Los excluidos

Elfriede Jelinek · Capítulo 1 de 3

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Elfriede Jelinek

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En una noche, a finales de los años cincuenta, se produce en el parque municipal de Viena un atraco. Durante dicho suceso las siguientes personas agarran a un paseante: Rainer Maria Wikowski, su hermana gemela Anna Witkowski, Sophie Pachhofen, antes von Pachhofen, y Hans Sepp. Rainer Maria Witkowski toma su nombre de Rainer Maria Rilke. Todos tienen unos dieciocho años, salvo Hans Sepp que es dos años mayor, aunque también él carece de toda madurez. De las dos muchachas, Anna exhibe una rabia mayor y lo demuestra al aproximarse más que ninguno al asaltado.

Hace falta mucho valor para arañarle la cara a un ser que le está mirando a uno de frente (aunque no se puede ver mucho porque todo está oscuro), y más para verlo reflejado en sus pupilas. Porque los ojos son el espejo del alma que, a ser posible, debería quedar incólume. De otro modo se podría pensar que el alma se ha ido al garete. Precisamente Anna debería dejar en paz a este individuo porque tiene un carácter mejor que el de ella. Porque él es la víctima y ella la malhechora. La víctima es siempre mejor, porque es inocente. La verdad es que, en nuestros días, es todavía posible encontrar numerosos criminales inocentes. Éstos se asoman amistosamente a través de ventanas ornadas de flores para saludar, llenos de recuerdos de guerra, al público. Otros ostentan altos cargos. Y en medio de todo, geranios. Todo debería quedar definitivamente perdonado y olvidado para que todo pudiera volver a empezar.

Más tarde, una vez que se está mejor informado, se llega a saber que la víctima era apoderado en una empresa mediana y que estaba integrado en una economía doméstica ordenada hasta el último detalle, algo que Anna rechaza muy especialmente. El orden y la pulcritud van contra su naturaleza, que, tanto desde dentro como desde fuera, es todo menos pulcra…

Los jóvenes se adueñan de la cartera de este individuo y, por si esto fuera poco, le propinan una terrible paliza. Anna se ensaña con él, pensando qué suerte haber encontrado al fin dónde desahogar mi rabia, en vez de dirigirla contra sí misma, que ciertamente no sería lo más indicado. Y

además está bien que me pueda lucrar. Ojalá lleve mucho dentro (en realidad no era demasiado). Hans arremete contra él a puñetazos con sus manos endurecidas por el trabajo manual. Como hombre recurre a las modalidades más viriles de violencia: puñetazos y cabezazos malintencionados (la clásica embestida de carnero); la tristemente célebre

patada en la espinilla se la cede a Sophie, quien la practica sin cesar. Como dos émbolos de una complicada maquinaria que se adelantan alternativamente. Parecía como si no quisieras ensuciarte los dedos sino solamente los pies, le dice posteriormente Rainer abrazándola cariñosamente, pero con un grito reprimido, originado por una patada en la rótula, se apresura a alejarse de ella. A ella eso no le gusta.

Rainer, quien se considera el amigo íntimo de Sophie (por eso la había tomado en sus brazos), hurga violentamente en el traje de la víctima en busca de su cartera, no encontrándola inmediatamente (pero al final la consigue). Acto seguido le asesta un rodillazo en el estómago y el hombre, ya prácticamente fuera de combate, emite un sonido gutural y escupe una saliva viscosa. No se llegó a ver sangre porque estaban a oscuras.

Esto se define como brutalidad contra un indefenso y por consiguiente, es absolutamente innecesario, dice Sophie tirándole del pelo al abatido como si pelara a una gallina. Lo innecesario es precisamente lo mejor, contesta Rainer, quien aún tiene ganas de pelea. En eso habíamos quedado.

Lo innecesario es la regla de oro. A mí me parece aún más interesante lo necesario, argumenta Hans, quien, gustándole el dinero de manera singular, no ha apartado la vista del monedero. El dinero carece de importancia, opina Rainer, mientras escupe sobre la cartera. ¿Qué crees que lleva ahí dentro, cientos o miles?

El dinero no es nuestro lema, interviene trémulamente Sophie, que es una niña mimada y cuyos padres lo tienen a espuertas.

Bañado en sudor, Hans sigue golpeando a la víctima como una máquina desalmada, capaz de destruir el alma de los que encuentre a su alrededor. Es así precisamente como le ven los hermanos: como una máquina. A Anna esta máquina le parece bonita desde hace tiempo y supone que dentro de poco Sophie opinará lo mismo. Esto puede ser el germen de una discordia.

Los puños de Hans caen como grandes mazas y vuelven a subir únicamente para tomar nuevo impulso. ¡Ay!, gime, por lo bajo, la víctima, pero casi no le quedan fuerzas. Y también: ¡Policía! Pero nadie le oye. Esto es motivo suficiente para que Anna le dé una patada en los huevos ya que, por principio, está en contra de la policía, como desde siempre lo han estado los anarquistas. El hombre enmudece horrorizado, se encorva y se mece un rato hasta quedarse absolutamente quieto. Ya tienen el dinero.

Anna arranca al perturbado de Hans del cuerpo del apoderado y lo arrastra a la fuga. Y es que han advertido la cercanía de unos paseantes.

¿Qué hacen aquí a una hora tan tardía? Algún día les ocurrirá exactamente lo mismo.

Los estudiantes y el obrero entran silbando en la Johannesgasse y pasan por delante del conservatorio de la ciudad de Viena (donde Anna estudia piano), y desde cuyo interior emerge el sonido de instrumentos de cuerda y viento. En este momento tienen lugar los ensayos de orquesta, que siempre se celebran por la tarde para que también puedan asistir los empleados.

Ahora, lo mejor es que tiremos por la Kárntnerstrasse, jadea Sophie, para que en la masa nocturna (que siempre se agolpa allí) y en el estruendo del tráfico pasemos desapercibidos. No podemos escondernos en ninguna multitud porque, estemos donde estemos, siempre sobresalimos de la masa (Anna). No, no vamos a escondernos, sino a hacerlo abiertamente, puesta que es la única manera de declararnos partidarios del uso de la violencia indiscriminada (Rainer).

¡Qué cretino! (Hans).

Anna ya no dice nada; se ha quedado pensativa lamiendo los rastros de sudor y sangre que la víctima ha dejado en su mano derecha, la mano del delito. Al darse cuenta de ello, Rainer le dirige una mirada aprobatoria que asquea ligeramente a Sophie e impulsa a Hans a darle un golpe en los dedos. Cochina.

La rabia de Anna, que sin duda arranca del conflicto generacional, es tan grande que sería incluso capaz de romper los escaparates iluminados del esplendoroso centro comercial de Viena. En realidad querría tener todo lo que hay detrás de dichos escaparates, sólo que no le alcanza el dinero de su asignación semanal. Por eso tiene que ganárselo por otras vías. Siempre que alguna de sus compañeras de instituto estrena un vestido nuevo o una blusa blanca o unos zapatos de tacón, se retuerce de envidia. Sin embargo, comenta: cada vez que veo a esas niñitas peripuestas me entran ganas de vomitar. Esas que sólo se preocupan de sus trapitos son superficiales y, además, no tienen nada en la cabeza. Ella, en cambio, sólo lleva vaqueros sucios y jerseys de hombre que le quedan demasiado grandes, para que su actitud interior se vea reflejada hacia el exterior. El psiquiatra, al que visita por un mutismo periódico (que le sobreviene y luego desaparece sin dejar rastro), siempre le pregunta: anda, dime ¿por qué nunca te pones ropa

bonita ni te arreglas el pelo? Porque eres una muchacha atractiva y deberías asistir a una academia de baile. ¡Pero mira cómo te presentas! No es de extrañar que espantes a los chicos.

A Anna, por su parte, le espanta todo.

Igual da. Estos cuatro jóvenes depravados contrastan notablemente con el resto de la gente que, con optimismo y alegría, busca allí un esparcimiento nocturno, aunque no siempre lo encuentran por no ser esta ciudad la más indicada para ello. Por lo demás, lo característico de la juventud es el candor, aunque no para éstos. Cuando se rechaza el candor de manera consciente, ya no hay nada que hacer. No buscan diversión, porque ya la han tenido y, para que no resulte demasiado evidente, aminoran paulatinamente el paso. Rainer se cuelga de Sophie, que procura por encima de todo mantener intacto su peinado, recurriendo, una y otra vez, a las lunas de los escaparates. No parece estar afectada en lo más mínimo, y es que no lo está, o quizá no lo demuestre; es como si llevara permanentemente un par de guantes blancos. Esto puede estimular a un hombre, pero rara vez satisfacerle. Por eso mismo hay que planear tales atracos, porque Sophie no alcanza a satisfacer a nadie. Pero también existen otras razones. Podría decirse que Rainer es el cerebro del grupo, Hans, algo así como la mano de obra, Sophie una especie de mirona, y Anna, la portadora del odio universal, lo que está muy mal porque nubla la vista y obstaculiza las vías de acceso. De todos modos, Anna tiene, ya de por sí, dificultad para acceder a las cosas bonitas que casualmente pueden encontrarse, pues para ello se requiere tener dinero. Ignora que los valores interiores no se pueden comprar, precisamente porque son interiores y nadie los puede ver.

Evidentemente también querría tener algo material que sí pudiera verse, pero es incapaz de reconocerlo. Su hermano Rainer le recuerda que no debe pegar a la gente movida por el odio, sino hacerlo sin ninguna razón aparente, como fin en sí mismo. Para mí lo fundamental es pegar, ya sea con o sin odio (Anna). Me temo que no has comprendido nada, le contesta Rainer en un tono de superioridad.

Mierda (Hans). Con esta expresión malsonante y vulgar quiere dar a entender que se le ha roto la camisa. Esto va a ser motivo de bronca con la vieja. En seguida, en cualquier pasadizo oscuro, nos repartimos el dinero, le dice Anna, y así podrás comprarte una mañana mismo.

Rainer odia a sus padres, pero al mismo tiempo les teme. Le trajeron al mundo y ahora, mientras él se dedica a la poesía, le mantienen. El miedo está relacionado con el odio (Anna, que podría escribir una tesis doctoral sobre este tema); si no le tuviéramos miedo a nada, nos podríamos ahorrar el odio y pasaríamos a un estado de total indiferencia. Pero es casi preferible morir. Los pequeño-burgueses no conocen un odio semejante. Sin esos sentimientos fuertes seríamos simples objetos o, lo que es igual, estaríamos muertos y, de todos modos, nos morimos demasiado pronto. A mí me gusta el arte en todas sus manifestaciones.

Yo no odio nada, explica Sophie, porque en mi vida no hay nada digno de odio. El único sentimiento del que dispones es tu amor hacia mí, replica Rainer. Si, de mutuo acuerdo, le metiéramos el dedo en el ojo a una víctima, eso nos uniría mucho más que el matrimonio. En cualquier caso estamos en contra de él. Ahora tengo que irme, contesta Sophie, que siempre parece tener que acudir a alguna cita importante.

Ahora que necesitaba explicarlo todo no puedes dejarme solo, se queja Rainer. Todavía hay dos personas que te pueden escuchar, le contesta Sophie con frialdad, yo tengo que ir a casa. ¿Y tu parte? Ya me la darás mañana en el instituto. Al oír esto, Hans extiende una garra ávida de dinero.

Un hilito de baba que le cuelga de una de las comisuras de la boca denota una ligera codicia. Sí, sí, en seguida, le replica Rainer.

Te sienta bien dar palizas, dice Anna, mientras acaricia los bíceps del joven obrero como jamás le habría acariciado su madre, porque para empezar a ésta nunca se le habría ocurrido hacerlo. En este movimiento se advierte una ambigüedad más sutil de lo que en un principio pudiera suponerse. Me gustas un montón (Anna a Hans). Bueno, hasta luego (Hans a Rainer y Anna). Hasta mañana.

Mientras la tensión cede, los gemelos vuelven a su casa que está situada en el distrito octavo, un barrio pequeño-burgués donde viven, sobre todo, empleados y pensionistas. Los dos hermanos también pertenecen a esta pequeña burguesía, como pertenecen las pepitas al melón. Ahí se sienten a gusto; como en su casa, una casa de alquiler cuyas escaleras mal alumbradas remontan, evitando rozar las paredes por la miseria que exhalan. Han llegado a la cumbre, que es el cuarto piso. Final de recorrido.

En el momento de llegar a su inhóspita casa les sobrecoge el abatimiento.

Abren la puerta, dejan atrás la tensión y habiéndose reincorporado a la vida cotidiana, la vuelven a cerrar.

Esta es la casa y también están los padres. Tanto antes como después de los atracos reina una tranquilidad uniforme. Los niños han pasado de manera imperceptible del papel de niño al de adulto, que tiene obligaciones.

Pero ninguno de los dos cumple con sus obligaciones.

Alrededor de la vieja casa destartalada crece la antigua ciudad imperial, formada por mediocres casas de categoría ínfima. Gente fea, inaparente, a veces viejos, deambulara por su interior llevando, en un continuo ir y venir, sus cubos y jarras a los fregaderos y wateres situados en los pasillos. Esto origina un constante trajín sin productividad alguna.

De allí alguna vez surge un genio que encuentra alimento en la indigencia y cuyas fronteras las marca la locura. De la indigencia pretende salir a toda costa, de la locura no siempre logra evadirse. Los Witkowski ignoran que en medio de su podredumbre evoluciona un genio: Rainer. Ha logrado salir hasta la cintura de la miseria familiar y pretende sacar una pierna para apoyarla a modo de prueba, pero se hunde una y otra vez, como un rinoceronte atrapado en el fango. En cierta ocasión, vio esta imagen en un documental titulado «El desierto vive». En todo caso, la cabeza en la que habita el temible gusano de su talento literario, ha alcanzado las nubes y desde ahí observa un mar de viejos calzoncillos raídos, muebles desechados, periódicos hechos jirones, libros desencuadernados, cartones de detergente apilados, cazos con sobras con moho y cazos con sobras sin moho, tazas de té con una costra indefinible, migajas de pan, trozos de lápiz, residuos de goma de borrar, crucigramas resueltos y calcetines sudados…, adentrándose así involuntariamente en el reino del arte, el único reino al que se puede acceder si se es afortunado.

Pero todavía hoy Rainer y Anna siguen yendo al instituto, al que irán hasta superar la prueba de madurez.

De la guerra el señor Witkowski volvió con una pierna amputada, pero erguido; entonces era más que ahora: estaba ileso, tenía dos piernas y pertenecía a las SS. La firmeza que demostró tener en la elección de su profesión, ahora la pone de manifiesto en la dedicación sin límites a su hobby la fotografía artística. Sus enemigos de entonces se desvanecieron por las chimeneas y crematorios de Auschwitz y Treblinka o cubrieron tierras eslavas. Las mezquinas barreras morales que fueron impuestas a

Alemania las franquea el padre de Rainer diariamente mientras fotografía.

Estas barreras las conoce en su vida privada únicamente el pequeño-burgués, la fotografía las encuentra en la vestimenta, pero Witkowski padre hace saltar las limitaciones de vestimenta y moral. La madre comprendió rápidamente de quién había heredado Rainer el prurito artístico: del padre.

El padre tenía una visión perfeccionista de su hobby. ¡Quítate la ropa Margarethe, vamos a hacer unos desnudos! ¿Desnudarse otra vez? Siempre se te ocurre justo cuando estoy limpiando la casa. ¿Quién sino yo mantiene a esta familia?, pregunta el señor Witkowski, que soy pensionista de día y portero de noche. Después de mi lesión, lo único que me alegra la vida es mi hobby, la pornofotografía. Para la gente madura no existe la pornografía, sólo para aquellos que tienen que ser manipulados y puesto que mis hijos no me secundan en mis aficiones, tendrás que hacerlo tú, Margarethe. Y ahora, rápido que la máquina está esperando a ser disparada.

¿No me puedes fotografiar vestida como lo hacen otras personas? No, eso puede hacerlo cualquier fotógrafo de pacotilla. Además yo le saco partido doble a las fotos, primero cuando las hago y luego cuando las someto a juicio crítico. Los pasos intermedios de revelado y ampliación también me divierten. En el arte siempre hay que pensar en el resultado final. También entra en la foto tu autodominio. Él talento de un artista se ve, entre otras cosas, en el fondo llameante de sus ojos.

Entonces, manos a la obra: un ama de casa, que se está arreglando en la cocina, es sorprendida por un extraño. Intenta cubrirse pero a su alcance sólo encuentra objetos inapropiados, por ejemplo, un trapo de cocina. Este no le tapa, gracias a Dios, ni lo más importante. Y lo importante es lo que interesa. Como además la mujer es algo patosa, se tapa lo que no tiene que taparse, dejando al descubierto lo otro. Vamos Margarethe, tú puedes.

Pero imbécil, ahora te has dejado en la sombra lo más importante, el cono. ¡Si lo estoy haciendo igual que la última vez! Eso es lo que está mal tienes que hacerlo cada vez de otra manera para que se produzca un efecto artístico original. Tú déjalo en mis manos, ¿quién es aquí el especialista?

Tú, Otto. Bueno, pues entonces.

La madre, que había conocido días mejores (como esposa de un oficial de las SS) ahora convertida en la mujer de un artista, se esfuerza enormemente en lograr la perfección pero no hace más que empeorarlo todo.

Tienes que adoptar una expresión de miedo. Vencer obstáculos siempre es excitante. En la guerra yo tuve que vencer muchos y liquidar a mucha gente yo sólito. Hoy me tengo que fastidiar con mi pierna, pero en aquellos tiempos las mujeres se me tiraban al cuello por el encanto del uniforme.

¡Era tan elegante! Todavía recuerdo que en ciertos pueblos polacos la sangre nos calaba las botas. Adelante la cadera, idiota, ¿dónde has vuelto a poner la almeja? Ahí la tienes.

La madre tararea una melancólica canción de Koschat acerca de un banco de abedul. Está pensando en un campo de trigo y en un paseo al aire libre, cosas que difícilmente se le pueden insinuar a un cojo, ya de entrada porque puede destrozarle a uno la disposición de ánimo. El padre piensa en el campo del honor en el que no ha sabido mantenerse y para contrarrestarlo se ocupa de la educación familiar, para que la cerda de su mujer no se la pegue con hombres sanos. No se la puede vigilar constantemente, y ¿qué es lo que hace cuando va a la tienda del panadero?

La señora Witkowski dice que de vez en cuando es necesario respirar aire puro. Aire puro te voy a dar yo a ti, contesta el señor Witkowski mientras le lanza un objeto contundente contra el hombro que la hace estremecer. Me va a salir otro cardenal. Cállate, puta. Tampoco exijo tanto.

¡A que te doy con las muletas! Antiguamente me hubiera abalanzado contra ti, cosa que ahora ya no puedo hacer porque un cojo no puede abalanzarse sobre nadie (le costaría demasiado trabajo volver a levantarse). Es como el pez, que a pesar de no tener columna vertebral, nada con gracia y elegancia.

Por eso soy un excelente fotógrafo. ¡Y ahora espatárrate!

Mi ojo clínico acaba de advertir que no te has lavado el pelo como te lo ordené. Tengo que lograr una calidad sedosa, no de estropajo desgreñado.

Llevas mucho tiempo obstaculizando el camino de realización personal que he encontrado en la fotografía de desnudos. Me gustaría romperte el cráneo cada vez que te resistes a acompañarme en mis excursiones al reino de la fotografía. Pero si yo no me resisto, Otto.

En primer lugar, Anna desprecia a las personas que tienen casa propia, coche y familia y, en segundo lugar, a todos los demás. Está siempre a punto de estallar de rabia. Un estanque totalmente rojo. Un estanque lleno de mutismo que le habla ininterrumpidamente. No se parece en nada a una muchacha normal que lleve una permanente o una graciosa coleta o que vaya a una tienda de discos para deleitarse con una canción de moda al

tiempo que acompaña el ritmo con los pies. Todos menos ella parecen deslizarse sobre una placa de hielo lisa y sin límites, y Anna los va empujando alternativamente hacia el mismísimo borde, que no se puede ver, pero que ella espera que exista para poder tirar a todos a las heladas y mortíferas aguas. Los temas que toca con su hermano son filosóficos o literarios; pero lo que a ella le brota de dentro es el lenguaje de los sonidos que le arranca al piano.

En cierta ocasión, durante un viaje de estudios, las muchachas hicieron una foto en la que salían besando un retrato de Peter Kraus que la revista Bravo había publicado en una página doble. Ocho caras sonrientes mirando a la cámara mientras abocinaban las boquitas. La única que no participó fue Anna y todas se burlaron de ella. Pero la auténtica burla vino después, cuando una de las chicas se le acerca y dice: oye, Anna, ahí en esa rocola hay discos de Bach. ¿Si te apetece?… Y la ingenua de Anna, atontada por el sol, eclipsada por sus estudios de música y convertida en un ser asocial por una madre demente, se dirige hasta allí para poder disfrutar de la música que adora y que nadie entiende excepto ella y que incluso sabe interpretar. ¿Pero qué es lo que sale de la rocola? Un agitadísimo tema de Elvis, el Tuttifrutti, que Anna rechaza desde el punto de vista cultural. Las jóvenes se revuelcan por los suelos del hostal. La tonta de su compañera se ha creído que una rocola puede emitir melodías de Bach y no la música que ama la juventud.

Anna es una estudiante tan extravagante que dedica sus ratos de ocio a estudiar piano.

Lo de Anna es más bien limpiar caminos como lo hace un camión cisterna, lo de Rainer más bien una escalera formada por seres humanos, desde cuyo último peldaño y alumbrado por un foco, el joven autor lee una poesía propia destinada a envolver al hombre en una aureola mítica.

Aparte de la literatura, que cualquiera que sepa hablar puede dominar por igual -aunque también existen personas que se la apropian por carecer de otros métodos para evadirse de su entorno- Rainer no descolla en nada.

Pero la literatura llena mucho y esto le satisface.

Si por casualidad alguien invita a los gemelos a una fiesta elegante, éstos declinan rápidamente el ofrecimiento. No nos mezclamos con ese tipo de gente, porque su manera de entender la diversión es estúpida y carente de sentido. Pero esto sólo lo dicen porque no saben bailar y porque no

soportan que alguien les pueda llevar la delantera en algo. La renuncia resulta más difícil en la juventud que en la madurez porque se ha practicado durante menos tiempo.

Rainer dice que también se puede uno adueñar de una persona. En primer lugar, hay que saber más que ella para que le reconozca a uno como autoridad, por ejemplo, Hans, el joven obrero que conocieron en el club de jazz. Rainer va a enseñarle todo para convertirlo en una mera herramienta sin voluntad; esto es más difícil que deformar un texto literario, puesto que el hombre puede mostrar resistencias sorprendentes. Es un trabajo cansino, pero supone un reto.

El arte es flexible y extremadamente paciente. Los hombres son a menudo obstinados, aunque receptivos a ciertas explicaciones. Presumen saberlo todo, pero el que realmente sabe todo es Rainer.

Sus compañeros de instituto son un rebaño gris, ignorante e inmaduro.

Comentan lo que durante el fin de semana han hecho con las chicas, en el sótano, convertido en sala de fiesta, de la casa paterna, o en el comodísimo cuarto de la casa de Hietzinger, o en el bosque mientras buscaban setas o en los vestuarios de la piscina. Las muchachas cuentan lo que se han dejado hacer y lo que se han negado a hacer y la manera en que se les rogaba. Pero no han cedido porque quieren mantener su virginidad. Oye, Rainer, ¿nunca has estado con una chica? Menos mal que para las cuestiones íntimas no le llaman «señor profesor» como suelen hacer. Rainer empieza a explicar que la lujuria es una especie de éxtasis (????). Como sabéis, durante el éxtasis la conciencia se limita únicamente al cuerpo y es, por consiguiente, una conciencia reflexiva de la corporeidad. Así, como el dolor corporal, también en el placer existe un mecanismo reflejo que se encarga de vigilar intensamente las apetencias (¿quééééé?, ¡no entiendo una palabra!).

Anna argumenta que el placer simboliza la muerte del deseo porque representa, simultáneamente, su apogeo, su meta y su fin. Uno busca un placer que carece totalmente de sentido. La clase da por terminada la representación, arguyendo que ni el señor profesor ni la señora profesora saben de lo que están hablando, porque nunca han tenido en la mano ni un coño ni una polla.

Sophie Pachhofen sale como una gacela del aula, que huele a tiza, y busca en su monedero con qué comprar el habitual panecillo y la coca-cola para el recreo. Anna esconde con envidia la enorme rebanada con manteca

que la madre le ha preparado con todo su amor. Anna es su ojito derecho (es mujer como ella). Su hermano, en cambio, es el predilecto del padre. Rainer acusa su amor por Sophie como un golpe seco en la nuca. A esta muchacha, a quien adora en secreto, le dice: observando, la conciencia pierde de vista la materialización del otro, y se satura de la propia porque ésta se convierte en la razón última. Ahora ya lo sabes, Sophie, tenemos que actuar en consecuencia.

Rainer se clava las uñas en la palma de la mano. Desea ardientemente a Sophie que también le desea a él, sólo que no lo reconoce.

Rainer explica a Sophie que él es el depredador y ella su presa. Sophie contesta que no entiende lo que le quiere decir. ¿Quieres venir un día de estos a jugar al tenis? Rainer dice que él sólo juega en su terreno. Sophie le esquiva con la mirada. Rainer le dice que tenga en cuenta que el deseo de amar se transforma en deseo de ser amado. Y que quiere ver florecer su cuerpo hasta sentir repugnancia. ¿Habrá percibido esto alguna vez Sophie?

En caso negativo él le enseñará el camino.

Sophie sale.

Estoy asqueada de todo, hoy muy especialmente, dice Anna.

Cuando Sophie vuelva de la panadería Rainer le va a exigir que le dé su panecillo de salami. Será una cuestión de voluntad. Ahí vuelve Sophie y, a modo de prueba, Rainer le coloca los dedos sobe la carótida con un gesto brutal. ¿Estás loco o qué? En el cuello tenemos muchos nervios que pueden dañarse aún involuntariamente. De involuntario nada, dice Rainer. Esto lo he visto en una película francesa.

¡No vas a matar a la gente sólo porque lo hayas visto en una película!

Quién sabe de lo que soy capaz, contesta Rainer. Sólo sé que soy capaz de las cosas más espantosas y que tengo que reprimirme para no llevarlas a cabo.

Mientras tanto Anna no le quita ojo a un panecillo a medio empezar que ha quedado desatentido. A ti también te he traído uno, de cebolla y pescado, le dice Sophie, como a ti te gusta. ¡Qué bien!

Después de haber engullido una mitad, Anna se va rápidamente al water para meterse los dedos en la boca. Y vuelven a salir, sólo que en orden inverso, el pescado y la cebolla, ¡qué asco! Anna examina la vomitona con interés y tira de la cadena. Tiene la sensación de ser una mierda total y no es

de extrañar porque va arrastrando la mierda desde su propia casa como un imán.

En cierta ocasión, cuando todavía era una niña, observó a su madre en la bañera. Esta, contraviniendo sus costumbres habituales de baño, llevaba unas bragas blancas que en el agua se inflaban como una vela. Tenían manchas rojas. Algo repugnante. Un cuerpo semejante puede ser un atributo ruinoso para un individuo pero en todo caso no es lo fundamental. Aunque hay muchas cosas con qué llenar un cuerpo o adornarlo. Siempre que Anna ve algo blanco le entran ganas de mancharlo.

Anna piensa de manera constante y compulsiva en todo lo desagradable que le atraviesa el cerebro unilateralmente. La barrera levadiza siempre se levanta en la misma dirección. Todo entra pero nada vuelve a salir; lo desagradable se le agolpa en el cerebro y la salida de emergencia está atrancada. Por ejemplo, el recuerdo humillante de hace unos años, cuando unas madres se quejaron de ella a la junta del colegio, porque transformaba su sexualidad en chistes verdes (por cierto que también Rainer la exterioriza oralmente). Se supone que con ello contribuyó a enturbiar el alma infantil de varios de sus compañeros de colegio. Fue entonces cuando empezaron sus problemas de habla; la lengua decía cada vez con mayor frecuencia: no, hoy no trabajo.

En este instante Anna se dedica a hacer manchas. Le encantaría ver manchas en la superficie de Sophie, pero está hecha del mejor material repelente. Un material que rechaza la suciedad.

Otro ejemplo. Anna tiene catorce años. Está sentada en el suelo, desnuda y con las piernas separadas, intentando desvirgarse con la ayuda de un espejo y una cuchilla; quiere deshacerse de un pellejito que le aseguran que tiene ahí abajo. No tiene conocimientos anatómicos y se pega un tajo en el perineo que sangra abundantemente.

Nada más salir del water maloliente del instituto, Sophie la envuelve y la sepulta bajo una aureola nívea. Sophie -el alud. ¿Te pasas esta tarde por mi casa? De acuerdo. Anna bombea con fuerza y perseverancia pero no sale ni sangre (como entonces), ni tinta, ni zumo de frambuesa, ni vómito.

Sophie pasa a su lado con ligereza y sale al exterior, a la claridad con la que se confunde, y desaparece sin dejar huella.

El padre de Hans Sepp pertenecía al movimiento obrero y fue asesinado en los Peldaños de la Muerte en Mauthausen. Como si nunca hubiera sido

testigo de tales cosas, la intensa luz del sol poniente se rompe en las ventanas de la Kochgasse, con más fuerza que la que el mismo sol irradia.

Hay que cerrar los ojos ante la deslumbrante vehemencia de la naturaleza.

Y los vecinos ya están acostumbrados a cerrarlos ante las cosas.

En la acera de enfrente hay un pequeño comercio de útiles de costura y punto. Los hilos y lanas están desplegados sobre pequeños tapetes hechos a ganchillo, las agujas en el interior de la tienda. Afectado por las cosas cotidianas, Hans entra en la vivienda municipal donde habita con su madre.

Con intransigencia mira a dos mujeres -una señora mayor y su hija (ambas en batas de trabajo negras)- que atienden a señoras que trabajan en casa.

También la madre de Hans trabaja en casa. En su hogar descuidado, se dedica a poner direcciones en sobres. Evidentemente lo hace por dinero.

Asimismo las patatas, naranjas y plátanos de la frutería tienen, de por sí, algo natural. Seguro que Anna y Rainer compararían estos objetos con algún tópico extraído del artificioso y logrado arte poético, piensa Hans con arrogancia. Yo estoy más cerca de la naturaleza, vivo según el ritmo del tiempo. Dejo que entre en mí y que salga de mí.

En la Laudongasse, a la altura de la parada del autobús situada junto a la panadería, el 5 chirría entrecortadamente. Todavía no estoy corrompido por el arte y la literatura, piensa Hans.

Su madre también observa los reflejos del sol que se oculta. En cuerpo y alma se le representa la socialdemocracia que tantas veces la ha defraudado.

Si se repite una vez más, tendrá que probar con los comunistas. ¿Hans, de dónde has sacado ese jersey? Esta lana (cachemira) está por encima de nuestras posibilidades. La madre prende fuego a una hebra y por el olor reconoce que se trata de lana auténtica. Hans, que acaba de volver a casa de la Unión Elin, donde ha aprendido el oficio de instalador eléctrico de alta tensión, le aclara que se lo ha regalado Sophie, una amiga suya cuyos padres son ricos. Además, él es el hombre y ella la mujer. Y él se va a encargar de que las cosas no cambien. Si sigues así te convertirás, sin darte cuenta, en un traidor de la causa proletaria, le dice la madre. Hans entra en la cocina -el único rincón caliente de la casa- para tomar un vaso de leche que le ayude a seguir practicando deportes. Él duerme en una alcoba mínima, la madre en el gélido cuarto de estar. Abajo la clase trabajadora, arriba el rock and roll. Es la clase a la que perteneces. Espero que no por mucho tiempo, quiero ser profesor de gimnasia y quizá algo más.

En este preciso instante, una nueva horda de trabajadores sale del 5 y se cuela por las angostas callejuelas laterales. De golpe han vuelto a la vida las pestilentes escaleras de las viviendas. Las amas de casa se precipitan a la puerta principal para recibir a los maridos que las mantienen y desembarazarles de sus viejos maletines, tarteras y termos; los que tienen algo más, de sus carteras y periódicos, restos de trucha de empleado, papeles grasientos, etc. E inmediatamente les calzan unos calcetines caseros raídos, que hace no mucho llevaban para ir al trabajo. Ya se sabe lo que es ahorrar, aunque no todo el mundo tenga que hacerlo. No siempre se puede comprar algo nuevo si lo viejo todavía aguanta. Los primeros niños en ser abofeteados elevan el tono de sus voces Cascadas. Karl hoy ya no baja más, no, de ninguna manera. En el parque Beserl, a la vuelta de la esquina, los perros husmean despreocupadamente por la hierba y se cagan por doquier.

Los inválidos de guerra, que en otros tiempos animaron las calles, los observan con interés y recuerdan la época que pasaron en el extranjero, en calidad de enemigos, cuando todavía eran algo que ya no son. Hacen restallar las correas contra el suelo, lo cual no parece molestar a los perritos.

Nadie obedece a los ex soldados, que tampoco tienen ya a quien obedecer.

Se ha perdido la autoridad.

Hans se zampa varias rebanadas de pan untadas con margarina y observa su tupé en un pequeño espejo de afeitar que, al parecer, perteneció al padre asesinado. No empieces otra vez con tus historias sobre los campos de concentración, estoy harto de oírlas.

Al otro lado, la propietaria del almacén de útiles de costura y punto, ha dejado la persiana a medio bajar. Dentro una cliente se inclina sobre una muestra de bordado. La era de los bordados para colgar en la pared acababa de empezar y pronto llegaría a su apogeo. Nada más haber adquirido lo imprescindible, el hombre empieza a pensar en lo innecesario. En lo necesario es preferible no ponerse a pensar. Cuando ya nada fluye, el encanto de la vida radica en lo superfluo. Por lo demás, lo cotidiano es gris.

Hace cuatro semanas que no asistes a las reuniones del grupo. Y ahora precisamente te necesitan para pegar carteles (la madre a Hans). Vete a la mierda (Hans a su madre). Acto seguido la madre le cita unos fragmentos extraídos de un libro.

La situación de los trabajadores era considerablemente peor en los años cincuenta que durante la grave crisis económica del año 1937. Esta época se

inscribe dentro de los mal afamados años de la posguerra. La productividad aumentó, lo cual supuso un recrudecimiento de la explotación, mientras que los alimentos básicos sufrieron fuertes restricciones. En el momento en que discurre la acción a todos les va mucho mejor. El milagro económico (una expresión alemana, que en numerosas películas se tradujo en la aparición de consolas y bares domésticos, y en que muchas rubias gordas realzaran sus enormes pechos con armazones de alambre), puede hacer su entrada sin ningún obstáculo. Se le acoge con gritos de bienvenida. No obstante, existe gente en cuyas casas no entra nada y mucho menos un milagro. Siempre que abren la puerta no entra más que el frío de afuera. Y la señora Sepp pertenece a este grupo de personas menos afortunadas.

Mientras extenúa a su hijo con el tantas veces reiterado año 1950, en el que enterró sus penúltimas esperanzas (el tema esencial de hoy: los escoltas borrachos de Olah que irrumpen, a golpes y porrazos, en la fábrica para obligar a los huelguistas a que retomen sus puestos de trabajo; Olah es senador del partido socialista austriaco y el jefe de la tropa de esquiroles, y así sucesivamente, y bla, bla, bla), se le escapa que, desde hace un tiempo y en sentido proporcionalmente inverso, su hijo alberga esperanzas engañosas que él considera realistas. Hans es joven y fuerte y confía en sus puños de la misma manera en que los funcionarios socialdemócratas, Probst, Koci y Wrba confiaron en los suyos cuando aplastaron a los huelguistas. Hans ha comprendido que no hay que hacerse funcionario de un determinado partido de obreros para pisotear a alguien.

Se puede hacer por la vía directa y, sobre todo, hacerlo para uno mismo.

De esta manera empieza a formarse un patrimonio que en algún momento puede acrecentarse. Se encienden las primeras farolas al ser inyectadas de electricidad. La corriente la ha descubierto Hans y no Dios. Siempre te ha gustado tu trabajo, le recuerda su madre. Los hay mejores e incluso los conozco, replica Hans acalorado.

¿Y para esto ha muerto tu padre? Si por mí hubiera sido, no tendría que haberse muerto, me importa un bledo (Hans). Imagínate que fuéramos uno más. No nos podríamos ni mover. Pero Hans, hay gente que dispone de más espacio del que necesita. «En el Helenental hay un banquito» y en el barrio de Wien-Hietzing están las grandes mansiones patricias donde.vive la familia de Sophie. Con ternura dobla el costoso jersey de cachemira y se pone el remendado chaleco de su infancia. Conserva algo para más adelante

(cosa que hay que aprender a tiempo porque cuando se es joven existe un después, pero cuando se es viejo ya no), y seguirá ahorrando para tiempos difíciles, con la esperanza de que éstos nunca lleguen.

Como acatando una orden, se desencadenan en el edificio los preparativos para la cena. Olores repelentes y agradables recorren las escaleras y se aposentan en las grietas de las paredes, donde con asiduidad encuentran a viejos contertulios: coles y berzas, patatas y judías. La segunda tanda de niños abofeteados llora detrás de las puertas. El papá agotado tiene los nervios a flor de piel. ¡Chsss!, silencio, si no el sistema nervioso se va a hundir por completo. Hans tiene una visión de porcelanas brillantes y cuberterías de plata y una total moderación en palabras y actos.

No equivocarse en tono y postura propios porque es mejor meter la mano en bolsillos ajenos. Hans tiene un ideal porque es un adolescente, y la adolescencia y los ideales se complementan. Como consecuencia de ello surgen propósitos en los que desempeña un papel capital el amor, que siempre es desinteresado y por tanto sólo se puede tomar de él lo que espontáneamente ofrece.

Hans comenta que Rainer ha dicho que en la naturaleza el fuerte destruye al débil. Es evidente a cuál de los dos grupos me gustaría pertenecer. ¿Quién es ese Rainer? (la recelosa pregunta materna). Me sacas de quicio con tus estúpidas preguntas, replica su hijo con insolencia y se larga sin haber comido decentemente, que es otra de las necesidades de la juventud. Como tantas otras veces, el menú de hoy es gulasch con patatas.

La madre está parada en el cuarto sombrío. Le duele la espalda de tanto escribir. Le rodea un mobiliario lúgubre que es señal de que no ha sabido apañárselas. Y eso es culpa de ella. Todos los culpables son malhechores y todos los malhechores son culpables. Otra cuestión que le preocupa y que le calienta la cabeza es la de los hombres que fueron asesinados, ahorcados, gaseados, fusilados y a los que se les arrancó los dientes de oro. Adiós Hans, descansa en paz. (Así se llamaba su marido y también se llama así su hijo.) Su Hans, que ya no es un niño sino un adulto, abandona en este instante la casa. Qué pena que papá no le haya visto crecer. El caso es que le importaban más los desconocidos que la propia familia. Ahora es mamá la que se encarga de todo. Con frecuencia uno puede leer que para un chico es problemático crecer sin un padre, para una chica no tanto. Como esto lo afirman personas más inteligentes que la madre de Hans, tendrá que ser

cierto. Pero el sol no hace causa común y se oculta definitivamente. En la Kochgasse sólo perduran los círculos luminosos que las lámparas proyectan desde el interior de las viviendas. Esto no quiere decir que aquello que no se ve no exista. A no ser que el pasado se perdone y se olvide seguirá existiendo. Y sigue existiendo y en él se desarrollan muchos destinos, aunque rara vez sean interesantes. Para escapar de esto, Hans se acaba de forjar un destino más interesante y en él se abre camino.

El otoño siempre se ha sentido culpable, sobre todo cuando incide en una persona joven. Los viejos piensan en la muerte continuamente, los jóvenes sólo en otoño cuando se inicia la total decadencia de la fauna y de la flora. Rainer dice que en las noches de otoño despliega las alas de su propio encanto. «Luego gatos sangrando encadenados se lamen el grito de desván del pellejo lastimado.» Esto es una poesía. Cuando Rainer piensa en la marchitez otoñal la asocia involuntariamente con las mujeres, como por ejemplo con su madre, que se está marchitando a pasos agigantados. La mujer siempre quiere tener algo dentro de sí, o si no dar a luz a un hijo que salga de ella. Esta es la imagen que Rainer tiene de las mujeres. En su poesía sobre el otoño Rainer dice que apesta excesivamente a luz. Es decir, no se ha acabado del todo, pero casi. El padre está todavía de buen ver, pero la madre ya no. La madre quiere más a su hermana que a él. Dice que a ella le hace más falta porque corre más peligro desde el punto de vista espiritual. Por el contrario, el padre le quiere más a él porque es el primogénito y porque perpetúa el apellido.

Con ayuda de unos sentidos prescindibles para la creación poética, Rainer está atento al teléfono que sin esfuerzo alguno le traerá a Sophie a casa. Cuando se le pregunta si está esperando algo, contesta que no, ¿qué voy a estar esperando?, pero en realidad está esperando oír la voz amada, cosa que sólo se produce de vez en cuando. Uno no debe dar el primer paso por aquello del amor propio. ¿Por qué no le llegará esa voz a través de ondas etéreas, como lo hace el estúpido programa de radio de peticiones del oyente, destinado a que gente tonta felicite a gente más tonta todavía en la insípida ocasión de su santo o cumpleaños? Más les hubiera valido no haber nacido; el hecho de que vivan o no vivan resulta absolutamente indiferente.

Sophie piensa poco en el amor, y algo más en el deporte. Una muchacha deportista como ella tiene otras cosas en qué pensar.

En Rainer se esconde demasiada fealdad. Esto supone una enorme carga para un niño y para un adolescente es difícil poder librarse luego de ella. El niño presenció con demasiada frecuencia cómo, bajo las palizas del padre, la madre -semejante al esqueleto de un caballo viejo- se doblaba formando una enorme V. Para ello, la mayoría de las veces se empleaban unas viejas zapatillas de andar por casa, que después del uso recibido podían tirarse.

Parece ser que las palizas empezaron el mismo día en que se perdió la guerra mundial. Antes de esa fecha, el padre pegaba a desconocidos de la más variada condición. Ahora sólo pega a la madre y a los hijos. También se tiene constancia de que empujó a varias personas a terrenos pantanosos, donde no tardaron en morir. Tuvo menos suerte que otros que hicieron exactamente lo mismo y que a diferencia de él, pudieron rehacerse. Así es el destino y es individual. Porque también en los antiguos grupos de élite hubo fracasados, como su padre, que siempre serán unos mierdas. La élite desapareció y sólo quedó ese despojo humano. En su trabajo es honesto y no tiene de qué avergonzarse, dice él. Ha probado ya muchos trabajos, pero, por el momento, ha fracasado en todos. Fue a Francia a encargarse de un producto francés cuya publicidad se hacía con ayuda de globos. No obstante, delegaron la responsabilidad en otro que consideraron más inteligente. Había vuelto a perder una oportunidad. Mientras tanto el padre se va encogiendo por razones naturales de edad.

La madre le dice que la educación de sus hijos es lo más importante de todo, que es una obligación. Y cumple con ella a través de un instinto. El padre opina más bien que ya va siendo hora de que se pongan a ganar dinero, afirmación que asusta bastante a los gemelos. Piensan que no se les puede exigir eso.

Desde los rincones de la habitación la amenazante pobreza, en la que viven desde hace tiempo, les mira amistosamente guiñándoles un ojo. Los vaqueros de los gemelos, tantas veces remendados y parcheados, hacen surcos en el mar de batracios del suelo. La madre limpia casas ajenas, por eso nunca llega a limpiar la propia. En esas extrañas casas también habrá hombres extraños y esta es la razón por la que el padre se pone a gritar como buey que fuera asado vivo. Para la madre no hay cuidados ni parches, se la golpea y pisotea continuamente. Además, tampoco ella proporciona ese cierto bienestar que se desprende de un hogar cuando en él reina un ama

de casa. Y de eso debería encargarse ella. El ex oficial está para todo menos para proporcionar bienestar. Destruye la placidez en todas sus formas.

En su círculo de amistades, que es restringido, el padre pasa por un hombre excéntrico que profiere rarezas y no deja que le ofrezcan nada porque, como él mismo reconoce, no come de pucheros ajenos.

El padre piensa muchas veces en los esqueletos oscuros de la gente a la que mataba, convirtiendo la nieve intacta y blanca de Polonia en una nieve profana y ensangrentada. Pero la nieve siempre vuelve y entretanto se han borrado las huellas de los desaparecidos.

Por otro lado, la madre intenta enseñar a sus hijos humanidad; esa es la tarea materna. Pero pronto tendrá que darse por vencida porque sus hijos quieren ser inhumanos y, además, aparentarlo. Todo lo que se hace es en vano y además asqueroso. Sin que pueda uno remediarlo, todo le produce a uno asco: papeles arrugados, colillas viejas tiradas en el suelo, cortezas de queso, pellejos de salchicha, manchas de café, pero, sobre todo, el corazón de la manzana y las pepitas de la naranja. Son lo peor. No se las aparta porque es agradable que a uno se le revuelvan las tripas. La casa está llena de rincones abarrotados y de nichos en los que se acumulan desperdicios. El pequeño-burgués siempre tiene algo que esconder; para eso están los rincones. En casa de los Witkowski se puede ver todo lo que un pequeño-burgués suele esconder, porque nunca tiran nada. Delante de estos rincones se para el burgués, dispuesto en todo momento a retirarse fulminantemente para hacer porquerías sin ser visto.

Los gemelos están por encima de la desgracia porque se han liberado de todo y hacen lo que quieren. Rainer dice que, de una manera o de otra, todos los hombres están determinados, pero yo no, porque por obra de mi voluntad soy superior a ellos. Por otra parte, el individuo es libre siempre que quiera serlo. Rainer acepta con benevolencia esa libertad que acaba de presentarle sus credenciales. Hay en él un heroísmo solitario. Solitario porque nadie lo advierte y hasta el heroísmo más evidente pierde su valor si pasa inadvertido. En cualquier caso, cuando está a solas frente al espejo, Rainer logra mirarse a la cara.

A veces, un día cualquiera, el padre elige caprichosamente a uno de sus hijos para darle una paliza. Porque no hacen lo que él quiere. El niño desamparado empieza a bracear mientras que su esencia infantil emerge del cuerpo, situándose por encima de éste, para tener una mejor visión de los

crueles acontecimientos. Anna y Rainer se acostumbraron a esto desde niños y ahora creen que siguen ahí, en lo alto, y que pueden mirar a la gente de arriba abajo. Corporalmente se desarrollan con dificultad y lentitud, pero siguen conservando el gusto por todo lo elevado. En las cabezas se les amasa algo que luego produce una explosión anaranjada.

Ha llegado el gran momento. Los gemelos han aventajado al padre en conocimientos. Sin embargo, el padre sigue pensando que sabe más que sus hijos; esto lo trae consigo la edad. Es cuestión de experiencia. En esta nueva era la libertad no radica en el trabajo, sino en los conocimientos. No queremos trabajar y menos aún con las manos, eso de ninguna manera. Esos jóvenes, a los que sólo les gusta bailar y escuchar jazz, son demasiado inmaduros para manejar su libertad y muchas veces hay que volver a privarles de ella.

La madre viene de mejor familia, pero de esto hace mucho. Fue profesora. Las dos mitades del matrimonio se encontraron, por descuido, en el suelo. Anna y Rainer odian a sus padres porque la juventud es precipitada y carece de compromisos. Muchas veces atentan contra el odiado padre, imitando cada uno de sus movimientos con asco, arrancándole las muletas de las manos, poniéndole la zancadilla (aunque sólo tiene una pierna), escupiendo en su comida y no llevándole lo que pide. Son ganas de joder, grita el avejentado padre. Pero nunca sabe si lo hacen a propósito o no. A pesar de todo, sigue pagando el instituto para poder decir que continúan frecuentándolo. Es evidente que de esta manera se pierden ciertos valores: la autoridad y la potestad paternas.

Pero todavía se tiene una mujer y madre con la que uno se puede desquitar. Se le dice que su cuerpo se parece cada vez más a un pedazo de queso en estado de putrefacción, o se le cambia el dinero de la compra de la habitual jarra de porcelana a otro sitio, culpándola de haberlo malgastado en sí misma. Hoy, por ejemplo, se ha producido esta situación: la madre busca consuelo en sus hijos. Él, maliciosamente, acaba de hacer trizas el delantal nuevo que se había hecho con el retal de flores rebajado y que había cosido con sus propias manos con la máquina de coser comprada a plazos. Sin tener ninguna habilidad para coser lo había hecho con esmero y recreándose en su labor. Las cosas hechas en casa están casi siempre mejor terminadas y son de mejor calidad porque se conoce el dónde, el cómo y el con qué, algo que se ignora en las prendas que se compran ya hechas. Naturalmente uno

supone que se cosen mal y descuidadamente, de tal manera que en seguida se caen los botones. Además son demasiado caras. Hay una salida más barata. Encima de que mamá ha ahorrado un montón de dinero movilizando sus dedos, viene papá y se lo destroza con toda la intención. Porque, por principio, estaba en contra de que entrara una máquina de coser en casa. Si mamá se cose trapos nuevos, a otros hombres totalmente desconocidos se les podría ocurrir la idea de contemplar su figura un tanto deshecha pero, a pesar de todo, femenina. ¿Y qué tipo de telas escoge? Correcto: provocativas, coloreadas o, por lo menos, lo que ella entiende por coloreado (setitas, abejas, escarabajos, flores, etc.). ¿Y qué cortes elige? Correcto: precisamente aquellos que resaltan sus pechos, sus caderas y su culo, en la medida en que éstos existen. Y no deben ser resaltados. Estas cosas sólo son para papá, para nadie más. Querrás liarte con alguien, pero yo, un inválido, sigo siendo más hombre que uno que tenga dos piernas pero nada de hombre. ¿Quieres que te lo demuestre ahora mismo? Por favor. Lo mismo da sobre la alfombra de remiendos que sobre la cama que ya ha conocido mucho dolor y mucha sangre menstrual y que apesta a ello. No puede una pasarse el día lavando, a veces una quiere leer un buen libro y relajarse.

Típico, en vez de una máquina de lavar vas y te compras una máquina de coser. Ahora podríamos estar tan limpios y ¿cómo estamos? Sucios. Pero tú llevas nuevos delantales rojos. Y ¡ras! hace la tijera. ¡Tanto trabajo destruido de golpe! Es injusto.

Os he hecho un pastel de albaricoque, dice la mamá congraciándose con sus hijos, en los que busca comprensión sin encontrarla. El primer peldaño hacia esa comprensión lo construye sobre la educación y sobre «el compás de corazón» de los niños, los cuales hace mucho que ya están fuera de compás. Es decir, que se invierte en Rainer y Anna, y únicamente en ellos, y éstos se comportan de forma fría, demostrando no tener apego alguno.

Ahí está el pastel y ahí los platos de cristal. Yo lo coloco todo, pero ahí donde está ese montón de libros ya no queda sitio para el pastel recién hecho. No podríais quitarlos de ahí.

No, los libros no los quitamos porque son más importantes que cualquier pastel. En este momento estamos leyendo que nuestra existencia no vale nada. Desaparece, mamá, le dicen los gemelos, echándola. Esto tiene unas repercusiones catastróficas sobre su bienestar general.

Después de haber gritado a su madre, los gemelos proceden a comerse todo el pastel. Para esto no les faltan ganas. A la madre no le dejan ni un trocito, aunque también a ella le hubiera gustado probarlo.

Rainer piensa que cuando las mujeres experimentan algo corporal eso equivale a la degradación de la mujer. Esto se percibe en la madre que muchas veces pide socorro desde el dormitorio. Es posible que hagan con ella cosas anómalas y que ésta sea la causa de sus gritos. Los familiares también han advertido en Rainer una mirada poco normal; probablemente le venga de haber presenciado con demasiada frecuencia las escenas del dormitorio. Pero nunca miraba. Escondía la cabeza inmediatamente debajo de la manta. Allí dentro no se ve nada y sólo huele a uno mismo. A veces Rainer sólo toma sopa y rechaza los platos fuertes, aunque a los hombres suele gustarles la buena comida. Anna a veces no come nada y esto puede durar días. Después de la no-comida, los hermanos se levantan de la mesa y se echan juntos sobre una de sus dos camas -que fueron separadas intencionadamente por un tabique, puesto que él es un chico y ella una chica- para aislarse del mundo exterior. Para que el aislamiento funcione aún mejor Rainer escribe poesía. El muy loco se inspira en caras que ve en los árboles. No tiene amigos, sólo compañeros que, a menudo, se comportan de un modo desleal hacia él, que es un individuo que por principio rechaza el compañerismo. Cuando Rainer escribe poesía no lo hace con el gesto gracioso del pez que salta del agua, como el del poeta Musil, que saltaba y era plateado. Es más bien un revolcarse y un hincar los dientes.

Rainer y Anna son en todo momento conscientes de que habiéndose instalado sus padres en la ciudad, se han librado de vivir en lugares como Ybbsitz, Laa an der Thaya, Laa an der Pielach o en los múltiples St.

Michaels. Se alegran de no tener que vivir en una horrible provincia devota como la que conocen desde que estuvieron en la granja de su abuela. Todo menos eso. Lugares donde grajos, cornejas y otros bichos se encaraman en árboles ya marcados por el invierno. Donde nubes varias surcan el cielo turbio y el corzo brama, y donde niños de la escuela primaria y secundaria comprimen sus carnes en autobuses de correos. Están plagados del bacilo de la pobreza. Un puré de niños que exhalan humedad de las prendas de lana heredadas de sus hermanos mayores.

A esos no les espera nada bueno, dice Rainer, están condenados a muerte desde que nacieron, y en sus cabezas llevan, invariablemente, el mismo cuadro. El cuadro que hay en una de las cabezas es idéntico al cuadro que hay en la siguiente. Y esto ocurre en el campo, al aire libre, donde por cierto no queda ni rastro de libertad. Paisajes insípidos que se extienden confundiéndose con la lluvia; sus fronteras no se ven y, sin embargo, existen en las cabezas de los habitantes. La estrechez de miras también la han descubierto los hermanos en la ciudad, un hecho que les llena de júbilo, pues desde hace algún tiempo han superado esas barreras.

Se han arrojado sobre el azulado cordón umbilical de sus moradas predeterminadas y lo han atravesado con sus afilados dientes. Un hilo de sangre les gotea de la barbilla. Dos lenguas pálidas, las de Rainer y Anna, se lamen. Pronto no quedará ningún rastro de piel de esa barrera natural del nacimiento. Se inauguran distancias infinitas con un sol frío semejante a una yema de huevo intacta flotando en leche.

Pero si aquí alguien daña a alguien, son Rainer y Anna los que dañan.

Se acabaron las crujientes heladas de las calles de pueblo y los zapatos domingueros de suelas desgastadas que no corresponden al tiempo ni a la persona que los lleva. Nadie que entre en cines donde se proyecten películas del oeste sale de los mismos convertido en vaquero, y eso a pesar de que allí sólo se juntan unos mocosos idiotizados con gomina en la cabeza. No tienen miedo a llegar tarde a casa ni a ser golpeados con objetos contundentes. Pero luego hay que transportar a la cuadra pesados cubos de comida caliente para los cerdos. Y si uno se olvida de quitarse los zapatos de fiesta, apestan de tal manera que inmediatamente quedan degradados a zapatos de pocilga.

Los gemelos no son personajes secundarios sino primeras figuras.

Constituyen el centro, que no es un punto concreto sino una extensa capa humana.

Los hermanos no despiden alegría vital como lo haría un joven que escucha un transistor; lo único que despiden es rabia y asco. De manera que a los niños se les da amor y es como si no se les diera nada. Creen que en todo ser humano queda siempre un resquicio sin determinar. Algo que no se puede prever y que queda fuera del ámbito de la sociedad y que, por lo tanto, es libre. Sólo los seres inferiores comen pastel con ganas y escuchan a Elvis y a Peter y Conny.

Rainer toma un caldo de gallina claro, en el que siempre flotan cosas indefinibles que lo vuelven a enturbiar.

Llegado el caso también se podrían desgarrar a mordiscos las nuevas faldas Conny, que están de moda. En los últimos tiempos a la masa mediocre de niñas le gusta vestirse con ellas porque la tela es asequible y la oferta grande y, además, porque la falda irradia alegría cuando es roja y dramatismo cuando es azul.

Jóvenes increíblemente feas exhiben cabezas cuadradas cardadas (nidos de cuervo) que al sacarse las horquillas del pelo se descomponen irremediablemente. Destrozar los nickys de algodón con los dientes hasta que no quede ni rastro de dicho material sino uno liso y flácido como el de un jersey corriente. Rainer se muerde el labio inferior que empieza a sangrar cuando las ve pasar diciendo: tómame, no, tómame a mí; llevan una raya negra en los párpados y carmín blanco o vaselina rosa pálido en los labios. Son un rebaño gris que en parte se presenta floreado. Bajo las enaguas almidonadas por la mamá huele a bajo vientre. Deberían utilizar unas enaguas modernas, aunque lavarse, no se lavan nunca.

Rainer todavía no quiere entrar en contacto íntimo con una chica sino juzgarla desde la distancia. Sabe que aún dispone de mucho tiempo.

La madre entra un instante y con razón se asusta de sus hijos, sin embargo dice a sus descendientes que deberían demostrar belleza en pensamientos, palabras y obras. Por ello van al instituto, ahí es donde se aprende eso.

Deben levantar puentes y no derribarlos, pues un puente nos conduce al prójimo y otro puente conduce del prójimo a uno mismo. Los gemelos no quieren levantar puentes.

Anna: representamos una libertad que elige pero, nosotros no elegimos ser libres. Estamos condenados a la libertad. Cuando te miro a ti, mama, constato que es cierto. Estar abandonada en la libertad es lo que a ti te acontece. Y este abandono no tiene otro origen sino precisamente la existencia de la libertad. Es lo que se desprende de ti. La madre no lo comprende, pero lo que si sabe es que este mundo seria mucho mejor si prestara mayor atención a sus filósofos y artistas que al mezquino espíritu del egoísmo, ya que este carece de una visión global. Deberían creer en Beethoven y Sócrates.

Los mellizos explican a la madre que incluso la no existencia de la madre seria imaginable y posible.

Yo os he parido personalmente, a uno detrás del otro. Por ello existís vosotros y también existo yo. (Que tonterías son esas? Este mundo es tan bello, tan vasto, tan lleno de color y tan joven, sobre todo cuando uno mismo es joven. Ahora pueden incluso recortar el nuevo póster de Elvis, porque finalmente la madre autoriza lo que antes había prohibido.

A la madre se la espanta como a una mosca. Y los hijos recuperan la mirada nada normal que tenían antes.

La madre se va y dice desde la puerta que sus hijos -que para una madre serán siempre los hijitos de los que debe cuidar- deberían alegrarse también con las cosas pequeñas. Existen personas que no prestan atención a los árboles, flores o matorrales de formas extrañas que se encuentran al borde del camino y a veces incluso los dañan. Estas son las mismas personas que también torturan a los animales. Se trata de seres mediocres, sin ideas, cosa que no son sus hijos. Sus hijos deben apreciar todas las cosas pequeñas que se hallan al margen y que otros pasan por alto. Ella los ha educado para esto. Y en su empeño ha tenido que luchar muchas veces con su marido.

Este, como militar, es mas tosco y prefiere entretenerse con películas de baja calidad. De no haber sido tan tosco, no hubiera podido matar.

Necesitaba esta tosquedad. La blandura no hubiera sido pertinente puesto que contradice su perfil profesional.

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