Los Borgia
Capítulo 30
–No debéis preocuparos por mí. He navegado mucho más lejos que eso.
Además, con el paso de los años, he llegado a apreciar la soledad. – Duarte guardó silencio durante unos instantes-. Bueno, amigo mío, se está haciendo tarde. Creo que ha llegado el momento de decir adiós.
Los dos hombres se abrazaron en lo alto de la colina, iluminados por la brillante luna española.
–Nunca os olvidaré, Duarte -dijo César-. Tened buen viaje y que Dios os conceda una brisa favorable.
Y, sin más, saltó sobre su montura y cabalgó hacia el norte antes de que Duarte pudiera ver las lágrimas que afloraban en sus ojos.
CAPÍTULO 30
César se mantuvo siempre alerta ante la posibilidad de que alguna patrulla de la milicia española pudiera volver a prenderlo, César evitó todas las poblaciones, cabalgando de noche y durmiendo de día, al amparo de los bosques. Hasta que, finalmente, sucio y exhausto, llegó a Navarra tras atravesar media península Ibérica.
Tal como le había dicho Duarte, su cuñado, el rey de Navarra, esperaba su llegada. Así, al llegar a palacio, César fue conducido inmediatamente a una amplia estancia cuyos ventanales daban al río.
Tras bañarse y vestirse con ropas limpias, fue conducido a los aposentos reales.
Allí, el rey Juan de Navarra, un hombre de gran corpulencia con la tez bronceada y la barba perfectamente recortada, lo recibió con un efusivo abrazo.
–Hermano mío -dijo el monarca navarro-, cuánto me alegro de veros.
Me siento como si ya os conociera. Mi hermana Charlotte me ha hablado tantas veces de vos. Por supuesto, sois bienvenido. Aquí estaréis seguro -
continuó diciendo-. En ocasiones tenemos alguna escaramuza con algún noble que se muestra demasiado ambicioso, pero nada que pueda amenazar vuestra seguridad ni que deba preocuparos. Así que descansad y disfrutad de la vida. Podéis permanecer aquí cuanto tiempo estiméis conveniente. Tan sólo os pido una cosa -concluyó diciendo con buen humor el monarca-: que mandéis llamar inmediatamente al sastre real para que os confeccione un nuevo vestuario.
César se sintió sinceramente agradecido hacia aquel hombre que, sin haberlo visto nunca, acababa de salvarle la vida. Estaba en deuda con él, sobre todo después de haber dejado a Charlotte sola en Francia durante tantos años. Algún día esperaba poder corresponder a su generosidad, pues César Borgia siempre pagaba sus deudas.
–Os agradezco de corazón vuestra hospitalidad, majestad -dijo César-.
Si me lo permitís, quisiera ayudaros a sofocar esas escaramuzas de las que habéis hablado. Como sabréis, tengo cierta experiencia en la guerra y estaría encantado de poner mis conocimientos a vuestro servicio.
El rey Juan sonrió.
–Será un privilegio, pues vuestra fama os precede. – Bromeando, desenvainó su espada y la posó sobre el hombro de César-. Yo os nombro comandante en jefe de los ejércitos reales. – Guardó silencio durante unos instantes-. Aun así, deberíais saber que el anterior comandante saltó por los aires hecho pedazos la semana pasada -concluyó diciendo mientras reía, mostrando su reluciente dentadura.
César, agotado, durmió durante dos días seguidos. Pero, al amanecer del tercer día, se levantó y, enfundado en su nueva armadura, salió a inspeccionar sus nuevas tropas.
La caballería estaba formada por experimentados profesionales, disciplinados y bien comandados; sin duda se conducirían con valor en el campo de batalla.
La artillería contaba con veinticuatro piezas, limpias y en buen estado.
Al igual que los soldados de caballería, los artilleros parecían hombres experimentados en el arte de la guerra. Aunque no era ni mucho menos la artillería de Vito Vitelli, serviría.
Pero al pasar revista a las tropas de infantería, César se encontró con un panorama muy distinto. Estaba formada mayoritariamente por campesinos sin ninguna experiencia que el rey reclutaba para hacer el servicio militar y, aunque no les faltara voluntad, estaban pobremente adiestrados si llegaba a surgir algún conflicto, César tendría que valérselas sin su ayuda.
Pero las semanas transcurrieron sin que César tuviera que recurrir a sus tropas. Ante la sorpresa del propio César, fueron los días más felices que recordaba, con la excepción de los que había pasado junto a Charlotte tras sus esponsales y aquellos que había vívido en "Lago de Plata". Por una vez, su vida no parecía correr peligro. Por una vez, no estaba obligado a planear