León el Africano
El libro de El Cairo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
El año del ojo augusto 919 de la hégira (9 de marzo de 1513—25 de febrero de 1514)
La epidemia se había declarado a principios de aquel año, inmediatamente después de una violenta tormenta y de torrenciales lluvias, signos evidentes para todos los cairotas de la cólera del Cielo y de la inminencia de un castigo. Los primeros afectados fueron los niños, y los notables evacuaban apresuradamente a sus familias, unos hacia Tor, al sur del Sinaí, donde el aire es saludable, otros hacia los oasis, otros hacia el Alto Egipto, cuando poseían allí una residencia. Pronto se cruzaron con nosotros innumerables embarcaciones, lamentables racimos de fugitivos.
Habría sido imprudente seguir antes de conocer la extensión del mal.
Atracamos, pues, en la orilla oriental, en un lugar desierto, decididos a quedamos allí el tiempo que fuera menester, alimentándonos con las mercancías que transportábamos y cambiando cada noche de sitio para desorientar a eventuales salteadores. Cinco o seis veces al día íbamos a buscar noticias, remando hasta llegar cerca de los que iban Nilo arriba para interrogarlos. La epidemia hacía estragos en la capital. Cada día se contaban cincuenta, sesenta, cien defunciones en los registros; y se sabía por experiencia que había que contabilizar un número de muertos no declarados diez veces mayor. Cada embarcación traía una nueva cifra, siempre concreta, acompañada con frecuencia de explicaciones que no admitían discusión alguna. Por ejemplo, el lunes de la Pascua cristiana, la tierra había temblado tres veces; y al día siguiente, sin más tardar, se registraban doscientas setenta y cuatro defunciones. Al viernes siguiente cayó una granizada insólita para la estación; se contaron ese mismo día trescientas sesenta y cinco muertes. Por consejo de su médico, el sultán de Egipto, un anciano mameluco circasiano llamado Kansoh, decidió, para protegerse de la peste, llevar en los dedos dos anillos de rubíes; prohibió también el vino y el hachís, así como el comercio de las prostitutas. En todos los barrios de la ciudad se acondicionaron nuevos aljibes para los baños mortuorios.
Como es lógico, las víctimas no eran ya todas niños y sirvientes.
Soldados y oficiales empezaban a sucumbir a cientos. Y el sultán se apresuró a anunciar que él en persona pensaba heredar sus equipos. Ordenó que se arrestara a las viudas de todos los militares fallecidos hasta que hubiesen entregado en el arsenal una espada con incrustaciones de plata, una cota de mallas, un casco, un carcaj, así como dos caballos o su contravalor. Además, estimando que la población de El Cairo había disminuido sensiblemente por medio de la epidemia y que iba a reducirse aún más, Kansoh decidió tomar, de la reciente cosecha, una importante cantidad de trigo que envió inmediatamente a Damasco y a Alepo, donde podría venderla tres veces más cara. De la noche a la mañana, el precio del pan y de la harina subió de forma desmesurada.
Cuando, poco después de anunciar tales decisiones, salió el sultán de su ciudadela y cruzó la ciudad para ir a inspeccionar la onerosa reconstrucción del colegio que había de llevar su nombre, que había diseñado él mismo y cuya cúpula acababa de agrietarse por tercera vez, la población de la capital lo abucheó. Hasta sus oídos llegaron gritos: «¡Dios haga perecer a los que matan de hambre a los musulmanes!» A la vuelta, el soberano evitó cruzar el barrio popular de Bab Zuwaiha, prefirió volver a la ciudadela por calles menos bulliciosas.
Estas noticias nos las contó un joven comerciante, rico y culto, que, huyendo de la capital con su familia en su barca personal, atracó unas cuantas horas junto a nosotros antes de proseguir su camino. Trabo inmediatamente amistad conmigo, me preguntó por mi país y mis recientes viajes, y sus preguntas estaban más preñadas de sabiduría que mis respuestas. Cuando hice que la conversación versara de nuevo sobre Egipto, me confió con voz serena:
—Los monarcas, afortunadamente, se exceden a veces; si no fuera por eso, no caerían nunca.
Y luego añadió, chispeándole los ojos:
—La locura de los príncipes es la sabiduría del Destino.
Yo creía haberlo entendido:
—Pronto habrá una insurrección, ¿no es cierto?
—Esa palabra no va con nosotros. Es cierto que en tiempo de epidemia la gente de la calle se porta valientemente pues el poderío del sultán parece muy frágil frente al del Altísimo que siega regimientos enteros de militares.
Pero en las casas no hay ni un arma, apenas algún cuchillo para cortar el queso. Cuando llega la hora de los grandes cambios, siempre viene un mameluco circasiano en lugar del anterior.
Antes de seguir su camino el mercader me hizo una propuesta inesperada que acepté agradecido, aunque, en el momento, no calibré cuán generosa era.
—Voy a instalarme durante unos meses en Asiut, mi ciudad natal, y no querría que mi casa de El Cairo permaneciera tanto tiempo abandonada. Me sentiría muy honrado si pudieras vivir en ella durante mi ausencia.
Al esbozar un doble gesto de agradecimiento y rechazo, me cogió la muñeca:
—No te hago un favor, noble viajero, pues, si mi casa permaneciera sin dueño, sería presa de los saqueadores, sobre todo en estos tiempos difíciles.
Si aceptaras, yo te quedaría muy agradecido y resolverías un problema que me preocupa.
En semejantes condiciones, no podía por menos de aceptar. Siguió hablando con el tono confiado de un hombre que ha madurado mucho tiempo su decisión:
—Voy a redactarte un documento que certifique que puedes disfrutar de mi propiedad hasta mi regreso.
Fue a coger en su barca papel, cálamo y tintero, luego, volvió a sentarse en el suelo a mi lado. Mientras escribía, me iba preguntando mi nombre, mis sobrenombres, mi rango; pareció satisfacerlo todo ello y me entregó, al tiempo que el documento, un manojo de llaves cuya distribución me indicó.
Me explicó, por fin, con palabras muy precisas, dónde hallar la casa y cómo reconocerla.
—Es un edificio blanco, rodeado de palmeras y sicomoros. Está en una pequeña elevación, en el extremo norte de la ciudad antigua, y da directamente al Nilo. He dejado allí a un jardinero que estará a tu servicio.
Esto aumentaba mi impaciencia por llegar a mi destino. Pregunté a mi interlocutor cuándo podría
esperarse que acabara la peste.
—Las epidemias precedentes acabaron todas antes del comienzo de mesore.
Le rogué que repitiera la última palabra, pues creía haberla oído mal.
Sonrío bondadosamente.
—Mesore es, en el año copto, el mes en que llega a su punto más alto la crecida de las aguas.
Murmuré:
—Gran mérito tiene Egipto en ser musulmán cuando el Nilo y la peste se ajustan aún al calendario de
los faraones. Por su forma de bajar la mirada, por su sonrisa violenta, comprendí que él no era musulmán. Acto
seguido, desplegó gran actividad:
—Se hace tarde. Creo que deberíamos izar las velas.
Dirigiéndose a uno de sus hijos que daba vueltas sin cansarse alrededor de una palmera, gritó:
—¡Sesostris, sube a la barca, nos vamos!
Me estrechó la mano por última vez, no sin añadir con aire apurado:
—En la casa hay una cruz y un icono. Si te ofenden, puedes descolgarlos y meterlos en una arca
hasta que yo regrese.
Le prometí que nada cambiaría de sitio, antes bien, y le di las gracias por su extremada fineza.
Mientras conversaba con este copto, los marineros se habían apartado, gesticulando con animación. En cuanto mi bienhechor se hubo alejado, vinieron a anunciarme, con tono solemne, su decisión de salir al día siguiente sin más demora hacia la capital. No ignoraban, aunque fuesen todos musulmanes, que la peste no desaparecería antes de mesore. Pero los impulsaban otras razones.
—El hombre ha dicho que el precio de las mercancías ha subido de repente. Es el momento de ir al puerto viejo, de vender nuestra carga y de volver por fin a casa.
No se me ocurrió protestar. En lo que a mí se refería, estaba como un amante cansado de dormir noche tras noche a pocas brazadas del objeto de mis deseos.
¡El Cairo al fin!
En ninguna otra ciudad se olvida tan deprisa que se es extranjero. El viajero queda, nada más llegar, atrapado en el torbellino de los rumores, de las anécdotas, de las muecas expresivas. Cien desconocidos se acercan a él, le cuchichean al oído, lo ponen de testigo, lo empujan por el hombro para incitarlo con más facilidad a jurar o a reir, tal y como ellos esperan. A partir
de ese momento, es partícipe del secreto, está al tanto de una fabulosa historia, no puede por menos de enterarse de lo que va a pasar después, aunque tenga que esperar a la caravana siguiente, hasta la siguiente fiesta, hasta la estación de la crecida. Pero ya ha empezado otra historia.
Aquel año, cuando desembarqué agotado y aturdido a una milla de mi nueva morada, toda la ciudad, maltratada sin embargo por la peste, se reía descaradamente del «ojo augusto», del del monarca, se entiende. El primer vendedor de refrescos, adivinando mi ignorancia con fruición, se sintió en la obligación de ponerme al día, con prioridad sobre cualquier otra ocupación, alejando con gesto desdeñoso a sus sedientos clientes. Lo que más adelante me contaron notables y mercaderes no se diferenciaba en nada del relato de este hombre.
—Todo empezó —me dijo— con una turbulenta entrevista entre el sultán Kansoh y el califa. Aquel califa era un anciano irreprochable que vivía apaciblemente en su harén. El sultán lo había tratado con rudeza y le había exigido la dimisión, so pretexto de que estaba perdiendo vista, de que estaba ya casi ciego del ojo izquierdo y de que su firma aparecía emborronada en los decretos. Kansoh quería, aparentemente, atemorizar al príncipe de los creyentes para sacarle unas cuantas decenas de miles de dinares a cambio de que lo mantuviera en sus funciones. Pero el anciano no se había prestado al juego. Había tomado una satinada hoja de papel y había redactado con buen pulso su acta de abdicación a favor de su hijo.
El asunto no habría ido más allá, una injusticia más, pronto olvidada, si algún tiempo después el propio sultán no hubiera notado una mañana un dolor en el ojo izquierdo. Esto sucedía dos meses antes de mi llegada, en el momento de mayor mortandad de la peste. Pero al soberano ya no le interesaba la epidemia. El párpado se le caía. Pronto se cerró tanto que tenía que levantárselo con el dedo para echar la menor ojeada. Su médico le diagnosticó ptosis y prescribió una incisión.
Mi interlocutor acababa de ofrecerme una taza de refresco de rosa y me propuso que me sentara en un cajón de madera, lo que hice. A nuestro alrededor no había ya aglomeración alguna. La historia se reanudó:
—Como el monarca se negaba categóricamente, su médico trajo a su presencia un oficial superior, comandante de mil, que padecía el mismo mal y lo operó en el acto. El hombre volvió una semana después mostrando un ojo totalmente curado.
En vano. El sultán, decía mi narrador, prefirió consultar a una curandera turca que prometió curarlo sin recurrir a la cirugía, limitándose a aplicarle una pomada a base de acero en polvo. Pasados tres días de tratamiento, la enfermedad se había extendido al ojo derecho. El viejo sultán no salía ya, no se ocupaba de ningún asunto, no estaba ya ni para llevar en la cabeza su noria, el pesado tocado de largos cuernos que habían adoptado los últimos soberanos mamelucos de Egipto. Hasta tal punto que sus propios oficiales, convencidos de que pronto perdería la vista, se habían puesto a buscarle un sucesor.
La misma víspera de mi llega a El Cairo, la ciudad rebosaba de rumores de conspiración. Los cuales, como es lógico, habían llegado a oídos del Sultán, que había decretado un toque de queda desde el crepúsculo hasta eh amanecer.
—Así que, concluyó el vendedor de refrescos, señalándome el sol en el horizonte, si vives lejos, deberías darte prisa porque dentro de siete grados se azotará en público hasta hacerla sangrar a toda persona a quien se encuentre por la calle.
Siete grados era menos de media hora. Miré a mi alrededor. Ya no quedaban más que soldados en todas las esquinas echando nerviosas ojeadas hacia poniente. No atreviéndome a correr ni a preguntar el camino por miedo a parecer sospechoso, me limité a seguir el río, apretando el paso y esperando a que la casa fuera fácilmente reconocible.
Dos soldados venían a mi encuentro con paso y mirada inquisitivos, cuando vi un sendero a mi derecha. Me metí por él sin pensarlo ni un instante con la curiosa impresión de haberlo recorrido cada día de mi vida.
Estaba en mi casa. El jardinero estaba sentado en el suelo, ante la puerta, con rostro inexpresivo. Lo saludé con un gesto y saqué ostensiblemente las llaves. Sin decir palabra, se apartó para dejarme pasar y no pareció sorprendido en absoluto de ver a un desconocido penetrar así en casa de su amo. Mi seguridad lo había tranquilizado. Sintiéndome de todas formas obligado a explicarle la razón de mi presencia, saqué del bolsillo, para enseñárselo, el documento firmado por el copto. Eh hombre no lo miró. Como no sabía leer, se fió de mí, regresó a su sitio y no volvió a moverse.
A la mañana siguiente, cuando salí, seguía en el mismo sitio, sin que pudiera saber si había pasado allí la noche o si había reanudado la guardia
al amanecer. Di unos pasos por mi calle, que me pareció muy animada. Pero todos los transeúntes me miraban. Aunque estaba acostumbrado a tal molestia que les es propia a todos los viajeros, notaba, sin embargo, una insistencia desusada que atribuí a mi indumentaria magrebí. Pero no se debía a ella. Un frutero salió de su puesto para venir a darme sabios consejos:
—La gente se asombra al ver a un hombre de tu categoría andar humildemente a pie entre el polvo.
Sin esperar respuesta, llamó a un burrero que me ofreció un animal majestuoso provisto de una hermosa manta y puso a mi disposición a un muchacho para que hiciera la veces de lacayo.
Sobre semejante montura, recorrí la ciudad vieja haciendo alto sobre todo en la célebre mezquita de Amr y en el zoco de las telas, antes de hacer una incursión por El Cairo nuevo de donde volví con la cabeza llena de cuchicheos. A partir de ese día, este paseo se convirtió en cotidiano, más o menos largo según mi humor y mis ocupaciones, pero siempre fructuoso.
Pues me encontraba con notables, oficiales, funcionarios de palacio, hacía negocios. Ya desde el primer mes, me las ingenié para colocar en una caravana de camellos fletada por comerciantes magrebíes un cargamento de crespón indio y de especias dirigido a un mercader judío de Tremecén. A petición mía, me envió un cofrecillo de ámbar de Mesa.
Entre negocio y negocio, recogía algunas confidencias. De esta forma me enteré, una semana después de mi llegada, de que el sultán estaba ya en mejor disposición. Convencido de que su enfermedad era un castigo del Altísimo, había convocado a los cuatro grandes cadíes de Egipto, representantes de los cuatro ritos de la Fe, para reprocharles que le hubieran dejado cometer tantos crímenes sin haberlo recriminado por ello. Se decía que había prorrumpido en llanto ante los magistrados que se habían quedado pasmados: pues el sultán era un hombre imponente, muy alto y corpulento, con una majestuosa barba redondeada. Jurando que lamentaba amargamente su comportamiento con el anciano califa, había prometido reparar sin tardanza el daño que había causado. Y acto seguido había dictado un mensaje para el pontífice destituido y había ordenado al comandante de la ciudadela que se lo llevara inmediatamente. La nota decía así: «Te traigo los saludos del sultán, que solicita tus plegarias. Salva su
responsabilidad de la conducta que tuvo contigo y desearía no merecer tus reproches. No supo resistir un mal impulso.»
Ese mismo día, el preboste de los mercaderes había bajado de la ciudadela precedido de portadores de antorchas que se dispersaron por la ciudad para anunciar: «Por decreto de Su Real Majestad el sultán, quedan abolidas las tasas mensuales y semanales y todos los impuestos indirectos sin excepción, incluidos los derechos sobre los molinos de El Cairo.»
El sultán estaba decidido a atraer a toda costa la misericordia del Altísimo sobre su ojo. Ordenó que reunieran en el hipódromo a todos los hombres y mujeres sin trabajo de la capital y les dio de limosna dos monedas de medio fada a cada uno, o sea un gasto total de cuatrocientos dinares. Mandó igualmente repartir tres mil dinares a los pobres, sobre todo a los que vivían en la mezquita de Al—Azhar, así como en los monumentos mortuorios de la Karafa.
Una vez tomadas estas medidas, Kansoh convocó de nuevo a los cadíes y les pidió que mandaran decir en todas las mezquitas del país fervorosas plegarias por la curación del ojo augusto. Sólo tres magistrados pudieron acudir a la llamada: el cuarto, el cadí malequita estaba enterrando aquel día a dos de sus hijos pequeños víctimas de la peste.
Si el sultán daba tanta importancia a aquellas plegarias era porque había acabado por acceder a la operación, que se realizó, a petición suya, un viernes nada más acabar la oración de mediodía. Estuvo recluido en sus habitaciones hasta el viernes siguiente. Fue entonces a las tribunas de Acrafiah, mandó venir a los prisioneros arrestados en las cuatro cárceles, en el torreón de la ciudadela, así como en la Arkana, prisión del palacio real, y firmó gran cantidad de excarcelaciones, sobre todo de allegados suyos caídos en desgracia. El más célebre beneficiario de la augusta clemencia fue el maestro barbero Kamaledín, cuyo nombre recorrió rápidamente El Cairo, suscitando no pocos comentarios irónicos.
Kamaledín, que era un apuesto mozo, había sido durante mucho tiempo el favorito del sultán. Por las tardes, le daba masajes en la planta de los pies para que durmiera. Hasta el día en que el soberano padeció una inflamación de las bolsas y hubo de ser sangrado; el barbero divulgó la noticia por la ciudad con gran lujo de detalles, haciéndose acreedor a la ira de su señor.
Ahora estaba perdonado. No sólo estaba perdonado, sino que, incluso, el sultán se excusaba por haberlo maltratado y le pedía, puesto que tal era su
vicio, que fuera a contar por toda la ciudad que el ojo augusto había sanado.
En realidad, tenía aún los párpados vendados, pero eh soberano se sentía suficientemente vigoroso para reanudar sus audiencias. Tanto más cuanto que estaban sucediendo acontecimientos de excepcional gravedad. Acababa de recibir, en efecto, uno tras otro, a un enviado del jerife de La Meca y a un embajador hindú, que habían llegado unos días antes a la capital para hablarle del mismo problema: los portugueses acababan de ocupar la isla de Kamarán, controlaban férreamente la entrada del mar Rojo y habían desembarcado tropas en las costas del Yemen. El jerife temía que atacaran a los convoyes de peregrinos de Egipto que tenían por costumbre pasar por los puertos de Yanbu y Yida, directamente amenazados ahora. El emisario hindú había venido, por su parte, con gran pompa, acompañado de dos enormes elefantes cubiertos de gualdrapas de terciopelo rojo; le preocupaba ante todo el comercio entre las Indias y el imperio mameluco, súbitamente interrumpido por la invasión portuguesa.
El sultán declaró que se sentía muy afectado e hizo la observación de que los astros debían de ser particularmente desfavorables para los musulmanes aquel año, puesto que al mismo tiempo se presentaban la peste, la amenaza de los Santos Lugares y su propia enfermedad. Ordenó al inspector de los graneros, el emir Jushkadam, que acompañase al emisario hindú y a su comitiva hasta Yida y que se afincara luego allí para organizar su servicio de información acerca de las intenciones de los portugueses; prometió igualmente armar una flota y mandarla él mismo si Dios le daba salud.
Hasta el mes de shabdn no se vio a Kansoh lucir de nuevo su pesada noria. Todo el mundo comprendió entonces que estaba definitivamente curado y la ciudad recibió órdenes de adornar las calles con colgaduras. Se organizó una procesión que abrían los cuatro médicos reales vestidos con pellizas de terciopelo rojo adornadas con martas cebellinas, regalo del agradecido soberano. Los altos funcionarios llevaban todos ellos bandas de seda amarilla y en las ventanas de las calles por las que pasaba el cortejo había colgaduras del mismo color, en señal de regocijo. Los grandes cadíes habían adornado sus puertas con muselinas bordadas y salpicadas de granos de ámbar, los timbales resonaban en la ciudadela. Se había levantado el toque de queda y la música y los cantos retumbaban al ponerse el sol por
todos los rincones de la ciudad. Luego, bien entrada ha noche, brotaron a la orilla del agua fuegos artificiales recibidos por frenéticas aclamaciones.
En aquella ocasión en medio del regocijo general, sentí repentinamente el irresistible deseo de vestirme a la egipcia. Dejé, pues, mis ropas de fesí, que guardé cuidadosamente para el día en que me marchara, y luego me puse una estrecha túnica de rayas verdes cosida en el pecho y acampanada que llegaba al suelo. Me calcé con sandalias a la antigua usanza. Me enrollé en la cabeza un ancho turbante de crespón indio. Así ataviado mandé venir un burro sobre el cual me entronicé en medio de mi calle, rodeado de mil vecinos, para unirme a los festejos.
Sentía que aquella ciudad era mi ciudad y ello me proporcionaba un inmenso bienestar. En pocos meses me había convertido en un verdadero notable cairota. Tenía mi burrero, mi frutero, mi perfumista, mi orfebre, mi papelero, prósperos negocios, relaciones en palacio y una casa que daba al Nilo.
Creía haber alcanzado el oasis de los frescos manantiales.
El año de la circasiana 920 de la hégira (26 de febrero de 1514—14 de febrero de 1515)
Me hubiera adormecido para siempre en los placeres y los horrores de El Cairo si una mujer no hubiera elegido aquel año para compartir conmigo su secreto, el más peligroso del mundo, puesto que podía privarme a la vez de esta vida y de la otra.
El día en que la conocí había empezado de modo espantoso. El muchacho que conducía el burro me había desviado de nuestro habitual camino poco antes de entrar en la ciudad nueva. Creyendo que quería evitar alguna aglomeración, se lo permití. Pero me condujo hasta un tumulto y luego, poniéndome las riendas en la mano, masculló una excusa y se eclipsó sin que hubiera podido hacerle ni una pregunta. Nunca se había portado así y me prometí hablar de ello con su amo.
No tardé en comprender el porqué de tanta excitación. Un destacamento de soldados estaba llegando, en efecto, por la calle Saliba, precedido de tambores y portadores de antorchas. En medio de la tropa, se arrastraba un individuo con el torso desnudo y las manos estiradas hacia adelante, atadas por una cuerda de la que tiraba un jinete. E iban leyendo una proclama que decía que al hombre, un criado acusado de robar turbantes en los zocos durante la noche, se le condenaba a que lo cortaran por la mitad. Yo sabía
que aquel suplicio se reservaba generalmente para los asesinos, pero había habido en los días anteriores una serie de robos y los comerciantes reclamaban un castigo ejemplar.
El desdichado no gritaba, se limitaba a gemir sordamente sacudiendo la cabeza cuando, de repente, dos soldados se abalanzaron hacia él haciéndole perder el equilibrio. Incluso antes de llegar al suelo, uno lo cogió con fuerza por debajo de los brazos mientras que el otro, al mismo tiempo, le sujetaba los pies. Se acercó el verdugo con una pesada espada entre las manos y de un solo tajo cortó al hombre en dos por la cintura. Aparté la vista, sintiendo en el vientre una contracción tan violenta que mi cuerpo paralizado estuvo a punto de caer inerte. Una mano caritativa se alzó hacia mí para sostenerme, así como la voz de un anciano:
—No hay que contemplar la muerte subido en una montura.
En vez de poner pie a tierra, cosa de la que me sentía incapaz, me aferré a mi burro, di media vuelta y me alejé, mientras se alzaban a mi alrededor las protestas de aquellos a quienes mi maniobra impedía ver la continuación del espectáculo: acababan de colocar sobre un montón de cal viva ha parte superior del ajusticiado que, erguido de cara a la muchedumbre, iba a delirar durante largos minutos antes de extinguirse.
Para tratar de olvidar, decidí acudir a mis ocupaciones, ir a informarme de las salidas y llegadas de las caravanas y escuchar algunas habladurías.
Pero, a medida que iba avanzando, me pesaba más y más la cabeza. Estaba como deslumbrado; iba bogando a la deriva de calle en calle, de zoco en zoco, medio inconsciente, aspirando el olor del azafrán y del queso frito, oyendo, como en una lejana batahola, los gritos de los vendedores que me llamaban. Privado del lacayo, que se había quedado a presenciar el macabro espectáculo, mi burro iba errante siguiendo su humor y sus costumbres.
Esto duró hasta que un mercader, dándose cuenta de mi indisposición, cogió las riendas y me tendió una copa de agua azucarada perfumada con jazmín que al instante me quitó la opresión de las entrañas. Estaba en Jan—el—
Jahili y mi bienhechor era uno de los más ricos negociantes persas de la plaza, un tal Akbar, ¡Dios lo colme de venturas! Me hizo tomar asiento, jurando que no me dejaría salir hasta que no estuviera totalmente restablecido.
Llevaba allí seguramente una hora y mi mente iba emergiendo lentamente de las brumas cuando entró la circasiana. No sé qué fue lo
primero que me llamó la atención. ¿Era su rostro tan hermoso y sin embargo tan descubierto, pues sólo una banda de seda negra sujetaba la rubia cabellera? ¿Era su cintura, tan fina, en aquella ciudad donde sólo se valoran las mujeres bien alimentadas? O quizá la manera ambigua, deferente pero no solícita, en que Akbar había dicho: « ¡Alteza! »
Su séquito no se diferenciaba en nada del de la burguesa más humilde: una sola sirvienta, una campesina de gestos torpes y cara siempre sonriente, que llevaba un objeto plano mal envuelto en una sábana vieja y pasada.
Mi mirada debió de ser demasiado insistente, pues la circasiana volvió ostensiblemente el rostro, en vista de lo cual Akbar vino a confiarme, en tono deliberadamente ceremonioso:
—Es Su Alteza Real la princesa Nur, viuda del emir Aladino, sobrino del Gran Turco.
Me esforcé por mirar a otra parte, pero ello atizaba mi curiosidad. En El Cario nadie ignoraba el drama de aquel Aladino. Había participado en la guerra fratricida que había enfrentado a los herederos del sultán Bayaceto.
En un momento dado, incluso había parecido triunfar, al apoderarse de la ciudad de Bursa y amenazar con tomar Constantinopla. Pero su tío Selim había acabado por alzarse con la victoria. Sin compasión, el nuevo sultán otomano había mandado estrangular a sus propios hermanos y diezmar a sus familias. Aladino había conseguido huir, sin embargo, y refugiarse en El Cairo donde se le había recibido con todos los honores. Se le había adjudicado un palacio y sirvientes y se decía que se estaba preparando a la sazón para provocar un levantamiento contra su tío con el apoyo del imperio mameluco, del sofí de Persia y de poderosas tribus turcas en el mismo corazón de Anatolia.
¿Hubiera podido aquella coalición con el temible Selim? Nunca se podrá saber: cuatro meses después de su llegada, Aladino había muerto de la peste. No había cumplido aún los veinticinco años y acababa de casarse con una hermosa circasiana de la que se había prendado, la hija de un oficial de su guardia. El sultán de Egipto, apenado, según se contaba, por la muerte del príncipe, presidió en persona la oración del ausente. Los funerales fueron grandiosos, tanto más notables cuanto que se desarrollaban siguiendo las costumbres otomanas mal conocidas entonces en El Cairo: los caballos de Aladino iban delante con la cola cortada y la silla al revés; sobre las parihuelas, encima del cuerpo, iban su turbante y sus arcos quebrados.
Sin embargo, dos meses después, el señor de El Cairo volvía a tomar posesión del palacio de Aladino, decisión que censuró la población. A la viuda del otomano se le concedían una modesta casa y una renta tan irrisoria que se veía en la obligación de poner en venta los pocos objetos de valor que le había dejado su marido.
Todos estos hechos me los habían contado en su momento, pero no habían adquirido ningún significado especial. Mientras los estaba repasando en mi memoria, me llegó la voz de Nur, desgarradora pero digna:
—El príncipe hace proyectos en su palacio sin saber que en el mismo instante, en una choza, los dedos de un artesano están tejiendo ya su sudario.
Había pronunciado estas palabras en árabe, pero con ese acento circasiano que todos los cairotas reconocen sin esfuerzo, puesto que es el de los sultanes y los oficiales mamelucos. Antes de que pudiera responder, había vuelto el mercader ofreciendo un precio:
—Setenta y cinco dinares.
Ella palideció:
—¡Es una pieza única en el mundo!
Se trataba de un tapiz bordado con rara precisión y rodeado de un marco de madera tallada.
Representaba unos lobos que corrían en manada hacia la cumbre de una montaña nevada.
Akbar me tomó por testigo:
—Lo que dice Su Alteza es la pura verdad, pero mi tienda está llena de objetos de valor que no me
queda más remedio que malvender. Los compradores escasean.
Asentí imperceptiblemente con la cabeza por cortesía. Tomando confianza, insistió: —Este año es el peor desde que empecé a trabajar, hace treinta años. La gente no se atreve ya a enseñar sus dinares ni de lejos, por temor a que se le acuse de esconder algunas riquezas y a que vengan a quitárselas. La semana pasada, detuvieron a una cantante por una simple denuncia. El sultán en persona le dio tormento mientras los guardias le apretaban los pies. Todo lo que le sacaron fueron ciento cincuenta monedas de oro. Se volvió atrás: —Cierto es que me hago cargo de por qué nuestro soberano que Dios guarde se ve obligado a
portarse así. Le faltan los ingresos de los puertos. En Yida no ha entrado un barco desde hace un año por culpa de los corsarios portugueses. La situación es igual de mala en Damieta. En cuanto a Alejandría, la han abandonado los negociantes italianos que no encuentran ya negocio allí. ¡Y
decir que era una ciudad que tenía en el pasado seiscientos mil habitantes, doce mil mercaderes de especias que abrían hasta la noche y cuarenta mil judíos que pagaban la yízia legal! Hoy en día, es un hecho que Alejandría ingresa al Tesoro menos de lo que cuesta. El resultado lo estamos viendo a diario: hace siete meses que el ejército no come carne, los regimientos andan revueltos y el sultán busca el oro donde cree que lo va a encontrar.
La entrada de un cliente interrumpió su discurso. Al ver que el recién llegado no llevaba nada en las manos, Akbar se dijo sin duda que se trataba de un comprador y nos rogó que lo perdonáramos un momento. La princesa estaba a punto de irse, pero la retuve:
—¿Cuánto esperas conseguir?
—Trescientos dinares, ni uno menos.
Le pedí que me enseñara el tapiz. Había tomado ya una decisión pero no podía comprarlo sin mirarlo,
por temor a que la compra pareciese una limosna. Tampoco quería mirarlo demasiado, por miedo a que se pudiera creer que quería hacer negocio. Le lancé, pues, una mirada furtiva antes de declarar en tono neutro: —Trescientos me parece un precio razonable. Lo compro. Ella no se dejó engañar: —Una mujer no acepta un regalo de un hombre al que no puede demostrar su agradecimiento. Las palabras eran firmes, pero el tono no lo era menos. Respondí con acento falsamente ofendido: —No es ningún regalo. ¡Compro ese objeto porque le tengo aprecio! —¿Y por qué ibas a tenérselo? —Es un recuerdo. —¡Pero si es la primera vez que lo ves! —
Basta a veces con vislumbrarlo para que un objeto se convierta en insustituible.
Se ruborizó. Nuestras miradas se cruzaron. Nuestros labios se entreabrieron. Ya éramos amigos. La sirvienta, más jovial que nunca, circulaba entre nosotros, atenta a recoger nuestros cuchicheos. Nos citamos: el viernes a las doce en ha plaza de Ezbekieh, delante del exhibidor de burros.
Desde mi llegada a Egipto, nunca había faltado a la solemne oración del viernes. Pero aquel día falté sin demasiados remordimientos; bien pensado,
era el Creador quien había hecho a aquella mujer tan hermosa y la había puesto en mi camino.
La plaza de Ezbekieh se iba llenando lentamente según se iban vaciando las mezquitas, pues todos los cairotas tenían costumbre de reunirse allí tras la ceremonia para jugar a los dados, escuchar los camelos de los narradores, perderse, a veces, al final de la tarde, por las callejuelas vecinas donde algunas tabernas ofrecían un atajo hacia el Edén.
No divisaba aún a mi circasiana, pero allí estaba el exhibidor de burros, rodeado ya de un racimo creciente de mirones. Me uní a ellos, sin dejar de echar frecuentes ojeadas a los rostros que me rodeaban y al sol con la esperanza de que se hubiera movido unos grados.
El saltimbanqui bailaba con su animal sin que se supiera quién imitaba los pasos de quién. Luego se puso a hablarle al burro. Le anunció que el sultán había decidido empezar un gran edificio y que iba a requisar todos los burros de El Cairo para transportar la cal y las piedras. En el acto, el animal se dejó caer al suelo, se puso patas arriba, hinchó la tripa y cerró los ojos. El hombre se lamentó entonces ante los asistentes diciendo que se he había muerto el burro e hizo una colecta para comprarse otro. Cuando hubo recogido unas cuantas docenas de monedas, dijo:
—No creáis que mi burro ha expirado. Es un glotón que, reconociendo mi pobreza, finge para que gane algo de dinero y le compre comida.
Tomando una tranca, le dio al animal una buena tunda.
—¡Venga, levanta ya!
Pero el burro no se movió. El saltimbanqui siguió diciendo:
—Habitantes de El Cairo, el sultán acaba de promulgar un edicto: toda la población deberá salir a la calle mañana para asistir a su entrada triunfal en la ciudad. Se requisa a los burros para llevar a las damas de la alta sociedad.
Al oir esto, el animal se puso de pie y empezó a pavonearse, dando la impresión de estar muy alegre. Su amo reía a carcajadas, igual que la muchedumbre. —¡Así que te gustan las mujeres bonitas! —dijo—. ¡Pues aquí hay varias! ¿A cuál te gustaría llevar?
El animal dio la vuelta a la concurrencia, pareció vacilar y luego se dirigió derecho a una espectadora muy alta que estaba a unos pasos de mí.
Llevaba velos tan tupidos que su rostro resultaba invisible. Pero reconocí en el acto su porte. Asustada por las risas y las miradas, se me acercó y se
aferró a mi brazo. Me apresuré a gritarle al burro en tono de broma: «¡No llevarás a mi mujer!» antes de alejarnos ambos con dignidad.
—No esperaba verte cubierta con un velo. A no ser por el burro, no te habría reconocido.
—Para eso me pongo velos, para que no me reconozcan. Estamos juntos, en la calle, en medio de
una muchedumbre curiosa y charlatana y nadie se da cuenta de que no soy tu mujer. Y añadió con picardía: —Me quito el velo si quiero gustar a todos los hombres; lo llevo si quiero gustarle a uno solo. —A partir de ahora, odiaré que lleves el rostro descubierto. —¿Querrías no contemplarlo nunca? Era cierto que no podíamos estar solos en una casa, ni en la suya ni en la mía, y que teníamos que
conformamos con recorrer la ciudad, uno al lado del otro. El día de la primera cita, Nur insistió para que fuéramos a visitar el jardín prohibido.
—Lo llaman así —me explicó— porque está rodeado de altas murallas y porque el sultán ha prohibido la entrada para proteger una maravilla de la naturaleza: el único árbol del mundo que da el bálsamo verdadero.
Una moneda de plata en la mano del guardia nos permitió entrar.
Inclinada sobre el bálsamo, Nur se apartó el velo y permaneció mucho rato inmóvil, fascinada, soñadora. Repitió, como para si misma: —En todo el mundo sólo existe este pie. ¡Es tan menudo, tan frágil y, sin embargo, tan valioso! A mí el árbol me parecía muy corriente. Las hojas se parecían a las de la vid, pero más pequeñas. Estaba plantado en el centro de un manantial.
—Dicen que si lo regaran con otra agua, se secaría en seguida.
Me pareció que esta visita la conmovía pero no comprendí la razón.
Pero ya al día siguiente estábamos juntos de nuevo y me pareció alegre y llena de atenciones. A partir de aquel día, nuestros paseos fueron cotidianos o casi, pues, a mediados de semana, el lunes y el martes, nunca estaba libre.
Cuando se lo hice notar, al cabo de un mes, reaccionó airada:
—Habrías podido no verme nunca o sólo una vez al mes. Ahora que estoy contigo dos, tres, cinco días a la semana, me reprochas mis ausencias.
—No cuento los días que te veo. Son los otros los que me parecen interminables.
Era un domingo y nos hallábamos cerca de la mezquita de Ibn Tulún, ante el hammam de las mujeres donde iba a entrar Nur. Parecía dudar.
—¿Estarías dispuesto a acompañarme sin hacer ninguna pregunta?
—¡Hasta la China si fuera preciso!
—Entonces reúnete mañana conmigo, con dos camellos y unos odres llenos, delante de la Mezquita Mayor de Gizeh.
Decidido a cumplir mi promesa, no la interrogué acerca de nuestro destino, de forma tal que, al cabo de dos horas de camino, sólo habíamos cruzado algunas palabras. No juzgué, sin embargo, contrario a nuestro acuerdo hacer la siguiente observación:
—Las pirámides no deben de estar lejos de aquí.
—¡Justo!
Animado por esta indicación, seguí:
—¿Es ahí donde vamos?
—Justo.
—¿Y vienes aquí todas las semanas para ver esas construcciones redondas?
Le entró una risa franca y devastadora que no pudo por menos de molestarme. Para dejar clara mi
desaprobación, puse pie a tierra y trabé el camello. No tardó en volver a mi encuentro.
—Perdóname por haberme reído. Es porque has dicho que eran redondas.
—No me lo he inventado, Ibn—Batuta, el gran viajero, dice textualmente que las pirámides tienen forma circular.
—No las habrá visto nunca. O a mucha distancia, de noche, ¡Dios lo perdone! Pero no se lo censures. Cuando un viajero narra sus hazañas, se vuelve prisionero de los cacareos admirados de los que lo escuchan. No se atreve ya a decir «no lo sé» o «no lo he visto», por temor a quedar mal. Hay mentiras de
las que tienen más culpa los oídos que la boca.
Habíamos reanudado el camino. Siguió diciendo:
—¿Y qué más dice ese Ibn—Batuta de las pirámides?
—Que las construyó un sabio muy impuesto en los movimientos de los astros y que había previsto el
Diluvio; por eso construyó esas pirámides en las que representó todas las artes y todas las ciencias, para preservarlas de la destrucción y el olvido.
Temiendo más sarcasmos, me apresuré a añadir:
—De todas formas, Ibn—Batuta precisa que se trata únicamente de suposiciones y que nadie sabe en verdad a qué se destinaban esas curiosas construcciones.
—Para mí, las pirámides se construyeron sólo para ser hermosas y majestuosas, para ser la primera maravilla del mundo. Sin duda les habían asignado alguna otra función, pero era sólo un pretexto dado por el príncipe de entonces.
Acabábamos de llegar a la cima de una colina y las pirámides se perfilaban con claridad en el horizonte. Sujetó su montura y extendió la mano hacia oriente con un gesto tan emocionado que resultaba solemne.
—Mucho después de que nuestras casas, nuestros palacios y nosotros mismos hayamos desaparecido, estas pirámides seguirán ahí. ¿Acaso no significa eso que ante los ojos del Altísimo ellas son las más útiles?
Puse mi mano sobre la suya.
—De momento, estamos vivos. Y juntos. Y los dos solos.
Paseó la mirada por el entorno y adoptó de repente una entonación traviesa:
—¡Pues es verdad que estamos solos!
Pegó su montura a la mía y, apartando el velo, puso un beso en mis labios. ¡Dios, me habría quedado
así hasta el día del Juicio! No fui yo quien dejó sus labios; tampoco ella se separó de mí. La culpa la tuvieron los traviesos camellos que se alejaron demasiado pronto uno de otro, amenazando con hacernos perder el equilibrio.
—Se hace tarde. ¿Y si fuéramos a descansar?
—¿En las pirámides?
—No, un poco más allá. Hay, a unas millas de aquí, una pequeña aldea donde vive el aya que me
crió. Me espera todos los lunes por la noche.
Un poco en las afueras de la aldea había una casucha de fehah, rodeada de barro, al final de un caminito en cuesta que Nur tomó conjurándome a que no la siguiera. Desapareció en la casa. La esperé con la espalda apoyada en una palmera. Era casi de noche cuando volvió acompañada de una vieja campesina, gruesa y bondadosa.
—Jadra, ¡te presento a mi nuevo marido!
Me sobresalté. Mis ojos abiertos como platos toparon con el ceño fruncido de Nur, mientras que el
aya imploraba al Cielo:
—¡Viuda a los dieciocho años! Espero que mi princesa tenga más suerte esta vez.
—¡Yo también lo espero! —grité espontáneamente.
Nur sonrió y Jadra balbuceó una invocación antes de conducirnos a una edificación de tierra, próxima