Los Assassini

Thomas Gifford · Capítulo 2 de 37 · parte 1/3

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Los Assassini

Primera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

arco iris que formaban los aspersores, que bailaba al recibir los rayos del sol, sobre el césped húmedo y recién segado que se le enredaba entre los dedos de los pies mientras ella danzaba .

Lockhardt pudo oír su propia voz, aunque no logró captar del todo qué estaba diciendo. Quizás llamaba a la muchachita, pronunciando su nombre, intentando sujetarla antes de que fuera demasiado tarde, mantenerla a su lado, retroceder hacia la seguridad del pasado, a la seguridad de las redes del tiempo.

El sacerdote aguardaba con una expresión amable en su rostro, como si concediera tiempo a Curtis Lockhardt para que alcanzara terreno seguro.

Entonces el anciano sacerdote apretó el gatillo.

Curtis Lockhardt cayó hacia atrás y golpeó con la cabeza contra el cristal, allí donde éste se unía con la moqueta. Se estaba ahogando en su propia sangre, los pulmones se le inundaban. La visión se le hacía cada vez más borrosa, como si la noche hubiese caído de pronto; apenas lograba distinguir ya a la muchachita que se pavoneaba. En cambio, podía ver allí abajo la silueta de la catedral de San Patricio, cada vez más difusa, y las agujas de los campanarios ascendiendo hacia él, como dedos que lo señalaran.

Junto a la mejilla percibió la pernera negra de unos pantalones, y luego como si algo romo le presionara contra la nuca.

Curtis Lockhardt parpadeó con fuerza, intentando imaginar la alegre figura de la danzarina, pero, en vez de eso, dirigió una última mirada a la catedral de San Patricio.

PRIMERA PARTE

1

DRISKILL

Recuerdo con absoluta claridad aquel primer día.

Estaba citado para almorzar con Drew Summerhays, el indestructible cerebro gris de Bascomb, Lufkin y Summerhays, en su club. Poseía la mente más clara y adaptable que yo haya conocido nunca y la mayoría de nuestras discusiones durante los almuerzos resultaban esclarecedoras y divertidas. Además, siempre perseguían un objetivo. Entonces Summerhays tenía ochenta y dos años, la edad del siglo, pero muchos días aún se aventuraba a bajar hasta Wall Street. Era nuestra leyenda viva, amigo y

consejero de todos los presidentes desde la primera campaña de Franklin Roosevelt, un héroe clandestino de la Segunda Guerra Mundial, un maestro de espías, y siempre un confidente de los papas. Debido a su profunda amistad con mi padre, lo conocía de toda la vida.

En el pasado, incluso antes de que me uniera a su firma y posteriormente me convirtiese en socio de la misma, había disfrutado de su tutela, puesto que me había visto crecer. Una vez, cuando yo estaba a punto de iniciar el noviciado en los jesuitas, se me acercó para darme un consejo, pero yo cometí la imprudencia de ignorarlo. Lo curioso era que, en contraste con su aspecto severo y austero, era un aficionado de toda la vida al fútbol y, en concreto, uno de mis admiradores. Él me aconsejó que jugara unos cuantos años como profesional del fútbol en cuanto me gradué en Notre Dame. Su argumento era que los jesuitas no se habrían marchado cuando yo me retirase, pero que en aquel momento disponía de la ocasión de probar mi habilidad en una categoría superior. Creía que el destino podía lograr que yo entrara en los Giants de Nueva York. Imagino que eso podía haberse hecho realidad, pero entonces yo era demasiado joven y creía saberlo todo.

Había pasado mis años en Notre Dame jugando como zaguero, cubierto de barro, suciedad y sangre, lleno de costras y zurrando más de lo que mi ansiedad y mi rabia me autorizaban. Ciento diez kilos de embite criminal acolchando un cuerpo de noventa kilos. Literatura deportiva, sin lugar a dudas, pero así me había descrito Red Smith. El hecho era que en aquel entonces yo era un tipo peligroso.

Ahora, a mi manera, soy un ejemplar civilizado por completo, que se mantiene psicológicamente entero gracias a la frágil membrana que nos separa del triunfo de la sinrazón y del mal. Me mantengo intacto e indemne gracias al ejercicio de la abogacía, a mi familia, al apellido familiar y a la tradición.

Summerhays no entendía la sencilla verdad de que yo hubiese perdido el entusiasmo que alguna vez había sentido por jugar al fútbol. Además, mi padre quería que yo entrara en el sacerdocio. Summerhays siempre había pensado que mi padre era algo más católico de lo que, estrictamente hablando, le convenía. Summerhays era un auténtico papista. Mi padre -

solía decirme- era algo más: un sólido creyente.

Al final no jugué en el fútbol profesional y me marché para convertirme en jesuita. Por lo que recuerdo, éste fue el último consejo que acepté de mi padre y la última vez que ignoré una sugerencia de Drew Summerhays. El precio que debí pagar por mi falta de discernimiento fue muy alto. Tal como se desarrollaron las cosas, la Compañía de Jesús parecía el martillo; la Iglesia, el yunque; y el sonriente zaguero atrapado entre los dos: bang, bang, bang.

Lo malo no es que no me convirtiera en el jesuita que mi padre había deseado: el joven padre Ben Driskill, el voluntarioso muchacho de Hugh, el que pellizcaría la papada a las viejecitas, el que jugaría a baloncesto con los malos elementos del barrio hasta convertirlos en chicos de sacristía, el que daría los últimos sacramentos al viejo y apestoso borracho del señor Leary, el que organizaría excursiones para adolescentes en compañía de sor Rosalía de la escuela del convento de la Visitación, el que dirigiría el canto de los villancicos por Navidad. Nada de eso era para mí. No, lo malo es que me despedí de eso, metí el rosario en el estuche, colgué mi fiel disciplina, empaqueté el cilicio, y me despedí de todo ello para siempre jamás.

En veinte años no volví a entrar en una iglesia católica excepto para honorar a mi hermana Valentine, que recogió la insignia que yo había lanzado y se hizo monja de la orden. Sor Val: una de esas monjas de las que a menudo se oye hablar, esas que van por ahí levantando polvareda y sacan a la Iglesia de sus casillas. Val había salido en las portadas de Time, Newsweeky People. El viejo Hugh pensaba -a veces con profunda desolación- que había engendrado a un ser diabólico.

Val y yo solíamos bromear al respecto, ya que ella sabía cuál era mi postura. Sabía que yo había penetrado en la Iglesia y que había atisbado cómo resplandecía la maquinaria hasta ponerse al rojo vivo. Sabía que yo había oído el chisporroteo y que me había abrasado. Entendía mis razones y yo entendía las suyas. Sabía que era más decidida que yo, que tenía más agallas.

De lo único que no me gustaba hablar con Drew Summerhays era de fútbol. Por desgracia, tal como me temía, el fútbol estaba en sus pensamientos ese día. Estábamos a finales de octubre y la liga ya había empezado, de modo que no había quién lo interrumpiera mientras nos dirigíamos a uno de los numerosos clubes a los que pertenecía. Llevaba su impecable gabán con el cuello de terciopelo cepillado con primor, un

sombrero hongo color gris perla y el paraguas tiesamente plegado, con el cual golpeaba la estrecha acera donde el enjambre de trabajadores del distrito financiero parecían apartarse como por milagro para dejarle paso. El día se había vuelto húmedo y ventoso en la parte baja de Manhattan, donde nos hallábamos, y pesadas nubes como huellas digitales cruzaban el aire después de una mañana perfecta y soleada. Había indicios invernales que pretendían abrirse paso hacia la isla y que parecían avanzar con nosotros.

Torvas nubes grises presionaban sobre Brooklyn como si pretendieran sumergirlo en el East River.

En cuanto nos hubimos sentado y empezamos a almorzar, la voz seca y precisa de Summerhays siguió comentando un antiguo partido que yo había jugado en Iowa contra los Hawkeyes. Ese día había efectuado sin asistencia siete bloqueos y dos robos, pero el juego que persistía en la mente del anciano era el último del partido, con Iowa en la línea de cuatro yardas de Notre Dame. El escaso margen del final había provocado una reacción brutal en la posición trasera. Yo había tenido que disputar dos bloqueos, y cuando alcé la mirada descubrí que la pelota flotaba hacia el extremo lateral de la zona de gol. Llevábamos seis puntos de ventaja y ya no quedaba tiempo en el cronómetro. La zona de gol estaba cubierta de receptores atentos a la posibilidad de colocar un balón ladeado. Entonces di un salto fantástico y, despegándome del barro que intentaba succionarme, intercepté el pase. Cualquiera que hubiese estado allí de pie lo habría podido hacer, pero la casualidad hizo que fuera yo. Tenía la nariz rota desde el comienzo del último cuarto y la sangre que brotaba de un corte sobre la ceja me cegaba, pero tuve suerte y atrapé el maldito balón. Aquella intercepción se convirtió en una leyenda en Notre Dame y perduró hasta el final de la temporada. Ahora Drew Summerhays se acordaba de aquello y quería que le contara una vez más la aburrida historia.

De modo que mientras él reclamaba del cielo toda aquella antigua refriega, me acordé de cómo me había sentido durante un partido de verano en que de pronto comprendí aquel juego. Se me presentaba íntegro, como si se tratara de un simple trozo de tela: el director de juego al otro lado de los traseros encorvados y los cascos de los delanteros, moviendo los ojos de un lado al otro, la cadencia dura y bronca de su voz… Sí, de algún modo yo lograba verle la voz. Contemplé las espaldas tensas al correr. Como si pudiera planificar el movimiento de sus moléculas, observé a los receptores

apoyándose sobre el otro pie, esforzándose para contenerse. Vi cómo los delanteros urdían la obstrucción que se les había ordenado. Estudié el interior de la cabeza del director de juego y supe lo que estaba pensando, cómo se iba a desarrollar la jugada, cómo debía yo reaccionar.

A partir de ese día, comprendí aquel maldito juego, observé cada jugada como si se desarrollara a cámara lenta. Comprendí la esencia absoluta de lo que estaba sucediendo y me convertí en un maldito jugador de fútbol. Como miembro de la selección nacional aparecí en Look y tuve que estrechar la mano a Bob Hope en televisión. Fútbol.

Más tarde uno se dice que jugando al fútbol se aprenden un montón de cosas acerca de la vida, y quizá sea así. Se aprenden cosas acerca del dolor, o respecto al maldito cabrón enloquecido que yace en el fango en lo más profundo de la psique; se aprende lo que es el humor típico de los vestuarios, lo que son las muestras de entusiasmo hacia el Irlandés Batallador, y que los antiguos licenciados pueden volverse contra uno cuando se pierde el jodido partido. También aprendí que, por el solo hecho de ser un jugador de fútbol, no significaba que pudiera conseguir nada de las rubias tetonas que aparecían en el Show de Bob Hope. Si la vida consiste en eso…, bueno, imagino que con el fútbol se aprende algo acerca de la vida.

Pero todo lo que he comprendido desde entonces nunca ha tenido comparación con aquel instante durante un partido de verano en que lo observé todo con claridad. Drew Summerhays nunca entendería el fútbol de esa manera. Por otra parte, lo que Summerhays entendía, en pocas palabras yo era incapaz de captarlo: él había comprendido lo que era la Iglesia.

Le observé mientras completaba el corte limpio y quirúrgico del último trozo de lenguado, lo pinchaba con el tenedor y se lo comía sin ningún tipo de acompañamiento: ni ensalada ni verduras ni pan con mantequilla. Un simple vaso de agua sin gas. No tomó café ni postres. Aquel hombre viviría eternamente, y en realidad lo que me interesaba de él era el nombre de la persona que le hacía las camisas. Nunca había visto un almidonado como aquél. Ni una sola arruga, sólo camisas que parecían perfectos campos nevados. Me sentía igual que un campesino mientras mojaba pan en la salsa donde flotaban los restos de mi ossobuco. Su rostro era inexpresivo, a no ser que la paciencia que mostraba con mi apetito constituyera una expresión. Ordenó que me trajeran una selección de oporto Fladgate y el

camarero se alejó hacia las bodegas del club. Summerhays se sacó un reloj de oro del bolsillo, comprobó la hora y abordó el tema de nuestro almuerzo, el cual no tenía nada que ver con Notre Dame ni con mis antiguas proezas en el campo de fútbol.

–Curtis Lockhardt va a venir hoy a la ciudad, Ben. ¿Lo has tratado a menudo?

–Apenas le conozco. Nos hemos visto en un par de ocasiones desde que soy adulto. Solía dejarse caer por casa cuando Val y yo éramos unos críos.

–Es una manera de verlo. Yo lo habría descrito como el protegido de tu padre, casi un miembro de la familia. En cualquier caso, yo lo veo así.

Summerhays deslizó un nudillo por el labio superior y luego cambió de tema para apartarse de las posibles deducciones que yo pudiera hacer respecto a la relación que mantenían Lockhardt y mi hermana, fuera cual fuese esta relación. Los asuntos en los que últimamente se veían involucradas las nuevas monjas no eran de mi incumbencia.

–Por supuesto, ha venido a verme a mí -prosiguió Summerhays-, y también a tu padre. Ah, Simmons, muchas gracias. Precisamente eso es lo que tenía pensado para el señor Driskill.

Simmons dejó la botella sobre la mesa para concederme el privilegio de servirme yo mismo y dejé que el licor se deslizara por las paredes de la copa. El oporto es de efectos inmediatos, debo admitirlo. Simmons reapareció con un puro Davidoff y una cuchilla. No tardé en llegar a la conclusión de que aquellos recuerdos del partido en Iowa eran un pequeño precio que valía la pena pagar.

–Me gustaría que pasaras algún tiempo en su compañía -sugirió Summerhays en voz baja-. Se me ocurre que, considerando algunos de los intereses de la firma…

Pudo haberse encogido de hombros, pero fue un movimiento tan sutil, que quizá sólo lo imaginé.

–¿Qué intereses son ésos, Drew?

Sentí como si toda una carrera viniera derecha a mi encuentro y fuera a absorberme, obligándome a comprometerme demasiado pronto. Si no me mantenía atento, Drew Summerhays me marcaría un primer tanto en la línea de diez.

–No tengo por qué mentirte -me dijo-. Aquí nos estamos refiriendo a la Iglesia. Sin embargo, Ben, la Iglesia es un negocio, y los negocios ya

sabes…

–Déjame ver si lo he entendido, Drew. ¿Te refieres a que los negocios son los negocios?

–Has captado la esencia de mis pensamientos.

–Me lo temía.

–Dos abogados que se muestran agudos -puntualizó, y una sonrisa aleteó en sus labios-. ¿Te has enterado de que el Santo Padre está enfermo?

– Ahora me había llegado el turno para encogerme de hombros-. Éste es el motivo de que Lockhardt venga a la ciudad. Está trazando planes para la elección del sucesor de Calixto. Tal vez desea nuestro consejo.

–El mío no -apunté-. Es bastante improbable.

–Pero yo quiero que estés presente en la foto. Será de gran valor para la firma llevar todo ese tiempo de ventaja cuando se tome tal decisión, o cuando se la considere seriamente.

Deslicé unos diez dólares de aquel valioso oporto sobre mi lengua y pegué una chupada al puro mientras él aguardaba con su inmensa serenidad.

–Yo creía que todavía era el colegio cardenalicio quien elegía al papa.

¿Acaso han cambiado las reglas y no me han informado al respecto?

–No se ha cambiado nada. Se elige al papa como siempre. Sería deseable que mantuvieses firmes las riendas de tu anticlericalismo, Ben. Es un consejo que te doy.

–Hasta ahora me han sido de gran utilidad.

–Las cosas cambian; casi todo cambia. Pero da la casualidad de que la Iglesia no, al menos en su mismo centro. Puedes estar seguro de que nunca te pediría que comprometieras tus principios.

–Te lo agradezco de corazón, Drew.

La ironía le pasó desapercibida esta vez.

–Pero la firma colabora estrechamente con la Iglesia -continuó-. Hay temas con los que deberías familiarizarte, temas que de alguna manera salen de lo corriente. ¿Por qué no empezar con nuestro amigo Lockhardt?

–Porque la Iglesia es mi enemiga. No puedo expresarlo con mayor claridad.

–Estás perdiendo el sentido del humor y de la proporción, Ben. No te estoy sugiriendo que ayudes a la Iglesia, en ningún aspecto. Simplemente, quiero que prestes atención, que estés más informado acerca de nuestros

asuntos. Olvida tus problemas personales con la Iglesia. Recuerda que los negocios…

–Son los negocios.

–En el fondo, así es, Ben.

Sin duda aquél iba a ser mi día dedicado a los católicos.

Cuando regresé al despacho, el padre Vinnie Halloran me estaba esperando. Sentí como si en mi interior fuera a brotar un gemido. Era un jesuita de aproximadamente mi misma edad y lo conocía desde hacía mucho tiempo. La Compañía le había encargado poner orden en las últimas disposiciones y el testamento de la difunta Lydia Harbaugh en Oyster Bay, Palm Beach y Bar Harbor. Se trataba de un complicado documento marginal en el cual dejaba sus vastas propiedades a la Compañía de Jesús.

Entre los jesuitas existía una gran preocupación acerca de si el documento resistiría los embates de tres presuntos herederos que, como cabe suponer, se sentían engañados y furibundos.

–Compréndelo, Ben, la reina viuda de Oyster Bay ha entregado dos hijos a los jesuitas. ¿Resulta extraño que deseara que la Compañía se beneficie en gran medida? Además, añadiré que así lo especifica sin dejar lugar a dudas en su testamento. Cielos, como si a los otros tres herederos no les… ¿Los has visto, Ben? Dios con toda su ira… No se les ha dado con la puerta en las narices. Un par de millones por barba. Pequeñas alimañas codiciosas.

En toda mi vida, no había visto más de cinco veces a Vinnie con el alzacuello. Ese día llevaba una chaqueta de lanilla, camisa a rayas y pajarita. Me miraba como si esperase que le diera la razón.

–Aportarán un montón de datos para probar que durante los últimos veinte años ella ha sido una vieja chiflada entregada a la bebida. Un argumento muy persuasivo desde mi punto de vista. Y luego está la influencia bajo la cual redactó un testamento sin duda absurdo. Los jesuitas merodeando en torno a su lecho, etcétera, etcétera.

–¿Se supone que nuestro portavoz debe hablar así?

Vinnie procedía del mundo financiero, de modo que, contrariamente a la creencia popular, el dinero significaba mucho para él. La riqueza de los Halloran de Pittsburgh no alcanzaba la de los Driskill de Princeton y Nueva York, pero sí era lo bastante importante para crear ciertos hábitos.

–¿En realidad es eso lo que la Iglesia espera de ti, Vincent? Merodear en torno a los dudosos testamentos de ancianitas ricas.

–Conmigo no te hagas el moralista, Ben -replicó con tono amable-. Ahí fuera hay un mundo de fieras rabiosas.

–Las fieras se devoran a sí mismas -le devolví la pelota, un juego que nos entretenía desde hacía años.

–La Iglesia no se diferencia de cualquier otra organización, y tú lo sabes. La Iglesia y la Compañía, tenemos que velar por nosotros mismos ya que, como hay Dios, nadie más lo hará por nosotros. Yo contribuyo recogiendo el dinero que sobra por aquí o por allá. La Iglesia debe mantenerse por sí sola…

–Vinnie, Vinnie, estás hablando conmigo, con Ben. La Iglesia no se ha mantenido por sí sola desde la época de Constantino. Siempre se ha vendido al mejor postor. Los chulos cambian, pero al día siguiente la Iglesia sale siempre a hacer la calle.

–Por Dios, muchacho, podrías ser el Anticristo del que tanto nos han hablado. Menudo día para mí. Aun así, todavía podrías convertirte en el perfecto jesuita, de no ser porque luchas con excesivo celo por esa frívola idea tuya acerca de las grandes verdades. Nunca has aprendido a dar formalmente tu opinión y luego cerrar la boca. La verdad es que nunca has entendido qué es la Iglesia. Nunca has sabido obligar al manso cordero del idealismo a que conviva en paz con el feroz león del realismo. En el fondo, la Iglesia es eso.

–¡Menudo camarada de feliz pragmatismo estás hecho!

–No me queda más remedio. Soy un sacerdote -dijo sonriente, retrepándose en el asiento-. Estoy obligado a vivir con este revoltijo, ya que se trata de un revoltijo. La Iglesia no es en absoluto un lugar donde impere el orden; el hombre nunca ha sido un ser ordenado. Nosotros nos limitamos a dar vueltas por ahí haciendo cuanto podemos, y si sólo lo logramos en un cincuenta y uno por ciento, pues bien, diablos, eso es todo lo que se nos puede exigir. Créeme, la viuda Harbaugh quería que la Compañía se quedara con esta suma. Y, si no es así, debería haberlo querido.

Lo que a Vinni y a todos los demás Vinnies les importaba era lo que ellos creían. La fe de Halloran permanecía intacta y siempre me decía que en algún momento de mi existencia debía de haberme hecho alguna

«fectomía». Sus creencias y su fe no eran sólo en Dios -y quizá ni siquiera

primordialmente en Dios-, sino en la Iglesia en sí, y eso era lo que en realidad nos distanciaba. Había visto cómo funcionaban y había comprendido que Dios podía transformarse en un mito oportuno, o que se podía creer que residía en el lavaplatos y que se le podía hablar durante el ciclo de centrifugado, pero que nada de eso importaba. Pero, por todos los diablos, no te atrevieses a poner en duda la Iglesia.

Después del almuerzo, me quedé en el despacho del chaflán que venía ocupando desde hacía más de una década y contemplé el Battery Park, las torres del World Trade Center y la estatua de la Libertad, que apenas se distinguía a través de la bruma y la neblina que a media tarde se espesaba progresivamente. Era el tipo de despacho que el hijo de Hugh Driskill habría esperado tener, y las esperanzas participaban de forma importante en la existencia de Bascomb, Lufkin y Summerhays. Había un escritorio de estilo inglés perteneciente a la época de Dickens, una mesa de refectorio Luis XV, encima de la cual se hallaba un Brancusi; en un pedestal reposaba un busto de Epstein y un Klee colgaba de la pared. Me habrían entrado escalofríos de no haberme sentido lo bastante seguro. Eran regalos de mi padre y de Antonia, mi ex esposa. Todo muy ecléctico y de primera calidad.

El New York Magazine realizó en una ocasión un reportaje sobre los despachos del poder y el mío fue uno de los elegidos; me costó mucho tiempo borrarlo de mi mente. Yo escogí la moqueta y tanto Hugh como Antonia opinaron que parecía el suelo de una jaula de canarios. Si la memoria no me traiciona, es en lo único que ambos se pusieron de acuerdo alguna vez.

Al final, todo lo que Antonia y yo compartimos fue una profunda desconfianza hacia la Iglesia Católica Romana, pero eso no bastó para salvar nuestro matrimonio. Siempre tuve la impresión de que ella había heredado aquella actitud desde el instante de su nacimiento, mientras que yo había adquirido la mía a la vieja usanza: me la había ganado a pulso.

La bruma avanzaba procedente de Staten Island y velaba puntos de orientación que me resultaban familiares, igual que las nubes del recuerdo al cernirse sobre las trivialidades cotidianas. Cuando uno alcanza el punto medio de su vida, una de las grandes revelaciones está íntimamente relacionada con los recuerdos, o al menos eso creo. Éstos parecen adquirir una gran importancia y resulta imposible desecharlos. Reclaman todos sus derechos y uno empieza a preguntarse si en ellos no estarán las llaves que

cierran las puertas de la personalidad. Todo eso me resultaba algo amedrentador.

Siempre había habido muchos curas rondando por nuestra casa mientras Val y yo crecíamos. Cuando nuestro padre regresó de la guerra en el año 1945, yo tenía diez años y era verano. En la época en que él se encontraba en el extranjero y sólo lo veíamos durante los permisos, había un cura anciano, con grandes mechones de pelo blanco y ondulado que le salían por la nariz y las orejas, que me producía una gran impresión. Le llamaban padre Polanski y venía a nuestra capilla para decir misa. A veces se entretenía deambulando por los jardines con nuestra madre y conmigo. En una ocasión me regaló una paleta de jardín, pero en realidad no lo llegamos a conocer más de lo que conocíamos al hombre que se encargaba de mantener limpio y liso el estanque donde patinábamos, o a los individuos que venían a cuidar el césped, regar, rastrillar y podar los árboles del huerto.

No fue hasta que nuestro padre regresó del frente que descubrimos a un cura como ser humano, y fue por simple necesidad comparativa. Él trajo consigo a un sacerdote, a un auténtico italiano que hablaba inglés con un acento muy marcado. Por algún motivo, a Val y a mí se nos metió en la cabeza que el padre -¿o era ya monseñor?– Giacomo d'Ambrizzi, con su larga sotana y sus negros zapatos de gruesa suela y punta bulbosa, era un trofeo de guerra que nuestro padre había obtenido de algún modo peculiar: algo parecido al oso apolillado y polvoriento que había en un rincón de la sala anexa, o a las cabezas de león y rinoceronte que colgaban de las paredes de nuestro chalet en los Adirondack. Debido a algún razonamiento infantil, la pequeña Val -que entonces tenía cuatro años- y yo creíamos que el padre D'Ambrizzi nos pertenecía. Por otra parte, él también parecía disfrutar con esta relación. Sería ocioso reseñar todas las carreras a lomo, las partidas de ajedrez y la lotería con figuras de animales que compartió con nosotros aquel verano, cuántas horas pasó a nuestro lado a comienzos de aquel otoño de posguerra, llevándonos de paseo con la carreta y aprendiendo con nosotros a subirse a los manzanos, tallando cabezas humanas en las calabazas e intentando cogerle el tranquillo a eso de patinar sobre hielo en el estanque que había detrás del huerto. Parecía tan inocente como sin duda Val y yo éramos por entonces. Si los demás curas a los que conocí hubiesen compartido sus mismas virtudes, sospecho que en estos

momentos yo sería uno de ellos. Pero esta clase de suposiciones ahora sólo conducen a un callejón sin salida.

Al padre D'Ambrizzi le encantaban los trabajos manuales y yo solía sentarme durante horas, extasiado, observándole. Nos construyó un columpio en el huerto, cuyas cuerdas él mismo colgó de la gruesa rama de un manzano. Yo nunca había visto nada tan fantástico. Pero luego se superó a sí mismo con una cabaña encima de un árbol, a la que se subía por una escalera de cuerda. Más impresionante aún que eso era verle apilar ladrillos, la forma como lanzaba la argamasa con la paleta y levantaba la pared al efectuar cualquier reparación en la capilla, que empezaba a desmoronarse en un par de puntos. Yo me sentía hechizado. Le seguía los pasos allí a donde fuera, excepto cuando se encerraba en el estudio para realizar su

«tarea». Hubiera jurado que su trabajo era de la máxima importancia. Nadie le importunaba cuando estaba ocupado en el estudio.

Pero cuando salía, allí estaba yo esperándole. Él entonces me levantaba con sus largos y peludos brazos de simio como si yo fuera un muñeco de trapo. Su abundante cabello, negro y rizado, estaba afeitado en la cúspide del cráneo, como si se tratara de un gorrito. Su nariz parecía un plátano y tenía la boca torcida, como un príncipe en un cuadro del Renacimiento. Era unos quince centímetros más bajo que mi padre y, según mi madre, se parecía a Edward G. Robinson. Una vez le pregunté qué quería decir con eso, y ella se quedó un momento pensativa antes de responder:

–Bueno Benjy, ya sabes. Que parece un pistolero, querido.

Mi padre no tenía con los niños la misma gracia natural que D'Ambrizzi. Seguramente padeció algunos ataques de celos al descubrir la afición que Val y yo habíamos cobrado hacia aquel exótico ejemplar. Nunca se nos ocurrió pensar cuánto tiempo iba a permanecer con nosotros: nos limitábamos a adorarlo. Entonces, de repente, un día se fue. Se marchó en plena noche, como si fuese un producto de nuestra imaginación, como si lo hubiésemos soñado. Pero nos dejó una cruz de hueso: la de Val con una filigrana que parecía de encaje, la mía sólida y masculina.

Val aún la lleva consigo. Yo la perdí hace tiempo, supongo.

Poco después, nuestro padre nos habló de D'Ambrizzi, con una táctica que para él resultaba bastante sutil. No pronunció su nombre, pero Val y yo nos miramos de reojo porque sabíamos de quién se trataba. Papá nos explicó por qué motivo no debíamos confundir a los sacerdotes -«a los

hombres de Dios»- con el mismo Dios. Mientras los primeros tenían pies de barro, el otro carecía por completo de pies, al menos por lo que se sabía hasta el momento. Todo se redujo a eso, si bien su explicación se extendió mucho más. Luego recuerdo que espiábamos los pies de los curas que bebían whisky en la biblioteca con nuestro padre o que salían para decir misa en la capilla para nuestra madre. Nunca vimos que fueran de barro y eso me dejó confuso. Val, con su estilo de muchachita silenciosa, se marchó a jugar con sus utensilios de modelar y preparó una considerable cantidad de barro. Nuestra madre entró en la sala de juegos, se detuvo, y le dedicó una analítica mirada, mientras le preguntaba qué estaba haciendo. Con voz dulce y clara, Val respondió:

–¡Pies de barro!

A nuestra madre, aquella explicación le pareció de lo más divertida y llamó a nuestro padre para que echara un vistazo. Luego se trajo a una amiga de la iglesia para que los viera, pero Val le anunció que los había deshecho para modelar otra cosa. Sin embargo, yo sabía que eso no era cierto: había escondido los pies de barro dentro de su gran bombo con un payaso pintado en el lateral. Mi hermana había levantado un panel y utilizaba el interior para ocultar sus secretos. Eso fue años antes de que ella descubriera que yo conocía su escondite. Por mi parte nunca encontré un escondite tan bueno como ése, pero la verdad es que nunca tuve grandes secretos. Val era la curiosa, la que tenía cosas para atesorar.

Me acordaba de Val cuando era pequeña, aprendiendo a patinar en el estanque con una especie de desparpajo natural, mientras yo tropezaba y caía como un estúpido, helado, mojado, herido y a menudo irritable. Los deportes de invierno siempre me parecían empeños desafortunados, el castigo por agravios imprecisos, pero Val siempre pensó que yo estaba chiflado. Supongo que estaba en lo cierto.

Continuaba pensando en Val cuando la señorita Esterbrook, mi secretaria, entró en el despacho y carraspeó a mis espaldas. Me aparté de los recuerdos y de la bruma, y me volví.

–Su hermana le llama, señor Driskill.

Mi secretaria se fue y yo me senté al escritorio un momento antes de contestar al teléfono. Nunca he creído en las casualidades.

–Hola, Val. ¿Dónde estás? ¿Qué te cuentas?

La voz de mi hermana me sonó extraña y así se lo comenté. Pero ella se echó a reír y me llamó chiflado, aunque no parecía poner el corazón en sus palabras. Algo andaba mal, pero la respuesta de Val fue que deseaba que saliera para Princeton, a reunirme con ella en casa esa noche. Tenía que discutir una cosa conmigo. Yo creía que estaba por París o algún sitio así.

–He estado un poco por todas partes. Es una historia muy larga. Acabo de llegar a casa esta tarde. Volé con Curtis. ¿Vendrás esta noche, Ben? Es muy importante.

–¿Estás enferma?

–Estoy un poco asustada, pero no enferma. Ben, ¿te importa aplazar el interrogatorio para esta noche?

–Pues claro. ¿Está ahí papá?

–No. Tenía una reunión de junta en Manhattan.

–Perfecto.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Lo de siempre. No me gusta que me sorprenda, si es que se oculta en las sombras dispuesto a saltar sobre mí.

–A las ocho y media, Ben. Ah, y otra cosa. Te quiero, aunque seas un estúpido chiflado.

–Precisamente hoy, Vinnie Halloran me ha acusado de ser el Anticristo.

–Vinnie siempre ha pecado de exagerado.

–Yo también te quiero, hermanita. Aunque seas una monja.

Oí que lanzaba un suspiro y luego colgó. Permanecí un rato sentado, intentando recordar si alguna vez la había visto asustada con anterioridad, hasta el punto de que el miedo se filtrara en su voz. Llegué a la conclusión de que no la había visto nunca así.

Salí del despacho un poco pronto para mí, ya que mi jornada habitual solía extenderse hasta las ocho o las nueve. Quería disponer de tiempo a fin de darme una ducha y cambiarme de ropa antes de ir a rescatar mi Mercedes para salir hacia Princeton.

El taxi me dejó en la calle 73 esquina con Madison. La claridad se había apagado a causa de la niebla y las luces de la calle ya estaban encendidas, iluminando la húmeda penumbra. Avancé en dirección al parque, intentando aún imaginar qué le sucedía a mi hermana. Las calles aparecían lisas y brillantes. Hacía una semana que habían finalizado los campeonatos de

béisbol de finales de verano y de repente reinaba un frío invernal y la niebla se transformaba en diminutas bolitas punzantes.

Sor Val. Sabía que había ido a Roma para iniciar un nuevo libro, luego me había enviado una postal desde París, y no esperaba verla en Princeton hasta Navidad. Se aplicaba furiosamente para cumplir su plan de investigación y redacción del libro, y de pronto allí estaba, tomándose un descanso. ¿Qué era lo que la había asustado hasta el extremo de traerla de vuelta a casa?

En fin, al parecer me enteraría de ello esa misma noche. Nunca se podía asegurar qué tipo de enredos había empezado a husmear mi hermanita Val.

Sólo sabía que estaba investigando el papel de la Iglesia durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Era eso lo que la había traído a casa? Resultaba difícil imaginar las razones. Pero con Val nunca se sabía. Ella no era de esas monjas que solíamos encontrar en la escuela primaria de St. Columbkille.

Ese pensamiento siempre provocaba una sonrisa en mi rostro, de manera que sonreía como un estúpido cuando llegué ante el edificio de piedra arenisca roja donde se hallaba mi apartamento. No había nada que Val y yo no pudiéramos solucionar. Nunca lo había habido.

Crucé el Hudson por el puente de George Washington, me encaminé hacia Princeton y sentí que el frío, la humedad y la tensión del pie sobre el acelerador despertaban el antiguo dolor en la pierna, un recuerdo de mi paso por los jesuitas. Estos me habían dejado su marca, de eso no cabía duda. El tráfico por fin se hizo fluido y yo me encontré a solas con los limpiaparabrisas y el concierto de violoncelo de Elgar que había puesto en el cassette. La noche se presentaba desapacible y resbaladiza, la lluvia se había transformado en una especie de hielo fangoso y el coche estaba constantemente a punto de deslizarse conmigo al otro mundo.

Estaba pensando en una noche parecida, veintitantos años atrás, sólo que entonces era pleno invierno y todo estaba blanco en vez de gris, pero reinaba una idéntica atmósfera de descomposición. En aquella ocasión también me dirigía a Princeton, asustado por la discusión que iba a mantener con mi padre. Yo no quería decirle qué había sucedido y sin duda él tampoco quería oírlo. No le gustaban las historias lacrimógenas, ni los fracasos, que según él no eran otra cosa que simple cobardía. Cuanto más me aproximaba a Princeton, más deseaba alejarme. Sin embargo, allí estaba yo, en medio de lo que Bulwer-Lytton habría denominado una oscura y

tormentosa noche, el hielo y la nieve me inmovilizaban mientras huía como un ladrón en plena noche de los lóbregos muros donde había intentado convertirme en jesuita; donde había intentado ser el hombre que mi padre deseaba.

A Hugh Driskill le complacía la idea de verme entre los jesuitas, así como saber que abrazaría su severa disciplina, su exigente vida intelectual.

Le agradaba saber que iba a ocupar un sitio en un mundo que él era capaz de entender. Además, se trataba de un mundo que mi padre se consideraba capaz de controlar hasta cierto punto. Con su propio estilo egocéntrico le gustaba creer que, debido a su riqueza y a su devoción hacia la Iglesia, a la realización de buenas obras y a su influencia, a la larga sería una de las personas que definirían la camarilla del poder, la Iglesia dentro de la Iglesia.

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