Luna roja
Nota de la autora
Las conversaciones y las opiniones de los personajes que se recogen en esta obra son parte de un escenario ficticio y son independientes a los criterios personales que pueda tener la autora.
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Prólogo
Resignado, cogió un taburete y lo puso enfrente de él. Lo observó: las lágrimas seguían resbalándole por las mejillas hasta precipitarse contra sus muslos. Desde ahí, y leales a la gravedad, las gotas recorrían un sendero ya trazado entre el vello de sus piernas hasta terminar despeñadas contra el suelo, uniéndose finalmente al charco de meados que se acumulaba bajo sus pies.
Suspiró antes de dirigirle las primeras palabras, de desvelarle el timbre de su voz.
—Vas a tener una única oportunidad. —Los quejidos de su presa sonaron más agudos y desesperados en un nuevo y frustrado intento por exigir su libertad. Desde que recobró la consciencia, su tiritera siempre se debió más al miedo que al frío; ahora, estaba aterrado.
El captor contempló el rostro de su prisionero empapado en babas, lágrimas y mocos; su cuerpo en sudor y orina, sus extremidades húmedas y arrugadas, amoratadas por la presión de las cuerdas.
—Es hora de irse —dijo su secuestrador poniéndose en pie—. Levanta. —Sabía que contrariamente a lo que venía haciendo en las últimas horas, a sus intentos desesperados por desamarrarse, esta vez no se movería ni un centímetro.
Provisto de unos guantes, cogió unas tijeras que había dejado en el suelo. Le ahuecó la camiseta y comenzó a cortársela hasta despojarlo de ella. Hizo lo mismo con sus calzoncillos. Una vez lo hubo desnudado por completo, metió ambos trapos hechos jirones en la misma bolsa donde ya guardaba el resto de sus pertenencias.
—No te muevas si no quieres que acabe contigo de un tajo. —Con un cuchillo sesgó las cuerdas que inmovilizaban sus tobillos y le impedían andar—. Bien. Ahora, vamos. Levanta. Debes caminar hasta la furgoneta. —Lo sujetó de los brazos para ayudarle—. Vamos. Camina.
A paso lento y a empujones, consiguió conducirle hasta el vehículo sin que su presa opusiera resistencia. Y es que, si en verdad apenas podía tenerse en pie, menos aún podía encontrar fuerzas para revolverse.
—Vamos —dijo una vez más, esta vez empujándole al interior de la furgoneta y haciéndole caer en el suelo de la caja. Este se hizo un ovillo, como un armadillo tratando de protegerse del ataque de un predador. Sin embargo, no obtuvo tregua: el individuo lo cogió de los tobillos y tiró de él haciendo que su cuerpo se estirase para, a continuación, ponerle unas nuevas ataduras en sus huesudos, desnudos y sajados tobillos.
Una vez inmovilizado, cerró de un portazo y se dirigió a la parte delantera.
Subió a la furgoneta.
Arrancó.
Encendió las luces y puso rumbo hacia Muela de Cortes.
Tras conducir cerca de una hora y media, al fin se adentró por el camino que le conduciría al último destino de su víctima. Los faros iluminaban un paraje que se iba oscureciendo a cada minuto transcurrido. La noche cerrada iniciaba su ascenso ayudada por la frondosidad del bosque. No obstante, para el desgraciado que temblaba en la parte trasera del furgón, aquel detalle resultaba indiferente: la venda de sus ojos no le permitiría distinguir entre la luz del día o la negrura del ocaso.
Una carretera secundaria dio lugar a una de barro, charcos y piedras. Esa misma noche la agencia meteorológica daba nuevamente previsión de chubascos; el «camuflaje» estaba asegurado. El olor a tierra húmeda anunciaba que no tardaría en empezar a llover.
Se encontraban cerca. Todo estaba saliendo como lo había planificado. A lo largo de los últimos veinte kilómetros no se habían vuelto a cruzar con ningún otro vehículo. Aunque no era frecuente ver actividad por aquellos parajes a esas horas de la noche, no pudo evitar pensar que la suerte estaba de su parte.
Aparcó en el punto exacto programado: retirado de la vereda, próximo a unos árboles y arbustos de altura considerable. Antes de apearse, se cercioró de que no hubiera nadie por los aledaños. Apagó las luces de la furgoneta y el motor. En efecto, a esas horas tan solo se encontraban ellos en el monte.
Todo marchaba a la perfección.
Abandonó el vehículo de un salto generando un sonido de chapoteo. Sin prisa, se dirigió a la parte trasera sintiendo cómo las botas se le hundían en el fango. Por fortuna para su víctima, la parte trasera del vehículo descansaba sobre una gruesa capa de arena; húmeda, pero firme.
Lo agarró de las ataduras de los tobillos y lo arrastró hacia afuera sin importarle los arañazos que le haría en la piel.
—Yo no he elegido esto —dijo el secuestrador. Cogió la navaja y comenzó a sajar, por segunda vez, las cuerdas que le impedían andar y, durante unos instantes lo miró compadeciéndose de él, observando cómo lloraba y gimoteaba, cómo se sacudía en un intento ridículo por soltar sus manos—. Ya no te sientes igual de poderoso, ¿verdad? Igual de vivo. ¿Te sientes igual de hombre que antes?
Su víctima era consciente de que su final se encontraba cerca. A pesar de tener las piernas liberadas, su opresor había decidido dejarle las manos atadas a la espalda, una venda negra impidiéndole ver nada y una mordaza de textura rugosa y con sabor a gasolina prácticamente desencajándole la mandíbula, ahogando sus deseos de pedir auxilio. Su atormentada cabeza no pudo dejar de sospechar que aquel chiflado mal nacido se había servido del primer trapo sucio y lleno de grasa de motor que encontró tirado por la furgoneta o en la caja de herramientas. A duras penas podía contener las arcadas. Además de las náuseas, un espantoso dolor le recorría todo el cuerpo; las piernas y los brazos los tenía acalambrados, los pies y las manos arañadas y amoratadas debido a la presión de las cuerdas. Aunque él mismo no se las podía ver, el dolor y el tono púrpura azulado de su dermis daba claras señales de tenerlas próximas a la gangrena.
Hubiera deseado salir corriendo, pero no sabía dónde estaba ni dónde encontrar una salida. Aunque la hubiera adivinado, jamás hubiera podido escapar de allí; aquel que lo tenía cautivo tampoco le hubiera permitido escapar.
El desconocido que lo retenía abrió la cremallera de una bolsa de deporte que viajaba junto a su presa. Dentro echó los restos de la soga que le había quitado. Del mismo compartimento extrajo un rifle. Quitó el seguro, giró la palanca de apertura de los cañones y comprobó, por tercera vez, que estuviera cargada. Con un movimiento seco la volvió a cerrar.
—¡Vamos! ¡Sal! —le ordenó, agarrándole del brazo e imponiendo fuerza para levantarle—. Es tu momento de escapar. —El hombre empezó a gemir con desesperación, aunque deseaba chillar. Las lágrimas barnizaban su rostro—. No te molestes —dijo empujándole fuera de la furgoneta. Sus pies desnudos entraron en contacto con la maleza, clavándosele piedras, hojas secas y trozos de ramas. Cayó de bruces hacia delante, hiriéndose además un costado del cuerpo—. Por mucho que lo intentes, aquí no te puede oír nadie. Vamos, levanta. Es tu oportunidad de huir.
Desnudo, maniatado, cegado, dolorido y acalambrado, llorando y pegando gritos contenidos, se alzó del suelo con torpeza y desesperación y empezó a correr como un preso de Auschwitz tratando de escapar de un guardia de las SS.
—Tienes diez segundos.
El corazón de su víctima latía al borde del infarto.
—Diez.
»Nueve.
»Ocho.
»Siete.
»Seis.
»Cinco.
»Cuatro.
»Tres.
»Dos».
Paró de contar.
Pensó: «Dos balas. Dos disparos».
Observó el cuerpo desnudo de su presa, la pasta marrón generada por sus defecaciones ahora oscurecida por la noche tapándole parte de la raja del culo.
Tropezaba a cada paso. En un par de ocasiones estuvo a punto de volver a caer de bruces.
Apenas había conseguido alejarse unos metros.
—Uno.
El «cazador» alzó el rifle sobre su vertical hasta situarla en paralelo al terreno.
Enfocó sin prisa.
Disparó.
Por un instante la detonación ensordeció sus oídos. Del atronador silencio nació un pitido constante que se mezcló con el aletear de los pájaros que volaron en estampida. El primer casquillo salió lanzado por los aires. El olor a pólvora se mezcló con el de la tierra húmeda.
Observó a su presa: había hecho blanco en su espalda, haciéndole caer hacia delante.
Dio un paso en su dirección.
Miró sus piernas: aún pataleaba.
Volvió a apuntar.
Disparó.
Nuevo blanco: su cabeza.
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