Los Amos del Valle

Francisco Herrera Luque · Capítulo 1 de 12 · parte 1/3

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Los Amos del Valle

PRIMERA PARTE Mantuano de Ocho Cuarteles

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

PRIMERA PARTE

Mantuano de Ocho Cuarteles

1. ¡Veinte somos los Amos del Valle!

«…Veinte somos los Amos del Valle: Blanco, Palacios, Bolívar y Herrera… —va musitando en su silla de mano de cuatro esclavos, damasco y seda— …Gedler, de la Madriz, Toro, Tovar y Lovera…».

«Plaza y Vegas llegaron tarde; al igual que Ribas y Aristeguieta. Cien años es poco o nada para las glorias del Valle. Caracas es Covadonga, Esparta, Isla de Francia, Alba Longa … Matriz de sangre y de pueblo que en el filo de su espada hicieron mis siete abuelos…».

Viene crecido el Anauco, el rio de los bucares. El agua sube, los hombres bajan. Hasta el ombligo van sumergidos:

—¡Qué frío tengo!

—¡Calla la boca, negro ladino!

«Berroterán y Mijares a fuer de cacao han puesto coronas en sus cuarteles. ¡Marqués del Valle de Santiago! Pero cien veces más hermoso es el de Conde de la Ensenada que me otorgará el Rey por proezas viejas y por cien mil reales».

La silla dorada va navegando. Los portadores color de buzos cruzan el rio color de fango.

—¡Miguelito, dile a los negros que anden con más cuidado!, adentro se está anegando.

La silla emerge, la silla trepa por el barranco.

—Voy a echar el bofe si el amo sigue engordando.

—Calla la jeta, negro mandinga, y mira el suelo que vas pisando.

—Al principio fue Caracas. De cerro a cerro, de Tacagua al Abra. Luego los Valles del Tuy y los de Aragua: hornabeques Hondos que guardan la ciudadela.

«Nuestras son las tierras de la mar al Orinoco, de Guanare al río Uchire. Nuestro es el Cabildo. Nuestro es el cacao. Nuestros son los negros. Nuestros son los blancos. Somos los dueños. Somos los amos. Dueño es el que tiene. Amo el que retiene, acrecienta y tala. Amo es buril, piedra y mecenas; masa, cocinero y boca. Somos el paisaje y el pintor. El sol que alumbra y la cosa iluminada. Somos la vendimia, el tabernero y el borracho. Somos el padre eterno. Somos el hijo. Somos los hacedores de un mundo y también sus dueños. ¡Veinte somos los Amos del Valle…!».

—¡Ay, carajo, se me clavó una piedra en la pata!

—Bien hecho, jecho, esclavo del descampado.

«Ponte, Blanco, Palacios, Bolívar y Herrera —prosigue en su vitrina andante—. Ibarra, Ascanio, de la Madriz, Toro, Tovar y Lovera…».

—Miguelito, tengo una fuerte puntá.

—Eso es viento atracao. Échatelo de lado.

«Somos como la hallaca: encrucijada de cien historias distintas: el guiso hispánico, la masa aborigen, la mano esclava, el azúcar del índigo, la aceituna de Judea…».

—¡Fo, caraj!, estás podrido.

Ya la tarde estaba avanzada. El Ávila recogió la luz del campo para tenderla en sus cimas.

«Los recuerdos son sueños sin esperanza; caminos sin retorno: agua, fuertes desvaídos, se va diciendo con sus ojos saltones, acuosos y azules, fijos sobre la calle de casucas despeinadas, enyerbada, sin empedrar, que luego del Catuche agoniza polvorienta buscando el Camino Real».

«Hace treinta y dos años era la misma tarde: la montaña encendida, la calle sucia, la alcabala llena de frutas y arrieros».

Con un pañuelo bordado sopla y resopla su inmensa nariz de corneta rota en la punta.

«Estaba tan azul el cielo que daba miedo mirarlo. ¡Corre, Juan Manuel! —me gritó Juan Vicente Bolívar—, en San Bernardino han matado a tu padre».

«Dos balazos tenía en la frente y ocho en un flanco, echado como un fardo sobre el burro de la infamia. En aquel entonces tenía mi propio pelo y enteros todos mis dientes…».

—¡Dios guarde a Su Señoría y que le dé muchos años!

—¡Jalabolas el sargento!

—Que te calles, Matacán.

Llegando a la Candelaria, la iglesia de los isleños, hecha con hortalizas y leche aguada de vaca, Don Juan Manuel se quitó el tricornio. Su bastón de mando golpeó tres veces el suelo.

—¡Abajo negros! Con las dos rodillas, o es que no ven que está rezando mi amo.

Don Juan Manuel se santigua. El Santísimo sobre el Altar. La paz del Ángelus. Arrodillados los cuatro negros. A hombros la silla de mano.

«Gracias, Señor de los Ejércitos» —musita el mantuano, de barriga recogida y con los brazos cruzados.

—Dime una cosa, Miguelito: ¿es verdad que cuando los Amos rezan, llaman a Cristo primo y se los llevan al cielo en palanquines de plata?

—¡Qué te calles la jeta, Sebastián!

Gracias, Señor de los Ejércitos, por haber dado muerte a la Compañía Guipuzcoana, enemigos de mi bolsa y de mi gente, asesina de mi padre. ¡Bestia feral de Vizcaya!

—¡Apiádate de mi, Señora de los Descalzos!

—Que te pongas derecho, Juan, si no quieres un chuchazo.

Se acerca un cura y saluda:

—En mucho aprecio y estima tenemos vuestra bondad. Teníais razón Excelencia: aquellos ángeles desnudos afrentaban el pudor.

La charla sigue y prosigue. El cura es maestro en Teología del Seminario Mayor. Don Juan Manuel es faculto en materia celestial. Sale a relucir Bizancio. Los arcángeles que caben sentados, perfilados y de pie en el ojo de una aguja.

Don Juan Manuel muestra su contento asomado a la ventanilla. El cura limpia una gota de fango restregando el balandrán.

—Dime una cosa, Miguelito, ¿qué tanto es lo que paparrean a costa de mis rodillas?

—¡Calla negro, que ya mi amo averigua si es paloma o cucaracha lo que tiene el querubín!

—¡Sigamos camino!

—¡Arriba y arriba!

La silla cruje. Los negros bufan. Los negros pujan. La silla sube. Rompe un quejido y se tambalea.

—¡Dios de los Ejércitos! ¿Qué pasa ahora? ¿Están borrachos los negros?

—No es nada, Su Señoría. Se desinfló Sebastián.

La silla, traspuesto el rio de las Guanábanas, avanza alegre y ligera por el piso empedrado de la Calle Mayor. Charlatana y distinta sube y baja la gente. Mantuanas de negros pañolones, esclavos de torso desnudo y calzones cortos, cuarteronas de largas sayas blancas; españoles de la Península: mestizos de garras, arriba de mulas finas; sobre burritos cargueros; en caballos andaluces: a pie, con botas, en alpargatas, descalzos, arriba y abajo de las sillas de mano. Blancos, morenos, pardos, amarillo cobrizo, verde loro. Catedral cabildonea un repique. Musita salvas el cañón viejo. Cuatro cohetes rayan el azul del aire. Clamorean los campanarios. Mañana es víspera de Santiago. Patrono de la ciudad.

En la esquina del Cujizal baja la guardia armada. Tropa a caballo, charanga y fusileros. Saluda el oficial. Don Juan Manuel con dos dedos toca el tricornio:

«Lejos os he de ver. Ya todo toca a su fin. La culpa la tuvo el Rey por cortar el cambural. Matica ’e café le dimos a su fulana igualdad haciendo pardos a los negros y blanca a la pardedad. No se iguala al caballo con el burro ni a cabo con general. Machete no es arma noble, ni torta ’e cazabe es pan».

—¡Cuidado con ese perro que tiene los ojos puyúos y la boca babeante!

—¡Sale perro, muerde a Miguelito y déjanos ya!

La silla avanza entre bamboleos. La gente detiene el paso para ver al Regidor Decano con su gran tricornio y sus ojos azules.

«Su Sacra, Cesárea e Imperial Majestad, por pasarse de vivo, se dio con las espuelas. Dios protege al inocente y enceguece al perdedor. Por fregar al de Inglaterra

apoyó a los insurgentes, que por las ultimas cuentas ya están sobre Nueva York.»[1]

—Miguelito, ¿es verdad que a esa esquina la llaman la de La Marrón porque ahí dizque vivía una parda muy buenamoza que fue manceba del Gran Amo del Valle?

—¡Ay, mi madre, me mordió el perro!

Si el uno le daba el tute, el otro, en la cabeza de un clavo baila trompo al revés. Si el Rey de España le mete al ajedrez, el Hannover juega chapa, tresillo y ajiley. Si en Pensacola y en las Bahamas volcáronse escuadrones españoles de vistosos uniformes y relucientes cañones, en Chuspa, disfrazados de curas irlandeses, cual sierpes paradisíacas sonsacadores de Adán, nos llegaron los ingleses para hablarnos de oscurantismo, paraísos perdidos, esclavos y libertad. «Emancipaos, amigos nuestros. Además de machos, estáis apoyados. España agoniza. No hay país que resista el amancebamiento del enciclopedismo con la Inquisición. Pobre no da limosna. Alzaos en armas: Inglaterra os brinda apoyo».

—Pobrecito Miguelito, lleva la pierna sangrante.

—Eso le pasa por arrastrao y refistolero.

Jorge Washington, el día en que lo conocí en Filadelfia y tuvo a bien regalarme esta plancha de mármol para mis estragadas encías, me lo dijo muy claro: «Esas liberalidades son pan para hoy y hambre para mañana. En lo que acabe con el de Inglaterra se volverá contra nosotros: somos mal ejemplo para sus colonias. Y en cuanto a ustedes, os ajustará las cureñas de tal forma, que los cepos os parecerán gorgueras y alhajas».

Ya la suerte está echada. Esta noche he de dar mi respuesta al comisionado del Congreso de Estados Unidos y a Francisco de Miranda. Lo que son las cosas de la vida. ¿Quién me iba a decir que a la vuelta de los años estaría yo parlamentando contra el Rey con el hijo de aquel isleño parejero que usaba bastón de mando? El Rey de España frunció el rabo al enterarse de los tejemanejes de los ingleses calentándonos la oreja. ¡Barajo, tercio y parada! afirman que dijo en su Palacio de Oriente. «La masa no está para bollo y el chocolate es caliente. Dadle caramelos de anís a mis cruzados mantuanos. Acabad con la Guipuzcoana, con las Gracias al Sacar; que los pardos no se casen; vended en cómodas cuotas títulos de marqueses y condes a los grandes cacaos; haced caballeros de Carlos III a todo aquel que meta bulla. Decidle a los mantuanos que los amo; que tienen lugar de honor en mi regio corazón. Dadles caldo de sustancia mientras acabo con el inglés».

«Llegaron tarde sus carantoñas. Por meterse a brujo cayó en el berenjenal. Además de los ingleses y los de Curazao, sus mismos aliados, los estadounidenses nos ofrecen por debajo de cuerda, fuerza y apoyo para emanciparnos, porque los inglesitos del norte son más vivos que un tuqueque y saben desde el principio quiénes son y adonde van».

Calle empinada. Vaivén de Corpus. Caja dorada. Patas de araña. Don Juan Manuel de Blanco y Palacios se bambolea en su silla de mano de cuatro esclavos, damasco y seda.

—¡Al fin llegamos!

—¡Cuánto pesa un gran cacao!

—¡Me duele el brazo, el entrepierna y los pies!

—¡Llevo el hombro dormido!

—¡Tengo hambre, tengo sed!

La tarde se adentró en la noche. En la esquina de Las Madrices, la casa de Don Juan Manuel se asoma a las dos calles con la cuadra abierta.

—¡Ahí viene el amo! —alerta una voz.

Veinte esclavos, diez antorchas, salen corriendo a su encuentro.

La llaman la Casa del Pez que Escupe el Agua por una fuente coronada por un

pez de piedra que entre chorros y silbatos agoreros, opina, protesta y canta.[2]

Es la más grande y suntuosa de la ciudad, enmarcada, aún, dentro de los linderos que le asignó a Don Francisco Guerrero, Diego de Lozada, conquistador y fundador de Caracas.

Retumba el ancho portón claveteado, de frente a la Calle Real. Arriba, el escudo de armas de los Torre Pando de la Vega con su torre chata y sus gloriosos cuernos de oro.

La silla gira, la silla avanza, apuntando hacia el zaguán. La gente se arremolina en la calle para ver al Pez de la fuente encantada.

Don Juan Manuel endereza su corpachón y hace más protuberante el belfo que tanto parecido le daba con el Príncipe de Asturias. El Pez, de chorro erecto, lo saluda.

«Veinte somos los Amos del Valle: Blanco, Palacios, Bolívar y Herrera; de la Madriz, Toro, Tovar y Lovera…».

 

2. El ser del mantuano

Patio cuadrado con la fuente en medio. Corredores de columnas panzudas. Sillas frailunas. Techos altos.

—Date prisa, papá —dice Doñana, una moza regordeta—. Falta media hora para que lleguen los invitados.

—Y hoy viene el Gobernador, recuerda su yerno, el joven Conde de la Granja.

Don Juan Manuel, ojos cerrados, besa a su hija.

—Apúrate, mijito —ordena una negra flaca llamada Juana la Poncha, aya y dueña

de Doñana.[3]

Don Juan Manuel cruza el patio y entra a su alcoba. Un lecho en baldaquino centra la habitación desmesuradamente espaciosa.

El espejo que trajo de España refleja entero su corpachón. El jubón le queda justo. Amoratado recoge el vientre mientras lo van fajando. Ríe la negra.

—Pareces una misma hallaca mal amarrada.

«Estoy convertido en un viejo chorrocloco, listo para el arrastre, como dice esta negra falta de respeto. Hay que ver esta panza. Mírame las venillas que surcan mi nariz y mi cara, como si fuera un borracho consuetudinario. La calva me llega a las nalgas. A Dios gracias que se usa peluca. ¡Carrizo, me salió otra verruga! Ya no tengo los ojos claros limpios de antes. Los parpados están descarnados. Y la córnea la cubre este manto de nata. ¡Mírame las piernas!: son dos palillos que no dejan caminar y menos hacer de jinete de un caballo brioso. Tengo una gordura de piñata y una tristeza de viejo enfermo. En cambio Juan Vicente Bolívar, dos años mayor que yo, parece un mismo muchacho».

—Mi amo —anuncia una voz sigilosa y apostada—, acaba de llegar Don Juan Vicente Bolívar.

A pasos cortos salió al encuentro del amigo de metra y zaranda. A los cincuenta y seis años tiene el cutis terso y la mirada brillante.

—Conchita te manda a pedir que la disculpes, pero está de lo más embromada. ¡Tú sabes!

Tras Juan Vicente, entre capas negras y rostros cetrinos, cual alguaciles de corrida mayor, precedidos por vacas madrinas, altas, gordas, perfumadas, hicieron su entrada los marqueses de Mijares y los Condes de Tovar.

«Llegó la conspiración».

¿Y Mister Sam? —preguntó Bolívar a los Gran-Cacaos.

Qué temeridad —musitó a Juan Vicente— el que haya invitado para esta noche al Comisionado de Estados Unidos y al Capitán General.

—Tranquilízate chico, el tal Sam es una lanza en un cuarto oscuro. Nadie va a sospechar nada y menos el Gobernador. Al fin y al cabo, ¿no son aliados España y los Estados Unidos? Él trae, una buena coartada, la de pedir mayor protección a los corsarios norteamericanos al refugiarse en nuestros puertos.

Un esclavo de librea alerta los invitados:

—¡Ahí viene el Gobernador!

—Buenas y santas noches —saludó Don Manolo González. Capitán General de Venezuela. Hombre regordete y afable, de mediana estatura, que hacia gala de su llaneza y originalidad.

Flanqueando a su esposa, una mujer gorda y corriente, estaba un hombre alto, flaco, viejo y nervudo, de barba vertical y blanca, con ojos de mesías.

—El amigo de Sam se vino con nosotros —aclaró Don Manolo—. Charlábamos de negocios en casa y nos vinimos juntos.

—¿Te fijas que el tío Sam sabe dónde vive el diablo?

Luego de un aperitivo pasaron al comedor.

—Linda casa tenéis, amigo mío —celebró el Gobernador haciendo girar sus ojos por el amplio patio.

El comedor a lo largo era tan ancho como el patio, con su enorme mesa de caoba y sus paredes tapizadas por platos grandes de porcelana con los doce escudos de la familia grabados al fuego.

—Deliciosa sopa, amigo mío. ¿Cuál es su nombre?

—De ajoporro, Excelencia. Es una sopa muy casera, pero me imaginé que habría de ser de vuestro agrado.

Tras la sopa sirvieron unos huevos fríos cubiertos por una salsa amarillenta.

—Olé por esto —clamó el Gobernador—. Jamás en mi vida había comido nada más exquisito.

—Es salsa de mayonesa, Excelencia —añadió dichoso Don Juan Manuel—. Es un secreto casero que trajo de la Isla de la Tortuga mi bisabuelo Rodrigo Blanco, cautivo por tres años de los célebres piratas.

—¿Y cómo anda vuestro artilugio? —inquirió Juan Vicente aludiendo al globo que días antes voló sobre Caracas con Don Manolo dentro.

Rio con ganas el Capitán General. Ya conocía las duras críticas de que anduviese cual un papagayo haciendo payasadas por los aires. Así como les parecía absurda su afición por el teatro, hasta el punto de haber erigido un coliseo de tabla y coleta en un solar del Conde de la Granja, donde hacía de empresario, director y libretista.

—El próximo domingo voy a presentar La vida es sueño —respondió a Bolívar pasando por alto su pregunta y la mirada de inteligencia que cruzaba con el Marqués de Mijares.

El Comisionado de los Estados Unidos elogia la suculencia del pastel de polvorosa. Don Manolo insiste:

—Estoy muy entusiasmado con mi teatro. Tan sólo me hacen falta artistas. Vosotros deberíais ayudarme. ¿Por qué no ensayamos, Don Juan Manuel?

Displicente el Regidor tamborilea sobre la mesa:

—No, Excelencia, ello seria menos que imposible. Jamás un mantuano accedería a tanto.

—¡Mantuanos, mantuanos! —golpeó con la voz sin inmutarse—. Desde que llegué hace tres meses no oigo sino hablar de mantuanos y por más que me estrujo la mollera, no logro entenderlo. ¿Me queréis hacer comprender, mi noble amigo, de una vez por todas, qué significa en verdad un mantuano?

Don Juan Manuel lo vio a los ojos con aquella mirada profunda. Los puso sobre el mantel, sorbió el vino de su copa. Finalmente dijo con aquel vozarrón de cura mosquetero:

—Es difícil de explicar, Excelencia. No somos ricos ni somos pobres, no somos blancos ni somos indios. Somos tan sólo mantuanos.

Que somos nobles desde la Conquista; que sí y que no. Que sólo nuestras mujeres pueden usar mantos: eso apenas es atributo que no aprehende la esencia. En Caracas están nuestras casas y nuestras tumbas que guardan y esperan. En Caracas nacemos y hemos de morir. En Caracas nos bautizan, nos confirma el Arzobispo, recibimos la Eucaristía y desposamos a nuestras mujeres. Fuera de las dieciséis manzanas que rodean la Plaza Mayor, no hay casa ni familia mantuana.

Juan Vicente con pupila puntiforme escudriña a su amigo Don Juan Manuel: «Parece un halcón dormido. De muchacho cantaba y reía como cualquiera: brincaba a las negras en los caminos y jadeaba con ellas en las laderas».

—Los mantuanos —prosigue Don Juan Manuel— no tienen casa frente a la plaza del pueblo. Los amos del señorío vivimos en las haciendas, hijas de la encomienda, nietas del risco feudal. Los ingenios son torres del homenaje. La soledad y el descampado, fosos profundos de poder y silencio. En los pueblos transitamos por las calles, ejercemos justicia por fuero, acudimos a misa los domingos, llevamos el palio en las procesiones, presidimos los duelos. Rompemos cañas en las fiestas patronales y algunos hasta se llevan a sus haciendas a las mozas guapas mientras dure la cosecha. En los pueblos hacemos cuanto nos venga en gana, menos pernoctar: la noche iguala.

«Antes bebía y se emborrachaba como un hijodalgo, —sigue diciendo Juan Vicente—. Pero desde que mataron a su padre nunca más pudo echarse un trago. Enloquecía de súbito, volvíase criminal. Desde entonces fue como una copa astillada, privada del claro acento de los cristales buenos. Nunca mas blasfemó ni volvió a escuchar sus malas tendencias, que tan buena son para regocijar el alma. Nunca más se encabronó, y cuando las mozas garridas y brinconas como la Matea se le sacudía cual serpentinas de tres colores, las veía de reojo, cual tigre a un saco de mamones».

—Caracas —dijo Don Juan Manuel— es la fuente de su existencia; en ella y solamente en ella deben transcurrir los actos fundamentales de su vida, con excepción del nacer y del morir; que pueden sorprendernos en cualquier parte. Aun así, de ser posible, hacemos lo indecible para que ello suceda en Santiago. Si una mantuana grávida en un pueblo lejano siente aproximarse el parto, se tiende en su propia cama y a pulso de sangre, como hace el moribundo, desde una hamaca toma el camino de Caracas. ¿Comprende ahora, Vuestra Excelencia, lo que es el ser un mantuano? No es fácil explicarlo. Para entender a un mantuano no queda más camino que nacer mantuano.

¿Y de dónde les viene el nombre? —Preguntó Don Manolo —. ¿Es acaso de Mantua, la noble ciudad del Mincio?

—No, Excelencia, apócope atropellado de negros bozales reverenciales: manto, ama; mantuama, mantuanas, mantuanos. Dueños de la Mujer del Manto: Toison del Ávila: Orden de la Charretera que inventó el Guayre; pendón excelso de los Amos del Valle.

Mijares, Tovar y Bolívar inclinaron las cabezas: «Sólo sus mujeres, y nadie más que ellas, cubrirán sus cabellos de mantos negros. En Catedral, en la nao del medio, sobre alfombras de Persia, cercadas por siete esclavas. Soberbias. Altivas, cual torres enlutadas de seda y percal».

 

3. Don Feliciano y el Pez

Levantados los manteles, deambularon vacilantes, enlazados, susurrantes, hacia el Gran Salón. El Pez, al paso pitó agorero, recogió el chorro y lo puso en umbrella.

En medio de los retratos, en lugar de honor, destacaba el óleo de Don Feliciano Palacios y Sojo, su abuelo, el otro duende que dominaba la casa: condenado por el artista, un brujo formidable, a morisquetear por toda la eternidad a causa de una trastada que le hiciera su intemperante modelo. Poner la boca en hociquillo, guiñar los ojos y sacar la lengua, eran sus señas más asiduas, aparte tirar trompetillas, mostrar higas o descolgarse de su percha profiriendo tacos o carcajadas, según lo atosigara la ira o el júbilo, como hiciera el día en que su nieta Concepción contrajese

nupcias con Juan Vicente Bolívar y Ponte, a quien detestaba.[4]

—Grande hombre fue mi abuelo —dice al Gobernador—, lo llamaban el Gran Mantuano. Hasta los sesenta y siete años se mantuvo activo, vigilante y enhiesto. Haciendo vibrar la Provincia con sus desmanes y arbitrariedades; pero a pesar de lo gruñón y mal hablado, era bueno como la hallaquita y tierno como la cuajada.

—¡Vamos! —exclamó Don Manolo mirando hacia el cuadro de un hombre joven, de gran mentón, labios gruesos, boca entreabierta y cara alargada. Con una expresión de difícil discernimiento entre la insulsez profunda y la abstracción concentrada de los grandes filósofos—. Ya veo que tenéis aquí un retrato de nuestro Emperador Carlos V. ¡Vaya que era feo el Águila Bicéfala! ¡Mirad que cara de idiota la que tenía el más grande de nuestros reyes!

Por Dios, Manolo —protestó su mujer— que de no ser los señores de confianza, mal nos encontraríamos dentro de poco para el yantar.

—Pero hija —le respondió el Gobernador— lo que es verdad no es cuento. Mírame esta cara de cretino, empero que para decir verdad, el pintor exageró a más no poder; parece obra de algún enemigo. ¿Era francés el artista?

El mantuano entre orgulloso y confuso, puso en su boca su media sonrisa:

—No es el Emperador Carlos V; es mi abuelo paterno, Don Jorge Blanco y Mijares, uno de los espíritus más lúcidos de su época, a cuya gestión se debe la

fundación de nuestra Universidad.[5]

¡Vaya, vaya! —Respondió Don Manolo sin turbarse, aquí se demuestra una vez más que el rostro no siempre expresa los contenidos del alma. Pero lo que es innegable —añadió acto seguido— es el enorme parecido que guarda vuestro abuelo con el Emperador. Parece su mellizo. ¿Qué casualidad, no? —dijo volviéndose hacia los presentes.

—No es casualidad —respondió Don Juan Manuel reventando de orgullo. Y ya iba a proseguir, cuando un ruido sordo y metálico contra el entablado lo hizo darse vuelta.

—¡La cimitarra del Cautivo! —exclamó con unción, corriendo a recoger un alfanje caído de su panoplia—. Este noble paladín, conquistador de Caracas —aclaró — es la raíz de mi estirpe. A los sesenta años, cual un nuevo Moisés, andaba por estos andurriales guerreando y difundiendo la fe de Cristo entre aquellos salvajes que poblaban el Valle. Dicen las crónicas y lo recoge la conseja, que en su tiempo no

hubo hombre de mayor parsimonia y recto proceder.[6] Este aposento fue su primitiva vivienda. Lo eran en Caracas todos los salones de las ocho manzanas que circundan la Plaza Mayor.

¡Vaya, vaya! —dijo el Gobernador.

—Aquí el Cautivo pernoctaba y hasta combatía cuando los indios se saltaban la muralla…

—¿Muralla?, ¿muralla? No sabía yo de su existencia. No aparece en las crónicas ni en aquel primer plano de Don Juan de Pimentel…

El mantuano sonrió displicente:

—La fachada de esta casa, la que mira al naciente, en su tiempo fue lienzo de la muralla que cercaba a la ciudad…

—¡Vaya, vaya! —dijo el Gobernador.

—En esta alcoba está presente, se siente y vibra el alma de Francisco Guerrero,

fundador de la ciudad.[7] Cuando mi ánimo desfallece me sumerjo en ella mirando hacia su alfanje que llamaba La Cantaora, y evoco su presencia. Cual un milagro, mi alma se llena de sosiego, pues al parecer tal fue su sino. Era tierno, morigerado y comprensivo, no sólo para sus compañeros, sino para con los desgraciados indios. Fue algo así como un Fray Bartolomé de las Casas. En edad avanzada casó con Doña María Manrique de Lara, que como seguramente sabéis, viene por línea directa de Rodrigo Díaz de Vivar. Mi ascendencia llega hasta Bermudo III. Mis abuelos y antepasados son Grandes en España, conquistadores, capitanes generales y virreyes. Descendiendo por línea directa de Garci González de Silva. Y a diferencia de algunos grandes cacaos —dijo mirando de soslayo al de Tovar— no tengo gota de moro o de judío, como es el caso de la mitad de España. ¡Cuán importante es tener un linaje limpio y heroico! —añadió ufano—. Por algo Dios hizo a unos hombres amos y a otros esclavos. Por eso me llena de santa indignación cuando pardos evidentes, con el negro y el zambo tras la oreja, se emparejan y blanquean por las Gracias al Sacar…

A las doce en punto se marchó el Gobernador. Apenas cruzó el zaguán. Juan Vicente apremió a Sam y a sus amigos: —Vamos a lo nuestro.

Camino del despacho de Don Juan Manuel, dijo a éste: Creo que te ha de gustar la carta.

En su escritorio de dos aguas y ante la mirada atenta de los cuatro hombres, examina con detención la propuesta que por el intermedio de Sam envían sus tres amigos al General Francisco de Miranda, criollo de pura cepa y héroe de la lucha que en el Norte se libra contra los ingleses.

Don Juan Manuel cepillea placentero con su índice el borde de su plancha de mármol: «No es ninguna cacaíta lo que responden los tres mantuanos al general caraqueño asintiendo a su propuesta de ponerse al frente de la Insurrección que se urde contra España».

«Hasta hace dos meses, en que retornó de la Península —se dice Juan Vicente— nadie hubiese podido hablarle a Juan Manuel de emancipación. Junto con el Marqués del Valle, era el más empecinado defensor de la causa del Rey. Pero desde que le exigieran, hará cosa de quince días, otros cien mil reales para hacer efectivo su titulo de Conde de la Ensenada, so pretexto de podar algunas ramas torcidas de su mantuano ancestro, montó en cólera y clamó a gritos contra la venal corrupción borbónica, mandando al diablo su lealtad, cual hice yo cuando me negaron el marquesado de Cocorote por la oscura historia que se achaca a mi abuela Josefa Marín de Narvaez».

Todos miraron atentos el rostro de Don Juan Manuel. Es muy importante para la causa de la Independencia contar con su aprobación. Es el mantuano más poderoso, rico y respetado de toda la Provincia. Leyó la carta una y otra vez. Luego de mirar a Tovar, a Mijares y a Juan Vicente, tras breve vacilación estampó su rúbrica.

—A partir de este momento —afirmó con voz profundamente perturbada— soy reo de alta traición.

—Es el Rey de España —respondióle Bolívar al calar su congoja— quien nos ha traicionado al relegarnos de Provincia a Colonia.

—Es cierto lo que dice el Señor de Bolívar —intervino con énfasis el Comisionado de Estados Unidos, inmerso hasta entonces en una apacible inmovilidad —. Es clara la intención de Carlos III de arrebataros vuestra fortuna y privilegios como factores de poder. La acción expoliadora iniciada por la Guipuzcoana hace cincuenta años, ha de proseguir. Otras compañías mil veces más voraces la habrán de sustituir. Los pardos serán equiparados en derechos a vosotros, como hace poco hiciera con los canarios. Diez mil campesinos andaluces, según nuestros informes, se aprestan a venir hacia acá para sustituiros en la ducción de vuestra tierra. El Rey de España, al igual que Jorge III de Inglaterra, detesta a los blancos de América, aparte de que Carlos III de España cree y afirma —comentó con significativa inflexión de intriga— que sólo sois españoles a medias. Mestizos, quiero decir…

—¿Mestizos nosotros? —rugió Don Juan Manuel—. ¡Qué se habrá creído el muy cretino! —y sacudido de apoplética indignación, desgranó su verbo contra España, el Rey y los Borbones, ofreciéndose en bolsa y vida a luchar por la Independencia de Caracas.

El Comisionado de Estados Unidos sonrió complacido ante sus palabras:

—Nuestro apoyo —dijo antes de marcharse— no habrá de reducirse a una lejana solidaridad sentimental. Bastarán los veteranos que caben en una fragata de guerra, con el General Miranda al frente, para que con vuestra ayuda derroquemos al gobierno español.

«¿Con vuestra ayuda? —Rumia Don Juan Manuel luego de marcharse los invitados, al pie de una columna, con los ojos resbalando sobre el Pez—. ¿Derrocaremos? ¿No hubiese sido mejor decir: Os ayudaremos a derrocar? ¡Ay. Dios! qué de cosas dicen las palabras que se escuchan en tercera intención. No me gusta Sam. No me gusta Miranda. Y menos el Rey. ¿Qué será de nosotros? ¿Qué habrá de suceder cuando nos declaremos en rebeldía contra el Rey?».

«La desolación, la muerte y la guerra —respondióle adentro el Marqués del Valle —. Vosotros seréis los culpables, por vuestra codicia y vanidad, de los cientos de males que estarán por venir. Perderéis el chivo y el mecate, la apostura, la prestancia y hasta el modo de caminar».

El Pez que Escupe el Agua elevó el chorro tres veces por encima del techo, entonando su silbido de pillete. Acontecimientos fáusticos para la familia o para la Provincia estaban por venir.

Don Juan Manuel ronroneó esbozando una sonrisa:

—A ti no hay quien te entienda: primero te pasas la semana, al igual que mi abuelo, agorerando malas nuevas, para que ahora las hagas buenas.

Una carcajada rompió a sus espaldas. Era Don Feliciano enmarcado en su retrato dorado.

«Ahora si es verdad que la pusimos de oro: partiendo un confite el pez y mi abuelo».

Los duendes se detestaban mutuamente. En vida del Gran Mantuano, el Pez no perdía oportunidad de hacerle mota: mojándolo de cabeza a pies, o siseándolo burlón como calientacama de callejuela.

El viejo Palacios, a su vez, lo hostigaba inclemente: sea acusándole de pagano y endemoniado, con el objeto de recabar la intervención del Santo Oficio, o difundiendo difamatorias consejas, tildándolo de lambisca, marica o intrigante.

Muerto Don Feliciano,[8] prosiguieron las hostilidades entre el Pez y el retrato embrujado a todo lo largo de los últimos treinta y siete años, llegando al extremo de que si uno se expresaba, el otro guardaba enconado silencio y hasta por dos semanas. Para expresar, como le dijera el Pez a Juana la Poncha en sueños, que si ambos eran genios tutelares de la familia Blanco, había profundas diferencias de rango y ancestro entre ellos como para estar vaticinando al alimón:

«Yo soy hijo del Rey Arturo y de una ondina, en tanto que Don Feliciano es hijo

de un subteniente chulo que huyó a Venezuela[9] perseguido por la Inquisición por sus nefandas relaciones con un vampiro circuncisor que asoló a una puebla de Vizcaya».

Sólo en caso de insólitos acontecimientos el Pez y Don Feliciano cuidábanse de expresarse conjuntamente. Tal fue el caso, hace dos años, cuando el Rey decidió

acabar de una vez por todas con la Compañía Guipuzcoana.[10] En el momento mismo en que Carlos III firmaba el Real Edicto en Aranjuez, el Pez y Don Feliciano al unísono expresaron el júbilo que seis meses más tarde compartirían los mantuanos. Igual sucedió años atrás, cuando Su Majestad le echó un parao a la parejería creciente de los pardos al prohibirles el matrimonio con gente blanca. Don Feliciano hasta cantó la primera estrofa de Favola in Música y el Pez, cual remedo de los pasos que ha de dar un zambo para llegar a blanco, varió cinco veces el color del chorro y lo elevó como hoy, por encima del techo y sesgándolo en espiral.

Ambos lloraron, y con acento luctuoso, la instauración de la Compañía

Guipuzcoana[11] y la formación de la Gran Capitanía General de Venezuela, que

tantos males trajo desde un principio.[12]

«Algo muy serio va a suceder en estos días para que los dos se pongan de acuerdo con sus morisquetas y sus presagios. Lo que no entiendo es por qué a veces son augurios de vida y otros de muerte. ¿Qué será. Dios mió, lo que va a suceder?».

Sin pensar más se dirigió a su habitación.

 

4. ¡Sana, tanga y bulé!

Juana la Poncha espera en el patio que su amo y señor haga sus necesidades. Don Juan Manuel desde la bacinilla que llama la del Rey de Nápoles, contempla con expresión abstraída la lámpara votiva que alumbra a una estatuilla negra de la Virgen de la Soledad. Es la efigie que veneraba su antepasado, el Cautivo.

¡Ya! —gritó con voz agria.

Juana la Poncha, tapada la nariz, vació la bacinilla en la calle por una de las ventanas del gran salón.

—No te preocupes, mijito —respondió a las protestas del amo—. Ahí mismo se caga el sereno.

De dormilona y gorro de dormir, más que viejo parece una anciana mustia y vacía, engrifonado de cuajo. Luego de cerrar las puertas que daban hacia el patio y de correr los pesados cortinajes que la guarnecían, se subió a la cama en baldaquino que cien años atrás hiciera tallar su abuelo Don Jorge Blanco y Mijares.

La plancha de mármol que le regaló Jorge Washington le sonríe desde su vaso de agua perfumada. La luz del velatorio parpadea contra el dosel. Un rostro de mujer zigzaguea. «Es hermosa, sin duda. Tiene facciones finas y el perfil antiguo. Buenas las maneras. La piel azafranada, lisa, suave y caliente. Luego de un año y medio de viudez me hizo reír de nuevo. Ya todo estaba listo para que fuese mi esposa. Luego averigüé la verdad. Hice con ella lo que tenía que hacer. Me dio mucha lástima, pero no me quedó más camino que enviarle mi decisión a Cumaná. A estas horas estará más que enterada. Ansío conocer su respuesta. Hoy o mañana habrá de llegar. ¿Qué estará pensando la pobre? Llorara, sin duda. Pero tarde o temprano se le habrá de pasar. Es joven además de guapa y rica. Lástima que lleve en sus venas tarjo del Senegal».

Resuena triste el silbato del Pez en medio de la noche. Un calosfrío lo sacudió. Corre las cortinillas del lecho. Mete la cabeza bajo su almohada y entre conjuros y oraciones se dispone a dormir. La vela termina por extinguirse y el cuarto verde se torna negro en toda su extensión.

La noche estaba fría, a pesar de ser julio y de no haber llovido como era lo habitual. La luna y el silencio enseñoreaban el amplio caserón. Sombras tenues y de mudables formas vagaban por los corredores. En el oratorio, entre la alcoba y el Gran Salón una voz débil en forma de vieja reza arrodillada. En el Salón de los Retratos una silueta de mujer, se perfila en la alfombra. En la fuente se baña desnuda una zamba. Un gato de ojos rojos, cola de alambre, tira de Fernando Ascanio para que vea a la hembra. En el cuarto de arriba un español de pelo rojizo y perfil engrifonado tienta entre malos sueños a la hija de Don Juan Manuel. El pez agorera. Solloza Don Feliciano. Canta la pavita. Aúlla el perro. Llora una gata.

«Están los diablos sueltos».

El frío arrecia como si estuviera al descampado. Tienta la cobija. No está en las canillas, ni a sus pies, ni a los lados. La cama se ha hecho más larga, más ancha, dura como el piso. «Esto no es mi cama».

Está sobre el suelo frío: entre piedras y yerbajos, de cara al descampado. La luna brilla, arriba.

¿Qué varilla es ésta? —dijo tocándose el gorro de dormir—. Un recinto cercado del tamaño de la Plaza Mayor distinguió al primer golpe de vista. A su derecha y a treinta pasos, se extendía una casa de ancho portón. Al fondo, frente a sí, un muro alto. Dos hombres caminaban marciales por una rampa de techos sobre galpones cerrados, flanqueados por un fogón y una cuadra de caballos en la esquina. El muro cubría hasta el pecho a los centinelas. Uno era negro y el otro indio; de plumas y taparrabo, que al llegar al final del entarimado gritó sus contraseñas en el mismo instante que el negro lo hacía en lontananza. Dos voces reciamente castellanas le respondieron.

El Ávila se perfilaba sobre un cielo plata.

«Estoy en Caracas —susurró confuso y emocionado— ¿pero, donde estoy?».

Un samán que sobrepasaba tres veces el muro le dio la respuesta.

—Pero si este es el samán de mi casa. ¡Estoy en mi casa! ¿Qué se hizo lo demás?

Un caballo blanco pastaba amarrado al tronco. Tras de si una cerca de tunas y paloapique limitaba el solar vecino. Don Juan Manuel se levantó titiritando de frío. «Allá está la ceiba de los Gedler. Esta es la manzana de mi casa». Con el paloapique apenas los cuatro solares hacen una extensa plaza entre la muralla. Una acequia rumorosa cruza en diagonal el patio donde antes estuvo o está su vivienda. En la esquina de arriba, al final de la rampa donde vocearon santo y seña, se eleva una garita.

Un hombre fuma. Ya vuelven los centinelas. ¡Ave María Purísima! ¡Sin pecado concebida! Un perro ladra furioso al lado de la cocina:

—¡Quieto Amigo! —ordenó una voz. El perro no cesó de gruñir. Alguien rasgaba un cuatro en la habitación del fondo. Una voz aguardentosa cantaba:

Niño en cuna,

qué fortuna,

Qué fortuna,

niño en cuna.

Se acercó con paso vacilante. Una piedra le hincó un calcañar. La voz aguardentosa voceando la misma copla. La alcoba grande, no tenía ventanas. Dos huecos del tamaño de un puño y a ras del techo de paja, hacían de respiraderos. Una luz muy tenue se filtraba por ellos. El hombre de voz ebria dejó de cantar y soltó la risa. Una mujer de extraño acento gritó colérica: ¡Malo, malo que eres!

Se escuchó un gruñido. Otra voz juvenil salió por el bahareque.

—¡No le pegues, amo! ¡Deja quieta a Acarantair!

Seguir: parte 2 de 3