Los desposeidos
Capítulo 7
Urras
Shevek encontró una carta en un bolsillo del nuevo gabán con forro de vellón que había encargado para el invierno en la tienda de la cañe pesadilla. No tenía idea de cómo había aparecido allí. No había llegado por cierto con el correo que le entregaban tres veces al día, y que consistía enteramente en manuscritos y reediciones de físicos de todo Urras, invitaciones a recepciones y cándidos mensajes de escolares. Era una hoja de papel delgado, doblada y pegada, sin sobre; no llevaba sello ni franquicia de ninguna de las tres empresas de correos rivales.
La abrió, con una vaga aprensión, y leyó: «Si eres un Anarquista por qué colaboras con el sistema traicionando a tu Mundo y la Esperanza Odoniana o estás aquí para traernos esa Esperanza. Víctimas de la injusticia y la represión esperamos del Mundo Hermano la luz de la libertad en la noche oscura. ¡Únete a nosotros tus hermanos!» No había ninguna firma, ninguna dirección.
Fue para Shevek una conmoción física e intelectual, un sobresalto no de sorpresa, sino una especie de pánico. Sabía que existían, ¿pero dónde estaban? No los había conocido, no había visto uno solo, no había encontrado gente pobre. Habían levantado un muro alrededor de él, y él ni siquiera lo había notado. Lo había aceptado como si fuera parte del propietariado de ese mundo. Lo habían elegido por unanimidad, como dijera Chifoilisk.
Pero no sabía cómo derribar el muro. ¿Y si lo supiera, a dónde podía ir? El pánico lo cercaba, cerrándose cada vez más. ¿A quién pedir ayuda? Estaba todo rodeado por las sonrisas de los ricos.
–Me gustaría hablar con usted, Efor.
–Sí, señor. Discúlpeme, señor, hago sitio para dejar esto aquí.
El sirviente depositó con destreza la pesada bandeja, retiró las tapas efe los platos, vertió el chocolate amargo que subió en espumas hasta el borde de la taza sin derramarse ni salpicar alrededor. Era evidente que el hombre disfrutaba del ritual del desayuno y de su propia pericia, y que no deseaba ninguna interrupción insólita. A menudo hablaba un iótico perfectamente claro, pero ahora, ni bien Shevek le dijo que quería conversar con él, se refugió en el staccato del dialecto urbano. Shevek había aprendido a entenderlo un poco, el cambio en el valor de los sonidos era consistente una vez que uno lo captaba, pero se le escapaban las apócopes, que suprimían la mitad de las palabras. Era una especie de código, pensaba Shevek; como si los «nioti», como se llamaban a sí mismos, no quisieran que la gente de afuera entendiera lo que decían.
El sirviente permaneció en pie atento a los deseos de Shevek. Sabía -había aprendido a conocer la idiosincrasia de Shevek en la primera semana- que Shevek no quería que le acercara la silla, o que esperara junto a él mientras comía. La postura erecta, solícita del hombre bastaba para desalentar cualquier esperanza de informalidad.
–¿Quiere sentarse, Efor?
–Con el permiso de usted, señor -respondió el hombre. Corrió una silla media pulgada, pero no se sentó.
–De esto quiero hablarle. Usted sabe que no me gusta darle órdenes.
–Trato de hacer las cosas a gusto de usted, señor, sin esperar a que me lo ordene.
–Las hace…; no me refiero a eso. Usted sabe, en mi país nadie da órdenes.
–Eso he oído decir, señor.
–Bien, quiero conocerlo a usted como mí igual, mi hermano. Usted es la única persona que conozco aquí que no es uno de los ricos… uno de los amos. Me interesa muchísimo hablar con usted. Quiero conocer la vida de usted…
Advirtió una mueca de desprecio en la arrugada cara de Efor, y se interrumpió con desesperación. Había cometido todos los errores posibles.
Efor lo tomaba por un entrometido, un imbécil que lo trataba con arrogante condescendencia.
Dejó caer las manos sobre la mesa en un gesto de impotencia y dijo:
–¡Oh, demonios, lo siento, Efor! No sé cómo decirle lo que quiero.
Olvídelo, por favor.
–Como usted diga, señor. – Efor se retiró.
No había nada que hacer. Las «clases desposeídas» seguían siendo algo tan remoto como cuando había leído sobre ellas en el Instituto Regional de Poniente del Norte.
Mientras tanto, había prometido pasar una semana con los Oiie, entre los trimestres de verano y primavera.
Oiie lo había invitado a cenar varias veces después de la primera visita, siempre con cierto empaque, como si estuviese cumpliendo un deber de hospitalidad, o una orden del gobierno, quizás. En su propia casa, sin embargo, aunque nunca del todo expansivo y confiado con Shevek, era genuinamente cordial. En la segunda visita los dos hijos de Oiie habían decidido que Shevek era un viejo amigo, y evidentemente la confianza de los niños desconcertaba al padre. Se sentía inquieto; no podía aprobarla, realmente; pero tampoco podía decir que fuese injustificada. Shevek se comportaba como un viejo amigo, como un hermano mayor. Los niños lo admiraban, y el más pequeño, Ini, llegó a quererlo apasionadamente.
Shevek era tierno, serio, sincero, y les contaba excelentes historias acerca
de la Luna; pero había algo más. Representaba algo para Ini que él no podía describir. Incluso mucho más tarde, todavía influido de un modo profundo y oscuro por esa fascinación infantil, Ini no encontraba palabras para explicarla, sólo palabras que conservaban algún eco de aquella fascinación: la palabra viajero, la palabra exiliado.
La única nieve espesa del año cayó aquella semana. Shevek no había visto nunca una nevada de más de dos o tres centímetros. La extravagancia, la prodigalidad de la ventisca lo regocijaban. Le deleitaba ver aquel exceso.
Era demasiado blanco, demasiado frío, silencioso e indiferente para que el más sincero de los odonianos pudiera llamarlo excrementicio; verlo como otra cosa que una magnificencia inocente hubiera sido mezquindad de alma.
Ni bien el cielo se aclaró, salió a la nieve con los niños, tan entusiasmados como él. Corretearon por el gran jardín de los fondos de la casa, arrojaron bojas de nieve, construyeron túneles, castillos y fortalezas de nieve.
Sewa Oiie estaba con su cuñada Vea en la ventana, mirando jugar a los niños, al hombre, y a la pequeña nutria. La nutria se había construido un tobogán en una de las paredes inclinadas del castillo de nieve y se deslizaba cuesta abajo una y otra vez, chillando, excitada. Los chicos tenían las mejillas encendidas. El hombre, los largos cabellos ásperos de un caoba grisáceo sujetos a la nuca con un trozo de cuerda y las orejas encarnadas de frío, cavaba con energía.
–¡Aquí no!
–¡Cava allí!
–¿Dónde está la pala?
–¡Tengo hielo en el bolsillo! – resonaban constantemente las voces infantiles.
–Ahí tienes a nuestro extraño -dijo Sewa, sonriendo.
–El más grande de los físicos vivientes -dijo la cuñada-. ¡Qué divertido!
Cuando entró, resoplando y pateando nieve y exhalando el vigor renovado y frío y el bienestar que sólo conocen quienes entran en una casa viniendo de la nieve, fue presentado a la cuñada. Shevek extendió la mano grande, dura y fría y miró a Vea con ojos afables.
–¿Usted es la hermana de Demacre? – dijo-. Sí, es idéntica.
Y este comentario, que en labios de cualquier otro le habría parecido insípido, le gustó enormemente a Vea. «Es un hombre», siguió pensando toda aquella tarde. «Un hombre auténtico, ¿Qué es eso que hay en él?»
Se llamaba Vea Doern Oiie, a la usanza ioti; su marido Doem era presidente de un gran monopolio industrial y viajaba con frecuencia, pasando la mitad de cada año en el extranjero como representante del gobierno. Todo esto le fue explicado a Shevek mientras la observaba. En ella, la pequeñez, los colores pálidos de Demacre, y los ojos negros y ovales habían sido trasmutados en belleza. Los pechos, hombros y brazos eran redondos, suaves, y muy blancos. Shevek se sentó al lado de ella en la mesa de la cena. Le miró todo el tiempo los pechos desnudos, empujados hacia arriba por el corpiño rígido. La idea de andar así semidesnuda en un tiempo glacial era extravagante, tan extravagante como la nieve, y los pechos pequeños tenían una blancura inocente, también como la nieve. La curva delicada del cuello se prolongaba en la curva de la cabeza orgullosa, rasurada y grácil.
Era en verdad muy atractiva, se dijo Shevek. Es como las camas de aquí: suave. Afectada, sin embargo. ¿Porqué arrastra las palabras al hablar?
Se aferró a aquella voz tenue, a aquellos melindres como a una balsa en alta mar, y no se daba cuenta, no sospechaba que se estaba ahogando. Ella regresaría a Nio Esseia en tren, después de la cena; había ido sólo a pasar el día y no la vería nunca más.
Oiie tenía un resfriado. Sewa estaba atareada con los niños.
–Shevek ¿cree que podría acompañar a Vea a la estación?
–¡Santo Dios, Demacre! No obligues al pobre hombre a protegerme. No pensarás que hay lobos ¿verdad? ¿O que los salvajes mingrads vienen a la ciudad para raptarme y llevarme a los harenes? Quizá mañana me encuentren en las puertas de la estación con una lágrima congelada en un ojo y un ramillete rígido en mis manos pequeñas. ¡Oh, casi me gustaría!
Por encima de la voz cascabeleante, tintineante de Vea la risa rompía como una ola, una ola oscura, tranquila, poderosa, que arrastraba todo y dejaba la arena vacía. No se reía del mundo sino de sí misma; la risa oscura del cuerpo, que borraba las palabras.
Shevek se puso el gabán en el vestíbulo y la esperó en la puerta.
Caminaron un rato en silencio. La nieve crujía y chirriaba bajo los pies.
–En verdad es usted demasiado cortés para…
–¿Para qué?
–Para ser un anarquista -dijo ella con su voz tenue y arrastrada (era la misma entonación de Pae, y de Oiie cuando se encontraba en la Universidad)-. Me decepciona. Creía que era usted peligroso e indómito.
–Lo soy.
Ella levantó la cabeza y lo miró de soslayo. Llevaba una chalina escarlata atada por encima de la cabeza; los ojos parecían muy negros y brillantes contra el color vivido y la blancura de la nieve todo alrededor.
–Pero ahora me está acompañando mansamente a la estación, doctor Shevek.
–Shevek -dijo él con suavidad-. Nada de «doctor».
–¿Ese es su nombre completo… primero y último?
Él asintió, sonriente. Se sentía bien y vigoroso, disfrutando de aquel aire resplandeciente, el gabán bien cortado, el encanto de la mujer que lo acompañaba. Hoy no lo agobiaban las preocupaciones ni los pensamientos opresivos.
–¿Es verdad que una computadora les pone a ustedes los nombres?
–Sí.
–¡Qué horrible, que una máquina le ponga el nombre a uno!
–¿Por qué horrible?
–Es tan mecánico, tan impersonal.
–¿Pero qué es más personal que un nombre único, que no pertenece a ningún otro?
–¿Ningún otro? ¿Usted es el único Shevek?
–Mientras viva. Hubo otros antes que yo.
–¿Parientes, quiere decir?
–Entre nosotros no cuentan mucho los parentescos; todos somos parientes,
¿se da cuenta? No sé quiénes fueron, salvo una mujer, en los primeros años de la Colonia. Inventó una especie de cojinete que se utiliza en las máquinas pesadas, todavía los llaman «shevek». – Shevek sonrió otra vez, con una sonrisa más ancha-. ¡Una buena inmortalidad!
Vea parecía sorprendida.
–¡Buen Dios! – exclamó-. ¿Cómo diferencian a los hombres de las mujeres?
–Bueno, hemos descubierto métodos…
Un momento después la risa de ella estalló, blanda, pesada. Se secó los ojos, que le lagrimeaban en el aire frío.
–Sí, tal vez sea usted indómito… ¿Todos, entonces, tienen nombres inventados, y aprenden un idioma inventado… todo nuevo?
–¿Los Colonizadores de Anarres? Sí. Eran gente romántica, supongo.
–¿Y usted no lo es?
–No. Nosotros somos muy pragmáticos.
–Se puede ser las dos cosas -dijo ella.
Shevek no había esperado de ella ninguna sutileza mental.
–Sí, eso es cierto -dijo.
–¿Qué puede ser más romántico que haber venido aquí solo, sin un cuarto en el bolsillo, a interceder por el pueblo de usted?
–Y entre tanto dejarme corromper por los lujos.
–¿Lujos? ¿Las habitaciones de la Universidad? ¡Buen Dios! ¡Pobrecito!
¿No lo han llevado a ningún sitio decente?
–A muchos, pero todos iguales. Ojalá pudiera llegar a conocer mejor Nio Esseia. Sólo he visto lo exterior de la ciudad, el envoltorio del paquete. – Lo dijo porque desde el comienzo le había fascinado la costumbre urrasti de envolverlo todo en papel y plástico y cartón y hojas de metal laminado, todo muy limpio, todo muy decorativo. La ropa de la lavandería, los libros, las legumbres, las prendas de vestir, los medicamentos, todo venía dentro de capas y capas de envoltorio. Hasta los paquetes de papeles venían envueltos en varias capas de papel. Para que nada estuviera en contacto con nada.
Había empezado a pensar que a él también le habían empaquetado.
–Lo sé. ¡Lo llevaron a ver el Museo Histórico y el Monumento Dobunnae, y a escuchar un discurso en el Senado! – Shevek se echó a reír, pues ése había sido precisamente el itinerario de un día, el verano anterior-. ¡Lo sé! Son tan estúpidos con los extranjeros. ¡Yo me encargaré de mostrarle la verdadera Nio!
–Me gustaría.
–Conozco toda clase de gente maravillosa. Colecciono gente. Lo tienen ahí, atrapado junto con todos esos profesores y políticos aburridos… -Continuó parloteando. Shevek disfrutaba de aquella charla insustancial tanto como del sol y la nieve.
Llegaron a la pequeña estación de Amoeno. Ella tenía billete de vuelta; el tren llegaría de un momento a otro.
–No espere, se va a congelar.
Shevek no respondió, pero se quedó allí, corpulento en el gabán forrado de vellón, mirándola con afecto.
Ella se miró el puño del abrigo y sacudió un copo de nieve del bordado.
–¿Tiene esposa, Shevek?
–No.
–¿Nadie de familia?
–Oh… sí. Una compañera; nuestras hijas. Discúlpeme, estaba distraído.
Para mí una «esposa» es algo que sólo existe en Urras.
–¿Qué es una "compañera"? – Vea lo miró de frente, con malicia.
–Supongo que ustedes dirían una esposa, o un esposo.
–¿Por qué no vino con usted?
–Porque ella no quiso venir; y la niña menor tiene apenas un…, no, dos años, ahora. Además… -Shevek titubeó.
–¿Por qué no quiso venir?
–Bueno, allí tenía trabajo, aquí no. Si hubiese sabido que ella hubiera disfrutado aquí de tantas cosas, le habría pedido que viniera. Pero no se lo pedí. Hay que tener en cuenta el problema de la seguridad, sabe.
–¿La seguridad, aquí?
Él titubeó otra vez, y al fin dijo:
–También cuando regrese.
–¿Qué le sucederá? – preguntó Vea, los ojos redondos de asombro. El tren cruzaba la colina en las afueras del pueblo.
–¡Oh!, probablemente nada. Pero hay gente que me considera un traidor.
Porque trato de entablar amistad con Urras, entiende. Podrían ponerme dificultades, cuando vuelva. No quiero que ocurra, por ella y por las niñas.
Ya tuvimos un poco de eso antes de que yo saliera para aquí. Suficiente.
–¿Correrá un peligro real, quiere decir?
Shevek se agachó para oírla, pues el tren entraba en la estación con un estrépito de ruedas y vagones.
–No sé -dijo, sonriendo-. ¿Sabe que nuestros trenes son muy parecidos a éstos? Un buen diseño no requiere cambios. – La acompañó hasta un coche de primera clase. Como Vea no abría la puerta, la abrió él. Cuando ella entró, Shevek metió la cabeza observando el compartimiento-. ¡Por dentro