Los Topos
1.Vivos de cuerpopresente
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Juan y Manuel Hidalgo España (Benaque, Málaga).
28 años escondidos
… Fue el 3 de febrero de 1937 cuando comenzó seriamente el ataque de Málaga. Tres batallones a las órdenes del duque de Sevilla abandonaron el sector de Ronda y tropezaron con una resistencia encarnizada.
Los Camisas Negras se pusieron en marcha la noche del 4. En Málaga este avance provocó inmediatamente un movimiento de pánico, debido por una parte a la sorpresa que causó la aparición de los carros italianos y por otra al temor a ver la ciudad cortada del resto de la República. (El general) Villalba no supo inspirar a sus hombres el ardor combativo necesario y, por lo demás, su temperamento de oficial clásico no le impulsaba a confiar en que una población civil luchase hasta la muerte, como había ocurrido en Madrid. En estas condiciones y una vez roto el frente el día cuatro por el duque de Sevilla (príncipe de la familia Borbón) y el día 5 por los italianos, la progresión nacionalista continuó con una cadencia regular. El 6 los italianos alcanzaron los altos de Ventas de Zafarraya, que dominaban la
carretera de Almería. Málaga fue bombardeada durante todo el día. Villalba, entonces, dio la orden de evacuación general, pues consideraba que el fin estaba cercano; mas los nacionalistas no cortaron la carretera de retirada para no afrontar los encarnizados combates a los que da inevitablemente lugar el cerco de una ciudad. Todo aquel día y el siguiente el mando republicano, los jefes políticos y sindicalistas y todos aquéllos que, en general, temían las consecuencias de la ocupación nacionalista, se esforzaron por escapar por la costa. Los más afortunados consiguieron huir en coche; los otros, a pie. El Canarias, el Baleares y el Velasco bombardearon la ciudad, mientras que el acorazado alemán Graf Spee navegaba no lejos de allí.
Por la tarde del día 7 de febrero llegaron los italianos a las afueras de Málaga. Al día siguiente, al mismo tiempo que los españoles del duque de Sevilla, entraron en la ciudad en ruinas en la que reinaba la desolación.
Sufrió ésta seguidamente la represión más feroz que jamás había existido desde la caída de Badajoz. De los miles de simpatizantes republicanos que se habían quedado, cierto número fue abatido; el resto, encarcelado. Un testigo ha dado la cifra de cuatro mil muertos en la semana que siguió a la toma de la ciudad; pero, como de costumbre, hay que considerarla excesiva. De todos modos no es menos cierto que un primer número de personas fue ejecutado en la playa sin haber sido juzgado y que un segundo grupo también lo fue después de haber sido rápidamente escuchado por un consejo de guerra recientemente instalado(…)
[1] .
Los carros nacionalistas, con apoyo de la aviación, dieron caza a la población que huía por la carretera de
Almería; dejando a las mujeres proseguir la marcha a fin de que fueran a agravar las dificultades de avituallamiento de la zona republicana, abatieron a los hombres, con frecuencia ante los ojos de su familia.
Muchos de los que pudieron escapar cayeron de agotamiento e inanición. Así terminó la poco gloriosa batalla de Málaga. (Hugh Thomas, La guerra civil española, cap. 44. Primera edición inglesa, 1967).
Habla Manuel:
Nosotros oíamos los cañonazos, los disparos. Estábamos ahí en Colmenar y se oían muy bien. Entonces el presidente fue a Málaga a ver qué pasaba, porque se decía que el gobernador pedía personal para resistir.
Pero cuando fue ya era tarde. Volvió el 8 de febrero por la tarde y dijo que se había dado la orden de evacuar todo esto, todos los pueblos. Y como había que obedecer… Nosotros estábamos en la Sociedad y lo que hacían todos había que hacerlo. Porque fíjese si Málaga no se hubiera perdido de verdad. Lo señalaban a uno por no haber obedecido y lo podían matar si querían. Yo digo perdido, pero es ganado, vamos. Yo lo hablo así: perdido.
Ése era el miedo que había. Si no, hubiera dicho uno: Bueno, pues que se vaya el que quiera, que yo no tengo que irme a ninguna parte. ¿Y si luego esto no se pierde y se meten con uno y pierde uno hasta el pescuezo?
Nosotros no sabíamos lo que estaba pasando. Nos enteramos más tarde que había que decir «Arriba España». No sabíamos nada, no sabíamos quién estaba luchando ni por qué, nada. Estábamos en el campo.
Conocíamos lo que se decía Bueno, conocíamos lo de Queipo de Llano, que era lo que se hablaba por la radio[2]. Decían que ése era el que había y creíamos nosotros que era el que iba dirigiendo todo esto. Y luego no fue así.
Había llovido mucho los días anteriores. El día 8 no llovió, acaso unas chispillas. Cuando tomaban Málaga hacía un día bueno, con sol. Pero los días antes había llovido mucho y los ríos estaban crecidos.
Yo tenía 27 años y mi hermano Juan tenía 31. Llegó el Presidente con dos motoristas y nos reunimos todos aquí, en la plaza de Benaque. Nos dijeron que Málaga había caído con los nacionales y que había que irse para Almería. Era el presidente de la Sociedad de Trabajadores, de la U.G.T., el que había ido dos o tres días antes y ahora ordenaba que nos fuéramos. El gobernador decía que había que evacuar todos los pueblos. Que todos para allá. Y así se hizo. Para Almería, para allá. Y así se hizo. Las mujeres también se fueron. Por miedo. Como ya estaba cortado el paso, había que irse para allá.
Salimos en ese mismo momento. Nos fuimos vestidos como estábamos, en ese mismo momento. Empezamos todos a andar por el campo, por esta sierra. Y cuando llegamos a Iznate nos dijeron que habían cortado la carretera de abajo, por Torre del Mar. Ya no se puede pasar. Entonces las mujeres y los niños se quedaron para volver a Benaque y nosotros seguimos para Almería, tirando para la sierra, para arriba, buscando para arriba. Iban muchos, muchos. Unos llevaban burros, otros iban a pie, de todo. Algunos llevaban algo de su casa, una manta, pero poco. Dinero no, porque no había ninguno. No había dinero ni comida, no podían llevarlo. Muchos llevaban a sus niños pequeñillos; nosotros no porque no teníamos.
Ya cuando pasamos Vélez tiraban la aviación y los barcos. Tiraban desde el mar a la sierra, por donde íbamos todos. Y los aviones pasaban muy bajo y nos iban disparando mientras corríamos. Tiraban continuamente y había que esconderse y seguir para allá, siempre para allá. No se pueden numerar los que íbamos. Por todas partes, derramados por todo el campo, todo lleno. Aquello era un diluvio de gente. Porque además de la provincia de Málaga, venían de allá, de Sevilla, los que habían escapado de Estepona, de Marbella, de todas las sierras del otro lado. Cada uno tiraba por su lado, todos desorganizados, nadie lo dirigía. No había más que ir a Almería, que eso eran las órdenes. Venían también milicianos. Los heridos se habían quedado atrás, aquello sólo podían resistirlo los sanos. Los heridos se habían quedado por los frentes de Antequera.
A nosotros no nos dieron. Vimos a uno muerto en una casilla. Primero vimos a otro, a un centinela que había en un puente en Vélez Benaudalla.
Allí estaba muerto y el puente caído. Lo habían matado y allí estaba. Luego
vimos al otro, en una casilla en mitad de la sierra, antes de llegar a Albondón, en una sierra muy grande que allí hay, la Contraviesa la llaman.
Estaba el hombre muerto, también, caído de lado.
Íbamos corriendo todo lo que podíamos. Iba usted por ahí y de pronto le tocaban las campanas. Vaya, ya van ellos por allí, ya han entrado. Iban por la carretera a medida que iban tomando los pueblos y nosotros teníamos que subir otra vez a las lomas. No podíamos bajar a las playas por eso.
Empezábamos a bajar, oíamos las campanas y otra vez para arriba. ¡Hale, vamos para adelante! Las esperanzas eran llegar al otro frente, porque éste lo habían roto. Pero cuando llegamos lo encontramos todo abandonado, todo tirado, con muertos por todas partes.
Nosotros comíamos de lo que pillábamos, que nada llevábamos. No había nada, estaba todo agotado y encontrábamos alguna aceitunilla, alguna hierba. Éramos muchos miles, muchos miles, y no había comida para nadie.
Muchos miles de hombres, de mujeres y de niños. Y bestias y cabras y perros y todo… En los pueblos no había nada, no podían vender nada.
Estaban vacíos, sin gente, todos se habían ido. A algunos los mataban para robarles un poco de pan que llevaban. Agua sí había, se podía beber en cualquier parte porque había llovido mucho los días anteriores y estaba todo lleno de charcos y de barro.
El viaje duró desde el día ocho que salimos de Benaque hasta que llegamos a Adra… Se puede hacer memoria por las noches que descansamos. No podíamos dormir porque seguían disparando.
Descansábamos un poco en una cueva, en las rocas, junto a los árboles. La primera noche paramos ahí abajo. La segunda fue aquella noche que caímos en el río, paramos junto a un río: dos. La tercera fue en un cortijo: tres. Y la otra llegamos a Adra. Cuatro. A los cuatro días llegamos.
Lo del río fue muy malo. Los que llevaban niños chicos iban por abajo, por la carretera. Llegaban las bombas y habían derribado el puente del río de Motril, que venía muy crecido. Iban con los chiquillos cogidos de la mano y la corriente del agua se los llevaba. Hubo muchísimos niños que se ahogaron ahí, en el paso. Y también personas mayores. Nosotros lo buscamos más alto, por la sierra, que tenía menos agua. Por la murtera es por donde iba más personal y era donde más tiraban y donde más morían.
Algunos carros que iban y algunas bestias, como habían cortado el puente, no pudieron pasar y se quedaron allí. Para pasar había que tirarse al río.
Adra era el primer pueblo del frente republicano. También estaba evacuada, personal no había casi ninguno. Todos se habían ido. Estaban las fuerzas, muchas brigadas. Allí nos dieron de comer y nos dieron algo de ropa, porque veníamos llenos de barro y de agua y muertos de hambre y nos enrolamos en la Sexta Brigada Mixta de Infantería, voluntarios. El que quería seguir, pues seguía, pero nosotros nos enrolamos para estar más cerca de casa, porque decían que iban a tomar otra vez Málaga.
Pero nos dio fiebre por el viaje y el frío y la humedad, porque no habíamos comido casi nada y habíamos tenido que cruzar los ríos nadando como podíamos para no quedar encerrados. Nos dio calentura y nos apuntamos a reconocimiento. Entonces nos dijeron que nos fuéramos a Almería. Y nos fuimos. En Adra estuvimos dos días. Nos borraron de la Brigada y nos fuimos. Enfermos. Allí, al rato de salir de Adra, se paró un camión y nos llevó hasta Almería.
Y la caravana, hecha un cortejo imponente, proseguía su marcha bordeando el mar. Desde Vélez descendía otra comitiva compuesta de campesinos de Competa, de gentes del propio Vélez, con sus tristes ajuares, con sus borricos. Con ellos se mezclaban las tropas en retirada, mientras algunas unidades quedaban en vanguardia ofreciendo la postrera resistencia de un frente en trance de desaparecer. Dos batallones comunistas cubrían el catastrófico repliegue. Algunos anarquistas aislados se batían con desesperación. Pero Vélez-Málaga caería también el día 7. La caravana, crecida como una marea, seguía su marcha tercamente, obsesionadamente, bajo el sol y el fuego artillero y aéreo. Unos iban quedando en la cuneta.
Otros, los más viejos, por el agotamiento. Las pasadas de la aviación dispersaban a una multitud aterrorizada que, en busca de salvación, mordía el polvo de la tierra. Otros se lanzaban alocadamente al agua. A algunos se los tragaba el mar porque, llenos de pavor, se adentraban hasta perder pie, sin saber nadar. Los vehículos deteriorados quedaban arrumbados al borde de la carretera para dejar paso a los que seguían intactos. Y así, cada vez era mayor el número de los que continuaban haciendo camino al andar,
frustrado su intento de colgarse desesperadamente de otros vehículos sobrecargados, repletos.
(…) A lo largo de los días 8, 9 y 10, con sus correspondientes noches, la masa de fugitivos prosiguió su dantesca caminata. Por los caminos vecinales que desembocan en la carretera principal nuevas gentes provenientes de los villorrios serranos aparecían aumentando el tamaño de aquella enorme aglomeración humana. En Nerja, en Torrox, en Almuñécar, en Salobreña, más fugitivos se incorporaban al contagio de una psicosis que impelía a huir, a huir. En aquel apocalíptico panorama todas las tragedias tenían su humana encarnación como resultante del fuego y del agotamiento.
Quién marchaba con el cadáver del hijo en brazos; quién se quedaba junto a su muerto al borde del camino; quién se quitaba la vida incapaz de sobrevivir a la desesperación de los suyos. Hubo mujer que parió como una bestia, sobre unos rastrojos. Sobre Motril desembocó toda una humanidad exhausta, famélica, destrozada, con los pies en sangre, con sus muertos y sus heridos. Atrás quedaron nadie supo cuántas víctimas; unos, de las bombas, otros, de la extenuación. Pero la muchedumbre siguió con el enemigo a los talones y las siluetas de los barcos amenazando desde la raya del horizonte. (…) Los fugitivos se extendieron por todo Levante, por Almería —casi duplicó su población—, por Cartagena, Murcia, Alicante.
(…) En Bandera Roja, periódico alicantino, se leía: «… padres, hijos, hermanos de estas mismas caras pálidas, resecas, mohosas, caras largas de hambre y sufrimientos que en desfiles interminables llegan a nuestro Alicante, a la tierra de sus hermanos de ideal. Hemos de partir nuestra vivienda y nuestro pan, todo en fin, con estos necesitados hermanos…»
(…) Para otros, el infortunio sufrido sería motivo para clamar por un orden, una organización que evitara tales desastres… Las voces empezaron a alzarse pidiendo mandos y disciplinas. (Rafael Abella, La vida cotidiana durante la guerra civil, II, cap. 14. Planeta, Barcelona, 1975).
Habla Juan:
Habíamos andado un trecho y estábamos cansados. A todos los que se habían apuntado a reconocimiento, que eran muchos, los mandaron salir de
Adra. Nos sentamos en la carretera y en esto pasó un camión, le mandamos parar y nos montó hasta Almería. Al bajarnos vemos que un paisano nos dice: «Chss, chss…» Era un paisano de Benaque, Antonio Losada. Era guardia de asalto y estaba allí, en el Gobierno Civil. Nos dice:
—Esperar un momento, que ya mismo me van a relevar y yo iré con ustedes adonde están los otros paisanos.
Los otros de Benaque que también habían evacuado. Así que nos quedamos allí un ratillo y en eso empieza a desfilar una brigada, ¿cómo se llamaba?, una brigada de la C.N.T. Había abandonado los frentes y se había venido a Almería con las ametralladoras montadas y, en fin, en plan de haber allí una cosa mala. Total: que no venía el relevo del muchacho éste y le mandan ir al Gobierno Civil, porque iba a tomarlo la brigada aquélla. Nos fuimos con él y vimos las ametralladoras rodeándolo todo. Entonces él nos dijo:
—Ir por ahí, que es donde están los paisanos nuestros.
Nos fuimos y estuvimos reunidos con ellos unos pocos de días. A los pocos de días, como era tantísimo el personal que había allí, no había suministros para todos. Así que nos dijeron:
—Todos los que se quieran ir para adelante, que se vayan. A Alicante.
Que les hagan un salvoconducto.
Así nos lo hicieron y salimos para Alicante en tren.
Conque llegamos a Alicante y estamos en las mismas. Pero entre esos paisanos iba uno que tenía familia en Alicante. Le dijimos:
—Vamos antes a enrolarnos y después vemos a tu familia.
Fuimos preguntando, preguntando dónde estaba la oficina y la encontramos. Sí, aquí está. Nos apuntamos y dicen los compañeros:
—Ya cayeron. Ya de aquí ustedes no salen.
—¿Cómo que no salimos? —dijimos nosotros.
Nos metieron en la plaza de toros y allí nos quedamos. Tanto es así que aquel muchacho que tenía familia, una hermana, no pudo salir de allí para ir a verla. Por la noche nos metieron en un tren y nos llevaron a Alcázar de San Juan. El tren ya no pasaba de allí, estaba dominado. Había que seguir en coche. A la otra noche cogimos un coche y nos metieron en Madrid.
Fuimos a Ventas. Por cierto llovía mucho. Nos resguardamos en el Metro.
Eso sería el día 25.
Luego nos llevan por la mañana al cuartel de Padilla y nos dan el uniforme y el fusil. Después nos tienen dos o tres días en un cuartel de El Pardo para entrenarnos y ya nos meten en Puerta de Hierro. Estuvimos en los ataques que hubo en el cerro Garabitas, por donde está ahora la Feria esa Internacional del Campo, en las trincheras. Estábamos siempre juntos y nos echaron de enlaces de la comandancia, para llevar los partes a las compañías corriendo por las trincheras.
El martes, creo que fue el nueve de abril, hubo un ataque y el batallón quedó destruido. Quedamos muy pocos. Murieron casi todos. De noche sacaban a los muertos en camiones. Como estaba dominada la salida, dejaban a los muertos apilados; sólo sacaban a los vivos que tenían cura.
Por la noche nosotros ayudábamos a cargar los camiones. Camiones bien hartos, bien llenos de cadáveres, para darles sepultura en Madrid.
Yo no era muy buen soldado; hacía lo mismo que hago aquí; trabajar lo que podía, ir adonde me mandaban. Aquellos días del cerro de Garabitas fueron muy malos, fueron los peores. Me acuerdo cuando me mandaron a la trinchera a llevar el primer parte… Éramos de confianza, obedecíamos y como cayeron heridos dos enlaces nos escogieron a nosotros. No era muy valiente: hacía lo que mandaban. Que a media noche había que ir a tal compañía, a tal sitio: pues íbamos. Si llovía y si nevaba. Era una obligación que había que cumplirla.
Los combates eran muy duros, muy malos. No tienen palabras para poderlo explicar. El jefe de la brigada era Perea y el comandante, Barranco y el capitán, Melchor. Perea era general de división. Allí entramos el 26 de febrero, pero el combate fuerte fue el nueve de abril a la madrugada.
Combates había siempre, pero el grande fue aquél.
Las trincheras estaban a muy poca distancia, como unos Cincuenta metros o menos. Nosotros hablábamos de un lado a otro. Con nosotros había uno que tenía buena sombra: era tocador. Y al otro lado había otro que cantaba bien. De modo que se ponían y decía el cantaor:
—Mira, arrímate bien a las cuerdas, que si no vamos a salir a tiros.
Y ¡pum! Un trabucazo. Y el otro:
—¡Que cantes mejor, que salimos de aquí a tiros!
Y ¡pum!, otra vez a disparar. ¡Je, je!
Lo llamábamos «Valencia» porque era de allí. Tenía la guitarra en la trinchera y la tocaba allí. Y siempre decía:
—Mira, canta bien, que vamos a salir a tiros al remate.
Y disparaba. Pero disparaba al aire, porque se trataba de amistad. Claro que luego por la mañana se disparaba de veras.
También a veces compartíamos el camino para pasamos un cigarro.
Nosotros teníamos el papel de fumar y ellos no tenían: ellos tenían el tabaco. Como Alcoy era nuestro y había muchas fábricas de papel, pues temamos papel. Pero tabaco no. Claro, como luego hablaban: «tú de dónde eres, tú de dónde no eres», pues muchos se pasaban y a lo último los jefes prohibieron eso. Antes, alguna vez, lo castigaban con una prevención. Esto se hacía de día. Uno iba para allá y el otro venía. Charlaban un rato y luego se despedían. Uno decía: «¡Arriba España!» Y el otro: «¡Salud, camarada!»
Cada uno se volvía a su sitio y después, claro, a tiro limpio. Unas veces porque lo ordenaban los jefes y otras por su cuenta, otros que estaban allí.
Empezaban a disparar. También se pedía permiso.
—¿Podemos ir un ratito a hablar con los otros?
Y los jefes nos dejaban. Íbamos soldados y siempre iba un cabo. Pero los demás estaban a la trinca, por si acaso.
También desde las trincheras nos insultábamos, nos llamábamos de todo. Nosotros fascistas y ellos nos llamaban rojillos. De los jefes no se hablaba nada. Ya más tarde ponían el altavoz para hablar mal de los jefes que teníamos y para decir que nos pasáramos, pero entonces no. Allí sólo se hablaba y se cantaba. Cantábamos verdiales juntos, coplas.
Aquel día del nueve de abril había que salirse todos de la trinchera.
Ellos estaban por encima y nos pillaban por debajo y nos barrían. El campo estaba lleno de gente unos dando gritos, el otro partido por la mitad, el otro muerto… Nosotros teníamos que correr con los partes y uno caía por aquí y otro por allí. Era como una lluvia de muertos y de balas. A eso del mediodía ya no quedaba nadie. Se habían muerto casi todos. Por la tarde los jefes decidieron que se dejara de tirar para coger los cadáveres. Que cada uno cogiera los suyos. Como los muertos estaban en el centro, se notaba mucho
el mal olor, tanto ellos como nosotros. De modo que hubo que tomar esa tregua.
Nosotros íbamos siempre juntos, sin fusil, corriendo por entre los muertos y entre los camilleros. Los cañonazos levantaban todo el campo y los árboles. También los cañones nuestros. Como estaban tan cerca, todos parecían lo mismo, todos disparaban a la vez.
De Madrid no podíamos ver nada. Nos decían que aquello no parecía Madrid, pero no fuimos a fiestas ni a bares. Yo fui más tarde al cine, cuando me hirieron. Entonces no había visto nunca el cine en ninguna parte.
Como nos habían matado a casi todos, luego nos sacaron de allí.
Estuvimos descansando unos pocos días en El Pardo y luego nos llevaron a Tórtola de Henares, en Guadalajara, con gente nueva en el batallón. Eso era ya por mayo. De allí nos llevaron a Hita, en el frente. Nosotros dos seguíamos de enlaces, primero con el mismo comandante y después con otro nuevo. Unas veces luchábamos y otras nos llevaban a descansar.
También estuvimos en Gajanejos, en Trijueque, en Usanos… En eso fue cuando yo caí herido. Bombardeaban mucho y cómo íbamos corriendo, explotó un obús cerca de mí y me llevó tres dedos y me dejó todo el brazo lleno de agujeros y de sangre. A mí me llevaron al hospital de Guadalajara y dieron sepultura a estos dedos y Manuel y yo nos separamos.
Estuve unos pocos de días y me llevaron al tribunal médico de Madrid.
De allí nos mandaron a todos a Castellón, donde estaba la Brigada. Pero a mí me cambiaron y me pusieron en la 28 Brigada, porque ya estaba inútil para las armas. Así que me tienen en el arroz, trabajando en el arroz en Callosa del Segura y después de un poco de tiempo, como faltaba gente, renuevan el cuadro de inutilidad y me entregan un fusil. Y yo me digo:
—Bueno, ¿y esto para qué lo quiero?
Y dicen:
—Toma, ¡para pegar tiros!
Me voy para abajo, donde estaba el comandante. Yo me presento y él dice:
—¡Mira lo que me mandan aquí! Los granujas, los enchufados, se quedan allí. Los buenos. Y nos mandan aquí a estos hombres. ¡Hale, váyase usted a la cocina!
En la cocina me tuvieron una pila de tiempo. Allí no hacía nada más que comer. Estaba muy bien. Si quería ayudar, ayudaba, pero sin obligación ninguna. Con la Brigada fui a muchos sitios hasta que, un día, me vio el comandante otra vez. Ya no se acordaba que yo estaba allí. Pidió la lista al teniente ayudante y le mandó que me dieran ropa, el uniforme, y me pusieron en el puesto de mando de la brigada, que estaba más atrás. Me tienen allí otro poco de tiempo y me ponen en el puesto de mando de la división, todavía más atrás. Allí sólo hacía guardias, guardias en la carretera, para controlar a los que pasaban, guardias sin importancia: pedir las consignas…
Después nos mandan a Domeño, un pueblo de Valencia, a descansar, porque habían renovado la división. Allí fue donde me pilló el final de la guerra. Por la tarde, cuando nos dan el rancho, nos mandan ir a la oficina para que cada uno de nosotros, de los mutilados, volviéramos al puesto en que estábamos antes. En el puesto de mando entregamos el capote y la ropa y nos dicen:
—Hale, os vais al batallón, adonde os pertenece.
Yo le digo a uno de la oficina:
—¿Y qué pasa, hombre?
—Pues mira, que la guerra se ha terminado.
Yo bajo a otro pueblo y me encuentro con el sargento de la cocina, que era donde yo estaba apuntado. Y el sargento me dice:
—¿Qué hay? ¿Qué se dice por ahí arriba?
—Pues yo no sé nada —le digo yo—. Allí dicen esto: que se acabó la guerra.
Entonces él me dice:
—Mira, mi primo, que es el comandante, salió ayer. Y yo, nada más que llegue la noche, me marcho también, desaparezco. A ver si puedo ver a mis hijos.
Y yo digo:
—Pues cuando tú te vas, que eres sargento… Eso hago yo.
De modo que en plena noche, cogí y me volé. Pero no era yo solo. Cada uno por su lado, todos escapaban de allí, todos por el campo de noche, como animales perdidos. Arranqué a andar de Domeño y llegué a Benaque
con dieciséis días y dieciséis noches sin parar y sin dormir y sin comer… A todos los que se quedaron allí o se presentaron, los mandaban a su casa con vigilancia. Lo primero era detenerlos y a muchos los mataban.
Habla Manuel:
Cuando Juan cayó herido, nos separamos. A mí de Guadalajara me llevaron a Teruel, que había allí un poco de fregao. Pero ya se venían retirando, porque las fuerzas empujaban y habían cortado por el Ebro. En esa retirada yo me quedé solo en el campo de los fascistas, me perdí. Yo seguía de enlace y estaba corriendo. Cuando me quiero percatar, los camiones se habían ido y me quedo solo. Estuve tres días y tres noches andando hasta llegar a los nuestros. De día me amatojaba en un cerrillo, veía cómo buscaban con los caballos, cómo espiaban el terreno y pasaban a la vera mía, y yo escondido en los matojos, quieto. Ya de noche echaba a correr y como aquello no estaba organizado, no había trincheras ni nada, pude pasar al lado de acá. Como había faltado tres días, me dieron por muerto. Pusieron otro enlace y, cuando aparecí, me quedé en la compañía como uno más, en la trinchera. Era mejor ser enlace, a mí me gustaba, aunque también tenía mucho peligro. Hay que andar corriendo atrás y adelante y si a uno lo cogen prisionero, tiene que comerse el papel, meterlo en la boca y mascarlo para que los otros no se enteren.
Nos pasaron para el otro lado del río y de noche volvieron a pasarnos para acá porque iban a volar el puente y nos quedamos en la sierra de Vinaroz.
Allí nos estuvimos tres días. Estaba todo tranquilo, no se sentía ni un tiro. Estaban preparándose. Hasta el día 15 de abril de 1938. Aquel día se formó allí el desastre. En cuatro quilómetros había mil piezas de artillería y otras tantas en el otro lado. Estaba todo en calma. Entonces, un barco que había en la mar tiró un cañonazo y se encendió todo, de una parte y de otra.
Nosotros estábamos en la sierra, aplastados, y por todas partes caía metralla, barría la tierra, volaban los peñascos, había un polvo que no se podía ver nada ni a nadie. Además de la artillería, estaba la aviación por encima. Un avión tiró una bomba y cayó en el parapeto donde yo estaba.
Unas piedras muy grandes que tenía delante me cayeron encima. La metralla me destrozó toda la cabeza, la oreja, toda la cara; una piedra me partió la clavícula y el brazo se me cayó, me quedó como caído. Yo me quedé muerto, sin hablar, sin saber nada.
Y resulta que aquellos paisanos de Almería, los que habíamos encontrado al llegar de Adra, eran camilleros y pasan por allí corriendo en retirada y me ven y dicen:
—¡Pero si está aquí Manuel! Vamos a cogerlo en la camilla.
En la camilla, por la sierra, me llevaron como seis quilómetros, porque allí no había nadie. Tiraban los cañones y a mí me dejaban en el suelo y ellos se aplastaban un poco hasta que pasaba el fregao. Luego cogían y salían corriendo. Así llegaron a otra carretera y el comandante mandó que me metieran en su coche hasta llegar adonde las ambulancias.
Me desperté a los tres días en el hospital, creyendo que aún estaba en la sierra. ¿Qué pasa? ¿Es que yo estoy herido? No me dolía nada. Me tiro de la cama, me voy a un espejo y me veo todo lleno de sangre, los pelos con pelotas de sangre seca, la cara llena de heridas…
Estuve allí muchos días y luego me llevaron a Alicante, al hospital Base B de Alicante. De un hospital me llevaron a otro, me mudaron unas pocas veces y, al salir, me pusieron en el Acantonamiento número 11. Primero me llevaron a Callosa de Segura y a otro pueblo que hay por allí, también un pueblo muy católico, el de los puentes, unos puentes muy grandes…
¡Alcoy, eso eso! De allí me sacaron al arroz, cuando Juan estaba haciendo lo mismo en Alberique y en Sueca.
Allí se trabajaba despacio, no mucho. Estábamos de uniforme y nos pagaban aparte de la soldada. Diez pesetas diarias. No lo gastábamos y yo ahorré unas mil pesetas. Que no sirvieron para nada, porque luego había dinero de otro color y aquél no valía.
Aquello de la guerra se veía que no iba bien, que variaba. Aquello no iba como al principio. A nosotros nos parecía que llevábamos razón, como nos decían. Nos decían que luchábamos por defender los sueldos, por defender el trabajo. No comíamos mal. Nos daban lentejas, que era lo que más había; garbanzos, también algo de carne y alguna vez coñac, cuando hacía mucho frío en las trincheras, por la madrugada, y había que luchar…
Eso de la guerra es como un río: se mete uno y está el agua fría, pero una vez que se mete ya no estorba nada, ya se pierde el miedo. Al cuarto de hora ya no impresiona nada, ni los muertos ni nada. Y cuando está cayendo agua, lo más fácil es que se moje uno, así que dices que te pueden matar en cualquier momento y ya está. Vas resguardándote, vas a tu avío, pero… La guerra era una cosa muy dura. Todos decían que luchábamos por la independencia, ellos y nosotros, por llamarse independiente. Así lo decían por los altavoces. Y ellos luchaban por lo mismo… Ya a última hora, cuando uno se estaba dando cuenta, por lo que veía parecía que no iba aquello todo muy bien. Se notaba por los mismos jefes. Decían que luchaban por la igualdad, porque todos fuéramos iguales, y venía el suministro, por ejemplo, y lo mejor era para los jefes y lo más malo, para los soldados. Eso no era la igualdad. Yo decía: Aquí hay diferencias. Y así era todo. Entrábamos en lucha y el que podía se echaba atrás. Todo el que tenía una miajilla de mando se echaba atrás y echaban delante a los soldados. Y eran los que menos comían.
Cuando estábamos en el arroz, revisaron los cuadros de inutilidad. A Juan lo mandaron a los frentes y a mí, a mí a servicios auxiliares, al Segundo Grupo, como le llaman. Me llevan de un sitio a otro, de un sitio a otro, y ya por fin me pusieron en retaguardia, en un puesto de observación en una torre para que cuando venía la aviación avisase al centro. Me destinaron a Motilla del Palancar, en Cuenca, y sólo tenía que avisar por teléfono desde la torre si venía un avión, o dos, o tres; contarlos y decir el rumbo que llevaban.
Yo un día veo muchos coches por allí y pregunto:
—¿Qué pasa que hay tanto coche por aquí?
Y me dicen:
—Nada, nada, usted no se preocupe. Usted quieto ahí en la torre.
—Es que yo también me quiero ir —le dije yo.
—Bueno, pues usted haga lo que quiera. La guerra se ha terminado.
Entonces yo bajé de la torre, rompí todos los papeles que llevaba, busqué ropa de paisano y me marché de allí, como todos hacían. Cada uno por su lado, por donde quería, no había control. Yo eché a andar, eché a andar y resulté aquí en Benaque el día 4 de mayo. Desde finales del mes de
marzo. Lo pasé muy mal, muy mal. Sin comida, sin dinero, sin papeles, sin mantas, andando y andando. Tenía que atravesar ríos de noche. No podía ir por las carreteras ni cruzar por los pueblos porque estaban los controles.
Miraba al sol de mediodía y decía: Por allí tengo que ir. Me venía orientando por el campo, mirando el sol… Si veía un camino bueno decía: Esto va a un pueblo, esto hay que desviarlo. Cogía algo de comida en las huertas, coles, cebollas y yerba. Yerbas que no eran amargas, yerbas conocidas. Pero había poco y de carne nada. No encontré ni una gallina, ni un perro, ni un ratón… A veces el agua era más precisa que la comida. Yo no llevaba cantimplora y a veces el agua que encontraba era salobre y pasaba tres días sin probar el agua. Dormía un poco entre las yerbas, cuando podía, muerto de miedo.
No podía presentarse uno porque lo cogían y lo metían en la trena. Se temía que lo mataran a uno. De estos camilleros que me cogieron a mí, uno está vivo, está ahora en Alicante, y al otro lo mataron. Había sido vicepresidente de la Sociedad, aquí en Benaque, y lo fusilaron. Al presidente también lo fusilaron en Málaga en los primeros días. Ése no supo escapar. Aquello era un terror espantoso. No se atrevía uno más que a andar de noche, sin ver a nadie, andar, andar…
Habla Ana Gutiérrez:
Nosotras, mi cuñada y yo, pasamos todo el tiempo trabajando. Somos primas las dos. Yo soy Ana Gutiérrez Cisneros y ella es Ana Cisneros Gutiérrez, al revés. Yo soy señora de Juan Hidalgo España. Nosotras no hablábamos con nadie, siempre trabajando, siempre solas. Y sin saber qué les había pasado. Yo vivía sola con mi madre. A mi padre, que tenía setenta y dos años y estaba enfermo, lo habían llevado a la cárcel. Allí estuvo cuatro años. Luego murió en casa, el pobre. En el pueblo habían entrado los de falange y pusieron también a un alcalde de ellos. Nosotras teníamos miedo. Sí, nosotras teníamos miedo. Nos trataban mal porque éramos contrarias a ellos. No nos cortaron el pelo, eso no, esa suerte tuvimos.
Estábamos en lista, porque a otras se lo hicieron. Si nos echan la mano, no nos escapamos, desde luego. El día que había manifestaciones, venían a
casa, nos agarraban y nos llevaban, mayormente por las malas. Salíamos a cantar el «Cara al sol» a palo limpio, a palo limpio… Hay mucho repertorio de eso, ¿sabe usted?, mucho repertorio, mucho. Pero eso no queremos nosotros tocarlo. Luego lo ponen en cualquier sitio y…
Comida no había nada, muy poco. Para los niños trajeron azúcar y leche.
Ellos nos mandaron dos letras por la Cruz Roja, desde Valencia. Sólo decían: «Juan y Manuel, bien». Y ya está. Eso sólo. No se podía poner más.
Ya no se supo más hasta que llegaron. La noticia era que ellos habían muerto en el camino.
Habla Juan:
Yo fui el primero en llegar, porque había salido antes o porque corrí más. A finales de abril. No me acuerdo del día justo. El viaje fue malo, muy malo. Yo normalmente caminaba de noche para que no me vieran, pero una vez, al despertarme, me puse a andar para atrás porque había perdido la orientación. Tuve que desandar el camino de media noche de viaje.
Entonces dormía siempre con los pies hacia adelante, hacia donde iba; y por si me mudaba de postura en el sueño, ponía una piedra apuntando a Benaque.
De carne sólo comí algunas ranas que cacé y puse a asar en una hoguera. Lo que más comía eran yerbas cocidas en una lata de conservas que llevaba y también crudas, conocidas.
A casa llegué de noche, de la parte de la madrugada. Allí, pegado a la casa, hay un pocito que es de donde se surte el pueblo de agua. Estuve junto esperando la hora en que no hubiera gente por las calles. Luego me fui y pegué suave a la puerta. Yo no sabía lo que había pasado aquí.
Ésta empezó a hablar bajito con su madre, dentro:
—No abras, que son los gitanos que andan por ahí.
Aquel día había habido gitanos por aquí y ellas pensaban que estaban pegando a la puerta y que se iban a llevar gallinas o algo. Ella estaba sola con su madre; no quería abrir. Ya, cuando vi que tenían que esperar, me acerco a la puerta y digo muy bajito: