Los amantes de Granada
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LAURENCE VIDAL
LOS AMANTES DE GRANADA
PLANETA DeAGOSTINI
A Carmela Granados, esté donde esté
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.
Traducción: Magdalena Costa Título original: Les Amants de Grenade Ilustración de la cubierta: Alicer en loza dorada y con caligrafía tulut procedente de la Alhambra.
© Éditions Pygmalion/Gérard Watelet, 1998 © de la traducción: Magdalena Costa, 1999 © de esta edición
Editorial Planeta-DeAgostini, S.A., 2000
Aribau, 185. 08021 Barcelona
www.planetadeagostini.es
ISBN: 84-395-8785-4 Depósito legal: B-34.742-2000
Imprime: Cayfosa-Quebecor, Santa Perpetua de Mogoda (Barcelona) Distribuye: LOGISTA Aragonés, 18 - Polígono Industrial Alcobendas 28108 Alcobendas (Madrid) Printed in Spain - Impreso en España
Burgos, noviembre de 1502
La lenta procesión avanza a través de un aire cargado de escarcha. Delgadas y negras bajo sus velos de esposas del Señor, mis hijas se deslizan sobre la alfombra de nieve. Van en fila, encogidas, siluetas de luto y de silencio que dirigen al alba un trémulo canto de esperanza.
Insensible a la belleza de esta aurora en la que un manto de niebla se irisa con destellos cristalinos, mi corazón suspira, asombrado... Es a mi niña a quien entierran. A esa compañera, esa hermana que, en mi madurez, me había regalado el cielo. Me la arrebató hace tres días.
Isabel, mi hermana luminosa y risueña... Tu cuerpo estaba frío, ayer, durante la última noche en que te velamos. Esta mañana, tu alma sin duda asciende hacia la luz. Quiero imaginarla, ligera, libre al fin como tanto soñó serlo, ascendiendo hacia los cielos donde la acogen aquellos que te amaron. Doña Lucía, Artaja, don Sancho y Muley Hacén, sultán de Granada la difunta, todos esos rostros de tu pasado que en tres años aprendí a amar porque habían alimentado tu alegría.
Duerme, mi niña. Duerme para siempre, tú que ya no puedes sentir este frío que te era extraño, ese intenso frío que se apodera de mí cuando pienso que no volveré a verte entre nosotros. Descansa en paz, al fin, tú que tanto la buscaste.
Duerme, Isabel de Solís. Zoraya, duerme.
Para mis hermanas tú fuiste doña Isabel, la más radiante de las mujeres que nos fue dado acoger en su último retiro. A mí me abriste el secreto de tu corazón. El secreto de tus grandes ojos de mar, a menudo nublados por una bruma salada a pesar de la risa de tus labios. El secreto de tus pómulos, azulados algunas noches durante el oficio de maitines. El secreto de esas largas contemplaciones en las que te deslizabas con sigilo, y de las que volvías con una sonrisa luminosa que traicionaba, bajo los rasgos de la orante, a la sultana adulada que habías sido.
Tú me devolviste la esperanza, mi querida hermana Isabel. No la esperanza en Dios, que nunca me abandona, sino la esperanza en el hombre, en el corazón del hombre tan dispuesto a oscurecerse, en el camino del hombre tan fácil de torcer, en la pasión del hombre tan fácilmente vuelta contra el amor.
Ve en paz, mi niña querida. Es un alma transida de esperanza la que te acoge hoy, estoy segura: el Altísimo en su paraíso.
Duerme mi niña, mi tiernamente amada. Descansa junto al Todopoderoso. Descansa y reza por los que se quedan.
Esta tarde, para esa joven que acaba de llegar, esa doña María que se te parece tanto, evocaré tu orgullosa vida de reclusa. Recluida en tu castillo de la infancia, recluida en el palacio de la Alhambra, joven recluida en tu viudedad mientras se derrumbaba tu reino, recluida al final, por tu voluntad, tras estos muros que yo velo. Recluida y libre, más que ninguna otra, pues tu alma habitada por la gracia sabía escapar de cualquier jaula.
CAPITULO I
Granada, septiembre de 1471
-Duerme mi paloma, -tararea una voz lejana-. Duerme, en la sombra... Sosegante a fuerza de monótona, la familiar melodía se desliza en la mente enfebrecida de la adolescente. Una mueca infantil suaviza el rostro cubierto de sudor. Los dedos, sobre la colcha, se relajan.
Los ángeles en el paraíso Cuidan de tu estrella...
La voz es cálida, segura como la cantinela que desgrana. Todos los perfumes de un Oriente con el que Isabel soñaba en otro tiempo flotan entre las notas. Y prosigue la lejana voz:
En el cielo las huríes,
Tejen el hermoso velo
Con el que tu madre, para la fiesta,
Vendrá a cubrir tus cabellos.
Sosegada por la nana favorita de su aya, la joven enferma se acurruca bajo las sábanas. La duda viene a acariciarla -inquietud confusa que se empeña en tomar forma-, pero ella prefiere prolongar la delicada indolencia en que reposa su espíritu.
En la alcoba que tirita y se estremece bajo los tenues reflejos de la lámpara de aceite, una silueta perfumada se ha inclinado sobre la cama. Larga, curvilínea, cubierta de velos claros en armonía con sus cabellos rubios, la favorita de Abén Barrax observa a la cautiva. Los celos le carcomen las entrañas. Sin duda se sabe bella, esta mujer voluptuosa a quien sus veinticinco primaveras otorgan el aroma de un fruto embriagador. Soberana indiscutida de su señor, ella sabe despertar su fogosidad, recoger sus confidencias y hacerle olvidar el encanto de brazos más firmes y de carnes más tiernas con las que a veces la traiciona. Pero esta niña en flor capturada por el amo en una razia en tierras cristianas se le antoja más peligrosa que las bellas ignorantes del harén. Es todo huesos. Su voz tiene la timidez de un pajarillo. Y sus miembros gráciles, al agitarse bajo el efecto del delirio, anuncian futuros arranques de furia que los tiernos abrazos... Una gracia orgullosa, no obstante, se abre paso bajo esa violencia. Durante tres días la cautiva no ha dejado de sollozar, de gritar, de luchar contra enemigos invisibles. Ni los gritos ni las convulsiones han podido desfigurar su delgado rostro. Ni siquiera esta tarde, advierte la favorita, ni las ojeras que enmarcan sus largas pestañas, ni la angustia de la comisura de sus labios han podido marchitar su joven rostro.
La cristiana debe rondar los quince años, seguramente. Su larga cabellera de fuego, que desciende desde la almohada hasta los pies de la cama, su amplia frente ambarina, y su boca golosa, aunque reseca por el llanto, prometen convertirla en una joya del harén. A no ser que permanezca para siempre prisionera entre los muros de locura en los que se ha encerrado... Flor de Sol, a su pesar, tiene que admitir que la piedad la vence. Desde que vela a la enferma no la ha visto tan tranquila. Agotado por el combate contra las fuerzas de la oscuridad, el cuerpo de la extranjera parece abandonarse a las caricias del olvido. ¿Habrán dejado allí a su presa los djins, por la gracia del Altísimo? En el fondo, Malika se siente aliviada. Imagina muy bien qué fantasmas persiguen a la febril criatura en su delirio. Aún recuerda que también ella creyó no poder sobrevivir en el serrallo. Tras una batalla perdida, que enfrentó a las tropas de Yusuf V con las del sultán de Granada, su padre y muchos otros señores ligados a los Abéncerraje tuvieron que donar a sus hijas como tributo a los vencedores. Malika cayó en manos de sidi Abén Barrax. El emir Abu al Hasán aún no reinaba en la Alhambra, sino su padre, Abén Nasar el Pacífico, al que no tardaría en destronar. La adolescente que era ella entonces no sabía nada de esos asuntos sucesorios; su horizonte se limitaba en aquel tiempo a las espesas murallas del parque granadino, y a la esperanza de una liberación que la despertaba en un sobresalto cada mañana a primera hora. ¿Acaso no era su padre lo suficientemente rico como para pagar el rescate? Pero los días sucedieron a las noches y Malika, en la voz dulce de su amante, se había convertido en Flor de Sol. Tuvo un hijo, un niño; y luego una niña. Habían pasado nueve años, y ella se había ido resignando poco a poco. Las atenciones de Abén Barrax habían acabado por domeñarla. Flor de Sol, en un suspiro, se deja llevar por los recuerdos. Su mirada vuelve a la bella durmiente: ¡qué vulnerable parece! A la mora le oprime el corazón. Su dedo aparta un mechón de la frente humedecida; la piel aún está ardiendo.
Con la caricia, la adolescente se ha estremecido. Sin abrir los ojos, deja escapar su lamento:
-¿Eres tú, Artaja? ¿Realmente eres tú? -¿Qué dices, pequeña? ¿Quién crees que soy? -Has vuelto; gracias -se obstina la muchacha. Su mano ha tomado la de su compañera. Sus labios se han entreabierto en una sonrisa confiada.
Tras los tapices, en la sala de estar, Salma continúa cantando. Seguramente alguna de las mujeres ha echado esencias nuevas en los incesarios: Malika percibe perfumes entrelazados de sándalo y de rosa.
-¿Quemas hiervas contra el mal de ojo? -murmura la adolescente, entre el sueño y la vigilia.- ¡Cuidado, Artaja, no vayan a acusarte de brujería!...
Como si estas palabras misteriosas estuvieran cargadas de un sentido sólo conocido por ella, la cristiana ha empezado a agitarse de nuevo. La mano insegura que sostiene sobre sus párpados cerrados parece querer proteger su rostro. La otra se desliza hasta su garganta, y agarra el amuleto impío que nadie ha osado quitarle. Su cuerpo tiembla de frío sobre el lecho caliente.
Primero, una duda acaricia su espíritu. Después una sospecha terrible que la llena de angustia. ¿No está muerta, Artaja? Ella misma, Isabel, ¿no hace ya cuatro años que quedó huérfana de su querida aya? ¿Y allí, a las puertas de la memoria, no están ocultos en la sombra sucesos aún más espantosos, prestos a asaltarla?
De repente, la pesadilla vuelve al galope y la acongoja. En su cabeza enloquecida por los golpes y los gritos, la bruma se ha dispersado. La sucede una noche descolorida que dibuja el perfil de la luna. Pero no es la luna la que da a la piedra gris esos reflejos anaranjados. El fuego; ¡es el fuego! El humo invade la habitación. La adolescente no puede respirar. Con los pies desnudos sobre las húmedas baldosas, corre hacia las ventanas. Tras ellas, como monstruos fantasmagóricos deformados por las llamas sanguinolentas, unos cuerpos se entremezclan. Puede oír el choque de las armas y el gemido ronco de un herido al caer. Ese hombre, allá abajo, encaramado sobre la muralla, al que rodean cinco hombres, ¿no es don Sancho, su padre? Isabel querría gritar, pero el terror la emmudece. Una mano se posa sobre su hombro y la aparta del espectáculo. «Corra, señorita, sígame. ¡La casa está en llamas!» Doña Elvira, desmarañada, la empuja fuera de la habitación. Hecha jirones, su rústica camisa deja asomar un pecho marchito. En otras circunstancias, Isabel estallaría en risas, pues conoce el pudor de su dama de compañía. A toda prisa, baja a tropezones la empinada escalera. En cada piso, sale de debajo de las puertas un humo espeso que les niebla la vista y ahoga su respiración. Por todas partes suenan siniestros crujidos de las llamas alimentándose de sus presas.
Isabel está sola, ahora. Doña Elvira la ha dejado allí, en el huerto, bajo las ramas de un rosal. Luego ha desaparecido.
Con las rodillas hundidas en la tierra aún mojada, la muchacha tirita. El nudo de una raíz se le clava en la carne. Las espinas del rosal le arañan el rostro. Pero Isabel no se atreve a moverse. Intuye a lo lejos los gritos, los resuellos, los juramentos de los hombres y el relincho de los caballos aterrorizados por el fuego. De vez en cuando un alarido salvaje lanzado en nombre de Alá le hiela la sangre. De los moros, sólo le interesaban las gestas legendarias que le contaba Artaja, la dulzura de los días bajo el cielo de Granada, o el canto de las fuentes en los patios de la Alhambra. Esta noche, es el rostro desfigurado de la barbarie el que desgarra su infancia.
Con toda su fuerza de voluntad, la aterrada adolescente intenta ampararse en la noche para no pensar. Y para no llorar; podrían oírla. Mientras sus labios temblorosos musitan un avemaria, sus ojos se fijan en una mancha blanca, allí, a unos pasos de su escondite. Es un resquicio de pureza en el horror que se avecina, una promesa virginal que aún la deleitaba esta mañana: la primera flor del narciso otoñal.
De repente, el rosal se agita por encima de su cabeza. Dos botas manchadas de barro pisotean la flor blanca. Un puño de acero aprisiona su garganta. Un alarido victorioso penetra en sus tímpanos y luego... nada más.
Nada más que la misma visión alucinada. Nada más que unas lágrimas, unos gritos, su cuerpo debatiéndose entre dos manos brutales. Después, el abismo de una noche habitada sólo por sombras furtivas. Y ahora, ¡esta voz que canta como Artaja! Esta mano, posada sobre su brazo, que no puede ser la de su aya. Y los acres aromas que ya no la hacen sonreír.
Durante algunos segundos todavía, Isabel mantiene los ojos obstinadamente cerrados. Se ha despertado del todo, abatida por la realidad de su pesadilla. Pero se ampara todavía tras sus párpados cerrados y, con los sentidos alerta, intenta adivinar qué peligro la acecha.
A lo lejos, la melodía se ha interrumpido, y enseguida la han reemplazado cuchicheos febriles y el sonido apagado de pasos precipitados. Por encima de ella, juraría, alguien contiene la respiración. ¿Esa o ese al que hace un instante confundía con una muerta? Finalmente, se decide. Sus largas pestañas, al levantarse, descubren su iris de un azul borrascoso. La adolescente está preparada para hacer frente a cualquier cosa. Una morisca rubia, de tez pálida y sonrisa agradable, posa sobre ella sus negras pupilas nocturnas. La alas que forman las amplias mangas largas esbozan un gesto acogedor. Pero la muchacha se mantiene alerta. Sus ojos, en la penumbra, recorren el espacio... Todo aquí le resulta extraño. Donde ella esperaba la austeridad de la piedra desnuda, la sombra familiar del baúl en que doña Elvira guarda sus cosas, y la silueta reconfortante del reclinatorio heredado de su madre, Isabel no entrevé más que tapices de colores, ricas alfombras en el suelo, cojines de sedas tornasoladas alineados a lo largo de las paredes. Desde una hornacina, a su izquierda, la única lámpara de aceite dispersa sus resplandores juguetones sobre un teatro de sombras, de arabescos y de figuras endentadas. «¡Las moras!», piensa. Ha sido recogida por unas moras... «A lo mejor una familia amiga de su padre», susurra la voz de la esperanza.
-¿Quién eres?- murmura en la lengua de Artaja-. ¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi padre? La morisca permanece en silencio.
-¿Vas a hablar o no? ¿Dónde estamos?
Su cuerpo, quebrantado por la fiebre, tiembla de debilidad y de terror. A pesar de todo, con un esfuerzo, consigue levantarse de la cama. La cabeza le da vueltas y sus piernas flaquean. Pero cuando mira a la desconocida que no deja de sonreír, su silueta grácil proclama a un tiempo orgullo, miedo, y un coraje feroz.
-Estamos, las dos, en la mansión de sidi Abén Barrax -responde finalmente la morisca con voz tranquilizadora.
-No es un amigo de don Sancho; ese nombre me es desconocido. ¿Dónde se encuentra mi padre?
La extraña se ha turbado.
-Habla, ¡te exijo una respuesta! Tú debes saber dónde está el gobernador...-Estamos muy lejos de Martos, amiga. Has estado enferma mucho tiempo. Tu alma ha combatido contra los djins, que querían entregarte a Iblis el Seductor. Pero nosotras te hemos cuidado. Y tú has librado tu batalla... Aquí estás en tu casa. Aquí, en Dar al Anuar, en el corazón de al Bayyazin.
-¿El Albaicín? Pero... ¡eso está en Granada! Granada, ¡tierra enemiga!... ¿Entonces, qué pasó la noche del incendio? Aquellos hombres armados, aquellos moros que invadían la ciudadela, ¿qué hicieron con los suyos, con doña Elvira, con su padre? Granada, ciudad amada que cada día lloraba su aya. Granada, la protagonista de sus sueños. Después de haberla adornado con todas las delicias imaginables, ¿tendrá que maldecirla?-Entonces... ¿estoy cautiva?
La frase se ahoga en su garganta. ¡Ella, doña Isabel, cautiva de los infieles! Bajo una gasa que la expone más que la cubre, de repente la garganta le quema. Sus piernas son de algodón y sus manos tiemblan al apoyarse en el muro. Aspira el aire a bocanadas profundas para evitar desmayarse. Cuando, restablecida, se enfrenta de nuevo a la morisca, lo hace con un gesto altivo de desafío:
-Es así, ¿no? Soy tu prisionera -No, habibti. No mi prisionera. Pertenecemos, las dos, al harén de sidi Abén Barrax, que Alá bendiga su nombre. Pronto lo verás. Es un hombre bueno, ya lo verás...
Pero nada puede refrenar el terror de la muchacha.
-¡El harén! ¡Estoy encerrada en un harén! ¡Y supongo que tu amo espera que yo sea sumisa!
La palabra «sumisa» restalla como un látigo, provocando un murmullo alarmado tras los tapices.
-Y ahí, detrás de esas cortinas, ¿quiénes son esas chicas que cacarean? ¿También son prisioneras? ¿O esclavas sumisas, como tú? ¡Que salgan, esas cobardes, y se atrevan a reírse de mí en mi cara! No se reirán mucho tiempo de Isabel de Solís, puedo asegurártelo.
En vano, Flor de Sol tiende una mano consoladora hacia la adolescente, que vacila. Como temía, la cristiana se rebela. Con su crin de fuego, el fruto rojo de sus labios mordidos por unos dientes resplandecientes y su mirada marina y estrellada, tiene toda la apariencia de un animal atrapado. Incluso su delgadez, que recuerda la de una fiera hambrienta. Una loba rubia, quizá, como las que, al parecer, habitan en las montañas de la Alpujarra vecina, o una pantera de las estepas, cuya gracia felina también posee. Malika se siente poco hábil. Rechazando la mano tendida, la niña salvaje refunfuña:-¡Nunca, me entiendes! Nunca me someteré; díselo pues a tu señor. Además, mi padre sabrá encontrar a ese canalla y hacerle pagar el ultraje. Entonces...
Una sospecha la paraliza. Su voz se quiebra. Lleva de nuevo su mano al cuello, donde centellea el medallón con rostro de mujer. Su mirada, de repente implorante, busca los ojos de la morisca. Pero ésta ha bajado los párpados y agachado tristemente la cabeza.-Padre -murmura aún Isabel, hipnotizada por esa cara llorosa que evita su mirada. Su cuerpo vacila en el pesado silencio. Si Malika no hubiera estado allí para sostenerla, la muchacha habría desfallecido inconsciente, sobre la mullida alfombra de seda. Al pie de la cama, arrodillada, una forma desencajada se agita entre sollozos. Sus largos cabellos dispersos forman un vestido de llamas. En su mejilla, una mano extraña acoge las lágrimas que resbalan. La huérfana, en su angustia, acepta por el momento la amistad ofrecida.
CAPITULO II
Isabel corre sin parar. Sus perseguidores también. Unos pasos pesados se acercan, haciendo crujir a su espalda las ramas del soto. Despavorida, ha atravesado un claro y se ha echado al camino que parecía abrirle los brazos. Pero el camino se ha cerrado. Las ramas le arañan la cara. Las zarzas deshacen su ropa en jirones y desgarran sus pies desnudos.
Más rápido, Isabel, más rápido, la instiga la sangre golpeando en sus sienes. Más rápido, aún más rápido, repican en su garganta los embates de su respiración. Cegada por las lágrimas, Isabel sabe que no aguantará mucho más. Ya siente en su nuca el aliento del asaltante. Una mano la agarra por el pelo. Ella intenta liberarse. Cocea, grita, patalea. ... Y se endereza sobre su cama, con el corazón enloquecido por el terror. La acoge un silencio de muerte. No hay ningún bosque. No hay agresor. Sólo su lecho desordenado. Y los reflejos de la luna en una habitación desconocida.
Isabel, sin intentar dilucidar si es el sueño o los sucesos de la víspera lo que le oprime el pecho, obedece al sentimiento de urgencia. De un vistazo, evalúa los obstáculos. Todo parece tranquilo en la estancia dormida. A sus pies, rendidas de sueño, dos formas inofensivas respiran plácidamente.
Con sigilo, por la espesa alfombra que ahoga sus pasos, Isabel se aleja de las dos mujeres, que no se han movido.
Ante ella, más sombrío sobre la claridad de los muros, la atrae un espacio oscuro y rectangular. Recuerda unos tapices en el umbral de la estancia. Su mano roza la pesada tela y, vacilando, se vuelve. Una mirada a la claraboya en la que bailan los reflejos plateados le arranca una sonrisa de gratitud: la luna, esta noche, es su cómplice.-¡Gracias, Señor! -suspira.
En un acceso de piedad, la adolescente se deja caer de rodillas. Su mano, de forma impulsiva, agarra el medallón que brilla en su garganta.
-Santa María, Madre de Dios, madre mía -murmura, con la mirada perdida más allá de su prisión-, cuida de tu hija. Estaré sola de ahora en adelante -añade, mientras una lágrima contenida asoma bajo sus párpados-. Si vos no me protegéis, ¿quién lo hará? Los segundos se suceden, enervantemente lentos. Inmóvil, acurrucada, la joven se deja guiar por el silencio, esperando una respuesta. Por fin, en lo más hondo de su corazón, precisamente allí donde reposa el dulce rostro de la Madona, algo se ha estremecido. Es un silencio todavía más profundo, un calor tierno y reconfortante. La intuición de una presencia. Como otras veces antes, Isabel está segura de haber sido oída. Sólo entonces se yergue de nuevo. La gratitud le da valor. Sin mirar atrás, aparta el tapiz. Un pasillo la invita con su aliento fresco. Avanza a tientas en la oscuridad. Durante un rato, camina a tropezones, guiándose tan sólo por los dedos que palpan a un lado y a otro las paredes del estrecho pasadizo. Hasta que por fin la espesura de un tejido sucede al frío contacto de los muros. Aparta la tela, que se hace pesada en su mano.
Tras el pasadizo de tinieblas, un destello de blancura inunda su rostro. Sobre un patio adormecido, la luna derrama sus olas blanquecinas cubriendo la columnata de luz plateada. Cautivada por la sinfonía del aire que tiembla y se estremece, Isabel no se atreve a moverse. ¿Es ese el reino de los muertos o es un sueño que la embarga de nuevo? El olor de los frutos tibios y de las hojas secas son de este mundo. Y el murmullo que la acoge, es la canción del agua en alguna fuente muy real, una canción que lloraba Artaja, la sirvienta morisca, un agua encantadora y mentirosa que recuerda a la huérfana su condición de prisionera en tierras del islam.
A su pesar, la adolescente se arriesga a salir de la sombra. Avanza bajo los rayos de la luna. No pierde un detalle del entorno; nada se mueve. Sus ojos distinguen la alberca, en el centro del patio, donde el agua prosigue su cuchicheo de complicidad. Algunas zonas más oscuras, aquí y allá, rompen la pálida uniformidad de las fachadas (unas puertas, sin duda, o unos tapices cerrados sobre las mil caras de los carceleros dormidos). Enardecida, continúa su camino. Anda, acelera, casi vuela, ligera sobre sus pies desnudos. Blanco fantasma vestido de fuego, roza apenas las baldosas, y la estremece la caricia del aire que sopla bajo su blusa.
Deja el largo patio a sus espaldas. Todo vuelve a ser negro en el pasadizo. La sacude un escalofrío brutal, e Isabel contiene la respiración. Camina y camina, pero no ve el final del túnel helado. Se golpea la mano, el hombro, la cabeza de vez de cuando. De repente una superficie áspera, más tibia, le araña los brazos desnudos, y ella se encoge. ¿Habrá oído alguien cómo golpeaba una puerta sin querer?
El miedo empieza a vencerla. Una tenaza de hielo y acero le oprime el corazón. Ya no anda, corre, deslizándose sobre la tierra húmeda, temiendo perderse para siempre en la trampa de un laberinto. Por primera vez desde que despertó, considera los riesgos de su tentativa: ¿adónde huir? ¿Por qué camino?
«Jamás -piensa de repente-, jamás conseguiré volver a las lejanas tierras de los caballeros de Calatrava!»
Sumida en la duda, sigue avanzando, a pesar de todo. Lágrimas desesperadas surcan sus mejillas inflamadas.
Cuando al cabo de unos minutos que le parecen horas, un olor de especias, menta, azúcar y pimienta mezcladas, cosquillea su nariz, Isabel se detiene. Un último empujón, unos pasos más, y la muchacha va a dar a un patio minúsculo al que apenas llega el halo declinante de la luna. Pero esa exigua claridad basta para inspirarle coraje. La luz que se desprende de una puerta entreabierta la atrae hacia sí. Consumida por tres días y tres noches de delirio, su estómago le recuerda de pronto que tiene hambre...
Inmensa, polvorienta, la sala, cuyo fondo se pierde en la noche, está llena de bolsas y cubas. En el techo dormitan unos bultos redondeados, fantasmas descoloridos envueltos en telas. La estancia huele a cilantro, miel y salmuera. Durante un buen rato, Isabel se deleita con frutos secos, legumbres confitadas y pasteles de almendras con miel. Cuando una vez saciada vuelve al patio, el estrecho rectángulo del cielo se ha teñido de un gris sucio. El alba empieza a despuntar. El palacio no tardará en despertar pronto. E Isabel ignora aún cómo salir de esa cárcel llamada Dar al Anuar.
CAPITULO III
El sol juega al escondite con las celosías. Penetra en la habitación y se derrama en destellos multicolores que revolotean y se arremolinan alrededor de Malika. Estrellas, esferas, rombos, figuras geométricas de aristas desgastadas por el roce del viento, como mariposas formando una fiesta de luz, deseando arrastrar a la favorita en su juego matinal. Con sus risas y caprichos, su indolencia y su humor danzarín, ¿no es Flor de Sol una de ellas?
La joven, parece preocupada. Las caricias del aire no parecen alcanzarla. Apenas ha dormido; los sollozos de la muchacha cristiana han resonado durante toda la noche en sus oídos.
-Estás muy pensativa hoy, paloma mía -refunfuña la vieja Amina-. Eso no presagia nada bueno...
Después de dos horas pululando alrededor de su ama, aún no ha conseguido que le dirija la palabra. El baño caliente, endulzado con aceite de almendra, apenas le ha arrancado un suspiro de satisfacción. Normalmente coqueta, hoy ha acelerado su ritual de vestuario. Sin siquiera mirar las sedas que Amina sacaba de un cofre, ha aceptado la primera aljuba que le ha sugerido, dejando a la sirvienta escoger a su gusto la sarga blanca realzada en oro y las alborgas, las sandalias bordadas que completan su atuendo. En brazos y tobillos, Amina ha deslizado unos brazaletes incrustados de pedrería. En su cuello y orejas ha puesto oro, perlas y rubíes. Con unas manos más ásperas que de costumbre, ha trenzado con cintas su cabellera rubia. Malika no ha protestado. Bajo el arco perfecto de las cejas, la sirvienta ha resaltado con antimonio los lagos sombríos de sus ojos. Con raíz de nogal le ha teñido los labios de un color tostado. Bajo el velo alzado que ha echado sobre su cabeza, la tez de la joven tiene reflejos anacarados. Orgullosa de su obra, Amina tiende a su ama el espejo de plata. Espera arrancarle una sonrisa, pero Malika apenas mira su reflejo. Sus ojos están perdidos en el vacío, absortos en alguna imagen interior que a la sirvienta, celosa, le gustaría compartir.-¿Es la infiel la que ensombrece el rostro de mi gacela? Créeme, princesa; no será esa pantera rojiza como mala luna la que te haga sombra en el corazón del amo.-¡Cállate, Amina! Se trata de...
-Te conozco, mi niña. Atrévete a decirle a tu fiel Amina que no pensabas en el último hallazgo de sidi Abén Barrax.
-Es cierto, mis pensamientos corren hacia ella y no pueden evitarlo. Pero no tiene nada que ver con los celos. Me inquieta esa niña, eso es todo.
Indignada por tanta simpleza, la vieja exclama:
-¡No me digas, princesa mía, que te compadeces de esa hija del Maligno! De qué te sirve Amina, si tú no escuchas sus advertencias. Ya te lo advertí: con ese pelo que arde como todos los fuegos del infierno, esa niña tiene el mal de ojo. Fíjate, apenas acaba de llegar, arrellanándose en las negras comarcas del Seductor, ¡y ya ha vertido su veneno en el corazón de mi gacela!
-Amina, cálmate. Sabes bien cómo respeto tus premoniciones. Esta vez también te he escuchado. Pero no puedo creer que esta huérfana infeliz tenga los poderes que tú le atribuyes... Es inútil que insistas -remarca cuando la sirvienta se dispone a replicar-. Mejor ve a ver dónde se esconde Abbas. Y tráemelo.
Vejada, la anciana se aleja. Sus imprecaciones rechinan en los oídos de su ama mucho después de que se haya ido.
Amina siempre ha tenido mal carácter. No admite la más mínima alteración en las costumbres del palacio. En este caso exagera. Hasta llega a afirmar que el sabor de los días ha cambiado desde que el amo volvió de Martos.
-Saquear las tierras impías, está bien -sermonea ante quien quiera escucharla esta mujer con fama de bruja-; Alá estará satisfecho. ¿Pero qué necesidad tenía el amo de traer a esa infiel que en cuatro días no ha dejado de gimotear y debatirse como una auténtica majnuna, una loca?
Tanta es su impertinencia que amarga a todo el mundo, aunque al tiempo se burlen.-Es verdad -se obstina la criada-; la mañana de su llegada soñé con una estrella roja colgada en el firmamento de la ciudad real. Resplandecía en pleno día. Luego se acercó el sol y, en un abrazo rojo de sangre, se extinguió con ella, abandonando el cielo de la Alhambra a las negras alas de la noche.
La vieja loca asegura estar aún impresionada.
-Mal presagio -repite a todas horas-. Esta niña trae el mal de ojo. Y su amenaza pesa sobre la ciudad de Granada.
¿Quién podría dar crédito a esas palabras incoherentes?
Una tos seca a sus espaldas saca a la favorita de su ensimismamiento.-Sé bienvenido, Abbas. Que la bendición del Compasivo te acompañe.-Que Él dé larga vida al rayo de sol de esta morada.
Con un gesto, Malika señala a su lado un cojín de cuero adamascado. Sin esconder su satisfacción, el eunuco se deja caer. Su peso le hace sufrir. Bajo la saya negra de mangas largas, su carne enrojecida lo tortura. Sus dedos cargados de sortijas están hinchados por el reumatismo. Malika es la única que sabe aliviarlo con ungüentos aromáticos cuyo secreto ella conoce. Ante todo, él le está agradecido por no tener que fingir en su presencia. Una hora pasada con la favorita vale por todos los descansos. Junto a esa mujer sensible al requiebro y maliciosa, no es necesaria la severidad, y la ruda figura que él adopta para imponer respeto a las mujeres no es más que un fastidioso recuerdo.-Dime, hermano -pregunta Malika tendiendo a su huésped un cubilete de agua perfumada con flores de naranjo-, ¿no es castellana, esa niña que el amo nos ha traído?-Lo es. Y de noble ascendencia, aunque infiel. Dicen que es hija de don Sancho Jiménez de Solís, el audaz gobernador de Martos al que nuestros caballeros mataron en el curso de la algarada punitiva contra la caballería de Calatrava. Al parecer, combatió como un león.
-Eso es lo que tenía entendido. Sin embargo, la pequeña se ha expresado en la lengua de los creyentes... ¿Lo sabías?
Abbas agachó la cabeza.
-Vamos a ver, Abbas, ¿a quién quieres engañar? Nadie aquí ignora que tú conoces el más mínimo rumor de palacio antes que cualquiera... Entonces, alguna boca sobornada por ti te habrá informado de que la cristiana habla nuestra lengua. Y con un acento encantador, a fe mía.
-Alguien me lo ha dicho, en efecto. Aunque «encantador» no haya sido el término empleado por la boca de la que hablas -sonríe a su pesar el Taciturno-. Me ha parecido entender, al contrario, que la cautiva aullaba como una fiera salvaje. Y que sólo tú, alejando a las mujeres, has sabido serenarla. Eso no me sorprende. Lo que me asombra, en cambio, es que a ti se te haya ocurrido alojarla en tus aposentos. Y que hayas prohibido la entrada a todo el mundo excepto a Hormis y Salma, tus cómplices habituales. No sé por qué te comportas de ese modo, pero ten cuidado, princesa. Basila es muy celosa de sus prerrogativas. Y no hace mal, en absoluto; ella es la guardiana de las mujeres. No tú.
-Oh, Abbas, no me enojes hablando de esa arpía. Tú sabes bien que ella no se priva nunca de causarme mil molestias.
-Lo sé, Flor de Sol. Pero tú, ¿qué interés tienes en proteger a la cristiana? Y por otro lado, ¿la proteges realmente? O piensas en algún modo de alejarla...-¡Detente ahora mismo, Abbas!
Malika se ha levantado bruscamente, y sacude el tapiz de seda en un vaivén nervioso.-¡No te imagino más retorcido de lo que ya eres, Taciturno! Tus sospechas me ofenden. Me preocupo por esa huérfana. ¿Es eso tan extraño?
-Es un sentimiento muy propio de tu corazón, paloma mía -contesta el eunuco en un tono reconciliador-. Dulce e inmaculado. Pero si quieres mi opinión, un sentimiento... poco aconsejable, precisamente.
-Dime lo que se oculta en tu corazón: te corroe la envidia.
-Yo no querría atraer nubarrones sobre su frente.
Flor de Sol se detiene. De pie frente al eunuco, intenta atraer su mirada.-Esa niña promete ser bella -anuncia con voz grave-. Y tú, el gran oficiante de los placeres del amo, lo has visto a la primera ojeada. ¿Es eso lo que no te atreves a decirme?
A pesar de sus buenas intenciones, Malika no ha podido evitar un escalofrío.-¿Crees que no me he dado cuenta? Entonces, ¿qué puedo cambiar, yo? No voy a arrancarle los ojos. Ni a quemarle esa cabellera que lleva en sí las llamas de todos los incendios. Ni a hacerla desaparecer... Puesto que me la ha confiado Alá, loado sea su santo nombre, me propongo tratarla lo mejor que pueda. Y espero que tú me ayudes... Además, ¡puedo confesarlo sin que te burles!: esa niña me ha enternecido. Admirado por un candor que las intrigas del harén no han conseguido atenuar, Abbas intenta todavía expresar sus dudas cuando, anunciado por el tintineo de los anillos que repican en sus tobillos, Zaynab penetra en tromba dentro de la alcoba. En su cara rosada, los ojos son dos pepitas negras que brillan de excitación.
-Madre, madre, es Nur quien me envía. Salma y ella han buscado por todas partes. Incluso Basila se ha sumado a ellas. Está loca de rabia; ¡la cristiana ha desaparecido! Un silencio expectante acoge la noticia. Con la alegría de participar en el acontecimiento, la chiquilla no se da cuenta de nada. Estrecha sus brazos alrededor del cuello de Malika, que se ha dejado caer sobre el sofá, e implora, cariñosa:-Dime, omayma, madrecita, ¿puedo buscarla contigo? Amina dice que es una pantera colorada, y que tiene en los ojos la bravura del océano. Debe ser bonita, una pantera con ojos de mar. Amina dice también que es peligrosa, y que no hay que acercársele. Pero yo no tengo miedo; ya soy mayor.
¿O no tengo casi once primaveras...? Además, corre rápido, una pantera -prosigue tras una breve reflexión-. A lo mejor ya está muy lejos. Por favor, madre -insiste la pequeña-, déjame ir contigo...
-Más tarde, habibti, cariño -responde Malika con voz suave-. Creo que ni tú ni yo vamos a participar en la búsqueda. Por el momento -murmura mientras acaricia la cara ensombrecida por la decepción-, es Abbas quien debe encargarse de ello, me parece...-Lárgate, Zaynab -interrumpe el Taciturno, al que el estupor hace aún más frío que de costumbre-. ¡Y que no te encuentre hoy a mi paso!
-Pero...
-Gracias por habernos prevenido, cariño -atempera Flor de Sol, pálida de estupor-. No te preocupes, nosotros la encontraremos. Y tú la verás pronto, te lo prometo. Ahora, corre a reunirte con Jumana y Aísa. Abbas y yo tenemos que hablar.
Cuando la cortina recae tras la pequeña despechada, el silencio cae con ella, y ni Abbas ni Malika desean ser el primero en romperlo.
-¿No has sido tú, verdad, princesa? -se aventura finalmente el Taciturno-. Tú no la has incitado a huir.
Su voz está cargada de sospechas.
-No he sido yo; tienes mi palabra, Abbas. Rendida como estaba, pensaba que dormiría todo el día.
-Te creo... Voy pues a escudriñar todos los rincones del palacio, todos los matorrales de los jardines. Sola, sin ayuda, seguro que encontraremos enseguida a esa chiquilla. Lo suficientemente pronto, espero, para que el amo no se entere de nada. En tres zancadas, el Taciturno alcanza el umbral.
-¡Hermano! -lo retiene aún Malika. El eunuco, interrumpido en pleno impulso, se detiene sin volverse.
-Dime, ¿no le harás daño, verdad? Me prometes... Un encogimiento de hombros resignado le responde.