Los Assassini
Prólogo
NOTA DEL AUTOR
Invertir nueve años en la investigación y posterior redacción de un libro resulta una tarea notablemente intimidatoria. Me han ayudado innumerables personas, tanto desde dentro de la Iglesia como desde fuera; otras, en cambio, obstaculizaron mi trabajo. Sin duda todas ellas tuvieron motivos suficientes para actuar como lo hicieron, ya fuese de forma desinteresada o despreciativamente. Pero, por cada una que intentó detener mi trabajo, hubo muchas más que me ofrecieron su tiempo, sus energías y su comprensión para ayudarme. Todos saben quiénes son, tanto los héroes como los villanos. Sin embargo, tres personas me han sido del todo indispensables.
Charles Hartman me inspiró todos los aspectos de la tarea a emprender.
Sin él, este libro no habría existido. Ha sido una fuente de estímulos constantes: se mostraba infatigable cuando a mí ya me fallaban las fuerzas.
En los momentos difíciles, cuando los obstáculos parecían imposibles de superar, nunca me falló.
Kathy Robbins se supo abrir paso entre la densa e infranqueable maleza de emociones, intereses y egos encontrados, y entre la vasta acumulación de documentos legales, con la habilidad, el buen humor y la agudeza de una excelente diplomática. Durante casi nueve años esquivó a los dragones, incluso cuando éstos parecían tener todas las de ganar.
Beverly Lewis se unió al empeño cuando éste había alcanzado el punto álgido de la crisis, y con su clara inteligencia y la determinación de un jesuita logró que todo se solucionara. Sus dotes como editora sólo se han visto superadas por una cualidad que distingue a los grandes editores de todos los demás: el total respeto y comprensión hacia las intenciones del autor.
Los posibles fallos del libro que ahora tiene usted en sus manos deben imputárseme a mí; todas sus cualidades, las comparto gustoso con estas tres personas.
Thomas Gifford
Londres, noviembre de 1989
PRÓLOGO
Octubre de 1982
Nueva York
Aquel hombre parecía un ave de rapiña, todo negro cerniéndose sobre la plateada pista de hielo. Era un caballero ya anciano y patinaba muy bien.
Se divertía escuchando el siseo que producían los patines al grabar dibujos claros y precisos sobre el hielo, y saboreando el soplo tonificante de la brisa otoñal en su rostro. Todos sus sentidos estaban extraordinariamente alerta, como solían estar en fechas tan señaladas. La tarea que iba a realizar lo había reanimado de modo extraordinario: en días así, él era uno a solas con su destino, a solas con su Dios. En días así, el objetivo de su existencia le quedaba claro.
El mundo le parecía más evidente también. A su alrededor, todo había perdido misterio. En días así, lo comprendía todo. La niebla de la mañana se había disipado y el sol se filtraba entre las altas nubes blancas. Los rascacielos del Rockefeller Center se alzaban por encima de su cabeza y la música de los altavoces le marcaba el ritmo, lo cual le permitía ensimismarse en la gracia y la seguridad de su propio patinaje, y con ello viajar casi a través del tiempo.
De niño, había aprendido a patinar en los canales de La Haya. Los edificios sombríos, los parques nevados, el cielo plomizo con sus pesadas nubes que se cernían sobre la vieja ciudad, los diques y los molinos de viento… todo esto le golpeaba la mente con la peculiar tenacidad de las impresiones infantiles, detalles que ya nunca olvidaría. Poco importaba que apenas existieran ya molinos de viento. Seguían allí para siempre, en su memoria, girando lentamente. El recuerdo de las aspas de los molinos al moverse con lentitud, junto con el sibilante crujido de las cuchillas sobre el hielo, siempre lograban tranquilizarlo. En días como aquél, cuando tenía trabajo que hacer, solía prepararse mediante la relajación. Una generación más joven calificaría a aquello de meditación, pero todo venía a ser lo mismo. Lo que se pretendía era conseguir tal nivel de pureza, una concentración tan perfecta que uno ya no se diera cuenta de que lo intentaba. El casi lo había conseguido y el patinaje le ayudaba en su objetivo. Pronto el tiempo dejaría de existir y él se convertiría en un ojo único que lo vería todo, consciente de cuanto ocurría, sin perderse nada, capaz de convertirse en un ser a solas con su tarea, a solas con los propósitos de Dios. Pronto. Muy pronto.
Lucía un traje negro con el cuello blanco de clérigo y una gabardina negra, que se plegaba tras él como una capa a medida que se deslizaba
graciosamente entre los otros patinadores, la mayoría de los cuales parecían adolescentes. En ningún momento se le ocurrió que la gabardina al hincharse pudiera conferirle un aspecto amenazador, de mal agüero. Su mente no funcionaba así. El era un cura; era la Iglesia. En su rostro se dibujaba una sonrisa extraordinariamente amable, confiada; era la bondad personificada, no alguien a quien temer. Sin embargo, los demás patinadores tendían a abrirle paso mientras lo vigilaban casi de reojo, como si temieran que los juzgara moralmente. No podían estar más equivocados.
El hombre era alto, de frente noble y cabello blanco ondulado, peinado hacia atrás. Tenía el rostro enjuto, con una nariz larga y una boca grande de labios delgados. Su expresión era tolerante, como la de un buen médico rural que entendiera la vida y no temiese a la muerte. El rostro mostraba la palidez casi translúcida de un sacerdote, motivada por toda una existencia vivida en capillas oscuras, celdas mal iluminadas y confesonarios; una palidez fruto de largas horas de oración. Llevaba gafas con montura metálica. La forma de patinar, su concentración, le provocaban la más leve de las sonrisas. Estaba delgado, pero su aspecto era muy saludable. Había cumplido setenta años.
Mientras patinaba mantenía las manos al frente, con las palmas hacia fuera, como si bailara con una pareja invisible. Llevaba guantes negros de cuero, que se le ajustaban como una segunda piel. Por los altavoces sonaba un disco rayado en el cual una muchacha cantaba algo perteneciente a una película que había visto en el vuelo 747 de Alitalia que le había traído a Nueva York. La muchacha afirmaba que iba a vivir para siempre, que iba a marcharse y echar a volar…
El hombre se abrió paso zigzagueando entre los críos que patinaban y se deslizó graciosamente entre las jovencitas de tejanos ajustados, larga melena ondulante y traseros fuertes y musculosos que parecían a punto de reventar las costuras. Las chicas de cierta edad siempre le sugerían unas potrancas juguetonas. Nunca había visto a una mujer desnuda… Apenas había pensado en estas cosas.
Con suavidad adelantó una pierna y patinó sobre una sola cuchilla, cambiando con agilidad hacia atrás y hacia delante mientras con los brazos bombeaba el aire ante sí, los ojos entornados como si atisbara en el núcleo del tiempo mientras su cuerpo se deslizaba adelante, impulsado por la maquinaria del recuerdo. Se movía lo mismo que un gran pájaro negro,
bordeando la pista, los ojos fijos al frente, azules y claros, como si no tuvieran fondo, igual que los lagos en lo alto de las montañas. En ellos no había el menor atisbo de emoción. Sencillamente, no participaban.
Algunas de las muchachas cuchicheaban y reían ahogadamente mientras observaban al viejo cura deslizarse por su lado, austero, formal. Sin embargo, se advertía un aire de respeto en sus miradas, respeto por su forma de patinar, por la potencia y el estilo con que lo hacía.
Pero él estaba muy ocupado pensando en el resto de la jornada y apenas reparaba en la presencia de las muchachas. Con seguridad, ellas también creerían que iban a vivir para siempre y decidirían marcharse y echar a volar, lo cual estaba muy bien, aunque el viejo cura sabía que se equivocaban.
Entonces, frente a él, sobre la pista de hielo, vio cómo una muchachita de unos catorce años perdía repentinamente el equilibrio y caía sentada en el suelo, con las piernas separadas y extendidas ante sí. Sus amigas se reían y ella sacudía la cabeza, con lo cual la melena recogida en cola de caballo se balanceaba.
El cura se acercó por detrás medio agachado, la sujetó por debajo de las axilas y de un solo movimiento armonioso la izó. Vio la expresión de sorpresa que se dibujó en el rostro de la muchacha al pasar por su lado, como un cuervo de enormes proporciones. Luego la chica esbozó una amplia sonrisa y le gritó su agradecimiento. El anciano asintió con solemnidad por encima del hombro.
Poco después, comprobó la hora en su reloj. Salió de la pista, devolvió los patines alquilados y recuperó el maletín que había depositado en el guardarropa. Su respiración era agitada. Se sentía profundamente tranquilo y en pleno dominio de sus facultades, con una agradable dosis de adrenalina en el cuerpo.
Subió las escaleras de la plaza para abandonar la pista. Compró una rosquilla caliente a un vendedor ambulante, roció un poco de mostaza sobre la corteza salpicada de sal, permaneció allí de pie mientras se la comía metódicamente y luego tiró la servilleta en una papelera. Avanzó después por la galería comercial hasta la Quinta Avenida. Cruzó la calle y se quedó contemplando la catedral de San Patricio. No se consideraba un sentimental, pero la visión de las enormes construcciones religiosas -incluso cuando eran ejemplos tan recientes como aquél- siempre conmovía algo
oculto en su pecho. Tenía pensado entrar para orar, pero se había entretenido demasiado patinando. En cualquier caso, podía rezar mentalmente.
Había realizado un largo viaje para asistir a aquella cita.
Era hora de partir.
Roma
El hombre que permanecía en la cama no seguía el partido de fútbol que se desarrollaba en la gran pantalla del televisor. Uno de sus secretarios había puesto la cinta en el vídeo y, solícitamente, lo había conectado antes de salir, pero, de un tiempo a esta parte, el hombre de la cama había perdido interés por el fútbol. Si éste cruzaba por su mente en algún momento, era en forma de recuerdos, partidos que en su infancia había jugado en su Turín natal, muchos años atrás. En cuanto a la grabación de la cinta, que había llegado hacía poco de Sao Paulo por correo, le tenía sin cuidado. El campeonato mundial ya no entraba en sus planes.
El hombre de la cama pensaba en la inminencia de su propia muerte con el sentimiento de indiferencia que siempre le había resultado tan útil. En su juventud había aprendido el truco de pensar acerca de sí mismo en tercera persona, como Salvatore di Mona. Con una parte de él en pie a un lado y una sonrisa absorta en el rostro, había observado la diligente y sistemática ascensión de Salvatore di Mona a las posiciones más encumbradas, había asentido apreciativamente mientras Salvatore di Mona forjaba alianzas con hombres ricos y poderosos, y había sido testigo de cómo Salvatore di Mona conseguía llegar a la cima de su profesión. De alguna manera, en ese momento Salvatore di Mona había dejado de existir. Entonces había tomado el nombre de Calixto y se había convertido en el vicario de Cristo, en el Santo Padre: en el papa Calixto IV.
Ocho años como presidente de la asamblea: no era un hombre modesto, ni particularmente sobresaliente, pero había sido muy afortunado y práctico en extremo. No era muy amante de los complicados manejos inherentes a su labor y siempre había considerado su carrera como algo sólo marginalmente distinto a la labor de cualquier presidente de una importante compañía multinacional.
Por supuesto, era del todo cierto que sólo el emperador de Japón ocupaba un cargo más antiguo sobre el planeta Tierra, pero, aun así, en ningún momento se le había ocurrido pensar, por ejemplo, que Dios
expresara su santa voluntad a través del hombre que había sido Salvatore di Mona, el primogénito del próspero representante de la Fiat en Turín. No, el misticismo no era plato de su gusto, como había dicho en una ocasión monseñor Knox, con su encantador acento inglés.
No, Calixto IV era un hombre práctico. No le interesaban los montajes teatrales ni las intrigas, sobre todo después de haber logrado que el consistorio cardenalicio lo eligiera: una maniobra que había requerido algunas intrigas, torpes y sencillas, para que no quedara duda alguna acerca del resultado final. Algo de dinero repartido de forma sistemática entre los cardenales más influyentes -con la ayuda del poderoso seglar norteamericano, Curtis Lockhardt- había contribuido a lograrlo. El cardenal Di Mona había contado con un sólido núcleo de apoyo, al frente del cual figuraba el cardenal D'Ambrizzi. El dinero -sobornos, para dar un nombre a tales repartos- era una tradición que había encumbrado a más de un sudoroso papabile. Desde su elección como papa había procurado reducir al mínimo todas las intrigas, murmuraciones, zancadillas y calumnias dentro de la curia. Sin embargo, debía admitir que, en una sociedad cerrada como la del Vaticano, tenía la batalla perdida. Resultaba imposible alterar la naturaleza humana, y más en un sitio donde había como mínimo un millar de aposentos. Nunca había logrado realizar un cómputo fidedigno, pero era un hecho obvio que, cuando se disponían de más de mil habitaciones, en algunas de ellas siempre habría alguien que inevitablemente tendería a no hacer el bien. En general, mantener algo parecido a una especie de control sobre las maquinaciones de la curia era una tarea totalmente descorazonadora. Aun así, en muchas ocasiones había resultado bastante divertido. Sin embargo, ahora ya no lo era.
La cama en la que permanecía acostado -en otro tiempo lugar de reposo del papa de los Borgia, Alejandro VI- era una mole impresionante, con una historia que a él le gustaba imaginar. Sin duda Alejandro VI había hecho mejor uso que él de aquella cama, pero, por el cariz que tomaban las cosas, al menos moriría acostado en ella. El resto del mobiliario del dormitorio podría calificarse de Ecléctico Palacio Apostólico: algunos muebles de estilo moderno sueco, de la época de Pablo VI, un televisor y un vídeo, enormes librerías de estilo gótico, con puertas cristaleras, que en el pasado habían contenido la inmensa colección de libros de consulta que a Pío XII le gustaba tener a mano; sillas, mesas, un escritorio y un reclinatorio que él
había rescatado de una sala de almacenaje, cubierto con una capa de polvo de un par de siglos de antigüedad. Todo ello formaba un conjunto abigarrado, pero durante los últimos ocho años él lo había considerado su hogar. Después de contemplar su entorno con una fría mirada, sintió alivio al pensar que no tendría que llevárselo al lugar adonde se dirigía.
Lentamente pasó las piernas por encima del borde de la cama y deslizó los pies desnudos dentro de las zapatillas Gucci. Se levantó y se tambaleó un poco, pero logró mantener el equilibrio con un bastón de empuñadura dorada que un cardenal africano le había regalado -con enternecedora previsión- un año antes. Nunca estaba seguro de cuál de sus dos dolencias le provocaba qué síntomas, pero atribuía al tumor cerebral los mareos que padecía. Por supuesto, se trataba de un tumor que no admitía operación.
Según los temblorosos matasanos que la curia había aprobado para que le atendieran, sería un final reñido para ver qué era lo que al final se lo llevaría: si el corazón o el cerebro. Lo cierto era que, para él, no tenía excesiva importancia.
Sin embargo, en el tiempo que le quedaba, aún había muchas cosas por hacer.
¿Quién le sucedería?
¿Y qué podía hacer él exactamente para elegir a su sucesor?
Malibú
Sor Valentine tenía la sensación de que no podría dejar de llorar y eso la sacaba de sus casillas. Toda su vida había actuado con temeridad, había buscado el peligro y sin duda lo había hallado en gran medida, también había experimentado el miedo. Pero ese temor había sido del tipo espontáneo que todo el mundo sufría a su alrededor: el miedo al disparo de un rifle que se aproximaba por una carretera solitaria, el miedo a alguna de las escuadras de la muerte o de la fe, el miedo a las tropas gubernamentales o a las ávidas guerrillas que bajaban de las montañas en busca de camorra o de sangre. En algunas regiones del mundo, ésta era la ración cotidiana o el tipo de terror habitual, pero era la clase de miedo que indefectiblemente encontrarían allí, el tipo de miedo que buscaban de forma consciente.
Sin embargo, el miedo que ahora ella experimentaba era muy distinto.
Se apoderaba de su voluntad y de su sistema nervioso lo mismo que un cáncer voraz. Procedía del pasado, pero aún seguía con vida y la había encontrado, la había seleccionado. Ahora regresaba a casa porque ya no
podía seguir enfrentándose a solas con él. Ben sabría qué hacer al respecto.
De alguna forma, siempre había sabido cómo hacerlo.
Pero primero tenía que dejar de llorar, de temblar y de actuar como una estúpida.
Se detuvo al borde del patio, con las puntas de los pies metidas en la húmeda hierba, y contempló la luna, que parecía un guijarro plateado y lleno de hoyos en medio del cielo azul oscuro, velado por algunas deshilachadas nubes. Aquella imagen le recordó la empalagosa cubierta de un disco de Serenata a la luz de la luna que había tenido en su niñez. El fragor del oleaje al estrellarse a lo lejos, sobre la playa de Malibú, trepaba por las paredes de los acantilados y cabalgaba en la brisa del océano que pasaba rozándole las piernas desnudas. Se secó los ojos con la manga del hábito, se serenó y avanzó por la hierba hacia la barandilla pintada de blanco que había en el borde de los acantilados. Contempló la espuma que provocaba el oleaje, cómo progresaba y luego retrocedía, para volver a empezar. Un par de faros solitarios avanzaban por la autopista de la costa del Pacífico. A lo lejos, a través de la neblina, la colonia de Malibú resplandecía débilmente como una nave espacial que aterrizara al borde del mar. La niebla avanzaba siguiendo la costa, como si quisiera mantener a raya al ejército enemigo.
Avanzó a lo largo de la valla hasta que encontró los rescoldos del fuego donde habían asado el róbalo para una cena improvisada. Sólo ellos dos, una botella de Roederer Cristal, róbalo y pan crujiente recién horneado. Una comida a la que él era muy aficionado, amenizada por la misma conversación que habían mantenido en Roma, en París, en Nueva York y en Los Ángeles, todas en el transcurso del último año y medio. Conversación, debate, discusión, se la llamara como se la llamase, siempre se trataba de lo mismo. Cada vez tenía la sensación de que cedía ante él, igual que un espigón incapaz de resistir el embate de las olas; aunque ella luchaba para no desmoronarse, todavía no estaba preparada para ello. A pesar de ello, Dios era testigo, ella quería desmoronarse, derrumbarse, caer entre los brazos de él; pero ahora no podía. Todavía no. Aún no. Maldición. De nuevo estaba llorando.
Dio media vuelta y regresó en dirección a la casa de estructura baja y ramificada, pasó junto a la piscina y la pista de tenis, cruzó el patio de la
bandera y se quedó de pie ante las cristaleras, mirando al interior. Una hora antes, ella había hecho el amor en aquella cama.
Él era un hombre robusto, sólido, con un rostro parecido al de un hermoso bulldog. Decidido. Llevaba muy corto el cabello gris, cuidadosamente arreglado, y daba la sensación de que nunca se le despeinaba. Lucía pijamas de color azul oscuro, con ribetes blancos y las iniciales CL en el bolsillo superior delantero. Tenía el brazo derecho extendido hacia el borde de la cama, donde ella había permanecido tendida poco antes, como si se hubiese quedado dormido al ritmo de la respiración de su compañera, de los latidos de su corazón. Ahora permanecía quieto y ella sabía que olería al sudor de los dos y a Equipage de la casa Hermés.
Sabía muchas cosas de él, mucho más de lo que le interesaba saber. De todos modos, ella nunca había sido una monja convencional. La verdad era que como monja había sido un auténtico incordio, tanto para la Iglesia como para la orden. Siempre había sabido qué era lo correcto: así había sido desde su nacimiento y nunca había sucedido nada que la obligara a cambiar de idea. Sabía qué estaba bien y qué estaba mal, y muy a menudo sus ideas y las de la Iglesia no coincidían. Ella había seguido su camino y había desafiado a los demás a que actuaran al respecto. Se había convertido en un personaje famoso, había escrito dos best-sellers, se había transformado en una heroína de su tiempo a los ojos de la gran mayoría y la publicidad le había garantizado su seguridad. Había desafiado a la Iglesia a que reconociera ser una institución demasiado pequeña, mezquina e insignificante para incluirla a ella…, y la Iglesia se había visto obligada a retractarse. Se había convertido en un rosetón indispensable en la gran fachada de la moderna Iglesia de Roma, y la única forma para librarse de ella era -desde su punto de vista en aquellos momentos- con los pies por delante.
Sin embargo, todo aquello había sucedido antes de que ella se embarcara en las investigaciones de los últimos doce meses. De todos modos, reflexionó perversamente mientras se secaba las lágrimas una vez más y sorbía por la nariz, todas las causas, los discursos y la publicidad no habían sido otra cosa que ejercicios de calentamiento. Sin embargo, nada la había preparado para el último año transcurrido, para el creciente miedo.
Pensaba que ya lo había visto todo, que había contemplado el odio bajo todas sus formas y disfraces, y el amor en todas sus facetas. Pero estaba
equivocada. No sabía absolutamente nada acerca del odio ni del amor. Dios era testigo de que lo estaba descubriendo.
Dieciocho meses atrás, Curtis Lockhardt le había revelado que la amaba. Ambos se hallaban en Roma, adonde ella había viajado para el lanzamiento de su nuevo libro, que trataba del papel de la Iglesia en la Segunda Guerra Mundial. A él lo habían convocado en el Vaticano para que ayudara a tapar el creciente escándalo de la Banca Vaticana, que comprendía desde el fraude, la extorsión y el desfalco económico hasta el simple asesinato. Lockhardt era uno de los pocos seglares a los que la Iglesia -en este caso Calixto IV- recurría en momentos de crisis extrema. La mayor parte de los seglares no alcanzaban a imaginar la tenacidad y la total falta de compasión que se precisaban para controlar un pulpo con tantos tentáculos como era la Iglesia. Lockhardt sí podía: había hecho su carrera precisamente gracias a estas cualidades, al tiempo que seguía siendo el más simpático, encantador y cordial de los hombres. Tal como a Calixto le gustaba decir, Lockhardt estaba sentado cerca del mismo centro de la Iglesia dentro de la misma Iglesia.
Ella conocía a Curtis Lockhardt de toda la vida. Treinta años atrás, cuando era simplemente Val Driskill y bailaba en el jardín de sus padres bajo la amplia curva de los aspersores, con su traje de baño rizado y aspecto de caramelo envuelto en papel de celofán, con sólo diez años de edad, Lockhardt era un joven abogado y banquero que contaba con los plácemes tanto de los Rockefeller como del Chase. A menudo les visitaba en su casa de Princeton para hablar con su padre de asuntos financieros o de la Iglesia.
Mientras ella se pavoneaba exhibiéndose, bronceada y resplandeciente de humedad bajo la luz del sol, escuchaba cómo ellos hacían tintinear el hielo en sus vasos y los observaba de reojo mientras permanecían sentados en los blancos sillones de mimbre, a la sombra del porche.
–A los diez años eras una especie de duendecillo encantador -le había confesado él en Roma aquella noche-. Y, a los quince, un torbellino de lo más atractivo. Maldita sea, poco faltaba para que me ganaras al tenis.
–Claro, sólo me mirabas a mí, en vez de vigilar la pelota.
Val sonrió al recordar cómo él la encontraba deseable mientras la veía saltar por la pista: la brisa inflaba su faldita de tenis y le secaba el sudor, hasta el punto de que percibía los crujidos de la sal sobre su piel. A Val le gustaba Curtis, lo admiraba… Se sentía fascinada por su autoridad: el seglar
que hacía que los sacerdotes se sentaran y prestasen atención. En aquel entonces él tenía veinticinco años y ella se preguntaba por qué no se había casado.
–Cuando tenías veinte años, yo estaba totalmente colado por ti. Temía el efecto que sabía ibas a provocar en mí cada vez que te veía. Me sentía como un imbécil. Entonces… ¿Te acuerdas del día en que te llevé a almorzar al Plaza, el Oak Room lleno de murales con castillos de cuento de hadas sobre parajes montañosos, y tú me explicaste lo que pretendías hacer con el resto de tu existencia? ¿Lo recuerdas? El día en que me dijiste que ibas a entrar en la orden. El corazón me dio tal vuelco que estuvo a punto de zambullirse en la sopa de tomate. Me sentí igual que un amante rechazado, y el hecho era que yo iba de buena fe, que te veía como a una niña, como a la hija de Hugh Driskill. Una cría.
»Pero, por supuesto, lo esencial era mi buena voluntad. Estaba enamorado. Y lo sigo estando, Val. No te he perdido de vista, he seguido tu carrera y, cuando viniste a Los Ángeles, supe que te vería de nuevo. – Él se encogió de hombros y desvió la mirada-. La parte negativa era que seguía enamorado de una monja, pero la positiva era que sabía que la espera valdría la pena.
Sus relaciones amorosas empezaron aquella noche en Roma, en el apartamento que Curtis tenía en la parte alta de Via Véneto. Él inició también la campaña para convencerla de que abandonara la orden y se casara con él. Traicionar sus propios votos -acostarse con él- había sido la parte más fácil. Aquellos votos habían significado siempre la parte coercitiva de su trabajo, el mal necesario, el precio que debía pagar a cambio de la oportunidad de servir a la Iglesia, de servir a la humanidad a través del poderoso instrumento que era la Iglesia. Pero abandonar la orden, dejar el marco dentro del cual ella había edificado su existencia… Hasta el momento, eso le había resultado imposible.
Hacía sólo una hora y debido a su mutua frustración, ambos habían discutido fríamente, con pesar, incapaces de aceptar el hecho de que ninguno de los dos alcanzara a entender los motivos del otro, pero, a pesar de todo, enamorados, siempre enamorados. Al final habían hallado consuelo en la pasión, luego él se había quedado dormido y ella había abandonado el lecho y había salido fuera para pensar, para estar a solas con los pensamientos que no se atrevía a participarle.
Ante ella, en medio de la noche y los jirones de niebla, oyó un aleteo, una gaviota al bajar, luego un ruido confuso pasó por su lado y el pájaro se posó en el suelo del patio. Por unos instantes avanzó contoneándose, se contempló a sí misma en el cristal y luego emprendió el vuelo, como si se hubiese asustado de su propia imagen. Val comprendía cómo se había sentido la gaviota.
De repente recordó a su mejor amiga en Roma, sor Elizabeth, en quien había visto reflejados como en un espejo algunos rasgos propios. Elizabeth era también norteamericana, algunos años más joven que ella, si bien muy inteligente, aguda, comprensiva. Otra monja moderna, que desarrollaba el trabajo que quería, aunque no tan alborotadora como Val. Ambas se habían conocido en Georgetown, cuando sor Val estaba preparando el doctorado y Elizabeth era una precoz y liberal candidata a la licenciatura en filosofía.
Las dos habían forjado una amistad que había perdurado a lo largo de casi una década de tensiones extremas en el seno de la Iglesia. En Roma, Val confió a sor Elizabeth la proposición de matrimonio de Lockhardt. Sor Elizabeth había escuchado con atención toda la historia antes de hablar.
–Voy a improvisar -dijo cuando ella hubo finalizado-, y si suena a casuística, échale la culpa a mi naturaleza básicamente jesuítica. Es cuestión de ética. Recuerda tus votos, pero piénsalo detenidamente; sabes que no eres una cautiva. Nadie te ha encerrado en una celda y ha lanzado la llave, dejándote allí para que te pudras.
Un buen consejo y si Elizabeth estuviese ahora en Malibú, le daría más buenos consejos. ¿Cuáles? Por otro lado, Val ya sabía qué le diría, pues sor Elizabeth siempre le repetía lo mismo.
–Si vas a seguir acostándote con él, Val -insistía-, entonces será mejor que abandones la orden. Es absurdo seguir como hasta ahora. Tal vez consideras que es cuestión de tecnicismo, pero, afróntalo, hermana, no lo es. Has pronunciado tus votos. Cualquiera puede tener un desliz, pero convertirlos en una costumbre y una forma de vida… carece de sentido. En dos palabras: es estúpido y deshonesto. Tú lo sabes tanto como yo, y también lo sabe… el Ser Supremo.
Al recordar la firmeza de las palabras de sor Elizabeth, lo único que experimentaba era vacío y temor. El miedo eclipsaba todas las demás emociones.
Todo había empezado con sus investigaciones para el libro. ¡El maldito libro! ¡Cuánto daría por no haber pensado nunca en escribirlo! Sin embargo, ahora ya era demasiado tarde para echarse atrás, y era el miedo lo que la había decidido a volver a Estados Unidos, lo que la había llevado a su casa en Princeton. Era el miedo lo que la hacía dudar de todo: de Curtis, del amor, de permanecer o de marcharse. No había forma de pensar cuando sentía que el miedo la atenazaba. Se había aventurado a ir demasiado lejos en sus investigaciones, había seguido ahondando cuando lo sensato habría sido parar en seco y marcharse, regresar a su hogar. Debería haberse olvidado de lo que había descubierto y cuidar de su propia existencia, de Curtis. Pero no estaba asustada sólo por ella; por encima de todo estaba el gran temor, el que sentía por la Iglesia.
De modo que había regresado a Estados Unidos con la intención de explicárselo todo a Curtis. Sin embargo, algo la había avisado, le había advertido de que se detuviera, algo que ella odiaba identificar. Había descubierto una especie de artefacto infernal, una bomba que había permanecido activada durante mucho, muchísimo tiempo. O Curtis Lockhardt estaba al corriente, o -que Dios lo amparara- formaba parte del plan, o no sabía absolutamente nada de lo que ocurría. No, no podía explicárselo. Él se hallaba demasiado próximo a la Iglesia, demasiado involucrado en ella. Al menos de eso podía estar segura.
A pesar de todo, la bomba seguía allí y había tropezado con ella. Eso le recordó la ocasión en que, en la casa de Princeton, su hermano Ben bajó al sótano y empezó a revolver en busca de los viejos palos de golf con mango de nogal que habían pertenecido a su padre en su juventud, y halló siete latas de pólvora negra que habían quedado allí de alguna antigua celebración del Cuatro de Julio. Ella lo había seguido escaleras abajo y, después de pasar ante las pilas de historia acumuladas por la familia, temiendo que alguna araña real o imaginaria le cayera en el pelo, oyó que él le decía, casi en un susurro, que se fuera inmediatamente, coño, y ella le contestó que lo acusaría por decir palabrotas.
Entonces él le explicó que la casa podía saltar por los aires en cualquier momento porque la pólvora había permanecido en aquellas latas desde mucho antes de que nacieran y era condenadamente inflamable. El calentador del agua que había en el mismo sótano tenía un cortocircuito y
lanzaba chispas sin parar. Entonces ella no sabía nada acerca de pólvora, pero conocía a su hermano Ben, y él no estaba de broma.
Ben la obligó a quedarse detrás del muro de piedra del establo mientras, empapado de sudor, sacaba del sótano una lata tras otra y las acarreaba por el césped trasero más allá de la capilla familiar, y luego, bordeando el estanque, hasta el fondo de la finca, más allá del huerto sembrado de manzanos. Luego Ben llamó a la policía en Princeton, que envió a algunos bomberos, y, junto con el mismo jefe de policía, que llegó en su DeSoto negro, lo rociaron todo. Después de eso, Ben se convirtió en un auténtico héroe y la policía le dio una especie de insignia honorífica, que él le regaló al cabo de una semana explicándole que era un regalo, porque ella también se había comportado como un valiente soldado al obedecer sus órdenes. Ese gesto la sorprendió y se echó a llorar. Durante aquel verano, de día llevaba la insignia, y por las noches la guardaba debajo de la almohada. Entonces ella tenía siete años y Ben catorce, y durante el resto de su vida siempre había acudido a Ben cuando necesitaba de alguien que pudiera ser un héroe para ella.
Ahora tenía su propia bomba, inflamable y capaz de hacer saltar por los aires la próxima elección papal; ella acudiría a casa para encontrarse con Ben. No acudiría a Curtis, ni a su padre… Al menos todavía no. Pero sí volvería a Ben. Siempre sonreía al pensar en él, en su hermano, el católico caído. «Es más exacto decir que mi entusiasmo ha decaído», solía puntualizar él. Ahora podría explicárselo todo, contarle lo que había descubierto en los documentos de Torricelli y en los archivos secretos. Ben se echaría a reír ante sus temores, luego se pondría serio y sabría cómo actuar. Sabría cómo decírselo a su padre, cómo abordar con él todo el asunto…
Nueva York
El Rolls-Royce estaba aguardando en el aeropuerto Kennedy cuando llegó el avión privado de Lockhardt y, a través de semáforos en verde, les llevó directamente hasta el corazón de la ciudad, con media hora de adelanto sobre el horario previsto. Lockhardt indicó al chófer que lo dejara en la pequeña manzana llamada Rockefeller Plaza, situada entre el edificio de la RCA y la pista de patinaje del Rockefeller Center. En el cómodo asiento trasero del vehículo miró a Val a los ojos y la cogió de la mano.
–¿Seguro que no tienes nada que decirme?
Detrás de aquella pregunta se escondía mucho más de lo que Lockhardt daba a entender. No le había hablado de la llamada que él había recibido de un amigo del Vaticano una semana atrás, cuando ella se encontraba en Egipto. En las altas esferas había preocupación por lo que Val estaba haciendo, por el rumbo que tomaba su investigación y por su determinación a seguir adelante. El amigo del Vaticano le había pedido que averiguara qué había descubierto ella y que influyese para que abandonara la investigación.
Lockhardt sentía gran respeto por los motivos que impulsaban a Val y por su empeño en sacar a relucir las peculiaridades del Vaticano. Lo cierto era que el Vaticano no impresionaba a sor Val. Sin embargo, Lockhardt tenía también un gran sentido de conservación, que podía fácilmente ampliar para incluirla a ella. Por eso le inquietaba la investigación. No era nada bueno tener a alguien del Vaticano encima de uno y la llamada telefónica no era producto del azar. Había algo que preocupaba seriamente a alguien y se lo habían hecho saber. Sin embargo, él no podía presionar a Val. Ella le revelaría qué había averiguado, pero tenía que darle tiempo.
Val sonrió nerviosa y negó con un gesto de cabeza.
–No, de verdad. En estos momentos tienes demasiadas cosas en la cabeza. Calixto se está muriendo, y tú, querido, debes decidir quién va a ser el próximo papa. Los buitres se están congregando.
–¿Te parezco yo un buitre?
–En absoluto. Tú te limitas a azuzarlos, como siempre.
–En lo que a la elección de papa se refiere, yo carezco de voto.
–No seas hipócrita. ¿Acaso Time no te llama el cardenal sin bonete púrpura? – Val sonrió al ver su gesto ceñudo-. Tú tienes más poder que el de un voto. Tú nombraste al último papa…
–Con la ayuda de tu padre, hermana -rió-. También pudimos haber elegido peor…
–En eso tienes razón.
–Dios mío, cuánto te quiero, hermana.
–Seamos realistas. Tú estás en un puesto ideal para designar al próximo papa. Además, yo también te quiero; no estás nada mal para un hombre de tu edad.
–Se supone que no tienes mucha experiencia para poder comparar -
replicó él.
–No la tengo, en eso puedes creerme.
–Val, desearía que también confiaras en mí -dijo Lockhardt, cogiéndola de la mano-. Ese terrible secreto tuyo te hará enloquecer. Se te ve completamente agotada. Sea lo que fuere, se está cobrando un alto precio en ti. Estás delgada, cansada, y tienes un aspecto lamentable.
–Desde luego, tus palabras son de lo más estimulantes.
–Sabes a qué me refiero. Debes tranquilizarte, relajarte, habla con Ben.
Debes expulsar eso que te oprime por dentro.
–Curtis, échame una mano en esto, ¿quieres? No querría parecer una estúpida, si es que mi imaginación me ha traicionado. Todo esto puede esperar hasta mañana. Entonces quizá te lo cuente todo. – Le dio un apretón en el dorso de la mano-. Anda, ve a ver a Andy.
Val se inclinó hacia él y le besó suavemente. Sintió cómo la mano de Lockhardt se posaba en su cabello y le ceñía la cabeza, al tiempo que le rozaba la oreja con los labios.
Lockhardt se enderezó y quedó de pie en la acera, despidiendo a Val con la mano mientras el coche se alejaba. Luego el cristal ahumado de la ventanilla se alzó y ella desapareció de su vista. La próxima parada sería en Princeton.
Lockhardt había pasado tantos años de su existencia en los pasillos del poder que durante mucho tiempo había confundido la satisfacción y la discreta camaradería con la felicidad. Luego sor Valentine le había revelado los misterios de la completa felicidad y solucionado el gran dilema. Ahora estaba convencido de que su unión era para siempre.
En este estado de ánimo, Lockhardt bajó la mirada hacia los patinadores que daban vueltas alrededor de la pista. Era cierto que Val le tenía preocupado. Había estado en Roma, en París, y había llegado hasta Alejandría, en Egipto, siempre con motivo de su investigación. Él había intentado reunir las piezas y se había enterado de que estaba trabajando en los archivos secretos. Luego había llegado aquella maldita llamada telefónica desde Roma. Desde su posición elevada, detrás de la barandilla que daba a la pista, sonrió al ver a un cura anciano patinando, lleno de gracia y dignidad, entre los jovencitos. Observó admirado cómo el cura se deslizaba con la gabardina negra inflándose a sus espaldas y luego se agachaba detrás de una jovencita que había caído, para ayudarla a levantarse. Dudaba de haber visto alguna vez un rostro tan solemne y sereno.
Lanzó una ojeada al Patek Philippe, a la oblea dorada que llevaba en la muñeca. Monseñor Heffernan, que ahora sólo contaba cuarenta y cinco años y estaba destinado a llevar el bonete púrpura entre los próximos cinco o diez años, lo aguardaba. Como hombre de confianza del cardenal arzobispo Klammer, había acumulado un considerable poder en una de las secciones más prósperas de la Iglesia. Si se le conocía no era precisamente por su dignidad, y sin duda tampoco por su solemnidad. Se le conocía porque lograba que todo funcionara y, por lo tanto, se le consideraba un camarada condenadamente puntual que esperaba puntualidad en los demás.
Había llegado el momento de partir.
La relación de la Iglesia con la manzana situada justo a la derecha de la catedral de San Patricio se remontaba a finales del siglo XIX, cuando se edificó una iglesia bastante vulgar, St. John, allí donde más tarde -cuando la Iglesia vendió el terreno- se construyeron las famosas Villard Houses, que a ojos de muchos recordaban los austeros palacios florentinos de los Médicis.
Después de la Segunda Guerra Mundial, mantener aquellas espléndidas casas resultaba excesivamente costoso para los propietarios, de modo que las abandonaron a la espera de tiempos mejores, como reliquias de otra época.
El cardenal Spellman, arzobispo de Nueva York, que solía contemplarlas a través del tráfico de la avenida Madison desde su residencia en la catedral de San Patricio, decidió adquirirlas de nuevo en 1948. La Iglesia, con sus innumerables entidades, no tardó en ocupar los espléndidos edificios. La Golden Room del 451 de la avenida Madison se transformó en la sala de conferencias de los consultores diocesanos, y una sala de recepción del piso superior que daba a la avenida se convirtió en el tribunal metropolitano de la archidiócesis. El comedor se transformó en sala del tribunal y la biblioteca en el despacho de la cancillería. Avanzando por los pasillos y ascendiendo por las escaleras de mármol, la cambiante entidad que era la Iglesia se fue ampliando.
Sin embargo, los tiempos cambiaban. A final de los años setenta la explosión inmobiliaria de los sesenta cayó en picado y la Iglesia se vio incapaz de mantener las casas Villard, que nuevamente quedaron vacías y gravadas con unos impuestos que alcanzaban los 750.000 dólares anuales.
El problema económico se agudizó.
Harry Helmsley acudió en su ayuda al ofrecerse a alquilar las casas Villard y los edificios adyacentes propiedad de la Iglesia para construir un hotel. La Iglesia ayudó a Helmsley con el papeleo y, finalmente, las casas se conservaron intactas. La Iglesia siguió siendo la propietaria y Helmsley obtuvo un contrato de alquiler indefinido, de manera que construyó el hotel en torno a las casas Villard.
Como si fuese un príncipe del Renacimiento, lo denominó el Helmsley Palace.
Fue en ese palacio donde Curtis Lockhardt entró, después de pasar por debajo de la marquesina del siglo XIX en bronce y cristal. Cruzó la tranquila zona de recepción, con sus espejos y el precioso artesonado de nogal estilo francés, dobló bruscamente a la derecha, y entró en el pequeño recinto donde se hallaba el mostrador de conserjería y los ascensores privados que llevaban a los pisos superiores, a los áticos.
Era un gesto característico de Andy Heffernan reservar para el encuentro el ático triple. En el mundo altamente politizado donde monseñor Heffernan se movía, Curtis Lockhardt era una de sus bazas con triunfo seguro y quería mantenerla en el mayor anonimato posible. Lockhardt lo visitaba para tratar de una suma de dinero tan enorme que no podían correr el riesgo de que se filtrara el más mínimo rumor. El tema de la elección del nuevo papa estaba sobre el tapete y se hallaba íntimamente ligado a la cuestión del dinero; de haberse tratado al otro lado de la avenida, en San Patricio, los rumores habrían saltado en seguida a la calle. Poder, lujo, mundanalidad y sigilo: todo eso era monseñor Heffernan.
Lockhardt sabía que los cigarros Dunhill Monte Cruz 200 y el coñac Rémy Martin que tanto gustaban a Andy estarían presentes. En privado, monseñor Heffernan había declarado a menudo que se debía disfrutar de todos los privilegios que pudieran obtenerse, y que, cuantos más se lograban, más quedaban por satisfacer.
Lockhardt salió del ascensor en el piso cincuenta y cuatro y avanzó por la mullida moqueta hasta el final de un largo pasillo, paralelo a la avenida Madison. No había nada que indicara algo fuera de lo normal detrás de aquellas puertas. Pulsó el timbre y aguardó hasta que una voz surgió por el pequeño interfono:
–¡Curtis, muchacho! ¡Entra!
Parecía como si el bueno de monseñor hubiese tomado un par de martinis durante el almuerzo.
Aunque Lockhardt estaba acostumbrado al lujo, la visión de lo que se exhibía allí siempre lo impresionaba. Se detuvo en lo alto de una escalera semicircular, con una barandilla profusamente tallada. La gran sala inferior tenía la altura de dos plantas y estaba circundada por cristaleras, tras las cuales Manhattan se desplegaba como un mapa isométrico.
El edificio del Empire State, la aguja ligeramente art deco del edificio Chrysler, la primitiva modernidad de los rascacielos del World Trade Center, tras los cuales se hallaba la bahía con la estatua de la Libertad, Staten Island, la costa de Jersey…
El Radio City, el Rockefeller Center, el luminoso parche de la pista de patinaje y, casi en línea recta, abajo, la catedral de San Patricio, sus torres gemelas que se elevaban mayestáticamente por encima de la Quinta Avenida.
Lo invadió la sensación de que se hallaba de pie sobre una nube. Se cogió de la esculpida barandilla y, lentamente, inició el descenso por la lujosa moqueta que cubría la escalera. No podía apartar la mirada de aquel panorama, que le hacía sentir como un chiquillo enfrentado a unos juguetes que superaban el más fantástico de sus sueños.
–Un momento, que estoy meando -surgió la voz de Heffernan de detrás de una puerta invisible-. En seguida estoy contigo.
Lockhardt se volvió de nuevo hacia la vista, casi hipnotizado por la claridad y el detalle con que aparecía la ciudad. Permaneció de pie, con la nariz a punto de pegarse al cristal, contemplando una vista de San Patricio que sus constructores nunca alcanzaron a imaginar. La visión de Dios. Era como una fotocopia que hubiese cobrado vida, desarrollándose en tercera dimensión hacia donde él se encontraba.
–Que Dios bendiga nuestro querido hogar.
Monseñor Heffernan, un hombre corpulento con escaso cabello pelirrojo y una nariz que parecía de payaso, se le aproximó con paso lento.
Su rostro era colorado, como de una quemadura del sol que se estuviese pelando. Vestía una camisa negra con el alzacuello, pantalones negros y mocasines con dos bolitas de adorno, también negros. Sus acuosos ojos azules parpadearon tras la pantalla de humo del puro. Desde su pobreza de irlandés, variante del sur de Boston, se había abierto camino hasta
convertirse en un hombre muy importante en su mundo, a base de pactar alianzas con las familias más influyentes del país, incluso en algo más que eso. Tanto los unos como los otros eran capaces de utilizarse a conveniencia y eso era algo que monseñor consideraba como una buena definición de la amistad, al menos tan buena como cualquier otra. Andy Heffernan era un hombre satisfecho.
–Tienes un aspecto muy saludable y virtuoso para ser un hombre rico, Curtis. Coge un puro -le indicó, señalándole una caja de madera que había en la esquina de una mesa formada por una base y una hoja de cristal de unos veinticinco milímetros de grosor.
–No me dejas otra opción -dijo Lockhardt, cogiendo un Monte Cruz, que encendió con una cerilla Dunhill para cigarros, y saboreó su fragancia-.
¿Dónde has adquirido este aspecto de langosta?
–En Florida. Regresé ayer mismo de una semana de competición de golf con fines benéficos. Una semana fantástica.
Se acercó al sillón que había detrás de la mesa y se sentó. Encima había varias carpetas, un bloc de notas de papel amarillo, un teléfono, los puros y un pesado cenicero. Lockhardt se sentó frente a él, separados ambos por la superficie de cristal.
–Son unos tipos estupendos, Jackie Gleason, Johnny, Tom y Jack. Todos ellos. Hay muchos tipos excelentes, allá en Florida. Hacen cualquier cosa por la Iglesia. Grandes recaudaciones para la sección infantil de Nuestra Señora de la Paz. Mucho golf. No te lo vas a creer, pero fallé un hoyo en un golpe por menos de cinco centímetros. ¡Maldita sea! Deberían haberío retransmitido por televisión. Un hierro del seis, y cinco asquerosos centímetros a la izquierda. Una vez conseguí uno en Escocia, en Muirfield.
¡Ah, qué tiempos aquellos! Un largo camino desde el sur de Boston. ¿Qué más puede pedir un hombre, Curtis? Disfruta, disfruta, que durante mucho tiempo estaremos muertos.
–¿Y todo lo que ocurre durante la vida eterna, con el coro invisible, las enormes alas…?
–¡Tú y tu teología monjil! Haz el favor…
Heffernan soltó una risotada con su estilo característico, supuestamente destinada a dar la sensación de que era una persona tan abierta como unos grandes almacenes el sábado por la tarde.
–¿Quieres un favor, además de los diez millones de pavos?
Lockhardt le devolvió la sonrisa y expulsó un aro de humo. La cifra era tan exorbitante, que, las pocas ocasiones en que ésta se especificaba durante sus entrevistas, resultaba gratificante en extremo observar la reacción de Heffernan.
–Diez millones de pavos…
La risa de monseñor se apagó rápidamente. Una cifra tan enorme de dinero era un asunto muy serio, incluso para el hombre de confianza del cardenal arzobispo Klammer. Lockhardt siempre se preguntaba qué estaría pensando aquel hombre mientras hablaba de hoyos en una jugada con Johnny Miller y se reía de aquella forma. Nunca parecía estar a la defensiva. Sin embargo, tampoco cometía ningún error.
–Los diez millones -repitió Heffernan en voz baja, saboreando las palabras mientras juntaba las yemas de los dedos y las golpeaba suavemente-. ¿Crees que con diez millones se podrá manejar todo este asunto?
–Más o menos. Pero siempre podré conseguir un poco más. Todavía quedan ricos con mucho dinero en reserva.
–¿Como Hugh Driskill, quizá?
Lockhardt se encogió de hombros.
–Andy, puedes hacer todas las suposiciones que quieras, pero ¿de verdad te interesa saberlo? ¿Quieres saberlo realmente? Permíteme que lo dude.
–Como quieras. Tú consigue el dinero, que yo ya me encargaré de que llegue a las manos adecuadas. – Heffernan suspiró como un hombre consciente de su bienestar, como un sonriente irlandés-. Sólo que Klammer me desespera, Curtis. Todas esas tonterías no intervencionistas, toda esta crítica negativa…
–Los cardenales norteamericanos son distintos. Suelen creer que su voto es algo sagrado, en vez de una simple ficha negociable. Imagino que él no quiere saber nada de todo eso, que no quiere enterarse siquiera de que eso ocurre. Los sobornos le asustan.
–¡Regalos! ¡Regalos! – Heffernan hizo una mueca-. La palabra «S»
nunca debe salir de nuestros labios. Diez millones. ¿Qué vamos a conseguir realmente, tú y yo, con ese dinero? En una palabra, ¿servirá también para los judíos?
–Es un núcleo de apoyo americano sólido como una roca. Si unimos esto con Fangio y los cardenales ordenados por Calixto que nos están obligados… Es fundamental que seamos nosotros quienes nombremos al próximo papa, Andy. La Iglesia sigue su curso y nosotros debemos velar por ella.
Por un instante su pensamiento se vio interrumpido al recordar la voz de sor Valentine mientras le decía que sus averiguaciones podían influir en la elección del nuevo papa.
–¿No hay deserciones en nuestras filas?
–¿Por qué iba alguien a desertar? Saint Jack tiene setenta años; no vivirá para siempre, y entonces… En fin, para entonces tú ya llevarás el bonete cardenalicio y la Iglesia tendrá a un gran hombre como papa durante algún tiempo. Además, esta vieja Iglesia habrá entrado en el siglo veintiuno siguiendo la única trayectoria posible, si es que desea sobrevivir. Es un nuevo mundo el que se aproxima, Andy, y la Iglesia debe apresurarse para no perder el tren. Así de sencillo.
–Yo te ayudaré en todo, si consigues que todo resulte tan fácil. ¿El dinero es seguro?
–Yo nunca negocio sobre meras probabilidades, Andy.
–Bien, eso se merece un trago. – Monseñor Heffernan cogió una botella de Rémy Martin que había en una bandeja, junto a dos espléndidas copas de cristal de Baccarat, las llenó y entregó una a Curtis Lockhardt-. Por el dinero bien gastado.
De pie ante la gran superficie de cristal, los dos hombres brindaron con el imponente telón de fondo de Manhattan tras de sí. Era como si permanecieran en la cima de una montaña construida por el hombre, una cumbre que hubiesen escalado juntos, Lockhardt marcando el rumbo con su confiado monseñor.
–Por el bueno de Saint Jack -dijo Lockhardt, con tono sosegado.
–Por el futuro -replicó monseñor.
Heffernan lo descubrió en primer lugar. Se lamió los labios, miró hacia arriba y vio al viejo sacerdote. De alguna forma había logrado entrar sin que lo oyeran, bajando los peldaños mientras ellos disfrutaban de la vista y se felicitaban mutuamente. Monseñor Heffernan alzó la cabeza con un cómico gesto y su rostro colorado sonrió alegremente.
–¿Sí, padre? ¿En qué puedo servirle?
Lockhardt se volvió y vio al sacerdote. Era el que estaba patinando. Le sonrió al recordar la escena que había observado en la pista de hielo.
Entonces se dio cuenta de que su mano enguantada se adelantaba, y que en ella había algo.
Mientras Lockhardt lo observaba -y la fuerza le abandonaba el cuerpo, al tiempo que era sustituida por una descarga biológica, química, incontrolable-, en aquella fracción de segundo intentó abarcar todo lo que estaba ocurriendo. Aquel sacerdote se equivocaba. No procedía de las esferas de poder de Curtis Lockhardt. En su mano había una pistola.
El arma produjo un ruido sordo, como el de una flecha al clavarse en una diana húmeda.
Andy Heffernan se vio empujado hacia atrás contra la inmensidad del cristal, silueteado contra la luz, los brazos extendidos como si aguardara a que los clavos penetraran en su sitio. El sonido de antes se oyó de nuevo y el rostro colorado saltó por los aires, irrevocablemente, sin que fuera posible recomponerlo. Los pensamientos de Lockhardt se precipitaron en el interior de su mente mientras permanecía allí de pie, incapaz de moverse, de correr, de lanzarse contra aquel pistolero: aquel rostro, que conocía desde hacía tantos años, había estallado en una explosión de sangre y huesos, y una malla de estrías se dibujaba en el muro de cristal ensangrentado, irradiando a partir de un agujero del tamaño de un puño.
Lockhardt bajó los ojos hacia lo que quedaba de su amigo y contempló hipnotizado el viscoso rastro carmesí que éste había dejado en el ventanal.
Tanteando el borde de la mesa escritorio y moviéndose con la lentitud característica de los sueños, retrocedió hacia donde se hallaba el cuerpo de monseñor Heffernan. Se sentía como si sólo funcionara a medias. Todo parecía muy lejano, muy difuso, como si aquello sucediese al final de un túnel.
Con movimientos lentos, el sacerdote volvió el arma hacia él y lo apuntó.
–Es voluntad de Dios -manifestó, y Lockhardt se esforzó en comprender, en descifrar el código del otro-. Es voluntad de Dios -repitió el sacerdote, en un susurro.
Lockhardt miró fijamente el cañón del arma, luego intentó atisbar en lo más profundo de los ojos del cura, sin embargo vio algo más, a una muchachita con un traje de baño fruncido, que reía y se pavoneaba bajo el