Los archivos de Salem
Increase Mather.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
–¡Maldita sea! – exclamó Kim después de leer la tercera carta. No podía creer que hubiese tenido la suerte de encontrar tantas referencias a la prueba de Elizabeth, aunque seguía sin saber qué era. Por si acaso lo había pasado por alto, volvió a leerlas. La sintaxis algo anticuada dificultaba en parte la lectura, pero cuando llegó al final de la segunda carta se convenció de que no había pasado por alto nada. Estimulada por las cartas, Kim intentó imaginar qué clase de prueba irrefutable se habría utilizado contra Elizabeth. De sus continuas lecturas generales de aquella semana sobre los juicios de Salem, cada día estaba más convencida de que debía de ser una especie de libro. En la época de los juicios, el tema del libro del diablo se había suscitado a menudo. El método que utilizaba una bruja para establecer un pacto con el demonio era escribir en el libro del diablo.
Kim volvió a mirar las cartas. Observó que la prueba era descrita como
“la obra de Elizabeth” Tal vez Elizabeth había fabricado un libro con una trabajada cubierta de piel. Kim rió de su imaginación, pero no se le ocurrió otra cosa.
Releyó la carta de Increase Mather y reparó en que la prueba había suscitado “apasionados y esclarecedores” debates entre los estudiantes.
Pensó que la descripción, además de apoyar la idea de que la prueba era un libro, tendía a sugerir que lo importante no era la apariencia, sino el contenido.
Sin embargo, Kim volvió a considerar la posibilidad de que la prueba fuese una especie de muñeca. Aquella semana precisamente había leído que en el juicio de Bridget Bishop, la primera persona ejecutada en la histeria de Salem, se había utilizado como prueba una muñeca atravesada con agujas.
Suspiró. Sabía que sus erráticas elucubraciones sobre la naturaleza de la prueba no conducían a nada. Debía ceñirse a los indicios que tenía, y las tres cartas acababan de proporcionarle un dato muy significativo, a saber, que la prueba había sido donada a la Universidad de Harvard en 1692. Kim se preguntó qué posibilidades tenía de encontrar referencias en la institución actual, y en caso de intentarlo, si se reirían de ella.
–Ah, estás ahí -llamó Edward desde lo alto de la escalera de la bodega-.
¿Has tenido suerte?
–Bastante, por extraño que parezca -dijo Kim-. Baja a echar un vistazo.
Edward bajó por la escalera y cogió las cartas.
–¡Santo Dios! – exclamó cuando vio las firmas-. Son tres de los puritanos más famosos. ¡Menudo hallazgo!
–Léelas. Son interesantes, pero frustrantes para mis propósitos.
Edward se apoyó contra una cómoda para aprovechar la luz procedente de un candelabro de pared. Leyó las cartas en el mismo orden que Kim.
–Son maravillosas -dijo cuando terminó-. Me encanta el estilo. Nos informan de que la retórica era muy importante en aquellos tiempos.
Algunas palabras me sobrepasan; ni siquiera sé qué significa “diligente”
–Creo que significa cuidadoso. Las definiciones no me presentaron ninguna dificultad. Lo más difícil fue seguir las frases.
–Has tenido suerte de que estas cartas no estuvieran escritas en latín. En aquellos tiempos, tenías que leer y escribir latín con fluidez para entrar en Harvard. Y hablando de Harvard, apuesto a que la universidad estaría interesada en estos documentos, especialmente en la carta de Increase Mather.
–Buena observación. Estaba pensando en ir a Harvard y preguntar por la prueba de Elizabeth. Tengo miedo de que se rían de mí. Quizá podría llegar a un acuerdo.
–No se reirán de ti. Estoy seguro de que alguien de la Biblioteca Widener considerará la historia interesante. No se opondrían a que les regalaras la carta, por supuesto. Hasta es posible que te hagan una oferta de compra.
–¿Leer estas cartas te ha dado alguna idea sobre lo que pudo ser la prueba?
–Pues no, pero entiendo que las consideres frustrantes.
Resulta curioso la cantidad de veces que la mencionan sin describirla.
–Pensaba que la carta de Increase Mather apoyaría la idea de que se trataba de una especie de libro, sobre todo la parte donde menciona que estimuló el debate entre los estudiantes.
–Tal vez.
–Espera un momento -dijo Kim de repente-. Se me acaba de ocurrir otra idea. No lo había pensado antes. ¿Por qué estaba tan ansioso Ronald por recuperarla? ¿No es significativo?
Edward se encogió de hombros.
–Creo que le interesaba evitar más humillaciones a la familia -dijo-. A veces, familias enteras sufrían cuando un miembro era acusado de brujería.
–Cabe la posibilidad de que implicara a Ronald. ¿Y si tuvo algo que ver con la acusación y condena de Elizabeth? En ese caso, tal vez deseaba recuperar la prueba para poder destruirla.
–¡Alto ahí! – Edward retrocedió un paso, como si Kim fuera una amenaza-. Tienes demasiada debilidad por las conspiraciones. Deberías controlar tu imaginación.
–Ronald se casó con la hermana de Elizabeth diez semanas después de la muerte de Elizabeth.
–Creo que olvidas algo. La prueba que efectué a los restos de tu antepasada sugiere que padecía un envenenamiento crónico causado por el hongo. Es probable que experimentara regularmente “viajes” psicodélicos, que no tenían nada que ver con Ronald. De hecho, si él había ingerido el mismo grano, puede que también los padeciera. Aún creo que la prueba estaba relacionada con algo que Elizabeth hizo bajo la influencia del hongo alucinógeno. Como ya hemos dicho, pudo ser un libro, un cuadro, una muñeca, o cualquier cosa que considerasen relacionada con lo oculto.
–Tienes razón -admitió Kim. Cogió las cartas y las guardó en la caja de la Biblia. Echó un vistazo al largo pasillo de la bodega, con sus muebles abarrotados de papeles-. Bien, volvamos al tablero de dibujo. Tendré que seguir buscando a ver si doy con una descripción de la prueba.
–He terminado las entrevistas. En lo tocante al nuevo laboratorio, todo funciona como la seda. He de felicitarte por tu contratista. Va a empezar hoy mismo a excavar la zanja de los conductos. ¡Dijo que su única preocupación era topar con más tumbas! Creo que encontrar la de Elizabeth lo asustó. Menudo personaje.
–¿Quieres regresar a Boston?
–Debo hacerlo -admitió Edward-. Quiero hablar con un montón de personas para comunicarles que Omni pronto será una realidad, pero no me importa coger el tren, como la última vez. Si quieres quedarte a investigar aquí, tal vez sea mejor.
–Bien, siempre que no te importe -dijo Kim. Al menos, encontrar las cartas la había animado.
Agosto empezó caluroso, brumoso y húmedo. Llovió poco durante julio, y la sequía continuó el mes siguiente, hasta que la hierba de Boston
Commons, que se veía desde el apartamento de Kim, pasó del verde al pardo.
En lo referente al trabajo, agosto supuso un respiro para Kim. Kinnard empezó su turno rotativo de dos meses en el hospital de Salem, de manera que se ahorró la angustia de verlo cada día en la unidad de cuidados intensivos. Por otra parte, Kim concluyó las negociaciones con el departamento de enfermería, que le concedió todo septiembre de vacaciones. Lo consiguió gracias a una combinación de vacaciones acumuladas más horas extras impagadas.
La dirección de enfermería no recibió la petición con alegría, pero llegó a un compromiso para no perder sus servicios profesionales por completo.
El nuevo mes también proporcionó a Kim bastante tiempo libre, porque Edward siempre estaba ocupado. Volaba de una parte a otra del país con el fin de reclutar en secreto personal para Productos Farmacéuticos Omni. Sin embargo, no se olvidó de ella. Pese a su apretada agenda, le telefoneaba cada noche alrededor de las diez, antes de que Kim se acostara.
También le enviaba flores cada día, si bien a una escala más modesta.
Ahora, los obsequios se reducían a una rosa diaria, lo cual ella consideraba más apropiado.
Kim no tuvo dificultades en llenar sus horas. Por las noches, continuaba sus lecturas sobre los juicios de Salem y la cultura puritana. También se obligaba a visitar la finca cada día. Las obras avanzaban rápidamente. La cuadrilla que trabajaba en el laboratorio era más numerosa que la destinada a la casa. No obstante, los progresos de las reformas no se resintieron por ello, y los trabajos de pintura terminaron antes que los de ebanistería.
Para Kim, la mayor ironía del proyecto fue que su padre se quedó muy impresionado con ella, debido a la construcción del laboratorio. Kim decidió callar que no tenía ninguna relación con aquella parte de las reformas, y que no había sido idea suya.
Cada vez que visitaba la finca, Kim dedicaba algún rato a examinar los libros y documentos polvorientos. Los resultados continuaban siendo desalentadores. Si bien el descubrimiento de las cartas la había animado, veintiséis horas de búsqueda no habían dado resultado alguno. En consecuencia, el jueves II decidió seguir la única pista con que contaba.
Cogió la carta de Increase Mather y fue a Boston, después de reunir valor para acercarse a Harvard.
El 12 de agosto, después de trabajar, Kim se acercó a la esquina de las calles Charles y Cambridge, y subió por la escalera que conducía a la estación del metro. Después de su experiencia en la sede de la cámara legislativa, que ya sabía inútil pues Ronald nunca había enviado una petición al gobernador, no abrigaba la menor esperanza de encontrar en Harvard la prueba utilizada contra Elizabeth. No sólo consideraba escasas las posibilidades de que la universidad guardara todavía en su poder la prueba; sospechaba que los empleados de la institución la considerarían una chiflada. ¿Quién sino iría a buscar un objeto de trescientos años de antigüedad cuya naturaleza no se especificaba en ninguna de las escasas referencias que había encontrado?
Mientras esperaba el tren, Kim estuvo a punto de volverse atrás varias veces, pero en cada ocasión se recordó que aquella era la única pista con que contaba. Por lo tanto, se obligó a seguir adelante, pese al asombro que pudiera despertar.
Cuando salió del metro, se encontró en medio del bullicio habitual de Harvard Square, pero en cuanto cruzó Massachussets Avenue y entró en el campus, el ruido del tráfico y la multitud quedó apagado con pasmosa celeridad. Mientras caminaba por los tranquilos senderos bordeados de árboles y muros de ladrillo rojo cubiertos de hiedra, se preguntó qué aspecto habría tenido todo aquello en el siglo XVII, cuando Ronald Stewart iba a la universidad. Ninguno de los edificios por delante de los que pasaba parecía tan antiguo.
Al recordar el comentario de Edward sobre la Biblioteca Widener, Kim decidió probar allí primero. Subió por los anchos escalones y pasó entre sus impresionantes columnas. Se sentía nerviosa, y tuvo que animarse a continuar. Cuando llegó al mostrador de recepción, formuló una vaga petición de que quería hablar con alguien en relación a objetos muy antiguos. La enviaron al despacho de Mary Custland.
Mary Custland era una mujer dinámica de unos cuarenta años, ataviada con un elegante traje azul oscuro, blusa blanca y pañuelo de colores. No encajaba con la imagen estereotipada que tenía Kim de una bibliotecaria. Su cargo era conservadora de libros y manuscritos raros. Kim experimentó un gran alivio al comprobar que se trataba de una persona simpática y amable.
Preguntó de inmediato en qué podía ayudarla.
Kim extrajo la carta, se la tendió a Mary y dijo que era descendiente del destinatario. Empezó a explicar qué quería, pero Mary la interrumpió.
–Perdone -dijo. Estaba pasmada-. ¡Esta carta es de Increase Mather! –
Acercó los dedos con gesto reverente al borde de la hoja.
–Eso era precisamente lo que intentaba explicar -dijo Kim.
–Voy a llamar a Katherine Sturburg.
Mary dejó la carta con cuidado sobre su teleta y descolgó el auricular del teléfono. Mientras esperaba, dijo a Kim que Katherine era una especialista en material del siglo XVII y estaba muy interesada en Increase Mather.
Después de llamar, Mary preguntó a Kim dónde había obtenido la carta.
Kim se dispuso a explicarlo una vez más, pero en ese momento llegó Katherine. Era una mujer mayor de cabello gris; un par de gafas para leer colgaban permanentemente de la punta de su nariz. Mary hizo las presentaciones de rigor y enseñó la carta a Katherine.
Katherine utilizó la yema del dedo para dar la vuelta a la carta y leerla.
Al instante Kim se sintió avergonzada por haberla manipulado de manera tan despreocupada.
–¿Qué opinas? – preguntó Mary dirigiéndose a Katherine cuando terminó de leer.
–Es auténtica, no cabe duda -contestó Katherine-. Lo sé por la sintaxis.
Es fascinante. Hace referencia tanto a William Brattle como a John Leverett. ¿Cuál es esta prueba de la que hablan?
–Ésa es la cuestión -dijo Kim-. Por eso estoy aquí. Empecé a averiguar cosas sobre mi antepasada, Elizabeth Stewart, y he decidido resolver este rompecabezas. Esperaba que Harvard me echara una mano, pues la prueba, sea cual sea, quedó en su poder.
–¿Cuál es la relación con la brujería? – preguntó Mary.
Kim explicó que Elizabeth se había visto mezclada en los juicios por brujería que habían tenido lugar en Salem, y la prueba había sido utilizada para condenarla.
–Debí suponer la relación con Salem cuando vi la fecha -dijo Katherine.
–La segunda vez que Mather se refiere a la prueba la describe como el
“legado de Elizabeth” -señaló Mary-. Es una frase muy curiosa. Me sugiere algo que Elizabeth hizo con sus manos o adquirió con cierto esfuerzo o desembolso económico.
Kim asintió. Después, explicó su idea de que podía tratarse de un libro o alguna clase de escrito, si bien admitió que podía ser cualquier cosa que en aquellos tiempos se considerase relacionado con la brujería o el ocultismo.
–Supongo que habría podido ser una muñeca -dijo Mary.
–Ya he pensado en ello -contestó Kim.
Las dos bibliotecarias discutieron la mejor manera de acceder a los enormes recursos de la biblioteca. Después de un breve intercambio de frases, Mary se sentó ante su terminal y tecleó el nombre de Elizabeth Stewart.
Nadie habló durante un minuto. Lo único que se movía en la sala era el cursor en la pantalla, a medida que el ordenador registraba los enormes bancos de datos. Cuando el monitor cobró vida reproduciendo una larga serie de listados, las esperanzas de Kim aumentaron. Pero no tardaron en disiparse, pues todas las Elizabeth Stewart listadas eran de los siglos XIX y XX, y ninguna era pariente de Kim.
Entonces, Mary probó con Ronald Stewart, pero logró resultados similares. No había referencias del siglo XVII, A continuación, Mary cruzó las referencias con Increase Mather. Había cantidad de material pero carecía de intersecciones con la familia Stewart.
–No me sorprende -dijo Kim-. Ya era pesimista cuando entré aquí.
Espero no haberlas molestado.
–Todo lo contrario -contestó Katherine-. Me alegro de que nos haya enseñado esta carta. Nos gustaría hacer una fotocopia para nuestros archivos, si no le importa.
–Claro que no. De hecho, cuando haya terminado mi minicruzada, donaré con gusto la carta a la biblioteca.
–Es muy generoso por su parte.
–Como la archivera más interesada en Increase Mather, me complacerá repasar mis extensos ficheros para ver si aparece el nombre de Elizabeth Stewart -prometió Katherine-. Sea cual sea el objeto, debería constar alguna referencia, pues la carta de Mather confirma que fue donado a Harvard. Las discusiones sobre las llamadas pruebas espectrales presentadas en los juicios de Salem fueron feroces, y poseemos mucho material al respecto.
Tengo la impresión de que Mather lo dice de una manera indirecta en su carta. Todavía queda alguna esperanza de que pueda encontrar algo.
–Le agradeceré cualquier esfuerzo que haga -dijo Kim.
Dio los números de teléfono de su casa y del trabajo.
Las bibliotecarias intercambiaron una mirada significativa.
–No quiero ser pesimista -dijo Mary-, pero deseo advertirle de que las posibilidades de encontrar la prueba son ínfimas. El 24 de enero de 1764 se produjo una gran tragedia en Harvard. En aquella época, el paraninfo se utilizaba como tribunal general, debido a una epidemia de viruela en Boston.
Por desgracia, aquella noche nevaba y hacía mucho frío y alguien olvidó apagar la chimenea de la biblioteca, lo que provocó un incendio que destruyó el edificio y su precioso contenido. Incluía todos los retratos de los presidentes y benefactores de la universidad, así como la mayor parte de los cinco mil volúmenes guardados en la biblioteca. Sé mucho sobre el episodio porque fue el peor desastre en la historia de la biblioteca. No sólo se perdieron los libros de la biblioteca, sino una colección de animales y pájaros disecados, además de una colección que llevaba la curiosa referencia de “depósito de curiosidades”
–¿Podría haber incluido objetos relacionados con lo oculto?-preguntó Kim.
–No cabe duda -respondió Mary-. Existen bastantes posibilidades de que esté buscando algo que formaba parte de esa misteriosa colección.
Nunca lo sabremos. El catálogo de la colección también se perdió.
–Pero eso no significa que sea imposible encontrar alguna referencia -
dijo Katherine-. Me emplearé a fondo.
Mientras Kim bajaba por la escalera de la biblioteca, se recordó que no esperaba tener éxito, de manera que era absurdo sentirse desalentada. Al menos, nadie se había reído de ella, y las bibliotecarias habían demostrado auténtico interés por la carta. Kim estaba segura de que continuarían buscando referencias.
Regresó en metro a Charles Square y sacó el coche del aparcamiento del hospital. Tenía la intención de pasar por su apartamento para cambiarse de ropa, pero el viaje a Harvard le había ocupado más tiempo del que había calculado. Se dirigió hacia el aeropuerto para recoger a Edward, que llegaba de la costa oeste.
Edward llegó puntual, y como no llevaba maleta, se encaminaron directamente al aparcamiento.
–Las cosas no han podido ir mejor -dijo él. Estaba radiante-. Sólo una de las personas que quería para Omni declinó la oferta. Por lo demás, todas aquellas con quienes hablé se mostraron entusiasmadas. Todos piensan que Ultra va a hacer saltar la banca.
–¿Les contaste todo?
–Casi nada, hasta que se comprometieron. No quiero correr riesgos. De todos modos, sólo con las generalidades ya tuvieron bastante, y no tuve que ceder muchas acciones. Hasta el momento, sólo he comprometido cuarenta mil.
Kim ignoraba qué significaba aquello, y tampoco lo preguntó. Llegaron al coche. Edward metió sus bolsos en el maletero. Subieron y salieron del aparcamiento.
–¿Cómo van los trabajos en la finca? – preguntó Edward.
–Bien -contestó Kim con voz inexpresiva.
–O mucho me equivoco, u hoy estás en baja forma.
–Supongo. Reuní el valor para ir a Harvard esta tarde, en busca de la prueba de Elizabeth.
–No me digas que te lo pusieron difícil.
–No, fueron muy amables. El problema es que no tenían buenas noticias. En 1764, un gran incendio destruyó la biblioteca de Harvard y consumió una colección llamada “depósito de curiosidades” Para colmo, también perdieron el catálogo, así que en este momento nadie sabe qué contenía la colección. Mucho me temo que la prueba de Elizabeth quedó literalmente reducida a cenizas.
–Supongo que eso te obliga a seguir buscando en el castillo.
–Supongo. El problema es que he perdido algo de entusiasmo.
–¿Por qué? Encontrar esas cartas de los Mather y de Sewall debió de suponer un gran incentivo.
–Y lo fue, pero el efecto ha empezado a desvanecerse. He dedicado casi treinta horas desde entonces, y ni siquiera he encontrado un papel del siglo XVII.
–Ya te dije que no iba a ser fácil -le recordó Edward.
Kim no dijo nada. Sólo faltaba que Edward le saliera con el típico “ya te lo había dicho”
Cuando llegaron al apartamento de Edward, éste llamó a Stanton antes de quitarse la chaqueta del traje. Kim escuchó vagamente el final de la
conversación de Edward, cuando descubrió sus esfuerzos por reclutar personal.
–Buenas noticias por ambas partes -dijo Edward, después de colgar el auricular-. Stanton ya tiene la mayor parte de los cuatro millones y medio en las arcas de Omni y ha empezado el proceso de la patente. La cosa marcha.
–Me alegro por ti -dijo Kim. Sonrió y lanzó un suspiro.
Viernes 26 de agosto de 1994
Los últimos días de agosto pasaron como una exhalación.
Las obras en la finca prosiguieron a un ritmo frenético, sobre todo en el laboratorio, donde Edward pasaba la mayor parte del tiempo. Instrumentos científicos llegaban cada día, y costaba muchos esfuerzos ubicarlos, instalarlos y protegerlos, en caso necesario.
Edward parecía dispuesto a controlarlo todo. En un momento dado era arquitecto, al siguiente ingeniero electrónico y, por fin, contratista general, cuando dirigía él solo la construcción del laboratorio. Sacrificaba casi todo su tiempo y, como consecuencia, cada día dedicaba menos a sus obligaciones en Harvard.
Las demandas conflictivas como investigador y profesor llegaron a un punto álgido cuando uno de los estudiantes protestó. Tuvo la temeridad de quejarse a la administración de Harvard de la falta de disponibilidad del doctor Armstrong. Cuando éste se enteró, se puso furioso y expulsó al estudiante.
Los problemas no terminaron allí. El estudiante montó en cólera y exigió una reparación a la administración. La administración se puso en contacto con Edward, quien se negó a pedir disculpas o volver a admitir al estudiante en su laboratorio. Como resultado, las relaciones entre Edward y la administración se hicieron cada vez más tensas.
Para colmo de males, la oficina de permisos de Harvard se enteró de su implicación en Omni. También llegaron a sus oídos inquietantes rumores acerca de la solicitud de una patente para una nueva clase de moléculas. En respuesta, la oficina envió una serie de cartas inquisitivas a Edward, que éste ignoró por completo.
Harvard se encontró en una situación difícil. La universidad no quería perder a Edward, una de las estrellas más brillantes y prometedoras de la
bioquímica posmoderna, pero al mismo tiempo no podía permitir que una situación delicada empeorase, pues existían precedentes.
La tensión comenzaba a afectar a Edward, sobre todo porque se combinaba con su entusiasmo por Omni, las posibilidades potenciales de Ultra, y los problemas diarios de las obras.
Kim era consciente de la situación y trató de remediarla en parte haciendo más fácil la vida de Edward. Empezó a quedarse en el apartamento de él casi todas las noches, y asumió responsabilidades más domésticas sin que se lo pidiera: preparaba la cena, daba de comer a su perro, incluso limpiaba y lavaba la ropa.
Por desgracia, Edward fue lento en reconocer los esfuerzos de Kim. En cuanto ella empezó a quedarse de manera regular en su apartamento, las flores dejaron de llegar, lo cual Kim consideró razonable. No obstante, echaba en falta la atención que representaban.
El viernes 26 de agosto, cuando Kim salió de trabajar, reflexionó sobre la situación. Además de la tensión, estaba el hecho de que Edward y ella aún no habían hecho planes para la mudanza, aunque sólo faltaban cinco días para que ambos tuviesen que dejar sus respectivos apartamentos. Kim tenía miedo de mencionar el tema, hasta que Edward tuviese un día menos ocupado. El problema era que ese día nunca llegaba.
Kim paró en la tienda de ultramarinos Bread and Circus y compró algo para cenar. Escogió cosas que a Edward pudieran gustarle. Incluso compró una botella de vino.
Dieron las siete. Kim sacó el arroz del fuego. A las siete y media, cubrió la ensalada con un plástico y la guardó en la nevera. A las ocho, por fin, llegó Edward.
–¡Maldita sea! – dijo mientras cerraba la puerta de un puntapié-. Retiro todos los halagos que dediqué a tu contratista.
Ese tío es un gilipollas. Esta tarde estuve a punto de darle un puñetazo.
Me prometió que los electricistas vendrían hoy, y no fue así.
Kim le anunció lo que había para cenar. Él gruñó y entró en el cuarto de baño para lavarse las manos. Ella calentó el arroz en el microondas.
–El maldito laboratorio podría funcionar dentro de nada si esos imbéciles se pusieran de acuerdo -gritó Edward desde el cuarto de baño.
Kim sirvió dos vasos de vino. Los llevó al dormitorio y tendió uno a Edward cuando salió del cuarto de baño. Él lo cogió y bebió.
–Todo cuanto quiero hacer es empezar a controlar la investigación de Ultra -dijo-. Pero al parecer todo el mundo se empeña en ponerme obstáculos.
–Tal vez no sea el mejor momento para plantear esto -dijo Kim, vacilante-, pero nunca encuentro el momento adecuado. Aún no hemos pensado en el traslado, y el primero de mes se nos viene encima. Hace dos semanas que quería hablarte de ello.
Edward estalló. En un momento de furia incontrolada, arrojó contra la chimenea la copa de vino, que se hizo añicos.
–¡Lo último que necesito es que tú también me presiones!
–vociferó Edward.
Se acercó a Kim. Tenía los ojos dilatados y las venas se destacaban en sus sienes. Abría y cerraba las manos.
–Lo siento -balbuceó ella. Permaneció inmóvil. Estaba aterrorizada. No conocía aquella faceta de Edward. Era un hombre corpulento y sin duda fuerte, y adivinó qué podía hacerle si le entraban ganas.
En cuanto pudo, salió corriendo de la habitación. Entró en la cocina y empezó a manipular cacharros. Cuando se serenó, tomó la decisión de marcharse. Dio media vuelta y se dirigió hacia la sala de estar, pero se detuvo al instante. Edward había aparecido en el umbral. Su cara se había transformado por completo. En lugar de ira, sus ojos revelaban confusión, –
Lo siento -dijo. Fue una agonía para él pronunciar la frase, a causa de su tartamudeo-. No sé qué me ha pasado. Creo que son las presiones, aunque no es excusa. Estoy avergonzado. Perdóname.
Su sinceridad conmovió a Kim. Se acercó a él y se fundieron en un abrazo. Después, entraron en la sala de estar y se sentaron en el sofá.
–Estoy pasando por un período terriblemente frustrante -dijo Edward-.
Harvard está volviéndome loco, y deseo con todas mis fuerzas volver a concentrarme en Ultra. Eleanor ha proseguido el trabajo como mejor ha podido, y los resultados siempre son buenos. Lo último que deseaba era descargar mis frustraciones sobre ti.
–Yo también he estado nerviosa -dijo Kim-. Las mudanzas siempre me ponen nerviosa. Además, temo que esto de Elizabeth se haya convertido en una especie de obsesión.
–Y yo no te he brindado el menor apoyo. También lo lamento. Hagamos el pacto de ser más sensibles mutuamente.
–Es una idea maravillosa.
–Tendría que haber dicho algo sobre el traslado. La responsabilidad no es sólo tuya. ¿Cuándo quieres mudarte?
–Tenemos que dejar nuestros apartamentos el primero de septiembre.
–Bien, ¿qué te parece a final de mes?
Miércoles 31 de agosto de 1994
El día de la mudanza fue caótico desde que amaneció. El camión llegó al apartamento de Kim a las siete y media, y cargó primero sus cosas.
Después, fue a Cambridge para recoger las pertenencias de Edward.
Cuando entraron la última silla, el camión ya iba cargado hasta los topes.
Kim y Edward fueron a la finca en sus respectivos coches, acompañados de sus animales domésticos. Al llegar, Saba y Buffer se conocieron. Como eran más o menos del mismo tamaño, la confrontación terminó en tablas. Desde aquel momento, se ignoraron por completo.
Cuando los empleados de la empresa de mudanzas empezaron a entrar sus cosas en la casa, Edward sorprendió a Kim con la sugerencia de que ocuparan dormitorios separados.
–¿Por qué? – preguntó ella.
–Porque no estoy actuando como soy en verdad -explicó él-. Todo lo que está pasando me impide dormir bien. Si tenemos dormitorios separados, encenderé la luz y leeré si necesito calmarme.
–A mí no me molestaría -insistió Kim.
–Las últimas noches las has pasado en tu apartamento.
¿No has dormido mejor?
–No.
–Bien, eso quiere decir que somos algo diferentes. Yo sí he dormido mejor. Saber que no te molesto me relaja. Además, sólo será por un tiempo.
En cuanto el laboratorio se inaugure y todo esté montado, la presión desaparecerá. Después, compartiremos la misma habitación. Lo entiendes,
¿verdad?
–Supongo -dijo Kim, intentando disimular su decepción.
La descarga del camión de mudanzas se efectuó mucho repleta de cajas y muebles colocados de cualquier manera.
Cuando vaciaron el camión, los hombres de la empresa de mudanzas recogieron sus herramientas y las cajas que habían vaciado, y las amontonaron en el camión. Kim firmó los documentos y el camión se alejó.
En cuanto el vehículo desapareció de vista, Kim vio que un Mercedes surgía entre los árboles y se dirigía hacia donde ella estaba. Reconoció el coche. Era Stanton. Llamó a Edward para anunciarle que tenía compañía.
Se acercó a la puerta y la abrió.
–¿Dónde está Edward? – preguntó Stanton, sin molestarse en saludar.
–Arriba.
Stanton pasó de largo y gritó a Edward que bajara. Entró en el vestíbulo con los brazos en jarras, sin dejar de dar golpecitos en el suelo con el pie derecho. Parecía muy agitado.
Kim siguió a Stanton. Consciente del frágil estado mental de Edward, tenía miedo de que Stanton lo sacara de sus casillas, ya que siempre actuaba como si los sentimientos de los demás no le importaran en absoluto.
–Baja, Edward -volvió a exclamar Stanton-. Hemos de hablar.
Edward apareció en lo alto de la escalera. Bajó lentamente.
–¿Cuál es el problema? – preguntó.
–Oh, poca cosa -replicó con sarcasmo Stanton-. Sólo que te estás cepillando nuestro capital a marchas forzadas. Ese laboratorio tuyo nos está costando un huevo. ¿Qué haces, enlosar los inodoros con diamantes?
–¿A qué te refieres, exactamente? – preguntó Edward con cautela.
–A todo. Empiezo a sospechar que trabajabas para el Pentágono, pues todo lo que pides es lo más caro.
–Para experimentos de primera clase se necesitan accesorios de primera clase. Lo dejé claro cuando hablamos de fundar Omni. Supongo que no esperabas comprar un laboratorio así en las rebajas.
Kim advirtió que los dos hombres se ponían en tensión.
Cuanto más discutían, menos preocupada se sentía. Edward estaba enfadado, pero en poder de su control.
–Muy bien -dijo Stanton-. Dejemos en paz el coste del laboratorio por un momento. A cambio, quiero que me des un plazo para que la DFA apruebe Ultra. Debo saberlo para calcular cuándo dejará de salir dinero y empezará a entrar.
Edward levantó los brazos, exasperado.
–Ni siquiera hemos abierto las puertas del laboratorio y ya estás hablando de ultimátums. Discutimos el tema de la DFA en el restaurante, antes de llegar al acuerdo de formar la empresa. ¿Lo has olvidado?
–Escucha, tío listo -replicó Stanton-, el peso de sacar a flote esta operación descansa sobre mis espaldas. Por desgracia, no va a ser tarea fácil, al ritmo que estás acabando con nuestro capital. – Se volvió hacia Kim, que estaba apoyada contra la pared del salón-. Kim, dile a este alcornoque que la responsabilidad fiscal es la primera condición a la hora de fundar empresas.
–¡No la mezcles en esto! – aulló Edward.
Stanton debió de intuir que había presionado demasiado a su amigo, porque enseguida adoptó un tono más conciliador.
–No perdamos la calma -dijo, y levantó las manos en un gesto de súplica-. Has de reconocer que mi petición es razonable. Debo saber, aunque sea por encima, qué vas a hacer en ese laboratorio chapado en oro, para que pueda anticipar y satisfacer nuestras necesidades económicas.
Edward soltó un ruidoso suspiro y se relajó un poco.
–Preguntar qué vamos a hacer en el laboratorio es muy diferente de entrar aquí hecho una furia y exigir la fecha en que la DFA dará su aprobación.
–Siento no ser más diplomático -dijo Stanton-. Hazme una idea de tu plan de ataque.
–En cuanto podamos, nos lanzaremos a una carrera suicida para averiguar todo cuanto debemos saber acerca de Ultra. Primero, hemos de conocer por completo su química básica, por ejemplo, su solubilidad en diversos solventes, y su reactividad con otros compuestos. Después, hemos de iniciar estudios biológicos controlados para comprender metabolismo, excreción y toxicidad. Los estudios toxicológicos tendrán que hacerse in vitro, así como in vivo en células individuales, grupos de células y organismos intactos. Tendremos que empezar con virus, después con bacterias y, por fin, animales superiores. Tendremos que formular ensayos.
A un nivel molecular, habrá que determinar puntos de enlace y métodos de acción. Las pruebas deberán llevarse a cabo en toda clase de condiciones de temperatura y grado de acidez. Tendremos que hacer todo esto antes de enviar una solicitud de investigación de la nueva droga a la DFA, que es lo que debe hacerse antes de iniciar la fase clínica.
–Santo Dios -gimió Stanton-. Me estás mareando. Eso me suena a décadas de trabajo.
–Décadas no, pero años sí. Ya te lo dije. Al mismo tiempo, te dije que sería mucho más breve que los doce años habituales que se necesitan para desarrollar una droga.
–¿Tal vez seis años? – preguntó Stanton.
–No te lo podré decir hasta que empecemos a trabajar y a obtener algunos datos. Sólo puedo asegurar que serán más de tres años y menos de doce.
–¿Existe alguna posibilidad de que puedan ser tres años?
–preguntó Stanton, esperanzado.
–Sería un milagro -admitió Edward-, pero es posible.
Existe otro factor que debes considerar. La rápida mengua del capital ha sido por el laboratorio, y ahora que el laboratorio está casi terminado, los gastos descenderán en picado.
–Ojala pudiera creerte, pero no puedo. No tardaremos en empezar a pagar los monstruosos salarios que prometiste al equipo de Ultra.
–Oye, tuve que ofrecer sueldos altos para conseguir a los mejores. Por otra parte, preferí ofrecer salarios más altos en lugar de acciones. No quería darles muchas.
–Las acciones no valdrán nada si vamos a la bancarrota.
–Pero llevamos una delantera considerable. Casi todas las empresas de biotecnología y farmacología se forman sin ninguna droga en el horizonte.
Nosotros ya la tenemos.
–Lo sé, pero estoy nervioso. Nunca he invertido todo mi dinero en una empresa, para después ver que se gasta a tanta velocidad.
–Tu inversión ha sido inteligente. Los dos vamos a ser multimillonarios.
Ultra lo logrará, estoy seguro. Déjame enseñarte el laboratorio. Te tranquilizará.
Kim suspiró aliviada cuando los dos hombres se encaminaron al laboratorio. Stanton apoyó incluso la mano sobre el hombro de Edward. En cuanto desaparecieron, Kim inspeccionó la sala. Para su sorpresa, sus pensamientos ya no eran la confusión caótica que la mudanza había provocado. El súbito silencio trajo consigo una intensa sensación de la presencia de Elizabeth y un fuerte convencimiento de que ésta intentaba comunicarse con ella. Por más que lo intentó, Kim no distinguió ni una palabra. Pese a todo, en aquel instante fue consciente de que algo de su
antepasada vivía en su interior y, lo que ahora era la casa de Kim, aún era, de algún modo, el hogar de Elizabeth.
Kim no se sentía muy a gusto con aquellos pensamientos.
Detectaba que el mensaje de Elizabeth poseía un elemento angustioso y perentorio.
Desistió de emprender tareas más acuciantes y desenvolvió a toda prisa el retrato recientemente restaurado de Elizabeth, que colgó sobre la chimenea. Al volver a pintar las paredes, la silueta del retrato había desaparecido. Kim tuvo que calcular a qué altura había colgado.
Experimentaba la necesidad de devolver el lienzo al lugar exacto que había ocupado trescientos años antes.
Se alejó y miró hacia la repisa. Le asombró la semblanza de vida que poseía el cuadro. Con una luz mejor parecía de factura bastante primitiva, pero a la luz del crepúsculo el efecto era muy diferente. Los ojos verdes de Elizabeth eran penetrantes cuando brillaban en las sombras.
Kim permaneció unos minutos inmóvil en el centro de la sala, contemplando el retrato, y de pronto sintió que era como mirarse en un espejo. Al mirar a los ojos verdes de Elizabeth, Kim experimentó una sensación todavía más poderosa de que su antepasada intentaba comunicarse con ella a través del abismo de los siglos. Kim se esforzó de nuevo por escuchar las palabras, pero sólo percibió el silencio.
La sensación mística que transmitía el lienzo envió a Kim de vuelta al castillo. Pese a las numerosas cajas que debía abrir y las horas estériles dedicadas a investigar los papeles que allí había, Kim no pudo resistirse al impulso de volver.
Aquel retrato había espoleado sus ansias de averiguar más acerca de su misteriosa antepasada.
Como empujada por una fuerza preternatural, Kim subió por la escalera hasta el desván. Una vez en él, no vaciló ni perdió el tiempo en abrir las ventanas. Se encaminó directamente a lo que parecía un viejo cofre marinero. Levantó la tapa y descubrió la habitual mezcolanza de papeles, sobres y algunos libros mayores.
El primer libro era un inventario de provisiones navales.
La fecha era 1862. Debajo, había una libreta más grande, de encuadernación primitiva, a la que había atada una carta.
Kim tragó saliva. ¡La carta iba dirigida a Ronald Stewart!
Kim extrajo la libreta del cofre. Después de desatar la cinta, abrió el sobre y sacó la carta. Recordó el cuidado con que las archiveras de Harvard habían tratado la carta de Mather y trató de imitarlas. El papel resistió cuando lo desdobló. Era una breve nota. Kim miró la fecha y su impaciencia se apaciguó. Era del siglo XVIII.
16 de abril de 1726 Boston Querido padre:
En respuesta a tu solicitud, considero lo más beneficioso para los intereses de la familia y los negocios impedir el traslado de la tumba de mi madre al cementerio familiar, pues el permiso necesario causaría mucha inquietud en la ciudad de Salem y sacaría nuevamente a la luz todo el asunto que ocultaste con tanta diligencia y esfuerzo.
Tu amado hijo, JONATHAN.
Kim dobló con cuidado la nota y la devolvió a su sobre.
Treinta y cuatro años después de la caza de brujas, Ronald y su hijo todavía estaban preocupados por su efecto en la familia, pese a las disculpas públicas y el día de luto decretado por el Gobierno colonial.
Kim devolvió su atención a la libreta, cuya encuadernación crujía, pasó la cubierta de tela y se le quedó en la mano.
Entonces, su corazón se aceleró. En la guarda estaba escrito:
“Elizabeth Flanagan, su libro, diciembre de 1678”
Kim pasó las páginas del cuaderno y comprendió con alegría que se trataba del diario de Elizabeth. El que las anotaciones fueran cortas y carentes de continuidad no hizo que su emoción decreciera.
Cogió la libreta con ambas manos por temor a que se desarmara y corrió hacia una ventana de gablete en busca de mejor luz. Empezó por el final y observó que había varias páginas en blanco. Buscó la última anotación y comprobó que el diario se detenía antes de lo que hubiera preferido. La fecha era el viernes 26 de febrero de 1692.
Este frío no se acaba nunca. Hoy ha nevado más. El río Wooleston tiene una capa de hielo sobre la que una persona puede pasar al Royal Side. Estoy muy aturdida. Una enfermedad ha debilitado mi espíritu con crueles ataques y convulsiones como las descritas por Sarah y Jonathan, y semejante a las que he observado en las pobres Rebecca, Mary y Joanna, así como a las que observé en Ann Putnam durante su visita.
¿En qué he ofendido a Dios todopoderoso que inflige tales tormentos a su fiel sierva? No guardo recuerdo de los ataques aunque antes de que se
produzcan veo colores que ahora me aterran y oigo extraños sonidos ultraterrenos al tiempo que tengo la sensación de que voy a desmayarme.
De repente recobro los sentidos y descubro que estoy tendida en el suelo y me he agitado y he murmurado palabras ininteligibles, o al menos eso dicen mis hijos Sarah y Jonathan que, loado sea el Señor, aún no se han visto aquejados. Ojala Ronald estuviera aquí y no en alta mar.
Estas molestias comenzaron con la compra del terreno de Northfields y la rencorosa reyerta con la familia de Thomas Putnam. El doctor Griggs está perplejo por todo y me ha purgado sin el menor resultado. Un invierno cruel y desdichas para todos. Temo por Job que es tan inocente como temo que el Señor desee quitarme la vida antes de terminar mi obra. Me he entregado al servicio de Dios en su tierra y ayudado a la congregación horneando el grano de centeno para aumentar nuestras reservas castigadas por el tiempo cruel y la pobre cosecha, y alentado a nuestros hermanos a aceptar en el seno de sus familias a los refugiados de los ataques indios, como yo he hecho con Rebecca Sheafe y Mary Roots. He enseñado a los niños mayores a construir muñecas para poner fin a los tormentos de los niños huérfanos que Dios ha puesto en nuestras manos. Ruego para que Ronald vuelva cuanto antes a ayudarnos a superar estas horribles aflicciones antes de que acaben con nosotros.
Kim cerró los ojos y respiró hondo. Estaba abrumada.
Ahora sí que era como si Elizabeth le estuviera hablando.
Pudo sentir la energía y carácter de la personalidad de Elizabeth por mediación de su angustia: solícita, solidaria, generosa, enérgica y valiente.
Todo cuanto Kim deseaba ser.
Abrió los ojos y volvió a leer algunos pasajes de la anotación. Se preguntó si Job era una persona o se trataba de una referencia bíblica.
Releyó la parte en que hablaba de construir muñecas y se preguntó si la prueba que había condenado a Elizabeth habría sido una muñeca, y no un libro.
Volvió a leer toda la anotación por temor a haber pasado algo por alto.
Se quedó impresionada por la trágica ironía que suponía el que Elizabeth, impulsada por su generosidad, tal vez hubiese esparcido el hongo venenoso.
Quizá la misteriosa prueba demostraba la responsabilidad de Elizabeth.
Kim permaneció varios minutos mirando por la ventana mientras le daba vueltas a aquella posibilidad. Por más que se esforzó, no pudo
imaginar cómo se había visto involucrada Elizabeth, pues en aquella época no había forma de relacionar el hongo con los ataques.
Kim volvió a mirar el diario. Pasó las páginas con cuidado y leyó otras anotaciones. Casi todas eran breves; sólo unas pocas frases para cada día, que incluían una lacónica descripción darse a la casa que ahora ella misma ocupaba. Era una feliz coincidencia haber encontrado la libreta aquel preciso día, y de alguna manera acortaba el intervalo de trescientos años que la separaba de Elizabeth.
Kim efectuó un rápido cálculo y llegó a la conclusión de que su antepasada sólo tenía diecisiete años cuando contrajo matrimonio. Kim no podía imaginarse casada a esa edad, teniendo en cuenta sobre todo sus problemas emocionales de los primeros años de universidad.
Más adelante, el diario revelaba que Elizabeth había quedado embarazada a los pocos meses de casarse. Kim suspiró.
¿Qué habría hecho con un niño a aquella edad? Era una idea aterradora, pero todo indicaba que Elizabeth lo había llevado muy bien. Kim recordó que en aquella época no existía el control de natalidad y reflexionó acerca del escaso control que Elizabeth poseía sobre su destino.
Kim buscó indicios de lo que había sido la vida de Elizabeth antes de que se casara. Se detuvo en otra anotación relativamente larga, correspondiente al 10 de octubre de 1681.
Elizabeth recordaba que aquel día caluroso y soleado su padre había vuelto de la ciudad de Salem con una oferta de matrimonio. Elizabeth continuaba escribiendo:
Al principio, ese asunto tan extraño me preocupó, pues no sé nada de ese caballero aunque mi padre habla bien de él. Dice que el caballero se fijó en mí en septiembre cuando visitó nuestra propiedad con el propósito de comprar madera para los mástiles y palos de sus barcos. Mi padre dice que soy yo quien debe decidir, pero he de saber que el caballero se ha ofrecido con gran generosidad a trasladarnos a todos a la ciudad de Salem donde mi padre trabajará en su empresa y mi querida hermana Rebecca irá a la escuela.
Pocas páginas después, Elizabeth escribía:
He dicho a mi padre que aceptaré la propuesta de matrimonio. ¿Cómo podría negarme? La Providencia nos protege pues hemos vivido estos últimos años en las tierras pobres de Andover bajo la amenaza constante de
los ataques de los indios salvajes. Nuestros vecinos de ambos lados han sufrido crueles desgracias y muchos han sido asesinados o tomados como cautivos de la forma más despiadada. He tratado de explicárselo a William Paterson, pero no lo entiende y temo que ahora esté mal dispuesto contra mí.
Kim hizo una pausa y miró el retrato de Elizabeth. Le conmovía pensar que estaba leyendo los pensamientos de una chica de diecisiete años, sacrificada hasta el punto de aceptar renunciar a un amor adolescente por el bien de su familia.
Suspiró y se preguntó cuándo había sido la última vez que había hecho algo totalmente desinteresado.
Volvió a inspeccionar el diario y buscó algún testimonio del primer encuentro de Elizabeth y Ronald. Lo encontró fechado el 22 de octubre de 1681, un día de sol y hojas caídas.
Hoy he conocido en nuestro salón al señor Ronald Stewart, que se propone ser mi marido. Es mayor de lo que suponía y ya tiene una hija de una mujer que murió a causa de la viruela. Parece ser un buen hombre, fuerte de mente y cuerpo aunque de disposición algo colérica cuando se enteró de que los Polk, nuestros vecinos del norte, habían sido atacados dos noches antes. Insiste en que nos mudemos sin más dilación.
Kim experimentó una punzada de culpabilidad por sus anteriores sospechas sobre Ronald, al saber las causas del fallecimiento de su primera esposa. Avanzó hasta allá, y leyó más temores sobre la viruela y los ataques de los indios. Elizabeth escribía que la viruela causaba estragos en Boston y los ataques devastadores de los indios ocurrían a sólo setenta y cinco kilómetros al norte de Salem.
Sacudió la cabeza, asombrada. La lectura de aquellas tribulaciones le trajo a la memoria los comentarios de Edward acerca de lo insegura que era la vida en el siglo XVII. Debía de ser una existencia difícil y tensa.
El sonido de la puerta al abrirse la sobresaltó. Levantó la vista y vio que Edward y Stanton habían vuelto de su visita al laboratorio casi terminado.
Edward llevaba los anteproyectos.
–Este lugar tiene tan mal aspecto como cuando me marché -gruñó Edward mientras buscaba un sitio donde dejar los planos-. ¿Qué has estado haciendo, Kim?
–He tenido un maravilloso golpe de suerte -contestó ella, muy animada.
Echó hacia atrás la silla y acercó la libreta a Edward-. ¡He encontrado el diario de Elizabeth!
–¿Aquí, en la casa? – preguntó él, sorprendido.
–No, en el castillo.
–Creo que deberíamos poner un poco de orden en la casa antes de que prosigas tu investigación. Tienes todo el mes para dedicarte a ello.
–Esto es algo que hasta tú encontrarás fascinante -dijo Kim sin hacer caso de los comentarios de Edward.
Abrió con cuidado el diario por la última anotación. Lo tendió a Edward y le indicó que leyera el pasaje.
Edward puso sus planos sobre la mesa plegable que Kim había estado utilizando. Mientras leía la anotación, su expresión de fastidio se fue transformando en una de sorpresa e interés.
–Tienes razón -admitió. Pasó la libreta a Stanton.
Kim les advirtió que la trataran con cuidado.
–Servirá para la gran introducción del artículo que pienso escribir para Science o Nature sobre los casos científicos de las aflicciones que salieron a la luz en los juicios de Salem -dijo Edward-. Es perfecto. Incluso habla de haber utilizado centeno, y la descripción de las alucinaciones es muy precisa.
Combinar esa anotación del diario con los resultados del espectrograma de masas a que sometimos la muestra de su cerebro cierra el caso. Es definitivo.
–No escribirás ningún artículo sobre el nuevo hongo hasta que la situación de la patente esté más segura -dijo Stanton-.
No vamos a correr un riesgo porque quieras divertirte con tus colegas investigadores.
–Claro que no. ¿Qué te crees que soy, un niño de dos años?
–Fuiste tú quien lo dijo, no yo.
Kim cogió el diario y señaló a Edward la parte donde Elizabeth explicaba que enseñaba a construir muñecas a otras personas. Preguntó si lo consideraba significativo.
–¿En relación con la prueba desaparecida? – preguntó Edward.
–Sí -respondió.
–No sé qué decirte. Supongo que resulta un poco sospechoso.
Kim preguntó después a Edward si el nombre de Job se refería a una persona de carne y hueso o al personaje bíblico.
Edward se encogió de hombros.
–No tengo la menor idea -contestó.
–Apuesto a que se refiere al Job bíblico y a todos los juicios y tribulaciones que padeció -dijo Stanton, que estaba mirando por encima del hombro de Edward-. Elizabeth debía de comparar su situación con la de Job, con bastante justificación. El buen Dios la estaba atormentando.
–Todo esto es muy interesante -dijo Edward-, pero me muero de hambre. ¿Y tú, Stanton? ¿Quieres comer algo?
–Yo siempre quiero comer algo.
–¿Y tú, Kim? ¿Quieres preparar algo? Stanton y yo aún tenemos mucho que hacer.
–No tengo muchas ganas de preparar nada -dijo Kim. Ni siquiera había echado un vistazo en la cocina.
–Entonces, encárgalo -dijo Edward. Empezó a desenrollar los planos-.
No somos maniáticos.
–Habla por ti -dijo Stanton.
–Supongo que podría preparar espaguetis -dijo Kim mientras pasaba revista mentalmente a lo que necesitaba. La única estancia más o menos organizada era el comedor; antes de las reformas había sido la antigua cocina. La mesa, las sillas y el bargueño estaban en su sitio.
–Unos espaguetis irían muy bien -dijo Edward. Pidió a Stanton que sostuviera los planos mientras sujetaba las esquinas con libros.
Kim se deslizó bajo las sábanas limpias y crujientes con un suspiro de alivio. Era su primer momento de descanso en toda la noche. Desde que había empezado a preparar los espaguetis hasta media hora antes, cuando había entrado en la ducha, no había parado de trabajar. Aún quedaba mucho por hacer, pero en la casa reinaba un orden razonable. Edward había trabajado con igual entrega después de que Stanton se marchara.
Kim cogió el diario de Elizabeth de su mesita de noche.
Quería leer más, pero cuando se metió en la cama cobró conciencia de los ruidos nocturnos. El más notable era la sinfonía de los insectos y ranas que habitaban en el bosque, los pantanos y los campos circundantes.
También oía los crujidos de la casa cuando expulsaba el calor absorbido
durante el día. Asimismo llegaba a sus oídos el gemido sutil de la brisa procedente del río Danvers, que se colaba por las ventanas.
Mientras se relajaba, Kim se dio cuenta de que la leve angustia experimentada al llegar a la casa por la tarde aún perduraba. Su intensa actividad posterior la había difuminado. Si bien suponía que tal inquietud obedecía a diversas causas, una era evidente: la inesperada petición de Edward de que durmieran separados. Aunque ahora comprendía su postura mejor que cuando había surgido el tema, seguía disgustada y decepcionada.
Dejó el diario de Elizabeth a un lado y saltó de la cama.
Saba le dedicó una mirada de exasperación, porque se había dormido enseguida. Kim se calzó las zapatillas y se encaminó a la habitación de Edward. La puerta estaba entreabierta, y aún tenía la luz encendida. Kim abrió la puerta y Buffer lanzó un gruñido. Kim apretó los dientes; estaba aprendiendo a detestar al ingrato animal.
–¿Algún problema? – preguntó Edward. Estaba incorporado en la cama con los planos diseminados alrededor.
–Sólo que te echo de menos -dijo Kim-. ¿Estás seguro de que debemos dormir separados? Me siento sola, y no es muy romántico, por decirlo de una manera suave.
Edward le indicó con un gesto que se acercara. Sacó los planos de la cama y palmeó el borde.
–Lo siento -dijo-. Es culpa mía. Asumo toda la responsabilidad, pero todavía creo que, por ahora, es mejor así. Soy como una cuerda de piano a punto de romperse. Incluso perdí la frialdad con Stanton, como ya viste.
Kim asintió y se contempló las manos, enlazadas sobre su regazo.
Edward le alzó el mentón.
–¿Estás bien?-preguntó.
Ella volvió a asentir, aunque en su interior luchaba con sus emociones.
Supuso que estaba muy cansada.
–Ha sido un día largo -dijo Edward.
–Creo que también me siento un poco inquieta.
–¿Por qué?
–No estoy segura -respondió ella-. Supongo que está relacionado con lo que le ocurrió a Elizabeth y con estar en la casa donde vivió. No puedo olvidar que algunos de mis genes son los de Elizabeth. Sea lo que sea, siento su presencia.
–Estás agotada -le recordó Edward-. El cansancio hace que la imaginación juegue malas pasadas. Además, estás en un sitio nuevo, lo cual puede perturbarte un poco. Al fin y al cabo, todos somos animales de costumbres.
–Estoy segura de que algo de eso hay, pero no es todo.
–No empieces con monsergas -dijo Edward, y rió-. No creerás en fantasmas, ¿verdad?
–Antes, nunca, pero ahora ya no estoy tan segura.
–¿ Bromeas?
Kim rió de su seriedad.
–Pues claro que bromeo. No creo en fantasmas, pero mi opinión acerca de lo sobrenatural está cambiando. Aún se me pone la carne de gallina cuando pienso en cómo encontré el diario de Elizabeth. Acababa de colgar su retrato cuando sentí el impulso de volver al castillo. En cuanto llegué allí, no tuve que buscar mucho. Estaba en el primer arcón que abrí.
–Sólo por el hecho de estar en Salem, la gente presiente algo sobrenatural -dijo Edward con una sonrisa-. Tiene que ver con esta estupidez de la brujería. Claro que si prefieres creer que una fuerza mística te arrastró hasta el castillo, ningún problema, pero no me pidas que lo suscriba.
–¿De qué otra forma puedes explicar lo ocurrido? – dijo ella con vehemencia-. Hasta hoy, había dedicado más de treinta horas sin encontrar nada del siglo XVII, y mucho menos el diario de Elizabeth. ¿Qué me impulsó a mirar en ese arcón en particular?
–¡De acuerdo! – dijo Edward con tono conciliador-. No voy a intentar convencerte. Cálmate. Te apoyo.
–Lo siento. No quería complicarlo todo. Sólo entré para decirte que te echaba de menos.
Después de un prolongado beso de buenas noches, Kim dejó a Edward con sus planos y salió de la habitación. Cerró la puerta y la envolvió la luz de la luna que se filtraba por la ventana del lavabo. Desde donde estaba, vio la negra masa del castillo recortada contra el negro cielo. Se estremeció. La escena le recordó el decorado de las clásicas películas de Drácula que tanto la aterrorizaban cuando era adolescente.