Los excluidos
[1] Ponche, vino caliente. Titulo de la novela de Heinnch Spoerl de la
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
La madre todavía lo recuerda con la boca abierta viendo una entretenida película de Heinz Riihmann. Esta película predilecta, la favorita entre todas
las demás, era la «Feuerzangenbowle»[1]. Veía la película frecuentemente y
nunca se cansaba de ella. Fue el único en detectar las agudezas de esta
película, mientras que los demás se partían de risa con las gracias facilonas.
Esta película, ya en la época en que fue realizada, apuntaba hacia el futuro.
El padre lo había previsto. Frecuentemente y sin que nadie se lo pidiera,
narraba el contenido de la «Feuerzangenbowle» y es una pena que los hijos
ya no lo puedan presenciar. En la película, la edad moderna sacaba a relucir
su verdadero rostro en la figura de un joven maestro, imbuido de un ideal
nacional. En la obra cinematográfica el maestro dice que es inevitable que
desaparezcan los viejos tiempos. El padre comparte la misma opinión y los
gemelos se apresuran a preparar esa edad moderna, que todavía es mas
moderna que la de la obra cinematográfica.
¿Pero que queréis de mi?, yo estoy en contra de todas las tradiciones trasnochadas. También he visto varias películas de revista protagonizadas por Marika Rokk que tiene una capacidad y una fuerza de voluntad increíbles porque todavía sigue bailando. Y también estaba aquella bonita película sobre Hans Christian Andersen. El protagonista de la misma se quita la vida junto a su mujer e hijos porque la esposa era judía. Antes de morir tiene una ultima oportunidad de demostrar un humor profundamente humano y no destructivo. Este humor funciona solo cuando le sale a uno de las entrañas. Y estas entrañas quedaron destrozadas por un veneno de efecto rápido. Algunos mueren de forma inadvertida pero sufriendo quizás mayores tormentos. Quedando destruidas las entrañas, el autor de cuentos danés quedo conservado para la posteridad en forma de celuloide. Así perduro algo de el en el tiempo.
Bella, bella, bella, fue aquella época. Arena del desierto.
Una tenue luz de primavera pasa a través de las puertas de cristal de Lauque, que ya en los años veinte visitaron una exposición universal en París y, a continuación, acabaron en Viena. En cierto modo Sophie se concibe a sí misma como de cristal o de porcelana lustrosa o mejor aún, de acero fino. El deporte ejerce una acción bruñidora sobre Sophie, proporcionándole una movilidad completa en todas las direcciones. Y lo que el deporte es incapaz de conseguir lo logra la biblioteca de su padre, es decir el trasfondo, el nivel. Pero es más bien una chica deportista que una
intelectual furibunda. No es ningún monstruo de la inteligencia. Todas sus artistas se han redondeado, endurecido, y relucen. La impureza le es esencialmente ajena, del mismo modo que hace unos años a los alemanes todo lo que no fuera alemán les parecía racialmente ajeno. Hoy en día, sin embargo, se ha iniciado un vigoroso movimiento turístico que aproxima el mundo de fuera a los alemanes y, a la inversa, transporta a éstos fuera de sus hogares.
No existe un solo punto de apoyo en esta superficie lisa que incita a ser asida, pero de la que uno siempre se escurre. Sophie entra vestida de tenis (casi siempre lleva vestimenta deportiva) y le dice a Rainer -quien le tiene verdadero cariño, pero no lo demuestra para no perder puntos-: ¿me prestas rápidamente un billete de veinte para el taxi?, me he quedado sin dinero y mamá ha salido a tomar el té. Llorando silenciosamente, Rainer hurga en su pequeño monedero; Sophie obtiene el dinero, que para Rainer supone una cantidad considerable que seguramente no volverá a ver jamás. Para Sophie el dinero no significa absolutamente nada porque siempre está a su alcance.
Mientras tanto, Rainer sigue añorando su bonito billete de veinte, mucho tiempo después de haberlo visto volar. El padre de Rainer considera que coger taxis es un delirio de grandeza que su hijo debe reprimir, teoría que queda invalidada en el momento en que está pagando taxis a otros. Para Sophie un taxi sólo es un medio de transporte.
Sophie no devolverá el dinero, se olvidará de ello, puesto que para ella no tiene ningún valor real.
Rainer se ve obligado a pensar en este dinero o en cualquier otro, pero nunca tendrá la osadía de reclamar su devolución.
El tapiz es una amplia y blanda superficie persa, Sophie es algo que hay que penetrar, pero no se sabe cómo porque no ofrece ningún punto de apoyo. ¿Debería uno metérsela por la boca y hacerle papilla la lengua para que no pueda volver a decir cosas hirientes y desconsideradas, o, por el contrario, debería uno empezar por abajo, algo que no deja de ofrecer dificultades porque ella no permite que se le acerquen a la entrada? Uno se escurre. ¡Pero qué significa este resbalón comparado con un descenso social! Sería el menor de los males. Sin embargo, podría existir una relación causal entre las dos cosas.
En todas partes hay objetos y cuadros modernos que irradian un arte y una cultura antiguos, de los que uno sólo puede beneficiarse si se adueña
físicamente de ellos. Lo mejor sería acceder a ellos apropiándose de Sophie que, como quedó dicho, no ofrece ningún asidero al que poder agarrarse.
Rainer, a pesar de conocer y haber estudiado bien las leyes del arte, no posee ningún objeto artístico. Además, no existen leyes que gobiernen el arte porque el arte adquiere precisamente su calidad artística por no obedecer a ley alguna. A esta conclusión ha llegado Rainer por sí solo.
Los hombres, por el contrario, están sometidos a reglas, pues de otro modo sería una guerra de todos contra todos, la anarquía;, es lo que dice la madre de Rainer al padre de Rainer y el padre de Rainer a la madre de Rainer. Rainer, por el contrario, siente una fuerte inclinación por la anarquía. Precisamente porque conoce las leyes que gobiernan la vida comunitaria ordenada, y por consiguiente las detesta. Se debe destruir absolutamente todo y no volver a reconstruir nada.
Rainer adelanta una de sus garras para hacer una llave a Sophie, que se le escurre entre los dedos argumentando que tiene que ir a cambiarse. ¿Otra vez? Yo voy contigo. No, tú no vas a ninguna parte.
Y allí se queda. Uno de los innumerables defectos de la clase media consiste en dejarse desmoralizar inmediatamente por el fracaso de sus tentativas. Para una vez que se tiene la oportunidad de medrar se la deja escapar, sin insistir en ella, aunque sólo sea en apariencia. Aquí está el whisky, sírvete.
Rainer tira su jersey barato y excesivamente grande, mientras Sophie se le escapa una vez más. Esto resulta aburrido.
Inmediatamente su pobre cerebro se pone a divagar sobre humillaciones antiguas y recientes. Son las heridas de su espíritu mutilado en las que siempre se atasca la película. No encuentra nada bello, sólo cosas feas.
Revive las excursiones domingueras en las que acompañaba a su madre, los tranvías con olor a calcetín húmedo, repletos de una masa humana pobre y gris -tal y como surge después de una larga guerra- que tarda mucho tiempo en desaparecer. ¡En marcha, al bosque de Viena! Gorros de lana hechos con lana de guerra, de prendas deshechas y vueltas a tejer, amplios pantalones de esquí, zapatos de lengüeta y lo peor de todo: el temido paquete de la merienda, que olía a queso y daba sed. De entrar en restaurantes nada, que cuestan dinero. Un niño puede beber agua, aunque es difícil encontrarla.
Pronto la rebanada de queso desaparece entre los baratos dientes metálicos de la madre y su olor vuelve a ascender fétidamente desde su estómago,
porque no ha sido masticada debidamente. Masticar demasiado sólo contribuye a propagar el mal olor.
La odiosa cochera en la que hay que esperar por lo menos veinte minutos a que vuelva a pasar el 43. Destino: Neuwaldegg. Siempre en medio de una masa humana sin recursos. A menudo uno se ahorraba el dinero del billete yendo a pie a lo largo del Alszeile y al final se lo podía uno gastar en los tiovivos (qué buena, qué buena eres, mamá), lo que naturalmente contribuía a acentuar la existencia infantil que se pretendía negar. Y sin embargo, grande era el regocijo de los niños Rainer y Anna, en cuyos corazones y cerebros ya anidaba el veneno de los coches que pasaban zumbando. Y no porque se contaminara el medio ambiente, que de todas formas había quedado degradado por la guerra, sino por falta de medios económicos para comprarse uno. Y cómo se revolcaba Anna en cagadas de perro y papeles de deshecho para llamar la atención sobre sus apremiantes necesidades espirituales. Una necesidad espiritual es un lujo y no se le presta ninguna atención. Ella quiere ir sola dentro de un bello automóvil, no rodeada de una multitud y, menos aún, de la propia familia, en uno de esos tranvías de mierda en los que todos son iguales y por tanto nadie representa nada especial. Sentado en un Mercedes nadie se acercaría ya a preguntar cómo se llama el nene o la nena, ni le acariciaría a uno el cabello con manos que delatan pertenecer a la clase obrera, sin advertir que la criatura acariciada lleva ya instilado en el corazón el veneno del individualismo y está preparada para esparcirlo.
Una vez Anna se sintió realmente molesta bajo una mano enmitonada, al tiempo que por encima de ella flotaba un olor hediondo a ajo y se la trataba como si fuera una niña normal, cosa que en aquellos tiempos ya no era. Ni normal, ni niña. Un pis caliente goteaba entre sus muslos (el impulso hacia abajo) atravesando, violenta y acremente, las bragas de punto que le habían hecho en casa, mientras buscaba desesperadamente dónde evadirse de sus miserias domingueras: el suelo estriado del vagón. Gota, gota. La madre le da una paliza; sus brazos descienden como badajos de campana y vuelven a subir y vuelven a bajar. Es gimnasia de compensación para la mamaíta que acababa de recobrar sus fuerzas durante la excursión.
La niña berrea como una loca. Desde el primer golpe Rainer se acurruca entre dos abueletes, agarrándose al zapato de uno de ellos. ¿Ya vas al colegio, nene? ¿Cómo te llamas? Vete a la mierda.
Fuera, los Opel y los Volkswagen hacen su aparición, como tiburones salidos de la niebla otoñal, pero inmediatamente después sus poderosos cuerpos -obedientes pero fieros- vuelven a perderse en la niebla, sin perder de vista su meta. En contraste con ellos, el 43 se acerca traqueteando trabajosamente, dando de sí todo lo que puede. Anna yace en su propia charca; se ha puesto perdida y su mamá pide consejo a otras madres sobre lo que se tiene que hacer con una niña que, siendo tan mayor, todavía se hace pis en las braguitas. Hay que hacer pipí antes de salir de casa, ¿no te parece, nena? Recuérdalo para la próxima vez y espera a que se entere papá, seguro que la zurra continúa. Aunque papá sólo tenga un pie, la fuerza que ya en su día demostró tener en los brazos no ha disminuido nada. Aunque en realidad, aún disponiendo de dos piezas de ese calibre, estas criaturas siguen dando traba]o doble. Y ahora tranquilízate porque si no te doy otra torta.
Con un movimiento imperceptible para la masa, las manos de los hermanos se entrelazan y sus dientes de leche relucen agresivamente como los de los vampiros. Espera a que crezcamos, mamá, entonces haremos lo mismo contiguo y cosas aún peores.
Debajo del asiento hay un corazón de manzana, dos cortezas de queso y algunos pellejos de salchicha de alguno que se había creído que allí estaba en su propia casa y que podía enmarranarlo todo, cuando en realidad viajaba en un medio de transporte público que pertenece a la comunidad. La idea de que pueda pertenecerle un pedazo de tranvía no consuela a Anna en absoluto, porque en ese caso también pertenece a los demás. Hay gente que cree que cualquier sitio es su casa y seguramente en sus propias casas también se comportan de manera indebida. ¡Qué asco! ¡Menuda gentuza!
El niño Rainer muerde la corteza del queso compulsivamente y la succiona hasta quedarse pegado a ella como una sanguijuela.
La arena húmeda le cruje entre las mandíbulas que todavía no están provistas de todos los dientes definitivos. ¡Blob! De pronto se le revuelve el estómago y la rebanada de manteca, ya medio descompuesta, lucha por salir. ¡Hacia la salida de emergencia! A la larga uno pierde toda la alegría en las excursiones familiares, sobre todo cuando concluyen de forma tan precaria. Una se mea, el otro vomita. Con lo bien que se puede viajar sentado sobre mullidos asientos de cuero, indicando a dónde se quiere ir y llegando al destino sin el menor esfuerzo.
Como si la hubieran pulido, Sophie entra por la puerta, ahora para variar vestida con un traje de tarde porque tiene que acompañar a la madre a la ciudad. La violenta luz del exterior atraviesa la puerta de la terraza, pero no vaga erráticamente alrededor, sino que elige directamente el cabello rubio de Sophie para asentarse en él. También el parquet se ilumina un poco.
Nada es natural y, sin embargo, puede decirse que las cosas son como son por su propia naturaleza.
El niño que hay en Rainer prorrumpe en sollozos; lo peor es cuando, por haber llegado en el último momento, ya no se encuentran asientos libres en el tranvía eléctrico y hay que ir a pie. Los lloriqueos no sirven para nada, los adultos no se levantan, pero un niño siempre debe estar dispuesto a ceder su plaza a los mayores. Una vez más, uno se encuentra oprimido en un horrendo bosque, que se compone, pieza a pieza, de cuerpos idénticamente feos, sin alcanzar a ver ni la entrada ni la salida. Uno está dentro de una vez por todas y no tiene más remedio que continuar el viaje.
Prácticamente incrustado entre la gente, entre los abrigos de invierno que huelen a naftalina y los anoraks de la preguerra. Y en cualquier lugar -desde luego uno no se libra de nada- habrá una pareja de jóvenes bien parecidos, seguramente estudiantes, cuyos padres dispongan de un coche, aunque hoy no tengan tiempo de llevar a su hijo o a su hija a ninguna parte, pero el coche está ahí, ahí, y les pertenece y hablan de esquiar y de viajes en grupo como si fuera la cosa más natural del mundo. Habría que imitar su ejemplo pero esto quizá sea imposible con un papá y una mamá como éstos. Habrá que imitarlos cuando se haya alcanzado la edad apropiada, pero eso todavía queda lejos. ¡Qué apariencia tan aerodinámica tienen, como seres que ya pertenecen al mañana y qué enorme impulso les mueve! ¡Y qué decir de los modernos y ajustados pantalones de cuña! Nadie les domina, eso salta a la vista. Pueden vivir su vida libremente. Pero, por el momento, es la mano materna la que le derriba a uno al suelo haciéndole papilla y le obliga a uno a transportar cáscaras de plátano entre los dientes como si fuera un perro.
Sin embargo, Sophie, cuya envoltura externa impide reconocer funciones corporales semejantes, y mucho menos aún las profundas o, si se quiere, las bajas, sigue funcionando y además lo hace a la perfección; y sin llegar a comprenderse bien ni el cómo ni el por qué, se apresura por enésima vez hacia cualquier lugar que exhiba un cartel de «Prohibida la entrada». Casi siempre que nos tropecemos con ella tendrá que ir
urgentemente a otro sitio, al que también llegará demasiado tarde, lo que en su caso carece de importancia. Rainer es el que se queda atrás y se enfada.
Se mantienen al margen, no porque rehuyan la luz sino porque, evidentemente, es la luz la que les rehuye a ellos, tanto en el patio como en la clase. La manada de lobos siempre se agolpa en los rincones. Demuestran tener cualidades sobrehumanas indiscutibles, que también otros querrían para sí, pero éstos sólo alcanzan niveles infrahumanos que, por otro lado, son necesarios para que destaquen las acciones sobrehumanas. Desde los rincones más oscuros de repente estiran sus piernas, lo que casi siempre provoca que un niño de mamá o una niña de papá, con una falda a cuadros plisada, tropiece y caiga. Los estudiantes formales del instituto afirman que no se les agotan los temas de conversación cuando salen a tomar un helado con el novio o la novia. Hablan de la utilización racional del tiempo libre, de los asuntos de la escuela, de aquellos estudiantes que salen con alguien de la Escuela Técnica o de la Universidad y de los que, al finalizar sus estudios, han tenido que contentarse con un elegante y pimpante dependiente de comercio. Otro tema adicional de conversación son los conciertos, el teatro, las exposiciones, las fiestas y los discos. El lobby Anna-Sophie-Rainer rechaza todo esto. Han superado la fase de los discos y si tienen que escuchar algo, entonces sólo el jazz frío o el rock caliente. El rechazo de Sophie es el menos violento porque no tiene necesidad de producir violencia. Las cosas van a su encuentro; algunas veces las deja pasar, otras las acepta. Todo depende de sus ganas y de su humor. Rainer dice que es bueno que muestre dureza, pero que en sus brazos debería abandonarse y ser blanda, aunque sólo fuera una vez.
Va a costar mucho trabajo motivar a Sophie para cometer uno o varios crímenes, ya que su naturaleza la inclina a no esforzarse demasiado.
Tampoco es agradable pasarse toda la noche en pie, haciendo cosas que rehuyen la luz. Hace falta mucho autodominio porque, en vez de esto, uno podría estar perfectamente tumbado en la cama, leyendo una apasionante novela policíaca.
El suicida Stifter alza su voz sobre la agitada clase de alemán; víctima de la programación equivocada que ha hecho de su vida y de un matrimonio fracasado, no tiene nada mejor que hacer que consagrar la gran fiesta de Pentecostés, durante la cual sale «a la orilla del bosque apacible, pero no donde retozaba el cervatillo» (poco importa lo que allí pudiera encontrar, en
opinión libre de Anna), sino a pasear en un paisaje que, por así decir, consideraba infinito, ¿pero qué sabe él de la infinitud? Su espíritu no la puede ni siquiera concebir. Rainer siente dentro de sí la infinitud del escritor que ha hecho saltar todas las barreras. Él sí las siente y no Stifter, que con su malgastada vida demostró sobradamente que no se había atrevido a nada.
Adalbert Stifter sigue pasando revista a cualquier belleza, tanto animada como inanimada. La naturaleza tiene una tendencia inherente a sumirse en lo inanimado, piensa Rainer, nosotros también contribuimos a ello.
Inmediatamente se lo comunica por escrito a Sophie, que está entretenida en pintar siluetas de caballos en su cuaderno de espiral. Ella no le da ninguna importancia a lo inanimado; prefiere dársela a las actividades deportivas. Hay que tomar conciencia del propio cuerpo y del cuerpo de un caballo de montar cuando pasa del trote al galope. El viento envuelve tanto al caballo como a la jinete, y el aire fresco ahuyenta el malhumor y la inquietud. En situaciones semejantes no es aconsejable hacer un alto en el camino porque uno se agarrota.
Lo malo suele esconderse en lugares protegidos del viento; jóvenes mantecosos y pálidos prefieren los ambientes cerrados de los bares subterráneos, mientras que fuera, a plena luz del día, uno siente la obligación de cruzar a un ciego de una acera a otra o acariciar a un perro.
¿Qué alboroto es ése! Witkowski uno y dos, ¿podríais callaros o preferís que os apunte en el libro de clase? No, no apunte nada, sólo sus propios fracasos en su agenda particular. Seguro que todas las semanas se le malogra algo. Le huele a usted el aliento, tiene un cutis feo y lleno de impurezas y unas muñecas demasiado anchas, señorita (Anna).
Stifter repara en el brillo de los aires diáfanos y en las maravillosas nubes de abril iluminadas por el sol y en los preciosos surcos verdes del sembrado invernal; a éste más le valdría que se le empinara, dice Rainer, mirando de soslayo a Sophie y prorrumpiendo en risas entrecortadas.
Anna propone incitar a Hans Sepp, al que conocieron hace poco en un local de jazz, a cometer con ellos uno o dos delitos. Sería el instrumento ideal y, además, debería abandonar la clase obrera. En la vida pública siempre hay alguien que abusa, de una manera u otra, de personas relativamente indefensas, ya sea en una fábrica o en una oficina. El cometido de Hans en la Unión Elin es la de manipular corrientes de alta tensión. Seguramente en permanente peligro de muerte. La electricidad
mata con ganas, con pulcritud y repentinamente. No avisa, viene de la nada.
El mortificado ve en la oficina a muchos otros que corren su misma suerte y se solidariza incondicionalmente con ellos. La solidaridad, a su vez, le da una fuerza que no debe exhibir en la pandilla de Rainer quien, por iniciativa propia y definitivamente, se ha proclamado cabecilla del grupo. Donde quiera que mire, Hans no debe ver más obreros como él; debe vernos únicamente a nosotros. Debe convertirse en simple receptor de mensajes, amonestaciones, órdenes y estímulos.
Anna afirma que robar monederos resulta infantil, prefiero poner una bomba. De esta manera uno atraería la atención sobre sí y el mundo entero le pagaría a uno con reconocimiento y no con una dulce indiferencia.
Rainer se jacta diciendo que cuando su padre vuele a Nueva York, se le va a reventar la caja torácica de alegría (como dice literalmente), al poder mirar lo de abajo desde arriba, porque sobre las nubes se encuentra la libertad. Sólo que, desde el final de la guerra, su padre no ha llegado más allá de Zwettl que pertenece al distrito del bosque, hecho que Rainer no comenta. Anna recuerda que, siendo todavía niña, le regaló a su padre un ramillete de flores silvestres por el día de su cumpleaños, que éste arrojó al retrete. ¿Por qué piensa en ello ahora?
Debería uno manifestarlo abiertamente, pero el anarquismo se basta a sí mismo si se asume personalmente. En realidad, esto es lo que libera. Uno no debe pretender alcanzar nada con ello, y menos aún si es en beneficio de un grupo de personas, cualesquiera que éstas sean.
Según el marqués de Sade hay que cometer crímenes. Se emplea la palabra crimen siguiendo la acepción convencional, pero entre nosotros nunca llamaríamos así a nuestras acciones (Anna). Precisamos de las normas vigentes para estimularnos con nuestra propia desmesura. Somos monstruosos aunque nos disfracemos de burgueses. Somos hijos de burgueses pero no nos conformamos con eso. Por dentro estamos carcomidos por malas acciones, pero por fuera somos estudiantes de bachillerato.
Rainer, que está leyendo El Extranjero de Camus, dice que quiere dejar atrás la hostilidad del mundo. Cuando a uno le privan de la esperanza de algo mejor, es cuando se adueña definitivamente del presente. Entonces uno se convierte en la realidad misma, y los demás son comparsas. Cuando
Rainer ve transcurrir una noche, dice inmediatamente que se trata de una tregua melancólica en la que se ha extinguido la vida.
La profesora de alemán amonesta a los Witkowski para que no alteren la clase con sus ininterrumpidos cuchicheos. Stifter dice: Ahí estaban los bosques de un rojo pálido orlando las montañas, envueltas en el suave soplo del aire azulado. ¿Puedes ver cómo se mueven los bosques? Espero que tengan un billete para el viaje. No, fuera de bromas (Rainer), cuando se cometen crímenes se necesita el apoyo de un ser querido, que en su caso, es una mujer (Sophie). Este apoyo no es el que una mujer puede proporcionar a un pequeño-burgués, sino el que una mujer puede brindar a un artista.
Cuando una persona se sumerge hasta tal punto en la ilegalidad, tiene que esperarle, en el umbral mismo de esa ilegalidad, el compañero, el TÚ: Sophie. En realidad me asquean mis deseos, pero son más fuertes que yo.
También me sobrepasa el amor que siento por ti. Es un amor sin exigencias carnales, que es algo que nos reservamos.
Mierda, exclama, Anna, el amor no es otra cosa que el contacto de dos superficies cutáneas.
No aguanto a ese Adalbert Stifter ni un minuto más, y de ahí no me apeo, dice Anna. Quien sea capaz, en medio de la clase, de clavarse debajo de la uña esta aguja de zurcir de mi costurero, con toda su fuerza, y cuando digo fuerza digo fuerza, sin emitir un alarido, con ese me voy al servicio de los chicos, a la cabina de la izquierda. De algún modo, a Rainer esto le parece revolucionario. Anna dice que no lo es, porque la meta no es la igualdad de todos, pues ello repugnaría a la naturaleza y a sus leyes genéticas; se trata precisamente de todo lo contrario. La total separación y el aislamiento. La igualdad sólo la añoran quienes no pueden aspirar a las clases superiores. Se resarcen de ello desacreditando a los superiores, pues suponen que así éstos se debilitan. ¿Y qué pasa con la aguja? Gerhard Schwaiger, un chico del montón algo retrasado y cubierto de granos por todo el cuerpo -al menos hasta donde alcanza la vista -y con tendencia a ruborizarse, cree llegada su gran oportunidad, la hora cero, y se clava decididamente la aguja bajo la uña de su índice izquierdo. ¡Ay! Sophie sonríe hipócritamente con un resplandor blanquecino, como espolvoreada por Woolite.
Rainer se asombra de que sea precisamente Schwaiger, que por lo general sólo se interesa por el chocolate. Está pálido como un pañuelo
blanco y gime ¡ay!, me duele tanto. Anna le condena con la mirada. La señorita dice que Schwaiger se está comportando como un niño, pero que si le urge tanto puede salir, con la condición de que la próxima vez lo haga durante el recreo. Acto seguido, Gerhard sale pesadamente por la puerta, habiéndole dirigido a Anna una mirada de complicidad, que debía encerrar mucha intención. Pero en realidad, carecía de ella y se convirtió en una mirada quejumbrosa. Anna, por favor, ayúdame, te venero desde hace mucho tiempo y ahora necesito una muestra de afecto y reciprocidad porque si no, no se me pone tiesa y no te la puedo meter. Para mí una pizca de amor sería el regalo más preciado, nena.
Tenía que ser precisamente él, le dice Rainer a su hermana. Anna, espero no tener que entrar a desatornillarte de ese paquete de grasa. ¿Tienes un condón?
Todavía me queda uno. Pero, tal y como le conozco, llevará uno consigo desde hace meses, porque lleva mucho tiempo esperando esta oportunidad.
Entretanto la goma se habrá hecho fina y quebradiza y ya no cumplirá su función.
Witkowski Anna, ¿tendrías la amabilidad de seguir leyendo desde donde nos habíamos quedado? Desde luego que sí, señorita, Stifter nos enseña que el hombre no es libre sino esclavo de las leyes de la naturaleza.
Por ese motivo hay que entregarse a acciones violentas (dado que uno no se entrega a nadie), que el hombre medio consideraría delitos, pero que nosotros tenemos por norma, es decir nuestra norma, no la de los demás.
Sin más preámbulos, Anna es expulsada de clase, que es lo que se había propuesto. Mientras Adalbert Stifter prosigue su disertación sobre el rubor de los jóvenes, que les sobreviene cuando se les mira de improviso (le gusta tanto esa modalidad de pudor, babea el viejo pederasta), Anna se dirige con parsimonia hacia los lavabos desde donde acecha el ruborizado Gerhard.
Ven, ven, ven para acá, no aguanto más, ¡crac!, casi se cae de bruces sobre el lavabo, el lelo, porque no había encontrado el lugar donde anclar su culo blanco y adiposo, falta de experiencia, eso se ve inmediatamente. Anna se quita las bragas y da instrucciones acerca de la postura a adoptar. Y ahora se le ha arrugado, eso era de prever, lo que nos faltaba. El miedo y la excitación pueden dar al traste con un ser inmaduro. ¿Qué? ¿Encima me toca hacer eso? Por fin, por sin sucede algo, algo se hincha y se mueve, acompañado de la palidez y rubor alternativos de Gerhard. En los primeros
intentos se derrumba como un castillo de naipes. Anna observa con interés las manipulaciones en el miembro de Gerhard y juguetea con el condón.
Bueno, ¿funciona o no funciona? Por fin. Nada más ver su glande rojo y puntiagudo, piensa, no, mejor lo dejo, si es que es repugnante, todavía está por ver si lo voy a resistir, pero la duda se resuelve afirmativamente, porque debajo de las sacudidas y fricciones desesperadas de este inepto, se levanta algo parecido a un periscopio que registra todo lo que le rodea y advierte que se encuentran en una asquerosa cabina, cuya pintura verde oliva se está descascarillando, y que en semejante ambiente nunca se podría desarrollar un amor y mucho menos hoy. Hace tiempo que está enamorado de Anna, pero no le sirve de nada.
Lo prometido es deuda, y ella se acuesta delante de un ser al que el éxtasis ha llevado al paroxismo, está fuera de sí, al fin ha llegado el ansiado día, viva, viva. Después se lo contará a algunos de sus compañeros con todo lujo de detalles. El recuerdo tiende a agigantar las cosas, sienta tan bien, tan bien, podría aguantarlo a diario sin problemas, lástima que no pueda hacerlo todos los días. Desgraciadamente, hay que esperar a ser más maduro, aunque ahora me siento muy maduro, Anna, conejito mío. El ser humano lo necesita y yo más que nadie porque estoy muy dotado sexualmente, te quiero, te quiero, aaay, Anna, ahora, ahora. Espera, no te vayas, mejor quédate para siempre, pronto estudiaré medicina. Cierra el pico, no berrees tanto, no ves que te pueden oír. ¿No te puedes correr en silencio? Ay, Anna, por favor sigue, no te pares ahora, es gigantesco, si me corro ahora nadie habrá experimentado lo que estoy experimentando, porque soy el más fuerte de todos. Eres tan guapa y tienes un tipo tan bonito, y eres tan esbelta, yo también voy a adelgazar, ya lo verás, lo hago por ti, para que hagamos buena pareja, lo que nos está ocurriendo ahora no se ha visto jamás, Anna, ratita mía. Lo de hoy está a la orden del día, imbécil. Despojo, eyacula ya, la señorita Kraftmann se dará cuenta de que llevamos mucho rato fuera.
Siento como si mi interior se volcara hacia fuera, Anna, mi amor, porque, sin duda alguna, eso es lo que eres a partir de este momento, te quiero, te quiero. Tuyo es mi corazón. Échalo ya, que me largo. Y en este preciso instante le sobreviene poderosamente, gritando como un cerdo degollado.
¡Si esto no lo ha oído nadie, ya me dirás!
Anna recorre su cara desencajada con la mirada, dominando una vez más las ganas de vomitar que logra reprimir en el último momento. Eso si
que estaría bien, echarle una vomitona al baboso este.
A partir de ahora ya no nos vamos a separar, ¿verdad Anna? Ahora eres mi novia ante toda la clase, mía y solamente mía.
¡Vete a la mierda! por fin, ¿siempre eres tan lento? Después de abandonar los servicios, Gerhard le pidió a Anna durante media hora y con insistencia un poco de amor y dedicación que no consiguió. Muchas veces los jóvenes sufren mucho, algo que los mayores no suelen advertir y, si lo hacen, lo menosprecian.
Sophie se ha adaptado al estilo «buen burgués». Esto no lo advierte ninguno de sus compañeros de instituto, porque son jóvenes de nuestro tiempo para los que el pasado está muerto. En contraste con «bueno» y
«burgués» se encuentran los deseos de Sophie de convertirse en una mujer dura, para quien no cuentan los sentimientos sino sólo las cifras. Quiere recibir en Suiza una formación económica especial para luego poder comerciar con acciones y divisas. Todo lo que no sea una acción o una divisa ha de despreciarlo. En esto se diferencia claramente de Rainer que tiene auténtica necesidad de sentimientos, no sólo para sus quehaceres literarios sino también para ella, su Sophie, de la que está enamorado hasta los tuétanos. Algo así puede que le ocurra a un hombre y a una mujer una única vez en la vida y no debe uno dejarlo escapar, ya que, de lo contrario, podría tener consecuencias nefastas. Rainer deja penetrar los sentimientos de una manera consciente en su interior, pero desde ahí, es el asco que esos sentimientos le producen, lo que se precipita en sus versos. A Rainer comienzan a aburrirle las ideas relacionadas con el pasado, el presente, el mundo. Exige únicamente que le dejen terminar en paz el libro que está queriendo escribir. El hombre que lleva dentro le dice que tiene que conseguir a Sophie, el artista, que siga siendo el lobo solitario que es.
Rainer se escuda detrás de un caparazón de hielo, pero, es de notar, como ese caparazón es susceptible de ser derretido por Sophie.
Sophie lleva un traje de tenis, ya que pronto irá a jugar un partido.
Rainer muele con la mandíbula inferior sobre la superior. Desde fuera éstas se perfilan como un destello blanquecino. Tritura nada menos que un trozo de pastel de chocolate que acaba de traerle la criada. No sólo tienen ocasión de hacerlo sino también motivo para ello. Sophie siempre abandona el cuadro antes de que se pueda dar sobre el disparador. Es un fuego fatuo.
inconstante. La criada también ha traído una bandeja con vasos para el
whisky, bebida que la pandilla conoce de películas en las que la gente se nutre literalmente de ella. En las películas más recientes se empieza a advertir que, de no andarse uno con cuidado, es capaz de deshacer todo un entramado social, como el matrimonio o la familia. Dado que la guerra reduce casi todo al desorden, es posible también hacer estallar una estructura de clases, incluso adentrarse en las clases dirigentes (el término clase gobernante todavía no había sido inventado), si se tiene la inteligencia para ello. El cine alemán actual exhibe la flexibilidad de las personas privadas al tiempo que deja ver cómo, entre bastidores, se prepara la flexibilidad del propio capital. Esto lo ha importado el cine alemán de América, que por cierto les lleva la delantera. En América siempre fue posible violar las fronteras, como por ejemplo en Tejas, donde existen fronteras de pastoreo. Como montañas de hielo quejumbrosas, las agrupaciones se consolidan en confederaciones y, por encima, salpica el agua espumosa. La separación matrimonial también se convierte en tópico, porque, por fin, se dispone de tiempo para la ruptura de una pareja. La acumulación de capital desaparece como argumento, porque no conviene vislumbrarla tan rápidamente.
Hans, quien, por su trabajo, se ha convertido en un ser intranquilo y suspicaz, se apresura a dejar a la criada un espacio libre sobre la mesa. Su madre le ha enseñado, de manera superflua, que hay que ser amable con las mujeres, como se era antiguamente. Pero, en el último momento, Sophie le detiene para que la criada se las arregle sola. No existe, Hans, deberías comprenderlo. Pero, todo lo que podemos ver existe ¿o no? Pues no.
Junto con muchos otros, el principal error de los anarquistas austriacos (si es que en realidad existieron) fue el de querer sustraerse de su terrible condición social. Pero esto es una puerilidad. Si uno quiere lo mismo para todos, puede convertirse directamente al comunismo, lo cual resulta monótono. Lo que hay que hacer es destruir la mayor parte de lo que todavía arranca de generaciones pasadas. Rainer presume de que durante el verano irá a navegar, que su hermano conoce a innumerables actores de cine en América y que su madre viajará, al día siguiente, al balneario de Villach (que en realidad, es un viejo sueño). Y tampoco existe tal hermano. Rainer explica que, desafortunadamente, la tradición del surrealismo alemán se vio truncada por el estallido de la guerra mundial y declara estar interesado en cuestiones estéticas y en busca de un papel de mando. Una manera de
encontrar ese papel sería, quizá, darle a Sophie un golpe duro y seco en la boca, de manera que sangrara. Pero no, esto no puede ser, ya que en este preciso instante ella se dispone a abrir una caja de galletas bañadas en chocolate, que son sus predilectas. Rainer las devora con verdadera fruición. Uno de los deseos más vehementes del hombre es el de librarse del trabajo manual y para ello se sirve de cualquier medio. Algunos piensan equivocadamente que, por su naturaleza, les espera un trabajo no manual y Rainer cree que Hans piensa así, ya que con cierta frecuencia le ha oído decir que para él la naturaleza sólo tiene sentido como valor positivo de ocio. Y esa es la manera en la que se adentra en la naturaleza. Ahí te doy la razón (Sophie). A mí también se me puede encontrar en la naturaleza en mis ratos de ocio. Ahí me puedes buscar si hago falta.
Quisiera algún día dejar esta profesión que no me llena y convertirme en profesor de gimnasia. ¿Percibes mis músculos, Sophie? Tú eres la razón por la cual brotan de mi cuerpo y diariamente se robustecen. En la naturaleza, desgraciadamente, todavía tengo que atenerme a los caminos públicos y señalizados, pero cuando me haya convertido en un valiente escalador, podré aventurarme por sendas insólitas y coger más de un edelweiss. Rainer evita esta naturaleza siempre que puede y las más de las veces se escabulle de las clases de gimnasia alegando enfermedad o cansancio. Su padre no debe enterarse y siempre es mamá la que le escribe las excusas. Sophie sostiene que por causa de los papeles y por cosas aún peores, se está llegando a una devastación progresiva de la naturaleza, dado que el hombre medio, siempre que entra en contacto con ella, deja tras sí un rastro de inmundicias. Este es un problema nuevo que afecta al medio ambiente. Antiguamente los hombres no tenían tiempo para perjudicar su medio ambiente porque estaban entretenidos en perjudicarse a sí mismos.
Buena prueba de ello son las guerras.
Rainer: Oye, Sophie, he vuelto a escribir una poesía que habla de ti.
Sophie: Que es lo único por lo que, en realidad, destacas sobre los demás, ya que, muy a tu pesar, no dispones de otros medios materiales que te ayuden a elevarte sobre la gran masa.
Rainer: hoy estás verdaderamente vomitiva. El dinero es asqueroso. El intelecto del hombre discurre independientemente de su preocupación diaria por la comida. Como ejemplo, te diré que a menudo las clases dirigentes
carecen de ingenio, mientras que las personas humildes pueden llegar a ser extremadamente inteligentes. Son conceptos totalmente independientes.
Hans opina que lo único que importa es la esencia del hombre y la formación de su carácter. Quiere profundizar más en su argumentación, porque es una cuestión que le plantea problemas íntimos, pero, desgraciadamente, Sophie le encomienda la reparación del tocadiscos que, por causas misteriosas, ha dejado de funcionar. Ella sospecha que depende de la corriente eléctrica y eso que a él le gustaría tanto participar en la conversación y sacarle algún provecho. ¡Quién sabe cuánto de lo dicho podría emplear cuando sea profesor de gimnasia! También hay que pensar en un futuro que no dependa de la rama de la alta tensión. Rainer describe la belleza intrínseca de la violencia, a la hora de quebrantar huesos y huesecillos o desgarrar tendones, o en el momento de provocar e, incluso, sentir cómo revienta una piel sometida a tensión. También cuenta que, dentro de no mucho, van a redecorar su casa con numerosos muebles de estilo que, actualmente, Francia está lanzando al mercado.
Tú con tu eterno miedo al contacto, ni siquiera eres capaz de darle a alguien la mano o de mirarle a la cara de un modo natural, exclama Sophie esquivando a Rainer, quien en este momento quiere darle la mano espontáneamente para acariciarla o simplemente sostenerla. Sophie es experta rehuyendo a Rainer. Déjame en paz, ¿por qué siempre tienes que manosearme? Se habla a través de la boca, no de las manos. Sí, pero se besa con la boca, mi adorada Sophie. Y esto me supera.
En seguida llega Hans y dice que es el más fuerte, ¿nos apostamos algo?
Y para demostrarlo, el muy tonto de él, se arremanga la camisa para echar un pulso. El bachiller con brazos de pollo le mira con desagrado. Las pupilas de Hans revelan desilusión al no poder medirse con el otro.
Lástima, ya que tiene fuerza para dar y tomar. ¿Para qué se ha tirado tantas horas entrenando? Para nada, ya que nadie le otorga ningún mérito.
Sophie enmudece y Anna está enfadada.
Despega tímidamente un pelo de la americana de Hans. Es una tentativa de acercamiento que se lleva a cabo porque se siente enormemente atraída por él. En comparación con su hermano o Sophie, cuando Hans hace algo, establece relaciones muy diferentes con las cosas. ¿Qué sentimiento se produciría si ahora, por voluntad propia, tocara a Hans? Sin dilación, se
pone manos a la obra y el sentimiento que la sobrecoge da paso a una nueva dimensión, la dimensión de la activación extenuante del cuerpo.
Rainer manifiesta que el tenis le parece una tontería y que prefiere probar con el golf. Su tío en Inglaterra (que no existe) juega al golf. Hans declara no conocer dicho juego y Rainer le contesta que ni falta que le hace, puesto que no lo va a necesitar.
Sophie piensa, y así lo expone, que el excesivo énfasis que se pone sobre el libre albedrío y la individualidad reconduce al cristianismo.
Rainer, quien todavía no ha superado el cristianismo y mantiene frecuentes conversaciones con curas, le pide que no hable de una manera tan irreverente acerca de Dios, ya que todavía no ha llegado a la conclusión definitiva de que éste no exista. Además, de niño solía ayudar a misa.
Acto seguido, Rainer se dispone a comentar el concepto de libre albedrío en el hombre, a lo que Sophie contesta que un intelectual es capaz de seguir defendiendo cosas semejantes, incluso cuando se está muriendo de hambre.
Rainer se defiende: yo soy ese tipo de intelectual del que hablas. Sophie dice que aspirar a la profesión de intelectual desemboca en la adopción de la ideología del intelectual. De repente toda problemática recibe una sobrecarga que resulta de la liberación de la producción material. Así se constituye un mundo deforme que se defiende de todo lo demás.
Rainer le explica a Hans que un obrero no debe tener la mentalidad de un escritor.
Hans le explica a Rainer que de todos modos prefiere tener la mentalidad de un profesor de gimnasia a la de un escritor.
¿Hans, has encontrado ya el fallo en el tocadiscos? No, porque prefiero charlar con vosotros. Rainer le contesta que primero tiene que aprender a escuchar.
Sophie, que empieza a observar al profesor de gimnasia en ciernes, le pregunta en este momento que con qué traje de confirmante se ha disfrazado, los pantalones le quedan demasiado cortos y asimismo las mangas, y que dónde ha escondido los puños. Brillan por su ausencia, eso está claro.
Y qué me dices de la tela, desde luego es horrible la pinta que tienes, daña a la vista. Hans que se ha puesto su mejor traje de los domingos especialmente para Sophie y que no daña ni su vista ni la de su madre (que
ya en dos ocasiones se lo había alargado personalmente), queda reducido al tamaño de un guisante como si le hubieran succionado todo el aire. ¡Encima de que se había presentado trajeado ante Sophie para competir con Rainer, que siempre lleva vaqueros, va ella y se burla de él! En seguida trata de tapar con las manos todas las partes que el traje no logra cubrir. Pero no tiene manos suficientes. Ha encogido en el tinte, os lo juro, antes me quedaba bien, los bestias de la tintorería lo han encogido. En contra de mi voluntad. A lo mejor puedo reclamar, porque está claro que se lo han cargado.
Espera, te voy a traer algo de mi hermano. Debe ser de tu talla, ¡anda, pruébatelo! A Rainer casi se le salen los ojos de las órbitas de envidia. Son un jersey de pico de cachemira y unos pantalones de fino paño de lana.
«Pura lana» dice la etiqueta. A Rainer le llega al alma que Hans reciba un regalo tan bonito y él no. Pero es solamente un venate que le ha dado a la voluble Sophie, insconstante como un fuego fatuo, pero todo cambiará en cuanto siente la cabeza. Está jugando con Hans, que en cuestiones de amor todavía es un principiante.
Sophie le dice a Hans que se cambie ahí mismo, delante de ellos. Pero él no quiere porque su ropa interior está sucia. Pero se ve obligado a hacerlo porque si no no le dan ni el pantalón ni el jersey. Anna abrasa a Hans con la mirada. Sophie se quita una mancha de la falda de tenis en la que nadie ha reparado, excepto ella. Rainer dice en el cuarto asfixiante en el que se encuentra que hay que actuar, actuar, actuar y actuar. Y que hay que asumir las consecuencias. Naturalmente se trata de acciones malas, ya que para nosotros no existen estas categorías morales. Por mi decimoctavo cumpleaños mi padre me comprará un coche deportivo.
Es curioso que de pronto quieras pasar a la acción, cuando hasta la fecha sólo te has dedicado a leer y a escribir poesía, dice Sophie. Ella cree que eso no va con su carácter.
Rainer contesta que Sophie no se puede ni imaginar el caudal de rabia y odio que tiene acumulado. El pensamiento encuentra sus barreras, con las que me he topado hace tiempo, puesto que llevo muchos años pensando sin interrupción, y se acabó, hay que derribar las barreras. Por mi decimoctavo cumpleaños mi padre también me va a pagar un viaje a América. La diferencia entre Sade y Bataille es que Sade, recluido en compañía de otros dementes, esparce las hojas de las rosas más fragantes sobre un estercolero.
Pasó veintisiete años en la cárcel para concebir sus ideas. Por el contrario, Bataille se apoltrona en su asiento de la Bibliothéque Nationale. El marqués de Sade, conocido por su voluntad de liberación social y moral, quería poner en tela de juicio un ídolo poético, para provocar que el pensamiento se desembarazara de sus ataduras. Por contra, la voluntad de liberación moral y social que propone Bataille es muy cuestionable. Lo que a mí me diferencia del marqués de Sade es que yo no soy ningún moralista, por lo demás ¡soy todo lo que él fue y todavía más!
¿Y esos quiénes son?, pregunta Hans arropado en cachemira, y le informan de quienes se trata.
Los atracos que estamos planeando deben ir recubiertos de un armazón de motivaciones más sublimes. Por decirlo de alguna manera, que nos sobrepasen. Ahora mismo os lo explico, dice Rainer.
Por favor, ahórrate las explicaciones, te lo pido encarecidamente, una explicación más y te juro que grito, dice Sophie. Pero os tengo que explicar el motivo por el que lo hacemos, porque si no lo hacéis sin ninguna finalidad y eso no vale.
Hans dice que quiere progresar en su formación.
Anna le dice que para ello tiene que leer mucho.
Rainer dice que no lea sino que le escuche a él. Él es el intelectual y no Hans. Si un intelectual no consigue adecuar su mundo a la ideología en la que se inspira, teniendo que recurrir (como Hans) a un sucio trabajo manual para sobrevivir, termina defendiendo un mundo falso que ya no es el suyo.
Así es que más te vale defender tu propio mundo, Hans. No intentes ser más de lo que en realidad eres, porque ya existe uno que es más que tú: yo mismo.
A Hans le decepciona que Rainer le desaconseje tan tajantemente proseguir su formación académica. Pero, hasta cierto punto, tiene razón, porque en muchas ocasiones los conocimientos nos hacen desgraciados y la ignorancia suele ser más indulgente. Sophie echa a todos sin clemencia, porque percibe que ha llegado el coche deportivo de Schwarzenfels, que la transportará a un partido de tenis. Ese es el coche deportivo que le regalarán a Rainer por su cumpleaños, exactamente el mismo. Si pudiera probarlo una sola vez para poder conducirlo inmediatamente después de llegar su cumpleaños. No. No puede. Como último recurso, Rainer intenta tocar a
Sophie en partes de su cuerpo todavía visibles, pero ésta se escurre, entre sus dedos tan poco audaces, como la arena. Arena fina.
Todavía en la parada del tranvía, que los conducirá a barrios más pobres, siguen hablando de las maneras de atracar a la gente.
Evidentemente no para enriquecerse, sino por liberarse de una vez por todas. Para siempre. Hans no está todavía muy seguro de si quiere liberarse.
Preferiría asistir a un partido de tenis y aprender algo más acerca del mundo del deporte. Durante algún tiempo mira a su alrededor con lástima, pero no ve nada, porque un coche deportivo de esta clase es mucho más veloz que un tranvía, que hace su recorrido, trabajosamente, parada a parada.
Un momento, no nos bajemos todavía del tranvía, quedémonos aún un rato. Está repleto de una masa monocolor de la que no se puede deducir, a primera vista, de qué está compuesta. De ganado o de personas. Nada sobresale en esta multitud, excepto el sombrero -de un color hiriente que está de moda- que lleva una mujer fea. Destaca negativamente. Son bueyes o carneros mansos, dice Anna, que trotarían pacientemente al matadero llevando ellos mismos el cuchillo y señalando el sitio donde debe asestárseles el golpe.
Los hombres eran una combinación de gris sobre gris. Sus actividades habían trazado profundos surcos en sus rostros asexuados, poco viriles. Lo que hacen en casa con sus mujeres es fácil de adivinar: nada. Nada agradable. Pero ni siquiera algo especialmente desagradable. Incluso para eso les falta categoría. El asqueroso trabajo que realizan ha dejado al primero calvo, al segundo sin dientes y al tercero con las uñas negras. Hans se distancia interiormente de ellos y se refugia en una esquina sombría, para pasar inadvertido y para que de ninguna manera puedan asociarle con este rebaño. Erróneamente.
Pero en el momento en que aparece una señorita guapa y solitaria le guiña un ojo. Esto se llama flirtear, algo propio de la gente despreocupada.
Rainer y Anna, a quienes nadie asociaría con este tipo de gente, porque desde luego no tienen pinta de trabajar, se plantan libre y ostensiblemente sobre la plataforma abierta, permitiendo que el viento sople en sus caras asilvestradas. Pronto dejarán atrás los tranvías para acomodarse en un coche nuevo.
El abismo que separa a Hans de los gemelos se hizo más patente aún al estar rodeados de personas que los observaban.
Anna y Rainer estaban arriba, Hans (todavía) abajo, pero no por mucho tiempo.
¿Si no es la corriente originada por el movimiento del tranvía, qué es lo que le oprime el pecho a Anna? Es un gordito, con pinta de empleado que regresa a casa -donde le esperan mujer e hijo- que entretanto, evidentemente, pretende llevarse algo que le queda demasiado grande: Anna. La joven lozana que tanto le ha gustado.
Una masa blanda reposa sobre el culo de Anna. Es este individuo, que está aprovechando la ocasión (que no suele presentarse a menudo a tipos de su ralea) para aproximarse a esta joven criatura inocente y utilizarla para sus propios fines. Como no se divisa ninguna autoridad paterna, puede tomarse la libertad de enseñarle alguna cosita. A los dos gamberros que acompañan a esta putita se les ve que, llegado el momento, no se rebelarían contra una persona de autoridad. La persona de autoridad es él, un empleado de banca con expectativas de ser nombrado director de una filial.