Los silencios de Hugo
Tercera parte
El silencio de la memoria
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Hace quince días que Hugo volvió del hospital. Desde entonces, Helena siente que la mira de otra manera. No es la mirada del día en que la conoció, cuando recogía la compra de Olalla, ni la de la noche de su cumpleaños, cuando le tiró los papelillos azules desde el balcón, ni la de la tarde en que ingresó en el hospital, cuando le hizo entender que estaba infectado. No es ninguna de esas miradas. Es otra. La mira sabiendo que ella sabe. Que ya no hace falta que le explique. Que no quiere quererla. Que no puede. Que se niega a dejarle esa carga.
Sin embargo, ha dejado de esconderse. Sus ojos, cada vez más hundidos, pero también más amables y serenos, la miran sin escabullirse, aunque continúa tapándose el lunar del cuello con un pañuelo, y siempre lleva las manos bajo las mangas de la camisa.
A veces, Olalla se enfada por la forma en que exagera sus precauciones. Cuando le dieron el alta, la doctora les dejó muy claras las vías de contagio. No hace falta tanta prudencia, él lo sabe, y Olalla también.
—No sé por qué te empeñas en cosas que no tienen sentido. Comprendo que escondas la maquinilla de afeitar, pero todo lo demás…
Pero Hugo se ríe, se pone la camisa delante de los labios y se acerca a su hermana para besarla a través de la tela.
—Mis virus son míos, hermanita, y no tengo ninguna intención de compartirlos con nadie, diga la doctora lo que diga.
Olalla mira a su amiga, le dice que tiene un hermano de lo más insoportable y ríen los tres.
La primera vez que Helena volvió a visitarlos, cuatro días después de despedirse con una fórmula que la obligó a esperar a que se lo pidieran, llevaba en las manos una biografía de Wittgenstein que había ido leyendo en el autobús.
Hugo le abrió la puerta sin darle tiempo a tocar el timbre.
—¡Vaya, qué sorpresa! No sabía que ibas a venir.
—Me ha llamado Olalla. ¡Bueno! Hablamos todos los días, pero hoy me ha pedido que viniera.
No tenía que haberle dado tantas explicaciones, pero se las dio para que no pensase que había ido por él. Él la siguió, se sentó a su lado y enseguida se fijó en el libro.
—¿Te gusta Wittgenstein? —le preguntó señalando el libro.
—Me fascina, siempre me ha encantado, era tan enigmático… Aunque él decía que los enigmas no existen.
—También tú dices que las casualidades no existen, y mira, otra casualidad, a mí también me gusta.
Helena sonrió y reprimió el deseo de hablarle otra vez sobre la forma que tiene el destino de unir a la gente. Hugo se tapó las manos con las mangas de la camisa para coger el libro, y le dijo que a él le gustaba porque era matemático, como él, y filósofo, como le hubiera gustado ser.
—¿Me lo prestarás cuando lo acabes?
—Lo he leído dos veces. Te lo regalo.
Desde entonces, Helena fue a visitarlo todas las tardes y Hugo no se separó del libro.
Los días transcurrían prácticamente iguales para ambos, entre deseos reprimidos y conversaciones en el porche, encerrados en una espera que no sabían cuándo iba a terminar, mientras la vida continuaba a su alrededor.
Miguel Induráin había empezado en Holanda su carrera hacia el sexto título del Tour de Francia. El Tribunal Internacional de La Haya reconoció el derecho de los Estados a ejercer la jurisdicción universal en materia de genocidio, tras el conflicto serbobosnio que había desangrado el corazón de Europa, en una guerra que no tenía que haberse producido nunca. El papa Juan Pablo II, en su primera visita a Berlín, había sido recibido con abucheos en la Puerta de Brandeburgo por no rechazar expresamente la postura de Pío XII ante el nazismo. El lehendakari Ardanza le había puesto plazo a ETA para responder al Pacto de Ajuria Enea, suspender los atentados y liberar al funcionario Ortega Lara —secuestrado desde hacía seis meses—, como muestra de su disposición a abrir el camino hacia la paz. En todos los medios de comunicación se informaba del divorcio de la princesa de Gales y de la propuesta del Gobierno socialista de España para la plena integración en la nueva estructura militar de la OTAN. El famoso «OTAN, de entrada, no», que había enarbolado el Partido Socialista Obrero Español en numerosas manifestaciones, había cambiado la coma de sitio y se había convertido en un eufemismo.
Pero en casa de Olalla no se hablaba de las noticias del periódico ni se veía la televisión. Se vivía cada día, cada hora y cada minuto respirando hondo, huyendo del calor bajo la marquesina del porche, intentando no pensar.