Los 70. La decada que siempre vuelv
Capítulo 1. Matar y morir
Capítulo 1
MATAR Y MORIR
La vida no vale nada si no es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama.
Pablo Milanés, cantautor, en “La vida no vale nada”, 1975.
Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.
Ernesto Che Guevara, 16 de abril de 1967.
La liberación, como se comprueba históricamente, nace de la sangre.
Leonardo Boff, teólogo brasileño.
La década del 70 fue una orgía de sueños, ideales, sangre y muerte; una escalada de pasiones sin freno; de amor y entrega a la causa de los pobres y a la Revolución pero también de odio intransigente a los “enemigos del pueblo”, una categoría bastante amplia que incluía no solo a militares y policías sino también a la “oligarquía”, los funcionarios “corruptos”, los políticos “vendepatria”, los sindicalistas “burócratas” y la clase media
“colonizada” y “entreguista”.
Entre los guerrilleros, uno de los que más me impactó fue Roberto Mayol, un santafesino de 21 años que cumplía con el servicio militar —era obligatorio y duraba un año— cuando Montoneros atacó el cuartel al que había sido trasladado, en los suburbios de la ciudad de Formosa, el 5 de octubre de 1975.
Es que Mayol tenía asegurada una vida buena y tranquila en la capital de la provincia de Santa Fe. Pero no: como tantos jóvenes de su época, primero se hizo peronista y, casi inmediatamente, abrazó la lucha armada, convencido de que la violencia sería la partera de una sociedad sin clases, de hombres y mujeres iguales, liberados de la oligarquía criolla y el imperialismo yanqui.
¿Qué pasó? ¿Qué se les cruzó por la cabeza a Mayol y a miles de chicos y chicas como él?
La última foto de Mayol fue publicada en mi libro Operación Primicia y lo muestra tendido en el pasto ralo del Regimiento de Infantería de Monte Número 29, los ojos y la boca bien abiertos, una cicatriz de sangre que le partía la cara, y el número 8 pintado de negro en su torso desnudo; estaba muerto luego de haberle abierto la puerta del cuartel a sus compañeros montoneros.
Lo habían acribillado sus compañeros soldados, jóvenes como él, que estaban de guardia aquel domingo a hora de la siesta. El combate duró treinta minutos y hubo veinticuatro muertos: doce guerrilleros y doce defensores del cuartel; diez soldados, un subteniente de 21 años y un sargento primero, de 31, padre de dos hijos.
Un traidor, “el soldado entregador” para los soldados y militares que impidieron la toma del regimiento; un héroe, un mártir para los guerrilleros y sus simpatizantes. Y una víctima del terrorismo de Estado en muchos otros ámbitos, por ejemplo en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, donde estudiaba Derecho.
Allí, Mayol figura como uno de los veinticuatro “alumnos, profesores y egresados muertos, desaparecidos y perseguidos durante la última dictadura militar”, a pesar de que murió en combate y atacando un cuartel casi seis meses antes del golpe, durante el gobierno constitucional de la presidenta Isabel Perón, la viuda del General.
En 2006 fue recordado durante cuatro jornadas de homenaje, que comenzaron el lunes 28 de agosto con una conferencia a cargo de Ricardo Lorenzetti, santafesino, en aquel momento miembro y luego presidente de la Corte Suprema de Justicia, titulada: “Los Derechos Humanos en la doctrina de la Corte Suprema”, y culminaron el jueves 31 con un acto “en homenaje a quienes fueron muertos, desaparecidos y perseguidos por el terrorismo de Estado”. Hablaron familiares, organizadores y el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, y se colocó una placa alusiva.
El recordatorio incluye una foto de Mayol en un acto y un párrafo escrito por el abogado Jorge Pedraza, que dice: “El compañero más querido y paradójicamente más olvidado. Su vida fue una completa entrega hacia los demás, especialmente los humildes. Se formó muy joven con los jesuitas, su
lectura de cabecera fue la revista Cristianismo y Revolución de García Elorrio y Casiana Ahumada. Era como un cura laico de la militancia, una personalidad atrapante. Fue orador del Ateneo de Derecho y muy pronto la universidad le quedó chica. Antes había fundado en Santa Fe el Movimiento de Acción Secundaria, que confluiría luego en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). Su muerte —en un momento de extrema violencia política en el país— nos conmovió a todos sus compañeros y amigos. Fue un antes y un después”.
Pedraza, que estuvo siete años preso, fue compañero de estudios de Mayol en el histórico Colegio de la Inmaculada Concepción, “La Inmaculada”, donde se educa la elite santafesina, que está ubicado en el centro de Santa Fe, frente a la plaza 25 de Mayo.
“De Roberto Mayol —me dijo— tengo el mejor de los recuerdos. Fuimos compañeros durante toda la escuela secundaria. Sufrí mucho su desaparición. Cuando me enteré, no le encontré razón a esa decisión de tomar el cuartel para recuperar armas. Me pareció una locura, pero el país ya estaba inmerso en una espiral de violencia imparable. Yo también tenía un nivel de militancia, pero el de él era evidentemente más elevado y hacía un tiempo que le había perdido el rastro. El Colegio de la Inmaculada es de los jesuitas. Él había hecho la primaria también en un colegio religioso. Era muy inteligente, muy sensible. La última vez que lo vi fue en 1973, en el Movimiento Ateneísta, que fue el precursor de la Juventud Universitaria Peronista; él fue uno de los oradores. Lo recuerdo como un muy buen orador, un joven de muy buena imagen; un cura laico; un admirador de Camilo Torres, venía del progresismo católico”.
Mayol refleja la trayectoria típica de tantos jóvenes de buena posición social que, a partir de un compromiso católico, se fueron convenciendo de que la lucha armada era la única salida para terminar con “la violencia de
arriba” y liberar a “los explotados”, a los sectores populares que, por su lado, seguían teniendo una fe casi religiosa en Perón.
Cuando Mayol llegó al cuartel en Formosa, en mayo de 1975, se destacó rápidamente, recordó el entonces subteniente David Cabrera Rojo: “Mayol resaltaba enseguida porque era un rubio al lado de los otros soldados, que eran todos morochos, de cabellos duros. Muchos eran pobres: no estaban acostumbrados a más de una comida al día, y en el regimiento había aulas para enseñarles a leer y escribir”.
Mayol fue destinado a la Compañía de Tiradores “B” y se hizo notar como un soldado excelente: cargaba y descargaba las armas con presteza, asimilaba las instrucciones con docilidad e inteligencia y se mostraba muy interesado en la vida militar; tanto fue así que pronto fue considerado el mejor soldado de su unidad y lo ascendieron a Dragoneante.
Es que a los 21 años Mayol ya era un “cuadro” relevante de Montoneros en Santa Fe, en cuya estructura militar había alcanzado el grado de “oficial segundo” y donde había dirigido ataques contra la corresponsalía de la agencia Télam y el Club del Orden, fundado en 1853 por la elite provincial partidaria de la nueva Constitución y del vencedor de la batalla de Caseros, el general entrerriano Justo José de Urquiza.
A partir de la segunda mitad de los sesenta, los hijos de muchos padres de ideas conservadoras, liberales o radicales —en varios casos antiperonistas o “gorilas”— se hicieron peronistas, y con esa fe que suelen tener los conversos se volcaron a la lucha armada contra los sucesivos gobiernos militares. Y contra sus propios padres.
Eso ocurrió en todo el país y Mayol no fue la excepción: su papá era un prestigioso abogado que luego del golpe contra el presidente Juan Domingo Perón, en 1955, había sido titular de la Corte Suprema de Justicia de Santa
Fe; obviamente, integraba el aristocrático Club del Orden cuyo frente fue destruido por el bombazo de su hijo y sus jóvenes compañeros.
Mayol era el mejor informante que Montoneros podía tener en un cuartel y por eso la cúpula nacional, encabezada por Mario Eduardo Firmenich, decidió atacar un regimiento tan alejado y en un lugar donde no tenía mucha presencia, con todos los riesgos que eso implicaba porque había que trasladar a decenas de guerrilleros.
Tanto influyó la presencia de Mayol en el cuartel que el 5 de octubre de 1975 fue fijado como Día D porque se aproximaba la fecha en que el soldado montonero sería dado de baja. “Esto transformaba la operación en una fruta madura, que si no la arrancábamos hoy, mañana podía estar caída”, se lee en la evaluación secreta del ataque realizada por la Conducción Nacional de Montoneros.
Fue la operación más espectacular de la guerrilla en toda su historia porque incluyó el secuestro en pleno vuelo del avión más moderno de Aerolíneas Argentinas y su desvío a Formosa; la toma del Aeropuerto Internacional El Pucú; el despliegue de varios pelotones desde provincias vecinas para atacar al cuartel y la huida en una avioneta sanitaria y en el Boeing 737-200, que aterrizó en una pista clandestina en el interior de Santa Fe, cerca de Rafaela.
Todo eso ocurrió a 1200 kilómetros de Buenos Aires e involucró a más de un centenar de guerrilleros en forma directa.
Montoneros bautizó el ataque como Operación Primicia porque era el primero contra una instalación del Ejército y porque marcaba el debut del llamado Ejército Montonero, con sus uniformes azules, los grados militares y hasta un Código de Justicia Revolucionaria. La cúpula guerrillera tenía
buena información: sabía hasta la fecha del golpe de Estado del que tanto se hablaba, y pensaba enfrentarlo con su propio ejército.
Aunque la revista Evita Montonera de octubre de 1975 calificó el intento de copamiento en su tapa como una “victoria del Ejército Montonero”, sus columnas fueron rechazadas por los soldados y no pudieron humillar al Ejército copando el cuartel más alejado del país, como pretendían.
Los montoneros estaban convencidos de que los soldados de guardia se rendirían sin disparar una sola bala; al final, eran los más pobres entre los pobres; los que pasaban los domingos en el cuartel porque allí comían mejor que en sus casas o porque no tenían dinero para visitar a sus familias, que vivían en el interior de la provincia.
Los guerrilleros, en cambio, habían dejado la comodidad de sus vidas de clase media y clase media alta —incluso, de clase alta— para matar y morir a favor de ellos, los pobres, los desposeídos, los explotados por los terratenientes feudales y sus esbirros militares. ¿Cómo no se iban a rendir apenas vieran el ingreso de sus liberadores?
No resultó así. Según la evaluación de Evita Montonera, “esta resistencia suicida de los soldados tiene que ver en parte con el bajísimo nivel de conciencia de la población de la zona y básicamente al terror mítico, inculcado por los superiores, a los ‘extremistas, drogadictos enfurecidos que asesinan sin compasión’”.
Aparece aquí el clásico argumento de la “conciencia falsa de la realidad”, utilizado por Karl Marx: los pobres adoptan la ideología de la clase que los domina. Un argumento muy discutido. En todo caso, queda en evidencia la dificultad de los guerrilleros para conocer e interpretar a los sectores que buscaban beneficiar.
Pero Mayol y los montoneros que participaron del ataque no estaban solos en esa manera de percibir la realidad. Había todo un clima de época amasado en los 60, que impugnaba al capitalismo y a Estados Unidos, suponía que el mundo avanzaba al socialismo y enfatizaba el impacto global de las guerras de liberación nacional en Asia y África, las enseñanzas de Mao Tse-tung y Ho Chi Minh y la onda expansiva de la Revolución Cubana y su icónico guerrillero, el argentino Ernesto Che Guevara.
Eso en el plano externo; dentro del país, ese clima se potenciaba con el descontento popular por el exilio del general Perón, fuera del país desde 1955. A partir de aquel año, se sucedieron gobiernos militares y civiles que nunca pudieron consolidarse, en buena medida porque carecían de legitimidad de origen debido a la proscripción de Perón y del peronismo.
Para colmo, esos gobiernos tampoco se mostraban exitosos en los planos económico y social, por lo menos para satisfacer las expectativas de los sectores populares, que seguían añorando los años felices del peronismo.
Claro que hasta mediados de los 60 ese descontento político se limitaba a los sectores populares y a lo sumo trascendía esporádicamente en actos de sabotaje conocidos en la liturgia peronista como La Resistencia. No pasaba de eso, no contagiaba a las clases medias.
Hubo sí algunas operaciones guerrilleras, tanto en el campo, en 1959, en Tucumán, como en la ciudad; la más importante tuvo lugar en 1963: el asalto al Policlínico Bancario, en la Capital Federal. Pero eran acciones aisladas, sin respaldo político ni social.
Todo se aceleró a partir del golpe de Estado que derrocó al presidente Arturo Illia y depositó en la Casa Rosada al general Juan Carlos Onganía, el 28 de junio de 1966.
Fue a partir de aquel momento cuando miles de jóvenes de la vasta clase media argentina se politizaron y se radicalizaron; irrumpieron diversos grupos guerrilleros hasta que en 1970 fueron fundados los dos más importantes: Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), como brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).
Había diferencias entre ambos: si los montoneros brotaban del catolicismo y se ubicaban dentro del heterogéneo movimiento peronista, los
“erpianos” provenían del marxismo o del radicalismo, como una suerte de vástagos desencantados de la Unión Cívica Radical; “hijos descarriados”, los llamó el ex presidente Raúl Alfonsín.
Por ejemplo, el fundador y líder del PRT y del ERP era el contador santiagueño Mario Roberto Santucho; su padre, Francisco, había sido un caudillo radical en Santiago del Estero. “Roby” no se referenciaba en la Iglesia Católica ni en el peronismo sino en el Che Guevara.
Cuando Santucho murió, en 1976, en un enfrentamiento con una patrulla militar, fue reemplazado por Luis Mattini, cuyo verdadero nombre es Juan Arnol Kremer Balugano.
Mattini me dijo que Santucho era “el más cabal heredero del Che”, y que ellos siempre fueron más terminantes en sus opciones que los montoneros,
“con una ética guevarista del revolucionario. También, claro, éramos más sectarios. No sentíamos ninguna reverencia por Perón ni por el peronismo; había, además, mucho gorilismo en el ERP; no era mi caso, pero muchos camaradas venían del antiperonismo; éramos más afines, en general, a la Unión Cívica Radical, y muchos venían de hogares radicales. Además del caso de Santucho, Enrique Gorriarán Merlo había sido radical en San Nicolás, lo mismo que Benito Urteaga. En las elecciones de 1973, Urteaga estaba convencido de que el radicalismo ganaría, Mauro Gómez opinaba lo
mismo, y Santucho, con menos seguridad, también se inclinaba a favor de los radicales”.
En cuanto al peronismo, Santucho seguía al pie de la letra a su admirado Che Guevara. “Trabaja con los grupos provenientes de la izquierda, con los escindidos recientemente del Partido Comunista, no hagas ningún acuerdo con grupos peronistas, aunque tengas contactos con ellos; por el momento, no podemos absorberlos. Es demasiado riesgoso, están demasiado infiltrados”, le recomendó el Che a Ciro Bustos en Bolivia en 1967, cuando lo envió a la Argentina a reclutar gente para nutrir su foco revolucionario, una aventura que lo llevaría rápidamente a la muerte.
En su libro El Che quiere verte, Bustos agrega: “El Che veía un peligro latente en la heterogeneidad del peronismo, que volvía inseguras todas las vinculaciones funcionales, además de los riesgos derivados de su nombre mezclado en ello”.
De todos modos, en 1970 montoneros y erpianos compartían la lucha común contra la dictadura militar y sus soportes civiles, y todo un contexto, en el que descollaba la figura desafiante del Che Guevara, que para la guerrilla peronista, más allá de sus críticas puntuales al peronismo, era una suerte de Cristo laico.
Si hay un lugar donde estos grupos guerrilleros aparecen bien caracterizados es en Córdoba; lo mismo sucede con los sectores contrarrevolucionarios ya que la gran ciudad del interior fue, casi al mismo tiempo, la capital de la Revolución y el laboratorio de la última dictadura.
Por esos motivos, porque fue la imagen más nítida y completa de la violencia política de los 70, escribí ¡Viva la sangre! , que está ambientado en Córdoba.
Es que allí vivía y trabajaba el sujeto que debía hacer la revolución socialista: la clase obrera más moderna y dinámica del país, concentrada en la pujante industria automotriz. “¡Vamos a hacer de Córdoba la capital de la Patria Socialista!”, pregonaba el sindicalista Agustín Tosco, referente de los jóvenes revolucionarios.
Por lo pronto, los trabajadores organizados por tres grandes sindicatos que se manejaban con autonomía de la CGT nacional —mecánicos, colectiveros y Luz y Fuerza— habían protagonizado el Cordobazo, con la valiosa ayuda del estudiantado, que conmovió al país e hirió de muerte a la dictadura del general Onganía.
Fue una insurrección popular fenomenal, que superó a la policía, el 29 de mayo de 1969, para colmo Día del Ejército. Durante treinta y seis horas, hasta que los militares ocuparon las calles, la ciudad quedó en manos de trabajadores y estudiantes.
El Cordobazo resultó crucial para la fundación de Montoneros y del ERP
ya que demostró que, en un país con un cierto desarrollo económico y social como la Argentina, el foco revolucionario que incendiaría al capitalismo provendría de la ciudad y no del campo, como había ocurrido en Cuba.
Tanto fue así que el debut de Montoneros ocurrió justo al año siguiente, cuando secuestró al general Pedro Eugenio Aramburu, ex jefe del Ejército y ex presidente del país luego del derrocamiento de Perón.
Aramburu fue muerto tres días después, el 1° de junio de 1970, en un operativo que volvió muy populares a Montoneros entre las bases peronistas y atrajo como un imán al resto de los grupos guerrilleros que se referenciaban en Perón o el peronismo.
Ahora, en estos tiempos, esa simpatía popular por un secuestro y el posterior fusilamiento luego de un “juicio revolucionario” resultaría
imposible: el hecho sería considerado como un asesinato liso y llano, agravado por la frialdad y el cálculo con que fue cometido; una gravísima violación a los derechos humanos de una persona indefensa, desarmada. Al menos, por la gran mayoría de los argentinos.
Tal vez sea difícil de comprender, pero en aquel momento ya había en el país un consenso social bastante extendido a favor de la violencia política.
Para buena parte de la sociedad, una bomba, una emboscada o un secuestro pasaban a formar parte de la liturgia política. La muerte adquiría legitimidad; era aceptada, en general, como un recurso político, tal como sucede hoy con un acto, una solicitada, una propaganda o un discurso.
Es que no puede haber violencia política sin que un número importante de ciudadanos la acepte como un recurso más de la lucha por el poder.
Los grupos que se postulaban como la vanguardia armada de ese proletariado destinado a dirigir la historia mudaron sus cúpulas a esa ciudad, convencidos de que en nuestro país la batalla decisiva para la derrota del capitalismo se definiría en Córdoba.
La guerrilla peronista trasladó su cuartel general luego del retorno a la lucha armada, a la clandestinidad, el 6 de septiembre de 1974, dos meses después de la muerte del general Perón.
Según Firmenich, tomaron esa crucial decisión atentos al “golpismo militar recurrente en la historia argentina” y convencidos de que el gobierno de Isabel Perón no duraría noventa días: “De modo que, antes de esos tres meses, nosotros decidimos preservarnos pasando a la clandestinidad”.
Todo se hizo con tanto sigilo que ni la policía cordobesa ni el Tercer Cuerpo de Ejército pudieron descubrirlos. “Nunca supimos que la Conducción Nacional estaba en Córdoba; yo me enteré hace poco”, me dijo el comisario mayor retirado Carlos Yanicelli.
Por su lado, el buró político del PRT y el ERP permaneció en Córdoba desde fines de 1972, cuando Santucho regresó al país tras una fuga masiva de guerrilleros de la prisión de Rawson, hasta principios de 1974.
Mattini me contó que “Santucho volvió clandestino y reorganizó el buró político. Nos instalamos en Córdoba. Desde ahí, reorganizamos el PRT y el ERP, que eran lo mismo, hacia todo el país. Luego, nos vinimos para Buenos Aires dado que, si bien Dios estaba en todas partes, atendía en Buenos Aires. Habíamos crecido en todo el país: teníamos un fuerte desarrollo en Ford, en Pacheco; en Villa Constitución; en Zárate-Campana; en todo el cinturón industrial, y necesitábamos estar acá para atender todo eso”.
Pero Córdoba siguió siendo un bastión del PRT-ERP. El Partido tenía una fuerte presencia en las fábricas más modernas y el ERP apuntalaba esa política con acciones militares. Contaba con una unidad de combate emblemática: la compañía “Decididos de Córdoba”, cuyo jefe era Gorriarán Merlo. Su poder de fuego era notable: el 20 de agosto de 1975, al frente de más de doscientos militantes, Gorriarán Merlo encabezó un ataque simultáneo contra cuatro dependencias de la Policía de Córdoba: la Jefatura, ubicada en el edificio del Cabildo, frente a la plaza San Martín; el Departamento Informaciones (D-2); el Comando Radioeléctrico, y la Guardia de Infantería. Murieron cinco policías y un guerrillero, y hubo ocho policías y trece transeúntes heridos.
Córdoba es clave también porque revela las razones del rápido vuelco a la lucha armada de tantos jóvenes y muestra nítidamente las tres matrices que explican la formación de Montoneros: la Iglesia Católica, el
nacionalismo y el Ejército, en este caso a través del Liceo Militar General Paz.
Muchos de los cordobeses que fundaron Montoneros egresaron de ese Liceo y pertenecían a familias del patriciado local; todos eran católicos militantes: Montoneros nació en las sacristías y en los colegios, las universidades, las residencias estudiantiles, los campamentos juveniles y las misiones de ayuda social organizadas por la Iglesia.
Uno de aquellos jóvenes, Ignacio Vélez, contó que “participamos al comienzo Emilio Maza, el cura Alberto Fulgencio Rojas, Héctor Araujo y yo”. Todos se habían conocido en el Liceo Militar General Paz: Maza, Vélez y Araujo se hicieron amigos “cursando los últimos años del Liceo”, donde Rojas, que era el capellán, pertenecía a los sectores reformistas de la Iglesia.
Rojas y otros curas vivían en el Hogar Sacerdotal, en La Cañada y Rioja, un lugar muy transitado de la ciudad de Córdoba que se convirtió en la sede de reuniones con otros jóvenes que iban engrosando el núcleo original.
Un patio interno comunicaba al Hogar Sacerdotal con Cristo Obrero, una parroquia universitaria creada en 1965 por el nuevo arzobispo de Córdoba, Raúl Primatesta, que nombró allí a dos curas jóvenes y reformistas: José Oreste Gaido y Nelson Dellaferrera.
Gaido dejó los hábitos en 1969, se casó y tuvo cinco hijos, pero le quedó el apodo: “Cura”. Probablemente, el escritor Marcos Aguinis se haya inspirado en él para su novela La cruz invertida.
Varios sacerdotes ya estaban de acuerdo con el Concilio Vaticano II, que entre 1962 y 1965 renovó y adaptó la Iglesia al mundo contemporáneo, aunque luego desató una puja interna entre conservadores y progresistas sobre cómo había que interpretar y aplicar todos esos cambios.
Según Gaido, hubo “tres vertientes distintas que confluyeron en la lucha armada:
El Hogar Sacerdotal, con jóvenes más mesiánicos, ortodoxos, que desembocan en Montoneros. Y con curas como Elvio Alberione, que sostenían que el compromiso político debía ser más bien institucional, en tanto cura. Yo estaba en contra de eso: creía que el compromiso debía ser individual, personal.
En Cristo Obrero también se incuba un compromiso político que desemboca en la vía armada, no democrática, para tomar el poder, pero no con una presencia eclesiástica, como la anterior, sino cristiana individual.
Algo parecido se dio en la Universidad Católica Argentina, de los jesuitas, donde se vuelcan más al ERP; los más inteligentes para mí, los más lúcidos. A la UCA asistía lo más granado de la aristocracia cordobesa, y ahí surgió una vertiente que optó por la violencia, por la vía revolucionaria, con el argumento de que la violencia de arriba debía ser combatida con la violencia de abajo”.
En eso estaban cuando el general Onganía desplazó al presidente Illia con el aval de los sindicatos y el peronismo, y nombró como ministro del Interior al abogado y académico cordobés Enrique Martínez Paz, también feligrés de Cristo Obrero. Pero sobre todo se trataba de un conspicuo miembro del patriciado cordobés que devolvería el poder político local al núcleo conservador; por ejemplo, incidió en el nombramiento como gobernador de Miguel Ángel Ferrer Deheza, un abogado del City Bank y del Banco de Londres cuya prima, Elisa Martínez Deheza, era la esposa del ministro. A su vez, el flamante gobernador designó ministro de Gobierno a
su sobrino, Guillermo Becerra Ferrer, y ministro de Educación y Cultura a Mario Fernando Martínez Paz, hermano del poderoso ministro del Interior.
El abogado constitucionalista Pedro Frías hijo, casado con una sobrina de Enrique Martínez Paz, se convirtió en el embajador argentino ante la Santa Sede.
Había tantos parientes entre los funcionarios de la llamada Revolución Argentina que el indomable humor cordobés creó una nueva fórmula para el juramento en esos cargos:
—¿Juráis por Dios, por la Patria y estos Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir la Constitución Nacional y los fines establecidos por el Estatuto de la Revolución?
—Sí, tío.
Los colaboradores cordobeses de Onganía, que provenían de los sectores más conservadores y nacionalistas del catolicismo, fueron decisivos en orientar rápidamente al nuevo gobierno hacia la universidad pública en el marco de una verdadera cruzada contra “la izquierda marxista y su influencia en la cultura”. Así, el decreto-ley 16.192 suprimió la autonomía universitaria, eliminó el gobierno tripartito (profesores, alumnos y graduados) y disolvió los centros de estudiantes. Los universitarios cordobeses, herederos directos de la histórica Reforma de 1918, no podían dejar de reaccionar contra esa afrenta: una serie de asambleas, actos y protestas fue reprimida ferozmente por el gobernador Ferrer Deheza.
Cristo Obrero fue uno de los centros de las protestas ya que los estudiantes católicos pidieron utilizar la iglesia a los curas Gaido y Dellaferrera para una huelga de hambre. “Le avisamos a Primatesta —
sostuvo Gaido— y él nos dijo que sí; con algunas precauciones: nos preguntó si iban a tocar la guitarra, si habría chicos y chicas, pero nos dio la autorización. Claro que todo terminó en un despelote y en el asesinato de
Santiago Pampillón. Toda la masa universitaria iba a la parroquia, donde había cincuenta, sesenta huelguistas; llenaban los patios interiores de la parroquia y de allí comenzaban las manifestaciones; la policía reprimía y se producía el desbande. Ese mecanismo duró más de veinte días, hasta que Primatesta dijo que no sabía nada de la huelga de hambre, cerró la iglesia y a nosotros nos mandó a una parroquia periférica”.
Pampillón fue muerto por una bala policial el 7 de septiembre de 1966
frente a la Galería Cinerama, en medio de actos relámpago en distintas zonas del centro de la ciudad. Estudiaba Ingeniería y era delegado sindical en IKA. Cuando se enteraron, los universitarios tomaron un amplio sector del barrio Alberdi, que estaba poblado de pensiones estudiantiles, cortaron las calles y veredas y hostigaron a la policía durante toda la noche con piedras, palos y hasta bombas molotov. La CGT local dispuso un día de duelo en una muestra de la naciente alianza entre obreros y estudiantes.
La dictadura de Onganía y su correlato cordobés lograron exactamente lo contrario de lo que se habían propuesto. Por un lado, unificaron en las protestas a los universitarios de izquierda con los radicales y los católicos.
Por otro, favorecieron la peronización de tantos estudiantes de los sectores medios y altos. En tercer lugar, convencieron a muchos jóvenes de que la lucha armada era la única salida para favorecer a las mayorías populares.
Cada sector juvenil lo vio desde el paradigma en el que se movía, pero todos se radicalizaron. Vélez contó que para su grupo “el golpe de Onganía significó que la oligarquía y el imperialismo habían jugado su última carta.
La violencia desnuda había asumido el poder con expresiones groseramente provocadoras. Las fachadas seudo democráticas como las de Frondizi, Guido o Illia no habían sido suficientes para domesticar al movimiento popular que encabezaba el peronismo. Éramos conscientes de que la oligarquía no se iba a suicidar; que había que derrotarla, que la violencia era
el único camino y que teníamos que comenzar ya, que no podíamos perder más tiempo”.
La formación católica los ayudó mucho en ese vuelco a la lucha armada:
“Era —agregó Vélez— el mesianismo en todo su esplendor. La convicción profunda de que estábamos elegidos, de que nos tocaba cumplir la misión de Cristo: Estoy dispuesto a dejar todo, padre, madre, amigos, por tu nombre”. Tanto que él eligió “Mateo” como nombre de guerra, en homenaje a uno de los cuatro apóstoles y evangelistas.
En ese convencimiento influyó también la relación de los cordobeses con Juan García Elorrio, un ex seminarista porteño que en septiembre de 1966
fundó con su esposa, Casiana Ahumada, la revista Cristianismo y Revolución, todo un símbolo de la época porque se propuso conciliar la militancia cristiana con la lucha armada.
García Elorrio estaba muy vinculado a John William Cooke, un ex diputado peronista que, fascinado por la Revolución Cubana y el Che Guevara, se convirtió en uno de los principales intelectuales del llamado peronismo revolucionario. La redacción de Cristianismo y Revolución incluía a los periodistas Jorge Luis Bernetti, Emilio Jáuregui y Pepe Eliaschev, con sus análisis de política internacional.
Pero la figura más inspiradora para García Elorrio y Cristianismo y Revolución fue Camilo Torres, un sociólogo y sacerdote colombiano que en 1965 colgó la sotana y se enroló en el grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional; fue muerto por una patrulla al poco tiempo de haber llegado al monte en las sierras de Santander, el 15 de febrero de 1966.
Rápidamente, Camilo Torres ocupó el lugar más alto en el santoral de los católicos revolucionarios. Era el arquetipo del creyente que predicaba con el
ejemplo un principio sagrado, fundamental: No hay amor más grande que entregar la vida por los demás.
Tanto fue así que García Elorrio creó el Comando Camilo Torres, que desembocaría en la fundación de Montoneros. Al principio, los “camilos”
se limitaron a la Capital Federal; lo integraban, entre otros, Fernando Abal Medina y su novia, Norma Arrostito; Carlos Ramus y Mario Firmenich, que vendían ejemplares de la revista en la universidad o en reuniones con jóvenes católicos.
Al poco tiempo, García Elorrio conoció a Maza, Vélez y al grupo de cordobeses que avanzaba por el mismo camino; nacieron los “camilos”
mediterráneos, que se hicieron representantes de Cristianismo y Revolución en la ciudad de Córdoba, donde distribuían la revista kiosco por kiosco.
Es decir que García Elorrio fue el puente que permitió que se conocieran los jóvenes porteños y cordobeses que fundaron Montoneros.
Para todos ellos, Cuba era la prueba viviente de que la Revolución era posible aun en países donde no estaban dadas todas las condiciones económicas y sociales previstas por Marx. Y demostraba que la teoría del foco insurreccional del Che funcionaba: un grupo armado, ubicado en el lugar adecuado y dotado de la ideología correcta, podía acelerar la llegada al socialismo.
A mediados de 1967, García Elorrio, Maza, Abal Medina, Arrostito y Roberto Quieto integraron la delegación argentina que, presidida por Cooke, participó en La Habana de un encuentro de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, una criatura del gobierno cubano para expandir la revolución y apalancar las guerrillas en el continente.
Unos meses después, Maza, Abal Medina y Arrostito, entre otros, volvieron a Cuba, pero para entrenarse militarmente, coordinados por García Elorrio y Cooke. Ahí fue cuando Abal Medina y Maza rompieron
con García Elorrio: le reprochaban que no avanzara más rápidamente en la creación de un grupo guerrillero en la Argentina.
También los curas rebeldes se radicalizaron; fue en Córdoba donde nació el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, en los primeros días de marzo de 1968, con veintiún integrantes que representaban a trece diócesis.
El número creció vertiginosamente, influido además por la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, entre el 26 de agosto y el 7 de septiembre de 1968, cuando la Iglesia de la región asumió “la opción preferencial por los pobres”. Aquel año, en el segundo encuentro nacional, realizado también en Córdoba, en Colonia Caroya, los tercermundistas sumaban ya cerca de cien curas, de veintiséis diócesis, que llegaron a un par de “coincidencias básicas:
Firme adhesión al proceso revolucionario (tanto en el Tercer Mundo como en Argentina) de cambio radical y urgente de sus estructuras.
Formal rechazo del sistema capitalista vigente y de todo tipo de imperialismo económico, político y cultural para marchar en la búsqueda de un socialismo latinoamericano que promueva el advenimiento del Hombre Nuevo”.
Luego irían perfeccionando estos acuerdos. Por ejemplo, en 1972
afirmaron que, en el plano político, “se impone suplantar la mentira de la
‘democracia liberal’ por un proyecto de democracia verídica, que haga efectiva la participación de todos, tanto en el acceso como en el ejercicio y el control permanente del poder”.
En aquel momento, el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez ya había publicado un libro destinado a ejercer una fuerte influencia entre los
Sacerdotes del Tercer Mundo y en el clero progresista de la región: Hacia una Teología de la Liberación.
Esta teología invitaba a los buenos cristianos a un compromiso integral con los oprimidos contra los opresores; una lucha difícil, dolorosa, regada de sangre y de muerte, como explicaba el teólogo brasileño Leonardo Boff:
“La liberación, como se comprueba históricamente, nace de la sangre. Toda redención, como la de Cristo, se asienta en una alianza de sangre y de muerte”.
Esa tarea desembocaría inevitablemente en la aparición de un “hombre nuevo”, como el Che iluminaba desde otro ángulo. En su último texto antes de caer fusilado el 9 de octubre de 1967 en Bolivia, titulado Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, también él sostuvo que el compromiso del buen revolucionario era integral: “No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o a la victoria”.
El mesianismo católico, por un lado, y la utopía guevarista, por el otro, convirtieron la vida del buen cristiano y del buen revolucionario en algo relativo. La vida del otro también dejaba de tener un valor absoluto; pasaba a formar parte de un cálculo político y podía ser sacrificada si así lo exigían los ideales superiores de la liberación y la revolución.
Solo así, alimentados por ese combustible espiritual e ideológico, tantos jóvenes pudieron salir a matar y a morir.
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