Los Buscadores De Conchas
Doris se encogió de hombros.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—De acuerdo —aceptó con afabilidad—. Lo intentaremos. Y ahora, dígame, ¿qué hacemos con estas patatas? ¿Quiere que las pele para la cena?
Después de eso, las cosas fueron mejor. El ruido disminuyó y los hijos, acosados por turnos por Sophie y Penélope, aprendieron a decir «por favor»
y «gracias», a comer con la boca cerrada y a pedir la sal y la pimienta. Algo de ello influyó también en Doris, la cual se volvió más fina, doblando el dedo meñique y limpiándose la comisura de los labios con la servilleta.
Penélope se llevó a los niños a la playa, consiguió que hiciesen un castillo de arena y llegaron a chapotear en el agua. Luego empezó la escuela y estaban ausentes de casa la mayor parte del día. Doris, quien hasta entonces creía que las sopas sólo podían salir de una lata, empezó a aprender algunos platos rudimentarios y a ayudar en las faenas domésticas. Las cosas se fueron arreglando. Nunca sería lo de antes, pero por lo menos era soportable.
Peter y Elizabeth Clifford ocupaban las habitaciones del segundo piso de la casa de la calle Oakley. Otros inquilinos habían llegado y se habían marchado, pero ellos hacía quince años que vivían allí, llegando a
convertirse en los amigos íntimos de los Stern. Peter tenía sesenta años.
Doctor en psicoanálisis, había estudiado en Viena con Freud, terminando su prestigiosa carrera como profesor en uno de los más influyentes hospitales utilizados para la enseñanza de la medicina en Londres. Aunque jubilado, no había dejado de trabajar e iba cada año a Viena para dar clases en la universidad.
No tenían hijos y en estas ocasiones le acompañaba invariablemente su mujer. Elizabeth, unos años más joven que Peter, era muy brillante en su campo. Antes de casarse, había viajado intensamente, había estudiado en Alemania y en Francia y había escrito una serie de clarividentes novelas semipolíticas, artículos y ensayos, de gran erudición y perspicacia que le habían valido una reputación internacional bien merecida.
Lawrence y Sophie fueron conscientes por primera vez de los siniestros sucesos que estaban ocurriendo en Alemania a través de los Clifford. Éstos, por la noche, sentados con tazas de café y copas de coñac y las cortinas echadas, les hablaban largamente traspasándoles con voces turbadas su ansiedad y su aprensión. Pero sólo a ellos. En lo que concernía al mundo exterior, permanecían muy discretos reservándose sus opiniones, porque muchos de sus amigos en Austria y Alemania eran judíos y sus visitas oficiales a Viena proporcionaban una buena tapadera a sus propias operaciones clandestinas.
Ante las narices de las autoridades y corriendo grandes riesgos, establecían contactos, obtenían pasaportes, organizaban viajes y prestaban dinero. Gracias a su iniciativa y a su valor, un gran número de familias judías salieron del país, escapándose a través de las fronteras vigiladas para ponerse a salvo en Inglaterra o navegar hasta Estados Unidos. Todos llegaban pobres, habiéndose visto obligados a abandonar casas, posesiones y riquezas pero, por fin, eran libres. Este peligroso trabajo continuó hasta principios de 1938, cuando el nuevo régimen les dio a entender que su presencia ya no era grata. Alguien había hablado. Eran sospechosos y estaban en la lista negra.
En enero de 1940, al principio de la Segunda Guerra Mundial, Lawrence, Sophie y Penélope celebraron un cónclave familiar. Con Doris y los niños instalados en Carn Cottage y dado que era previsible que permaneciesen allí mientras durase la guerra, decidieron que no había que pensar en volver a la casa de la calle Oakley. Pero Sophie no quería dejar
así de buenas a primeras su casa de Londres. No había estado allí desde hacía seis meses y debía controlar a los inquilinos, instalar cortinas gruesas y oscuras en la planta baja, hacer un inventario y buscar alguna persona dispuesta a atender el jardín en su ausencia. Quería además recoger la ropa de invierno pues el tiempo se había vuelto muy frío y en Carn Cottage no había calefacción central, y quería ver a los Clifford.
Lawrence consideró que era una idea estupenda. Antes que cualquier otra cosa estaba preocupado por Los buscadores de conchas. Temía por el cuadro cuando empezasen los bombardeos, cosa que ocurriría sin duda alguna.
Sophie le dijo que se ocuparía de que Los buscadores de conchas fuese debidamente embalado y transportado a la relativa seguridad de Porthkerris.
Telefoneó a Elizabeth Clifford para informarle de que iba a ir. Tres días después, se dirigierontodos a la estación, y Penélope y Sophie tomaron el tren, Lawrence se quedó. Él había preferido quedarse allí, para vigilar a la familia de evacuados; había sido dejado al tierno cuidado de Doris, la cual parecía bastante feliz ante esta responsabilidad. Era la primera vez que él y Sophie se separaban desde que se habían casado y Sophie tenía lágrimas en los ojos cuando el tren partió, como si temiese no volver a verle nunca más.
El viaje se hizo interminable. En el tren hacía un frío glacial, no había vagón restaurante y en Plymouth subió un destacamento de marinos en avalancha que invadió todos los vagones, llenándose los pasillos de bolsas de viaje y marinos que fumaban y jugaban a las cartas. Penélope se encontró aprisionada en el rincón de su asiento por un joven que, tieso e incómodo en su uniforme recién estrenado, se quedó dormido con la cabeza en su hombro apenas el tren se puso en movimiento. No tardó en hacerse de noche y no se podía ni siquiera leer con aquellas luces débiles y escasas.
Para empeorar las cosas, permanecieron detenidos largo rato en Reading llegando finalmente a Paddington con tres horas de retraso.
Londres, con las luces apagadas, resultaba una ciudad misteriosa.
Consiguieron con muy buena suerte encontrar un taxi que compartieron con una pareja de extranjeros que iban en la misma dirección. El taxi circulaba en medio de la oscuridad, de las calles semidesiertas, de la lluvia que caía a cántaros y del frío penetrante. El corazón de Penélope se acongojó. Nunca habían vuelto a casa en esas circunstancias.
Pero Elizabeth, advertida por Sophie, les estaba aguardando, pendiente de la llegada del taxi. Cuando hubieron pagado y bajaban la escalera oscura que conducía a la puerta del sótano, ésta fue abierta de golpe y fueron literalmente arrastradas al interior antes de que cualquier rayo de luz ilegal destacara en la oscuridad.
—Oh, pobrecitas, pensaba que no ibais a llegar nunca. Habéis llegado con mucho retraso.
Fue un gran encuentro, con abrazos y besos, explicaciones, descripciones del viaje horrible y finalmente mucha alegría, porque suponía un gran alivio estar por fin al resguardo del frío, de la oscuridad y del tren.
La cocina-comedor de la acogedora casa daba a la calle mientras que la sala de estar lo hacía al jardín. Ahora había mucha luz, pues Elizabeth había colgado sábanas en las ventanas en lugar de cortinas para los apagones exteriores, y había encendido la cocina; una sopa de pollo hervía a fuego lento y la olla silbaba. Sophie y Penélope se quitaron los abrigos y se calentaron las manos. Elizabeth preparó té y unas tostadas con canela caliente. Estuvieron sentadas alrededor de la mesa largo rato, como siempre solían hacerlo, tomando el piscolabis preparado de antemano y hablando todos a la vez, intercambiando noticias de hacía meses. El tedioso y desagradable viaje en tren se convirtió en algo del pasado y fue olvidado.
—¿Y cómo está mi querido Lawrence?
—Maravillosamente bien, pero preocupado por su cuadro, pues teme la eventualidad de que la casa sea bombardeada y el cuadro destruido. Esta es una de las razones por la que estamos aquí, queremos hacerlo embalar y llevárnoslo a Cornualles con nosotros. —Sophie se rió—. No parece estar inquieto por el resto de sus posesiones.
—¿Y quién le está atendiendo ahora? —se le explicó la situación a Elizabeth.— ¿Evacuados? Oh, pobres. Que invasión —siguió charlando, explicándoles todo lo que había sucedido en los últimos meses—: tengo que haceros una confesión. El joven de la buhardilla fue llamado a filas y se marchó; y yo he permitido que una pareja joven tome su sitio. Son refugiados de Munich. Llevan en este país un año pero han tenido que dejar su alojamiento en St. John's Wood y no encontraban donde vivir. Estaban desesperados, así que les sugerí que viniesen aquí. Debéis perdonar mi atrevimiento, pero su situación era apremiante y sé que serán unos buenos inquilinos.
—Naturalmente. Me alegro. Ha sido muy atento por tu parte. —Sophie sonrió cariñosamente. Elizabeth nunca se amilanaría en su valeroso trabajo
—. ¿Cómo se llaman?
—Friedmann. Willi y Lalla. Quiero presentároslos. Bajarán esta noche para tomar café; ¿por qué no subes con Penélope después de cenar para estar con nosotros? Peter está deseando veros a ambas. Será bueno hablar, como en los viejos tiempos.
Mientras hablaba, irradiaba entusiasmo; esa era su característica más entrañable. No cambiaría nunca. Su hermoso rostro lleno de arrugas tenía los ojos vivos y la inteligencia de siempre; su pelo gris, áspero y grueso, estaba recogido en un moño detrás de la cabeza, donde éste se balanceaba inseguro, sujeto con algunas horquillas negras. Su ropa estaba pasada de moda y sus manos hinchadas en los nudillos se adornaban con muchos anillos.
—Claro que iremos.
—¿Hacia las nueve os va bien? Que alegría.
Cuando llegaron, los Friedmann ya estaban allí, sentados alrededor de una incandescente estufa de gas en la salita de los Clifford, decorada con muebles antiguos. Eran muy jóvenes y se les veía muy bien educados, se levantaron inmediatamente para ser presentados. «Pero —pensó Penélope
— son también muy viejos.» Se desprendía de ellos una severa dignidad que estaba más allá de la edad y, cuando sonrieron, sus sonrisas no se extendieron a los ojos.
Al principio todo transcurrió tranquilamente. Se inició una charla convencional. Supieron que Willi Friedmann había estudiado leyes en Munich pero ahora se ganaba la vida haciendo traducciones para un editor de Londres. Lalla sabía música y daba lecciones de piano. Lalla era guapa, aunque con una belleza extraña y pálida, y permanecía sentada en actitud sosegada. En cambio, las manos de Willi se movían nerviosas; encendía un cigarrillo tras otro y parecía resultarle difícil estar quieto.
Hacía un año que estaba en Inglaterra pero, observándole a hurtadillas, Penélope pensó que tenía la apariencia de un recién llegado. Se sintió llena de compasión hacia él, intentando imaginar su vida, teniendo que enfrentarse a la perspectiva amedrentadora de hacerse un futuro en un país extraño, alejado de sus amigos y familiares y teniendo que ganarse la vida con un trabajo por debajo de su capacidad y con el que no se sentía
realizado. Además, era como si estuviese constantemente atormentado por una insoportable ansiedad pensando en la familia que todavía vivía en Alemania. Imaginó un padre, una madre, hermanos y hermanas cuyo destino podría todavía estar decidido por una llamada a medianoche. El timbre que suena, unos golpes en la puerta en mitad de la noche y la confirmación del más terrible de los temores.
Luego, Elizabeth se dirigió a la pequeña cocina y preparó una bandeja con tazas, café caliente y galletas. Peter sacó una botella de coñac Cordon Bleu y unos diminutos vasos coloreados. Sophie se volvió hacia Willi con una encantadora sonrisa.
—Estoy muy contenta de que hayan venido a vivir aquí. Espero que sean muy felices. Lo único que siento es que no podamos estar con ustedes, pues debemos volver a Cornualles y atender a todos los que están allí. Pero no dejaremos la planta baja. Si queremos venir a Londres y verles a todos, es preferible que tengamos nuestras propias habitaciones. Pero si empiezan los bombardeos, no duden en utilizarlas como refugio antiaéreo.
Era una sugerencia oportuna. Hasta ese momento, sólo había habido alarmas antiaéreas seguidas casi inmediatamente por el cese de la alarma.
Pero todo el mundo estaba preparado. Londres estaba totalmente protegido con sacos de arena, en los parques se habían excavado trincheras y refugios antiaéreos y los depósitos de agua habían sido llenados en vistas a una emergencia. Barreras antiaéreas volaban en el cielo y a lo largo de toda la ciudad se había dispuesto artillería antiaérea camuflada con redes y servida por tropas que esperaban, minuto tras minuto, hora tras hora, semana tras semana, que empezasen los ataques.
Las palabras de Sophie tuvieron un efecto impresionante sobre Willi Friedmann.
—Sí —dijo éste, bebiéndose todo el coñac de un trago.
No objetó cuando seguidamente Peter, sin decir una palabra, volvió a llenarle el vaso. Willi empezó a hablar. Estaba agradecido a Sophie. Estaba agradecido a Elizabeth por todas sus amabilidades. Sin Elizabeth estaría sin casa. Sin personas como Elizabeth y Peter, él y Lalla estarían probablemente muertos. O peor...
—Anda, Willi, déjalo —dijo Peter.
Pero Willi había empezado y no parecía saber como parar. Había terminado su segundo coñac y no dudó en alcanzar la botella y servirse un
tercero. Lalla seguía sentada sin moverse, mirando fijamente a su marido con sus ojos oscuros y redondos llenos de horror, pero no intentó detenerle.
Habló. El chorro de palabras se convirtió en un torrente, que pasó por encima de las cinco personas que le escuchaban hipnotizadas. Penélope miró a Peter, pero Peter, alerta y grave, sólo tenía ojos para el joven demente. Quizá Peter sabía que él necesitaba hablar. Que, en algún momento, debía desbordarse, y ¿por qué no ahora, cuando él y su mujer estaban calientes y a salvo y con amigos?
Él siguió y siguió y les contó más y más, cosas que había visto, cosas que había oído, cosas que habían ocurrido a sus amigos. Al cabo de un rato, Penélope no quería escuchar, hubiera deseado taparse los oídos con las manos, cerrar los ojos y ahuyentar esas imágenes negras. Pero siguió escuchando, y lentamente fue consumida por un horror y una repugnancia que no tenían nada que ver con las noticias que leía en los periódicos o con los partes que oía en la radio. De pronto, se convirtió en algo personal y el terror descendió por su espina dorsal. La inhumanidad del hombre contra el hombre, desencadenada, era una obscenidad. Este era el significado de la palabra GUERRA. No era sólo tener que llevar la máscara de gas, oscurecer las ventanas, burlarse de la señorita Pawson y pintar la buhardilla para los evacuados; era una pesadilla infinitamente más terrible, de la cual no era agradable despertarse. Debía ser soportada, y ello no se podía hacer huyendo o metiendo la cabeza debajo de las sábanas, sino enfrentándose a ella.
Ella no tenía una espada pero a la mañana siguiente, temprano, salió de casa diciéndole a Sophie que iba de compras. Cuando regresó, justo antes de la hora de comer y con las manos vacías, Sophie se mostró sorprendida.
—Yo pensaba que habías ido de compras.
Penélope apartó una silla, se sentó, miró a su madre a través de la mesa de la cocina y le dijo que había caminado hasta encontrar una oficina de reclutamiento, había entrado y había firmado para colaborar mientras durase la guerra en el Servicio Femenino de la Marina Real.
VII. ANTONIA
El alba había llegado con sigilo, a regañadientes. Finalmente se había vuelto a quedar dormida pero se había despertado con la claridad creciente sabiendo que la mañana estaba en camino. Todo estaba muy tranquilo. El
aire frío penetraba por la ventana y, enmarcado en esta, el castaño elevaba sus ramas desnudas en el cielo gris y sin estrellas.
Cornualles seguía llenando su mente como un brillante sueño y a pesar de estar allí echada, el sueño desplegó sus alas y se alejó hacia el pasado donde, quizá, pertenecía. Ronald y Clark ya no eran unos niños, sino hombres adultos que andaban solos por el mundo. La madre de ellos ya no era Doris Potter sino Doris Penberth, estaba cerca de los setenta años y seguía viviendo en la pequeña casa blanca situada en la profundidad de las calles viejas y angostas de Porthkerris. Lawrence y Sophie habían muerto hacía mucho tiempo, y los Clifford también; y Carn Cottage había desaparecido, y finalmente la casa de la calle Oakley también, dejándola allí, en Gloucestershire, en su cama, en su casa, Podmore's Thatch. No tenía diecinueve años, sino sesenta y cuatro, y fue una de las veces en que el hecho la cogió por sorpresa, como si los años se hubiesen confabulado y le hubiesen hecho una mala pasada. Ni siquiera de mediana edad, sino mayor.
Una mujer mayor con un corazoncito conmocionado que le había hecho aterrizar en el hospital. Una mujer mayor con tres hijos adultos con su propio temperamento y sus problemas intrínsecos que ahora poblaban su vida. Nancy, Olivia y Noel. Y, naturalmente, Antonia Hamilton, que iba a quedarse con ella una temporada..., ¿cuándo llegaba? ¿Al final de la próxima semana? No, al final de esta semana. Era lunes. Lunes por la mañana. La señora Plackett venía los lunes por la mañana, pedaleando desde Pudley, fuerte como una roca en su bicicleta mírame-y-no-me-toques.
Y el jardinero. El jardinero nuevo empezaba hoy, a las ocho y media.
Esto, más que otra cosa, estimuló a Penélope. Encendió la luz que tenía junto a ella y miró el reloj. Las siete y media. Era importante estar levantada, vestida y a punto antes de que llegase el jardinero, en caso contrario éste se imaginaría que iba a trabajar para una vieja holgazana.
Amo holgazán, sirviente holgazán. ¿Quién había salido con este proverbio arcaico? Su suegra, naturalmente. Dolly Keeling. ¿Qué otra persona podía haber sido? Podía oírla diciéndolo, mientras pasaba los dedos por la esquina de la repisa de la chimenea para comprobar si había polvo, o levantaba las sábanas de su cama a fin de estar segura de que la sufrida interina la había hecho adecuadamente. Pobre Dolly. Ella también se había ido, manteniendo las apariencias hasta el último momento pero sin dejar ningún sentimiento de pérdida detrás de ella. Lo cual era muy triste. Las siete y media. No
podía perder tiempo recordando a Dolly Keeling, a quien nunca había querido. Penélope se levantó de la cama.
Una hora después, se había bañado, vestido, abierto todas las puertas y desayunado. Café negro, un huevo pasado por agua y una tostada con miel.
Sentada ante la segunda taza de café, escuchó el sonido de un coche acercándose. Nunca había utilizado los servicios de la empresa Horticultura Contractors, pero sabía que enviaban a sus hombres a trabajar con unas pequeñas furgonetas verdes con AUTOGARDEN escrito en letras mayúsculas blancas en los lados. Los había visto circulando por el pueblo y parecían muy pulcros y eficientes. Sintió cierto reparo. No había tenido un jardinero en toda su vida y esperaba que no fuese ni maleducado ni sabelotodo. Debía decirle firme y claramente que no podase nada, que no cortase nada sin su permiso.
OceanofPDF.com
Le haría empezar con algo simple en el terreno de abajo. El seto de espino en el fondo del huerto. Podría cortarlo. Suponía que sería capaz de utilizar su pequeña sierra de cadena. ¿Había suficiente gasolina para el motor en el garaje? ¿Debería ir y comprobarlo, y ver si todavía había tiempo para ir a buscar más?
No había tiempo, pues en ese momento sus ansiosas especulaciones fueron abruptamente interrumpidas por el sonido inesperado de unos pasos en la grava, acercándose a la casa. Penélope dejó la taza de café y se levantó, asomándose a la ventana. Le vio dirigiéndose hacia ella en la mañana tranquila y fría. Un joven alto con una chaqueta de hule color caqui y unos tejanos metidos por dentro de unas botas de goma. Llevaba barba y su pelo era castaño. Mientras ella le miraba, él se detuvo un instante, mirando a su alrededor, desorientado quizá por el entorno. Ella vio la cuadratura de su hombro, su barbilla alzada, el ángulo de su mandíbula.
Ayer, al ver a su hijo Noel acercarse cruzando el césped, el corazón de Penélope empezó a latir deprisa y ahora le sucedía la misma extraña cosa.
Apoyó una mano sobre la mesa, cerró los ojos. Respiró hondamente. Su galopante corazón se fue calmando. Abrió de nuevo los ojos. Sonó el timbre.
Atravesó el porche para abrir la puerta. Allí estaba. Alto. Más alto que ella.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
—¿La señora Keeling?
—Yo misma.
—Soy de Autogarden.
No sonreía. Sus ojos permanecían imperturbables; azules como trozos de cristal, su rostro era delgado y moreno y estaba enrojecido por el frío de la mañana, con la piel tirante en la parte alta de los pómulos. Llevaba una bufanda de lana roja enrollada a su cuello, pero sus manos estaban desnudas.
Ella miró detrás de él, por encima de su hombro.
—No he oído ningún coche.
—He venido con mi bicicleta. La he dejado en la verja. No estaba seguro si esta era la casa.
—Yo pensaba que Autogarden enviaba siempre a sus hombres con esas furgonetas verdes.
—No. Yo voy en bicicleta.
Penélope frunció el entrecejo. Él se metió una mano en el bolsillo.
—Tengo una carta de mi jefe.
La sacó y la desplegó.
Ella miró el membrete, la confirmación de su identidad. Se sintió turbada al instante.
—No he pensado ni por un momento que no fuese usted sincero. Sólo imaginaba...
—¿Esto es Podmore's Thatch? —preguntó volviendo a introducir la carta en el bolsillo.
—Sí, por supuesto. Será... será mejor que entre.
—No. No quiero molestarla. Si me dice lo que quiere usted que haga...
me enseña donde tiene los útiles de jardinería. Al venir en bicicleta no he podido traer nada.
—Oh, no se preocupe, tengo de todo. —Sabía que su voz sonaba aturdida, pero era porque realmente estaba aturdida—. Si... puede usted esperar un momento. Voy a coger un abrigo.
—De acuerdo.
Se alejó, cogió el abrigo, las botas y la llave del garaje que estaba en su correspondiente gancho. Una vez fuera de nuevo, vio que él había ido a buscar la bicicleta a la entrada y la había dejado apoyada en el muro de la casa.
—Aquí no molesta, ¿verdad?
—No, claro que no.
Tomó el camino de grava, abrió las puertas del garaje. Él la ayudó a abrirlas y Penélope encendió las luces, encontrándose con el desorden habitual; su viejo Volvo, las bicicletas de los tres hijos que no había tenido el valor de tirar, un cochecito de niño desvencijado, el cortacésped a motor y una selección de rastrillos, azadas, palas y horcas.
Se abrió camino a través de esta colección, dirigiéndose hacia una cómoda decrépita, reliquia de la casa de la calle Oakley, donde guardaba martillos, destornilladores, oxidados postes con clavos y un montón de bramante para el jardín. Encima de todo ello estaba la sierra de cadena.
—¿Sabe utilizarla?
—Claro.
—Bien, ahora sería conveniente ver si hay gasolina.
Afortunadamente había. No mucha, pero suficiente.
—Lo que quisiera es que cortase el seto de espino.
—Muy bien. —Cogió la sierra, se la puso sobre el hombro y con la otra mano levantó la lata de gasolina—. Me basta con que me indique el camino.
Pero ella le acompañó hasta allí, a fin de estar segura de que no cometía errores, le condujo alrededor de la casa, a través del césped cubierto de escarcha, pasando por la abertura en el seto de ligustro y atravesando el huerto. El matorral de espino, una maraña de ramas puntiagudas, apareció ante él. Detrás, fluía tranquilo y frío el pequeño río Windrush.
—Es un lugar precioso —observó él.
—Sí. Sí, es precioso. Ahora quiero que lo corte hasta esta altura. No más bajo.
—¿Quiere guardar algo de lo que cortemos como leña?
—¿Vale la pena guardarlo? —Penélope no había pensado en ello.
—Quema estupendamente.
—De acuerdo. Conserve la parte que crea que se pueda usar. Y haga una hoguera con el resto.
—Bien —dijo él desembarazándose de la sierra de cadena y de la lata de gasolina—. Esto es todo, entonces.
El tono de su voz era de despedida, pero ella se negó a marcharse.
—¿Se va a quedar todo el día?
—Hasta las cuatro y media, si usted está de acuerdo. En verano empiezo a las ocho y termino a las cuatro.
—¿Y la pausa para comer?
—Me tomo una hora. De doce a una.
—Bien... —le estaba hablando a la parte posterior de la cabeza de él—.
Si necesita algo, estoy en casa.
Él se había puesto en cuclillas y destornillaba el tapón de la sierra de cadena con manos hábiles de largos dedos. No replicó a la observación de ella, se limitó a asentir con la cabeza. Ella sintió que estaba de más por lo que se giró y emprendió el camino de vuelta por el jardín, algo molesta, aunque también divertida consigo misma por ser tan desafiante. En la cocina le esperaba su taza de café, medio vacía, sobre la mesa. Tomó un sorbo pero se había enfriado, por lo que lo tiró al fregadero.
Cuando llegó la señora Plackett, hacía ya media hora que la sierra silbaba y del fondo del huerto emergía una espiral de humo de la hoguera, llenando el jardín del olor delicioso de madera ardiendo.
—Entonces ya le tenemos aquí —dijo la señora Plackett cuando apareció en la puerta, exactamente como un barco en plena navegación.
Llevaba, como si hiciese un frío glacial, una capucha de piel, así como una bolsa de plástico conteniendo unos zapatos para trabajar y un delantal blanco. Estaba enterada de la decisión de Penélope de contratar un jardinero, de la misma forma que lo sabía casi todo sobre la vida de su patrona. Eran muy buenas amigas y no se ocultaban nada una a la otra.
Cuando el chico que trabajaba en el garaje de Pudley dejó embarazada a la hija de la señora Plackett, Linda, la señora Keeling fue la primera en saberlo. Y se había mostrado fuerte como una roca, oponiéndose ferozmente a la idea de que Linda debiera casarse con ese sujeto casquivano y para pasarse la vida tejiendo un encantador abriguito de lana blanco. Y el tiempo le había dado la razón, porque poco después del nacimiento del bebé, Linda conoció a Charlie Wheelwright, un tipo estupendo como la señora Plackett no había conocido jamás, que se casó con Linda, adoptó al pequeño bastardo y ahora había otro bebé en camino. Las cosas no podían haber salido mejor. De ello no había duda. Y la señora Plackett seguía estando agradecida a la señora Keeling por sus amables y prácticos consejos en un momento de verdadero conflicto.
—¿Se refiere al jardinero? Sí, ha venido.
—He visto el humo de la fogata mientras me dirigía hacia aquí en bicicleta. —Se quitó la capucha de piel y se desabrochó el abrigo—. Pero
¿dónde está la furgoneta?
—Ha venido en bicicleta.
—¿Cómo se llama?
—No se lo he preguntado.
—¿Cómo es?
—Es joven, guapo y educado.
—Espero que no le hayan mandado a una persona de poca confianza.
—No lo parece.
—Bueno. —La señora Plackett se ató el delantal—. Ya veremos. —Se frotó las rojas e hinchadas manos—. Que mañana tan horrible. Más húmeda que fría.
—Tómese una taza de café —sugirió Penélope.
La actividad había empezado en la casa.
La señora Plackett, después de haber pasado el aspirador por toda la casa, sacó brillo a las barras de latón de la escalera, fregó el suelo de la cocina, planchó una pila de ropa y finalmente utilizó medio frasco de pulimento para los muebles; se marchó a las doce menos cuarto a fin de estar de nuevo en su casa, en Pudley, a tiempo para preparar la comida de su marido. Dejó detrás de sí una casa brillantemente limpia y fresca. Penélope miró el reloj y se dispuso a preparar comida para dos. Puso a calentar una sopa de verduras hecha en casa. De la despensa sacó medio pollo frío y una barra de crujiente pan moreno. Quedaba todavía un plato de compota de manzana y una jarra de crema de leche. Puso la mesa de la cocina con un mantel de algodón a cuadros. Si hubiese hecho sol, habría preparado la mesa en el invernadero, pero las nubes se veían oscuras y bajas y el día no acababa de arreglarse. Colocó un vaso y una lata de cerveza en el lado dispuesto para él. Claro que, después de todo, quizá preferiría una taza de té. El oloroso caldo empezaba a hervir. Pronto llegaría. Esperó.
A las doce y diez, como él no había aparecido, fue en su busca. Un seto primorosamente cortado, un fuego que ardía lentamente y un haz de troncos pequeños, pero ni rastro del jardinero. Le hubiese llamado, pero como no sabía su nombre, le fue imposible hacerlo. Volvió hacia la casa, empezando a preguntarse si después de una mañana de trabajo en solitario no habría decidido abandonar y marcharse a casa para no volver más. Pero, en la parte posterior encontró la bicicleta, lo cual indicaba que andaba todavía por los alrededores. Por el camino de grava, se dirigió al garaje donde se topó con él, justo junto a la puerta en la parte interior, sentado en un balde puesto al revés, comiendo un bocadillo de pan blanco aparentemente insípido y absorbido en lo que sólo podía ser el crucigrama de The Times.
Penélope se indignó al descubrirle por fin en esa situación tan incómoda y fría.
—¿Qué demonios está usted haciendo?
Él se puso en pie de un salto, sobrecogido por su inesperada aparición y el tono de su voz, soltando el periódico que cayó al suelo y volcando el balde, lo que provocó un terrible ruido. Su boca estaba todavía llena de comida, que tuvo que masticar y tragar antes de poder decir algo. Estaba evidentemente turbado, lo que le hizo sonrojarse.
—Yo... estoy comiendo.
— ¿Comiendo?
—De doce a una. Usted dijo que no había problema.
—Pero no aquí. No sentado sobre un balde en el garaje. Tiene que entrar en casa y comer conmigo. Pensé que lo había entendido.
—¿Comer con usted?
—¿Le parece extraño? ¿Acaso sus otros patronos no le dan de comer?
—No.
—En mi vida había oído una cosa tan vergonzosa. ¿Cómo es posible trabajar todo el día con un bocadillo?
—Voy tirando.
—Bien, pues conmigo se ha acabado ir tirando. Arroje este horrible trozo de pan y entre en la casa.
Él la miró perplejo, pero obedeció aunque sin tirar el bocadillo, como medida de seguridad. Lo envolvió en un trozo de papel y lo metió en la bolsa de la bicicleta. Luego recogió el periódico y lo guardó, dio la vuelta al balde y lo dejó en su rincón. Una vez hecho todo esto, la siguió al interior.
Se quitó la chaqueta, dejando al descubierto un jersey azul marino zurcido.
Seguidamente se lavó las manos, se las secó y tomó asiento. Ella colocó ante él una gran escudilla de sopa humeante y le dijo que cortase pan y se sirviese mantequilla. Penélope se sirvió a su vez una pequeña escudilla y se instaló frente a él.
—Es realmente muy amable por su parte —dijo él.
—De amabilidad nada. Me limito simplemente a hacer lo que siempre he hecho. No. Esto no es cierto. Nunca había tenido un jardinero antes. Pero cuando mis padres tenían a alguien ajeno a la familia trabajando para ellos, siempre compartía nuestra mesa. Jamás pensé que las cosas se hiciesen de otra forma. Lo siento. Quizá el
pequeño malentendido ha sido culpa mía. Debería haber sido más explícita.
—Yo no he caído en la cuenta.
—No, ya lo he visto. Y ahora, cuénteme algo sobre usted. ¿Cómo se llama?
—Danus Muirfield.
—Es un nombre perfecto.
—Yo creía que era bastante corriente.
—Perfecto para un jardinero, quiero decir. Algunas personas tienen nombres que encajan exactamente con su profesión. ¿Qué otra cosa podía haber sido Charles de Gaulle sino el salvador de Francia? ¿Y el pobre Alger Hiss? Habiendo nacido con un nombre así, sencillamente debía ser espía.
—Cuando yo era pequeño, había un párroco en nuestra iglesia que se llamaba Paternoster.
—¿Lo ve? Eso prueba lo que yo digo. ¿Dónde estaba usted cuando era pequeño? ¿Dónde nació?
—En Edimburgo.
—Edimburgo. Es usted escocés.
—Sí. Eso creo.
—¿En qué trabaja su padre?
—Es notario.
—Que interesante. ¿Usted no quiere ser también notario?
—Durante una época pensé que me gustaría, pero luego... —Se encogió de hombros—. Luego cambié de opinión y fui a la Escuela de Horticultura.
—¿Cuántos años tiene?
—Veinticuatro.
Ella se quedó sorprendida. Parecía mayor.
—¿Le gusta trabajar para Autogarden?
—Sí, está bien. Es variado.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para ellos? —Unos seis meses. —
¿Está usted casado? —No. —¿Dónde vive? —En una casa dentro de la granja de los Sawcombes. Justo a la salida de Pudley. —Ah, conozco a los Sawcombes. ¿Es una casa bonita? —No está mal. —¿Quién la atiende? —
Yo mismo. Ella pensó en el horrible bocadillo de pan blanco. Imaginó la inhóspita casa, con
una cama deshecha y la colada colgando alrededor de la estufa para secarse. Se preguntó si se habría siquiera hecho alguna vez una comida decente.
—¿Fue al colegio en Edimburgo? —le preguntó, súbitamente interesada por este joven, deseando saber lo que le había ocurrido, las circunstancias y la motivación que le habían llevado a aquella vida humilde.
—Sí.
—¿Luego ingresó en la Escuela de Horticultura?
—No. Estuve en Estados Unidos un par de años. Trabajé en un rancho de ganado
vacuno en Arkansas.
—Yo no he estado nunca en Norteamérica.
—Es un gran país.
—¿No pensó nunca en quedarse allí, para siempre, quiero decir?
—Lo pensé, pero no lo hice.
—¿Estuvo en Arkansas todo el tiempo?
—No. Viajé. Visité gran parte del país. Me quedé seis meses en las islas Vírgenes.
—Qué experiencia.
Había terminado la sopa. Penélope le preguntó si quería más, él contestó que con
mucho gusto y ella le llenó la escudilla de nuevo. Mientras cogía la cuchara, dijo:
—Me ha explicado que nunca tuvo un jardinero antes. ¿Se ha ocupado usted sola de este lugar?
—Sí —le contestó ella con cierto orgullo—. Cuando llegue aquí esto era un yermo.
—Evidentemente es usted una experta.
—No lo sé.
—¿Siempre ha vivido aquí?
—No. He vivido la mayor parte de mi vida en Londres. Pero allí también tenía un gran jardín y antes de esto, cuando era niña, vivía en Cornualles y allí había jardín. Soy afortunada. Siempre he tenido jardín. No puedo imaginar vivir sin tener uno.
—¿Tiene usted familia?
—Sí. Tres hijos. Todos mayores. Una casada. También tengo dos nietos.
—Mi hermana tiene dos niños —dijo él—. Está casada con un granjero de
Perthshire.
—¿Va de vez en cuando a Escocia?
—Sí. Dos o tres veces al año.
—Debe de ser muy bonito.
—Sí —dijo él—. Lo es.
Después de la sopa, se comió todo el pollo y toda la compota de manzana. No quiso beberse la cerveza pero aceptó agradecido una taza de té. Cuando hubo tomado el té, miró el reloj y se levantó. Era la una menos cinco.
—He terminado con el seto —indicó—. Si me dice donde guardar la leña, la traeré a casa. Y le ruego me diga lo que quiere que haga después, y cuántos días por semana necesita que venga.
—Sugerí a Autogarden tres días, pero si trabaja usted a esta velocidad, con dos bastará.
—De acuerdo. Usted decide.
—¿Cómo debo pagarle?
—Usted paga a Autogarden y ellos me pagan a mí.
—Espero que le paguen bien.
—No está mal.
Cogió su chaqueta y se la puso.
—¿Por qué no le proporcionan una furgoneta para ir a trabajar? —
preguntó ella.
—No conduzco.
—Pero actualmente todos los jóvenes conducen. Podría aprender fácilmente.
—No he dicho que no sepa conducir —dijo Danus Muirfield—, he dicho que no conduzco.
Después de haberle mostrado donde poner los troncos e indicarle lo que debía hacer a continuación, Penélope regresó a la cocina para fregar los platos de la comida. «No he dicho que no sepa conducir. He dicho que no conduzco.» No había aceptado la lata de cerveza. Se preguntó si no habría sido cogido conduciendo borracho y le habían retirado el permiso de conducir. Quizá había matado a alguien, había hecho acto de acatamiento y se había jurado que el alcohol no volvería a cruzar sus labios. La eventualidad de semejante horror le produjo un escalofrío. Además, una tragedia de estas proporciones estaba dentro de los límites de la posibilidad.
Y explicaría mucho con respecto a él..., la tensión de su rostro, su rictus serio, los ojos fríos e imperturbables. Allí había algo enmascarado. Algo misterioso. Pero le gustaba. Ah, sí, el joven le gustaba mucho.
A las nueve de la noche del día siguiente, que era martes, Noel Keeling introducía su Jaguar en la calle Ranfurly, que estaba oscura y lluviosa,
deteniéndose delante de la casa de su hermana Olivia. No le esperaba y estaba preparado para encontrarse con que ella había salido, como solía ocurrir. Era la mujer más sociable que había conocido. Pero, sorprendentemente, había luz detrás de las cortinas corridas de la ventana de la sala de estar; salió del coche, lo cerró y se introdujo en el pequeño sendero para tocar el timbre. Un momento después, la puerta fue abierta por Olivia quien iba vestida con una bata de lana rojo intenso, no estaba maquillada y llevaba las gafas puestas. Evidentemente, no estaba arreglada como si estuviese acompañada.
—Hola —dijo él.
—¡Noel! —Parecía sorprendida, como de hecho estaba, pues él no solía aparecer de improviso a pesar de que vivía sólo a un par de kilómetros.
—¿Qué haces aquí?
—Pasaba por aquí. ¿Estás ocupada?
—Sí, lo estoy. Estaba preparando una reunión que tengo mañana por la mañana. Pero no importa. Pasa.
—He estado tomando una copa con unos amigos en Putney —dijo él alisándose el pelo, y siguiéndola a la sala de estar.
Como de costumbre, la casa estaba maravillosamente caldeada, con la chimenea encendida y el salón lleno de flores... él la envidió. Siempre la había envidiado. No sólo por su éxito, sino por la capacidad con la que parecía enfrentarse a todas las facetas de su ocupada vida. Sobre la mesa baja junto al fuego estaba su maletín, fajos de papeles y hojas de pruebas de grabado, pero ella se inclinó para reunir todo ello en un cierto orden y ponerlo sobre su escritorio. Noel se dirigió hacia el fuego como para calentarse las manos, pero en realidad quería echar una ojeada a las invitaciones que había sobre la repisa de la chimenea y enterarse de sus compromisos sociales. Vio que había sido invitada a una boda a la que él no había sido invitado, así como a una exposición privada en una galería nueva en la calle Walton.
—¿Has cenado algo?
—Unos canapés —contestó él volviéndose hacia ella. Pronunció estas palabras de
forma gutural. Esa era una de las pocas bromas familiares que todavía compartían.
—¿Quieres tomar algo?
—¿Qué me ofreces?
—Queda un poco de quiche que he tomado para cenar. Puedes comértela si
quieres. Y galletas y queso.
—Me parece estupendo.
—Pues voy a buscarlo. Sírvete una copa.
Él aceptó su amable ofrecimiento, sirviéndose un buen vaso de whisky con soda, mientras Olivia desaparecía en la pequeña cocina detrás del comedor, donde encendió las luces. Noel se reunió con ella, apartando uno de los taburetes altos de la pequeña barra que separaba las dos habitaciones, como si estuviera en un bar charlando con el camarero.
—El domingo fui a ver a mamá —dijo.
—¿Fuiste? Yo estuve el sábado.
—Me contó que habías ido. Acompañada de un estupendo norteamericano.
¿Cómo la encontraste?
—Maravillosamente, dentro de lo que cabe.
—¿Tú crees que fue en efecto un ataque cardíaco?
—Bien, en cualquier caso fue un aviso. —Le miró haciendo una mueca
—. Ya sabes que Nancy siempre exagera. —Noel se rió y asintió con la cabeza. Nancy era uno de los pocos temas en los que él y Olivia siempre estaban de acuerdo—. Es verdad que mamá tiene demasiado trabajo. No para. Pero por fin se ha decidido a buscar una ayuda para el jardín. Es el principio.
—Intenté convencerla para que mañana viniese a Londres.
—¿Por qué razón?
—Para ir a Boothby's. Para ver como se subasta el Lawrence Stern y ver por
cuánto sale.
—Ah, sí, Las portadoras de agua. Había olvidado que es mañana. ¿Dijo que vendría?
—No.
—Bueno, ¿para qué tendría que hacerlo? Al fin y al cabo no representa ningún interés económico para ella.
—No. —Noel miró hacia el interior de su vaso—. Pero lo tendría si vendiese su cuadro.
—Si te refieres a Los buscadores de conchas, olvídate. Se moriría antes de
desprenderse de ese cuadro. —¿Y los paneles? —¿Has hablado de ello con mamá? —La expresión de Olivia era profundamente suspicaz. —¿Por qué no? Son unos cuadros estupendos, reconócelo.
Allá arriba en el pasillo
sólo se llenan de polvo. Ni siquiera los echaría en falta. —Están inacabados. —Me gustaría que dejaseis todos de decirme que están inacabados. Apuesto a
que no tienen precio.
—Suponiendo que ella aceptase venderlos —dijo Olivia al cabo de un momento, mientras cogía una bandeja y ponía sobre ella platos, un tenedor, un cuchillo, un plato de mantequilla y una tabla de madera con queso—.
¿Le sugerirías lo que debería hacer con el importe resultante o lo dejarías a su elección?
—El dinero que uno cede en vida tiene el doble de valor que el que se deja
cuando se muere.
—Lo que significa que cuentas sólo con una parte.
—No sólo para mí. Para los tres. Eh, no me mires tan severamente, no hay nada de que avergonzarse. En estos días, todos andamos escasos de dinero; y no me digas que Nancy no estaría como loca de contar con un poco de liquidez. Siempre se está quejando de lo caro que está todo.
—Tú y Nancy, quizá. Pero a mí dejadme al margen.
—¿Dirías que no, entonces? —dijo él dando vueltas al vaso en sus manos.
—Yo no quiero nada de mamá. Nos ha dado ya bastante. Yo sólo quiero que esté
ahí, bien y tranquila, sin preocupaciones económicas que le impidan ser feliz.
—Vive holgadamente. Todos lo sabemos.
—¿Estás seguro? ¿Has pensado en el día de mañana? Puede vivir muchos años.
—Razón de más para vender esas lúgubres ninfas. Podría invertir el capital para
disponer de él en sus años de vejez.
—No quiero discutir este tema.
—¿Asé que no te parece una buena idea?
Olivia no contestó, limitándose a coger la bandeja y llevarla junto a la chimenea. Mientras la seguía, él pensaba que ninguna mujer podría tener una actitud tan severa y tajante como Olivia cuando alguien intentaba hacer algo que ella no aprobaba.
Olivia posó con ruido la bandeja sobre la mesa baja. Seguidamente, se enderezó y le miró.
—No —dijo.
—No qué.
—Creo que debes dejar a mamá tranquila.
—De acuerdo. —Aceptó él de buen talante, sabiendo que, a largo plazo, era el mejor camino para conseguir lo que quería. Se instaló en una de las butacas hondas y se inclinó hacia delante para poder llegar a la improvisada cena. Olivia fue a apoyarsecontra la repisa de la chimenea, con las manos metidas en los bolsillos de la bata. Él sintió su mirada mientras cogía el tenedor y pinchaba la quiche—. Olvidemos lo de la venta de los paneles.
Hablemos de otra cosa.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, ¿has visto, o has oído mencionar a ma, o conoces la existencia de algún boceto preliminar al óleo que Lawrence Stern hubiese hecho para alguna de sus obras más importantes?
Se había pasado el día considerando si debía o no confiar a Olivia su descubrimiento de la vieja carta. Al final, había decidido correr el riesgo.
Olivia era un importante aliado. Sólo ella, de entre los tres, tenía alguna influencia sobre su madre. Mientras hacía la pregunta, había mantenido la mirada clavada en el rostro de ella, viendo que su expresión era primero de cautela para volverse después alerta y desconfiada. Eso era de esperar.
—No —contestó ella al cabo de un momento y también eso era de esperar, pero él sabía que estaba diciendo la verdad porque siempre la decía
—. Nunca.
—Pues debe de haber existido alguno.
—¿Por qué te empeñas en esta inútil búsqueda?
Él le contó lo de la carta que había encontrado.
—¿ La terraza? Está en el Museo Metropolitano de Nueva York.
—Exactamente. Y si fue hecho un boceto para La terraza, ¿por qué no para Las portadoras de agua y El noviazgo del pescador y todos los demás cuadros que se encuentran ahora en los aburridos museos de cualquier capital del mundo que se respete?
Olivia consideró la cuestión. —Probablemente fueron destruidos —dijo a continuación. —Bah, bobadas. El viejo nunca destruía nada. Tú lo sabes tan bien como yo.
Ninguna casa ha estado nunca tan llena de trastos como la de la calle Oakley. Como lo está Podmore's Thatch. El desván de ma es un riesgo continuo de incendio. Si un agente de seguros viese lo que hay amontonado allí, debajo del tejado, le daría un ataque.
—¿Has estado allí arriba últimamente?
—Subí el domingo, para buscar mi raqueta de squash.
—¿Era todo lo que buscabas?
—Bueno, fui a echar un vistazo.
—En busca de unos bocetos.
—Algo parecido.
—Pero no los encontraste.
—Claro que no. No se encontraría ni un elefante en medio de todo aquel follón.
—¿Sabía mamá lo que andabas buscando?
—No.
—Eres un ser despreciable, Noel. ¿Por qué siempre tienes que andar con rodeos?
—Porque ella no tiene idea de lo que hay en el desván, de la misma forma que no
sabía lo que contenía la buhardilla de la casa de la calle Oakley.
—¿Qué hay allí?
—De todo. Cajas viejas, baúles de ropa y legajos de cartas. Maniquíes de modista, cochecitos de niño de juguete, banquillos, bolsas de lana para tapices, máquinas de coser, cajas con tarugos de madera, pilas de revistas atadas con cuerdas, muestras de labores de punto, marcos viejos... Todo lo que se te ocurra está allí. Y como he dicho antes, el riesgo de un incendio es muy elevado. El techo no ayudaría mucho. Una chispa en un día de viento y toda la casa se convertiría en una hoguera. Espero solamente que tenga