cómo contestarte? —La pregunta dolía—. Sí, todo el tiempo. Cada vez que miro a Eve: no puedo evitarlo, ¿no te parece? Y ella es la alegría de mi vida.
—Una pena. Una tragedia —murmuró Lore—. Y papá y mamá. Has sufrido mucho. Pero tal vez todavía haya una esperanza para ellos.
—No la hay. Lo sabes, Lore.
Y por supuesto, no la había. Fue Joel quien finalmente averiguó, a través de la Cruz Roja, dónde y cómo habían muerto. Caroline estaba revisando las cuentas en el escritorio en el fondo de Orangerie, cuando él entró.
—Tengo algo que decirte —anunció Joel con voz suave.
Cuando ella lo miró, supo de qué se trataba.
—Quiero oírlo todo —respondió—. ¿Dónde y cuándo?
De modo que se lo dijo. No había mucho para decir, apenas hechos aislados, una fecha y un lugar… dos lugares, ya que habían muerto separados.
—Ni siquiera pudieron morir juntos —susurró ella.
—No. Ni siquiera eso.
—Es curioso. ¿Viste lo que se dice acerca de lo que siente una persona al ahogarse? ¿Que su vida entera desfila ante sus ojos? Cuando entraste en la habitación y comprendí lo que ibas a decirme, vi a papá en su auto nuevo, el piano de mi madre, el barco entrando en el puerto de Nueva York… todo. Todo mezclado. Todo.
—Necesitas llorar —dijo Joel, mirándola a los ojos.
—No. He estado esperando esto demasiado tiempo.
—Pero necesitas llorar —repitió él.
Y tomándola del brazo, la condujo afuera. Caminaron juntos hasta la orilla del lago, donde se sentaron en una roca y él la estrecho con fuerza. Después de que ella lloró lo suficiente, se pusieron de pie y regresaron a la casa.