Los hombres de Wilmet
Capítulo 1
Supongo que debió de ser el sobresalto de oír sonar el teléfono dentro de la iglesia lo que me hizo volver la cabeza y ver a Piers Longridge en uno de los pasillos laterales, detrás de mí. El sonido estridente transmitía una sensación de urgencia, en contraste con la música del órgano, y debido probablemente a que hasta entonces nunca había oído el timbre de un teléfono en el templo, mis pensamientos se distrajeron de inmediato y empecé a preguntarme dónde podía estar el aparato y si alguien contestaría a la llamada. Me imaginé a la mujer bajita con el sombrero de color azul pavo real que ejercía de sacristana entrando en la sacristía para descolgar el auricular con cautela, aunque solo fuera para acallar el incómodo sonido. Tal vez dijera que el padre Thames estaba ocupado en ese momento o que no podía ponerse. Aunque quien llamaba ya debería saberlo, puesto que era el día de San Lucas —la fiesta del patrón de la parroquia— y la misa de doce era uno de los actos religiosos más importantes, al que asistían los que trabajaban en las oficinas cercanas y también personas ociosas como yo, a quienes la pereza les había impedido levantarse a tiempo para asistir a otra misa más temprana.
Por fin dejó de sonar el teléfono, pero seguí preguntándome quién podía haber llamado, y me decidí por una de las amigas ancianas y acaudaladas del padre Thames, que tal vez quisiera invitarlo a comer o a cenar. Entonces empezó a sonar otra campanilla distinta e intenté volver al hilo de mis pensamientos, avergonzada de haber permitido que se dispersaran tanto durante la ceremonia religiosa. Cerré los ojos y recé por mi alma en ese día de mi trigésimo tercer cumpleaños, por mi esposo Rodney, por mi suegra Sybil y por una imprecisa serie de amigos que siempre andaban necesitados de una oración. En el último momento me acordé de rezar a fin de que nos mandaran un nuevo ayudante para el párroco, pues el padre Thames nos había instado a hacerlo en la hoja parroquial. Cuando volví a abrir los ojos, no pude evitar una mirada fugaz hacia el pasillo lateral en el que había creído ver a un hombre que se parecía a Piers Longridge, el hermano de mi gran amiga Rowena Talbot.
Mi amiga solía referirse a él como «el pobre Piers», ya que había algo en él que daba una impresión poco satisfactoria. A sus treinta y cinco años, había pasado por demasiados trabajos distintos y la brillantez de su juventud parecía haberse quedado en nada. También había un factor en contra: que no se había casado todavía. Me pregunté qué podía haberlo llevado a la misa de doce en la iglesia de San Lucas. Entonces recordé que Rowena me había contado que hacía poco había encontrado un empleo como corrector de pruebas en una editorial especializada en la publicación de ensayos, pero creí entender que estaba en el centro de la ciudad. No conocía muy bien a Piers Longridge y apenas lo había visto últimamente; seguro que era una de esas personas que iban a las iglesias para contemplar la arquitectura y asistían a la misa solo por curiosidad. Le volví a dirigir una mirada furtiva. En las novelas, o mejor dicho, en los relatos recogidos en las revistas parroquiales, a veces aparece la descripción de «una figura solitaria arrodillada en la parte posterior de la iglesia, con la cabeza inclinada para rezar», pero Piers miraba a su alrededor con interés y curiosidad. Volví a fijarme en lo guapo que era, con las facciones aquilinas y el cabello rubio, y me pregunté si tendría oportunidad de hablar con él después del servicio religioso.
Cuando llegó el momento, el padre Thames, un hombre mayor, alto y escuálido, con el cabello espeso y canoso y una nariz prominente, se quedó apostado junto a la puerta, y con el tono de voz más bien alto con que se dirigía a los feligreses empezó a hablar a los individuos que pasaban junto a él (ahora le decía a un joven que se mantuviera en contacto con la parroquia), mientras que otros se escabullían sin saludarlo para regresar a la oficina, tal vez calculando si todavía les quedaba tiempo de comer algo rápido o tomar una taza de café antes de volver al trabajo.
Aunque había ido muchas veces a esa iglesia, pues estaba cerca de mi casa, el padre Thames y yo nunca habíamos hablado personalmente. Al acercarme a él, tuve la sensación de que me diría algo; pero para mi sorpresa (porque no había preparado ninguna frase de presentación) fui yo la que rompió el hielo. Y lo que dije fue bastante inapropiado:
—¡Qué extraño que suene el teléfono en la iglesia! Creo que nunca lo había oído… —empecé a decir y enseguida me detuve, pues no sabía cómo se lo tomaría.
El párroco inclinó la cabeza hacia atrás, casi como si fuera a echarse a reír.
—¿Nunca lo había oído? —repitió—. Uf, pues aquí suena constantemente, pese a que tenemos otro en la casa parroquial, por supuesto. Por lo general es para asuntos de nuestro trabajo, pero de vez en cuando un amigo tiene la amabilidad de invitarme a comer o algo así. ¡La gente es tan hospitalaria!
Así pues, tal vez mis elucubraciones fueran acertadas. Sin embargo, en la casa parroquial había dos sacerdotes. ¿Serían todas las invitaciones para el padre Thames o habría alguna para el bonachón y regordete padre Bode, de cara redonda, con gafas y una voz casi anodina, que siempre ejercía de segundo diácono en la misa mayor y que una vez se había equivocado de lectura en una celebración navideña? Estaba segura de que el padre Bode era igualmente merecedor de comer salmón ahumado y urogallo o lo que le ofreciesen para comer sus anfitrionas. Entonces se me ocurrió que tal vez el padre Bode fuera una de esas personas que prefieren el salmón enlatado, aunque me avergoncé de semejante pensamiento, porque sabía que era un buen hombre.
—A decir verdad, llamaban para hablarme del padre Ransome, nuestro nuevo coadjutor —continuó el padre Thames—. Eso es lo único que supo decirme la señora Spooner al acabar la misa. De hecho, por lo que entendí, es posible que quien llamara por teléfono fuera el propio Ransome, aunque no estoy seguro, porque, como es lógico, la mujer estaba confundida y azorada cuando me lo comunicó.
Me pregunté si era buena señal que el nuevo coadjutor telefoneara en medio de la misa o si eso demostraba que le faltaban luces.
—Cuánto me alegra saber que han destinado a otro cura —contesté.
—Sí, nuestras plegarias han sido escuchadas, como suele ocurrir. Por supuesto, todavía tenemos que superar algunos escollos, pero si todo va según el plan establecido, el padre Ransome debería estar con nosotros dentro de un mes. Entonces estaremos en condiciones de poner en marcha nuestro programa para el invierno. Por favor, tiene que venir a tomar una copa de jerez una tarde de estas. O tal vez prefiera unirse a uno de nuestros grupos de estudio… —añadió, y me pareció que me ofrecía un par de alternativas curiosamente opuestas—. Confiamos en poder tratar a fondo el tema del sur de la India este otoño… —Su voz tue perdiendo fuelle y me di cuenta de que su mirada se desviaba y fue a fijarse en un joven que intentaba escabullirse sin que él lo viera—. Hombre, Geoffrey —lo llamó—, ¿le gustaría hacer de monaguillo?
Geoffrey miró con cara de corderito y murmuró algo para indicar que no le apetecía demasiado. Consiguió escapar mientras el padre Thames era arrollado por una anciana de esas que siempre parecen deambular alrededor de los clérigos en los porches y las puertas de entrada de las iglesias.
—Wilmet —dijo una voz a mi lado—, ¿no se acuerda de mí?
Era Piers Longridge. Salimos de la iglesia a la luz del sol de octubre.
—La he visto en misa —añadió—. Estaba seguro de que era usted.
—Yo también lo he visto —dije—, pero luego, sin saber cómo, me he encontrado hablando con el padre Thames.
—¿El padre Thames? —preguntó entre risas—. ¿No le parece un poco extraño que de apellido se llame igual que el río?
—Sí, supongo que sí, pero ya me he acostumbrado. Y parece que él también lo ha superado…, la rareza del apellido, quiero decir. ¿Viene a menudo por aquí?
—No, es la primera vez. Tal vez se lo haya contado Rowena; trabajo en Londres como corrector de libros en francés y portugués, y por la tarde doy clases de ambos idiomas a oficinistas serios y damas de mediana edad. ¿No le recuerda a una de las primeras novelas de H. G. Wells? Es tremendo…
—Me parece un trabajo muy respetable —me aventuré a decir.
—Sí, no me puedo quejar. ¿Es usted una asidua feligresa de San Lucas, como suele decirse?
—Sí, llevo unos cuantos meses viniendo aquí a misa. La iglesia anglicana que tenemos más cerca de nuestra casa es demasiado liberal y no me gusta.
—Me lo imagino… —dijo Piers.
Avanzamos un poco más.
—¿Y qué novedades tiene usted? ¿Se ha casado ya? —le pregunté con tono desenfadado.
—¡Por el amor de Dios, no! ¿Con quién iba a casarme? Las mujeres dan tanto miedo últimamente y parecen tener tantas expectativas, que superan lo que puedo ofrecer. No es que quiera meterla a usted en el mismo saco, claro —añadió al instante—. Hoy está especialmente hermosa, Wilmet.
Me sonrió de esa forma tan provocativa que yo recordaba de otras veces.
Me encantó su cumplido, porque siempre me preocupo mucho de la ropa que llevo, y como soy alta y de tez morena suelo conseguir cierto aire de distinción. Llevaba un vestido de color café claro con detalles en negro y un collar de coral. Rodney no acostumbraba a alabar mi apariencia, y Piers desprendía ese aire cautivador que me hacía pensar que hablaba en serio. Lamenté que, al llegar a un cruce, dijera que tenía que despedirse.
—El deber me llama —dijo suspirando—. Confío en que volvamos a vernos. A lo mejor podríamos comer juntos algún día —añadió vacilante, como si creyera que se esperaba algo de él pero no quisiera comprometerse del todo.
—Tiene que venir un día a nuestra casa —le contesté.
—Me temo que no soy una persona muy sociable, en el sentido más habitual del término —dijo, pero añadió de inmediato—, aunque estoy seguro de que volveremos a vernos.
—Sí —respondí—. ¡Adiós!
Decidí esperar a un autobús que me llevara hacia la zona comercial; cuando llegó, me senté en el piso de arriba para contemplar la calle desde lo alto. No habíamos avanzado mucho cuando vi a Piers a punto de entrar en un sitio que ni por asomo podía ser su lugar de trabajo, pues era un pub, o más bien una vinatería, uno de esos lugares de asueto con nombre atractivo y ambiente casi poético, similar al de las quintas portuguesas; y, a decir verdad, la comparación resultaba bastante certera, porque Piers y su hermana se habían criado en Portugal, donde su padre había trabajado en el sector vinícola. Empecé a repasar mis recuerdos sobre la trayectoria de Piers. Había estudiado en Oxford o Cambridge, pero sus notas habían sido una decepción, demasiado bajas en los exámenes finales. Había dado clases en una escuela, y trabajado en una agencia de viajes, había colaborado con la BBC y participado en la preparación de un diccionario de portugués. De la solapa de ese libro extraje más información, pues allí lo describían como el «licenciado Piers Longridge, antiguo miembro del personal del British Museum y exprofesor de literatura inglesa» en una facultad de Portugal cuyo nombre no recuerdo; el mismo hombre que acababa de entrar en una tasca a las dos de la tarde después de decirme que tenía que volver al trabajo. ¡Qué lejos quedaba la gloria, si es que la había habido alguna vez! Las palabras «antiguo» y «ex» tenían connotaciones algo tristes; y el propio Piers, visto desde el autobús, era una figura bastante desgarbada, más consumida y menos glamurosa que bajo la luz más clemente de la iglesia. Me fijé en que no entraba inmediatamente a beber un trago sino que se entretenía un poco en la acera, junto a la puerta, mirando de un modo que parecía extraño a ambos lados de la calle y después a una fila de coches aparcados. Entonces me acordé de que Rowena me había hablado de su obsesión por las matrículas de los coches, que unas veces memorizaba en un sencillo orden numérico y otras empleaba en juegos más complejos, como buscar un coche con las iniciales de su nombre y añadir los números que seguían para ver si el resultado era «favorable». Parecía una actividad insulsa e impropia de un hombre adulto, y me sentí mal por haberlo pillado, como si lo estuviera espiando. Me alegré cuando el autobús arrancó de nuevo y lo vi entrar por fin en la taberna.
Más tarde, cuando acabé de callejear y mirar escaparates y regresé a casa, de repente me di cuenta de lo lóbrego y respetable que parecía nuestro edificio visto desde fuera. Por supuesto, su aspecto casaba a la perfección con Rodney, que era funcionario; pero no parecía muy adecuado para Sybil, mi suegra, que era lo que podríamos llamar todo un personaje, aunque no resultaba irritante. Cuando abrí la puerta principal, la vi de pie en el recibidor, una mujer afable de sesenta y nueve años, de cara cuadrada, llena de energía y un poco brusca en su forma de ser. Cuando era joven (y aún ahora) le encantaba la arqueología, hasta el punto de que la enorme mesa de la cocina de la planta baja solía estar cubierta de bandejas llenas de fragmentos de vasijas y piezas de cerámica que esperaban ser etiquetados y clasificados. En ese momento intentaba colocar flores en un jarrón, seria y sin ningún deleite, limitándose a poner una aquí y otra allá con gestos impacientes.
—Ay, Wilmet… Llegas en el mejor momento —me dijo—. Soy incapaz de colocar bien estas flores. Intentaba que la disposición quedara natural, pero parece que los crisantemos se empellan en llevarme la contraria.
—Deje que lo intente yo.
Me quité los guantes y me puse manos a la obra. Tengo un talento innato para los arreglos florales, así que en pocos minutos conseguí que quedara artísticamente natural.
—Ha llamado Noddy para decir que ha invitado a un amigo a cenar —me anunció Sybil.
—¡Del ministerio!
—Sí, supongo que sí. Creo que todos los amigos de Noddy son del ministerio, ¿no?
Sybil parecía encontrar un placer irónico en llamar a su liijo por su apodo infantil, que ahora parecía del todo inadecuado para un funcionario que se aproximaba a la mediana edad. Algunas veces me preguntaba si lo hacía precisamente por eso.
—Pues será mejor que vaya a cambiarme de ropa.
—No te arregles demasiado, querida. Estaba a punto de decirte que los funcionarios no se dan cuenta de qué atuendo llevan sus esposas ni las de sus compañeros… Una de esas bobas generalizaciones que probablemente sean falsas.
—Supongo que una funcionaría se fijaría más.
Sybil se echó a reír.
—¡Esas mujeres tan extraordinarias! A menudo pienso que era uno de los motivos por los que Noddy no quería que trabajaras… Por miedo a que te convirtieras en el tipo de mujer que se baja del tren en Saint James’s Park o en Westminster, con un maletín con las iniciales E. R. Elizabeth Regina, estampadas en él.
—Imagino que algunas de esas mujeres intentan compaginar el matrimonio con la carrera profesional. Me refiero a las que llevan cestas de la compra junto con maletines y parecen a la vez formidables y preocupadas, como si confiaran en tener tiempo de pasar por la carnicería antes de entrar en el despacho.
—Sí, aunque las mujeres solteras también tienen que comer, e incluso deleitar a sus amigos con una cena de vez en cuando —dijo Sybil—. El otro día leí en el periódico la historia de una funcionaría a la que descubrieron preparando unas coles de Bruselas detrás de un archivador, pobrecilla… Supongo que pensó que así ganaría diez preciosos minutos cuando llegara a casa.
—Sí —añadí entre risas—, y no sería difícil limpiar grosellas o desgranar guisantes mientras se está en la oficina. Puede que sin necesidad de esconderse detrás de un archivador… ¡Santo Dios! Acabo de oír la llave de Rodney en la puerta. Tengo que darme prisa.
Cuando volví a bajar, los hombres estaban en el salón bebiendo una copa de jerez. Sybil que, evidentemente, no los consideraba merecedores de que se cambiara de vestido, estaba con ellos. Aunque bien mirado, todas sus prendas se parecían; no tenían un estilo particular, ni siquiera variaban los colores; de todas formas, solían estar bastante limpias salvo cuando se le caía encima la ceniza del cigarrillo.
Un hombre más bien joven y de aspecto rígido estaba de pie junto al fuego. Se parecía un poco a Rodney, pero mi marido era más guapo y su incipiente calvicie tenía un toque distinguido, lo que parecía adecuado para su edad y su puesto en el ministerio, mientras que este hombre tenía una tupida mata de cabello tieso como el alambre y algo canoso.
—Wilmet, creo que no conoces a James Cash, ¿verdad? —dijo Rodney.
Nos saludamos con la cabeza e hicimos sendas inclinaciones de cortesía, mientras Rodney se acercaba a la mesa junto a la ventana y me preparaba una copa.
—Creo que tomaré un martini seco —dije—. Con este tiempo no me apetece mucho una copa de jerez… Hace demasiado calor, no sé. Parece el veranillo de San Martín.
Una sombra, a buen seguro de desaprobación, pareció cruzar el rostro de James Cash, y supuse que probablemente era uno de esos hombres a los que no les gusta que las mujeres beban alcohol, y mucho menos que alguien tenga la ocurrencia de tomar ginebra antes de cenar.
—La ginebra siempre me deja la boca seca —dijo Sybil con su habitual aire despreocupado—. Aunque beba muy poca. Me pregunto por qué será.
—¿Seguro que no prefieres ginebra con lima, cariño? —me preguntó Rodney, con la mano apoyada en la botella de Noilly Prat.
—No, la prefiero a la francesa, por favor.
—Deja que tome lo que quiera, Noddy —dijo Sybil—. Al fin y al cabo, es su cumpleaños.
—Por supuesto. Y eso me recuerda que he visto a Griffin a la hora de comer y he resuelto lo de tu regalo.
—Gracias, querido.
El señor Griffin era el director del banco de Rodney.
Me imaginé la escena, seca y comercial, la transferencia de una suma sustancial de dinero a mi cuenta; nada realmente espontáneo ni romántico en el detalle. Aun así, a lo mejor era preferible un obsequio contante y sonante, como el dinero, al extravagante frasco de perfume francés que algunos maridos (el de mi amiga Rowena, por ejemplo) regalaban a veces. Tal gesto era en cierto modo característico de Rodney y de las cualidades marcadamente británicas que me habían parecido tan adorables cuando nos conocimos en Italia durante la guerra y yo sentía añoranza de los cementerios verdes y húmedos de Inglaterra y de los paseos y charlas intelectuales en el parque un sábado por la tarde.
—Qué lástima que Hilary no pueda acompañarnos esta noche —dijo Rodney de una manera bastante formal mirando a James Cash.
—¿Está enferma? No lo sabía —dijo Sybil de modo directo.
—Bueno, no es eso. Acaba de tener un bebé —contestó James con tono sorprendido.
—Qué bonito —dije intentando sonar cálida y femenina—. ¿Es niño o niña?
—Niño.
—Se supone que es lo mejor —dijo Sybil riéndose.
Apuramos nuestras copas y nos acercamos al comedor. Me conmovió ver que Sybil había elegido mis platos favoritos: salmón ahumado, pato al horno y tarta de grosellas con nata. Como era lógico, los hombres no se darían cuenta de que los había elegido pensando especialmente en mí, pues considerarían que aquel ágape era algo que ellos merecían.
—Nunca sé qué vino beber con las grosellas —dijo Rodney, dirigiendo una mirada a James Cash casi a modo de disculpa—. Supongo que lo ideal es algo más seco que los que suelen tomarse con los dulces… ¿Cree que es lo mejor?
Solté una risita antes de darme cuenta de que Rodney hablaba en serio, casi con deferencia, y de que la pregunta estaba siendo considerada con seriedad. Así que James es uno de esos hombres aburridos que entienden de vinos, pensé.
—Creo que su elección es admirable y muy acertada —dijo nuestro invitado muy cortés—, aunque opino que aquí podría servir uno de esos vinos sumamente dulces, tal vez incluso un Samos, de esos que, salvo para un plato así, no tienen raison d’être. Es más, puede que su raison d’être sea precisamente el tomarlos con grosellas o ruibarbo. Si lo desea, le plantearé la cuestión a mi proveedor de vinos, un hombre muy desenvuelto y que vale mucho.
—Gracias —contestó Rodney muy serio—. A nosotros, en especial a mi esposa y a mi madre, nos encantan las grosellas. Las comemos a menudo, de una forma u otra.
—Quizá sea una fruta muy femenina —dijo Sybil—, igual que el ruibarbo. Las mujeres están preparadas para enfrentarse a lo áspero y difícil, mientras que a los hombres no suele parecerles que merezca la pena.
Los hombres permanecieron en silencio un momento, como si sopesaran si debían defenderse o si tampoco eso merecía la pena. El siguiente comentario de Rodney demostró que, evidentemente, habían llegado a la conclusión de que no la merecía.
—Bueno, ¿y qué has hecho hoy, Wilmet? —preguntó mi marido—. Confío en que habrás disfrutado de tu cumpleaños. Vamos a ir al teatro mañana por la noche —añadió mirando a James, como si creyera que era necesaria una explicación.
—He ido a misa de doce a la iglesia de San Lucas —contesté— y he hablado un poco con el padre Thames. Después he ido de compras.
—Me temo que nuestra parroquia más cercana no es lo bastante conservadora para Wilmet —dijo Rodney.
—Me es indiferente —dijo James—. Nunca voy a la iglesia, sea del tipo que sea.
—Yo tampoco —añadió Sybil—. Definí mi postura cuando tenía veinte años y desde entonces no he encontrado motivos para cambiar ni modificar las conclusiones a las que llegué.
No pude protestar, porque había algo en el agnosticismo increíblemente valeroso de mi suegra que yo admiraba. Me parecía muy valiente que alguien que se acercaba al final de sus días mantuviera esa postura. Me preguntaba si alguna vez sentiría miedo cuando se despertaba de madrugada y pensaba en la muerte.
—Hoy, durante el servicio —comenté—, sonó el teléfono de la sacristía, y al parecer era la respuesta a nuestras plegarias. Habíamos rezado para que viniera un buen coadjutor —dije.
—Sí, supongo que a menudo las cosas suceden así —terció James con tono distante—. Pero imagino que también deben de tomarse algunas medidas prácticas: una palabra al obispo o al encargado de la parroquia, puede que incluso un anuncio en el periódico correspondiente.
—Ah, sí, el Church Times —dijo Sybil—, con unos cuantos señuelos tentadores para animar a los posibles candidatos. «Vestiduras, estilo occidental, coro con túnicas largas. Oportunidad de trabajar con los jóvenes». Aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor no es buena idea añadir esto último, ya sabemos lo que suele pasar: un titular morboso en la prensa sensacionalista o una de esas lamentables noticias breves en los periódicos serios.
Rodney la miró a modo de advertencia.
—Es un poco decepcionante —continuó Sybil, haciendo caso omiso de su hijo—. Me pregunto adónde irán a parar esas pobres criaturas descarriadas después, porque supongo que los exclaustrarán. Es lo que suele hacerse, ¿no? Confío en que haya algún sitio donde los acojan después. Sería una tarea muy noble la de rehabilitar a algunos de los pecadores. Incluso una casa de tamaño modesto como la nuestra podría acoger a cuatro o cinco…
Rodney y yo la miramos con aprensión, porque Sybil era muy voluntariosa y le encantaba colaborar en las tareas sociales.
—Madre, no estará pensando en montar un centro así en nuestra casa, ¿verdad? —preguntó Rodney con impaciencia—. Además, creo que nos hemos desviado bastante del tema, ¿no?
—A lo mejor nos hemos apartado del camino —dijo James con una risita —. En cualquier caso, supongo que la llegada de un nuevo clérigo debe de ser emocionante para las damas, ¿verdad? ¿Estará soltero?
—Imagino que sí —dije—. Ni el padre Thames ni el padre Bode están casados.
—¿Viven juntos en la casa parroquial?
—Bueno, aquí la llamamos casa parroquial —le expliqué—. Es un edificio de aspecto gótico que tiene el mismo estilo que la iglesia. En la puerta hay una nota que dice que no se debe llamar por teléfono a menos que se trate de asuntos urgentes.
—Yo diría que todos los temas clericales son urgentes —dijo Rodney—. Al fin y al cabo, tienen que ver con asuntos fundamentales: nacimiento, matrimonio, muerte, pecado… Aunque supongo que también van a molestar las mujeres ociosas que quieren enterarse de los cotilleos de la parroquia y cosas por el estilo.
—Bueno, confiemos en que el nuevo sacerdote esté a la altura del resto — dijo Sybil despreocupada mirándome fijamente—. ¿Te parece bien que dejemos solos a los hombres para que tomen un oporto y hablen de cosas serias? Se supone que a las mujeres no nos gusta el oporto, bueno, salvo a las ligeras de cascos. —Luego añadió mientras nos levantábamos de la mesa—: Y las conversaciones masculinas suelen subir de tono, algo que también se considera inadecuado para los oídos femeninos.
No pude evitar esbozar una sonrisa mientras miraba a los dos hombres allí sentados, con aquel aspecto tan formal y correcto. Supuse que primero hablarían del oporto en sí y después tal vez comentaran alguna anécdota que hubiera pasado en el ministerio (algún problema en el departamento de mecanografía o la mala idea de algún compañero eran los temas más escabrosos que se me ocurrían para tal conversación).
—Hoy he visto al hermano de Rowena —le dije a Sybil cuando nos sentamos a solas en el salón—. Estaba en la iglesia de San Lucas e intercambiamos unas palabras. Después subí al autobús y lo vi entrar en un pub.
—¡Madre mía! —Sybil hizo una pausa y se echó a reír—. Ay, no sé por qué he dicho eso… Más de una vez he oído que su vida era, digamos, poco satisfactoria. Debe de estar ya bien entrado en la treintena, ¿no? ¿A qué edad empezamos a aceptarnos tal como somos? ¿Podría seguir aplicándose el calificativo de insatisfecho a un hombre de cincuenta o sesenta años?
—Tal vez a los treinta años todavía quepa esperar que la gente haga cosas fabulosas —sugerí—, o incluso a los treinta y cinco.
—¿Por qué se supone que la vida de Piers es poco satisfactoria? ¿Porque ha cambiado mucho de trabajo y aún no se ha casado? ¿Es por eso?
—Sí, supongo que sí. En fin, Rowena está requetecasada, tiene tres hijos, y Harry trabaja en Mincing Lane —dije con una risita picara—. Ya sabe a qué me refiero… Todo es tan estable y perfecto, y tan del estilo del negocio que fundó su tatarabuelo… Supongo que Rowena lo eligió por contraste con todos los hombres portugueses que debió de conocer cuando vivían allí. No sé por qué, pero no me imagino a los portugueses como personas muy estables y dignas de confianza. Ahora Piers trabaja de corrector de libros, y da clases de francés y portugués por las tardes, según me dijo.
—¿Ah, sí? ¿Por qué no nos apuntamos a sus clases? —propuso Sybil con gran entusiasmo—. Se me había ocurrido que podríamos ir a Portugal de vacaciones el verano que viene, y no estaría de más aprender algunas nociones del idioma. ¿Por qué no le preguntas por sus clases la próxima vez que lo veas?
—De acuerdo, pero no sé cuándo será. No creo que esté en casa de Rowena cuando vaya a visitarla. A Harry no le cae demasiado bien.
—Qué lástima. ¿Y por qué no lo invitas a cenar con nosotros un día? A lo mejor le apetece entrar en un buen hogar inglés respetable… Supongo que el nuestro lo es. Además, se dice que la vida hogareña es una buena influencia, ¿no te parece?
—Sí, pero tal vez solo sea útil para que los hombres y las mujeres jóvenes que llegan de provincias a Londres en busca de su primer empleo tengan un sitio adonde ir durante las veladas que no pasan en la residencia de estudiantes o en el club social de alguna parroquia. E imagino que Piers no puede incluirse en esa categoría. Ahora que lo pienso, el padre Thames comentó algo acerca de unos grupos de estudio vespertinos para este invierno. A lo mejor puedo convencerlo para que vaya a esos cursos.
—No creo que lo consigas —contestó Sybil entre risas—, pero, ya que estamos, no te iría mal tener alguna ocupación intelectual.
—¿Se refiere a que debería buscarme algo que hacer? —pregunté un poco a la defensiva, porque algunas veces me sentía culpable de mis eternos días ociosos. Sinceramente, no lamentaba no haber tenido hijos, pero en ocasiones envidiaba el ajetreo familiar de mis amigas que los tenían. De ellas no se esperaba que tuvieran otra ocupación.
—En absoluto, querida —dijo Sybil con calma—. Cada uno tiene que hacer lo que le apetezca. Y creo que sabes llenar tus días de forma más que satisfactoria.
A decir verdad, había intentado trabajar a media jornada un par de veces desde que estaba casada, pero Rodney mantenía esa idea trasnochada de que las esposas no debían trabajar a menos que fuera necesario para la economía familiar. Y para colmo, no tenía estudios superiores y detestaba verme sujeta a una rutina diaria. Consideraba que mis planes otoñales de participar más en la vida de la parroquia de San Lucas, de intentar entablar amistad con Piers Longridge y tal vez incluso de apuntarme a sus clases bastarían para mantenerme ocupada.
—¿Por qué no me acompañas a la asociación algún día? —sugirió Sybil —. Mary Beamish me preguntó si te interesaría el tema la última vez que fui.
—Sí, la acompañaré un día de estos —contesté—. Será bastante… —Iba a añadir «divertido», pero era evidente que la palabra no era muy apropiada. Así pues, mi frase quedó en suspenso cuando los hombres se reunieron con nosotras en el salón.
—Ah, hola, caballeros —dijo Sybil con aire levemente burlón—. Ahora tendremos que interrumpir nuestra conversación y ustedes tendrán que interrumpir la suya.
—Estábamos intercambiando impresiones sobre las jóvenes mecanógrafas de la oficina —dijo James—. Bah, no tienen el menor interés —añadió al notar la mirada irónica de Sybil.
—Le estaba contando a James que tuve la oportunidad de criticar, suavemente, debo añadir, el trabajo que había hecho una de ellas —dijo Rodney—. Yo le había pedido un margen de siete centímetros y ella había dejado solo cinco centímetros. Era una cuestión muy importante, si no, no se lo habría especificado. Le dije: «Señorita Pim, me temo que esto no sirve», con lo cual me arrancó el informe de las manos y salió corriendo de la oficina hecha un mar de lágrimas, y luego cerró dando un portazo. Fue muy desagradable, la verdad.
—A lo mejor está enamorada de ti —me oí decir con una frialdad poco común en mí.
Se hizo un silencio, y entonces James se echó a reír a carcajadas y dijo:
—¡Qué va! ¡Le aseguro que en nuestro departamento no pasan esas cosas!
Me alegré de que hubiera roto el silencio. Miré a Rodney, pero no parecía haberse dado cuenta de nada, si es que había algo de lo que darse cuenta.
—Le gusta el Tía María, ¿verdad, madre? —dijo para salir del paso mientras cogía la botella—. Sé que a Wilmet le parece demasiado dulce.
Di un largo trago de brandy y empecé a toser. A continuación me puse a pensar en la visita a la asociación y en Mary Beamish.