Los sueños de los animales
Homero
1 - LA NOCHE DE DIFUNTOS
Sus dos pequeñas están acurrucadas una junto a la otra, como los animales habituados a dormir bajo tierra, en el menor espacio posible. Cosima sabe que es la mayor, incluso cuando no está consciente: uno de sus brazos rodea el hombro de Halimeda como si con ello quisiera proteger a ambas de las pesadillas. El doctor Homer Noline contiene la respiración, intentando ver algún movimiento en la oscuridad, tal y como ha visto hacer a las embarazadas cuando cierran los ojos y escuchan en su interior tratando de sentir vida.
Un recorte de blanca luna entra por la ventana y divide drásticamente sus cuerpos en luz y sombra, pero no los separa. Cuando duermen así, ninguna luz podría mostrar dónde acaba un cuerpo y empieza el otro. Una madre podría tal vez distinguirlo, pero esa posibilidad quedaba fuera del alcance.
La cama de Halimeda sigue sin deshacer. Por la mañana la revolverá para que él crea que ha dormido sola, y después seguirán durmiendo juntas. Sus artimañas eran de una precisión quirúrgica. Pero la mañana queda infinitamente lejos, pues estamos todavía en las primeras horas de la noche del Día de Difuntos. Las dos se han pasado el día entero jugando en el cementerio con los hijos de sus vecinos, Pocha, Juan Teobaldo, Cristóbal y las gemelas, y han ayudado a Viola Domingos a construir un emparrado de caléndulas sobre la tumba de una tatarabuela ajena a la familia.
Él permanece largo rato agarrado al marco de la puerta, que es exactamente del tamaño del cráneo de un recién nacido y se siente en la palma de la mano con la misma curvatura. Observa a sus hijas, aunque no hay nada que observar, y piensa: «Una tatarabuela que no es asunto suyo». Decide que es el último año que van al cementerio para el Día de Difuntos. Allí hay demasiados esqueletos. La gente confía demasiado en la indiferencia de los niños.
Ambas están sumidas en ese desmayo lívido que se apodera de los niños cuando están rendidos, pero él ya no se tomará la molestia de acercarse a velar su sueño como hacía antes. Vería lo mismo de siempre: trenzas desenredadas y rodillas arañadas ocultas de sus dolorosos antisépticos. Esta noche también podría ver mejillas y párpados jaspeados con el polen amarillo de las caléndulas. Él se ha pasado la vida observando pequeños detalles desde la distancia. Desde el marco de la puerta puede oler el amargor de los pétalos de caléndula aplastados contra la piel.
Se oye un suspiro más profundo y ambas se mueven levemente. Sus largos cabellos se desparraman sobre las sábanas mezclando sus colores, los mechones rizados grácilmente enroscados en los lisos. Él siente una presión en el corazón que no es enfermedad, sino dolor puro y simple, y sabe que lloraría si pudiera. Y no por el río que no puede vadear para llegar hasta sus hijas, ni por la distancia, sino justamente por lo contrario. Por lo juntas que están ambas y por todo lo que tienen que perder. Pues mucho han perdido ya para su vida venidera.