Los cañones de los Médici
Capítulo III
—ORO —dijo el Sumo Pontífice—. A eso, entonces, es a lo que se reduce como siempre. Oro, Borgia.
—Un recurso magnífico y necesario —concedió el cardenal.
—Hablas con razón —dijo Sixto—. Un recurso. Y no obstante lo concibo como una piedra, Borgia. Una piedra por la que nuestro trabajo, nuestro amor y nuestro grandioso designio divino, mi viejo amigo, puede fracasar.
Francesco della Rovere, el papa Sixto IV por la gracia del Todopoderoso y por la voluntad expresa del concilio de cardenales de Roma, antiguo líder de la orden franciscana, viejo profesor en Padua, Bolonia, Pavia, Siena, Florencia, Perugia, Venecia, y ahora vicario del reino de Dios en la Tierra, llevó su mano revestida con alhajas a su barbilla y se arrellanó impacientemente en su silla de palo de rosa con marfil incrustado.
En su derredor, las paredes de su habitación se erigían hasta casi diez metros de altura en una sombría suntuosidad, por encima de cortinas de seda y arquitrabes tallados, arriba de los retratos de sus antecesores desde el gran cisma —Nicolás V, Calixto III, Pío II, Pablo II—, que parecían mirarlo y diseminar su bendición en la encomienda que se había impuesto, por encima de paneles de cedro y olivo, y columnas de ébano y bronce.
Grosero, libertino, sagaz e hipócrita, Sixto construyó su fuerza tanto por su entorno como por las redes de la política que se entretejieron en su ascenso. Hizo prosperar a su familia, compensó a sus partidarios y compró tiempo a sus adversarios. El mundo, según le había sido revelado a la luz de la razón, era el Mediterráneo, y el Mediterráneo —a pesar de los turcos—
era Italia; Italia era Roma, y Roma era él mismo. Por consiguiente, tanto la razón como la revelación demandaban el gran designio del que le hablaba al
cardenal Rodrigo Borgia. El designio estaba ahí, lo mismo que su propósito.
Éste era el que hacía al Pontífice retorcer su rostro en muecas inquietas y angustiantes mientras hablaba, y apresurar el paso mientras caminaba por los corredores del palacio papal. Era el propósito lo que lo llevaba a una disimulada impaciencia con el nuncio y con el legado pontificio.
Algo de este propósito, quizás, era lo que habían visto en él quienes apoyaron su elección y los había hecho decantarse en su favor. Su alto designio no lo habían visto tan rápidamente, de otro modo quizá lo habrían pensado mejor. Pablo II, un asceta, había abandonado Roma con un par de amigos, siendo tan frugal con ellos como lo era consigo mismo. Sixto, esperaban, los compensaría, voluntariamente, pero también con prudencia, restableciendo el poder de Roma por medio de una cautelosa distribución del dinero, el dorado polen del poder.
Francesco della Rovere, al ser elegido, mató las esperanzas de mesura y prudencia que habían puesto en él como un devoto y voluble gigante. Por lo visto, había un objetivo más grande para él y para Roma.
—Florencia —dijo el papa Sixto IV—. Florencia, Siena, Ferrara, Mantua, Venecia, Milán. ¿Lo ves, Borgia? Roma no puede ser constreñida como una nuez entre el norte y el sur. Debe expandirse, Borgia, expandirse y consolidarse.
—Lo veo claramente, Su Santidad —repuso el cardenal Rodrigo Borgia
—, y lo apruebo. Aun así, es un gran bocado el que debe digerir Roma.
—Tu metáfora —dijo Sixto, agitando sus rechonchos dedos— es torpe.
La digestión implica una crueldad de la que no somos capaces. Mejor pensemos en Roma como un cisne que despliega sus alas para proteger las ciudades-Estado de nuestra mal dirigida y maltrecha Italia.
—De acuerdo —dijo ecuánimemente el cardenal—. Acepto de buen grado la corrección de Su Santidad, dado que Milán y Venecia, si fueran alimento, rasgarían la boca de Gargantúa. Pero entonces, consintiendo con su delicada frase, todavía creo que las alas de Roma son demasiado cortas para abarcarlo todo.
—Debe hacerlo.
—A la larga, quizá —dijo Borgia—, ya que Roma debe tener el control del Adriático tanto como del poniente. Aún más, Venecia, si entiendo
correctamente el razonamiento de Su Santidad, nos proveerá de una incalculable riqueza.
—Tú me entiendes, Borgia, como siempre.
—Entonces dejemos que Roma camine con tiento.
—¿Con tiento? —Sixto se revolvió una vez más en su silla, chasqueando los labios—. ¿Con tiento?
—Con discreción, si lo prefiere.
—Mejor. Espero que no parezcamos ansiosos.
—Definitivamente no —repuso el cardenal Borgia—. ¿Qué pasará con Nápoles?
—Son bárbaros —contestó Sixto—. Dejemos a Ferrante que coma su propia sopa, y a sus niños manchados de excremento con él. Le dimos la Abadía de Monte Casino a uno de esos rapaces, dándole a Nápoles lo que debería ser nuestro. Más allá de esto, nada en el sur es digno de considerarse.
—Muy bien. Entonces fijemos la vista en Venecia y en su río de oro, pero discretamente.
—Su río de oro —silbó Sixto. Cruzó sus manos en su amplio vientre y miró a través del techo—. Admirable. Un tanto vano, pero admirable después de todo. Teniendo nuestras miras más cerca de casa, de cualquier modo… podemos dejar Ferrara, puesto que, si conseguimos Venecia, Ferrara será cercada y deberá ceder ante nosotros por medio de un convenio. Lo mismo para el caso de Siena, creo.
—Si Florencia es vencida —concedió Borgia—, Siena no puede resistir.
Pero Milán…
—Es muy poderosa —lo interrumpió Sixto—. No hay duda de ello. Si el duque Galeazzo siguiera vivo, nuestros problemas con Milán no existirían; pero lo asesinaron, Borgia, del modo más atroz. —Suspiró—. Y
el duque Ludovico Sforza no siente el mismo amor por Roma que el que nos obsequió Galeazzo. La ingratitud, mi amigo, es más filosa que los colmillos de una sierpe. Sforza y Médici ahora van de la mano. Por nuestro bien, Borgia, debemos tenerlos a ambos.
El cardenal Borgia se levantó. Tenía una figura atractiva y sobresaliente.
Bien conformado y robusto, iba ataviado más suntuosamente que el propio
papa. Su porte agradable y, empero, noble había sido preconizado en los escritos de Geronimo di Porzio y por Gaspar de Verona, y su debilidad por las mujeres había sido blanco de un cuento ligeramente ofensivo de Masuccio Salernitano, ambientado en Mantua. La fábula no había disgustado a Rodrigo Borgia; su origen español lo había impelido a demostrar cierto orgullo con tales historias. De joven, había luchado valientemente por su tío, el papa Calixto III, Borgia como él. Ahora, en su edad madura, era un político con carisma y con presencia.
—Regresamos entonces, por lo que parece, a Florencia —dijo.
—Florencia —asintió el papa Sixto IV, suspirando melancólicamente una vez más—. ¡Ay, Borgia! Si Roma es un cisne, ¿no debería anhelar poder cobijar a la rebelde Florencia como un cisne lo hace con sus retoños?
Una ciudad tan bella, tan cerca de Dios y a la vez tan lejos. Si la dejamos fuera de nuestro cuidado y nuestra guía, ¿su gente no caerá en la herejía?
¿Y no es nuestra santa labor cuidar de Florencia? Debe serlo, Borgia.
—Su Santidad es demasiado benevolente, como corresponde a su cargo
—repuso el cardenal—. Florencia es una ciudad de librepensadores y por ello está condenada.
—No, querido amigo, no seas tan duro. Florencia puede ser la rosa de Italia y una joya en nuestra corona.
—No mientras los Médici gobiernen en ella —contestó Borgia.
—Los Médici —repuso irritado Sixto—. ¿Qué son los Médici sino usureros que han engatusado a Florencia todos estos años para que acepte su gobierno? Nuestra primera cortesía con Florencia, Borgia, deberá ser abrirle los ojos ante la avaricia de los arrogantes Médici… pero basta de esto. El próximo año, Borgia… el próximo año nos dirigiremos, con amor y buena voluntad, hacia Florencia.
El cardenal Borgia se tocó la punta de la nariz, pensando.
—Si Castelmonte resiste —dijo.
—Lo hará. Nuestro hijo pródigo, Girolamo Riario, ayudará al conde Giovio a que lo haga.
—Tengo más confianza en Montefeltro —repuso el cardenal Borgia—, si Su Santidad quiere mi sincero punto de vista sobre el particular. Los
condes de Imola y de Castelmonte son, a veces, muy proclives a los excesos.
—Para pesar nuestro —dijo gentilmente el Pontífice—, nos provocan constantemente demasiadas aflicciones. Con todo, son efectivos.
—Lo admito. El conde Girolamo infunde terror en los corazones de sus enemigos adonde vaya.
—¿Terror, Borgia? —La voz del Pontífice se vistió con un ligero reproche—. ¿Cómo puede ser eso, si sólo se esfuerza por diseminar nuestra benevolencia a los ciegos y a los perdidos? Mejor digamos temor reverente.
—Como prefiera Su Santidad. En cuanto a los Médici, según me he enterado, se han propalado ciertas cosas que les atañen, para mayor comodidad de Roma y de usted.
—No se han difundido —respondió rápidamente Sixto—. Entiende esto, Borgia, no lo han hecho. Rumores (rumores descabellados) han llegado a nuestros oídos; patrañas infames, para decirlo claramente.
Nuestros oídos deben estar cerrados para ellos.
—Lo entiendo perfectamente, Su Santidad —contestó el cardenal Borgia—. Perfectamente.
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