Los Amos del Valle

Francisco Herrera Luque · Capítulo 1 de 12 · parte 2/3

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Los Amos del Valle

PRIMERA PARTE Mantuano de Ocho Cuarteles

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Volvió a estallar la carcajada. Un golpe seco abocinó a un Quejido. Era el hombre joven quien lloraba.

—Eso te pasa por entrometido, negro asqueroso.

—¡Malo, malo que eres!

—¡Calla ya, india lanuda y dámele contento al cuerpo!

—¡Déjame, malo, malo que eres!

Risas, gritos, tintineos entre el bahareque. Don Juan Manuel su camisón de dormir y con la mano en la oreja, se adentra por los murmullos. El perro ladra y ladra sin cesar. En el entarimado, indios y negros continúan su ronda. Brilla la luna sobre el samán. En la garita una voz castiza salmodia santo y señas. Adentro alguien retoza con una mujer y otro hace tintinear cadenas. Un alarido agónico baja con un cuerpo desde la muralla.

—¡Los indios, los indios! —alerta una voz.

Gritos y luces llenaron el cuadrilátero. Una corneta restalló más allá de la ceiba. Resonó un disparo y afuera los tamboriles. Una flecha encendida cayó a los pies de Don Juan Manuel.

—¡A las armas, que los indios atacan! ¡Toquen a generala!

Una campana doblaba a rebato. El entarimado frente al samán se llenó de gente. A ratos se oían disparos. Caían las maldiciones, las flechas encendidas y las voces de mando.

—¡Me cago en San Pedro! —bramó una voz dentro—. ¡Ya estos malditos indios ni folgar dejan!

Violenta se abrió la puerta. Don Juan Manuel desorbitado se adosó a la pared. Un hombre descomunal trajeado a la turca salió por ella. De piernas abiertas y manos en jarra miró hacia el muro:

—¡Maldito mil veces sea el cacique Tamanaco!. ¡Ea, Julián! —gritó hacia la puerta—. ¿Qué es lo que te pasa que tanto tardas para quitarte el cerrojo? ¡Tráeme ya a La Cantaora y el mosquetón de combate!

Un negro joven y musculoso apareció al reclamo. Don Juan Manuel dio un traspiés. El hombre del turbante se volvió en redondo.

—¿Quién sois? —inquirió amenazante agitando un inmenso alfanje.

La luna le daba en la cara. Don Juan Manuel lo miró con terror. Era un hombre viejo de expresión temible.

—¿Qué quién sois, os pregunto? —insistió mascullante tirándole el primer tajo. Intentó huir, volvió a tropezar, cayó al suelo.

El viejo del turbante levantó su espada:

—¡Reza a Cristo o a Mahoma, que hasta aquí llegaste, garbancero!

La campana de la esquina seguía tocando a generala. Don Juan Manuel esperaba el golpe. La campana continuaba repiqueteando. El tañir subió de punto. Parecían diez campanas. Rezó a Cristo y a Mahoma. Las campanas batíanse desenfrenadas. ¡Acabad ya de una vez! —gimotea en la penumbra de su lecho en baldaquino—. Catedral clamoreaba en la esquina. Restallaban los cohetes. Musitaba el cañón viejo. La charanga de la guardia principal pasó por su casa y siguió calle abajo.

—¡Qué pesadilla! —se dijo aliviado fijando los ojos en el dosel donde un hilo de oro dibujaba las armas de su familia.

Callaron las campanas. Guardó silencio el cañón. La charanga se extinguió en la lejanía. Y uno que otro cohete siguió cantando las glorias de Santiago el Mayor. Afuera se oía el rumor de la fuente, el canto de las paraulatas y los cristofué y el susurro de las esclavas barrenderas.

«¡Qué varilla! Mañana he de presidir el Tedeum. ¿Quién me habrá mandado a ser Regidor Decano?» —y volvió la cara a la almohada para descabezar el último sueño.

Ya se sumergía en tibias imágenes, cuando una extraña sensación lo sacó de su letargo: algo, alguien estaba allí: en su habitación, al lado de su cama.

El Pez que Escupe el Agua dejó salir su pito de advertencia, su pito agorero, su pito ululante. Don Juan Manuel se dio vuelta panza arriba.

Era el ser, la cosa, el ente tantas veces esperado, deseado, temido.

Lo sentía a su lado, al alcance de su mano, tras las cortinillas de su lecho en baldaquino o agazapado en cuclillas, desnuda o vestida, lista a saltar entre la cómoda y el armario.

Abocinó su mano sobre la oreja grande y velluda. Giró los ojos en extrema mirada hacia el flanco temido. Intentó oír el entrechocar de sus dientes crispados, la voz de su aliento, algún suspiro, el chupeteo succionante y húmedo de sus pies desnudos. Pero ninguna señal perceptible delataba su presencia.

Pitó de nuevo el Pez. La borla de su gorro de dormir se agitó temblorosa. Entrecruzó sus manos sobre el vientre prominente. Encogió las piernas presto para la huida.

Don Juan Manuel sintió que el ser o la cosa se erguía en el rincón y se le acercaba a paso lento. Desdentado murmuró una plegaria. La cosa gelatinosa no se detuvo. No la veía, no la escuchaba, pero la sentía en plenitud: la sabía malvada, sonriente con el rostro totalmente al descubierto, siniestra, burlona, maligna.

—¡Niki molevá santa! —gritó con fuerzas.

El conjuro que le enseñó su aya la contuvo.

¡Sana, tanga, bulé! —añadió en seguida—. Sintió que se volvió de espaldas.

Ruidos y voces se escucharon en el patio. Era su hija Doñana y su yerno, el Conde de la Granja.

—¿Y mi padre? —preguntóle a Juana la Poncha.

—Guá, durmiendo como una misma tragavenados.

—Vamos a despertarlo, ya es casi mediodía.

Don Juan Manuel al sentirlos venir acrecentó sus bríos. Echó a un lado las frazadas; de un salto se sentó en la cama, sacó las piernas fuera y de un tirón corrió las cortinillas. Allí estaba ella, la mujer del manto. Gorda, ampulosa y de espaldas. Un mareo fuerte lo derribó sin sentido.

Don Juan Manuel oyó entre brumas el sollozo de su hija. Su yerno lo reanimaba con voz recia y palmaditas en las mejillas.

—Si, yo lo sabía —gemía Juana la Poncha—. Yo tenía el pálpito de que algo muy malo le iba a suceder.

Don Juan Manuel abrió un ojo. Tres voces lo interpelaron.

—¿Cómo te sientes? ¿Qué te pasó? ¿Qué sentiste?

Sonriendo a medias musitó con voz calma y desasistida:

—No fue nada de particular. Me dio de pronto un vahído.

Han debido ser las caraotas con chicharrón que comí al acostarme.

Juana la Poncha gorjeó cristalina:

—Cuas, cuas. ¡Bien que te lo previne. Las tronadoras no son cosa buena para cenar y menos para la gente vieja!

Vacilante se envolvió en el batín de casa, calzó sus babuchas de gamuza y a paso lento salió hacia el corredor postrero, sentándose en una butaca de cuero con patas de león y alto espaldar coronado.

Luego de calzarse la plancha, de recogerse el pelo en moño de corte que con manos suaves le peinó Doñana, el anciano aterrorizado, minutos antes, se volvió un viejo triste de mirada perdida, fija en la mujer del manto; el trasgo secular que anuncia la muerte a los de su casa.

 

5. La Dama Blanca y los cuernos de oro

La historia era callada y antigua, según oyese referir de niño en su casa y siéndole ratificada luego por el Rey de Armas de Su Majestad. Todo comenzó con Carlos V y uno de los nobles de apellido White que lo acompañó desde los Países Bajos, donde siempre había vivido, hasta España, donde hubo de ascender al Trono de Castilla a causa de la locura que afectaba a su madre, la Reina Juana.

—Su Majestad Imperial —contaba el Rey de Armas— era de genio vivo y alegre temperamento. Disfrutaba a sus anchas de la vida, y en particular del comer y del beber, que hacía en exceso. Llegando a la extravagancia —para espanto de su preceptor el Cardenal Cisneros— de desayunarse con cerveza a las primeras horas del día. El Emperador, sin embargo, era asaltado cada cierto tiempo de una acedía que al echarlo en una postración delirante, poblada de imágenes apocalípticas, hacían de él, adalid de la cristiandad, un pobre poseso. Eran eclosiones del crepitar melancólico — según decían los físicos— que desde hacia siglos fustigaba a su familia.

Cuando el morbo se apoderaba de Su Graciosa Majestad, poniendo en grave peligro el buen juicio del Rey de España y Emperador de las Indias, tan sólo había una fórmula para conjurar el mal: una mujer. ¡Pero no creáis que era una mujer cualquiera! que si eso hubiese sido el meollo del asunto no hubiese habido problema, con las ricas y livianas hembras que merodean alrededor de un trono. Aquella fémina había de ser alguien muy especial. Singularmente elegida. Por un ente no menos excepcional: la Dama Blanca de los Habsburgo. El fantasma tutelar de la Real familia, que como seguramente sabéis, se corporaliza a la vista de todos en forma de vaporosa doncella cuando la muerte ronda a algunos de sus miembros. Lo que en España ignorábamos era que la célebre Dama Blanca, además de ser heraldo de la muerte, tuviese pujos de celestina, pues era ella quien susurrara al Emperador en trance de agonía el nombre de la doncella que, al calmarle sus ardores del cuerpo, ponía paz en los contubernios de su alma. Decía el de Alba, que era una ballesta para lanzar juicios temerarios, que todo aquello no era más que una patraña urdida por el Águila Bicéfala para satisfacer, sin afrenta a sus vasallos, sus reales y aceptables cachondeces.

Una noche en el Alcázar, como tantas otras, la corte se veía ansiosa en el ir y venir de los doctores. Su Majestad era acechado por la muerte. Ya todos desesperaban y más el Señor de White, por saber de una vez por todas el nombre de la agraciada, cuando el Gran Chambelán, rodeado de ujieres, se le plantó por delante: «Vuestra digna esposa ha sido la señalada» —le comunicó con su voz grave de funcionario responsable.

Súbitamente mejoró el Águila Bicéfala. Hasta el punto de que a la medianoche comió, bebió y danzó con Adriana Van Gheeraert, que tal era su nombre, hasta el mismo momento en que despuntó el alba.

Su Majestad pasó radiante el día siguiente, vital, atento, alegre; despachando los múltiples y complejos problemas de su vasto imperio.

Pero al caer las primeras sombras del anochecer, ¡ay!, volvió la desazón y su desquiciante cortejo.

El Gran Chambelán hubo de salir a medianoche a buscar a la milagrosa Adriana. Ante su sola presencia el Monarca de un salto se puso en pie y luego de soltar una carcajada pidió vino de Borgoña y un jabalí dorado para el yantar.

Por cuatro meses la enfermedad siguió idéntico curso: sol lúcido durante el día, véspero demencial y aurora jubilosa de medianoche al llegar junto con los músicos de cámara la bella Adriana.

El Señor de White desesperaba de la situación y más aún cuando los físicos le prohibieron acercarse a su mujer hasta tanto no se hubiesen equilibrado los humores encontrados que hacían delirar a su egregio paciente. Adusto puso el ceño el fiero caballero. Pero pronto habría de distenderlo: Su Majestad, en premio a sus servicios, además de hacerlo Conde de Torre Pando de la Vega, le daba por feudo y señorío las tierras de un mal vasallo.

Luego de meses de agudo sufrimiento, el Emperador recuperó el sosiego. Los de White un día, llorando a lágrima viva se despidieron de Su Majestad Católica, quien autorizó al nuevo Conde para que añadiese dos cuernos de oro a la cimera de su escudo, siempre y cuando castellanizara a Blanco el White flamenco de su apellido. Tal es el origen de vuestro nombre que tantas glorias y penas ha traído a España como a las Indias.

Adriana parió un niño, que si para los efectos era hijo del Señor de Torre Pando, para nadie fue un secreto que su sangre procedía de aquel risco donde sólo se posan las Águilas Bicéfalas.

Don Juan Manuel reventó de orgullo cuando terminó de hablar el Rey de Armas. De una vez por todas comprendía el por qué la muerte entre los de su familia era siempre advertida por un fantasma en forma de mujer, sin que pudiese entender ¿por qué el trasgo, antes de tener la grácil figura de la célebre dama, era gorda, rechoncha y vieja y sin más atributo de grandeza que el negro pañolón de las mantuanas? ¿Sería por la misma razón que en Venezuela menguan los toros de lidia, los caballos de paso y las instituciones? Sin duda alguna que este país es cosa seria.

 

6. El largo nombre

«Cuan variable es el signo de los nuevos tiempos» —pensó Don Juan Manuel desde su silla del corredor postrero—, mientras Don Feliciano y el Pez continuaban peloteándose sus signos de muerte y vida.

«Hace menos de dos años yo amaba al Rey, y más cuando llegó la noticia a lomo de nao de que nos devolvía el libre comercio que hacia más de cincuenta años nos

arrebató su padre Felipe V.»[13]

Alcaldes y Regidores estallaron en júbilo impropio a sus altos cargos.

Su cuñado Martín Eugenio de Herrera y Rada tiró su sombrero al aire y corrió hacia la calle gritando:

¡Qué ya la Compañía está muerta! ¡Qué somos libres de nuevo!

Los cohetes estallaron en los ciento cuarenta y dos rincones del valle. Repicaron las campanas sin orden del Arzobispo. Restallaron por las calles los tambores y furrucos.

—¡Gracias Señor, te damos, por haber quitado el velo que enturbia la Real mirada y el claro entendimiento del Rey, Nuestro Señor! —rezaban los Amos del Valle en el Tedeum de las cuatro castas.

—¡Gracias, padre de todo lo existente! —zumbaron, como abejorras cluecas, las cien mantuanas echadas.

—¡Gracias! —cantaban las negras alfombreras, pasmando los ojos entre espirales de incienso y luces de candelabros.

—¡Gracias! —dijeron, sin convicción, los oficiales del Rey y los españoles de afuera.

—¡Gracias! —musitaban a la misma hora y sin saber por qué los negros en San Mauricio.

—¡Gracias! —murmuraron, vacíos y con la mirada alerta, los pardos en Altagracia.

—¿Gracias de qué? —preguntó a su vecino un isleño de La Candelaria, mientras el Valle se sacudía con salvas de artillería y martillar de campanas.

—¡Gracias! —se volvió a decir Don Juan Manuel con sus ojos natosos en su silla del corredor postrero.

Juana la Poncha le ofrece un plato. Es hervido de carne gorda.

—¡Tómatelo! —le ordenó plantándosele por delante.

—¡No quiero y déjame en paz!

—¡Qué te lo tomes! —insistió dominante.

Ya se le encrespaba el ceño, cuando los gritos de una negra joven restallaron por el patio. Era Hipólita, la esclava de confianza de los Bolívar.

—¡Don Juan Manuel, tráigote noticias buenas! Mi ama acaba de parir a un muchacho: Simón Antonio de la Santísima Trinidad se ha de llamar. Yo soy el aya y tú eres su padrino de confirmación.

 

7. Acarantair

Desde la misma silla, con los ojos en lontananza. Don Juan Manuel deja pasar las horas. Todavía le tiembla el cuerpo por lo que vio esta mañana: cuando se ve a la mujer del manto nunca es para nada bueno.

«Sé que muy pronto voy a morir. Me lo ha dicho ella. Me lo ha dicho el Pez. Me lo ha advertido mi abuelo Don Feliciano. La muerte viene cuando no se quiere vivir. ¿Qué hago yo en este mundo? ¿Qué puedo esperar? Mi última esperanza de seguir viviendo se la llevó Carmen días atrás. En mala hora me perdió mi orgullo. ¿Pero, qué otra cosa podía hacer? Hoy estoy de nuevo sumergido en la soledad y el silencio. Ya no pienso en mañana sino en el ayer».

Aferrado a su silla del corredor postrero Don Juan Manuel vio acrecentarse las sombras y menguar el día. Dar paso a la tarde, avanzar la noche, encender las lámparas en cuartos y corredores. Escuchó imperturbable el paso de las horas en Catedral, hasta las nueve campanadas con que las ánimas inician su marcha. Cerróse con estrépito el portón claveteado.

«Los recuerdos —volvió a decirse posando aquella mirada mustia en la fuente del Pez— son sueños sin esperanza: caminos sin retorno; claridad crepuscular. Ya mi mundo se ha muerto. Ya su mundo se ha ido. Ya llega el momento de partir. Los que se aterran e inclinan ante el tiempo nuevo, arrastran la vida, que es cien veces morir». ¿Qué viejo digno puede aprender el nuevo lenguaje? ¿Hacer de tardío escolar luego de haber sido maestro?

«Ya no somos los mismos, los Amos del Valle. Ya no somos iguales. Siento y presiento que una hendidura se ha abierto en la historia y por ella sangra mi alma».

Del brazo de Juana la Poncha, caminó hacia su alcoba, quitose la plancha del Gran General, montóse en el trono del Rey de Nápoles, entró y salió la esclava. Una airada protesta v un indignado golpetear sacudió la ventana. Subió a su lecho en baldaquino. Retornó la negra. Cerró puertas, cortinajes v coronillas.

—La bendición, mi amo, que duermas bien y sueñes con los tres angelitos.

Parpadea la lámpara votiva. Desde el vaso de agua sonríen los dientes de Jorge Washington.

Sus ojos saltones, azules, acuosos, siguen recorriendo en el dosel el hilo de oro con las armas de su familia. Llueve en el patio, truena en el Valle, escandecen las centellas, barbotea la fuente del Pez que Escupe el Agua.

Raya un laúd. Raya de nuevo. Crepita el agua sobre el tejado. Ruge la acequia. Aúlla Amigo. Zigzaguean los relámpagos de Tacagua al Abra. En el Gran Salón de los Retratos alguien ríe, raya el laúd y entona un canto:

Niño en cuna,

qué fortuna,

Qué fortuna,

niño en cuna.

Tiene la barba blanca y el torso joven; la dentadura completa, blanca y carnicera; la tez seca, quebradiza y transparente.

—¡Puá! —exclama con voz de cañón viejo al trasegar el contenido de una totuma —. ¡Qué asco de brebaje este mal aguardiente que los indios llaman chicha!

Arrecia la tempestad. Tres chorros de agua rompen el techo de palma, enfangan el piso de tierra.

—¡Jolines! ¡Qué manera de llover!

Un negro joven y una mujer duermen sobre el piso; ella sobre un cuero de vaca; él sobre la tierra apisonada. Argollas de hierro al tobillo los sujetan a una partesana enterrada hasta el emboque. «Ni el hada Morgana, mi enemiga, se escaparía de tan ingenioso cepo» —se ha dicho el Cautivo.

Arriba de un taburete está la Virgen de la Soledad. Un velón grande de cebo le saca lustres. Desnudo sobre la hamaca escudriña al negro y a la india joven. Se la robó hace seis meses al mismísimo Guaicaipuro.

«Francisco Infante y yo, acompañados de sesenta hombres, llegamos a la madriguera del bestia. Cuando dimos fuego al bohío que le hizo buscar la muerte, entre llamas, cual la Venus de Sandro, salió Acarantair llorando y tosiendo».

Sus ojos de un azul intenso abullonados por unas cejas gruesas, hirsutas y blancas, se encienden de ganas al ver la comba cobriza de la india desnuda.

«Que la primera vez, cuando deshice su doncellez, hube de violentarla, que por las otras, por más que chille y arañe, lo hace por gusto, como todas las indias. Más por sus hembras que por sus culebrinas, hemos podido domeñar al Nuevo Mundo. Jamás en mi larga vida hallé en parte alguna un hombre más divorciado de su hembra. Si ellas son ardorosas y complacientes como marmitas, ellos encuentran más gusto en matar cristianos que cabalgar sobre sus mujeres. A semejanza del demonio, afirman los entendidos, tienen el semen tan frio como el agua de la montaña».

El negro se incorporó violento: una gotera nueva le mojaba el brazo.

El Cautivo soltó la risa al verlo saltar. Era hijo de Miguel, el esclavo, rey de las selvas de Buria. Luego de ejecutarlo con Obispo, Reina y corte, se repartieron los

sobrevivientes.[14] Julián, como lo apodaron, que andaba por los catorce años, tocó en suerte al Cautivo. Tenía la extraña cualidad de ser despierto y sumiso. Lo hizo paje y ordenanza. Siete años de vida en común y dos durmiendo en el mismo cuarto no borraban su cautela.

«Salvo que sea un hi de puta —se argüía al contravenirse— debe desear con ardor darme muerte con sus manos, luego de haberme visto empalar al bellaco de su padre».

Al descampado y con el sol afuera, el Cautivo no temía a los indios; pero en las noches, y en especial cuando se hundía en la borrachera, el miedo de no ver a la muerte llegar, era cosa que lo importunaba o lo volvía insomne, o le daba pesadillas de locura.

«Los indios —se decía— cual esos gatos monteses que abundan en este Valle, son hábiles trepadores. A pesar de las murallas y de los centinelas, se deslizan como culebros sobre los tejados, hienden cual termitas el bahareque para lanzar cerbatanas ponzoñosas sobre el que duerme, o saltan dentro para hacer de su cuerpo un acerico. Temo a Julián; pero más a los indios cuando se dan la mano mi borrachera y la oscuridad. Fijado a la parte sana, atravesado en el zaguán, Julián no puede alcanzarme. Como el hijo de la selva que es, duerme con un ojo entreabierto, y clama, vocifera y grita ante el peligro. Gracias a este ardid duermo sin sueños luciferales en las noches, que como ésta, sacude la tempestad».

El Cautivo sin perder de vista a la mujer, llevó otro sorbo a la boca.

—¡Brr! —escupió al tragarla.

Recorre el cuerpo de Acarantair. Pinceladas de ganas lo tornan joven. La caribe tiene cuerpo de laúd: el cuello y las piernas largas. El pelo renegrido le llega a la cintura. La tez es de un moreno claro, que de no haber sido por esos ojillos oblicuos y el arco alado de su nariz, se la hubiese tomado por canaria, andaluza o morisca. Tenia la frente alta; la nariz recta y delgada; los labios finos. Era silenciosa y altiva; ensimismada, triste y ausente. Poco hablaba, jamás reía, nunca miraba. Al Cautivo lo tentaba y encendía de fulgores. Acarantair no ocultaba su ira y repulsión cada vez que la requería. Siempre era igual: gritos, forcejeos, arañazos al principio; luego convulsa y mendicante entrega que la hacia gemir gloriosa camino de la cumbre, de donde retornaba recrecida en su odio, maldiciendo en su media lengua mientras el Cautivo se carcajeaba en su ira.

Afuera y arriba el aguacero subía de esplendor. Julián volvió a dormirse. Acarantair miraba la pared con ojos entreabiertos los saltos que la vela daba a la sombra del Cautivo. A la entrada de la noche quiso tomarla, pero esta vez no insistió. Había sido dura la faena, aparte sentirse viejo. Sesenta años cumplió a poco de fundarse Santiago. Ya era tiempo que aquella india lanuda se le prodigase sin tanto esfuerzo o lucha, que si para alguna vez daba sus gustitos, no era bueno a diario ni luego de cuatro meses.

Más de una vez intentó amansarla acariciándole la cabeza. Era igual o peor. Rugía cual leona de Libia, enseñando los dientes.

Un rayo de sorna saltó en sus pupilas. Se inclinó sobre la hamaca y tiró de su pelo. Acarantair permaneció impasible. Nuevas goteras perforaron el techo. Julián volvió a saltar. Volvieron a reír sus ojos. Sobre la espalda de la india vertió lo que restaba de la totuma.

De un salto se puso en pie, tintineando sus cadenas; firmes los senos pequeños:

—¡Malo, malo que eres!

La mano golosa buscó el pezón:

—¡Hija de la grandísima…! —exclamó. Acarantair le había clavado sus dientes. Fustigó el látigo en el aire.

—¡No, amo, no! —Suplicó Julián con voz adolorida—. ¡No le pegues a Acarantair!

Cayó un vergajazo sobre Julián, restalló dentro la carcajada y la generala afuera.

—¡Los indios, los indios!

 

8. Caracas era una bruja caníbal

—Acabo de toparme con un trasgo —dijo el Cautivo con voz de miedo a sus compañeros al agazaparse a su lado en la muralla—. Un viejo horrible, de ojos saltones, acuosos, azules. Lo encontré acechándome detrás de mi casa. Creyendo que era un espía de los caciques lo perseguí por el patio hasta alcanzarlo. Ya me disponía a degollarlo, cuando desapareció entre mis piernas. ¿Qué os parece el caso, maese?

Una flecha sobre el turbante cortó el diálogo.

—¡Jolines, si no me agacho me mata!

La luna salió tras el nubarrón de lluvia que se alejaba. Más de quinientos indios desnudos y embijados cargaban sobre la muralla.

—¡Mierda! —gruñó el Cautivo al fallarle el arcabuz—. Se ha mojado la mecha. Estos armatostes no sirven para nada cuando cae la lluvia. Julián, dame acá la ballesta.

—¡Viva, ensarté a dos con una!

Breve fue la escaramuza. Los pocos indios que lograron saltarse el muro fueron muertos con armas blancas. A escasas horas del alba la tropa siguió despierta sentada en círculo, de cara a las hogueras.

—Ya los hi de putas —dijo el Cautivo en su solar a dos de los soldados que acompañaron al hijo del Gobernador— se han dado cuenta de que los arcabuces con la lluvia son más inútiles que un golilla en un campo de batalla.

El Cautivo miró despectivo al hijo de Ponce de León, merodeando a pocos pasos, y por cuya causa su amigo y capitán. Don Diego de Lozada, había tenido tan mal final y Santiago se encontraba desguarnecida en un país con más de cien mil indios aguerridos que no cesaban de incursionar contra ella y reducida su población, por obra de la intriga, a sesenta vecinos españoles, doscientos indios tocuyanos y seis docenas de negros esclavos, entre los que había unas quince mujeres.

—De no haber sido por mi excelso Capitán Don Diego de Lozada —prosiguió el Cautivo elevando la voz al darse cuenta de la proximidad de Ponce de León— a estas horas ni sus amigos ni sus sayones estarían contando el cuento. Pero así es Caracas —dijo con solapada resignación— no en vano fue una bruja caníbal quien le dio el nombre.

—¿Cómo decís, Don Francisco? —preguntó entre curioso y burlón el aludido—. Contadme tan curiosa historia: ya que hasta ahora tenia por noticia que el nombre de la Provincia le venia por una hierba en forma de bledo que llaman Caracas.

—¡Estáis más errado que yegua vieja! —bramó el Cautivo Todo es mentira, invento o invención de Juan de Gallas, quien como poeta falsea la verdad. Yo fui quien le puso el nombre, y sin proponérmelo, a este sitio donde se ha plantado Santiago de León, mucho antes de que Francisco Fajardo se decidiera a establecerse en este Valle que llamó de San Francisco y que no es santo adecuado para invocar en casos de guerra. Con mi sirviente turco Gal-Al-Vis abandonamos el campamento de Fajardo a orillas del mar y ascendimos esa montaña que los indios llamaban Guaraira-Repano y el truhán de Gabriel de Ávila le usurpó el nombre para ponerle el suyo. De aquello, nueve años ha.

Sentado a la turca, el Cautivo desgrana su historia entre soldados, indios y negros en doble círculo, que lo escuchan con atención. Un español llamado Villapando, desdentado, perfil de pájaro y modales ambiguos, le susurra a uno de los de Ponce de León, metiéndole la boca entre la oreja:

—No le hagáis caso a ese viejo loco. Fue prisionero de los turcos por veintitrés años. Durante su cautiverio adoptó la fe de Mahoma, ganó la confianza del Gran Visir y la simpatía del mismo Sultán con sus truhanerías. Logró ascensos y honores combatiendo a los cristianos, hasta que un día, aburrido, decidió fugarse y dedicarse a la piratería. Con otros veinte cristianos le robó un barco al Sultán y por mucho tiempo fue perro del mar por los lados de Caledonia. Hasta que una galera papal, al capturarlo, lo llevo a Roma.

El Cautivo, luego de chupar largamente su pipa, continuó:

—Gal-Al-Vis y yo, luego de mucho andar, llegamos a este mismo sitio, donde más tarde se fundaría Caracas. Una columnilla de humo en dirección a la montaña tentó nuestra curiosidad. Cautos y sigilosos avanzamos en esa dirección. A poco de andar llegamos a un rancho que, más que vivienda, era un sitio para guarecerse de la intemperie. Tan sólo cuatro horcones lo sostenían, con algunas ramas a modo de techo. A un lado de la vivienda ardía una hoguera donde se asaba un pedazo de carne que exhalaba un olor apetitoso. Gal-Al-Vis, que tenía mejores ojos que yo y que a pesar de mis admoniciones no había perdido la manía de expresarse en turco, dijo en voz baja al apercibir a una mujer de piel muy oscura, casi negra:

—¡Mirad, amo! una caracas —siendo de advertir que la tal expresión en búlgaro o turco se le parece o significa mujer de cara negra.

La mujer de rostro realmente negro, musitaba o cantaba cosas con sabor a brujería y sortilegio sobre el asado, mientras lo aderezaba con un líquido que llevaba en la totuma.

En dos saltos caímos sobre ella. Y aunque rabió y masculló de furia, luego de maniatarla y propinarle dos trompicones, terminó por quedarse quieta. Hambrientos y fatigados como estábamos, disponíamos a yantar el asado de tan apetitosa apariencia, cuando un grito de Gal-Al-Vis me impidió llevarme a la boca una lonja cocinada en su punto.

—¡Mirad, amo, mirad! —gritó con voz de espanto.

Me cagué en Dios y en los doce Apóstoles ante lo que vieron mis ojos. Lo que en un primer momento tomamos por algún animalillo apetitoso, era el tronco desarticulado de un crio.

—¡Recórcholis, Don Francisco! —exclamó el hijo del Gobernador—. ¡Qué es miedo lo que contáis!

Villapando se acercó aún más al joven soldado y prosiguió, dirigiéndole rápidas miradas al Cautivo:

—Tan pronto Su Santidad supo de oídas la historia del Cautivo, quiso conocerle antes de que se lo entregaran al cadalso de San Ángelo, que lo esperaba gozoso y justiciero. El muy pillo, que es astuto como el que más, además de zalamero y comediante, tan pronto le caló a Su Santidad su bondad, cayó de rodillas implorándole perdón por sus pecados y derramando lágrimas de sentido o de falso arrepentimiento. El Supremo Pontífice que lo encontró a imagen y semejanza del Moisés de Miguel Ángel, le otorgó su absolución, imponiéndole tan sólo como penitencia —después de tantos crímenes— que hasta el fin de sus días vistiese como turco. Pensó ingenuamente Su Santidad, que ante lo insólito de su vestimenta, viviría mil veces la vergüenza de haber renegado de la fe de Cristo al tener que explicarle a los curiosos la razón de sus atavíos. Ni el propio Papa de Roma con toda su in-falibilidad, pudo imaginarse quién era el Cautivo. En primer lugar, encontraba tan cómodos y aireados los trajes de turco, que estaba dispuesto a seguir trajeado de tal forma empero no encontrase plaza en ningún ejército. Y en cuanto a dar concienzudas explicaciones a los impertinentes sobre su tormentoso pasado, era desconocerlo. A los pocos días de vivir entre cristianos, luego de desnarizar a cuatro y de arrancarle la nalga a un quinto, ya nadie más lo importunó.

El Cautivo echó un escupitajo y observando el creciente interés del hijo del Gobernador, siguió diciendo:

—Apenas caí en cuenta de aquel desvarío hecho por la bruja de la cara negra, exclamé: ¡Maldita!, a tiempo que le descargaba mi cimitarra de plano sobre su cadera.

Caracas, como decidimos llamarle desde entonces y hasta ahora, lanzó un gemido agudo y se contorsionó de dolor. Cavilamos sobre el castigo que pensábamos infligir a esta arpía, cuando ocho indios de mala catadura salieron de la maleza encabezados por una mujer, que al ver los restos del niño corrió hacia ellos irrumpiendo en el llanto más lastimero que jamás haya escuchado. Cuando recogió a su hijo los indios que la acompañaban envolvieron amenazantes a Caracas, haciendo caso omiso de nuestra presencia y del hecho de que la bruja era nuestra prisionera. Y como bien sabéis por experiencia que ante bárbaros la mejor palabra es miedo, apresté el arcabuz y antes de que tomaran venganza sin mi permiso, lo descargué sobre el vientre de Caracas, saliéndosele las asaduras por un tremendo boquete.

—No sólo es andaluz —continuó Villapando diciéndole al soldado bisoño— es también andaluzado; mentiroso como nadie; dice ser de Baeza y llevar en sus venas sangre de reyes moros. Llegó a Venezuela en la expedición de Spira. Junto con él venían Alonso Andrea de Ledesma, Alonso Díaz Moreno, Francisco Infante. Luego de numerosas andanzas y expediciones buscando el Dorado, recaló en la Margarita semanas antes de que lo hiciera el célebre Tirano Aguirre, con quien hiciera intimidad en un viaje que desde Coro lo llevó al Cuzco. Saltando de sitio en sitio y de reino en reino, volvió al Tocuyo y conoció a Diego de Lozada. Por esos extraños designios que tiene el Señor, un par de tíos como aquellos, que eran cara y cruz de la existencia, se profesaron sólida amistad, convirtiéndose el Cautivo en su lugarteniente y brazo ejecutor de tantas maldades. Por eso intenta la defensa de tan feral malhechor arrojando sombras sobre la recta justicia de nuestro amado Gobernador.

La voz del Cautivo volvió a elevarse:

—Caracas se contorsionó de dolor. Los indios sorprendidos huyeron a cien pasos y se quedaron viéndonos con ojos de espanto. Impuesta mi autoridad a lo bravío, ¡qué tal debe hacerse siempre entre salvajes! les hice seña de que se acercaran. Caracas agonizaba con el vientre y los ojos abiertos. Como la brujería se pena con el fuego, con la ayuda de Gal-Al-Vis la tomé en vilo y todavía viva la eché sobre la hoguera. Los indios rieron con grandes señales de contentamiento y buscaron leña para avivar el fuego. El cuerpo de Caracas se consumió lentamente. Los ocho salvajes, con la madre al frente, comenzaron por comerse al crio. Y luego de acabar con él, la emprendieron con Caracas hasta dejarle el puro carapacho.

Sacudidos de asco llegamos al campamento de Fajardo. El mestizo conquistador lloró de rabia delante de toda su tropa al enterarse de lo sucedido.

—Por eso es que debemos acabar con esa mala hierba —indicó a guisa de sentencia—. ¡Todo cuanto huela a Caracas y a su gente hay que arrancarla hasta la raíz!

Juan de Gallas, que escuchaba a medias, cuando oyó hablar de la mala hierba pensó, como el tonto que siempre ha sido, que era una planta a la cual Fajardo se refería. Como él era hombre de letras y nosotros ignaros soldados, dio por noticia y con ligereza la especie tan difundida de que de un monte o yerbajo que nadie ha visto le viene el nombre de Caracas. Todo es mentira y bobaliconería de Juan de Gallas.

Pero al parecer, así se escribe la historia. Igualmente falsa es la versión que circula sobre el nombre de Venezuela o «pequeña Venecia». Borracho o loco tendría que estar Don Américo Vespucio para llamar pequeña Venecia a aquel hato flotante que formaban sobre el lago de Coquivacoa los palafitos. El sufijo «uela» implica desdén en castellano y en leonés.

Se habla de mujerzuela, callejuela o habichuela. Se le utiliza para llamar lo que mal anda, lo torcido y lo mal hecho.

 

9. A pujo de sangre

La ingratitud —comentó el Cautivo ante su atenta audiencia— parece ser el signo del Valle. A menos de dos meses de haberse partido Don Diego de Lozada, mi excelso Capitán, ya nadie habla de él. Son pocos los que rememoran los apuros de aquellos primeros tiempos, que de no haber mediado el faculto ingenio de mi glorioso capitán, no estaríamos aquí contando el cuento. Y pensar que hasta yo mismo lo zaherí al obligarnos a tomar con celo y diligencia numerosas precauciones que hasta ahora nos han preservado de la muerte, empero no creo que por mucho tiempo, si en vez de hombres de pelo en pecho nos continúan enviando mocosos barbilampiños, hasta antier apenas destetados.

El joven Ponce de León sin darse por aludido lo animo a proseguir.

Don Francisco Guerrero escupió una vez más; exhaló una bocanada de humo y con voz ausente rememoró.

En abril, días antes de comenzar las lluvias, llegamos a este Valle que llamaban

de San Francisco.[15] Los indios nos atacaron cual alimañas, apenas nos aguaitaron. Era cosa de risa el verlos aún después de muertos rechinar los dientes y tirarse pedos al vernos pasar.

En tres meses no cesaron de hostigar. Las noches las pasábamos en vela. Como diablos los hi de putas no dejaban de hacer sonar tambores y guaruras, escupiendo por doquier saetazos, lanzas y cerbatanas.

Don Diego, y en eso nos parecíamos, creía en la mala sombra, en los sitios malditos y en los lugares donde las estrellas se ven torcidas. De ahí que no le pluguiese el lar de su campamento, que fuera el mismo sitio donde Fajardo dos años antes intentara, con tan mal destino, conquistar y poblar.

La vez primera que recorrimos el Valle hacia el naciente, seguimos el curso de esa agua caudal llamada Guayre.

Aquella mañana la sierra estaba despejada, la tierra húmeda y los pajonales bonitos. Luego de recorrer los siete mares, puedo afirmar sin mentir, que era la mañana más hermosa que en mi vida hubiese visto. Traspuestas dos leguas, otra agua caudal y tormentosa llamada Caroata nos salió al paso. Delimitando al otro lado, una explanada no más ancha de mil quinientas varas, cercada a su vez al extremo opuesto por el Catuche, o rio de las Guanábanas. ¡Qué no sé a que le viene el nombre, porque no he visto una en mi putana vida!

—¡Allí he de fundar mi ciudad! —Dictaminó mi excelso Capitán—. Que con tres ríos sobran los fosos.

Apenas cruzamos el río, Don Diego de Lozada sin bajarse del caballo, nos ordenó que procediéramos a levantar el muro del cuartel principal. Todo el día lo pasamos cargando piedras, aserrando árboles y mezclando argamasa con la arena del río, entre la que abundaban pepitas de oro. En la tarde, el parapeto nos llegaba al cuello. Menos mal que Dios no escuchó mis blasfemias. Esa misma noche más de mil quinientos indios, cual cigarrones de regreso al panal, cayeron sobre nosotros.

Al día siguiente y a la misma hora, tal era la flojedad de ánimos que nos dejó la refriega, habíamos levantado el muro del cuartel, techándole y aspillando hasta la mitad. Sin permitirnos resuello ordenó Don Diego:

—Levantad un muro aquí —y señaló los solares que ahora ocupan el Cabildo y la Ermita, que como veis, hacen calle con él cuartel —. Hay que aprovechar el sol mientras dure.

Y con él a la cabeza, emprendimos la faena. Antes de la noche ya la habíamos terminado. Exhaustos y orgullosos contemplábamos nuestra proeza, cuando el muy pillo volvió a ordenar:

—¡Vengan ahora las puertas!

Santiago Giral y Simón Díaz que eran carpinteros y tenían dos días labrando dos portales, los enclavaron a cada extremo de la calle.

—Ahora guardad en ella los ovejos y jumentos, que corral ha de ser la primera calle de la ciudad.

A la semana, en terminando de techar los solares de enfrente y que por un tiempo fueron cuartel de los indios portadores del Tocuyo, más de diez mil salvajes cargaron sobre el cuartelillo con su calle corral, que de no haber existido, nos hubiesen robado y flechado todo el ganado que llevábamos con nosotros.

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