Llévame a cualquier lugar

Alice Kellen · Capítulo 6 de 32

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Llévame a cualquier lugar

Capítulo 6

6

 

BLAKE

 

Cuando monté en el coche, dejé caer la cabeza sobre el volante. Respiré hondo e intenté recuperar la tranquilidad que acababa de perder por culpa de Léane.

A primera vista parecía una chica dulce e inocente. Ahora sabía que no lo era.

Mientras hacía el reportaje podía distinguir ligeramente sus movimientos. Había ido directa hacia el cable; prácticamente se lanzó sobre este para desconectarlo. Me había saboteado.

Justo cuando colocaba bien el espejo retrovisor del coche, dispuesto a largarme de allí cuanto antes, sonó la melodía de los Rolling Stones que llevaba como tono en el móvil. Descolgué tras ver el nombre de mi hermana parpadeando en la pantalla.

—Hola, Emma.

—¿Cómo ha ido el concurso?

—Preferiría no hablar de eso. —Me froté los párpados lentamente—. ¿Qué tal estás tú?

Tras unos instantes de silencio, Emma habló.

—He suspendido el primer parcial de matemáticas —confesó—. Mamá está muy enfadada.

Mascullé entre dientes, molesto.

—¿No puedes ser un poco más responsable?

—¿Cómo puedes decirme justamente tú algo así? —preguntó alzando la voz. Escuché su respiración entrecortada y, cuando habló de nuevo, lo hizo más calmada—. Mamá ha empezado a hablar sobre el futuro y ya sabes lo que ocurre cuando hace eso. —Hubo un tenso momento de silencio—. Quiere contratar a una profesora particular para que me dé clases.

—Me parece bien.

Observé ensimismado la calzada por donde cruzaban varios transeúntes.

—¿Cuándo vendrás a visitarnos?

—El fin de semana.

—Vale. —Suspiró de nuevo—. Odio que no estés aquí, es todo más complicado.

—Lo sé, Emma. —Me mordí el labio inferior, pensativo—. Es una putada que tengas que pasar por esto tú sola, pero te prometo que todo volverá a la normalidad pronto.

—Ajá —respondió desanimada—. Tengo que colgar, ha llegado mi amiga Sam.

—De acuerdo. Pásalo bien.

Lancé el móvil sobre el asiento del copiloto con desgana.

Emma solo tenía dieciséis años, pero parecía más mayor; no físicamente, sino mentalmente. Solía mostrarse siempre reflexiva, y un aura de negatividad rodeaba cada uno de sus pensamientos. Jamás veía el vaso medio lleno, siempre se aferraba a la peor opción. Quizá era el único modo que encontraba para sentirse protegida.

Era la persona que más quería en este mundo. Mi debilidad. Estaba seguro de que, hiciese lo que hiciese, jamás podría darle la espalda.

La había visto nacer. No literalmente, pero casi. Antes siquiera de que llegase al mundo, ya hablaba con ella; le contaba historias acercando mucho mi cabeza a la enorme barriga de mamá. Cuando Emma nació… tuve ciertos problemas de celos; era tan adorable que siempre acaparaba toda la atención. Sin embargo, pasado un tiempo, comencé a compartir mis juguetes con ella e incluso, en ocasiones especiales, la dejaba entrar en mi habitación.

La mejor época que recuerdo junto a Emma fue cuando ella tenía ocho años. Me adoraba, me seguía a todas partes e imitaba hasta mi forma de hablar. Era un problema importante que yo tuviese la costumbre de pronunciar la muletilla «joder, qué mierda» cada vez que algo me desagradaba, o al menos así lo corroboraron varios partes del colegio de Emma que llegaron a casa. Por aquel entonces, yo tenía trece años y entre los colegas quedaba guay soltar tacos aunque no viniesen a cuento. Mis padres se esforzaron en vano por erradicar esta costumbre.

Había pasado muchas horas jugando con Emma a la videoconsola — recuerdo sufrir mucho con un juego de caballitos saltarines que era una bazofia—, e incluso soporté ver tropecientas veces las mismas películas de Disney, a pesar de que era una tortura lenta y dolorosa.

Pero un día todo se rompió. No sé qué ocurrió o qué cambió, pero estuvo directamente relacionado con el divorcio de mis padres. Fue como si Emma abriese los ojos de golpe y advirtiese que yo no era la persona que ella creía tener enfrente.

Dejó de idolatrarme, empezó a tomar sus propias decisiones, y todas ellas eran contrarias a las mías. Fue una transformación tan rápida que ni siquiera pude intentar frenarla.

Seguíamos estando unidos, pero no del mismo modo. Ahora había un muro que nos separaba, y cuando intentaba acercarme a ella me golpeaba contra este una y otra vez. No sabía cómo derribarlo.

Solté el volante de golpe cuando descubrí que lo sujetaba con más fuerza de la necesaria; tenía los nudillos blancos. Encendí la radio del coche, sintonicé una cadena de música actual y subí el volumen al máximo antes de incorporarme a la carretera y dejar atrás mis pensamientos, anclados en el asfalto.

Al llegar a casa entré en el comedor y me encontré a Adam y Lissa sentados en el sofá. Puse los ojos en blanco al descubrir que estaban viendo la película Lo que el viento se llevó. No creí que nadie pudiese caer tan bajo por una chica, pero Adam lo había logrado.

Lissa se volvió en cuanto me vio entrar, arrugó la frente y me miró con asco. Me abstuve siquiera de saludarlos y me encerré en mi habitación.

Incliné el cuello hacia ambos lados, intentando relajar los hombros. Cogí la botella de agua que estaba sobre el escritorio y comencé a regar las plantas. Cuando empecé a sentirme más calmado, encendí el ordenador y entré en la página web de la universidad. Accedí al anuncio del concurso que estaba en la columna lateral y se abrió una nueva ventana donde aparecían en miniatura los seis vídeos. Me estiré hacia atrás en la silla del escritorio mientras veía la repetición de mi actuación.

Al principio parecía seguro de mí mismo, sonreía sin esfuerzo, hablaba con tranquilidad dejando unos instantes de silencio entre palabra y palabra… pero de pronto el sonido desapareció, y a pesar de que movía los labios no se oía nada. Mis ojos abandonaron la cámara —cuando miré a Léane en el suelo— e incluso, mostrando un claro gesto de enfado, llegué a tensar la mandíbula. Después, dirigí de nuevo la mirada hacia el espectador y, unos segundos más tarde, mi voz volvió a oírse. Finalicé el reportaje más nervioso de lo habitual. Ese chico con inseguridades que la cámara enfocaba no era yo. De ninguna manera.

Durante la siguiente hora me torturé revisando una y otra vez las actuaciones de los otros finalistas. Mark continuaba otorgando a sus reportajes un tono cómico que me sacaba de quicio y Marlenne también destacaba porque parecía simpática ante la cámara. Sin embargo, Nina se mostraba fría y altiva, y a Susan le fallaban los nervios. Pero, sin duda, el mejor reportaje era el de Léane.

Léane era dulce e inocente —solo en apariencia, claro está— y parecía tener un aura a su alrededor de… no sé, ¿armonía? Su encantador acento francés le daba el toque perfecto al reportaje.

Bajé la pantalla del ordenador cuando escuché que llamaban a la puerta. Sin esperar respuesta, Adam asomó la cabeza y crucé los dedos con la esperanza de que Lissa no estuviese tras él, porque después de ver tres veces seguidas el reportaje de Léane mi paciencia estaba bajo mínimos. Afortunadamente, Adam estaba solo. Entró en la habitación sin decir nada y se sentó en mi cama.

—Ya me he enterado de lo que ha pasado con el sonido en el reportaje —dijo—. Léane ha llamado a Lissa.

—Dime que no estás aquí porque tu novia te ha obligado a que hables conmigo —respondí a la defensiva—. En serio, acepto que seas fan de Lo que el viento se llevó o mierdas similares, pero, por favor, guárdate un poco de dignidad. Nunca viene mal tener reservas.

Adam frunció el ceño, molesto.

—No está tan mal, Scarlett O’Hara tiene sus momentos.

Fijó la vista en el suelo; estaba seguro de que odiaba esa película, pero no quería reconocerlo.

—En realidad, hemos estado hablando sobre los problemas que tenéis Léane y tú —comenzó a decir con cierta cautela—. Y hemos llegado a la conclusión de que no queremos formar parte de lo que sea que os traéis entre manos. Es decir, apañaos como queráis.

—Sabia decisión. —Me froté las manos con incomodidad—. ¿Tanto te importa esa tal Lissa? Deberías tomártelo con calma, después de las experiencias que has tenido…

—Sí, nos estamos conociendo. —Sonrió más animado—. Pero ella es genial, en serio, Blake.

Asentí y evité suspirar con pesadez.

Cogí un rotulador, me incliné sobre el calendario que colgaba en la pared y taché otro día más dibujando una cruz sobre el cuadrado correspondiente.

—Por cierto, el martes de la próxima semana es mi cumpleaños —dijo Adam—. No tenía intención de celebrarlo, pero al final he pensado que una cena tranquila no estaría nada mal.

—De acuerdo. —Me encogí de hombros—. Si es lo que quieres…

—Sí, mañana por la noche sería perfecto. —Tosió de un modo extraño —. Lissa me ha recomendado un restaurante francés que está por la zona sur.

—¿Significa eso que ella irá a tu cumpleaños? —pregunté, y me obligué a contar hasta diez para tomarme las cosas con más calma. Había leído eso en algún libro de filosofía zen o algo así.

—Claro. —Se rascó la nuca con parsimonia y me miró de reojo—. Y ahora que lo dices, Léane también vendrá con ella, lógico.

¿Lógico?, ¿era lógico que Léane asistiese al cumpleaños de mi mejor amigo? No, desde luego que no. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Esa mierda de contar no servía para nada. Cojonudo. Fijé la vista en el techo de la habitación e intenté encontrar un piloto rojo parpadeante.

—Esto es una cámara oculta, ¿verdad? —pregunté—. ¿Un nuevo programa de la MTV?

Adam se puso en pie.

—Quiero que te comportes mañana por la noche. —Continuó hablando con una tranquilidad exasperante—. Es importante para mí.

Salió de la habitación con calma, al parecer sin advertir que tenía la mandíbula tan tensa que hasta notaba un ligero dolor.

 

En octubre todavía no hacía demasiado frío, pero empezaba a oscurecer temprano y los árboles que delineaban las calles de Reading abandonaban el color verde que los caracterizaba en verano para dar paso al otoño. Era la estación que menos me gustaba del año, no solo porque provocaba que las plantas perdiesen toda su viveza, sino porque se me antojaba melancólica.

Durante gran parte del año, el cielo de Reading se transformaba en una cúpula gris, sin vida, sin color. Lloviznaba constantemente y un desfile de paraguas se abría paso por las calles de la ciudad. Me había acostumbrado al clima; no conocía otro, en realidad. Cuando era pequeño, solía preguntarle a mi padre sobre el sol; era algo que me obsesionaba. «¿Por qué casi nunca viene el sol a Romford, papá?», cuestionaba. Y él siempre contestaba: «Creo que el sol está ahora en España. Ten paciencia, Blake, ya llegará aquí; el sol no puede estar en todas partes».

Tiempo después, comprendí que el sol había decidido jubilarse en España y que pocas veces se dejaba caer por Gran Bretaña. Supe entonces que tendría que ir en su busca; estaba convencido de que, en un futuro no muy lejano, viviría en un lugar cálido donde el cielo fuese azul. Completamente azul, sin ninguna nube a la vista.

—Son las siete y veinte. —Alcé el brazo y le mostré a Adam el reloj en mi muñeca para que pudiese comprobar por sí mismo qué hora era.

—Tú tienes la culpa —contestó—. Te pedí que fuésemos a recogerlas en coche. Probablemente han perdido el autobús.

No pensaba permitir que esa cría metiese un solo pie en mi coche, todavía tenía algo de dignidad, así que me había negado en rotundo cuando Adam propuso que fuésemos a buscarlas a la residencia. Tenían piernas, podían caminar, moverse un poco… y todas esas cosas.

Estábamos los tres sentados en la parada del autobús, frente al restaurante donde Adam quería celebrar su cumpleaños. Ni siquiera había invitado a otros amigos del grupo, porque, según afirmó, pretendía que fuese una «cena íntima». Yo había intentado explicárselo varias veces, pero se resistía a entender que el concepto de intimidad contrastaba con el hecho de invitar a dos desconocidas, que encima se tomaban la libertad de llegar tarde, como si fuesen damas de una corte real o algo así.

Ya eran las siete y media cuando un autobús frenó en la parada y las puertas de este se abrieron con un chirrido. Tanto Lissa como Léane bajaron las escaleras del vehículo con una lentitud pasmosa. Los tres nos pusimos en pie. Saludé a Lissa con desgana, luego me acerqué a Léane y le di un pequeño codazo en el brazo. No me importó la mirada asesina que Adam me dedicó, era demasiado tentador como para intentar evitarlo.

—¡Uy, lo siento! Me he tropezado —dije burlón—. Ha sido sin querer. Ya sabes, son cosas que pasan.

Léane entrecerró los ojos al mirarme, pero se volvió rápidamente y cruzó la calle para alcanzar a su inseparable amiga. Lissa llevaba un paquete de regalo en las manos y, mientras caminaban, los tacones de ambas resonaban al golpear sobre el asfalto. Odiaba profundamente el repetitivo sonido que producían los tacones de las mujeres, siempre me había desagradado.

La entrada del restaurante era bastante original. En la parte superior se alzaba un cartel donde letras azules trazaban el nombre del local: Lumières du Théâtre.

Cuando entramos en el restaurante, un hombre que llevaba una absurda boina negra nos acompañó hasta nuestra mesa. El interior del local parecía realmente un teatro, no solo por los sillones acolchados de color granate, sino por la tenue luz ambiental y los carteles de obras antiguas que vestían las paredes de ladrillo.

Léane se sentó a mi lado porque los demás habían ocupado las otras sillas que rodeaban la mesa.

—Ryder, ¿me cambias el sitio? —le pregunté.

—Claro —accedió, levantándose de inmediato.

Mientras me acomodaba en el otro extremo de la mesa, observé de reojo cómo Léane fruncía el ceño. No entendía por qué usaba siempre el mismo gesto para mostrar enfado; era bastante desagradable ver su frente fruncirse en un montón de pequeñas arrugas.

—No tengo ninguna enfermedad contagiosa —protestó ella con indignación.

Desdoblé mi servilleta de tela con parsimonia, antes de mirarla y encogerme de hombros.

—Prefiero prevenir, por si acaso tus manos también tropiezan involuntariamente y terminas clavándome un tenedor o algo peor.

—¡Leamos la carta! —exclamó Adam alzando la voz y rompiendo el tenso momento.

«Ratatouille, quenelle, crepe salado, degustación de quesos, kouglof, chucrut, degustación de foie gras, quiche lorraine, confit de pato…»

—Joder, no entiendo nada. —Ryder se frotó el mentón, confundido.

Cerré la carta con un golpe seco.

—¿Cuál es la traducción de «hamburguesa con queso y patatas»? — pregunté.

—No estamos en un McDonald’s —contestó Léane, sin levantar la vista de su carta.

—Podemos preguntarle a la camarera si pueden hacerte una hamburguesa —añadió Lissa, en un forzado intento por mostrarse amable.

—Yo me pido lo mismo que Blake —concluyó Ryder, antes de centrar la mirada en su móvil.

Minutos después, la camarera accedió a preparar dos hamburguesas con patatas fritas. Adam escogió una quiche lorraine y ellas pidieron unos crepes salados. Cuando la camarera se marchó, Adam rompió el incómodo silencio que reinaba en la mesa preguntándole a Léane su opinión sobre Reading.

—Me gusta bastante, es un sitio tranquilo, pero sigo echando de menos París. —Miró a Lissa con nostalgia—. Tenéis que visitar la ciudad, es realmente impresionante: la catedral de Notre Dame, la torre Eiffel…

—¿Te refieres a ese amasijo de hierros que abandonaron tras la Exposición de 1889?

Si Léane hubiese tenido poderes especiales estilo rayos láser, me habría matado en ese mismo instante. Presioné los labios procurando no sonreír; la cena estaba siendo más divertida de lo esperado. No sé por qué, sacarla de quicio me parecía una actividad muy entretenida.

—Eres un ignorante. Infórmate mejor antes de hablar y quedar en ridículo.

—Cada cual tiene una opinión… —comenzó a decir Adam, alzando las manos como si así fuese a lograr calmar los ánimos—. Estas cosas pasan, no discutáis.

Léane parecía verdaderamente indignada por mi inocente comentario sobre esos hierros que representaban el amor. Empujó su silla hacia atrás, haciéndola chirriar al arrastrarla sin delicadeza por el suelo del local.

—Si me disculpáis —dijo—, tengo que ir al servicio.

Observé atentamente cómo su figura desaparecía al girar la esquina del extremo del restaurante.

—Yo también necesito ir al servicio —comenté, apoyando ambas manos sobre la mesa y levantándome.

Adam me dirigió una severa mirada de advertencia y luego prosiguió hablando con Lissa. Ryder bien podría no haber acudido al cumpleaños, porque llevaba toda la noche abducido por su móvil.

Caminé decidido hacia la zona de los servicios. Ignoré el cartel donde se leía «messieurs» y entré en el de «dames», abriendo la puerta de golpe.

Léane estaba inclinada sobre el espejo, que ocupaba toda la pared, retocándose el brillo de labios. Solté una carcajada y ella me miró a través del espejo.

—¿A quién intentas impresionar? —pregunté—. Adam está pillado, Ryder te ignora y yo no te tocaría ni aunque mi vida dependiese de ello.

Ella guardó el brillo de labios en su bolso, antes de volverse hacia mí con cierta brusquedad.

—Me arreglo para mí misma, idiota.

—Déjame dudarlo, conozco bien a las mujeres.

Léane puso los ojos en blanco mientras presionaba con más fuerza de la necesaria el botón del dispensador de jabón, casi aporreándolo, como si estuviese descargando toda su rabia contra el pobre cubículo de plástico. Después, comenzó a lavarse las manos.

—Blake, creo que te lo dejé claro el otro día: estoy saliendo con alguien. —Cogió papel y se secó las manos—. Sé que te parecerá sorprendente, pero no me interesas y no me preocupo por mi aspecto para tratar de impresionarte. —Tras secarse las manos, hizo una bola con el papel, la lanzó y encestó en la papelera. Pestañeé sorprendido y ella me miró—. Asiente con la cabeza si has logrado entender todo lo que he dicho.

No pude asentir con la cabeza, pues estaba demasiado ocupado riéndome a carcajadas.

—Tienes una imaginación desbordante, Léane. Apuesto que llegarás lejos como reportera de prensa rosa, donde está bien visto inventarse historias y sabotear a la competencia.

—¿Cuántas veces tengo que repetirte que no lo hice a propósito?

—Me trae sin cuidado si fue intencionado o no —puntualicé—. Lo importante es que arruinaste mi reportaje y probablemente eso influirá en las votaciones.

—Lo dudo —se cruzó de brazos—; seguro que tu harén de féminas te vota incondicionalmente.

—Sí, puede que tengas razón. —Sonreí y no sé por qué mi afirmación pareció molestarla; casi creí ver que empezaba a sufrir un tic en el ojo izquierdo—. Es una lástima que tú no tengas un club de fans.

—Claro, porque, a diferencia de ti, lo que sí tengo es dignidad — contestó furiosa—. Y no intento conseguir votos por otros medios.

Fruncí el ceño mientras caminaba hacia los lavabos dando dos grandes zancadas.

—No digas eso, nena —bromeé—. Los programas de prensa rosa tienen mucho público. Seguro que esos espectadores, ansiosos de cotilleos y basura, estarán deseando darte una oportunidad.

Pude ver a cámara lenta cómo su rostro enrojecía, no de vergüenza, sino de rabia.

Abrí el grifo y me enjuagué las manos, antes de sacudirlas frente a Léane, salpicando su rostro con pequeñas gotas de agua. Sonreí, satisfecho tras mi impulso.

—Oh, lo siento, ¡ha sido sin querer! —exclamé, imitando su voz aguda.

—¡Estás agotando mi paciencia! —gritó. Imitando mis movimientos, juntó las manos bajo el grifo que tenía enfrente y me lanzó encima una cantidad de agua considerable.

A partir de ese instante, olvidé que tenía veintiún años y empecé a comportarme como un crío de diez. Ambos dejamos atrás cualquier indicio de civilización mientras continuábamos lanzándonos agua y, más tarde, bolas de papel que terminaron formando una pasta resbaladiza sobre el suelo del servicio.

—¡Ahora sí pienso ganar el concurso cueste lo que cueste! —chilló ella, tras tropezar y sujetarse en la pila para no caer, haciéndome reír—. Te juro que te sabotearé de verdad si es necesario.

Hice una bola con un trozo de papel, la dejé bajo el chorro del grifo para que se llenase de agua y luego se la lancé. Acerté de pleno en el moño alto que coronaba su cabeza. Genial, triple para mí.

Léane corrió hacia los compartimentos de los servicios y salió sujetando en alto una escobilla del váter. Me apuntó con el arma y retrocedí hasta que mi espalda chocó contra los azulejos de la pared. Justo en ese instante, se abrió la puerta del servicio y el hombre de la ridícula boina nos miró a los dos con los ojos muy abiertos, como si nunca hubiese visto nada igual.

Comprendía su sorpresa.

El cabello de Léane, que horas atrás había estado recogido en un elegante moño, se disparaba en todas direcciones dándole aspecto de loca psicópata, y ambos estábamos empapados. El suelo estaba ligeramente encharcado y repleto de papel mojado, y los espejos, totalmente salpicados de agua. El toque final de la memorable escena era que ella todavía sostenía en alto la escobilla del váter.

Léane balbuceó en un vano intento por explicarse, pero, antes de que pudiese decir ninguna palabra coherente, el hombre se le adelantó.

—¿Qué está ocurriendo aquí?

—Estaba así cuando llegamos. —Me encogí de hombros con indiferencia.

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