Los amantes de Granada

Laurence Vidal · Capítulo 2 de 4 · parte 1/5

Páginas del PDF

Los amantes de Granada

Capitulo IV

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Encajada detrás de la puerta, Isabel contiene la respiración. La matrona está tan cerca que a cada instante la fugitiva se cree descubierta. Pero la morisca se dedica a sus tareas en el antro oscuro, y sigue sin descubrirla. Isabel distingue el ruido de una calabaza, de una marmita, de un pesado tabaque que alguien desplaza. De vez en cuando, la gruesa mujer canturrea, refunfuña, echa pestes del botijo que se le escapa de las manos, maldice el cilantro o el azafrán que busca en vano. Varias veces, ha caminado hacia el umbral, a dos pasos de la adolescente. Y después ha vuelto a sus preparativos sin sospechar la presencia de la muchacha.

-¡Nayef! -la oye exclamar de repente Isabel-. ¡Aquí estás, al fin! ¿Sabes si ha pasado el buhonero? Necesito a cualquier precio los pollos que me había prometido para esta mañana.

-Estáte tranquila, vieja -contesta una voz gangosa-. La colina de al Bayyazin justo se está despertando, y la carreta de Haddar, el buhonero ya espera a las puertas de Dar al Anuar. Precisamente venía a avisarte.

¡La calle!... Entonces la calle está cerca. Isabel vacila aliviada. Luego se queda quieta, sobrecogida; le parece haber oído chirriar la pesada puerta que oculta su refugio. ¿Lo habrán oído también los compadres?

-¡Alá es grande! El hombre llega a tiempo -la tranquiliza la voz de la matrona-. Venga, Nayef, ve rápido, mientras yo voy a buscar a la reserva el aceite de almendra... Apenas ve que se han ido, Isabel sale a hurtadillas de su escondite. El corazón le sube a la garganta, pero por nada del mundo querría quedarse atrás. ¿No tendrá ese Nayef las llaves de su libertad? De un salto, atraviesa el patío, rodea los pozos y se precipita hacia el oscuro agujero por el que ha desaparecido el hombre. Aterrorizada ante la idea de perderlo, acelera... y se tropieza con el primero de una fila de toneles alineados a lo largo del muro. Más que el dolor, es el ruido sordo del golpe lo que la hace contraerse. Absorto en una discusión cuyo eco ella oye enseguida, el hombre, afortunadamente, no se ha dado cuenta de nada.

Repiqueteo de los cascos contra el pavimento, olor inconfundible de cuero, estiércol y sudor salado que denuncian la proximidad de un caballo enjaezado. Oye de repente la calle que vibra y vive, por encima de la voz de los dos hombres que discuten. Con el corazón palpitante, Isabel avanza en silencio. Su silueta felina se ampara en la sombra de los muros. Agachada, conteniendo la respiración, serpentea entre los toneles providenciales que la protegen. Ha contado dos obstáculos en el estrecho pasillo antes de percibir, por fin, el resplandor de la luz del día. Al llegar allí, titubea. Los últimos metros son los más peligrosos. Pero el tiempo apremia. Los hombres han terminado de descargar. No tardarán en separarse.

Hecha un manojo de músculos tensos ante el obstáculo, la muchacha sopesa sus posibilidades. Le duelen los pies desnudos, que han correteado por los pasillos buena parte de la noche. Al diablo sus pies, su túnica, demasiado ligera, ese pantalón morisco en el que la han arrebujado, y su cabellera enmarañada, que le pesa en la nuca. Al diablo su corazón, a punto de rendirse, y las manos heladas que estrecha la una contra la otra para impedir que tiemblen. Agachada, con el cuerpo encogido, se sabe preparada para saltar. Un ardor le quema las mejillas. Nota una punzada de excitación en sus flancos delgados. Más poderosa que el miedo, la voz del desafío asciende y ruge. Escapar, escapar cueste lo que cueste de los bárbaros que la han enjaulado. Volver a ser Isabel, la niña solitaria y feroz que nadie, ni siquiera la querida doña Elvira, ni don Sancho, su padre adorado, supieron o quisieron domesticar del todo. Reencontrar el sabor del aire, el sabor del viento y de la lluvia. Reencontrar, sobre todo, su tierra, la gris ciudadela hoy calcinada, y sus habitantes (si alguno queda) que sabrán acogerla...

Acongojada por el recuerdo de una vida hoy reducida a cenizas, Isabel cierra los ojos. Un segundo después, salta.

-¡Mira esa furia! ¿De dónde ha salido? -exclama el buhonero, que baja de un salto de la carreta.

-¡Deténte! ¡Deténte ahora mismo! -rechina en eco la voz gangosa.

La fugitiva desciende por una callejuela empinada por la que a esas horas nadie se aventura a cortar su carrera. El esbirro de Dar al Anuar se lanza en su persecución, seguido a lo lejos por el mercader, a quien el exceso de peso ralentiza. Isabel se echa a un lado, por un estrecho pasadizo cuya oscuridad la protege. A toda prisa, al azar, corre por callejones desiertos. Primero cede a la pendiente. Luego, aunque le falta el aliento, se abalanza por una cuesta invadida por la maleza. A medida que trepa, el camino zigzaguea y se estrecha hasta arrinconarla entre dos fachadas, tan juntas que cree haber llegado a un callejón sin salida. Entonces, una brecha imprevista le ofrece una nueva oportunidad. Y entonces también, cuando ya esperaba haber despistado a su perseguidor, su esperanza se ve frustrada. Apenas cree haberlo conseguido, oye repicar la suela de sus babuchas sobre el ladrillo seco. Isabel, el pecho ardiendo, los ojos extraviados, ya no sabe dónde meterse. Perdida en un laberinto cuya absurda disposición no comprende, le parece estar avanzando en círculos. Esa puerta de ahí, que acaba de rozar en su carrera, ¿no es la misma que ha pasado hace un momento? Y ese sobradillo austero, ¿no lo ha cruzado ya? Estrechas, tortuosas, todas las callejuelas se parecen.

De repente, cuando está a punto de derrumbarse, un movimiento atrae su atención. ¿No es el viento en las haces de acanto que crecen en los cimientos de las casas? ¿O más bien una puerta que bate unos metros más abajo? Haciendo un esfuerzo de voluntad, Isabel se dirige hacia allí. Su hombro topa con la chambrana, y la puerta cede a su empuje. La muchacha tiene el tiempo justo de volver a cerrarla. Los pasos que le seguían los talones están a punto de llegar al umbral. Allí están. Titubean. Luego reemprenden su camino. Despavorida, sin aliento, Isabel se deja resbalar sobre la madera tibia. El suelo bajo sus muslos está helado. Durante largo rato, cree percibir el ruido de un galope que ora se acerca ora se aleja. La cabeza le da vueltas. A cada bocanada el aire le desgarra el pecho. Las paredes tiemblan a su alrededor, y unas estrellas bailan en zarabanda ante sus ojos.

Su respiración vuelve a la calma. La tierra recupera la firmeza que comúnmente dispensa a los hombres. Sus ojos recobran la vista. Y ya no hay señal de su perseguidor. Está sola, por fin, en el umbral de esta morada deshabitada.

Durante un buen rato, su mirada curiosea a través del patio que se abre frente a ella. Está dispuesta a saltar a la primera señal de alerta, pero ninguna silueta se aproxima sobre el suelo de azulejos gastado por los años. Ningún movimiento perturba el orden, en las galerías, de las puertas de madera de mala calidad. Ningún ruido trastorna el murmullo de la fuente donde dormita un lienzo olvidado... A medida que se van sosegando los latidos de su corazón, las notas cristalinas se amplifican, devolviendo a su memoria un mensaje desde siempre soterrado:

-Recuerdo mi colina de al Bayyazin, donde están las gentes de Baeza -suspira la adolescente con una voz surgida del pasado.

¿No es esa la entonación de Artaja, que tanto lloraba en otro tiempo las divinas fuentes de Granada, y sus jardines, y sus callejones oscuros?

-...Y la ciudad real de al Hambra, la Roja, desgrana la voz de su aya. Y Garnatha al Yahud, barrio de los hijos de Musá. Y Rabad Ilbira, donde permanecen los mozárabes, que son tus hermanos cristianos...

Estas palabras la sobresaltan. ¡Rabad Ilbira! ¡Por supuesto! He aquí la dirección que debe seguir. Entre sus correligionarios encontrará alguna alma caritativa que la ayude a volver a Martos... Un suspiro de alivio se le escapa. Impaciente, se pone en pie. Y asoma la cabeza por la puerta entreabierta.

El callejón parece desierto. Sin mirar la morada hospitalaria que ahora abandona, la adolescente se aleja a paso rápido. Guiada por el instinto, avanza al azar por los callejones. La pendiente es a ratos escarpada, y su pies desnudos están doloridos, de rozar ora la terracota, ora los guijarros redondeados y pulidos por el tiempo. Pero el aire matinal transporta un perfume de azahar y jazmín por encima de los altos muros. Isabel, con el corazón lleno de esperanza, casi podría olvidar el peligro que en todas partes la puede asaltar. Pero la silueta de un viejo que pasa en ese instante junto a ella le devuelve el miedo. ¿Ha aflojado el moro su paso para verle la cara? ¿Era amenazadora la mirada que le ha dirigido?

Una ojeada a su propio aspecto la convence del peligro. Con los cabellos enmarañados, los pies desnudos, la camisa manchada y esa especie de pantalón arrugado, demasiado grande para ella, la adolescente tiene todo el aspecto de una prisionera en fuga. El desconocido lo ha adivinado. ¿No acaba de volverse? ¿No está alzando ya un brazo para pedir refuerzos? Ahora, seguro, va a gritar. Va a dar la alerta...

Pero el viejo, en silencio, desaparece tras una esquina. Pasa otro hombre, un artesano con prisa por volver a su trabajo, y después otro, y otro más; ninguno presta atención a la chiquilla solitaria que se sobresalta ante cada rostro. Pasados algunos minutos, está cada vez menos sola. Un poco de todas partes, hombres, mujeres, niños se dirigen adónde la vida los llama, captan su atención. A veces se cruza con una mirada que rápidamente se aparta. Primero apurada, poco a poco aliviada, doña Isabel de Solís se hace a la idea de que para los transeúntes ella no es más que una vagabunda, quizás una mendiga.

Al cabo de unos minutos, llega hasta ella un rumor lejano. Un rumor que crece y rebota de una casa a otra. La intriga y la atrae. Arde en deseos de acelerar el paso. Gritos, cantos, relinchos; esa barahunda la llama. No sabe si anuncia una vía de escape o una emboscada, pero se apresura en esa dirección. Y desemboca muy pronto en una plaza bulliciosa (de vida, de gente, de mercancías). ¿Una plaza? Apenas seis varas por cuatro, encerradas al pie de una espesa torre cuadrada cuya oscura abertura derrama a cada segundo un torrente de recién llegados: hombres, mujeres con y sin velo, niños que corretean entre sus piernas gritando, y mulas que los atropellan, y mendigos, y tullidos, y el caballo de un caballero furioso al ser arrastrado por la multitud, y... Isabel se ha detenido en una esquina. Cautivada por el espectáculo, olvida esconderse. En cuclillas ante los tenderetes, los artesanos interpelan a los clientes. Otros, mercaderes ambulantes bajo sus toldos montados de cualquier manera, ofrecen a gritos sus frutas, sus flores, sus legumbres frescas. A éstos, en el jaleo, los cubrirá la voz del vecino. Los juramentos se funden con las arengas, las diatribas y los pedidos que resuenan, con las disputas y las fanfarronerías. Un matarife atraviesa la plaza, como un coloso, apenas doblando el espinazo, bajo el peso de una bestia entera. Una mujer encinta, flemática, echa su vientre hacia delante para abrirse camino. Un ciego gimotea su lamento; su joven guía exige con descaro a los transeúntes la limosna debida, en nombre del Misericordioso, al hermano que está en pena. Huele a jazmín y a mostaza, a sudor y a mejorana, a incienso, a estiércol y a flor de naranjo. Huele también a pescadito frito, a carne asada, a buñuelos y al té a la menta que ofrece una bodega frente a la torre cuadrada. Se interpela en árabe, en veneciano, en castellano; se responde en catalán, genovés, en turco quizá, en tantos idiomas mezclados que Isabel no entiende ninguno. Justo cuando empieza a aclimatarse, una oleada más fuerte que las demás la hace estremecer. De un salto, se echa atrás. Se dispone a huir, pero el agolpamiento se ha producido lejos de ella. Los gritos y las injurias se funden.

-¡Al ladrón! ¡Sarrak! -aullan unas voces furibundas. Como si fuera de mercurio, un picaro se pone en fuga. Lo persigue un hombre grueso. Pero el bergante es más ágil. Tiene apenas trece, catorce años. Vira, serpentea, zigzaguea entre la multitud y se lanza derecho sobre Isabel. Bajo sus bucles enmarañados, el chico tiene la gracia de un ángel testarudo. Al cruzarse con la adolescente, le echa una mirada de curiosidad. Cuando ella se vuelve, el ladronzuelo ya ha desaparecido tras una esquina.

Un instante después, Isabel se abre camino a su vez entre la masa ondulante de cuerpos, al tiempo que echa, a derecha e izquierda, miradas furtivas, con el renovado temor de encontrarse con los esbirros de Dar al Anuar. El hombre de la voz gangosa ha debido dar ya la alerta, a estas horas. ¿Cuánta gente estará persiguiéndola? ¿Será esta ciudad lo bastante grande para esconderla una larga temporada? ¿A quién puede preguntar por el camino a Rabad Ilbira?... La adolescente siente que el pánico se apodera de ella. Como para llamarla al orden, la manga de un sayo le azota la cara, una suela de corcho aplasta su pie desnudo, un codo se clava en sus costillas; el dolor, agudo, la devuelve al instante presente. Da un traspiés y, afortunadamente, se sostiene, en una buena mujer que le sonríe... Isabel se siente patosa, pero esa torpeza, curiosamente, la tranquiliza. A causa de tantos gritos, de tantos olores, de tanta carne a su alrededor, la cabeza le da vueltas. Sus sentidos sobreexcitados se concentran en la búsqueda de la vibrante medina. Granada, generosa ciudad femenina, la acoge como a una hija más. La multitud la salva y la protege, la reconforta y la sosiega. La adolescente se siente tentada a abandonarse entre sus bulliciosos brazos. A pesar de su alma herida, siente cómo su cuerpo se entrega, listo para saciarse de vida, de esperanza, de locos abrazos, de una absoluta fascinación de estar en el mundo que ya creía perdida para siempre. Pero, bruscamente, la muchacha se estremece. Entre sus hombros acaba de clavarse la daga de una mirada insistente. Como un relámpago, el miedo la sacude de nuevo. Querría huir, pero la multitud le impide el paso. Temiendo encontrarse con el hombre de Dar al Anuar, Isabel, de mal grado, se vuelve y hace frente a la amenaza. Al principio, no ve de dónde llega el embate. Después su mirada se detiene en una silueta delgada, un punto fijo en la marea movediza... Conoce esa mirada desvergonzada: el ladrón, ¡pues claro! El joven picarón de hace un momento, que la observa con sorna... A Isabel le entran ganas de llorar de alivio.

-No temas, bella extranjera -comienza el adolescente, que se ha reunido con ella y confunde su expresión-. Fuad no es tu enemigo. Por los harapos que llevas y el aire perdido que intentas disimular, veo que necesitas ayuda... Estoy seguro de que Fuad, príncipe de las calles, señor de los recovecos de Granada, está dispuesto a brindarte su protección -añade el bergante encorvando su cuerpo.

Isabel no abre la boca; su rostro permanece crispado. Es evidente que la cháchara del picaro la irrita, pero su sonrisa es contagiosa, y franca la mirada que posa sobre ella.-No temas -insiste el muchacho-. No te quiero ningún mal, de verdad. Al contrario: Aquel que me hizo hijo de las calles, gloria a su santo nombre, me dio ojos para reconocer a los compañeros de infortunio. Tu mirada de hace un momento me ha enviado una señal, y aquí estoy, solícito; te ofrezco mi ayuda... Claro que, si no necesitas nada, puedo reemprender mi camino.

Uniendo el gesto a la palabra, el astuto muchacho le vuelve la espalda. La adolescente se sobresalta. Su mano agarra la manga de la chilaba azul.

-Tienes razón -suelta ella en un suspiro-. No soy de aquí. Vengo de una tierra extranjera, por allí, cerca de Jaén -indica con un gesto vago-. He llegado aquí por accidente... Ahora, es cierto... estoy perdida.

De repente su voz se apaga. Isabel está sola, abandonada en una ciudad cuyas costumbres desconoce; la persiguen los esbirros de su raptor; cifra todas sus esperanzas en los habitantes de un barrio en el que no conoce a nadie. Y ante todo, ya no tiene padre, ella que jamás tuvo madre... La desesperación la desborda.

Mientras su compañero la observa con ojo escrutador, Isabel intenta reprimir las lágrimas. Le quema la garganta, y la mandíbula, crispada, le duele.

-Yo soy Fuad -irrumpe el adolescente al término de su examen. -En un gesto divertido, lleva la mano a su corazón, sus labios y su frente-. A tu servicio, noble extranjera -prosigue-... ¿Y a ti, cómo te llaman?

En señal de protección, el malicioso muchacho pone sus dedos sobre el hombro de la muchacha, cuyo cuerpo se relaja poco a poco. La sonrisa del chico es despreocupada, pero su mirada seria.

-Yo soy Isabel -responde finalmente ella.

-Bienvenida entre nosotros, Isabel -la alienta la voz amistosa-. Granada es una ciudad llena de maravillas, recurso del pobre, refugio del exiliado. Ya verás, bella cristiana (porque eres cristiana, ¿no?), también para ti mi ciudad será propicia. La prueba: me ha enviado a mí. Y no sé de nadie que conozca mejor los laberintos granadinos. Mientras habla, el bergante de hablar florido ha tomado de la mano a la muchacha. Ágil, rápido, se desliza entre la multitud arrastrando a su compañera.

-¿Adónde me llevas?

La adolescente todavía se resiste.

-Busco un rincón apartado -la tranquiliza Fuad una vez más-. Pero eres tú quien tiene que decir adónde quieres ir. Y será un honor para mí conducirte hasta donde desees.-¿Sabes dónde se encuentra Rabad Ilbira? -aventura la muchacha tras un último titubeo.-Rabad Ilbira, ¡por supuesto! ¿Es allí dónde vamos? ¿Tienes familia en el barrio cristiano, doncella?

Después, viendo el rostro de su compañera deja de bromear:

-De acuerdo, no insisto... Nadie te obliga a hablar -añade con tono contrito. De pronto, el tunante le parece tan niño, con su mirada suplicante, que Isabel no puede contener una sonrisa. Más tranquila, ajusta el paso al de su joven guía. Cuando ella se detiene para recobrar el aliento bajo la sombra que el salidizo de una ventana proyecta sobre el callejón, Fuad, silencioso, la espera. Y cuando los dos reemprenden la marcha, al mismo paso, la adolescente nota el ambiente más ligero. El cielo cristalino es su cómplice, y jubilosa la luz que juega al escondite con los rincones en sombra. Protectores los hombres que pasan, y benevolentes las mujeres... La rosa, el jazmín, el azahar: tantas invitaciones placenteras iluminan la mañana... El patio acogedor, la multitud bulliciosa y multicolor; ahora Fuad, ese compañero inesperado: tantos sucesos agradables indican... ¿Cómo no creer que, en medio de tantas dificultades, la Providencia acude en su ayuda?

Mientras ella se aferraba a estas ideas reconfortantes, los dos adolescentes han llegado al final de la pendiente. Frente a ellos se alza una espesa torre, cuyo amplio portal de dovelas se apresuran a cruzar.

-Bib al Difaf, la Puerta de los Tambores -proclama el joven moro-. Enfrente, el puente de al Qadi.

Por encima del Darro atronador, efectivamente, se extiende un puente hacia lo que parece otra ciudad. Erguido en su desnudez, un collado abrupto les impide ver el horizonte, y viene a cortar en vertical una espesa muralla de piedra roja. Muralla que sube y se eleva, bajo los ojos ensombrecidos de Isabel, hasta reunirse con el cielo azul sobre el que se recorta la arista de las almenas. Abrazando la colina por todas partes, la orgullosa ciudadela desgrana sus torres, sus torreones y sus puertas sombrías, masas cuadrangulares que horadan los filos de las aspilleras.

-¿Está ahí, la Alhambra? -pregunta Isabel, arrancada a sus pensamientos por la majestuosidad del lugar.

-Al Hambra, nuestra roja fortaleza real -confirma con orgullo su compañero.-Es extraño -observa la adolescente-; esta fortaleza parece agresiva. ¿Cómo se puede imaginar que albergue en su interior los palacios de encaje multicolor, los patios en flor y las frágiles fuentes que me describieron no hace mucho?

-¿Cuándo posees una joya, la expones a todas las miradas? -inquiere Fuad sorprendido.-No sé... Sí, claro. ¿De qué serviría si no?

-Entre nosotros es todo lo contrario. La opulencia, la belleza, la felicidad, las guardamos celosamente en la intimidad. De cara al exterior, mostramos la simplicidad que esconde la codicia, y el poder que mantiene al enemigo desconfiado; en el interior, la dulzura de vivir, nuestro oro, nuestros jardines y nuestras mujeres. ¿No es eso más prudente? Isabel se sobresalta ante esa palabra. Prudente. ¿Es prudente, ella, que se deja cautivar por la ciudad del enemigo en lugar de correr al encuentro de sus primos mozárabes?-¿Estamos aún muy lejos de Rabad Ilbira? -pregunta con voz entristecida-. ¿Cuándo llegaremos?

-Calma, linda doncella. Un poco de paciencia. Apenas ha pasado el mediodía, y el barrio cristiano no queda lejos de aquí...

No obstante, su guía la arrastra con paso vivo a lo largo de la ribera. Las casas de alrededor tienen un aire afectado que desafía las leyes de la gravedad. Sobre dos o tres pisos, muestran por encima de los transeúntes sus cornisas y sobradillos, desplegándolos aún más lejos, como si quisieran unirse por encima del río. Isabel acelera la marcha bajo esos entrelazos mágicos. A lo lejos, la asalta un nuevo rumor, unos gritos que, poco a poco, se van precisando:

-¡Viva el sultán! ¡Viva Abu al Hasán, nuestro valeroso emir! ¡Que el Victorioso le proteja y guíe su brazo para siempre!

Sobre la placita triangular a la que van a parar los adolescentes, se forma una ola febril que se agita, se eleva y ruge. Gritos, bravos y alabanzas preceden al martilleo de los cascos y al tintineo de los címbalos. No tarda en aparecer un cortejo, portando estandartes que ondean al viento. La multitud, alborozada, se aparta con respeto. Sobre sus caballos al trote, los primeros caballeros avanzan, y el pueblo los aclama enfervorecido.

A Isabel se le pone la piel de gallina. ¿Será quizá por el peso del recuerdo? ¿El de la noche trágica, o el de las horas de vigilia que, no hace tanto, pasaba inquieta por su padre, cuando éste partía en expedición contra los moros de la frontera? ¿O tal vez es el mismo horror que siempre se ha apoderado de ella al oír relatar un combate o una razia, ese malestar que se esforzaba en ocultar porque resultaba vergonzoso que la hija de un paladín manifestara pesar ante las hazañas de su padre?... Desde que puede recordar, Isabel nunca ha podido aplaudir los ataques heroicos de los que los suyos se enorgullecían. Ella creía ver a los heridos retorciéndose en el campo arrasado tras la batalla, recordaba los ojos apagados de los cautivos, oía los lamentos de las mujeres cuyos maridos no regresaban... No, a pesar de la pasión silenciosa que profesaba a don Sancho, nunca le han gustado los hombres de armas. Hoy, más que nunca, los contempla con horror. ¿Acaso no está muerto su padre por haber sido uno de ellos?-No temas nada -le susurra al oído Fuad, deslizando un brazo protector alrededor de sus hombros-. Es nuestro emir el que desfila, de vuelta de alguna algarada fronteriza. Hay que proteger la Vega, dar seguridad a los paisanos y desalentar la audacia de los señores vecinos.

Por deferencia hacia ella, el muchacho no menciona que los vecinos son señores cristianos.

-¿Quieres que nos alejemos? -propone.

A pesar suyo, la adolescente acaba de estremecerse. Su cuerpo se ha encogido. Sus ojos han lanzado un destello azulado. La muchacha parece hipnotizada por una de las siluetas a caballo.

Mirada severa, gesto altivo, el caballero es la viva imagen de todo lo que ella teme. Sin embargo, emana grandeza y nobleza, admite la joven. Sobre su túnica granate, realzada en negro y dorado, una fina cota de malla realza sus pectorales. La cabeza, que mantiene orgullosamente erguida, enarbola un casco gris mate cuyos costados, engastados de pedrería, descienden hasta la mandíbula y encuadran un rostro masculino de barba morena y ojos centelleantes que revelan el brío contenido y la seguridad de quien nunca ha conocido la derrota. A su espalda pende una capa de pesado brocado que parece querer alzar el vuelo a cada paso. En su cadera brilla la funda incrustada de perlas del puñal hecho a medida, mientras que de los pliegues de su ropa emerge el tahalí grabado de esmaltes en filigrana donde reposa la cimitarra asesina. Su escudo, un disco de cuero escarlata repujado en oro del que penden ornamentos del mismo metal, resplandece bajo el sol. Los estribos son de una plata casi igual de resplandeciente, y los lleva cortos, como para atenuar con un porte elegante la soberanía de su aspecto. Tan orgulloso como su señor, y tan fogoso, también, el corcel luce una manta adamascada en escarlata y un arnés de cuero flexible que, en cara, cuello y pecho juguetea con el oro y la plata dorada sobre el negro brillante de su capa.

Ardientes y comedidos uno y otro, irradiando poder y una suavidad feroz, caballo y caballero parecen uno solo. Un solo ser que respira orgullo y nobleza, pasión, complicidad y, remarca Isabel intrigada, como una infinita soledad compartida. Uno piafa, el otro lo apacigua. Uno danza de impaciencia sobre sus patas nerviosas, el otro alza un brazo augusto y sonríe a la multitud. Tras esa sonrisa victoriosa que recoge el homenaje y manifiesta el ansia de combate, se adivina un secreto.

-Es impresionante, nuestro príncipe, ¿verdad? -aventura el adolescente-. Gracias a él, desde hace casi siete años, los granadinos han recuperado su grandeza. Reina la paz. El reino es próspero. Y sobre todo, por fin es libre. Algunos reprochan aún al said Abu al Hasán Alí que destronase a su padre, el buen Abén Nasar Saad. Yo digo que si un hijo debe respeto a quien le ha dado la vida, para un rey su deber es su reino. Antes que doblegar el espinazo, rendir tributo y hacer muchos juramentos de amistad a nuestro legítimo enemigo, nuestro sultán, que Dios le dé larga vida, a él y a sus descendientes, ha reconquistado las plazas que nos fueron arrebatadas. Tan bravo en el campo de batalla como hábil en la administración, él ha devuelto el ardor a nuestros guerreros, y a la gente de Granada su honor perdido.

Pero Isabel apenas le escucha. Un escalofrío la hace temblar, ya no de terror sino de un sufrimiento voluptuoso. Qué calor siente de pronto. Se le escapa un suspiro. ¿De modo que ese formidable guerrero es el propio emir? No es sorprendente, razona para sí, que ella se haya fijado en él entre todos los demás. ¿No era don Sancho quien aún ayer repetía que «La nobleza, cuando es de espíritu tanto como de nacimiento, es modelo para todos. Por eso atrae las miradas, vertiendo en el corazón la admiración de la virtud y el deseo de imitarla»?

El sultán se aleja ya en dirección a la Alhambra. Ha pasado cerca de la adolescente. Su mirada tal vez la haya rozado, como parece rozar todas las cosas. Detrás de él, e igual de orgullosos, los caballeros de su séquito desfilan también. Demasiado ocupada intentando justificar su aturdimiento, Isabel no les presta atención, a pesar de que uno de ellos se ha detenido a menos de cinco pasos de donde se encuentra. La ha observado un instante y luego, con el rostro encendido, se ha vuelto enseguida. Ha susurrado unas palabras a un hombre que se le ha acercado, y el sirviente ha dejado el cortejo y ha desaparecido entre la multitud. Pero la muchacha no se ha dado cuenta de nada.-Tienes razón -comenta a su compañero-, a tu sultán no le falta nobleza... Ahora, si alcanzáramos el barrio cristiano. Me urge encontrar ayuda entre los míos -añade estremecida.

Cogidos de la mano, los dos jóvenes atraviesan la multitud. El aire emana el olor de las mil esencias de los perfumistas, los ungüentos de los drogueros, el cuero de las monturas de alrededor y el estiércol de los caballos que a lo lejos escalan la roja colina. Muy pronto, cuando se alejan de la plaza, por una calle empinada lo bastante amplia como para dejar pasar a dos caballeros de frente, el tumulto se disuelve en un rumor. Invadidos por un confuso malestar, permanecen en silencio. ¿Será la melancolía de este final de jornada? ¿Será el miedo a no encontrar ayuda entre los mozárabes de quien depende la suerte de Isabel? Sus manos se separan. Absortos en sus pensamientos, avanzan con la cabeza gacha y los ojos a ras de las plantas caprichosas que aventuran sus tallos entre los ladrillos.

De repente, surgida de quién sabe dónde, una sombra se abalanza sobre Isabel. El grito de la muchacha se ahoga bajo la mano brutal que la amordaza. Un brazo le aferra el cuello, otro le oprime la cintura. No puede respirar. Se debate. Indiferente a sus coces, el asaltante la levanta y la tira hacia atrás, hacia una calleja estrecha y sombría donde sus ojos ya no distinguen nada. Enloquecida, con los dedos agarrándose en vano al brazo que intenta sacudir, retorcer, arañar, Isabel clava sus dientes en la mano que la amordaza. Le responde una maldición ahogada, seguida de un golpe seco en la nuca que la deja medio aturdida. «Fuad -piensa, desesperada-: ¿por qué no ha gritado?»-Está bien; el chico no nos molestará más -interviene una voz gangosa que ella reconoce inmediatamente.

-¿Qué hacemos con ésta? -masculla su agresor-. Es una auténtica furia.-Fuad. ¿Qué le habéis hecho? -gimotea la adolescente aterrorizada.

A fuerza de agitar la cabeza, aun a riego de acabar de ahogarse bajo el puño que la aprisiona, ha alcanzado a percibir, a algunos pasos, una forma pálida en el callejón sin salida. Parece un paquete de tela azul recostado contra el muro: el cuerpo inerte de su compañero.

Alentada por la furia, Isabel se debate con más fuerza. Su codo ha debido alcanzar un punto sensible, porque su raptor afloja la presión. Una coz más, un golpe de cabeza al azar, y la adolescente escapa y corre en dirección a Fuad.

-¡Ah no! ¡Esta vez no! -chilla a su espalda la voz gangosa.

No le da tiempo a llegar hasta la forma postrada: el grito, en sus oídos, se convierte en una explosión. Isabel se desploma maltrecha entre una lluvia de estrellas que cruza su mente.

 

CAPITULO V

Le pesan los párpados, sus labios están resecos y un sabor amargo invade su boca. Cuando mueve la cabeza, miles de alfileres se clavan en su nuca. Llega a sus oídos una conversación incomprensible, disputas y risas femeninas mezcladas con gritos de niños cuyo acento agudo, a veces, repercute en su sien. ¿Dónde está? ¿Por qué le duele tanto el cuerpo? Isabel no sabe demasiado. No obstante, las imágenes de su sueño eran dulces: hombres postrados rezando, la luz que resplandece sobre el casco de un caballero, y el entusiasmo de Fuad, a su lado...

¡Fuad! Esta vez, la adolescente emite un gemido. La agresión, Fuad en el suelo de un callejón sombrío, la voz gangosa que la persigue: ¡está en Dar al Anuar! Los brutos de hace un rato (¿o fue ayer?) son hombres de Abén Barrax. De nuevo prisionera. Ya completamente despierta, Isabel se yergue sobre el jergón que le ha servido de cama. Al principio, cree estar sola en la larga galería, donde una luz temblorosa penetra en tímidos rayos. Luego distingue, en el otro extremo, una silueta robusta vestida de azul y verde pálido que monta guardia frente a la única salida. Como si advirtiera que se ha despertado, el hombre se vuelve hacia ella. En su rostro de ébano, la adolescente no distingue más que el blanco de los ojos y los dientes, mientras él, con un rictus, le indica que no se mueva. Luego regresa a la puerta e intercambia unas palabras precipitadas con un interlocutor invisible.

A duras penas, la muchacha se pone en pie y camina vacilando hacia la luz. Se siente tan débil y su cuerpo, molido por los golpes, le da punzadas tan fuertes que tiene que apoyarse en el muro para avanzar. Cuando finalmente alcanza la primera ventana, reposa en la reja su frente dolorida. A través del ajimez, sus ojos mohínos disciernen los naranjos y los laureles en flor de algún patio interior cuyo esplendor le parece ofensivo. Sin embargo, nada puede esperar. Sumida en la angustia, no oye que la puerta se abre. No ve que se abalanza sobre ella una silueta furiosa. Y cuando una sonora bofetada le gira la cara, ella se vuelve, tanto de estupefacción como de dolor, sólo para recibir una segunda bofetada. -¡Toma! ¡Toma! ¡Y otra más! -grita una voz femenina en una explosión de rabia-. Esta es para que aprendas obediencia. Esta para que comprendas que una esclava nunca escapa de su amo. Y ésta por haber provocado la ira de Abén Barrax, ya que ha sido él quien te ha reconocido en las calles de Granada, ¡cristiana estúpida! Se ha enterado de tu huida al mismo tiempo, y ahora puedes estar segura de que nos castigará. Sin embargo, es a su querida Flor de Sol a quien tendrá que quejarse...¡Toma! ¡Y toma otra más! Y esto no es nada comparado con lo que te espera cuando vuelva el amo.

Sobre el rostro de Isabel, sobre su cabeza y sus brazos alzados en una maraña ridicula, llueven los golpes sin que ella halle fuerzas para devolverlos. Anestesiada por la cólera, la adolescente no siente nada. Nada más que la voluntad exacerbada de mantenerse en pie frente al asalto, y el orgullo de no darle a la arpía la satisfacción de pedir clemencia.-Jamás, ¿entiendes?, jamás había hecho nadie una afrenta semejante a Basila -le espeta la odiosa voz que empieza a extenuarse, a la vez que los golpes se van espaciando. De una ojeada, por encima de sus brazos, Isabel mide a su adversaria. Si no fuera por la voz aguda y por las joyas que hacen aún más pesada su silueta rechoncha, la mujer podría pasar por un hombre, de lo brutales que son sus gestos, cuadrada su figura y burdos los rasgos de su cara.

-Pronto conocerás el precio de acarrear problemas a la guardiana de las mujeres -la amenaza la matrona.

-¿No tendría miedo, de perder así toda su autoridad? -aventura un hilo de voz provocativo.

Isabel apenas se sostiene sobre sus piernas, pero su mirada seca lanza un destello de desafío.

-Qué, mocosa, ¿no has tenido suficiente?

Basila se dispone a levantar otra vez la mano, pero con una mirada la muchacha la hace cambiar de opinión. ¿Será por el desprecio que expresa su boca tumefacta? ¿O por la inquietud que le produce descubrir las marcas que su rabia han dejado en el rostro de su víctima? El amo ha ordenado encerrar a la cautiva y no molestarla bajo ningún pretexto. Sin duda, se quiere encargar del asunto personalmente.

-Arregla tu jergón -continúa la arpía-. Muy pronto te reunirás con las demás. En su compañía, perderás rápidamente tus malas maneras y esa insolencia de la que aún te jactas. Además, ya no tendrás ni un solo minuto para ti. Entérate bien: estás bajo mi cuidado, en los aposentos de las mujeres. En cuanto a tu protectora, no cuentes con su ayuda: ya me he ocupado de que no se mezcle más en nuestros asuntos -masculla la vieja-. Después de todo, no es más que justicia: es ella quien ha permitido tu fuga.-Pero ella no tiene nada que ver -protesta Isabel, inquieta por la morisca rubia cuya apacible sonrisa le lanza de repente un reproche mudo-. Soy yo quien...-¡Cállate de una vez! Y obedece. Nadie tiene nada que decir una vez ha hablado Basila... Pero ya que te preocupas por tu cómplice -añade la matrona, sardónica-, has de saber que su suerte dependerá de tu conducta.

Reducida así al silencio, la adolescente vuelve a su lecho. Ese ataque frontal la ha derrumbado. Y el remordimiento de saber amenazados a todos los que han acudido en su ayuda.

«Resignarse -piensa ella sombríamente, dejándose caer sobre el jergón-. Resignarse y esperar...»

¿Esperar qué? Eso no lo sabe. Desde el fondo de la trampa abominable en la que se siente caer, una chispa vigilante se obstina en brillar.

Después de más de tres semanas recluida en Dar al Anuar, Isabel calibra el sentido de las palabras de Basila: ni un solo minuto se ha encontrado sola. Esta compañía forzosa la sume poco a poco en un letargo contra el que ya no tiene fuerzas para luchar. Desde que se levanta hasta que se acuesta, cada día le parece igual al anterior. Lavarse, peinarse, vestirse, ocupa algunas horas. Intercambian consejos, recetas, ungüentos. Echan pestes de la masajista del hammam: las ha maltratado. Se lamentan del ligustro que ha manchado sus manos. Se miran, admiran, felicitan halagos de puro veneno. Y luego pasan a otra cosa: unas cuantas notas musicales, arrancadas al laúd y la cítara, la flauta, el flautín y los tambores. Unos cuantos pasos de una danza perezosa, unos cuantos balanceos del vientre mientras los brazos se alzan y acarician el aire. Pero el corazón está en otra parte y el movimiento no tarda en decaer. Vuelven a las golosinas, mordisqueadas con dientes distraídos a lo largo del día, a los refrescos de la sierra, a los chismes, a las disputas, a las ostentaciones. Cuando pasa, cargada de fruslerías absurdas, la vendedora de quincalla y amuletos que esconde bajo sus faldas los mil y un rumores de Granada, más valiosos que cualquier bagatela, todas se precipitan sobre ella. Al acabar por fin el día, vuelven a la cama: las que cuentan con los favores del señor, a una habitación aparte, o a una alcoba que da al patio de las mujeres; las anónimas, todas juntas a la larga galería en que Isabel recuperó la conciencia después de su fuga. Para la muchacha que sueña con la soledad, la noche apenas es preferible al día. En la habitación, recalentada por la multitud de cuerpos que reposan, ella se mantiene despierta durante horas, contando los latidos de su corazón y los lamentos de sus compañeras. La ausencia de silencio está poblada de suspiros y ronquidos. De vez en cuando alguna de las mujeres dormidas gimotea; sin duda el señor la mima en sueños, y bajo sus besos la carne femenina recupera el sentido y los sentidos perdidos... Otra, que durante el día se mostraba feliz, solloza como un chiquillo. Una tercera ronronea, acurrucada contra su amiga del alma, mientras otra más se estremece bajo la caricia de las sombras que nunca sacian su cuerpo hambriento...

Con los nervios en tensión por no sabe qué esperanza, esta noche Isabel está enfebrecida. Zaynab y Jumana, las dos chiquillas que a veces vienen a sacarla de su abatimiento, le han transmitido esta mañana un mensaje de la morisca rubia: sidi Abén Barrax acaba de llegar a Dar al Anuar.

Isabel se ha consumido toda la tarde en el palomar sobreexcitado. Desde que ha caído la noche y todas descansan a su alrededor, la angustia la mantiene alerta.

 

CAPITULO VI

En la habitación en la que desde hace un rato Abbas la ha dejado sola, Isabel tiembla. Sin embargo, el brasero está ardiendo entre los incensarios y el reflejo cambiante de los candelabros. La alcoba, cubierta de pesados tapices y acondicionada con sofás y cojines adamascados en oro, invita a la apatía. Incluso el canto de la fuente que le llega a través de las celosías estrelladas es una invitación a la pereza. El aire es tibio, acariciante, pero la muchacha tiembla bajo los velos translúcidos con los que las mujeres acaban de vestirla.

Al recordar la escena, la adolescente reprime un estremecimiento de vergüenza. El día había empezado bien. Las pesadillas de la víspera parecían vanas. Por la mañana, una Basila más hostil que nunca le comunicó que Malika quería verla. Impaciente por volver a ver al fin a la mora rubia cuyas discretas atenciones suavizaban su reclusión desde hacía semanas, Isabel ajustó el paso al de un eunuco de nombre y aspecto severo que la tenía intrigada. Abbas, le habían llamado sus compañeras en un saludo reverencial. ¿Era el mismo Taciturno del que le habló la pequeña Zaynab? Ajuzgar por su expresión desabrida, era él; y la adolescente se sorprendía de que pudiera ser amigo de Malika, la calurosa. Dócilmente, siguió al hombre que la conducía a los extensos jardines en los que piaban varios centenares de aves embriagadas de luz.

Allí, bajo el soto, la esperaba Flor de Sol. Unos pocos minutos fueron suficientes para que Isabel se relajara junto a la favorita. Alimentada por las misivas que transmitía de una a otra la joven Zaynab, una tímida complicidad empezaba a consolidarse entre ellas. Esa mañana, se afianzó. Malika, chismosa como era, relató a Isabel el revuelo que había causado en el harén su escandalosa desaparición. Comportándose como una gran actriz, había reconducido la furia del Taciturno y había tenido que desplegar sus armas de seducción para hacerle olvidar el revés sufrido por su autoridad. Gran comediante, había remedado a Basila, evocando un viejo rencor de doce años atrás, cuando ella misma, parecida a la Isabel de ahora, no era más que una joven cautiva enfurecida a la que la arpía había cogido manía. Al final, cuando le confió a la adolescente que había enviado a un hombre a la ciudad, a través de un Abbas más taciturno que nunca, para que buscase al joven Fuad y lo tranquilizara sobre la suerte de su compañera, Isabel se le echó en brazos. ¡Malika había pensado en todo! Aun ausente, había adivinado las heridas de su protegida y los medios para apaciguarla. Invisible, había urdido todo lo necesario para concederle sus deseos secretos y atenuar su miedo. Había incluso conseguido que el príncipe, esa misma mañana, pusiera a la cristiana a su servicio y la apartara de Basila. En pocos minutos, Isabel descubrió que Flor de Sol debía su nombre tanto a sus cabellos de oro como a la cálida luz de su corazón.

Poco a poco, olvidando la condición de cautiva que cada instante pasado tras los ajimeces le recordaba dolorosamente, la adolescente creyó encontrar un principio de tranquilidad. Sin indiscreción ni apremio, las dos jóvenes hablaban y callaban juntas. Los minutos pasaban, y se convertían en horas. A las dos les parecía, no que se descubrían, sino que se reconocían. Nacida de la agitación de una y la impaciencia de la otra, avivada por varias semanas de una correspondencia cada vez más confiada, había germinado una amistad que esa tarde se desplegaba con el vigor de una joven planta privada durante mucho tiempo de la luz solar.

Mecida por el temblor de las aguas en las albercas de reflejos rosados, con la mirada perdida en la sombra de los follajes, sobre los cuales incidían algunos rayos de sol primaveral, Isabel se dejaba vencer por la dulzura del momento. Rápidamente, las palabras de su nueva amiga habían creado una ola lejana y alentadora desde donde emprender el vuelo. Lejos, más allá de los jardines, al otro lado de los muros tapizados de enredaderas, su alma se lanzó, serena, al encuentro de los pájaros. Isabel ya no era Isabel, sino una brizna de sensaciones flotando en el aire perfumado. Su vida no era ya su vida, sino la de todo lo que existe. Tan pronto se sentía golondrina revoloteando a la luz con un encanto malicioso, como gota de rocío deslizándose hacia el corazón sediento de una flor de lis. Tan pronto se convertía en una nube y recorría el espacio infinito de los mundos, como en una abeja zumbando en plena labor... En Martes, en Granada, en casa de su padre o en la de su carcelero, nadie había sospechado nunca la intensidad de esas ensoñaciones que a veces la arrebataban. Ella misma no lograba entender esas ausencias de las cuales volvía aturdida, con un gesto de agradecimiento en los labios, por lo que ella llamaba «la visita del ángel».

Si Malika había advertido la distracción de su compañera, y la expresión de placer que embargaba su rostro, se cuidaba mucho de decirlo. Esa sonrisa parecía tan extraña a la boca de la muchacha, y tan valiosa la luz que durante unos minutos titilaba en sus pupilas, que la favorita agradecía al Altísimo que procurara consuelo a su amiga. Pronto recobraría el sentido de la dura realidad. Precisamente lo que le esperaba esa noche, y que Malika debía anunciarle, corría el riesgo de ajar por mucho tiempo su frente ya tan grave en su inocencia.

A esta inocencia, a esta ignorancia de joven bárbara criada bajo cielos cristianos, se disponía a poner fin Flor de Sol. Odiaba las palabras que iba a pronunciar, tanto como los celos que, a su pesar, le carcomían el corazón, serpiente venenosa alojada en el lugar que ella querría reservar a la ternura hacia la adolescente a la que debía instruir.-Escucha, amiga. Escucha las palabras de Malika.

Alertada por el tono solemne, Isabel fijó en su compañera unos ojos inquisitivos.-Como tú sabes, nuestro amo ha vuelto de Medina Alhambra, donde le retenían las atenciones del emir, que el Compasivo lo guíe siempre. Desde su vuelta, sidi Abén Barrax ha expresado el deseo de conocerte por fin.

Sin comprender todavía el sentido de este deseo, la joven ya se atesaba. Entonces, sus temores nocturnos no eran infundados. La prueba definitiva se acercaba. Instintivamente, se llevó la mano al cuello, donde, bajo el paño, escondía el reconfortante medallón.

-¿Verme? ¿Cuándo?

-Esta noche, habibti. A la hora en que la estrella de Venus abraza los corazones en el fuego sagrado del amor. -Ante el silencio desconcertado de su amiga, Malika continuó-: Esta noche es tu noche de bodas, Isabel. Mañana, elevándose sobre ti, el sol descubrirá a una mujer allí donde dejó a una niña. Estaré orgullosa, entonces, de estrechar contra mi corazón a la que se habrá convertido en mi hermana.

Con los ojos dilatados por el horror, la cristiana miraba fijamente a su compañera, sin verla. Apenas tenía conciencia de una mano apoyada en su brazo. Más allá del rostro amigable, afloraban en su memoria imágenes tintas en sangre. La tierra húmeda bajo sus rodillas, el llanto de las mujeres ultrajadas entre el acre olor de las llamas. Luego, bajo los reflejos descoloridos de la mañana, la quemazón de sus puños enrojecidos por la cuerda y el horrible estigma de la vergüenza en el rostro tumefacto de las cautivas. Cómo quema, de repente, esa cuerda, mientras la sacude el movimiento del caballo que la transporta. Estaba a punto de gritar de dolor, pero...

-¡Isabel, corazón! Isabel, te lo suplico, ¡vuelve en ti! Malika había agarrado a su amiga y la sacudía con fuerza. La había visto desplomarse sobre el banco. Ahora, parecía volver en sí.

-¡Me has asustado!... Tu cara se ha puesto del color de los huesos. Tus ojos daban mil vueltas. Creí que una horda de djins se apoderaba de tu juicio.

-Has visto bien, Malika. Era la horda de tus hermanos que se echaba sobre los míos.-Vamos, niña, cálmate. ¿De qué te sirve tanta amargura? ¿Crees que nuestras mujeres tienen menos que lamentar que las cristianas cuando tus hermanos incendian sus ciudades, matan a sus hijos y esposos y se las llevan como esclavas? ¿Eres de las que creen que el Altísimo acompaña a los guerreros de su bando? Aquí, en nombre de Mahoma, el cubierto de alabanzas, y allí, en nombre de Isa ben Meryem, al que vosotros llamáis Jesús. ¿No es siempre la misma indignidad?

Suavemente, con la voz entorpecida por la tristeza, Flor de Sol desgranaba las palabras de un viejo lamento. Intentaba transmitirle a la indignada cristiana, la certeza de la fatalidad, e inculcarle la antigua resignación de las mujeres.

-Hombre y mujer nos creó el Misericordioso. A los unos les da armas de hierro, para cazar y proteger a los suyos; y a las otras, las del amor, para que la vida continúe, día tras día. ¿Qué podemos hacer nosotras, pobres mujeres, si nuestros hombres vuelven contra ellos sus armas? ¿Qué podemos hacer si al solaz de nuestros brazos ellos prefieren la furia de los combates? Tal vez sea culpa nuestra, también... Finalmente captó la atención de su compañera.

-¡Y tú, pequeña! Tú que te lamentas contra tu destino. Debes saber que nunca nos pasa nada que no haya sido escrito por el Todopoderoso. De todo mal, si tú Se lo ofreces, El puede engendrar un bien. Ya que odias tanto la guerra, aprende a usar las armas de las mujeres. Quizás el Compasivo conceda a tus caricias el poder de alejar al hombre que ames de las batallas.

Seguir: parte 2 de 5